Archivo para octubre 15, 2012

Baloncesto y TVE: una historia incompleta   5 comments

(publicado entre el 4 de mayo y el 15 de junio de 2006)

(I)

(Antes de nada, una aclaración: esto que viene a continuación no es una investigación exhaustiva, no está basado en datos objetivos, no se han consultado archivos ni vídeos ni páginas web, ni el Gúguel siquiera… No, esto sólo pretende ser una historia basada en mi memoria, pero ya se sabe que la memoria es selectiva por definición, que sólo se acuerda de lo que quiere y borra lo que le parece. Estos son sólo mis recuerdos, probablemente muy distintos a los que otros tendrán, por más que los hechos a recordar fueran los mismos para todos.

Así que, de entrada, me curo en salud: me gustaría que todo hubiera sido como lo cuento, pero es muy probable que no sea así: que haya datos erróneos, nombres cambiados, incorrecciones de cualquier clase. Pido disculpas por ello, ya por adelantado. Y allá vamos…)

En el principio fue Pedro Macía. O al menos, en “mi” principio, en el lugar hasta el que se remontan mis primeros recuerdos; éstos no alcanzan, ni mucho menos, a esos 50 años de vida que ahora cumple Televisión Española: voy teniendo ya una edad, pero aún no “tanta” edad, desde luego. Tal vez hubo otros antes de Macía. O tal vez no. Ya hasta ahí no llego…

Pedro Macía era el típico profesional televisivo de finales de los 60 ó principios de los 70, válido tanto para un roto como para un descosido. Ejercía de busto parlante en aquellos telediarios que nuestros padres y abuelos llamaban “el parte”, y que nos ofrecían una peculiar visión de la actualidad, llena de conflictos, huelgas, guerras y disturbios (en la información internacional), y de inauguraciones de pantanos, planes de desarrollo, principios generales del Movimiento, faenas de El Cordobés, Festivales de España, coros y danzas (en la información nacional). La verdad es que todo aquello resultaba un poco extraño, incluso para un niño no demasiado espabilado como yo era… En aquellos tiempos en TVE sólo debían ser cuatro gatos, y por eso mismo a cualquier “comunicador” de la época (aunque por aquel entonces esa palabra aún no había nacido, eran sólo presentadores, locutores) le podía tocar cualquier cosa, desde el mismísimo Telediario a “¡Por Tierra, Mar y Aire, el programa de los Tres Ejércitos!” (no, no es coña, de verdad que ese programa existía…).

Macía además tenía una cualidad que ya entonces debía ser de vital importancia (o al menos para mi madre sí que lo era): le llamaban “el bombón de la tele” supongo que por aquello de que su busto resultaría menos desagradable que el de los demás. No siempre fue así, porque muchos años después un accidente le desfiguró el rostro, si bien sólo ligeramente gracias a la cirugía estética de la época, que consiguió hacerle un apaño. Pero mucho antes de que eso ocurriera, mucho antes de que acabara sus días profesionales (hasta donde yo recuerdo) presentando el entrañable (e insufrible) “300 millones” (que no era un concurso, sino un programa “dirigido a Hispanoamérica”, nada menos), mucho antes de todo aquello alguien, por alguna extraña razón, debió verle cara de saber de baloncesto. Tal vez él lo habría practicado, tal vez jugaba en algún equipo, o tal vez fue simplemente porque sí, porque fue el primer pringao que se les cruzó por los pasillos.

Y es que nuestro deporte debía resultarle demasiado extraño, exótico incluso, a la voz oficial de las retransmisiones en directo de la época, un tal Matías Prats. No, el de las noticias de Antena 3 no, el otro, su señor padre, que en paz descanse desde hace muy pocos años. Don Matías era una cosa tremenda, era la voz oficial (y casi única) del fútbol, de los toros, del boxeo, del festival benéfico de Navidad, de las procesiones de semana santa, de la “demostración sindical” del primero de mayo, del NODO, de todo lo que le pusieran por delante. Pero nunca debió entender del todo este extraño juego en el que unos chicos altos vestidos con camiseta de tirantes jugaban a colar un balón por un aro del que colgaba una redecilla, se ve que aquello le superaba. Y por eso tuvieron que engañar a otro. (Supongo que lo mismo le debió pasar con algún otro deporte, como aquel no menos extraño en el que unos caballeros vestidos de blanco se tiraban una pelotita de lado a lado de una red, mediante una especie de sartén a la que llamaban raqueta. Pero pronto encontraron a quien sería la voz del tenis para muchísimos años, aquel inolvidable Juan José Castillo y su “entro, entró…”).

La era de Pedro Macía duró poco, supongo que acabó el mismo día en que apareció por el ente público (público ya era, lo de ente vendría después) un señor llamado Héctor Quiroga. Nunca supimos muy bien de dónde había salido, aunque sospechábamos que tal vez de Argentina por aquello de su nombre de pila y por un acento suave, ligerísimo, casi imperceptible. Viniese de donde viniese, lo cierto es que se iba a convertir en la voz oficial del baloncesto durante la mayor parte de los años setenta y durante los primeros ochenta.

Quiroga respondía perfectamente a los patrones narrativos de la época: era la sobriedad personificada. Una jugada cualquiera, por decisiva que fuera, podía narrarse así: “… …recibe Cabrera, …. …. …., Brabender, …. ….. …., Luyk, …. ….. …, Rullán, …. …. …, Walter, … …. …, canasta de Walter, Real Madrid 82, Ignis de Varese 81, … …. …, balón para Meneghin, … …”. Y así sucesivamente, siempre, desde el principio hasta el final, desde el primer minuto hasta el último, siempre con el mismo tono, sin ni siquiera una mínima inflexión de voz.

Se le acusó de madridista y es muy posible que lo fuera. Pero es que no era fácil no serlo, y que no lo pareciera, en una época en la que en televisión no había más baloncesto que el torneo de Navidad y por supuesto la Copa de Europa, una Copa de Europa que por aquel entonces sólo disputaba un equipo por país, el que había ganado su respectiva Liga. En aquel tiempo el Real Madrid solía ganar 9 de cada 10 ligas, así que no era difícil que jugase 10 de cada 10 Copas de Europa (sí, la décima también, porque podía suceder perfectamente que justo el año en que no ganaba la liga ganara la Copa de Europa, lo que automáticamente le otorgaba plaza para la siguiente temporada).

De hecho en aquellos años 70 ni siquiera la cobertura televisiva de la selección estaba garantizada. Normalmente sí que podíamos ver los Campeonatos de Europa (aunque no todos), sin embargo los Mundiales y/u Olimpiadas (que no siempre jugábamos) permanecieron casi siempre ocultos a nuestros ojos. Sí, poco a poco aquello iría mejorando, poco a poco empezaríamos a tener (incluso) algún partido de las competiciones nacionales, tal vez la final de Copa, si acaso alguno decisivo de Liga… Pero todavía con cuentagotas. Aquellos años 70 fueron años difíciles, en casi todos los sentidos.

Y sin embargo enseguida iban a llegar los años 80, los años en los que el deporte dejaría de ser sólo fenómeno social para convertirse también en fenómeno televisivo; y el baloncesto no sólo no iba a ser la excepción, sino que incluso iba a convertirse en el principal abanderado de todos esos cambios.

En junio de 1982 este país, deportivamente hablando, sólo se alimentaba de fútbol. Como siempre, pero aquel año además en mayor medida porque llegaba el Mundial, el gran circo de la FIFA presto a establecerse en nuestros estadios. Naturalmente TVE se dio a la tarea con entrega absoluta, con todos los partidos por la Primera Cadena, con todos sus medios técnicos, con todos sus “locutores” haciéndonos llegar tan magno acontecimiento (incluido aquel legendario Miguel Vila que en su primer partido, en Vigo, dijo “noten con qué emoción la gente escucha el himno polaco” mientras sonaba el himno gallego). El ente público sacó adelante el Mundial con solvencia, con éxito internacional incluso… Lo que no habría tenido nada de particular si no hubiese sido por el pequeño detalle de que aquello fue prácticamente lo único que salió bien. La organización fue un desastre, hubo lotes enteros de entradas que nunca se supo donde acabaron, se decía que se había vendido todo el papel y sin embargo los estadios aparecían medio vacíos, muchos visitantes con hotel garantizado nunca encontraron dónde dormir… Y la selección española de fútbol pegó el mayor petardazo que se le recuerda (y mira que hay donde escoger…). Íbamos a ganar el Mundial, pero ni siquiera fuimos capaces de ganar a Honduras.

¿Conclusión? Un mes después, cuando ya la torcida brasileira había dejado de recorrer nuestras calles a ritmo de samba, cuando los tifosi ya se habían ido con su Copa y su gloria, cuando en cada bar los posters de nuestra selección habían sido arrancados o puestos del revés, cuando el país volvió a darse de bruces con su cruda realidad, entonces de repente la gente descubrió que, por primera y quizá única vez, estaba de fútbol hasta las narices. Y empezó a volver la cara hacia otras cosas, hacia otros deportes. Por ejemplo hacia ese Mundial de Baloncesto que se iba a jugar en Cali, Colombia, muy poquito tiempo después.

Una madrugada de aquel agosto de 1982, la radio (si mal no recuerdo fue Radio Nacional, fue la eterna voz de Juan Manuel Gozalo) nos trajo uno de esos momentos que se te quedan grabados para toda la vida. Una victoria de España sobre Estados Unidos, en baloncesto, siempre será considerada una sorpresa. Pero hace 24 años aquello no fue sorpresa, aquello fue casi un milagro. O al menos así lo vivimos mi hermano y yo, pegando gritos en la cama de aquel apartamento playero al que nos habían llevado mis padres, con el transistor por toda compañía y sin un televisor en el que poder disfrutarlo… Pero claro, seguramente nos habría dado igual. Quizá la memoria me traicione, quizá como allí no teníamos televisor lo fácil era pensar que no lo daban, pero… Aquel Mundial en principio no se televisó. En principio, porque probablemente la buena marcha de los acontecimientos obligó a TVE a reaccionar. España acabó perdiendo ante Yugoslavia (merced a uno de aquellos “maravillosos” arbitrajes de la época) un inolvidable duelo por el tercer y cuarto puesto. Y allí estuvo finalmente nuestra tele para contárnoslo, creo recordar que a través de José Félix Pons, la otra voz del baloncesto (y de otros deportes) en aquellos años, generalmente desde Cataluña (su fama barcelonista era aún mayor que la fama madridista de Quiroga) pero también cubriendo acontecimientos internacionales como éste. Su relación con nuestro deporte terminaría, abruptamente, varios años más tarde (pero eso ya lo veremos más adelante…).

Aquel Mundial de 1982, que apenas vimos, de algún modo marcó el pistoletazo de salida que inauguró la década prodigiosa del baloncesto español. Los éxitos propios se unían a las desgracias ajenas, a las de ese fútbol con el que por un momento nos creímos que podríamos competir y que vivía tiempos convulsos (baste decir que durante casi todo un año no se vio fútbol nacional en televisión, durante varios meses ni siquiera se dieron imágenes ni se ofrecieron resúmenes de los partidos de liga, ante la incapacidad de las partes para ponerse de acuerdo). La siguiente cita internacional de nuestro baloncesto iba a ser en junio de 1983, en Nantes, ésta sí, televisada toda ella… E iba a marcar dos auténticos hitos que quedarían para la historia de nuestro baloncesto y de nuestra televisión.

Primer hito: fue sentarnos ante el televisor a ver el primer partido, y de entrada comenzamos por quedarnos con las ganas. Iba pasando la hora de comienzo y el partido no aparecía, no conectaban, nadie acertaba a dar una explicación… Nos perdimos entera la primera mitad de aquel primer encuentro, la conexión se estableció ya empezando el segundo periodo.. ¿Qué había pasado?

Había pasado algo terrible. Había empezado la era de la publicidad, del marketing, de tantas y tantas cosas que transformarían el deporte, y la selección española de baloncesto no iba a ser la excepción: tenía patrocinador, el Banco Exterior de España, y acudió al Eurobasket luciendo en sus camisetas el logo de dicho patrocinador formado por sus iniciales, una B y dos E que se entrelazaban. Supongo que por una vez quisimos ir demasiado deprisa, quisimos ir por delante de los tiempos. Pero la organización decidió que no. Que con publicidad no se podía jugar. O que bueno, que sí, que vale, que jugar sí se podía jugar pero lo que no se podía, en ningún caso, de ningún modo, bajo ningún concepto, era televisar el partido. ¿Aparecer por televisión un equipo que lleve publicidad en sus camisetas? Eso nunca, por dios, hasta ahí podíamos llegar.

Sólo quedaban dos opciones. O taparse la publicidad (lo que no era fácil, primero porque el logo era enorme y segundo porque el Banco había soltado una pasta precisamente para que se viera) o engañar a la Organización. Así que se optó por esta segunda opción, y se les dijo “no, miren, si B.E.E. en realidad no quiere decir ‘Banco Exterior de España’, no hombre no, cómo pueden ustedes pensar eso, si en realidad lo que significan esas siglas es ‘Baloncesto Equipo Español’…”

No diré que los de la FIBA y los de la Organización francesa del Torneo se lo creyeron (aunque eso fue lo que se dijo en su día), porque eso sería insultar a su inteligencia. Mejor diré que “aceptaron la explicación” de las autoridades federativas españolas. O, dicho de otro modo, que al final tragaron porque no les quedaba más remedio, porque el remedio habría sido siempre peor que la enfermedad y porque cuando tienes un campo es muy difícil ponerle puertas. España siguió su camino en el Eurobasket y pudimos verlo entero por televisión, ya sin más sobresaltos y con nuestros jugadores luciendo una hermosa B y dos hermosas E sobre su pecho.

Pero faltaba el segundo hito, la traca final. España hizo un Torneo extraordinario, se plantó en semifinales, derrotó contra todo pronóstico a la Unión Soviética en un partido memorable y alcanzó la finalísima de aquel Eurobasket, que jugaría contra Italia. La Final del Campeonato de Europa de baloncesto, prevista para las 8 de la tarde del mismo día en el que estaba prevista, para las 9 de la noche, la Final de la Copa del Rey de fútbol.

Diréis “¿y qué? Pues si TVE tiene dos canales se pone cada partido por un canal, y cada uno que vea lo que quiera…”. Sí, vale, eso tal vez es lo que pasaría hoy, pero es que la situación de 1983 no se parecía en absoluto a la de hoy. Hoy habría una mayoría ansiosa de ver el fútbol y una minoría que vería el baloncesto (o eso nos venderían, al menos), pero hace 23 años había millones de personas que querían ver las dos cosas, y las dos cosas completas, y que no querían verse en la tesitura de tener que elegir. Y eso, además, contando con que por aquel entonces aquí no había más televisión que la Española, y ésta mantenía una rigurosísima política de no poner nunca deporte en sus dos canales a la vez, para de esta manera no ofender a ese sector de la población al que no le gusta el deporte…

Y entonces sucedió. Las presiones populares y mediáticas hicieron el milagro y la Final de fútbol se retrasó ¡¡¡una hora!!! para que no se solapara con la Final de baloncesto. Y no, no vayáis a pensar que seguro que fue fácil porque aquella final de Copa la jugarían dos equipos cualquiera, no: el Madrid y el Barcelona, nada menos, en La Romareda de Zaragoza y con el Rey (por supuesto) como privilegiado testigo. Y todo dio igual. Supongo que fue necesaria la mediación del Consejo Superior de Deportes, quizá también la de instancias más altas del Gobierno de la Nación pero lo cierto es que al final el Madrid tragó, el Barça tragó, ni siquiera su Majestad el Rey tuvo el más mínimo problema en retrasar una hora su sacrosanta agenda… Y la Federación Española de fútbol puso el grito en el cielo, se sintió ofendida, qué clase de afrenta era ésta, que el fútbol tenga que arrodillarse ante el baloncesto, cómo es posible, a dónde vamos a llegar… pero al final también acabó tragando, más que nada porque no les quedaba otra. Les quedaba, en todo caso, el derecho al pataleo, a no poner el baloncesto en las pantallas gigantes de La Romareda para que los aficionados que hasta allí habían acudido no pudieran verlo, quizá pensando que así quedaba más clara su supremacía… La selección española de baloncesto perdió aquella final, pero el baloncesto español alcanzó una victoria quizá mucho más importante: se ganó la atención y el respeto de toda la sociedad, un respeto muy superior al que jamás habría imaginado.

Cali’82 abrió la puerta, Nantes’83 marcó un hito y Los Ángeles’84 ya fue… ¿cómo explicarlo? Fue poco menos que besar el cielo. Casi nunca habíamos tenido baloncesto “transoceánico” en nuestras pantallas, ya quedó dicho, quizá por aquello de la diferencia horaria, y ahora de repente nos pasábamos una madrugada tras otra con los ojos pegados al televisor. Medio país trasnochó de 2 a 4 de la madrugada para disfrutar de la victoriosa semifinal ante Yugoslavia, y puede que también el otro medio lo hiciera, esta vez de 4 a 6 de la mañana, para presenciar el partido más importante que jamás haya jugado el baloncesto español.

Aquella final no tuvo historia, no podía tenerla. Nuestros Corbalán, Epi o Martín apenas vieron a sus Jordan, Ewing o Mullin (al contrario de lo sucedido en la primera ronda, en la que les habíamos aguantado toda la primera parte). Pero aquella final fue mucho más que lo que sucedió en cancha. Supuso una gloriosa medalla para el deporte español (en una época en la que nuestro deporte prácticamente jamás ganaba medallas olímpicas, y en disciplinas colectivas aún menos), supuso todo un acontecimiento a nivel social y también, aunque en aquel momento no lo sabíamos, marcó un cambio de época a nivel televisivo. Una especie de traspaso de poderes.

Aquella final la hicieron, al alimón, el ya veterano Héctor Quiroga y un joven periodista de suave acento catalán al que estábamos apenas empezando a conocer, un tal Pedro Barthe. Y eso ya suponía una innovación porque por aquel entonces cualquier partido, de cualquier deporte, sólo tenía una voz, un “locutor”. El comentarista especializado o experto que aportara sus conocimientos técnicos no existía, ni se le esperaba. Así que aquellos partidos “por parejas” supusieron toda una novedad. Y el contraste de estilos entre ambos resultaba ser una novedad aún mayor: A la eterna discreción y sobriedad de Quiroga de repente le daba réplica el “estilo Barthe”, que apenas empezábamos a conocer: mercurial, plagadito de opiniones, de valoraciones (“está loco ese Tisdale” exclamó ante el enésimo codazo que soltaba el ala-pívot), de visiones de supuestos complots… Aquello suponía toda una ruptura con lo establecido: era pasar de no escuchar jamás una opinión a escuchar incluso demasiadas. Íbamos de lo sobrio a lo visceral sin que mediase siquiera una mínima transición.

Ese traspaso de poderes acabó de hacerse realidad muy pocos días más tarde. Y mira que mi madre, sagaz observadora para estas cosas, ya me lo había avisado. Por aquel entonces los “locutores” aparecían muy poco en pantalla pero si acaso alguna vez lo hacían, para una entrevista en el descanso o para lo que fuera, mi madre reparaba en cosas en las que yo, pendiente de escuchar lo que decían, jamás me habría fijado. Y siempre que aparecía Quiroga mi madre decía lo mismo, una y otra vez: “ay, este hombre, qué mala cara tiene”; “este hombre tiene cara de calavera”; “este hombre tiene cara de estar muy enfermo…”; Héctor Quiroga falleció muy pocos días después de aquella final olímpica de Los Ángeles. Creo recordar que murió allí mismo, que ni siquiera tuvo tiempo de volver a España. Durante varios años el Torneo de baloncesto de Puerto Real (Cádiz) llevó su nombre, como un postrero homenaje a su memoria. Posiblemente hoy muy pocos le recuerdan ya, pero aquellos que crecimos escuchando sus comentarios jamás podremos olvidarle. Su hijo Jorge siguió sus pasos, y dirige desde hace ya varios años la Revista Oficial de la NBA.

(II)

La muerte de Héctor Quiroga provocó un vacío, un vacío que no sólo se sintió en TVE. Por extraño que parezca ese vacío se sintió también en el Real Madrid, el equipo que se preparaba un año más para jugar la Copa de Europa tras ganar su enésima Liga (la segunda de la ACB, la primera con playoffs, con aquella serie final a tres partidos que terminó… empate a uno, tras pelea a puñetazo limpio –Martín, Davis, Itu- en el segundo y tras negarse el Barça a disputar el tercero, en desacuerdo con las sanciones adoptadas por el supuesto juez que hacía las veces de comité de competición). De repente, el Madrid no tenía quien le comentara. ¿Quién iba a hacer ahora los partidos europeos del equipo blanco? ¿Quién iba a hacer el Torneo de Navidad?

La solución tampoco parecía difícil: en TVE había dos periodistas perfectamente capacitados para comentar baloncesto, uno más veterano, el otro más joven, pero ambos sobradamente preparados: José Félix Pons y Pedro Barthe. ¿fácil, no? ¿problema resuelto, no? Pues no.

Según contaron algunos medios de comunicación en aquella época, el Real Madrid les puso el veto a ambos periodistas. Sí, sí, que les vetó, así como suena. ¿por qué? ¿qué nefando pecado se supone que habrían cometido para que el club más laureado de Europa les vetara? Pues está clarísimo: ambos eran catalanes, sospechosos de catalanismo, sospechosos incluso de barcelonismo, sospechosos por supuesto de antimadridismo. Nada, vetados, y si ustedes no están de acuerdo pues entonces nuestros partidos no se televisan, y santas pascuas. ¿Qué hacer? Alguien, supongo que desde el propio Real Madrid, ofreció una solución de compromiso y, por alguna extraña razón, salió a la palestra el nombre de un periodista a quien yo jamás recordaba haber visto ni oído hacer baloncesto, un estupendo reportero que por aquel entonces creo que estaba de corresponsal de RTVE, y que en ello sigue a día de hoy: Luis de Benito. Nunca entendí muy bien por qué salió ese nombre (tal vez hubiese sido jugador; o quizá sí hubiese hecho antes baloncesto, aunque yo no lo recuerde), pero lo que sí sé es que aquello no prosperó: hasta donde yo alcanzo a recordar, Luis de Benito jamás narró partido alguno.

Pero entonces, ¿cómo acabó aquello? Pues con seguridad no lo sé; era corriente que los medios de comunicación informaran de la crisis (era noticia) pero no lo era tanto que informaran de la salida de la crisis. Sí que soy capaz de recordar a Pedro Barthe haciendo partidos del Madrid, pero no a José Félix Pons. Claro que en realidad a Pons apenas le recuerdo haciendo partidos de baloncesto, ni del Madrid ni de ningún otro equipo, a partir de aquella mañana de domingo en la que definitivamente cayó en desgracia.

Aquella mañana había partido de liga de baloncesto en televisión, una presencia que estaba ya empezando a convertirse en habitual. En Vitoria, en la vieja cancha del Baskonia (supongo que por aquel entonces aún se apellidaría Caja de Álava, lo de Taugrés vino después). Cuentan (no lo vi; había quedado con amigos a tomar el aperitivo y, como aún apenas existía el vídeo, tampoco tenía forma de grabarlo) que hacia el segundo tiempo se oyó un estruendo, se produjo un gran revuelo, de la calle asomaba una densa humareda, un olor penetrante… ETA había atentado contra las fuerzas de seguridad que estaban en el exterior del pabellón, había policías heridos, tal vez muertos… Y José Félix Pons continuó en su puesto, impertérrito, siguió narrando el partido hasta el minuto final como si nada hubiera pasado.

Diréis, ¿y qué? Él que siga en su puesto y que sean los periodistas de información general los que vayan a cubrir el atentado… No sé, supongo que aquello todavía no era tan fácil, quizás nuestra anquilosada televisión pública tampoco tenía medios, o tal vez sí los tenía pero no los utilizaba (en aquella época las noticias de los telediarios iban todas enlatadas, aún apenas existían las conexiones en directo a pie de calle). Y tampoco sé qué fue lo que se le pasó a José Félix Pons por la cabeza: lo mismo no se atrevió a tomar él solo aquella decisión, a parar la retransmisión por su cuenta y riesgo; o tal vez sí que lo pensó pero no encontró forma humana de mover todo aquel operativo, de sacar su micrófono y sus cámaras a la calle; o, quién sabe, a lo mejor ni siquiera fue cosa de él, quizás alguien de arriba llamara y dijera “tú, ni se te ocurra moverte de ahí, tú sigue ahí como si no pasara nada, aquí se trata de aparentar normalidad, de no crear alarma social…”.

Aquellos eran años difíciles. Años de transición en los que las más rancias y monolíticas estructuras del estado de repente tenían que adaptarse a una época nueva en la que ya se podía pensar, e incluso opinar, por cuenta propia. Y Televisión Española, acostumbrada desde siempre a recibir y seguir consignas, nunca fue ajena a ese difícil proceso, más bien todo lo contrario. No sé si Pons no se atrevió, si fue su decisión o la decisión de otros… Lo único que recuerdo es que le crujieron. Le cayeron críticas desde todos los lados, se pidió su cabeza desde un montón de ámbitos (la mayoría, por supuesto, completamente ajenos al deporte)… Podría ser que yo esté equivocado, tal vez me esté columpiando totalmente, pero juraría que a partir de aquella mañana ya nunca más volvimos a escuchar a José Félix Pons narrar partido de baloncesto alguno. Y quizás tampoco ninguna otra cosa, ningún otro deporte.

Años raros, múltiples revuelos, y supongo que todo aquello provocó finalmente la aparición de algún nombre nuevo. De repente de entre las profundidades de aquella casa surgía algún profesional al que apenas conocíamos y al que en un momento dado, sin saber muy bien por qué, le ponían a hacer baloncesto como si tal cosa. Como por ejemplo… ¿cómo se llamaba aquel tipo? Nacho Rodríguez Márquez, creo recordar. Su llegada supuso un espectacular salto cualitativo en las transmisiones de baloncesto. Pero esta vez hacia atrás. Porque era sencillamente terrible. Era el típico 3 en 1, narrador, comentarista y entrevistador en una sola persona pero todo ello con una incontinencia verbal incontenible (valga la redundancia), con un increíble desparrame de palabras que parecían encaramarse cada una sobre la otra, como si cada palabra tuviese que solaparse necesariamente con la anterior y con las siguientes. Como narrador no conocía la pausa, como comentarista era pobre (sabía distinguir entre una defensa al hombre y una en zona… pero poco más) y como entrevistador…

Como entrevistador era inenarrable. Cada descanso bajaba al parquet, cogía el micro, agarraba a uno de los jugadores que estaban calentando, se lo llevaba a la banda y le hacía preguntas más o menos así: “¿Corbalán, qué nos puedes decir de esta primera parte en la que habéis empezado bastante bien pero luego os habéis venido un poco abajo porque seguramente los cambios de ellos os han perjudicado aunque al final os habéis recuperado un poco porque os han entrado los tiros que antes no os entraban y ellos sin embargo han empezado a fallar probablemente debido al cansancio ya que habéis impuesto un ritmo muy fuerte al que sin duda ellos no están acostumbrados porque además vuestros contraataques les han hecho mella y de este modo habéis dejado el partido muy bien encarrilado para la segunda parte si bien no debéis confiaros porque ellos son siempre un equipo muy peligroso?”. Era así, sin comas, sin puntos, sin pausas, todo de un tirón. Y este ejemplo sería de los cortos, más que preguntar te hacía la crónica… Una vez, precisamente Corbalán le contestó “bueno, en realidad ya lo has dicho tú todo…” y ahí le dejó, con un palmo de narices. Aquel Rodríguez Márquez duró poco en nuestras canchas, afortunadamente le pasaron enseguida al voleibol. Y luego ya nunca más se supo.

Lo de las entrevistas en el descanso ya empezaba a ponerse de moda. Pero claro, si el narrador tenía que hacer también las veces de entrevistador le suponía una molestia, dejar el puesto de comentarista, bajar a la cancha, poner el careto, volver a subir… nada, hombre, hacemos como en la radio, ponemos a alguien con el micro a pie de cancha y que vaya entrevistando a quien se deje, a quien se le ponga por delante… La primera que recuerdo se llamaba María Antonia Martínez. Y si antes dijimos que Héctor Quiroga tuvo cierta fama de madridista, lo de esta mujer ya no es que fuera fama: es que era más blanca que la leche, su legendario madridismo ya casi resultaba cómico. Peculiares entrevistas las suyas, ciertamente.

Pero su presencia, o la de cualquier otro entrevistador, era imprescindible porque de repente nuestro deporte ya no es que estuviera de moda, es que había alcanzado la categoría de fenómeno social. Y podías encontrarte todo tipo de público. Un día, de repente, aparecía en las gradas la “supervedette” Norma Duval, en el descanso bajaba a la cancha para la entrevista, “caramba, Norma, qué sorpresa, ¿qué haces tú por aquí?”. Y ella, “ya ves… mi marido, que es yugoslavo, me ha metido el gusanillo…”. (Aquel partido probablemente no pasó a la historia; sin embargo aquel gusanillo sí que quedó para la posteridad, de hecho al día siguiente casi no se habló de otra cosa…).

Entrevistador/a ya teníamos, pero lo del comentarista técnico se hacía esperar. Y si alguna vez se les ocurría intentarlo, el remedio resultaba siempre peor que la enfermedad. Supongo que en aquella casa pensaban que bastaba con contratar a una leyenda, luego ya que supiera hablar o no era lo de menos. Y dicho y hecho. El primer intento que yo recuerdo fue con Emiliano Rodríguez, leyenda blanca. Resultó patético. Tengo todos mis respetos por todo lo que este señor significó como jugador para nuestro baloncesto, pero eso no evita que como comentarista fuera un auténtico desastre. Y el segundo intento que yo recuerdo fue con Luis Miguel Santillana, leyenda verdinegra. Tres cuartos de lo mismo. Tengo todos mis respetos por etc, etc, pero como comentarista no aportaba nada, absolutamente nada.

Y sin embargo, sabíamos que otros comentarios eran posibles. Para comprobarlo nos bastaba con encender la radio. Sí, la radio, que de repente había pasado también a formar parte de la moda baloncestística. Y en aquellos años decir radio deportiva era decir José María García, por extraño que ahora nos parezca. Yo con él estaba ya pasando del hastío al aborrecimiento, cada vez soportaba menos su manera de pontificar, su maniqueísmo, su forma de dividir al mundo en buenos buenísimos (los que pensaban como él) y malos malísimos (los que no pensaban igual), su capacidad para denigrar y humillar al discrepante, sus broncas en antena a sus más estrechos colaboradores, sus “la verdad sólo tiene un camino”, “el entrenador no va a tirar piedras contra su propio tejado”, “el tiempo, ese juez insobornable que da y quita razones y pone a cada uno en su sitio”, …

Pero evidentemente sabía hacer radio. Y, sobre todo, sabía rodearse de los colaboradores idóneos para cada ocasión. Así que el baloncesto estaba de moda, el baloncesto había llegado a la radio y él, por supuesto, no iba a quedarse fuera, faltaría más. Su entusiasmo, tan repentino como pasajero, por nuestro deporte, se reflejó sobre todo en la gente que se buscó para que le acompañara en cada retransmisión. Más allá de “los de plantilla”, de aquel legendario Siro López, de aquel Andrés Montes (que además de broncas también tenía que aguantar bromas de su jefe en antena, relativas al color de su piel, manda huevos), allí aparecían también los comentaristas invitados, dos jóvenes entrenadores llamados Manel Comas (por aquel entonces en el Cotonificio de Badalona) y Mario Pesquera (por aquel entonces en el Fórum Filatélico de Valladolid) que de repente llenaban el partido de comentarios equilibrados, de puntos de vista tácticos en los que jamás habríamos caído, de disquisiciones técnicas que daba gloria oír… Aquello era una auténtica gozada. (En alguna ocasión García también fichó a Corbalán para la causa; y luego, pocos años más tarde, poco a poco, se le empezó a pasar la fiebre baloncestística. Los carruseles de baloncesto empezaron a desaparecer, a desmigajarse o, aún peor, a integrarse en el interior de carruseles futbolísticos. Nada era ya como antes pero García aún tuvo tiempo de llevarse por unos cuantos años a Moncho Monsalve, ésa gran maravilla que casi siempre se perdió la televisión).

Toda esta digresión alrededor de García evidentemente no venía muy a cuento, se supone que aquí se trataba de hablar de baloncesto en TVE, no de baloncesto en Antena 3 Radio o en cualquier otro sitio. Pero creo que era necesario hacerla, primero por aquello de la odiosa comparación entre los comentaristas técnicos de uno y otro medio, y luego también como una especie de justificación por mi parte: porque muchos recuerdos míos de aquellos años son más de radio que de televisión, porque yo como tantos otros quitaba el volumen del televisor y encendía el transistor, porque todo eso hará que la crónica de este tiempo tal vez se me quede un poco coja.

Pero mientras tanto en TVE, voluntariosos ellos, lo seguían intentando. Y quizá su primer intento serio fue contratar al inolvidable Antonio Díaz-Miguel para comentar los partidos de la Liga ACB. Parecía la mezcla ideal, la combinación perfecta. Un tipo de gran tirón mediático, de gran elocuencia, que lo sabe prácticamente todo sobre nuestro deporte y a quien además avalan los extraordinarios resultados de nuestra selección, cómo era posible que no se nos hubiera ocurrido antes… Sí, aquello tenía que ser un éxito, pero… aquello no funcionó.

Por alguna misteriosa razón, uno tenía la sensación de que el partido iba a un ritmo y Díaz- Miguel a otro. Era como si el partido, cualquier partido, fuese demasiado rápido como para que al seleccionador le diese tiempo a contar todo lo que nos tenía que contar. Así que de repente se hizo popular una frase que él indefectiblemente repetía, dirigida a su realizador, tras cada jugada interesante: “ésta me la grabas y luego la comento en el descanso”; “ésta me la guardas para después”; “ésta también me la guardas para después…”. Y llegaba “después”, llegaba el descanso con sus anuncios, sus promociones, sus reportajes de otros deportes, sus entrevistas a pie de cancha, y cuando nos queríamos dar cuenta comenzaba la segunda mitad sin que a él le hubiera dado tiempo a contar casi nada (y si tenía algo de tiempo era casi peor, la segunda parte siempre a punto de comenzar, el agobio de tener que explicar una jugada deprisa y corriendo, la sincronización con el realizador era penosa, casi nunca aparecía la jugada que esperaba ver…). Y al acabar el partido menos aún, por supuesto, que siempre había que despedir deprisa y corriendo para dar paso a otra cosa, así que todo aquello que habría podido contarnos siempre se quedaba en el tintero. Con el tiempo fue mejorando, pero el margen de mejora fue escaso porque aquel experimento duró poco (creo recordar que ni siquiera llegó a acabar la temporada). Él nunca se encontró en su elemento y TVE nunca supo utilizarle adecuadamente, jamás supo sacarle partido ni buscar otra manera de aprovechar sus conocimientos.

Pero ellos seguían experimentando, probando con éste o con aquél. ¿Y si se lo ofrecemos a ese tal Paco Garrido, que acaba de dejar el cargo de entrenador del Estudiantes? Garrido había sido un entrenador de perfil bajo, e iba a ser un comentarista de perfil ínfimo. Empezaba el partido, un equipo cogía ventaja, “no, esto es normal, pero no hay que preocuparse porque luego estas rachas casi siempre se igualan”, luego llegaba el parcial del equipo que iba por detrás “ves, es lo que te decía, estas rachas iniciales luego casi siempre se igualan…”. Y cuando comenzaba el segundo tiempo más de lo mismo (afortunadamente todavía no habían llegado los cuatro cuartos, así que este episodio sólo se repetía dos veces). Sí, por chocante que parezca aquella fue su mayor aportación técnica. Yo no podía evitar imaginármele de entrenador, en los tiempos muertos, “sí, chicos, nos han hecho un parcial de 20-0 de salida pero no os preocupéis, ni siquiera me voy a parar a deciros cómo tenéis que jugar porque da lo mismo, ya está escrito, ahora viene nuestro parcial, estas rachas casi siempre se igualan, es ley de vida…” Aún hoy, tantos años después, cuando veo un partido en el que un equipo se sale de inicio y el otro inmediatamente remonta no puedo evitar recordar sus sabias palabras, si ya lo decía Garrido, estas rachas luego casi siempre se igualan …

Pero no todos los intentos de “comentarista invitado” por parte de TVE fueron siempre tan negativos: alguna vez tuvieron a Monsalve (el que más aportaba, de lejos; pero aquello jamás fructificó, a saber por qué). Y alguna vez tuvieron al ya entonces veterano Jesús Codina (si mal no recuerdo eso fue durante el Mundial 86, el de España; aunque, insisto, aquellos eran tiempos de “oírlo por la radio”, y puede que me confunda), con comentarios a su imagen y semejanza: siempre serios, siempre sobrios, siempre atinados. También nos duró demasiado poco. En realidad casi todos sus intentos de comentarista técnico en aquellos años 80 fueron efímeros, duraron poco. Sólo empezaron a tomarse este aspecto en serio ya al final de aquella década, o al comienzo de los 90, y el “agraciado”, el primer entrenador metido a comentarista que tuvo la suerte de permanecer, de consolidarse, fue Joan María Gavaldà.

Pero no adelantemos acontecimientos, sigamos, todavía, en los 80. Desaparecido en combate José Félix Pons, desaparecido por extenuación Nacho Rodríguez Márquez, el baloncesto se iba convirtiendo, cada vez más, en “territorio Barthe”. Y poco a poco íbamos conociendo, cada vez mejor, a Pedro Barthe: su calidad, sus obsesiones, su gusto por el baloncesto, sus filias, sus fobias, su conocimiento del juego (más que de los jugadores), sus paranoias, sus manías… Barthe era un soplo de aire fresco; y era, al mismo tiempo, un motivo de desesperación: por alguna extraña razón, nos gustaba oírle casi tanto como nos sacaba de quicio.

Nos gustaba porque por fin suponía algo diferente: no era la típica narración plana y neutra que hasta entonces habíamos conocido. Barthe tenía aristas, aportaba matices, era capaz de cambiar su entonación de voz en función de lo que ocurriera, ponía al menos algo de sí mismo (a veces incluso demasiado) en la narración, se implicaba… Y opinaba. No se reservaba ninguna opinión, por difícil que ésta fuera, por opuesta que fuera al “establishment”. A menudo se le notaba que no se podía aguantar. Y a menudo no se aguantaba.

El problema de las opiniones es que normalmente son subjetivas, y lo son tanto por la parte del que las dice como por la parte del que las escucha. Quizá en aquellos años 80 no estábamos todavía preparados para tanta subjetividad. Y quizá estábamos aún menos preparados para tanta denuncia (justificada o no) al poder establecido, para tanta visión de fantasmas (aunque es verdad que fantasmas por aquel entonces aún había unos cuantos), ni para que se vieran sólo los fantasmas de un lado pero no los del otro… (Con el tiempo todo esto se fue suavizando: entre otras cosas gracias al propio Barthe, que nunca perdió su personalidad ni su espíritu crítico pero que poco a poco fue dando mucho mayor peso al aspecto lúdico del juego, al baloncesto como motivo de felicidad más que de amargura…).

Y sin embargo muy pronto íbamos a descubrir el polo opuesto. Enseguida encontraríamos a un atildado muchacho con cara de buena persona, de no haber roto jamás un plato, y con ese eterno aire de infinita prudencia, de parecer estar permanentemente fuera de lugar, como si estuviera siempre pidiendo permiso para estar donde está. Se llamaba Ignacio Calvo y era el anti-Barthe. Barthe estaba lleno de aristas y Calvo era absolutamente plano. Barthe tenía personalidad y Calvo tal vez también, pero lo disimulaba profundamente. Ambos eran contrapuestos, contradictorios, complementarios… y sin embargo sus destinos parecían unidos para siempre, ambos parecían estar predestinados para convertirse (juntos o por separado) en las voces oficiales del baloncesto en las décadas venideras, nada ni nadie podría ya cambiar esa situación…

… Y en esto llegó Trecet.

(III)

Durante los años 70 la NBA no había existido para nosotros. Sabíamos que en Estados Unidos existía el baloncesto universitario, que era el amateur, el que habitualmente alimentaba a su selección nacional, el que de vez en cuando nos visitaba por Navidad (Torneo de). Y sabíamos que también existía allí (y sólo allí) un baloncesto profesional del que no conocíamos sus siglas (de hecho ni siquiera suponíamos que tuviera siglas). Si acaso a veces nos llegaban los ecos de un tal Wilt Chamberlain, o de un tal Bill Russell…

Lo único parecido al baloncesto profesional americano que conocíamos en aquellos tiempos era un extraño equipo de camiseta oscura (que suponíamos azul, la tele aún era en blanco y negro) y pantalón a rayas (que suponíamos rojas y blancas), que de vez en cuando nos visitaba y que, éste sí, aparecía profusamente en nuestro televisor. Se llamaban (y se siguen llamando) Harlem Globetrotters, y producían en nosotros una reacción contrapuesta, una rara mezcla de fascinación y desprecio: por supuesto que alucinábamos con todas sus virguerías y filigranas varias, con la forma en que ridiculizaban al (presunto) equipo rival y a los (aún más presuntos) árbitros de la (supuesta) contienda. Nos dejaban con la boca abierta pero daba igual, porque al día siguiente llegábamos al colegio y sistemáticamente los poníamos verdes: “eso no es baloncesto, eso es circo”. En el fondo nos recordaban a aquellos espectáculos taurinos que llamaban “charlotadas”, con cuyos carteles de vez en cuando empapelaban nuestras calles: “el Bombero Torero, y sus Enanitos Rejoneadores”. Así los veíamos. “Si jugaran contra un equipo de verdad perderían de 50 puntos”, decía uno. “Eso, por lo menos”, decía otro. Y así nos lo íbamos repitiendo unos a otros, todos cargaditos de razón, por supuesto. (Curiosamente ahora, más de 30 años después, me da la sensación de que hace ya como un siglo que no les televisan ningún “partido”. Y es una auténtica pena porque seguro que a los críos les encantaría, les divertiría mucho más que muchos partidos “de verdad”, les generaría afición por este juego… Todas esas cosas de las que, hace tantos años, no nos dábamos cuenta).

El boom NBA empezó a germinar en los primeros 80: un día conocimos aquellas siglas, luego de repente supimos que existían unos señores llamados Julius Erving, Kareem Abdul Jabaar, Magic Johnson o Larry Bird, poco más tarde conocimos (gracias a aquellos Juegos de 1984) a Jordan y a Ewing… En los periódicos (incluso en los de información general) se empezaba a escribir sobre aquel baloncesto, en las radios se empezaban a contar historias… Y mientras tanto, en Televisión Española (por aquel entonces todavía “la mejor televisión de España”, aún no había llegado ninguna otra) no pasaba nada. Nada. De vez en cuando nos llegaban referencias de cómo en muchos países europeos podían seguir en directo la final del 82 ó la del 83, grandísimos acontecimientos que aquí simplemente nos conformábamos con imaginar.

Pero TVE siempre fue una caja de sorpresas. Tenerlo se ve que lo tenían, al menos en parte (tal vez entonces la NBA, en su afán de expandirse por el mundo, incluso lo diera gratis), pero para ellos no tenía más consideración que la de mero programa “de relleno”, algo así como aquellos documentales que de vez en cuando metían si les fallaba alguna conexión. Y así, de repente, una de esas calurosas mañanas dominicales de julio o de agosto en la que tal vez no había motos y en la que no sabrían qué meter para rellenar el habitual contenedor deportivo, se ve que alguien tuvo la idea, “oye, ¿y por qué no les ponemos el partido ése que nos mandaron, el del baloncesto ése raro que juegan los yanquis?”. No sé en qué año fue: tal vez en 1984, ó en 1985, soy incapaz de recordarlo. Pero lo que sí sé es que a los que tuvimos la improbable ocurrencia de sentarnos ante el televisor aquella mañana lo que vimos nos marcó para siempre. Jamás olvidaremos la imagen de aquellos cinco enormes tíos, vestidos de amarillo y morado, corriendo por la cancha a una velocidad jamás vista, llevando el contraataque como jamás habríamos imaginado que se pudiera llevar, todo ello para vencer la durísima resistencia de otros cinco tíos, éstos vestidos de verde… Luego, muchos años más tarde, sabríamos que a todo aquello lo llamaban “showtime”.

Que yo recuerde la primera final de la que se ofreció aquí algún partido en directo fue la de 1986, la que ganaron los Celtics a aquellos Rockets de las Torres Gemelas (entonces esta analogía aún era políticamente correcta), Ralph Sampson y Akeem (la H se la pondría él después) Olajuwon. Que yo recuerde, de la espectacular final del año siguiente, 1987, aquí no se vio en directo ni un solo segundo (aunque puede que me esté equivocando porque la cobertura que recibió en prensa aquel espectacular duelo Celtics-Lakers fue tremenda, las crónicas eran enormes y con todo lujo de detalles, muchísimo más completas que las que podemos encontrar ahora).

Pero aquel curso 86-87 sí que se había podido ver NBA en televisión. Aquel año jugó en Portland un inmenso mocetón madrileño llamado Fernando Martín, y eso de algún modo obligó a TVE a hacer un esfuerzo: compró un lote de partidos de temporada regular, no sé si 3 ó 4, no sé si 5 ó 6, por supuesto todos de los Blazers, que luego fue colocando en su programación, por supuesto que en riguroso diferido, supongo que cuando encontraba una ocasión propicia para ello. En alguno de ellos Martín jugó sólo los tres últimos minutos (de la basura, obviamente, pero aún no conocíamos la expresión), en otros ni eso y lo más que hacíamos era intuir su cara en el fondo de aquel inmenso banquillo… Pero daba igual. Era NBA. Con cuentagotas, pero aquí estaba.

En el verano de 1987 Fernando Martín se volvió a Madrid pero no importó demasiado porque de algún modo la llama ya había prendido: la atención mediática, lo poco que habíamos podido ver en aquellos años, lo mucho que iban pudiendo ver los privilegiados de la época que ya dispusieran de un peculiar invento llamado “antena parabólica”… De repente TVE decidió dar un paso adelante, se lanzó al vacío e inventó una de las cosas más maravillosas que tenemos en nuestra memoria, un título que, a aquellos que lo vivimos, aún hoy nos pone la carne de gallina: “Cerca de las Estrellas”.

Era la noche del viernes (o en alguna época, la del sábado). Era en La 2 (o, en alguna época, incluso en La Primera). Era a las 12:30, ó a la 1, que entonces era la hora perfecta, o al menos lo era para mí, la hora justa para llegar a casa después de estar con tus amigos o de acompañar a tu chica, tus padres acostándose, tu cena en la cocina, te la pones en la bandeja, te vas al “cuarto de estar”, te plantas ante el televisor y allí de repente la careta del programa, la sintonía, el rótulo (“dirección: Ramón Trecet”, y la primera vez que lo veíamos nos quedábamos alucinados: ¿pero éste no era un periodista de música?). Y aquello que empezaba: la charleta de presentación, en un maravilloso tono lúdico al que no estábamos en absoluto acostumbrados. Y enseguida las primeras imágenes, algo así como la versión de la época de lo que hoy llaman “NBA en Acción”, pero pasada por el filtro de los comentarios de Trecet. Así descubrimos que las mejores jugadas se podían ordenar del 10 al 1 como si fuese la lista de los 40 Principales, descubrimos que cada semana tenía su “jugada tonta” (un concepto que nació allí, y que luego hemos ido repitiendo miles de veces a lo largo de nuestra vida), descubrimos que con un balón de baloncesto se podían hacer cosas que nunca habríamos podido ni siquiera imaginar.

Así transcurría más o menos la primera media hora del programa. Y luego, inmediatamente después, el partido. El partido no era en directo, ni siquiera en un breve diferido. El partido normalmente se había jugado una semana antes, como poco el fin de semana anterior… Pero era tal la ilusión que nos hacía que aquello en realidad no tenía ni la más mínima importancia. Nos llegaba ya capado de tiempos muertos (unas dos horas de duración, aproximadamente). Y nos llegaba, por supuesto, con la narración de Trecet. Fue todo un descubrimiento. De repente había también otra forma de hacer televisión deportiva, de repente un narrador no tenía por qué ser un mero busto parlante, podía ser incluso creativo en antena…

A muchos, a la gran mayoría, nos entusiasmó. Supongo que al menos en la misma medida en que muchos otros, los más “puristas” de la época, directamente le aborrecieron. Allá ellos. Veíamos un mate y le escuchábamos “¡catacrok!”. Veíamos un triple y le escuchábamos “diiiing-dooong…”. Veíamos un partido resuelto y descubríamos que aquellos minutos en USA se llamaban “de la basura” (y los puristas se echaban las manos a la cabeza, por dios, qué afrenta, qué terrible ofensa, qué insulto para estos humildes jugadores que aprovechan esos breves instantes de que disponen para buscar su oportunidad… Es curioso, porque a mí siempre me pareció que la expresión no era ofensiva para los jugadores; lo sería, en todo caso, para los minutos, si acaso éstos tuvieran la capacidad de ofenderse…). En cierta ocasión llegó incluso a aconsejar a los telespectadores, al final del tercer cuarto, que se marcharan a la cama (“…el partido ya está resuelto, y nosotros somos una televisión pública, no tenemos por qué engañar a nadie…”; por aquel entonces las privadas aún no habían llegado pero ya asomaban; aunque TVE ya sí que sabía lo que era la competencia, porque llevaba ya algún tiempo de dura convivencia con las primeras Autonómicas). Y te recomendaba que te fueras a la cama de tal manera que tú… te quedabas, a pesar de todo, por resuelto que estuviera el partido, a ver qué nueva ocurrencia le salía en aquel último cuarto…

Y se le ocurrían, vaya si se le ocurrían: tantas y tantas frases, que sueltas no dicen absolutamente nada, pero que formaban parte de una nueva manera de contar los deportes en televisión: “tiempo muerto en la cancha”; “… los que están muertos, y los que quedan por morir”; “los minutos que separan a los hombres de los niños”; “falta personal, pero no vale la canasta… entre otras cosas porque no ha entrado”;… Fue el primer periodista que entendió que no tenía por qué limitarse a simplemente contar un espectáculo; que él también podía integrarse de algún modo en ese espectáculo, aportar su granito de arena, formar parte de él. Rompió moldes y abrió un camino por el que luego le siguieron muchos otros, con mejor o peor fortuna.

E incluso hizo algo que nadie había hecho nunca: nos dijo de qué equipo era. Y eso sí que era una ruptura absoluta con todo lo establecido, porque hasta ese momento jamás habíamos escuchado a periodista alguno confesar sus preferencias, ni en éste ni en ningún otro deporte: a todos se les podían notar, más o menos, los colores, pero nadie se había atrevido jamás a confesarlos en antena. A él, en cambio, le faltó tiempo para contarnos que era de los Knicks (había vivido en Nueva York, en los años de los títulos de aquella franquicia); y, ya puestos, también nos confesó que en el baloncesto universitario era de Duke, y que en el de aquí era del… Bueno, la verdad es que en esto ya se cortó más: en un principio sólo confesó ser del equipo de su ciudad natal, el Askatuak donostiarra, que por aquel entonces andaba muy lejos de la máxima categoría (en la que sí había estado unos cuantos años antes, de la mano de un maravilloso entrenador, un tipo innovador al que daba gusto leer y escuchar y al que Trecet siempre había considerado como su mentor en esto del baloncesto; se llamaba José Antonio Gasca, y se nos fue demasiado pronto…). Pero de los equipos que estaban en ACB jamás manifestó preferencia alguna… hasta que se retiró. Entonces ya sí, entonces ya no le importó confesar que era del Baskonia.

Además, Trecet no estaba solo en aquellas veladas: cada noche le acompañaba un invitado que terminaba de enriquecer la retransmisión. Podíamos encontrarnos a un jovencísimo Piculín Ortiz, por aquel entonces recién salido de Utah y recién llegado a Zaragoza. O podíamos encontrarnos al prestigioso periodista Julio César Iglesias. O podíamos encontrarnos a… Esteban Gómez, que por aquel entonces estaba casi empezando, que era de la casa, que salía barato… Con el tiempo acabó quedándose como comentarista fijo, como el complemento perfecto a Trecet: éste aportaba la vibración y el ritmo narrativo, y en cambio Gómez resultaba realmente soso, pero a cambio tapaba las carencias técnicas de Trecet (que las tenía), ponía sobre la mesa sus indiscutibles conocimientos baloncestísticos. La aparición de esos “invitados” a veces provocaba una situación que en aquella época resultaba sorprendente: a menudo, narrador y comentarista “se olvidaban” de lo que estaba ocurriendo en la cancha, dejaban de narrar y se ponían a comentar cualquier otra cosa relacionada con el partido, cualquier anécdota o problema personal de alguno de los jugadores, cualquier historia que hubiera ocurrido aquella semana en aquella Liga. Y ahí estaban una vez más nuestros puristas, de nuevo echándose las manos a la cabeza, qué es eso de no narrar el partido, por dios, a dónde vamos a llegar… Han pasado casi 20 años y hoy ya casi nadie se sorprende si de repente a un narrador le da por hablar del chorrito de vinagre en las lentejas, del eneldo en el salmón o de los churros de Bonilla, pero en aquel entonces el mero hecho de olvidarse del juego, siquiera sólo para comentar la problemática infancia de algún jugador, ya era casi motivo para que los telespectadores más clásicos exigieran poco menos que su crucifixión.

Fueron dos temporadas maravillosas: por extraño que ahora nos pueda resultar, al lunes siguiente llegabas al trabajo, o a clase, y podías encontrar a no menos de 10 ó 12 compañeros que también habían visto el partido, con los que podías comentar y compartir las jugadas, las historias, todo. Y no digamos ya cuando el All Star, aquel inolvidable All Star Game de 1988 retransmitido en directo (no fue el primero, ya nos habían “regalado” en directo el de 1987, aquel de Seattle en el que Tom Chambers llegó de sustituto y acabó llevándose el MVP), curiosamente con Barthe de enviado especial a Chicago y con Trecet conduciendo el programa desde el plató, y con Vicente Salaner (al menos) de invitado… Y no digamos ya cuando la final, aquella inolvidable final del 88, ésta ya sí con Trecet de enviado especial a USA, con los partidos en directo de madrugada y en diferido a la tarde siguiente (pero si esperabas a la tarde para verlos estabas “muerto”, era prácticamente imposible que alguien no te reventara el resultado). Aquella final que los Lakers ganaron a los Pistons por 4 a 3 será siempre inolvidable para todos los que la vimos; fue la primera, pero nunca hubo ni habrá otra igual.

Fueron dos temporadas maravillosas pero a la tercera, como si dijéramos, se jodió el invento. TVE decidió reventar a la gallina, incluso a pesar de que ésta nunca hubiera dejado de poner huevos. Como quiera que la marca “cerca de las estrellas” era una marca de éxito, alguien del Ente Público tuvo una idea: ¿y si la extendemos a todos los días? ¿y si lo convertimos en un contenedor en el que quepan todos los deportes? Y dicho y hecho. Así que ahora de repente el programa Cerca de las Estrellas iba cada tarde, en La2, más o menos de 7:30 a 9 (ó de 8:30 a 10, no estoy seguro) y en él tenía cabida casi cualquier deporte que pudiéramos imaginar. ¿Y la NBA? Pues igual que antes, los viernes. Pero ahora en este horario vespertino que casi siempre nos pillaba fuera de casa (y que, si alguna vez nos pillaba en casa, suponía siempre una feroz competencia para pillar el televisor). Y ahora además comprimida en ese angosto espacio de hora y media, que ni siquiera con “morder” los tiempos muertos era suficiente y a veces era necesario quitar algún minutito de aquí o de allá para que la cosa cupiera…

Fue el principio del fin. La NBA todavía permaneció en La2 cinco años más (merced al larguísimo contrato que TVE, repentinamente entusiasmada por el éxito del producto, había firmado poco antes), pero las cosas ya sólo fueron de mal en peor: ahora el viernes por la tarde; ahora el sábado por la mañana; ahora seguimos con el sábado por la mañana pero haciéndolo desaparecer de repente al llegar los playoffs; ahora lo hacemos reaparecer, súbitamente y sin previo aviso, en la madrugada del sábado al domingo (y en el interior de un contenedor que duraba toda la madrugada y en el que cabía de todo, y como esto seguía siendo en megadiferido te lo podían meter a cualquier hora, cuando te ibas a la cama tenías que dejar grabando toda la programación…); ahora lo ponemos el domingo por la mañana porque resulta que hoy tenemos un hueco, pero como el hueco es de hora y cuarto pues nos cargamos el segundo cuarto que ya se sabe que es el menos interesante, o nos cargamos el último cuarto (sí, el último) porque total el partido ya estaba casi resuelto al acabar el tercero; ahora el hueco ya es sólo de tres cuartos de hora así que a ver si nos cabe al menos la segunda mitad… Fueron cinco años de caos progresivo, de caos absoluto, toda una lección por parte de TVE acerca de cómo ir machacando sistemáticamente un producto para finalmente conseguir acabar con él. La pesadilla se terminó en junio de 1995, en el cuarto partido de la cortísima final Houston-Orlando. Hubo que pasar cinco meses de angustia, de ¿volveremos a ver la NBA en España alguna vez?, pero finalmente, el 1 de diciembre de 1995, aquella Liga renació en las pantallas de Canal +. Y el resto es historia.

Pero volvamos a finales de los 80. En un principio los papeles estaban bien definidos: Pedro Barthe, tal vez ya también Nacho Calvo, eran la voz del baloncesto FIBA. Ramón Trecet era la voz de la NBA. Pero algunos, en nuestra ingenuidad, nos preguntábamos por qué Trecet, una vez demostrada su solvencia y su sentido del espectáculo, no podía hacer también otros baloncestos, tal vez ACB, tal vez competiciones europeas… Aquello llevó su tiempo, pero supongo que en el seno del Ente Público alguien finalmente se debió hacer esa misma pregunta. Y un domingo por la mañana de repente Ramón Trecet apareció en Huesca, en la vibrante narración de un no menos vibrante Magia de Huesca-Real Madrid. Trecet llegaba también, finalmente, al baloncesto FIBA. Y llegaba para quedarse.

¿Y Barthe? Quizá me equivoque, pero siempre pensé que aquello no le gustó nada. Uno no podía evitar tener la sensación de que Trecet era visto como un advenedizo por los “clásicos” del periodismo deportivo de aquella casa, como un periodista que sólo fuera especialista de música y que “a ver qué pinta aquí este tío”, como una especie de “showman” que “a ver con qué derecho viene aquí a quitarnos el trabajo”. Tal vez aquella sensación mía fuera errónea. O tal vez no.

Así que aquello a Barthe no le debió hacer ninguna gracia, pero se le debió de pasar en cuanto le ofrecieron un proyecto que a la postre resultó ser el más ambicioso, en relación con el baloncesto, que nunca se haya realizado en esa casa. Se trataba de conmemorar el centenario del baloncesto mediante un gigantesco macrodocumental, una serie de 13 capítulos, de casi una hora de duración cada uno, en la que se repasaría la historia de nuestro deporte “desde su nacimiento en 1891 hasta nuestros días”, es decir, hasta los momentos previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona ́92. Así nació “Chócala”.

Recuerdo que Barthe comentó, en la prensa de la época, que la primera sensación que tuvo cuando se lo ofrecieron (fiel a su larga tradición de ver siempre persecuciones por todas partes; aunque quizá no le faltaran motivos) fue que todo aquello no era más que una maniobra para apartarle de las retransmisiones de baloncesto. Pero parece que la mosca se le quitó de detrás de la oreja en cuanto comprendió la magnitud del proyecto, y también en cuanto supo que, entre viaje y viaje, podría continuar narrando partidos.

¿Entre viaje y viaje? Aquellos eran todavía tiempos de vacas gordas para TVE. O tal vez eran ya tiempos de vacas flacas pero aún no se habían enterado. O tal vez sí que se habían enterado pero se hacían los locos, total mientras que no nos cierren el grifo del dinero público aquí podemos seguir gastando a manos llenas… Fuera como fuera, lo cierto es que allí no se reparó en gastos: imágenes por doquier conseguidas de las más variopintas fuentes, entrevistas a tutiplén a todo aquel que significara o hubiera significado algo para nuestro deporte, viajes por todo lo largo y ancho de este mundo… Cada programa (excepto los primeros, que abarcaban más tiempo) venía a cubrir más o menos un ciclo olímpico de cuatro años, y para ilustrarlo se incluían siempre imágenes de cada ciudad sede, con filmaciones propias y con Barthe apareciendo en ellas, así se tratase de Los Ángeles, Moscú o Melbourne.

¿El resultado? Extraordinario, se mire por donde se mire. Probablemente se trate de la recopilación más completa sobre la historia de nuestro deporte que jamás se haya hecho, no ya a nivel de España sino a nivel internacional incluso. Al menos eso se dijo entonces, pero seguramente esa misma frase sigue siendo cierta a día de hoy: es muy probable que ninguna televisión de ningún país (ni de USA siquiera) haya llevado a cabo jamás un proyecto en torno al baloncesto tan completo como fue éste. Nunca suficientemente repuesta, hoy TVE nos la está brindando de nuevo, a su manera, en ese pequeño canal que conmemora sus 50 años de historia.

(IV)

Ya era 1992, aquel año que nos habían anunciado como fundamental en nuestras vidas, como principio y final de casi todas las cosas: que si el Quinto Centenario, que si la Expo, que si el AVE, que si la Capitalidad Cultural… Y sobre todo, los Juegos, nuestros Juegos Olímpicos, por fin. Aquellos Juegos fueron inolvidables para todos los que los presenciamos por televisión, y supongo que aún más lo serían para aquellos que los vivieron in situ. Todo fue maravilloso, todo fue increíble, todo salió perfectamente bien, todo… excepto un pequeño detalle: el baloncesto. Aunque en realidad el baloncesto sí que salió bien, de hecho salió perfecto, fue uno de los grandes hitos de los Juegos con aquel Dream Team (el único, el irrepetible), perfecto en su función de dejar con la boca abierta a todo el planeta. No, lo que salió mal no fue el baloncesto, fue la selección española de baloncesto. El Angolazo, y lo que vino antes, y lo que vino después, y todos los efectos colaterales que de allí salieron.

Nuestra selección ya había llegado muy mal a Barcelona (amenazas de huelga, eternas polémicas por el tercer extranjero) y toda aquella preparación convulsa y desquiciada probablemente tenía que estallar por algún lado. Así que empezó el torneo y, ya antes de que llegara Angola, la empezamos a cagar: derrotas inesperadas contra rivales asequibles, pésimo juego… Pero no, aquello no podía ser, éramos España, jugábamos en casa, tenía que haber otra explicación y Barthe no tardó mucho en encontrárnosla: ¡¡¡los árbitros!!! A ver cómo era posible, toda la vida quejándonos de ir de tontos por ahí fuera y ahora que estábamos en nuestra casa resulta que seguían sin tenernos el más mínimo respeto… Nunca tuve muy claro si esta vez nos quejábamos porque nos perjudicaban o porque no nos beneficiaban, pero lo cierto es que el discurso caló, nos lo creímos todos, enmascaró perfectamente la realidad… hasta que llegó Angola. Aquello estalló en pedazos, de repente fue como si el baloncesto español se desintegrara para siempre. Y Barthe, convertido una vez más en un aficionado más, no pudo ni quiso sustraerse a aquella dinámica, se olvidó del complot arbitral y acabo arrasando con todo, disparando contra todo lo que se movía: disparando, sobre todo, contra Díaz-Miguel, que en sólo ocho años (y con breve estancia en TVE de por medio) había pasado de héroe nacional a villano nacional.

Menos mal que existió el Dream Team para salvarnos el baloncesto y para convertirlo, a pesar de todo, en el gran sueño de aquellos Juegos. Aquellos partidos eran una auténtica gozada a pesar de que atentaban contra la esencia misma del deporte, contra algo tan básico como la emoción por el resultado final. Aquí se sabía perfectamente quién iba a ganar, la única duda era por cuánto. Pero daba igual, porque el placer de ver a Jordan, Magic, Bird, Barkley, Mullin, Drexler, Ewing, Stockton o Malone con el mismo uniforme superaba todo lo conocido. Y además, para contárnoslo teníamos a una pareja muy especial, Barthe y Trecet, Trecet y Barthe, por primera (y última) vez juntos, mano a mano, codo con codo. Funcionaron extraordinariamente bien como pareja pero su “matrimonio” duró muy poco. Supongo que los horarios de Trecet acabaron pasando factura (en aquellos Juegos era el responsable de toda la programación de madrugada, dando continuidad a las retransmisiones que no habían cabido durante la jornada), y así en los últimos partidos de la selección USA (semifinal, final) se acabó volviendo al tándem habitual, al mismo que había cubierto el resto del torneo: en la narración Barthe (y su permanente crispación de los partidos de España quedaba aquí sustituida por un tono festivo y lúdico que daba gloria oír), y en los comentarios técnicos aquel que, ya antes de los Juegos, se había convertido en titular indiscutible para ese puesto: Joan María Gavaldà.

¿Qué habría sido de nuestras vidas sin Gavaldà? Gracias a él aprendimos cosas fundamentales, circunstancias que sin su mediación jamás habríamos imaginado: supimos por ejemplo que “una remontada no se culmina hasta que el equipo que va por detrás no se pone al menos un punto por delante”, que esto dicho así parece una tontería, pero tiene su intríngulis: tu equipo pierde de nueve, mete un triple, se pone a seis y tú vas y dices “estamos remontando…” Pues no. No estás remontando, te estás acercando, que es muy distinto. Y si empatas tampoco te vale, has igualado pero no has remontado, parece casi lo mismo pero no es igual, psicológicamente no tiene nada que ver, no es lo mismo decir “ya les he alcanzado” que “ya les he superado”, eso sí que te pone, les empatas y es como si no hubieras hecho nada, en cambio te adelantas sólo un punto y ya tienes a tu rival hundidito en la miseria para todo lo que queda de encuentro… Cuanta sabiduría se encerraba en sus profundas palabras.

Pero esto, con ser importante, no fue nada al lado de la que se iba a convertir en su gran aportación, un hallazgo que dividiría la historia en dos partes, en un antes y un después, que cambiaría ya para siempre nuestra forma de ver y de vivir el baloncesto: la barrera psicológica de los 10 puntos. ¿Cómo pudimos estar tantos años sin darnos cuenta de su existencia? En los 80, en los 70, éramos tan ingenuos que, si un equipo perdía de 11 y metía una canasta simplemente decíamos, mira, dos puntos menos, ahora son 9. Y si se la volvían a meter, pues hala, dos puntos más, otra vez 11… Y no nos dábamos cuenta de la tremenda diferencia entre ambos guarismos, creíamos que era como pasar de 6 a 4 ó de 16 a 18, sumas dos o restas dos, pero no, la diferencia era descomunal, el salto que se producía en la mente de los jugadores si bajaban o subían de 10 no era tal salto, era un enorme abismo, una sima inexplorada… Hasta aquel momento habíamos vivido en la más completa ignorancia pero gracias a su aportación hoy sabemos perfectamente la trascendencia de esta terrible barrera psicológica: entre otras cosas porque dejó tal huella entre nosotros que desde entonces no existe narrador o comentarista alguno, en TVE o en cualquier otro medio, que no se refiera constantemente a ella en cuanto surge la más mínima ocasión.

Pero Gavaldà no lo hacía mal. Era didáctico en sus explicaciones, aportaba bastante (sí, en serio, no sólo era la barrera psicológica, también hacía otras aportaciones, más interesantes incluso), en realidad superaba con creces todo aquello a lo que habíamos estado acostumbrados hasta entonces… Pero se le podía mejorar, y así lo íbamos a descubrir pocos meses después: Gavaldà decidió volver a entrenar (con escaso éxito, por cierto) y TVE, a la hora de plantearse su sustitución, por una vez tuvo muy buen gusto: Mario Pesquera. Pesquera por aquel entonces aún podía considerarse entrenador (pasarían más de 10 años, muchos más, antes de que volviera a serlo), seguía conociendo el baloncesto como la palma de su mano y seguía explicándolo a las mil maravillas. Cumplía a la perfección los dos requisitos básicos que cabe exigirle a cualquier comentarista: saber de qué habla, y explicarlo con claridad, con amenidad. Disfrutándolo y haciéndoselo disfrutar a quien lo escucha.

Fueron unos años realmente brillantes. Trecet en la narración y Pesquera en los comentarios eran la pareja perfecta: convertían cualquier partido, bueno o malo, en una auténtica fiesta. Te hacían disfrutar sencillamente porque ellos eran los primeros que disfrutaban. Contaban el juego como nadie, y contaban también “la nada” como nadie. ¿la nada? Para la historia de la televisión quedará aquella final de Copa, Barça-Tau(grés), en Sevilla (¿1993?). Se averió una canasta, el inicio del partido se retrasó un siglo, siglo y medio tal vez pero allí estaban ellos, Trecet al frente, que en lugar de salirse por peteneras con el consabido “devolvemos la conexión a nuestros estudios en Torrespaña, para dar paso a unos minutos musicales” continuaron allí al pie del cañón, retransmitiendo la reparación (“ahí pueden contemplar cómo se hacen las cosas en este país: uno trabajando, y los demás mirando”), retransmitiendo incluso la desesperación (“dentro de unos minutos el grito por aquí será: ¡¡¡AVE, espéranos!!!”). La situación era bastante lamentable, pero unos cuantos jamás olvidaremos las risas que nos echamos a costa de aquellos minutos de antología.

Pesquera comentó baloncesto con todos (y a todos mejoró, casualmente): con Trecet, con Barthe, con Calvo, con Esteban… con quien se terciara porque de repente la cosa ya no estaba como para dispendios. TVE ya se había dado cuenta (o quizá le habían hecho darse cuenta) del agujero que tenía, y había iniciado una (supuesta) política de contención de gastos, con la que al parecer pretendía ahorrar con las cosas más peregrinas: por ejemplo, suprimiendo viajes. Pero viajes domésticos, no vayamos a pensar en periplos transoceánicos, no. A Pesquera le llevaremos de un sitio al otro, pero el narrador será siempre el que viva más cerca de donde se juegue el partido, a ver si por lo menos nos ahorramos las dietas… Que el partido es en Cataluña: Barthe. Que es en Madrid: Trecet, o en su defecto Nacho Calvo. Que es en Málaga: pues también Trecet o Calvo, que el vuelo es más barato… Y lo de ir al extranjero se acabó, de eso ya ni hablamos, si acaso cuando llegue el Mundial, el Eurobasket, la Final Four, pero, ¿qué es eso de acudir a cualquier partido de Liga Europea del Madrid, del Barça o de la Penya, con lo lejos que está Turquía, o Israel? Así que ni hablar: aquí sentaditos delante del monitor, En Torrespaña o en Sant Cugat, y ya veréis qué calentitos y qué agustito estáis, sin tener que salir a pasear por esos mundos de dios… Sí, ya sé que ahora esto es lo habitual, pero es que ahora esto es casi jauja: cualquier televisión te coloca en una esquina el marcador y el tiempo (que luego casi haya que usar la lupa para verlo ya es otro cantar) y si a alguna casualmente se le olvida, para eso está Internet que te permite seguir on-line el partido, la estadística, todo… Pero por aquel entonces, con las televisiones griegas o turcas poco dadas a sobreimpresionar nada y con Internet apenas naciendo, aquello era poco más que artesanía pura. El marcador, o lo llevaban a pedales o esperaban a que una cámara se posase por pura casualidad en el electrónico de la cancha, y entonces, “anda, mira, si van 57-53, si me sobraba un punto”, y lo del tiempo ya ni hablemos, “el partido tiene que estar a punto de acabarse, seguramente estaremos ya en los últimos segundos, dados los constantes parones que se están produciendo…”.

Al menos a las Final Four sí seguían acudiendo: por aquel entonces se hacía rarísima una final a cuatro sin presencia española y eso nos garantizaba casi siempre la presencia in situ de lo mejor del Ente: Barthe-Gavaldà, Trecet-Gavaldà (aunque esta combinación resultaba mucho menos frecuente), Trecet-Pesquera… nos hicieron vivir primero las sucesivas derrotas y después las brillantes victorias de Joventut y Real Madrid. Y también acudían, por supuesto, a los eventos veraniegos de nuestra Selección: Europeos, Mundiales, Juegos (aunque en los de Atlanta 96 no estuvimos, y eso permitió a TVE “revender” el producto a Canal +)… De todos ellos hay uno que, por mucho que queramos, nunca podremos evitar recordar: el Mundial de 1994, el Mundial de Toronto y Hamilton, para nosotros simplemente el Mundial de Hamilton.

Sobre el papel, en nuestro grupo todo estaba claro: íbamos a perder con USA, a ganar a China y a jugarnos el pase a la segunda fase contra Brasil. Y de entrada todo fue según lo previsto. España tuteó al presunto (sólo presunto) Dream Team II, llegó a ir por delante en la primera mitad y acabó perdiendo sólo de 15, y sacando además de sus casillas a alguna emergente y prepotente estrella como Alonzo Mourning, al que Trecet en un momento dado calificó como “un extraordinario jugador, ¡pero con una edad mental de 7 años!” (frase que desde entonces no he podido evitar recordar casi en cada partido que he visto a este jugador, cada vez que le veo agarrarse uno de sus mosqueos habituales). Una vez cubierto el expediente tocaba Brasil, había que ganar, y se sufrió pero se ganó.

Así que ya estaban todos los deberes hechos, al fin y al cabo ya sólo nos quedaba enfrentarnos a China, la perita en dulce. Y fue empezar el partido y todo iba sobre ruedas, y antes del descanso España ya ganaba de 15, y fue entonces, precisamente entonces, cuando Trecet dijo algo así como “bueno, llegado este momento, ya se puede afirmar con total seguridad que España ya está clasificada para la siguiente fase, así que ya podemos empezar a pensar en cuáles serán las posibilidades de España en…”. Seguramente jamás en toda su larga vida Ramón Trecet habrá perdido una oportunidad mejor de callarse. Comenzó la segunda mitad y los chinos comenzaron a incrustarlas de tres, triple va triple viene, uno tras otro… Aún faltaban minutos para el final pero de repente ya íbamos perdiendo y lo peor era que nadie, del seleccionador hacia abajo, parecía entender nada, nadie parecía saber por qué… China se fue a Toronto a jugar la fase final (en la que creo recordar que no ganó ni un partido) y España se quedó en Hamilton jugando esa inutilidad que llamaban “fase de consolación” (como si a alguien le pudiese servir de consuelo), en la que se decidirían los puestos del 9o para abajo.

Trecet no tuvo la culpa de la derrota de España, me consta que no perdió un solo balón ni falló un solo tiro, pero… aquel “ya está” le costó caro. Le cayeron palos de todos los tamaños, de todos los colores, desde todos los sitios. Los que antes le admiraban ahora le ponían verde, a aquellos que antes disfrutaban con sus comentarios ahora de repente se les llenaba la boca de “si es que ese tío no tiene ni puta idea de baloncesto, nunca la ha tenido…”. No sé si a él en Canadá le llegaría el eco de todo lo que se dijo y se escribió, pero en esos tristes últimos partidos de Hamilton sí que transmitió la sensación de que estaba muy tocado, de que todo aquello, la eliminación de España y la forma en que se había producido, le había afectado incluso en lo personal. Sólo había que leer (escuchar, en este caso) entre líneas. Escuchar, sobre todo, a sus dos compañeros de fatigas, Nacho Calvo y Mario Pesquera, cuando afirmaban que “afectados estamos todos, pero Ramón…”. Ramón estaba hecho polvo, o al menos eso nos parecía desde la distancia.

Aquel Chinazo cayó como una bomba. En cierta manera fue aún más duro que el Angolazo de dos años antes. En Barcelona las expectativas eran altas pero todo el mal rollo de los meses previos ya parecía presagiar que allí no podía ocurrir nada bueno. Sin embargo en 1994 habíamos recuperado el optimismo, habíamos plantado cara a USA, habíamos ganado a Brasil, ya nada malo podía pasarnos… Mucho más dura fue la caída. Porque quizá fue precisamente en aquellos años cuando empezó a acuñarse aquella frase que todo el mundo repetía, sin saber muy bien por qué, de que “la selección tiene que ser el motor del baloncesto español”, que parecía que cuando acudían a un Torneo no lo hacían para luchar por una medalla sino para luchar por la supervivencia de nuestro deporte, de tal manera que cuando llegaba una derrota como ésta prácticamente te veías recluido a las catacumbas…

Yo nunca creí mucho en esto de que la Selección, o el Real Madrid como también se dijo más de una vez, tuvieran que ser los que con sus éxitos tiraran de nuestro deporte. Pero si esta frase se repetía tantas veces era porque muchos quizá empezaban a creer que éste era el único clavo ardiendo al que agarrarse. Porque hasta un ciego podía ver que ya desde los primeros años 90 se había iniciado un declive, en principio ligero pero que, lento pero seguro, iba poco a poco ganando terreno. Ya casi nada era como en los 80. Y en las retransmisiones de TVE eso se notaba más que en ningún otro sitio.

De repente empezaron a suceder fenómenos extraños: un domingo por la mañana se comían una prórroga para dar paso al Telediario (te ponían el partido en La Primera “por necesidades de programación”, pero era peor el remedio que la enfermedad), otro se cargaban el baloncesto porque tenían comprometido un concurso hípico (o cualquier otra cosa)… De repente llegaba el tiempo de playoffs, te sentabas a ver el partido y unos minutos antes del descanso podía suceder que el parquet se transformara en arena y que donde antes había diez tíos en camiseta ahora hubiera sólo uno, vestido de luces, acompañado de un enorme animal con cuernos…

No, no me he vuelto loco (creo). Fue una experiencia que nos tocó vivir en incontables ocasiones a lo largo de esa década de los 90. Mayo, junio, eran tiempo de playoffs pero eran, también, tiempo de ferias taurinas, que si la de San Isidro, que si la Beneficencia, que si…. Tampoco es que TVE se volcara con dichos acontecimientos, la verdad es que en el Ente Público no han sido nunca muy de volcarse. Pero unas cuantas corridas al año sí que daban, siempre en día laborable, siempre en TVE1, siempre a las 7. Lo que no debería suponernos ningún problema a los aficionados al baloncesto si ese mismo día teníamos partido de playoffs a las 20:30, en La2. Pero claro, dicen los aficionados a la cosa ésta de la Fiesta (no es mi caso) que más o menos son dos horas lo que viene a durar una corrida (de toros). Pero las de Madrid no, ya ves tú qué mala suerte, los festejos en la Monumental de Las Ventas se ve que son eternos, que si ahora protestamos, que si ahora echamos el toro al corral, que si ahora sacamos al suplente (sobrero, perdón), que si ahora hay que hacerle 18 taladros al morlaco porque es lo que estipula el reglamento, que si… Total, que les daban las 9 y aquello sin acabar, y el Telediario teniendo que entrar a su hora, y eso es sagrado, por supuesto, faltaría más. ¿Qué hacer? Pues está claro, lo único posible, pasar el final de los toros a La2, no íbamos a dejar a los aficionados a la Fiesta sin el último de la tarde. Oye, pero es que en La2 estamos dando el baloncesto… ¿Baloncesto? ¿Y qué? ¿Y a quién le importa eso? Total, para cuatro gatos que lo estarán viendo, que se…

Y sucedía tal cual lo he descrito antes: sin previo aviso, sin una mínima explicación, sin ni siquiera una cortinilla de separación. Como si fuera un simple cambio de plano, estabas viendo el partido y media décima de segundo después aparecía el sexto de la tarde bajo la vara del picador. Claro, de primeras te quedabas con la boca abierta, a ver qué les ha pasado a estos, se habrán equivocado, habrán apretado el botón que no es… Hasta que comprendías. Si la cosa taurina había ido medianamente bien podía ser sólo cuestión de 10 minutos, en lo que el tipo aquel le pegaba los últimos trapazos al animal, lo ejecutaba, lo remataba, saludaba, le tiraban las almohadillas… Con un poco de suerte sólo te perdías los 3 ó 4 últimos minutos de la primera mitad pero la conexión volvía justo en el descanso. Pero a veces las cosas eran aún peor, el retraso era mayor, quedaba toda la lidia del último toro, todo el ritual, que si el picador, que si el banderillero, que si… Y entonces no sólo nos perdíamos los últimos minutos de la primera mitad, también los primeros de la segunda, a falta de 13 ó 14 minutos para el final volvía la conexión y tú te sentabas de nuevo ante el televisor para intentar recomponer la cara de gilipollas que se te había quedado…

Y esto no ocurrió una vez, ni dos ni tres… Al final ya ni siquiera te pillaba por sorpresa. Al final, cada vez que había partido de playoffs entre semana nos íbamos a mirar la programación de TVE1. Si había la programación normal, perfecto, pero si había toros entonces ya sabíamos a qué atenernos. Y llegó un momento en el que hasta lo asumimos, lo integramos en nuestras vidas como si fuese lo más normal del mundo: “no, cariño, no te preocupes que ya hago yo la cena…, sí, hay partido, pero como lo cortarán para los toros me da tiempo de sobra…”. A ver qué íbamos a hacer, Internet aún nos pillaba muy lejos, no había foros en los que desahogarnos… Al final sólo te quedaba el recurso al pataleo doméstico.

Pesquera tampoco tardó mucho en abandonar aquel barco. Creo recordar que se marchó a intentar reflotar (no desde los banquillos, sino desde los despachos) la sección de baloncesto del Real Madrid. Y en su lugar apareció “el cura”, Miguel Ángel Martín. Como entrenador siempre nos había dejado un poco fríos y como comentarista nos iba a dejar totalmente congelados. Nadie le echó de menos cuando se fue, aún a pesar de que durante bastante tiempo TVE no puso a nadie para ocupar su puesto. Si acaso lo intentó en alguna competición de selecciones con Aíto, que era… Aíto, en estado puro. Puntilloso, meticuloso, transmitiendo siempre esa sensación como de que cada frase suya llevara un recadito, un mensaje oculto para alguien… Aportaba bastante pero uno no podía evitar tener la sensación de que para los narradores del Ente debía resultar bastante incómodo tenerle al lado, entre otras cosas porque no se cortaba lo más mínimo a la hora de corregirlos en antena: “falta en ataque”; “no, falta en ataque no, falta en la lucha por el rebote…”; “bueno, pero se le puede llamar también falta en ataque, da lo mismo, y nos entendemos todos…”; “no, porque no es lo mismo, ya es otra jugada, puede haber tiros libres…”. Pero Aíto tenía trabajo de septiembre a junio, sólo en estos certámenes internacionales estaba disponible para TVE. Finalmente el Ente Público se apuntó un último acierto con el fichaje de Pepe Laso: veterano, sabio, socarrón, incisivo, a veces implacable, pocas palabras pero siempre las justas… En cierto modo nos devolvió la ilusión por escuchar comentarios de baloncesto, en aquellos últimos meses previos a “los años oscuros”.

(y V)

En aquellos últimos meses (o años) previos a “los años oscuros”, ya casi nada era como lo habíamos conocido, ya nada era como antes. Narraciones cada vez más planas, realizaciones cada vez más pobres, infografía cada vez más obsoleta, entrevistas (cuando las había) cada vez más grises… Y una permanente sensación de apatía, de desinterés, de dejadez, incluso de mal rollo… Qué sensación más agridulce nos dejó aquella mañana de domingo. Aquel Estudiantes-TDK Manresa de temporada regular, en principio sólo un partido más, de repente se convirtió en el mejor de los partidos posibles. Canastas maravillosas en un lado y en el otro, triple va triple viene, baloncesto de altísima calidad y un final… un final de esos que parece que sólo pueden darse en la NBA: Manresa consiguiendo la canasta presuntamente decisiva a sólo 1 ó 2 segundos para el final, Estu que saca de fondo deprisa y corriendo, el balón llega a Jiménez que desde campo propio lanza el típico triple imposible… que, asombrosamente, ¡entra!

Y entonces se montó la de dios: con el reloj el triple parecía válido, con el sentido común parecía imposible que fuera válido. Pero los árbitros lo dieron y eso provocó un enorme tumulto, los jugadores, los técnicos, los árbitros, los de la mesa, todos allí en medio enfrascados en un barullo inmenso, una tremenda discusión… Por allí, también, andaba Javier. ¿Que quién era Javier? Pues el entrevistador de turno, el pringao a quien los del Ente habían encomendado el marrón de acompañar a Trecet en aquel partido que presuntamente iba a ser un partido más, un partido cualquiera. Javier de repente se encontró en medio de aquel fregado sin comerlo ni beberlo, seguramente preguntándose qué estaba pasando, qué era todo aquello, qué demonios pintaba él allí. Y mientras tanto Trecet, clavado en su puesto de comentarista pero con la vena periodística a flor de piel, “¡Javier: mete el micro ahí!”. Pero Javier no se enteraba. O sí se enteraba pero le faltaba el impulso, o el espíritu, o las ganas, o tal vez pensara que sí, que anda que con lo que me pagan me voy a meter yo en este lío, que precisamente en eso estaba yo pensando… Fuera como fuera, lo cierto es que Trecet subió de tono, “¡¡¡Javier: mete – el micro – ahííí!!!”. Y Javier sin enterarse, y el micro sin entrar ahí (a lo mejor fue simplemente que no le funcionaba, o que no se lo abrieron: quizá todo fuera un simple problema técnico), y a Trecet la mala leche que ya le rebosaba por todos los poros de su piel, “¡¡¡¡¡JAVIEEEER: METE – EL – MICRO – AHÍÍÍÍÍÍ!!!!!”. Pero ni por esas. Javier nunca metió el micro (y, si lo metió, nosotros nunca lo oímos), el Estu ganó el partido, TVE devolvió deprisa y corriendo la conexión a sus estudios en Torrespaña y Trecet casi sin darse cuenta puso en conflicto su instinto periodístico con esa bella costumbre que dice que es conveniente lavar los trapos sucios en el interior de casa, y a ser posible con las puertas y las ventanas completamente cerradas…

Por aquel entonces TVE ya apenas tenía la Liga Europea: los equipos de “la periferia” se habían ido con su correspondiente autonómica (que siempre mostraba más interés, siempre pagaba mejor, siempre ponía más ganas). En el Ente sólo sobrevivían, a duras penas, los partidos del Madrid (y eso si no se atravesaba Dorna, propietaria de los derechos, para quitárselos aprovechando algún mínimo incumplimiento de contrato), de tal manera que, si algún año el equipo blanco no se clasificaba, la competición directamente desaparecía por completo de la televisión estatal. Y aún no lo sabíamos pero aquello no era más que un aperitivo, un mero entrenamiento para lo que nos esperaba después.

Todo se precipitó en la temporada 1998-99, la última del contrato ACB-TVE entonces vigente. Lo que sucedió aquel año se ha contado ya hasta la saciedad, lo han contado incluso aquellos que lo vivieron desde dentro del Ente. Yo poco más puedo añadir: si acaso la percepción que tuvimos los telespectadores de todo aquello, de las noticias que salían y las reacciones que se apreciaban.

Lo que los aficionados supimos desde la distancia fue que Televisión Española presentó una oferta por el producto ACB que era algo así como un tercio, o menos incluso, de lo que había venido pagando hasta ese momento. Supimos que la ACB no quiso ni oír hablar de semejante ridiculez, y aún menos cuando por allí se presentó Canal + ofreciendo el oro y el moro: un pastón inmenso, unas retransmisiones de calidad, unas realizaciones a la altura del producto. Todo ello, por supuesto, demostrable, no había más que mirar el altísimo nivel de las retransmisiones futbolísticas del canal de pago para imaginar cómo podían ser las baloncestísticas. La ACB se engolosinó, no era para menos: se engolosinó tanto que ni siquiera reparó en la trascendencia que podía tener que su producto se codificara; tanto que ni se planteó negociar con TVE para intentar conseguir una mejor oferta; tanto que le faltó el tiempo para anunciar a bombo y platillo el acuerdo, sin esperar siquiera a que la temporada acabara…

Y aquello debió echar chispas, no hacía falta tener mucha imaginación para suponerlo. En realidad, bastaba con ver cada semana Zona ACB, por aquel entonces los domingos en Estadio 2 (podía ser a cualquier hora del día; de hecho a veces resultaba totalmente imposible encontrarlo), por aquel entonces directamente en las manos de Pedro Barthe que, en su línea habitual, no se cortó un pelo: unas semanas con más sutileza que otras, unas más caliente que otras pero a lo largo de aquellos meses nos regaló toda una sucesión de pullas. Disparó contra todo lo que se moviera; disparó, sin citarlos nunca, contra los ejecutivos de la ACB. Y tal vez disparó también, obviamente sin citarlos tampoco, contra los ejecutivos de su propia casa, de su propia TVE.

Y llegamos al final. A la mortecina final de la ACB y al casi milagroso Europeo de Francia de junio de 1999. Recuerdo que Trecet despidió aquella final diciendo algo así como “el baloncesto volverá a Televisión Española, siempre vuelve…”. Fue cierto: el baloncesto volvió a TVE, muy pocas semanas después. Pero el que ya jamás volvió fue Ramón Trecet. (O, al menos, ya jamás volvió al Ente; alguien me contó que sí llegó a hacer algún partido para Vía Digital, la naciente plataforma que acababa de adquirir los derechos de la nueva Euroliga de la ULEB; luego, ya ni eso; hoy ya nos conformamos simplemente con escuchar sus comentarios en alguna radio, con leerle en algún periódico o en alguna web…).

Efectivamente el baloncesto volvió a TVE muy pocas semanas después, y fue para algo tan inesperado como el Campeonato del Mundo Junior, un evento en principio recluido a las catacumbas de Teledeporte pero en el que la buena actuación del combinado español puso en un brete al Ente, que se vio obligado a rescatar la semifinal y la final para darlas en La2 en aquel inolvidable fin de semana, en principio casi vacío de deporte, de finales de julio… Si al responsable que tomó aquella decisión le hubiesen dicho el tremendo éxito de audiencia que iba a alcanzar aquella final del domingo, con aquella selección española proclamándose inesperadamente campeona del mundo, seguramente jamás se lo habría creído…

Pero así fue: España ganó aquel Mundial, la audiencia de La2 se disparó aquel domingo y además allí, en Lisboa, estuvo Pedro Barthe, más Barthe que nunca, para contárnoslo. Barthe en estado puro, Barthe en la semifinal del sábado de repente convertida en una guerra en la que los rivales argentinos eran pérfidos y malosos, pegaban sin parar, arañaban, amenazaban, acobardaban a los nuestros ante las mismas narices de los árbitros que les permitían hacer y deshacer a su antojo… Pintó en su narración un panorama tan dantesco (que apenas se apreciaba en las imágenes, curiosamente) que aquello más que una lucha por la victoria parecía casi una lucha por la supervivencia…

Pero se ganó (e incluso se sobrevivió, curiosamente), nos plantamos en la final contra Estados Unidos, esa invencible USA a la que al parecer era imposible ganar… “¡Señores, van 5 minutos de partido y España todavía le va ganando a Estados Unidos!”; “señores, van 10 minutos de partido y…” Y así a los 15, y en el descanso, y cuando quedaban 15 minutos, y 10, y… Y a muy pocos minutos para el final Estados Unidos se puso por delante y Barthe nos interpretó el canto del cisne, “qué gran partido han hecho, han aguantado 35 minutos, eso es todo un éxito, la victoria era casi imposible…”. Afortunadamente para nosotros, aquellos críos, aquellos Raül, Juan Carlos, Soule, Felipe, Germán, Pau, Berni, Carlos, Antonio, no estaban en absoluto de acuerdo con la opinión de Barthe. Reaccionaron, se adelantaron de nuevo, se llevaron el título y nos hicieron disfrutar a los aficionados más de lo que nunca hubiéramos podido imaginar. Y Barthe, allá en Lisboa, lo cantó con pasión, lo disfrutó como el que más, y exclamó a los cuatro vientos aquello de “¡¡¡si es que ya se lo decía yo, este equipo es muy bueno!!!” Y tanto que lo era. Tan convencidos estábamos todos de que era bueno que allí aguantamos al pie del cañón hasta el delirio final, sin dejarnos influir por todas las veces que, durante la retransmisión, se nos había dicho que por bien que lo hicieran iba a dar igual porque ganar aquello era sencillamente imposible.

Durante cuatro años el baloncesto ACB anidó en Canal + (y en algunas autonómicas), mientras que la Euroliga anidó en la aún más minoritaria Vía Digital. Nuestro deporte sólo volvía a las pantallas del Ente cada verano, puntual a su cita con la selección. Barthe nos contó Sydney 2000 (y se le notó el año de parón, fue el peor Barthe que se recuerda, con sus obsesiones de siempre pero más perdido que nunca, de repente con una ignorancia tremenda acerca de lo que hablaba, parecía desconocer profundamente cualquier trayectoria de cualquier jugador internacional, norteamericano o europeo, por famoso o importante que fuera); Calvo nos contó Turquía 2001 (y fue sencillamente escalofriante: absolutamente obsesionado por el sonido ambiente, por el ruido del público, por la canción aquella que cantaban los turcos constantemente y que era algo así como el himno del torneo); Barthe nos contó Indianápolis 2002 (y ya fue mejor que dos años antes: en su estilo, pero al menos esta vez sí que pareció que se lo había estudiado un poco). Y de comentaristas técnicos, ya ni hablemos: el titular durante casi todos estos veranos fue José Antonio Montero: tan frío como en sus tiempos de jugador, dando bastante menos juego con sus comentarios que el que antes había dado con sus pases, soportando estoicamente la pesadez infinita de un Nacho Calvo absolutamente empeñado en traer constantemente a su memoria recuerdos desagradables…

Llegamos a 2003. El contrato ACB – Canal + finaliza sin que ninguna de las partes (por más que intenten disimularlo, cargándole el muerto al otro) manifieste el más mínimo interés por continuar con su relación. Y entonces los dirigentes de la Asociación se sentaron a esperar a la fila de pretendientes que seguramente acudirían prestos a llamar a su puerta… Pero lo cierto es que allí no llamó nadie, vaya por dios. Así que ya sólo quedaba una única alternativa, la de acudir de nuevo a echarse a los brazos de aquel Ente Público al que habían abandonado varios años antes… Sí, la respuesta de TVE casi podría contarse en términos de culebrón: “o sea, que hace cuatro años me dejas y te vas con el primero que llega, y ahora, como no has encontrado allí lo que esperabas encontrar, vuelves aquí con el rabo entre las piernas pidiéndome que empecemos de nuevo, como si nada hubiera cambiado… ¿Pero por quién me tomas? Ahora te vas a tener que humillar, si quieres algo de mí me lo tendrás que rogar, que suplicar, de rodillas si es preciso…”. O, dicho en términos más normales, que Televisión Española le espetó a la ACB el panorama siguiente: “No sólo NO os pensamos pagar ni un duro; es que, si queréis salir en televisión, seréis vosotros los que tendréis que pagar…”. Era el mundo al revés: de repente, el baloncesto había dejado de ser un producto por el que pagan las televisiones y se había convertido en un producto que tiene que pagar para salir en televisión. Algo así como un spot publicitario, vamos.

Y a partir de aquí la historia es ya tan sobradamente conocida que no merece la pena ahondar demasiado en ella: ahora no empezamos la liga porque no hay contrato, ahora jugamos y salimos bajo promesa de contrato pero seguimos igual, ahora le ponemos un parche a modo de contrato provisional para acabar la temporada, ahora ya tenemos acordado un verdadero contrato pero a ver cuándo podemos firmarlo, ahora por fin firmamos, ahora que ya tenemos un buen contrato nos siguen haciendo tan poco caso como antes de tenerlo…

Y es que nada o casi nada parecía haber cambiado: habíamos entrado en el siglo XXI pero las realizaciones seguían pareciendo del XIX; un primer cuarto de la selección podía desaparecer sin previo aviso para dar el final cantado de una carrera de motos; una prórroga de playoffs podía verse confinada a una ventanita muda y minúscula en un rincón de la pantalla para que en ésta cupiera el comienzo de un partido de fútbol; las narraciones seguían en manos de Barthe o Calvo (si acaso con algún voluntarioso añadido, especialmente en Teledeporte: el sempiterno Esteban Gómez pero también Arseni Cañada, Diego Martínez, Javier López… y Ernest Riveras, la gran esperanza, el que debería convertirse desde ya mismo en narrador baloncestístico titular si alguien en aquella casa fuera capaz de ver lo evidente…); y los comentarios, ahora en manos de Javier Imbroda o Joan Creus, la noche o el día, el aburrimiento y la nula aportación del melillense alternándose sistemáticamente con la brillantez y riqueza táctica del “Chichi”…

Y sin embargo algo sucedió en todo este proceso, un hecho que permitió desenredar por fin aquella maraña contractual interminable: Pedro Barthe, nuestro vilipendiado/querido/odiado/amado Barthe, un buen día fue nombrado Director de Deportes del Ente Público. Venía a sustituir a José Ángel de la Casa, patriarca del futbolerismo cuyo desprecio por el deporte de la canasta era casi legendario. Todo lo contrario de Barthe, del que ni siquiera sus más acendrados detractores pudieron discutir nunca su pasión por el baloncesto. Evidentemente el puesto no le daba plenos poderes, menos aún en una institución tan jerarquizada y tan funcionarial como TVE. Pero algo sí podía hacer. Y algo hizo: se las apañó para que ACB y TVE firmaran por fin un contrato tal vez no extraordinario pero sí infinitamente mejor que el que cualquiera hubiera podido soñar, infinitamente mejor que el que hubiéramos podido esperar sólo unos meses antes. Y aún hizo algo más: se las apañó para que TVE firmara también un acuerdo con la Euroliga, una competición que, tras languidecer hasta su extinción en Digital +, parecía condenada a desaparecer para siempre de nuestras pantallas cotidianas.

Pero tal vez no todo estaba en sus manos, o tal vez tenía las manos más atadas de lo que queríamos creer: durante la temporada 2005-2006 el baloncesto apareció profusamente en nuestros televisores pero casi nadie (fuera de los fieles, de los habituales, de los recalcitrantes) se enteró de su existencia. Casi nadie consiguió ver una promoción, aún menos fueron los afortunados que consiguieron ver alguna información relativa a este deporte en algún telediario. Por primera ver en años teníamos baloncesto en abierto para dar y tomar y sin embargo, por alguna extraña razón, su difusión, su repercusión, parecía aún menor que cuando se daba en codificado. El baloncesto había acabado convirtiéndose en “el deporte fantasma”.

…Y colorín colorado, esta historia se ha acabado. Dentro de muy pocos meses tendrá lugar en Japón el Mundial de Baloncesto de 2006. Un Mundial que también marcará un hito en TVE. Pero esta vez será por omisión, por ausencia. Porque, después de tantos años, ésta será la primera vez que la selección española y Televisión Española no vayan de la mano. Quizá sea el inicio de un tiempo nuevo. O quizá sea sólo un punto y seguido por más que, si hoy miramos hacia atrás, hacia esos 50 años de historia, es inevitable que todo esto ahora nos parezca también, en cierto modo, el fin de una época.

Esta (larga e interminable, además de incompleta) historia se termina de escribir hoy, 15 de junio de 2006. Hoy sabemos que Pedro Barthe deja de ser Director de Deportes de TVE (no le han dejado ni año y medio…). Hoy sabemos que el puesto vuelve a estar ocupado por José Ángel de la Casa. Y ya dijo alguien que la historia se repite. Pero ya dijo alguien también que aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y seguramente necesitaremos nuestro pasado, ahora más que nunca, para entender nuestro incierto futuro. Porque no sabemos cómo será pero necesitamos pensar que existe, que sí que hay futuro, aunque a menudo no lo parezca…

(Y termino, más o menos, como empecé: esta crónica ha sido escrita tirando sólo de recuerdos, y estos son subjetivos, a veces demasiado; por eso mismo puede que haya habido incorrecciones, inexactitudes, crasos errores incluso, por los que de antemano pido perdón. Por eso es “una historia incompleta”; en realidad, casi como cualquier historia…)

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en medios, preHistoria

por la salvación   Leave a comment

(publicado el 3 de febrero de 2006)

 

Señores, permítanme que se lo diga: tienen ustedes un problema. Un gran problema. Pueden ver la paja en el ojo ajeno, pero son incapaces de ver la viga en el suyo propio. Se creen que su deporte es divertidísimo, apasionante, maravilloso, la biblia en verso si se nos permite la expresión. Se creen el ombligo del mundo pero ustedes, a día de hoy, no son nadie. O quizá ustedes sí que sean alguien (muy pocos, en cualquier caso) pero su deporte no es nada. NADA. Cero pelotero (y patatero). Un inmenso vacío que ya no es capaz de interesar a nadie. A ninguna persona decente sobre la faz de la Tierra.

Pensábamos que ustedes solos serían capaces de darse cuenta de su inmensa equivocación. Que recapacitarían, que renegarían de sus pecados, que finalmente volverían al buen camino dejando de lado sus absurdas veleidades baloncestísticas. Estábamos equivocados. Son ustedes contumaces en el error, son incapaces de ver la verdad. En realidad no ven más allá de sus narices, no se dan cuenta de que hoy la vida ya es otra cosa, de que el deporte marcha por otros derroteros, de que el mundo entero les rechaza o aún peor, les desprecia con su indiferencia más absoluta. Y sin embargo…

Y sin embargo, por extraño que parezca, aún queda alguna esperanza para ustedes. Aún hay posibilidades de redención. Aún pueden volver al redil, retomar de nuevo el camino del bien. Aún pueden salvar a su deporte, ese extraño juego que tanto aman. ¿¡Cómo!? se preguntarán ustedes angustiosamente. Pero no teman, porque precisamente para eso estamos aquí nosotros. Para ayudarles. ¿Que quiénes somos nosotros? Somos un grupo de ciudadanos lúcidos, conscientes, preocupados por nuestros semejantes y que, conscientes del problema que a ustedes les aflige, hemos decidido ofrecerles alternativas, explicarles que hay otras vías, que aún puede existir la vida más allá de su actual muerte. Para ello nos hemos constituido en la Plataforma ACCOSABA (ACciones COordinadas para la SAlvación del BAsket). Porque precisamente para eso estamos aquí. Para salvarles. A ustedes, y a su querido deporte. Sigan nuestros consejos, hagan todo aquello que les proponemos y quizá consigan ver de nuevo la luz al otro lado del túnel…

Para empezar, lo más evidente, lo que les hemos dicho cientos de veces, por activa y por pasiva: supriman los playoffs. ¿Tan difícil es darse cuenta de que la existencia de los playoffs elimina el interés por la temporada regular? Pero eso sólo sería la primera fase. En una segunda fase, deberán ustedes suprimir también la temporada regular propiamente dicha. ¿Por qué? Pues por el mismo motivo, evidentemente. Del mismo modo que la existencia de playoffs mata la temporada regular, la existencia de ésta impide que tengan interés los amistosos de pretemporada. Supriman la liga en su totalidad y esos amistosos cobrarán una nueva vigencia, esos pocos partidos de pretemporada (quizás el prefijo ‘pre’ habría entonces que suprimirlo) arrasarán con la audiencia, que ya no tendrá más baloncesto en todo el resto del año…

Todo el mundo sabe (y nosotros también se lo hemos dicho en repetidas ocasiones) que del baloncesto sólo interesan los tres últimos minutos de cada partido. Así que a qué esperan: hagan ustedes partidos de sólo tres minutos de duración, divididos en dos tiempos de minuto y medio, o (si así lo prefieren) en cuatro cuartos de 45 segundos cada uno. Toda la emoción, todo el interés concentrado en ese breve lapso de tiempo, eliminando toda esa morralla previa que ya se sabe que no sirve absolutamente para nada.

Recuperen la figura del empate. Son ustedes más papistas que el Papa, son ustedes de todo o nada, ganar o perder, blanco o negro, sin término medio… Y están ustedes totalmente equivocados, por supuesto. La felicidad no es rentable, como tampoco lo es la desolación absoluta. En cambio el empate deja satisfacción e insatisfacción a medias, genera desasosiego, ese extraño hormigueo, esa desazón que te hace estar pendiente, esperar con ansia el encuentro siguiente, con infinitamente más deseo que si estás ahíto de gozo o transido de amargura. No se equivoquen: en el deporte moderno la existencia del empate es fundamental. Y cuantos más empates haya, mucho mejor, evidentemente.

¿Y a qué viene toda esa tontería de estar parando el reloj cada dos por tres, simplemente porque se para el juego? ¿Pero ustedes qué se piensan que tienen en la cabeza los aficionados medios al deporte en este país? ¿Un cronómetro? ¡Pero hombre, por favor! La gente lo que quiere es que no le compliquen la vida, y que si le dicen “faltan dos minutos” luego no le digan un cuarto de hora más tarde “ahora falta minuto y medio” porque entonces es cuando se les rompen los esquemas. Déjense ustedes de reloj parado y hagan partidos a reloj corrido (con perdón), como está mandado, como se ha hecho toda la vida en todos aquellos deportes que funcionan como dios manda.

Pero no teman, porque eso no significará que no se juegue todo lo que se tenga que jugar. Para eso estará el árbitro que (como sucede en cualquier deporte decente) una vez finalizado el tiempo reglamentado aplicará el correspondiente descuento, en función de las lesiones o pérdidas de tiempo que se hayan producido. Por supuesto el tiempo a descontar quedará exclusivamente a criterio del árbitro (en líneas generales, cuantas más cosas queden a criterio del árbitro, mucho mejor; aquellos deportes que funcionan exclusivamente en función de reglas fijas y parámetros objetivos nunca triunfan, es mucho más positivo que las normas no estén claras y que prime la subjetividad arbitral porque ello genera conflictividad, polémica, broncas interminables, discusiones y enfrentamientos sin fin, que contribuyen a generar esa tensión permanente que a la larga es la salsa de cualquier juego, mucho más que el juego mismo).

Y llegamos a un aspecto que se nos antoja absolutamente fundamental: ustedes, en su ingenuidad, tienden a pensar que la gente ha perdido interés por su deporte porque ahora el juego se ha hecho más defensivo y se anotan menos puntos, y que si subiesen las anotaciones entonces el interés se recuperaría… Pues no señor, es justamente al revés. A cualquier aficionado medio le dicen “3-0”, y con eso ya sabe exactamente lo que está pasando. Sin embargo, si a ese mismo aficionado le dicen “59-78”, entonces le obligan a pensar. Y eso es exactamente lo que la gente no quiere: pensar, ponerse a echar cuentas, hacer restas mentales, buscar la calculadora, todo eso fatiga y crea desazón en el ciudadano medio, que lo único que quiere cuando se sienta ante su televisor es que se lo den todo hecho y que no le compliquen la vida… Reduzcan la anotación, redúzcanla todo lo posible, hasta el infinito, hasta el 0-0 si es necesario, y de este modo recuperarán a las masas.

Pero claro, ustedes pensarán que eso es muy fácil decirlo pero que a ver cómo hacen para conseguir ese objetivo de reducir (eliminar, incluso) la anotación. Pues de momento pueden empezar por lo más evidente: disminuir el tamaño de los aros, reducir su diámetro hasta el mínimo imprescindible, hasta que su ancho se corresponda exactamente con el del balón, o supere al de éste en un milímetro como máximo (lo ideal sería reducirlo aún más, de tal manera que la pelota ni siquiera cupiera, pero ello tal vez desmoralizaría en exceso a los jugadores, produciendo a la larga un efecto contrario al que pretendemos conseguir).

Si la medida anterior no resultara suficiente, cabría darle una vuelta de tuerca más: hacer los aros cuadrados (en ese supuesto, obviamente el ancho de lado a lado deberá ser equivalente al del balón, con el objetivo de que quien quiera anotar no pueda limitarse simplemente a meterlo, sino que tenga que incrustarlo). En cualquier caso esta medida debería adoptarse con cautela porque probablemente obligaría a la supresión del término “aro”, que habría de ser sustituido por otro más adecuado para ese nuevo diseño (¿portería, tal vez?).

Más estupideces que habría que eliminar: es posible que el suyo sea el único deporte del mundo en el que cada anotación vale diferente, dependiendo del sitio desde el que se obtenga. ¿Conocen ustedes algún deporte en el que un disparo desde fuera del área valga tres puntos, un cabezazo en el área pequeña valga dos y un gol de penalti sólo uno? Pero hombre, por favor, qué manía de complicar las cosas. Un gol es un gol, se meta desde donde se meta. Y una canasta (o como llamen a eso a partir de ahora) debe ser igual. Todas las canastas deberán valer un punto, vengan de donde vengan. Y punto.

Y por dios, hagan el favor de eliminar el reloj de posesión. ¿A qué viene esa manía enfermiza de cronometrarlo todo? ¿Y qué es eso de establecer turnos, ahora le toca a este equipo tener el balón, ahora a este otro? Señores, eso no es deporte. En el deporte de verdad, si un equipo es lo suficientemente bueno como para estarse pasando la pelota todo el partido, pues entonces el otro sencillamente lo mira y se jode. Y si no, pues que espabile y se busque la vida para robarla, a bocados si es preciso.

La verdad es que ustedes son la leche. Tienen ustedes el deporte más complicado que existe sobre la faz de la Tierra, y luego todavía quieren que a la gente le guste. Vamos a ver: ¿cuántos tipos de faltas diferentes hay? Falta personal, falta técnica, falta intencionada, falta antideportiva, falta flagrante, falta descalificante, pasos, dobles, pies, invasión de zona, 3 segundos en la zona, 5 segundos, campo atrás, delay of game… ¿Pero de verdad se creen que todo eso lo entiende alguien? Y para cada falta una señalización distinta: que si ahora nos agarramos un brazo con la otra mano, que si ahora ponemos los deditos en forma de T, que si ahora agitamos los brazos como un molinillo… ¡Qué clase de mariconada es ésta! Déjense de tanto manoseo y vayan a lo práctico, a aquello que ya ha demostrado su eficacia en el deporte moderno: que hay falta, pues el árbitro levanta el brazo y la pita. Y ya está. Y si es muy dura o se protesta demasiado, pues para eso están las tarjetas. ¿Cómo? ¿Que qué tarjetas? Pues cuáles van a ser, por favor, la amarilla y la roja, un lenguaje universal que se entiende fácilmente en todo el mundo, nada que ver con toda esa parafernalia de las manitas para arriba o para abajo que montan ustedes. Pero como quiera que parecen ustedes de otro planeta, pues tendremos que explicárselo: la amarilla es para amonestar (y ahí pueden incluir todo ese rollo suyo de faltas técnicas, antideportivas, etc., etc.); y la roja, para expulsar (o sea, para eso que ustedes llaman “técnica descalificante”, que ya hay que ser pedante para llamar así a una cosa tan simple como mandar a la calle a un tío, por dios).

Además, resulta que con su enfermiza manía de cronometrarlo y penalizarlo todo, tienen ustedes también los “3 segundos en la zona” (que ya en el colmo de la tontería van ustedes y hasta la pintan de colores, como si en vez de un terreno de juego esto fuera una guardería…) ¿Esto qué es? ¿Un jugador no puede estar cuando le dé la gana donde le dé la gana, y todo el tiempo que le dé la gana? Pues si su obsesión es poner límites, al menos pónganlos bien. Establezcan ustedes, por ejemplo, una regla que diga que “ningún jugador del equipo que ataca podrá estar más cerca del aro contrario que el jugador más retrasado del equipo que defiende” y para simplificar llámenla “fuera de juego”. Puede ser que en un principio esta norma les resulte un poco extraña, pero les puedo asegurar que su eficacia (sobre todo a la hora de generar polémica) está sobradamente probada en todos los deportes modernos. (Ah, por cierto: olvídense de pintarrajear el suelo. Y en todo caso, si les hace mucha ilusión, entonces no se limiten a pintar sólo dos zonas. Píntenlo entero si quieren, pero todo del mismo color. De verde, a ser posible…)

¿Y lo de los tiros libres? ¿Realmente hay alguien entre ustedes que sepa cuando una falta acarrea tiros libres y cuándo no? Que si estaba en acción de tiro, que si ya iba hacia la canasta, que si hay que contar el número de faltas del equipo contrario en ese período multiplicado por el coseno de pí elevado al cubo… ¡Venga ya! Que la falta es fuera de la zona, pues falta normal. Que es dentro, pues un tiro libre. Y para evitar confusiones, nada de rollos macabeos: a la zona, a partir de ahora, la denominaremos “área”. Y al tiro libre, por supuesto, “penalti”. Y así conseguiremos además fomentar un aspecto fundamental del deporte moderno: el fingimiento, el teatro, los piscinazos en el área, cuya señalización o no, por supuesto, dependerá única y exclusivamente del criterio arbitral (que será totalmente arbitrario, como su propio nombre indica).

Y no queremos acabar sin mencionar un último aspecto que nos parece fundamental: Señores, ¿acaso hay algo más patético que mirar hacia sus gradas y ver esos pintorescos grupúsculos de aficionados? Que si la Meritxell, que si la Demencia, que si los Ojos del Tigre, que si la Peña Tito Paco… ¿Pero esto qué es? ¿un parvulario? Si quieren ustedes que les tomen en serio, lo primero que tienen que hacer es fomentar la creación de grupos ultras, barras bravas, comandos salvajes de ultrafanáticos incontrolados que estén dispuestos a dejarse el hígado apoyando a sus colores e insultando a los del contrario hasta el paroxismo si es preciso, tíos dispuestos a enloquecer e incendiarlo todo con un simple gol o canasta o como llamen ustedes a eso, sujetos a los que la aniquilación del eterno rival les genere más excitación que su propio triunfo, gentes que crean que la vida de su equipo es mucho más importante que la suya propia… Eso sí, por supuesto, en ningún caso se promoverá la violencia. Simplemente se aceptará, como algo que forma parte de la sociedad en sí misma; como una consecuencia lógica, no deseada pero al mismo tiempo inevitable, de todo este proceso.

Para salvaguardar la correcta implantación de estas normas, así como de otras que se nos vayan ocurriendo, ACCOSABA creará un Comité Ejecutivo compuesto por las principales autoridades en materia deportiva de este país. Evidentemente D. Juan Mora nos honrará con la Presidencia de dicho comité, al que se incorporarán además en sus diferentes cargos plumas tan ilustres como Alfredo Relaño, José Antonio Abellán, José Ángel de la Casa, José Ramón de la Morena, Mari Carmen Izquierdo… Todos ellos, por supuesto, amantes absolutos de su deporte, autoridades en la materia, personas de prestigio reconocido con un enorme bagaje de conocimientos en materia baloncestística.

En ACCOSABA estamos totalmente convencidos de que, una vez hayan ustedes implantado estas sencillas modificaciones, su deporte recuperará, en todo o en parte, ese encanto y atracción popular que se supone que ya tuvo en otros tiempos. Y si no es así, al menos habrán inventado ustedes un deporte nuevo. ¿Ven qué bien? Dos deportes por el precio de uno.

Pero si esto tampoco les convence, entonces ya sólo les queda una solución: disuélvanse. Disuelvan su querido deporte, por fin, y dedíquense de una vez por todas a ver fútbol, sólo fútbol, única y exclusivamente fútbol, como tiene que ser, como dios manda. Que además, como todo el mundo sabe, es un deporte muchísimo más bonito.

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

pongamos que hablo del Madrid   Leave a comment

(publicado el 13 de enero de 2006)

Hay que decir la verdad porque es única y absoluta. En este curso, desde el principio, nos vienen faltando tres jugadores importantes que estarían entre nuestros cinco mejores. No ha jugado Rakocevic. No ha jugado un pívot o un base norteamericano. Estaban en nuestro plan. Nos faltan piezas. Desde la pretemporada, el equipo está incompleto.

El Madrid es mucho Madrid. Está en una posición alta. Y en las montañas altas hay mucho viento.

Quería hacer algo diferente, algo atípico, con jóvenes. (…) ¿Por qué cada semana viene tanta gente de la NBA a vernos entrenarnos? ¿Por qué nos apoya tanta gente en Vistalegre? Porque ven que hay algo atípico, una flor que crece cada día.

Muchos colegas me dicen: “Lo tuyo tiene narices. Dependes de un chico de 20 años. ¿Cómo va a jugar y ganar partidos?”. Pero siempre hago un trabajo paralelo, formando jóvenes como jugadores y hombres. En todos los sitios he sacado jóvenes. Sufro por eso, perdiendo partidos. Con jugadores expertos habríamos ganado tres más. Y yo estaría más tranquilo. Pero soy un poco masoquista.

Pensamos en seguir con el Hamilton pequeño [Justin], pero, por circunstancias, no le fichamos. También queríamos un hombre experto dentro, un norteamericano o un Radja. Ése era el plan. Hacerlo hoy, aunque tengas dinero, es difícil porque todo el mundo busca. Quiero que la gente vea que acertamos, que no nos equivocamos como ha sido costumbre en este club durante muchos años. Mire cuántos jugadores han ido fichando y saliendo, fichando y saliendo… Puedo decir, prepotente, que le he ahorrado mucho dinero y, además, jugando tres finales y ganando una Liga.

En Chicago Bulls, con seis anillos, ¿quién era el base? Coges el balón, pasas el medio campo, das el primer pase y señalas la jugada… Sí, para que el equipo fuese más completo necesitaríamos un base. Por eso teníamos a Hamilton.

Algunos, antes de escribir un artículo, se toman un vaso de vinagre. Son como ratones que salen de lo oscuro cuando pierde el Madrid.

(Extracto de la entrevista a Maljkovic publicada en El País el pasado domingo 8 de enero. Evidentemente se trata de frases sacadas de contexto pero no creo que ello sea muy grave, porque todo el contexto venía a decir lo mismo)

*****************************************************

Me temo que hoy no he tomado mi habitual dosis de vinagre. Y es una pena, porque es un producto que me gusta bastante. En las ensaladas es fundamental (y eso que yo no soy mucho de ensaladas). Y no digamos ya en el gazpacho (que en los veranos lo hago a menudo y que me sale riquísimo, por cierto). Incluso los huevos fritos salen ganando si se les riega con un chorrito (pequeño) de vinagre. Eso sí, lo que ya no he hecho nunca es echárselo a las lentejas (como preconiza Andrés Montes cada vez que le toca hacer un partido de los Nuggets). Y desde luego lo que no se me ha ocurrido ni se me ocurrirá jamás es beberme un vaso entero, así, a palo seco. Sí, tal vez habrá alguien que lo haga, y que incluso diga que está bueno, como en el chiste aquel del examen de química y el amoniaco. Yo no. A mí el vinagre me gusta, pero en pequeñas dosis.

Pero puedo asegurar que hoy no he tomado, y sin embargo aquí estoy, dispuesto a escribir acerca de la crisis del Real Madrid. ¡Ay, no, perdón! ¿He dicho crisis? ¿En qué estaría yo pensando? Por supuesto que no, no hay ninguna crisis, faltaría más, y menos ahora que el equipo acaba de ganar brillantemente al Breogán (a pesar de la feroz resistencia que opuso el equipo gallego) y al Partizán (tras un extraordinario último cuarto que quedará para los anales de la historia; la lástima fueron los tres cuartos anteriores…). Breogán, Partizán… quizá la clave sea jugar sólo contra equipos terminados en “an”: Armani Jeans Milán, Unics Kazán, la selección de Afganistán… Tal vez entonces la imbatibilidad quedaría garantizada.

Así pues, que quede claro: no hay crisis. El Real Madrid sigue una senda plagada de gloriosas victorias y sólo interrumpida de vez en cuando por pequeñas derrotas, que al fin y al cabo no son más que meras excepciones que no hacen sino confirmar la regla (y cuantas más excepciones hay, mejor, más se confirma la regla todavía). Pero una vez dado esto por sentado, ustedes me permitirán que, en el colmo del atrevimiento, intente aventurarme a encontrar la respuesta a alguna de esas preguntas que el señor Maljkovic deja en el aire en su ya legendaria entrevista.

Por ejemplo: ¿Por qué les apoya tanta gente en Vistalegre? Hombre, es difícil saberlo, pero… a ver si va a ser porque son ustedes el Real Madrid. ¡El Real Madrid! El club más grande del deporte mundial, la institución deportiva más seguida y más laureada del Planeta Tierra. Y que además ahora ha instalado sus reales baloncestísticos en una plaza de toros del barrio de Carabanchel, del profundo sur de Madrid, de ese mismo sur plagado de aficionados madridistas que antes ni se planteaban acudir al baloncesto porque ello les suponía tener que atravesar la ciudad de punta a punta, y que sin embargo ahora resulta que de repente se lo encuentran a la puerta de casa…

Más preguntas: ¿Por qué va tanta gente de la NBA a verles entrenar? Pues está clarísimo: ¡para ver a Sinanovic! Porque cualquier tío de más de 2,20 y en edad de ser drafteado se convierte automáticamente en objeto de deseo para todos los equipos de aquella Liga, y porque los progresos de Gelabale, Hervelle o Tomas se pueden medir en los partidos, pero para apreciar la evolución de Sinanovic no hay más remedio que acudir a los entrenamientos. O a los minutos de la basura, pero claro, esos son pocos y tampoco se pueden predecir.

¿Que quién era el base de los Bulls de los seis anillos? (Buena pregunta, viniendo de alguien que siempre ha manifestado su total y absoluto desinterés por aquella Liga). Pues depende. Bases teóricos hubo varios, pero en la práctica el que casi siempre ejercía de base era Scottie Pippen. Y claro, ya se sabe que cualquier comparación es odiosa…

Pero hablemos de bases. Resulta que Justin Hamilton no se quedó “por circunstancias”. No sé, será que el Madrid no es un equipo apetecible para nadie. Será que el proyecto no le resultaba atractivo, quién va a querer quedarse en una entidad tan modesta como el Madrid. Seguro que ustedes echaron el resto, seguro que le ofrecieron el oro y el moro para que se quedara, seguro que hicieron lo posible y lo imposible, pero ni por esas. Será que el chico estaría a disgusto, que estaría deseando marcharse, es lo que tiene ganar títulos (e incluso dar la asistencia para la canasta definitiva), ya se sabe que eso crea mal ambiente… Hay que ver, qué rara es la gente.

Y claro, ya sabemos todos que este verano el mercado de bases estaba imposible. No había manera de encontrar un base de primer nivel. Claro, por eso no lo consiguieron ni el Pamesa, ni el Barça (por partida doble), ni el Tau, ni… Qué injusta es la vida. Si ustedes al menos hubieran tenido la oportunidad de recuperar a algún base con dos años de experiencia NBA del que conservaran sus derechos para Europa, un chico que hubiera decidido volver a la ACB y que además resultara ser natural de Vic, provincia de Barcelona, lo que le otorgaría plaza de seleccionable y le convertiría de inmediato en referencia nacional del equipo y en ídolo de la grada… Pero claro, ustedes no tenían esa oportunidad, qué más hubieran querido. Qué mala suerte.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena, así que si de verdad siguen queriendo un base me van a permitir que yo, desde este humilde lugar, les proponga uno muy bueno: dominicano, ex de la Universidad de Manhattan, gran tirador, buen director de juego, por ahora no ha conseguido asentarse en la NBA pero sería un fichaje extraordinario para cualquier equipo ACB, no digamos ya para ustedes… ¿su nombre? ¡Esa es precisamente su mejor cualidad!: Luis Flores. ¿Acaso puede haber fichaje mejor para esa flor que florece cada día en los floridos prados de Florentino (y Floro)?

¿Cómo? ¿Que al final me ha quedado todo como un poco avinagrado? Pues de verdad que no era mi intención… O tal vez sí. Tal vez esté influenciado por un proverbio serbio que escuché una vez a un entrenador de dicha nacionalidad que estuvo hace pocos años en el Unicaja (no sé si les suena) cuando le preguntaron por lo bien que había jugado aquel día un determinado jugador suyo: “si quieres dar mimos a un niño, dáselos cuando duerme”. Pues eso, que yo sé perfectamente las infinitas cualidades que adornan al actual entrenador del Real Madrid de baloncesto, alguien que ha sido capaz de ganar títulos con Jugoplástika, Limoges, Panathinaikos, Unicaja, Madrid, alguien que nos ha dejado enseñanzas fundamentales como aquella de que para curar el dolor de huevos (es decir, el dolor propiciado por un golpe en semejante parte) hay que tumbar a la víctima en el suelo y propinarle sucesivas patadas en las plantas de ambos pies… Yo conozco todas esas cualidades, pero de acuerdo con dicho proverbio no insistiré en ellas, porque eso sería malcriarle. Bueno, y también por otra razón: porque para hablar bien de Maljkovic, para ponerle por las nubes, para engordar aún más su ego, para todo eso ya se basta él solo.

Y si aún así el vinagre sigue pareciendo excesivo, pues entonces ya poco más puedo hacer. Bueno, sí, tal vez decirlo con música…

Allá donde gobierna Florentino

Donde el Mal se apellida Jkovic

Donde regresa siempre el desatino

Pongamos que hablo del Madrid

 

Tantos recuerdos nublan la mirada

Corbalán, Itu, Brabender o Luyk,

Martín, Herreros, Petrovic y Sabas,

Pongamos que hablo del Madrid

 

El sol es una entrada de Sweet Bullock

La vida un sueño de Antonio Martín

Las buenas gentes ya están hasta el culo

Pongamos que hablo del Madrid

 

Hervelle se tira triples desde casa

Sinanovic no ve qué pinta aquí

Nadie sabe realmente lo que pasa

Pongamos que hablo del Madrid

 

Un pívot es un lujo innecesario

Los bases son una especie a extinguir

Felipe rebotea en solitario

Pongamos que hablo del Madrid

 

Toda una vida fichando a Jiménez

Los refuerzos están sin decidir

Siempre hay una lesión de Rakocevic

Pongamos que hablo del Madrid

 

Algunos beben vasos de vinagre

Y luego ya les da por escribir

Pero mi flor cada día es más grande

Pongamos que hablo del Madrid

 

Si la derrota viene a visitarme

El muerto a otros les tendrá que ir

Aquí no quedan culpas para nadie

Pongamos que hablo del Madrid

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

mi Torneo de Navidad   Leave a comment

(publicado el 27 de diciembre de 2005)

Dicen que las navidades son unas fiestas entrañables. Y debe ser cierto, porque a mí cada vez que llegan se me revuelven las entrañas…

Pero no siempre fue así. Creo recordar que hace muchos años hubo una época en la que las navidades me gustaban, ver las calles iluminadas me ilusionaba, los villancicos me divertían, los Reyes Magos existían, la lotería nos podía tocar (con tantos números como cantaban, cómo no iba a estar el nuestro…). Aquella época lejana, también conocida como infancia, era sinónimo de muchas cosas: felicidad, alegría, ingenuidad, ternura… Era incluso sinónimo de baloncesto. Sí, aquel extraño deporte en el que unos tipos con camiseta de tirantes se afanaban en meter una bola por un aro sólo aparecía entonces en nuestros televisores unos cuantos jueves al año, con ocasión de los encuentros de Copa de Europa del Madrid. Y sin embargo llegaban las fiestas y de repente podíamos disfrutar de tres partidos, nada menos, y en tres días consecutivos además. Ahora puede dar risa pero entonces era todo un acontecimiento. Una gozada que yo cada año me disponía a vivir, a disfrutar… hasta que de repente aparecía el tío Paco (nunca mejor dicho) con las rebajas y sistemáticamente, año tras año, echaba por tierra buena parte de mis ilusiones.

Creo que fue aquel humorista catalán, El Perich, el que escribió que el día de Navidad es el día más feliz del año, porque una vez que se acaba ya no vuelves a ver a la familia hasta pasados 365 días. Seguramente esto no lo entenderán aquellos que todavía no estén en la edad de tener cuñados insoportables, pero yo hace ya demasiados años que empecé a entenderlo. Yo entonces aún no tenía cuñados pero sí tíos, unos tíos de la rama paterna a los que sólo veíamos dos o tres veces al año pero a los que había que visitar cada tarde de nochebuena para felicitarles las fiestas. Yo empezaba a ver el partido en mi casa, todo vestido de visita, pero antes de que hubieran pasado cinco minutos había que apagar la tele y ponerse en marcha. Y llegábamos allí, y me embadurnaban a besos, y mi tía y mi prima (mucho mayor que yo) prorrumpían en grandes gritos “¡Pepito, pero… pero qué grande estás, pero cómo has crecido, pero si la última vez que te vi eras así!” y entonces colocaban su mano más o menos a la altura de mis huevos, por lo que o bien mi crecimiento era desmesurado, o bien su memoria era muy deficiente…

Pero el tiempo de los saludos y de los besos acababa, por fin, y mientras los mayores se sentaban alrededor de una mesa a hablar de cosas de mayores, yo procuraba escaquearme y colocarme lo más cerca posible de ese lamentable televisor que por supuesto estaba encendido, y en el que por supuesto ponían baloncesto (sólo había un canal así que era difícil que pusiesen otra cosa). Pero claro, siempre había alguien que pensaba, hay que ver, este pobre niño se debe estar aburriendo así que habrá que darle conversación. Y empezaba la retahíla de preguntas: “Pepito, ¿qué tal vas en el colegio?” (y yo contestaba lacónicamente “bien”, a ver qué otra cosa podía yo contestar a pregunta tan simple); “Pepito, ¿qué vas a ser de mayor?” (y mi madre se adelantaba y contestaba “este va a ser ingeniero”; me temo que se quedó con esa frustración); y la mejor de todas: “Pepito, ¿tú a quién quieres más, a papá o a mamá? (que me daban ganas de contestar “pues no lo sé, tía, pero lo que sí tengo claro es que ahora mismo a ti te odio profundamente…”, pero antes de que yo dijera ésa o cualquier otra barbaridad mi madre se adelantaba, “déjale, está pendiente del partido, si es que a este niño le gustan mucho los deportes…”).

Así que yo seguía en lo mío, y mientras tanto ellos cambiaban de estrategia: si no conseguimos sacarle de su ensimismamiento, al menos hagámosle creer que a nosotros también nos interesa. Y esta vez era mi tío el que de vez en cuando preguntaba: “Pepito, ¿cómo van? ¿quién va ganando, el Madrid o los otros?” (evidentemente no tenía ni la más remota idea de quiénes eran “los otros”). Y aquí la cosa ya era más complicada porque ellos habían mostrado interés, y a ti te correspondía devolvérselo. Pero estaba difícil, porque en realidad lo que te pedía el cuerpo era contestarles algo como: “vamos a ver, tenéis un televisor de 18 pulgadas, por supuesto en blanco y negro, con bandas negras a los lados que se comen parte de la imagen, le habéis bajado el volumen para que no interfiera en vuestras estruendosas conversaciones, no sobreimpresionan el marcador porque todavía a nadie se le ha ocurrido inventar eso (y si lo hicieran, tampoco se vería) y además no habéis parado de interrumpirme con preguntas a cuál más estúpida… y con todo y con eso, ¿todavía queréis que sepa yo quién va ganando?”

Pero al día siguiente volvía a haber partido, el de Navidad, y volvía a haber familia, ésta vez de la rama materna. Aquí al menos había primos casi de mi edad, primos con los que se podía jugar, así que esta vez no podía culpar a nadie porque era yo el primero que pasaba del partido. Jugábamos a cualquier cosa, a veces más bruta, a veces más tranquila, y de entre éstas siempre recordaré uno de los juguetes que más disfruté en aquellos años, uno llamado “Exin Basket”, algo así como uno de esos clásicos futbolines de juguete, de plástico, que tantos niños tuvimos, pero esta vez de baloncesto, con sus canastas, sus tableros, sus diez orificios (cinco por equipo) en los que cuando caía la bola tú presionabas la palanca y la lanzabas hacia el aro…

Supongo que aquel día yo sí conseguía ser un poco feliz, al menos lo suficiente para ni siquiera acordarme del partido. Así que al final “mi” Torneo de Navidad se me quedaba reducido a un solo día, al encuentro que normalmente se jugaba el día 26 (ó el 23, en algunos casos). Ése sí, ése me lo tragaba entero, esta vez sí podía ver sin interrupciones a los Ramos, Cabrera, Brabender, Luyk, Rullán y tantos otros, enfrentándose contra algún equipo verdaderamente grande… porque sí es verdad que hubo una época en la que el cartel del Torneo era espectacular: podía venir un equipo europeo de primerísimo nivel, otro nacional (aunque ahora nos pueda parecer mentira, Joventut y Estudiantes participaron unas cuantas veces) y un tercero que solía ser la gran sorpresa: una selección nacional de élite o incluso una grandísima universidad americana, y entonces aquello sí que de repente era maravilloso, era casi mágico, era como descubrir otro deporte distinto (eran los 70, de USA sólo sabíamos que había un baloncesto universitario, amateur al igual que el del resto del mundo –sí, incluso el nuestro, o al menos eso nos creíamos-, y un baloncesto profesional, del que ninguno teníamos ni la más remota idea). En un par de ocasiones llegó a pasar por el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva la Universidad de Carolina del Norte, aquellos legendarios Tar Heels dirigidos desde la banda por el carismático Dean Smith y desde la cancha por un base en el que nadie se fijó, pero del que muchos años más tarde supimos que se llamaba George Karl.

Y naturalmente fue pasando el tiempo: muy pocos años después yo ya tenía un montón de pelos por todo el cuerpo, un montón de hormonas por algún sitio muy concreto y un montón de (más o menos) amigos con los que quedar en la tarde de nochebuena antes de la obligada reunión familiar (a la que acababas llegando un tanto perjudicado) y en la tarde de Navidad, para intercambiar impresiones tras haber sobrevivido a la sobredosis de familia. Así que una vez más, con más o menos gusto, con más o menos pena, “mi” Torneo volvía a reducirse a una sola jornada (eso sí, normalmente la última, habitualmente la mejor).

Iban llegando los 80, yo me hacía mayor y el Torneo también. El baloncesto empezaba a estar en auge, el Madrid se mudaba al Palacio de los Deportes (y lo llenaba, incluso) y la Navidad seguía convocando aquí a cuatro buenos equipos que durante tres jornadas consecutivas se enfrentaban, todos contra todos. Las universidades americanas ya nunca volvieron y los equipos NBA jamás llegaron (aunque nunca faltaba alguien que declarara aquello de “el año que viene intentaremos invitar a…”, pero en realidad todos sabíamos que aquello era imposible), y en su lugar empezaron a ponerse de moda aquella especie de combinados que pomposamente se llamaban all stars, a menudo patrocinados por una famosa marca de tabaco rubio americano (que no mencionaré aquí para no entrar en colisión con la nueva normativa antitabáquica que entrará en vigor el 1 de enero). No eran lo mismo pero como sucedáneo tampoco estaban mal, daban el pego y hasta tenían una cierta utilidad práctica: más de un jugador encontró trabajo por aquí gracias a aquello, del mismo modo que más de un equipo consiguió encontrar precisamente a ese americano que le hacía falta. Además empezarían también a llegar otros equipos más exóticos, aunque todavía realmente buenos, como aquella selección de Brasil o como la de Australia. Y el resto solían venir del Este de Europa (concepto sumamente amplio, que en baloncesto abarca incluso a Israel): el Maccabi acudía con cierta frecuencia (reflexión en voz alta de mi madre: “claro, estos como son judíos no celebrarán la navidad, así que les dará igual venir”), y también casi todos los años caía algún gran equipo soviético (“claro, estos como son…”), incluso a veces la mismísima selección de aquel país, con todas sus estrellas, incluido aquel primer Sabonis incipiente que ya entonces nos dejaba con la boca abierta, y que una inolvidable noche de diciembre de 1984 (creo) consiguió él solito que por primera y única vez se suspendiera el Torneo tras un mate suyo que dejó el tablero hecho añicos, sólo a falta de minuto y medio para el final de aquel partido decisivo que al fin y al cabo ya tenían ganado.

Llegaban los 90, época de madurar, de sentar la cabeza, de hacerte independiente, de casarte, de tomar tus propias decisiones… y de seguir perdiéndote sistemáticamente el partido de nochebuena y el de navidad. Y de descubrir que la gran diferencia entre la infancia y la madurez es que de niño te prohíben hacer lo que te apetece, mientras que de adulto te lo prohíbes tú solo. Lo de las reuniones familiares ahora se hace todavía más difícil porque hay que distribuirse en dos familias, y cuando menos te lo esperas te das cuenta de que te han salido unos cuantos cuñados insoportables, y uno tal vez un poco más soportable con el que el día de Navidad te puedes escaquear hacia el televisor más cercano para intentar ver ese partido que enseguida vendrán los otros a estropearte… En fin, al menos ya se había inventado el vídeo, siempre lo podías dejar grabando… para luego descubrir que tampoco tendrías ya tiempo de verlo antes de la jornada decisiva, la del 26, la única que podría ver en directo, una vez más.

Pero de algún modo todo aquello empezaba a dar un poco igual, de algún modo aquel torneo ya no era el mismo. Donde antes venía Brasil ahora venía “una selección de los mejores jugadores de Sao Paulo”, donde antes venía Australia ahora venía Nueva Zelanda, una Nueva Zelanda anterior a Penney y a Cameron, una Nueva Zelanda que sólo daba espectáculo antes de los partidos, cuando te anunciaban que iban a interpretar “la Jaca” y tú te preguntabas si aquello sería alguna pieza folklórica del Pirineo Aragonés, o si tal vez sería aquella que galopa y corta el viento cuando pasa por el Puerto, caminí – – to de Jerez, para descubrir finalmente que no era Jaca sino Haka, esa danza tradicional maorí que los All Blacks de rugby interpretan ferozmente y que a sus colegas del baloncesto les salía como mucho más blandita…

Lo cierto es que han pasado ya demasiados años desde aquellas odiosas tardes en casa de mis tíos, y es verdad que algunas cosas no han cambiado: El Almendro sigue volviendo a casa por Navidad, seguimos queriendo turrón, turrón, turrón (pero mira que sea Antiu Xixona), las muñecas de Famosa aún se dirigen al portal, para hacer llegar al niño su cariño y su amistad… Pero todas las demás sí: me horroriza empezar a ver las calles iluminadas, sé de sobra que la lotería jamás me va a tocar (pero sigo jugando, año tras año, supongo que para demostrar que la estupidez humana no tiene límites), ya no me hace ninguna gracia lo de los peces que beben y beben y vuelven a beber ni lo del chiquirritín metidito entre pajas, y los Reyes Magos ya hace mucho tiempo que dejaron de existir (pero siguen viniendo, y ahora además les precede Papá Noel, todos ellos previo paso por mi tarjeta Visa, o por lo que queda de ella). Y sí, ahora ya hay mucho baloncesto todo el año, cada semana unos cuantos partidos… Y mientras tanto nuestro Torneo de Navidad se nos ha ido muriendo poco a poco, casi sin darnos cuenta pasó de tres jornadas a dos (de todos contra todos a semifinales y final), y luego de dos jornadas a una, de tal manera que ya sólo le quedaba un paso por dar, por debajo de una ya sólo queda ninguna.

Dicen que el Presidente del Real Madrid es un ser superior, y tal vez sea cierto, pero me da la sensación de que hay cosas que ni siquiera sus inmensos poderes pueden lograr: no es capaz de conseguir que su equipo de baloncesto gane dos partidos seguidos, no es capaz de conseguir fichar pacíficamente a Carlos Jiménez, no es capaz de conseguir que su milmillonario equipo de fútbol juegue al fútbol (en un alarde de coherencia, el nuevo Director General Deportivo de Florentino se llama Floro; siguiendo en esa misma línea supongo que el próximo entrenador de fútbol será Quique Sánchez Flores, que el próximo entrenador de baloncesto será Manolo Flores -con el legendario Flor Meléndez como ayudante-, que también ficharán a Florent Pietrus y que incorporarán en su organigrama técnico a Florinda Chico, aunque el cargo que pueda ocupar francamente se me escapa). Y es más, a pesar de todo su poder parece que ni siquiera va a ser capaz de cambiar la Navidad de fecha, mucho me temo que no logrará adelantar a finales de septiembre estas fiestas tan entrañables…

Y esto es lo que hay. El Torneo será a finales de septiembre o no será, así que ya sólo caben tres posibilidades: cambiarlo de nombre (llamarlo por ejemplo “Torneo de Otoño”), dejarlo sin nombre (es decir, nombrarlo sólo con los “Memoriales” que se fueron incorporando: Martín, Saporta), o seguir denominándolo como hasta ahora, Torneo de Navidad. Sí, esto puede interpretarse como algo absurdo pero también como una innovadora propuesta creativa: sería el pretexto perfecto para que algún Gran Almacén volviera a patrocinar el Torneo, para que declarara abiertas las fiestas de Navidad desde ese mismo momento, para que tuviéramos tres meses y medio de villancicos, calles iluminadas hasta la náusea, felicitaciones absurdas, compras desaforadas, calles atiborradas, Cortilandias… No sé, pensándolo bien casi mejor dejar las cosas como están, no la vayamos a liar. Que al fin y al cabo el resto del año ya tenemos baloncesto más que suficiente.

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en preHistoria, varios

el cuento de nunca acabar   Leave a comment

(publicado el 19 de octubre de 2005)

Había una vez 
un lobito bueno 
al que maltrataban 
todos los corderos

y había también
un príncipe malo 
una bruja hermosa 
y un pirata honrado

todas estas cosas 
había una vez 
cuando yo soñaba 
un mundo al revés

 

Y había una vez un extraño reino en el que todo el mundo estaba siempre enfadado, todos siempre peleando, enfrentados, discutiendo unos con otros. Aquel reino tenía una capital aún más extraña, un lugar agobiante e inhóspito en el que la mayoría de sus ciudadanos consumían interminables horas atrapados en el interior de unos ruidosos y humeantes vehículos; una ciudad horadada y taladrada por todas partes, tal vez en busca de ese tesoro del que nadie había oído hablar pero que sin duda tendría que existir, porque sólo eso explicaría tal frenesí agujereador. Un sitio en el que a pesar de todo la gente, por increíble que parezca, seguía viviendo; o tal vez sólo seguía sobreviviendo en medio de aquel montón de escombros.

Y por supuesto, allí había también dos bandos. Bueno, en realidad había muchos más, había bandos de todas clases y para todos los órdenes de la vida, todos los bandos necesarios para producir la enorme cuota de inútiles conflictos que a la larga sólo servían para alimentar a aquella ciudad monstruosa. Pero para lo que a nosotros nos ocupa, el juego aquel que básicamente consistía en introducir (cuantas más veces mejor) una esfera por el interior de un diminuto orificio, había simplemente dos bandos: el bando blanco y el bando azul. No es que fueran dos bandos irreconciliables, era mucho peor que eso: ambos bandos directamente se odiaban.

En los cuentos infantiles normales las cosas son muy fáciles, desde el primer renglón se sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos malísimos. Pero es que éste no se puede contar como un cuento normal. Aquí nunca se sabe quiénes son corderos ni quiénes son lobos, ni siquiera se sabe quién se come a quién. Los del bando azul siempre te contarán atrocidades interminables presuntamente cometidas por los blancos, pero si preguntas a estos te referirán todo tipo de crueldades y humillaciones llevadas a cabo por el bando azul. Los lobos se podían convertir en corderos y los corderos en lobos, sólo dependiendo del lado desde el que se les mirase.

Y en este cuento, cómo no, también había un príncipe. Un príncipe azul, además. Probablemente jamás cuento alguno conoció un príncipe como éste. Los príncipes suelen ser buenos, por definición, pero es que éste además de serlo lo parecía, seguramente tenía la mejor cara de buena persona que nadie conoció jamás. Nunca hubo príncipe más bondadoso, más luchador, más discreto, más humilde, más fiel, más entregado a su causa. Nunca hubo príncipe más querido por su pueblo, más admirado por su gente. Y sin embargo…

De repente, una mañana cualquiera, aquel príncipe anunció a los cuatro vientos que había decidido dejar de ser azul. Nunca nadie supo bien por qué, pero todo el mundo creyó saberlo. Unos dijeron que simplemente se cansó de su color, otros dijeron que su intención era conocer nuevos horizontes, algunos hablaron en voz baja de que él ya no se sentía a gusto con los nuevos monarcas azules, incluso hubo quien insinuó que éstos habrían decidido comerciar con él para recaudar fondos con los que recomponer sus menguadas arcas…

Fuera como fuera, nada extraño habría pasado si nuestro príncipe hubiese decidido pasar a formar parte de otros bandos lejanos, ajenos a aquella ciudad terrible. Si hubiese decidido unirse al bando rojo del norte, o al bando verde del sur, aquellas gentes azules que tanto le habían aclamado simplemente habrían llorado su partida, y meses después le habrían rendido un merecido homenaje al volver con un nuevo uniforme para la disputa de su enfrentamiento anual. Pero hete aquí que aquel príncipe renunció a conocer las cálidas tierras del sur, rechazó los cantos de sirena que le llegaban del frío y húmedo norte y, en un momento terrible, tomo la espantosa decisión que todas las gentes azules siempre habían estado temiendo: decidió ser…¡¡¡blanco!!!

Y entonces, lo que iba a ser triste despedida se convirtió en cólera feroz, crujir de dientes, sed de venganza… Quien antes fue considerado bondadoso y humilde pasó a ser visto como malvado y abyecto. Antes amado y respetado, y de repente se convirtió en el ser más odiado sobre la faz de la tierra. ¿Cómo era posible una traición así? ¿Qué encantamiento extraño, qué hechizo terrible le había sido hecho para nublar así su entendimiento, para hacerle llevar a cabo tan nefando crimen? ¿Quién se había cruzado en su camino? Tal vez brujas que algunos veían hermosas, tal vez piratas que según otros eran honrados… A lo largo de todo aquel verano extraños personajes, tal vez hadas madrinas, tal vez malvadas madrastras, revolotearon alrededor de nuestro príncipe, desde uno y otro bando, sumiéndole en la más absoluta confusión.

Porque además entre aquellos dos bandos existía una diferencia sustancial: el poder. A lo largo de todos estos años desde el bando azul habían contemplado, mitad con temor, mitad con envidia, mitad con desprecio (tres mitades parecen demasiadas, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así) el impresionante despliegue de poder que se ejercía desde las filas del bando blanco: un poder omnímodo, un poder que se ejercía ante todo y contra todos, un poder casi omnipotente ante el que prácticamente nada podía oponerse ni nadie podía resistirse. ¿Qué era lo que otorgaba a los blancos tan inmenso poder? ¿Acaso era el dinero, ése que parecían derrochar a manos llenas, como si ellos mismos pudieran fabricarlo? ¿Acaso la fama, la resonancia que habían adquirido a lo largo de todo el orbe planetario merced a sus gloriosos triunfos en aquel otro juego mucho más popular, ése que se disputaba en inmensas praderas y que consistía en introducir (cuantas más veces mejor, pero normalmente con una o dos ya era más que suficiente) otra esfera por el interior de un enorme rectángulo?

Y nadie representaba mejor ese poder que la máxima autoridad del temible bando blanco, un ser cuya sola presencia removía los más profundos cimientos, la mera mención de su nombre hacía que se tambalearan las más sólidas estructuras. Tal era su poder que algunos de sus más destacados súbditos no dudaban en calificarle como “un ser superior”. Nadie, jamás, se resistía a su llamada. Y él siempre llamaba a los mejores, él siempre se dirigía a los más grandes príncipes y guerreros de todo el orbe, y lo hacía sin respetar jamás aquel viejo pacto entre caballeros según el cual era siempre preciso hablar primero con los máximos mandatarios de un bando antes de hacerlo con el guerrero al que se pretendía. Él no, él, amparado en su enorme poder, los seducía con su hechizo y los atraía para sí mediante malas artes, indisponiéndolos al mismo tiempo con su bando de origen y provocando todo tipo de enfrentamientos que siempre desembocaban en el mismo desenlace: el guerrero finalmente caía en las redes blancas y abandonaba su bando de origen, que acababa claudicando simplemente a cambio de unas cuantas monedas que a duras penas alcanzaban a mitigar su pérdida. De este modo, a lo largo de los tiempos numerosos príncipes de lejanas tierras habían caído en sus redes, habían resultado atrapados por tanto oro como se derramaba sobre ellos y por los inmensos sueños de gloria que les despertaba aquella impresionante leyenda blanca.

Por estas y otras razones, el gran jefe blanco raras veces contaba con el aprecio de las autoridades de los otros bandos. Él era a menudo respetado, siempre temido, jamás apreciado. Sus malas artes ya eran conocidas en todo el orbe, e incluso en el juego de la pradera y el rectángulo ya casi eran vistas como algo normal. Sin embargo en ese otro juego, el del diminuto orificio, estas prácticas resultaban mucho menos corrientes, por lo que de inmediato provocaron el total rechazo de sus más altas autoridades. Y especialmente de las del bando azul, que decidió no quedarse quieto y luchar con todas sus armas para impedir aquello que consideraron un ultraje.

¿Qué hacer? Encontraron un antiguo acuerdo, firmado con su príncipe en aquellos ya lejanos días de felicidad. En aquel viejo papel el príncipe se comprometía a recompensar al bando azul con 36 monedas de oro si acaso alguna vez osaba abandonarlo. Era algo meramente simbólico, todos sabían que el príncipe jamás podría abonar esa cantidad, todos también sabían que aquel príncipe jamás les traicionaría… Sin embargo ahora las fuerzas azules se agarraban a aquel papel como su única tabla de salvación, si se llevan a nuestro príncipe al menos podremos obtener una gran compensación, una lluvia de monedas de oro con las que poder afrontar dignamente nuestro futuro…

Y así lo hicieron, pero con una salvedad: el príncipe azul sólo tendría que abonar esas 36 monedas si se convertía en blanco. En cambio, si accedía a ser verde, o rojo tal vez, no tendría que abonar tamaña cantidad; con la mitad, o incluso menos, sería más que suficiente. Claro está que semejante decisión fue recibida con tremenda indignación en las filas blancas: “¡Cómo es posible! ¿Acaso alguna vez se vio tamaña felonía? ¿Desde cuándo un mismo producto tiene un precio distinto en función de quién sea el comprador? Es como si voy al mercado, pido una lechuga y el vendedor me dice que para mí, por ser viejo y feo, la lechuga cuesta el abusivo precio de 36 reales, pero que si acaso se la pidiera aquella hermosa doncella que pasa por la otra acera, a ella gustosamente se la vendería por 18, tal vez menos, ¡y encima la lechuga proclamando a los cuatro vientos que no quiere saber nada de hermosas doncellas, que su mayor deseo es venirse conmigo!” (las lechugas habitualmente no hablan, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así).

Naturalmente todos tenían razón. Lo que equivale a decir que nadie tenía toda la razón. Las cosas normalmente son grises, tal vez más claras o más oscuras pero grises, no suelen ser ni blancas ni negras (o, en este caso, ni blancas ni azules). Pero las masas, enardecidas defendiendo su causa, no estaban para matices ni tonalidades: unos ojos lo veían todo blanco, negando todo lo azul. Los otros todo azul, ciegos para todo lo blanco. Y así, con la ceguera y la cerrazón de unos y de otros, el tema se fue pudriendo, y al final la podredumbre contaminó a casi todos los que por allí pasaron, guerreros ajenos al conflicto que de repente decidieron implicarse en él, protagonizando terribles enfrentamientos que a su vez sólo sirvieron para alimentar aún más el odio, el cual generó aún más enfrentamientos que a su vez… Y así hasta el infinito.

Y mientras tanto nuestro príncipe había dejado de ser el mismo. Se había convertido en un ser ausente, titubeante, estaba como sumido en una nube. Toda aquella decisión, entereza, gallardía, había desaparecido, tal vez para siempre. ¿Qué estaba pasando por su cabeza? Él, tradicionalmente callado, discreto, en esta ocasión decidió explicarse ante sus fieles, y lo único que consiguió fue enredar aún más las cosas. Les habló de que si seguía a su lado su entrega ya no sería la que había sido antes, y a cambio recibió toda clase de insultos. Incluso habló tímidamente de su princesa, aquella con la que meses atrás había contraído matrimonio, de cómo ella no quería aventurarse a conocer lejanas tierras y prefería permanecer en su lóbrega ciudad, al lado de los suyos. Y esto aún fue peor, “¡cómo es posible, cuándo se ha visto que un príncipe como es debido no sea capaz de imponer su voluntad ni siquiera en su propia casa, desde cuándo un príncipe tiene que claudicar ante la voluntad de su dama…!”, los insultos subieron aún más de tono, se hicieron irreproducibles. Ya nadie jamás recordó lo que él había hecho por ellos durante todos esos años. Aquello ya sólo fue de mal en peor. Y sin embargo al mismo tiempo todo seguía igual, todo lo que ya parecía estar podrido aún seguía pudriéndose más y más…

Este cuento no tiene un final feliz. De hecho ni siquiera tiene un final. Tal vez todos piensen que han ganado, pero eso sólo demostrará que todos han perdido. El bando azul no obtuvo sus 36 monedas de oro, ésas con las que esperaba aliviar su pobreza. El bando blanco aún espera ver llegar algún día a su deseado príncipe (y si ello no ocurre todos temen la terrible venganza de su ser supremo, aquel que nunca perdió en nada y que jamás recibió un no por respuesta). Y el príncipe por el momento siguió siendo azul, pero ya nada quedaba de aquel príncipe que habíamos conocido en otros tiempos. Ya era sólo un extraño ser, triste y mustio, que a veces vagaba por el campo de batalla como ánima en pena. En realidad ya ni siquiera era un príncipe. Se había convertido en rana.

Y colorín colorado, este cuento NO se ha acabado. No tiene final porque ni siquiera tiene principio, de hecho nadie sabe cuándo comenzó. Los más viejos del lugar cuentan que esta historia ya se dio desde mucho tiempo antes, con príncipes que se llamaron Ramos, Martín, Antúnez, Herreros, Reyes (ya es curioso que haya príncipes que se llamen Reyes, pero así era). Y cuentan que así seguirá sucediendo en el futuro, con príncipes que se llamarán Rodríguez, Suárez o cualquier otro nombre que ahora ni siquiera somos capaces de imaginar. Y es que éste, ya lo decíamos al principio, no es un cuento cualquiera. Éste en realidad es el cuento de nunca acabar. La verdadera historia interminable.

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

la importancia de llamarse Imbroda   Leave a comment

(publicado el 9 de octubre de 2005)

¿Cómo era aquello que decía (el inolvidable) Gila? Algunas veces empezaba sus monólogos diciendo que para él presentarse ante un público era algo muy serio, que él no podía empezar su actuación saludando de cualquier manera. Por ello decidió dejar este tema en manos de un gran escritor, de un literato de prestigio que le hiciera un saludo de calidad, una presentación que impresionase a su público y que a él le hiciera sentirse orgulloso cada vez que se subiera a un escenario. Y dicho y hecho, así que ahora, por fin, ya podía aparecer en escena y decir: “¡Señoras y señores, muy buenas noches! firmado: Gabriel García Márquez”. Y añadía Gila: “no, la presentación no es gran cosa, no, pero… ¡la firma es lo que vale!”

Vale, sí, esto no es más que un chascarrillo, evidentemente no tiene nada que ver con lo que sucede en la vida real… ¿O tal vez sí? Viajemos unos meses atrás en el tiempo, vayamos al tercer partido de la serie de playoffs Real Madrid-Estudiantes. El Madrid había llegado a tener casi 20 puntos de ventaja pero hacia la mitad del tercer cuarto ésta se había reducido a 9. Justo entonces el Estu falló un triple, y en ese momento el ilustre comentarista televisivo Javier Imbroda dijo lo siguiente: “…bueno, bueno, bueno, Nacho… si ese triple hubiera entrado… ¡el Estudiantes se habría puesto a 6 puntos, Nacho!”.

Claro, yo me quedé impresionado, no era para menos. Qué monstruo, pensé. Cómo ha sabido captar en un instante la esencia del momento, cómo ha sabido expresar con pocas palabras la enorme trascendencia de ese simple lanzamiento a canasta, qué capacidad para objetivar la situación, para poner las cosas en su sitio, para situarlas en su justa medida. Un crack, en suma. La frase justa, el momento preciso, el tono adecuado… porque estas cosas hay que decirlas como él las dice, no se pueden decir de cualquier manera. Vamos, que voy yo, digo lo mismo y alguien me contestará “pues claro”, o “pues vaya obviedad”, o “qué listo, si es que hasta sabes restar y todo”, o “¿tú estás tonto o qué te pasa?”, o “¿tú eres siempre así de gilipollas, o sólo de vez en cuando?”, o qué sé yo, cualquier barbaridad aún peor, que ya se sabe que hay gente muy maledicente. En cambio Imbroda tiene esa inimitable cualidad, dice las cosas como si no estuviera diciendo nada y cuando luego lo piensas descubres que… efectivamente, no estaba diciendo nada. Nada de nada. Lo que pasa es que la nada, dicha por él, se llena de trascendencia. Pero sigue siendo nada, al fin y al cabo. Un perfecto envoltorio para un interior vacío. Definitivamente, la firma es lo que vale.

Puede parecer que todo esto no fuera más que un hecho circunstancial, al fin y al cabo todos en algún momento de nuestra vida hemos dicho alguna simpleza intrascendente (o muchas). Pero no es así. Es simplemente un ejemplo, uno de tantos. Cójase de la videoteca cualquier partido comentado por Imbroda, escúchese con atención y compruébese como no una ni dos, sino bastantes veces más, salen de su boca comentarios de este tenor. Y otros aún mejores, esos que podríamos llamar, sin acritud, “imbrodeces”: “…bueno, bueno, bueno, Pedro…”; “…cómo está el partido, Nacho…”; “…vaya partido, Pedro…”; “…qué final, Nacho…”. Y así hasta el infinito (y más allá).

Claro, todo esto está muy bien, son cosas que hace falta que te las expliquen porque si no tú no te das cuenta. Te lo estás pasando tan bien con tanta emoción que ni siquiera tomas conciencia de que está emocionante, hasta que llega Imbroda, te lo dice y entonces piensas “anda, es verdad, estaba yo disfrutando tanto por cómo está el partido que ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que estaba disfrutando por cómo está el partido…”. Me recuerda a un amigo que tenía yo hace años, que cada vez que volvíamos de marcha tenía que acabar la noche diciendo “¿hoy nos lo hemos pasado bien, verdad?”, como si necesitara hablarlo para saber que era cierto. Bueno, y algunas veces podía ser aún peor, podíamos estar todavía charlando y tomando copas, y de repente “¿lo estamos pasando bien esta noche, verdad?”, que te daban ganas de contestarle “coño, Fernando, pues claro que lo estamos pasando bien, de hecho yo me lo estaba pasando bien hasta que me has hecho pararme a pensar en ello, entonces ya he empezado a no pasármelo tan bien…” (a este amigo le perdí la pista hace ya tiempo, lo último que supe de él es que se casó, alguna vez le he imaginado en la cama con su señora, preguntándola cada vez que “mojen”, oye, Cari, ¿esta noche lo hemos… … …?). Definitivamente, me he ido del tema.

Y digo yo, ¿Imbroda de entrenador ya sería así? No me le imagino por ejemplo en sus últimos tiempos en el Madrid, volviéndose hacia sus suplentes al final de un encuentro igualado y diciendo “… ¡bueno, bueno, bueno, cómo está el partido, Lucio!” Y el pobre Lucio en el último rincón del banquillo, acordándose de todos sus parientes y pensando “encima cachondeo, no sólo no me saca sino que además quiere tertulia el tío…”.

No, de entrenador no debía ser así, entre otras cosas porque ahí están la mayoría de sus resultados para demostrarlo. Él siempre podrá presentar una trayectoria fantástica en Málaga, otra más que aceptable en Sevilla, dos años muy buenos con la selección y el único borrón de aquel tiempo terrible con el Madrid. Y en general está muy bien, nada que objetar, pero el que sea buen entrenador no le convierte automáticamente en buen comentarista, no es algo que vaya de serie, todos conocemos un montón de ejemplos de la misma manera que conocemos ejemplos de lo contrario, de tíos que no han jugado ni entrenado profesionalmente y que resulta que son fantásticos comentando baloncesto. Una vez más, parece que la firma (en este caso el rótulo que aparece en los títulos de crédito) es lo único que cuenta.

Y sin embargo es evidente que él, como buen entrenador, ve cosas que los demás no vemos. En un descanso de la última jornada del Eurobasket estaba Pedro Barthe contando todos los cambios que se habían producido en los equipos eliminados antes de tiempo, que si Obradovic dimitido en Serbia, que si Spahija dimitido y cabreado en Croacia, y así tantos y tantos otros… En esto que Imbroda cogió el micro, puso su tono de trascendencia y dijo “…bueno, Pedro, son… consecuencias, Pedro, consecuencias de todo lo que ha ocurrido en los últimos días…”. Está clarísimo, definitivamente este hombre tiene un don, es capaz de ver lo que nadie ve, de llegar allí donde no llega nadie, aquí todos nosotros pensando que estas cosas ocurrían porque sí y sin embargo gracias a él ya sabemos que no es así, ahora sabemos que hay una causa…

Hace algunos años, en el Congreso de los Diputados, un parlamentario le dijo a otro una frase que aquí viene como anillo al dedo: “Señoría, tiene usted la extraña cualidad de solemnizar lo obvio”. Pues eso mismo. Y debe ser algo fantástico, simplemente coger una obviedad, dotarla de solemnidad y que encima te paguen un pastón por ello. Así que en realidad todo esto no es más que envidia, pura envidia. Sí, yo de (más) mayor quiero ser como él.

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en medios, preHistoria, selecciones

la resaca del Eurobasket   Leave a comment

(publicado el 28 de septiembre de 2005)

En este Eurobasket han ocurrido muchas cosas, que desde luego dan para hacer una reflexión profunda. Lo malo es que a mí las reflexiones no me salen profundas, me salen más bien de andar por casa, como éstas que os dejo aquí debajo:

1. Imaginemos un ciudadano europeo, buen aficionado al baloncesto, que sin embargo se hubiese pasado todo el mes de septiembre de cooperante en Tanzania o de vacaciones en la Polinesia, sin contacto alguno con la actualidad informativa. Imaginemos que al regresar alguien decidiera hacer con él un experimento, enseñándole dos listas: en la lista A, Serbia, Italia, Turquía, Rusia, Croacia. En la B, Eslovenia, España, Francia, Alemania, Grecia. Y luego, la pregunta: ¿cuál de estas dos listas corresponde a países clasificados para el Mundial?. Seguramente sólo diría B algún griego optimista patológico, o algún español espabilado que se imaginase que el juego tenía truco. Pero 9 de cada 10 contestarían que los clasificados para el mundial son los de la lista A. Qué curioso. ¿Será que algo está cambiando en el baloncesto continental?

2. Algo sí que debe estar cambiando: vayamos sólo cuatro años atrás, a Turquía 2001, cuando aquella extraordinaria labor de orfebrería arbitral nos obligó a perder contra el anfitrión para que éste no se quedara fuera del Torneo a las primeras de cambio. Si por aquel entonces se nos hubiera aparecido un adivino y nos hubiera dicho que en 2005 Serbia no se iba a clasificar ni siquiera para los cuartos de final de su propio Europeo, primero nos habríamos partido de la risa y luego le habríamos recomendado dejar la futurología y dedicarse a cavar zanjas. Está claro que al menos en esto sí que hemos avanzado, ser el país organizador ya no te garantiza nada (qué bien, justo ahora que se acerca Madrid 2007), ni siquiera aunque te llames Serbia.

3. Así que la FIBA parece haber ya conseguido que los arbitrajes sean (más o menos) imparciales. Ahora ya sólo falta que también consiga que sean buenos. O aceptables, al menos. Y que sean coherentes, que cuatro jugadas idénticas no se arbitren de cuatro maneras diferentes, que el espectador no tenga la sensación de que cada árbitro pita lo que le da la gana, como le da la gana y cuando le da la gana, simplemente en función de hacia dónde sopla el viento o de hacia dónde hay que compensar.

4. Y por cierto ¿quiénes eran estos árbitros? ¿Alguien conocía a alguno de ellos, aparte de Sancha y del eslovaco Sudek? ¿Dónde estaban todos esos que vemos tan a menudo a lo largo del año, los Rems, Brazauskas, Pitsilkas, Cazzaro, Colucci, incluso el incombustible Jungebrandt, esos que tantas veces nos desesperan pero que al menos tienen más oficio? ¿Continúa la FIBA con sus represalias hacia los árbitros que hace años se “fugaron” a la Euroliga? ¿Cómo es posible que Arteaga pite un montón de partidos (incluso la final) del Torneo de las Américas y luego haga lo propio en el Campeonato de Asia, y que sin embargo no esté incluido entre los árbitros del Eurobasket?

5. Otro misterio insondable de la FIBA: el sistema de competición. Para cada continente un sistema distinto, ya se sabe que en la variación está el gusto, no vaya a ser que sus dirigentes se aburran. En América todos los equipos divididos en dos grupos, pasan los cuatro mejores de cada grupo que luego hacen liguilla de todos contra todos arrastrando los resultados de la primera fase, y los cuatro primeros ya juegan semifinales y final por eliminatoria directa. Sin embargo en Europa es justo al revés: 16 equipos (con 12 sería más que suficiente), 4 grupos de 4 y luego ya todo eliminatorias directas, a vida o muerte, hasta el final. Claro, esto va en gustos. Y para mi gusto el sistema de América es no sé si más justo, pero desde luego sí mucho más lógico. Aquí tienes un mal día y te vas a la calle, allí te premian la regularidad. Si el Torneo de las Américas se hubiese jugado con el sistema de aquí quién sabe si las medallas no habrían ido a parar a Uruguay o a Panamá; y si aquí los 8 primeros hubiesen jugado liguilla quién sabe de lo que estaríamos hablando ahora (y evidentemente no es una rabieta, más bien todo lo contrario, a nosotros esto del cruce de cuartos ya nos va bien; hubo una época que no lo pasábamos ni a tiros y sin embargo ahora llevamos cuatro ediciones seguidas metiéndonos en semifinales; pero eso no lo hace más justo).

6. Y ahora pasemos a nuestra selección, que representa el cuadro perfecto de la psicosis maniaco-depresiva: en dos días pasamos de la euforia a la depresión, y además no tenemos bastante con hacerlo una semana y repetimos la secuencia a la semana siguiente. Somos ilusionantes los viernes, decepcionantes los sábados y horripilantes los domingos. Somos magníficos generando expectativas que luego nosotros mismos nos encargamos de destruir. Y no sé si nos podemos permitir el lujo de echar por tierra tanta ilusión.

7. Si lo pensamos fríamente, el cuarto puesto de España es extraordinario. Si limitamos el balance a 40 minutos, en este Europeo hemos ganado un partido, empatado 2 y perdido 3. Y hemos hecho el peor baloncesto que se le recuerda a nuestra selección en los últimos 5 años, desde Sydney 2000 no jugábamos tan mal. Porque jugar bien, lo que se dice jugar bien, sólo lo hicimos el día de Serbia y la mitad del de Croacia. No está mal, seis partidos jugados y sólo uno y medio buenos, la cuarta parte, un 25 por ciento de efectividad. Lo dicho, teniendo en cuenta todo eso a mí este cuarto puesto me parece un éxito impresionante. Y una gran ironía, también.

8. ¿Realmente no es posible llegar mejor preparado físicamente a una cita como ésta, al menos lo suficiente como para que jugar 3 partidos en 3 días no suponga necesariamente un trauma?

9. ¿Realmente no es posible llegar mejor preparado psicológicamente a una cita como ésta, al menos lo suficiente como para que si la cagas puedas tener la capacidad de levantarte y no tengas que continuar arrastrándote por los suelos al día siguiente?

10. Sería el sueño de todo aficionado: te llevan al Eurobasket, te ves todos los partidos de tu equipo en primera fila y además con todo pagado, el viaje, el hotel, las comidas, las entradas, te dan dietas, sueldo, primas… Si sólo fueras aficionado sería perfecto, pero si también eres jugador ya no parece lo mismo. Sergio Rodríguez e Iker Iturbe han participado en este Torneo algo así como tres minutos cada uno (de la basura el primero, intrascendentes el segundo). Nadie pensó nunca que tuvieran que jugar tanto como el que más. Pero todos pensamos siempre que podrían haber jugado mucho más. Y ya nunca sabremos cómo podría haber sido, sólo sabemos cómo fue.

11. Este Eurobasket iba a ser el Eurovázquez, el torneo en el que Fran (The Man) iba a derramar por Europa todo aquello que lleva dentro. Pero en los tres primeros partidos lo único que Fran llevó dentro fue mala leche, la que se le puso tras convertirse en el chivo expiatorio de todos los problemas defensivos del equipo. Esa mala leche afortunadamente se le recicló al cuarto partido y acabó por convertirse en una enorme explosión de talento. Si no se hubiese producido esa explosión no sé dónde estaríamos ahora. Bueno, sí lo sé, estaríamos pidiendo limosna (es triste pedir…), esperando la caridad de esa magnánima FIBA que todo lo puede.

y 12. Esto se acabó, y ahora nos olvidaremos de la selección y de la FIBA y sus cositas durante casi todo un año. La nueva cita será del 19 de agosto al 3 de septiembre de 2006 (habrá que tenerlo en cuenta a la hora de planificar las vacaciones). En Japón. Está muy lejos Japón, pero japoneses y españoles tenemos mucho en común, aunque no lo parezca. En el colegio nos decían que nuestra flota pesquera era la segunda del mundo, sólo por detrás de la de Japón. Somos el segundo país más ruidoso del mundo, sólo por detrás de Japón. Y dicen que en el 2050 seremos el segundo país más envejecido de la Tierra, y adivinad cuál será el primero… Vamos, que somos casi como hermanos, así que será como si jugáramos en casa. Razón de más para que la FEB, una vez más, vuelva a organizar toda la fase de preparación sin salir del territorio nacional, no vaya a ser que saquemos a las criaturas a pasear y les ocurra cualquier desgracia, que ya se sabe que hay gente muy mala por esos mundos de dios.

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

A %d blogueros les gusta esto: