Baloncesto y TVE: una historia incompleta   6 comments

(publicado entre el 4 de mayo y el 15 de junio de 2006)

(I)

(Antes de nada, una aclaración: esto que viene a continuación no es una investigación exhaustiva, no está basado en datos objetivos, no se han consultado archivos ni vídeos ni páginas web, ni el Gúguel siquiera… No, esto sólo pretende ser una historia basada en mi memoria, pero ya se sabe que la memoria es selectiva por definición, que sólo se acuerda de lo que quiere y borra lo que le parece. Estos son sólo mis recuerdos, probablemente muy distintos a los que otros tendrán, por más que los hechos a recordar fueran los mismos para todos.

Así que, de entrada, me curo en salud: me gustaría que todo hubiera sido como lo cuento, pero es muy probable que no sea así: que haya datos erróneos, nombres cambiados, incorrecciones de cualquier clase. Pido disculpas por ello, ya por adelantado. Y allá vamos…)

En el principio fue Pedro Macía. O al menos, en “mi” principio, en el lugar hasta el que se remontan mis primeros recuerdos; éstos no alcanzan, ni mucho menos, a esos 50 años de vida que ahora cumple Televisión Española: voy teniendo ya una edad, pero aún no “tanta” edad, desde luego. Tal vez hubo otros antes de Macía. O tal vez no. Ya hasta ahí no llego…

Pedro Macía era el típico profesional televisivo de finales de los 60 ó principios de los 70, válido tanto para un roto como para un descosido. Ejercía de busto parlante en aquellos telediarios que nuestros padres y abuelos llamaban “el parte”, y que nos ofrecían una peculiar visión de la actualidad, llena de conflictos, huelgas, guerras y disturbios (en la información internacional), y de inauguraciones de pantanos, planes de desarrollo, principios generales del Movimiento, faenas de El Cordobés, Festivales de España, coros y danzas (en la información nacional). La verdad es que todo aquello resultaba un poco extraño, incluso para un niño no demasiado espabilado como yo era… En aquellos tiempos en TVE sólo debían ser cuatro gatos, y por eso mismo a cualquier “comunicador” de la época (aunque por aquel entonces esa palabra aún no había nacido, eran sólo presentadores, locutores) le podía tocar cualquier cosa, desde el mismísimo Telediario a “¡Por Tierra, Mar y Aire, el programa de los Tres Ejércitos!” (no, no es coña, de verdad que ese programa existía…).

Macía además tenía una cualidad que ya entonces debía ser de vital importancia (o al menos para mi madre sí que lo era): le llamaban “el bombón de la tele” supongo que por aquello de que su busto resultaría menos desagradable que el de los demás. No siempre fue así, porque muchos años después un accidente le desfiguró el rostro, si bien sólo ligeramente gracias a la cirugía estética de la época, que consiguió hacerle un apaño. Pero mucho antes de que eso ocurriera, mucho antes de que acabara sus días profesionales (hasta donde yo recuerdo) presentando el entrañable (e insufrible) “300 millones” (que no era un concurso, sino un programa “dirigido a Hispanoamérica”, nada menos), mucho antes de todo aquello alguien, por alguna extraña razón, debió verle cara de saber de baloncesto. Tal vez él lo habría practicado, tal vez jugaba en algún equipo, o tal vez fue simplemente porque sí, porque fue el primer pringao que se les cruzó por los pasillos.

Y es que nuestro deporte debía resultarle demasiado extraño, exótico incluso, a la voz oficial de las retransmisiones en directo de la época, un tal Matías Prats. No, el de las noticias de Antena 3 no, el otro, su señor padre, que en paz descanse desde hace muy pocos años. Don Matías era una cosa tremenda, era la voz oficial (y casi única) del fútbol, de los toros, del boxeo, del festival benéfico de Navidad, de las procesiones de semana santa, de la “demostración sindical” del primero de mayo, del NODO, de todo lo que le pusieran por delante. Pero nunca debió entender del todo este extraño juego en el que unos chicos altos vestidos con camiseta de tirantes jugaban a colar un balón por un aro del que colgaba una redecilla, se ve que aquello le superaba. Y por eso tuvieron que engañar a otro. (Supongo que lo mismo le debió pasar con algún otro deporte, como aquel no menos extraño en el que unos caballeros vestidos de blanco se tiraban una pelotita de lado a lado de una red, mediante una especie de sartén a la que llamaban raqueta. Pero pronto encontraron a quien sería la voz del tenis para muchísimos años, aquel inolvidable Juan José Castillo y su “entro, entró…”).

La era de Pedro Macía duró poco, supongo que acabó el mismo día en que apareció por el ente público (público ya era, lo de ente vendría después) un señor llamado Héctor Quiroga. Nunca supimos muy bien de dónde había salido, aunque sospechábamos que tal vez de Argentina por aquello de su nombre de pila y por un acento suave, ligerísimo, casi imperceptible. Viniese de donde viniese, lo cierto es que se iba a convertir en la voz oficial del baloncesto durante la mayor parte de los años setenta y durante los primeros ochenta.

Quiroga respondía perfectamente a los patrones narrativos de la época: era la sobriedad personificada. Una jugada cualquiera, por decisiva que fuera, podía narrarse así: “… …recibe Cabrera, …. …. …., Brabender, …. ….. …., Luyk, …. ….. …, Rullán, …. …. …, Walter, … …. …, canasta de Walter, Real Madrid 82, Ignis de Varese 81, … …. …, balón para Meneghin, … …”. Y así sucesivamente, siempre, desde el principio hasta el final, desde el primer minuto hasta el último, siempre con el mismo tono, sin ni siquiera una mínima inflexión de voz.

Se le acusó de madridista y es muy posible que lo fuera. Pero es que no era fácil no serlo, y que no lo pareciera, en una época en la que en televisión no había más baloncesto que el torneo de Navidad y por supuesto la Copa de Europa, una Copa de Europa que por aquel entonces sólo disputaba un equipo por país, el que había ganado su respectiva Liga. En aquel tiempo el Real Madrid solía ganar 9 de cada 10 ligas, así que no era difícil que jugase 10 de cada 10 Copas de Europa (sí, la décima también, porque podía suceder perfectamente que justo el año en que no ganaba la liga ganara la Copa de Europa, lo que automáticamente le otorgaba plaza para la siguiente temporada).

De hecho en aquellos años 70 ni siquiera la cobertura televisiva de la selección estaba garantizada. Normalmente sí que podíamos ver los Campeonatos de Europa (aunque no todos), sin embargo los Mundiales y/u Olimpiadas (que no siempre jugábamos) permanecieron casi siempre ocultos a nuestros ojos. Sí, poco a poco aquello iría mejorando, poco a poco empezaríamos a tener (incluso) algún partido de las competiciones nacionales, tal vez la final de Copa, si acaso alguno decisivo de Liga… Pero todavía con cuentagotas. Aquellos años 70 fueron años difíciles, en casi todos los sentidos.

Y sin embargo enseguida iban a llegar los años 80, los años en los que el deporte dejaría de ser sólo fenómeno social para convertirse también en fenómeno televisivo; y el baloncesto no sólo no iba a ser la excepción, sino que incluso iba a convertirse en el principal abanderado de todos esos cambios.

En junio de 1982 este país, deportivamente hablando, sólo se alimentaba de fútbol. Como siempre, pero aquel año además en mayor medida porque llegaba el Mundial, el gran circo de la FIFA presto a establecerse en nuestros estadios. Naturalmente TVE se dio a la tarea con entrega absoluta, con todos los partidos por la Primera Cadena, con todos sus medios técnicos, con todos sus “locutores” haciéndonos llegar tan magno acontecimiento (incluido aquel legendario Miguel Vila que en su primer partido, en Vigo, dijo “noten con qué emoción la gente escucha el himno polaco” mientras sonaba el himno gallego). El ente público sacó adelante el Mundial con solvencia, con éxito internacional incluso… Lo que no habría tenido nada de particular si no hubiese sido por el pequeño detalle de que aquello fue prácticamente lo único que salió bien. La organización fue un desastre, hubo lotes enteros de entradas que nunca se supo donde acabaron, se decía que se había vendido todo el papel y sin embargo los estadios aparecían medio vacíos, muchos visitantes con hotel garantizado nunca encontraron dónde dormir… Y la selección española de fútbol pegó el mayor petardazo que se le recuerda (y mira que hay donde escoger…). Íbamos a ganar el Mundial, pero ni siquiera fuimos capaces de ganar a Honduras.

¿Conclusión? Un mes después, cuando ya la torcida brasileira había dejado de recorrer nuestras calles a ritmo de samba, cuando los tifosi ya se habían ido con su Copa y su gloria, cuando en cada bar los posters de nuestra selección habían sido arrancados o puestos del revés, cuando el país volvió a darse de bruces con su cruda realidad, entonces de repente la gente descubrió que, por primera y quizá única vez, estaba de fútbol hasta las narices. Y empezó a volver la cara hacia otras cosas, hacia otros deportes. Por ejemplo hacia ese Mundial de Baloncesto que se iba a jugar en Cali, Colombia, muy poquito tiempo después.

Una madrugada de aquel agosto de 1982, la radio (si mal no recuerdo fue Radio Nacional, fue la eterna voz de Juan Manuel Gozalo) nos trajo uno de esos momentos que se te quedan grabados para toda la vida. Una victoria de España sobre Estados Unidos, en baloncesto, siempre será considerada una sorpresa. Pero hace 24 años aquello no fue sorpresa, aquello fue casi un milagro. O al menos así lo vivimos mi hermano y yo, pegando gritos en la cama de aquel apartamento playero al que nos habían llevado mis padres, con el transistor por toda compañía y sin un televisor en el que poder disfrutarlo… Pero claro, seguramente nos habría dado igual. Quizá la memoria me traicione, quizá como allí no teníamos televisor lo fácil era pensar que no lo daban, pero… Aquel Mundial en principio no se televisó. En principio, porque probablemente la buena marcha de los acontecimientos obligó a TVE a reaccionar. España acabó perdiendo ante Yugoslavia (merced a uno de aquellos “maravillosos” arbitrajes de la época) un inolvidable duelo por el tercer y cuarto puesto. Y allí estuvo finalmente nuestra tele para contárnoslo, creo recordar que a través de José Félix Pons, la otra voz del baloncesto (y de otros deportes) en aquellos años, generalmente desde Cataluña (su fama barcelonista era aún mayor que la fama madridista de Quiroga) pero también cubriendo acontecimientos internacionales como éste. Su relación con nuestro deporte terminaría, abruptamente, varios años más tarde (pero eso ya lo veremos más adelante…).

Aquel Mundial de 1982, que apenas vimos, de algún modo marcó el pistoletazo de salida que inauguró la década prodigiosa del baloncesto español. Los éxitos propios se unían a las desgracias ajenas, a las de ese fútbol con el que por un momento nos creímos que podríamos competir y que vivía tiempos convulsos (baste decir que durante casi todo un año no se vio fútbol nacional en televisión, durante varios meses ni siquiera se dieron imágenes ni se ofrecieron resúmenes de los partidos de liga, ante la incapacidad de las partes para ponerse de acuerdo). La siguiente cita internacional de nuestro baloncesto iba a ser en junio de 1983, en Nantes, ésta sí, televisada toda ella… E iba a marcar dos auténticos hitos que quedarían para la historia de nuestro baloncesto y de nuestra televisión.

Primer hito: fue sentarnos ante el televisor a ver el primer partido, y de entrada comenzamos por quedarnos con las ganas. Iba pasando la hora de comienzo y el partido no aparecía, no conectaban, nadie acertaba a dar una explicación… Nos perdimos entera la primera mitad de aquel primer encuentro, la conexión se estableció ya empezando el segundo periodo.. ¿Qué había pasado?

Había pasado algo terrible. Había empezado la era de la publicidad, del marketing, de tantas y tantas cosas que transformarían el deporte, y la selección española de baloncesto no iba a ser la excepción: tenía patrocinador, el Banco Exterior de España, y acudió al Eurobasket luciendo en sus camisetas el logo de dicho patrocinador formado por sus iniciales, una B y dos E que se entrelazaban. Supongo que por una vez quisimos ir demasiado deprisa, quisimos ir por delante de los tiempos. Pero la organización decidió que no. Que con publicidad no se podía jugar. O que bueno, que sí, que vale, que jugar sí se podía jugar pero lo que no se podía, en ningún caso, de ningún modo, bajo ningún concepto, era televisar el partido. ¿Aparecer por televisión un equipo que lleve publicidad en sus camisetas? Eso nunca, por dios, hasta ahí podíamos llegar.

Sólo quedaban dos opciones. O taparse la publicidad (lo que no era fácil, primero porque el logo era enorme y segundo porque el Banco había soltado una pasta precisamente para que se viera) o engañar a la Organización. Así que se optó por esta segunda opción, y se les dijo “no, miren, si B.E.E. en realidad no quiere decir ‘Banco Exterior de España’, no hombre no, cómo pueden ustedes pensar eso, si en realidad lo que significan esas siglas es ‘Baloncesto Equipo Español’…”

No diré que los de la FIBA y los de la Organización francesa del Torneo se lo creyeron (aunque eso fue lo que se dijo en su día), porque eso sería insultar a su inteligencia. Mejor diré que “aceptaron la explicación” de las autoridades federativas españolas. O, dicho de otro modo, que al final tragaron porque no les quedaba más remedio, porque el remedio habría sido siempre peor que la enfermedad y porque cuando tienes un campo es muy difícil ponerle puertas. España siguió su camino en el Eurobasket y pudimos verlo entero por televisión, ya sin más sobresaltos y con nuestros jugadores luciendo una hermosa B y dos hermosas E sobre su pecho.

Pero faltaba el segundo hito, la traca final. España hizo un Torneo extraordinario, se plantó en semifinales, derrotó contra todo pronóstico a la Unión Soviética en un partido memorable y alcanzó la finalísima de aquel Eurobasket, que jugaría contra Italia. La Final del Campeonato de Europa de baloncesto, prevista para las 8 de la tarde del mismo día en el que estaba prevista, para las 9 de la noche, la Final de la Copa del Rey de fútbol.

Diréis “¿y qué? Pues si TVE tiene dos canales se pone cada partido por un canal, y cada uno que vea lo que quiera…”. Sí, vale, eso tal vez es lo que pasaría hoy, pero es que la situación de 1983 no se parecía en absoluto a la de hoy. Hoy habría una mayoría ansiosa de ver el fútbol y una minoría que vería el baloncesto (o eso nos venderían, al menos), pero hace 23 años había millones de personas que querían ver las dos cosas, y las dos cosas completas, y que no querían verse en la tesitura de tener que elegir. Y eso, además, contando con que por aquel entonces aquí no había más televisión que la Española, y ésta mantenía una rigurosísima política de no poner nunca deporte en sus dos canales a la vez, para de esta manera no ofender a ese sector de la población al que no le gusta el deporte…

Y entonces sucedió. Las presiones populares y mediáticas hicieron el milagro y la Final de fútbol se retrasó ¡¡¡una hora!!! para que no se solapara con la Final de baloncesto. Y no, no vayáis a pensar que seguro que fue fácil porque aquella final de Copa la jugarían dos equipos cualquiera, no: el Madrid y el Barcelona, nada menos, en La Romareda de Zaragoza y con el Rey (por supuesto) como privilegiado testigo. Y todo dio igual. Supongo que fue necesaria la mediación del Consejo Superior de Deportes, quizá también la de instancias más altas del Gobierno de la Nación pero lo cierto es que al final el Madrid tragó, el Barça tragó, ni siquiera su Majestad el Rey tuvo el más mínimo problema en retrasar una hora su sacrosanta agenda… Y la Federación Española de fútbol puso el grito en el cielo, se sintió ofendida, qué clase de afrenta era ésta, que el fútbol tenga que arrodillarse ante el baloncesto, cómo es posible, a dónde vamos a llegar… pero al final también acabó tragando, más que nada porque no les quedaba otra. Les quedaba, en todo caso, el derecho al pataleo, a no poner el baloncesto en las pantallas gigantes de La Romareda para que los aficionados que hasta allí habían acudido no pudieran verlo, quizá pensando que así quedaba más clara su supremacía… La selección española de baloncesto perdió aquella final, pero el baloncesto español alcanzó una victoria quizá mucho más importante: se ganó la atención y el respeto de toda la sociedad, un respeto muy superior al que jamás habría imaginado.

Cali’82 abrió la puerta, Nantes’83 marcó un hito y Los Ángeles’84 ya fue… ¿cómo explicarlo? Fue poco menos que besar el cielo. Casi nunca habíamos tenido baloncesto “transoceánico” en nuestras pantallas, ya quedó dicho, quizá por aquello de la diferencia horaria, y ahora de repente nos pasábamos una madrugada tras otra con los ojos pegados al televisor. Medio país trasnochó de 2 a 4 de la madrugada para disfrutar de la victoriosa semifinal ante Yugoslavia, y puede que también el otro medio lo hiciera, esta vez de 4 a 6 de la mañana, para presenciar el partido más importante que jamás haya jugado el baloncesto español.

Aquella final no tuvo historia, no podía tenerla. Nuestros Corbalán, Epi o Martín apenas vieron a sus Jordan, Ewing o Mullin (al contrario de lo sucedido en la primera ronda, en la que les habíamos aguantado toda la primera parte). Pero aquella final fue mucho más que lo que sucedió en cancha. Supuso una gloriosa medalla para el deporte español (en una época en la que nuestro deporte prácticamente jamás ganaba medallas olímpicas, y en disciplinas colectivas aún menos), supuso todo un acontecimiento a nivel social y también, aunque en aquel momento no lo sabíamos, marcó un cambio de época a nivel televisivo. Una especie de traspaso de poderes.

Aquella final la hicieron, al alimón, el ya veterano Héctor Quiroga y un joven periodista de suave acento catalán al que estábamos apenas empezando a conocer, un tal Pedro Barthe. Y eso ya suponía una innovación porque por aquel entonces cualquier partido, de cualquier deporte, sólo tenía una voz, un “locutor”. El comentarista especializado o experto que aportara sus conocimientos técnicos no existía, ni se le esperaba. Así que aquellos partidos “por parejas” supusieron toda una novedad. Y el contraste de estilos entre ambos resultaba ser una novedad aún mayor: A la eterna discreción y sobriedad de Quiroga de repente le daba réplica el “estilo Barthe”, que apenas empezábamos a conocer: mercurial, plagadito de opiniones, de valoraciones (“está loco ese Tisdale” exclamó ante el enésimo codazo que soltaba el ala-pívot), de visiones de supuestos complots… Aquello suponía toda una ruptura con lo establecido: era pasar de no escuchar jamás una opinión a escuchar incluso demasiadas. Íbamos de lo sobrio a lo visceral sin que mediase siquiera una mínima transición.

Ese traspaso de poderes acabó de hacerse realidad muy pocos días más tarde. Y mira que mi madre, sagaz observadora para estas cosas, ya me lo había avisado. Por aquel entonces los “locutores” aparecían muy poco en pantalla pero si acaso alguna vez lo hacían, para una entrevista en el descanso o para lo que fuera, mi madre reparaba en cosas en las que yo, pendiente de escuchar lo que decían, jamás me habría fijado. Y siempre que aparecía Quiroga mi madre decía lo mismo, una y otra vez: “ay, este hombre, qué mala cara tiene”; “este hombre tiene cara de calavera”; “este hombre tiene cara de estar muy enfermo…”; Héctor Quiroga falleció muy pocos días después de aquella final olímpica de Los Ángeles. Creo recordar que murió allí mismo, que ni siquiera tuvo tiempo de volver a España. Durante varios años el Torneo de baloncesto de Puerto Real (Cádiz) llevó su nombre, como un postrero homenaje a su memoria. Posiblemente hoy muy pocos le recuerdan ya, pero aquellos que crecimos escuchando sus comentarios jamás podremos olvidarle. Su hijo Jorge siguió sus pasos, y dirige desde hace ya varios años la Revista Oficial de la NBA.

(II)

La muerte de Héctor Quiroga provocó un vacío, un vacío que no sólo se sintió en TVE. Por extraño que parezca ese vacío se sintió también en el Real Madrid, el equipo que se preparaba un año más para jugar la Copa de Europa tras ganar su enésima Liga (la segunda de la ACB, la primera con playoffs, con aquella serie final a tres partidos que terminó… empate a uno, tras pelea a puñetazo limpio –Martín, Davis, Itu- en el segundo y tras negarse el Barça a disputar el tercero, en desacuerdo con las sanciones adoptadas por el supuesto juez que hacía las veces de comité de competición). De repente, el Madrid no tenía quien le comentara. ¿Quién iba a hacer ahora los partidos europeos del equipo blanco? ¿Quién iba a hacer el Torneo de Navidad?

La solución tampoco parecía difícil: en TVE había dos periodistas perfectamente capacitados para comentar baloncesto, uno más veterano, el otro más joven, pero ambos sobradamente preparados: José Félix Pons y Pedro Barthe. ¿fácil, no? ¿problema resuelto, no? Pues no.

Según contaron algunos medios de comunicación en aquella época, el Real Madrid les puso el veto a ambos periodistas. Sí, sí, que les vetó, así como suena. ¿por qué? ¿qué nefando pecado se supone que habrían cometido para que el club más laureado de Europa les vetara? Pues está clarísimo: ambos eran catalanes, sospechosos de catalanismo, sospechosos incluso de barcelonismo, sospechosos por supuesto de antimadridismo. Nada, vetados, y si ustedes no están de acuerdo pues entonces nuestros partidos no se televisan, y santas pascuas. ¿Qué hacer? Alguien, supongo que desde el propio Real Madrid, ofreció una solución de compromiso y, por alguna extraña razón, salió a la palestra el nombre de un periodista a quien yo jamás recordaba haber visto ni oído hacer baloncesto, un estupendo reportero que por aquel entonces creo que estaba de corresponsal de RTVE, y que en ello sigue a día de hoy: Luis de Benito. Nunca entendí muy bien por qué salió ese nombre (tal vez hubiese sido jugador; o quizá sí hubiese hecho antes baloncesto, aunque yo no lo recuerde), pero lo que sí sé es que aquello no prosperó: hasta donde yo alcanzo a recordar, Luis de Benito jamás narró partido alguno.

Pero entonces, ¿cómo acabó aquello? Pues con seguridad no lo sé; era corriente que los medios de comunicación informaran de la crisis (era noticia) pero no lo era tanto que informaran de la salida de la crisis. Sí que soy capaz de recordar a Pedro Barthe haciendo partidos del Madrid, pero no a José Félix Pons. Claro que en realidad a Pons apenas le recuerdo haciendo partidos de baloncesto, ni del Madrid ni de ningún otro equipo, a partir de aquella mañana de domingo en la que definitivamente cayó en desgracia.

Aquella mañana había partido de liga de baloncesto en televisión, una presencia que estaba ya empezando a convertirse en habitual. En Vitoria, en la vieja cancha del Baskonia (supongo que por aquel entonces aún se apellidaría Caja de Álava, lo de Taugrés vino después). Cuentan (no lo vi; había quedado con amigos a tomar el aperitivo y, como aún apenas existía el vídeo, tampoco tenía forma de grabarlo) que hacia el segundo tiempo se oyó un estruendo, se produjo un gran revuelo, de la calle asomaba una densa humareda, un olor penetrante… ETA había atentado contra las fuerzas de seguridad que estaban en el exterior del pabellón, había policías heridos, tal vez muertos… Y José Félix Pons continuó en su puesto, impertérrito, siguió narrando el partido hasta el minuto final como si nada hubiera pasado.

Diréis, ¿y qué? Él que siga en su puesto y que sean los periodistas de información general los que vayan a cubrir el atentado… No sé, supongo que aquello todavía no era tan fácil, quizás nuestra anquilosada televisión pública tampoco tenía medios, o tal vez sí los tenía pero no los utilizaba (en aquella época las noticias de los telediarios iban todas enlatadas, aún apenas existían las conexiones en directo a pie de calle). Y tampoco sé qué fue lo que se le pasó a José Félix Pons por la cabeza: lo mismo no se atrevió a tomar él solo aquella decisión, a parar la retransmisión por su cuenta y riesgo; o tal vez sí que lo pensó pero no encontró forma humana de mover todo aquel operativo, de sacar su micrófono y sus cámaras a la calle; o, quién sabe, a lo mejor ni siquiera fue cosa de él, quizás alguien de arriba llamara y dijera “tú, ni se te ocurra moverte de ahí, tú sigue ahí como si no pasara nada, aquí se trata de aparentar normalidad, de no crear alarma social…”.

Aquellos eran años difíciles. Años de transición en los que las más rancias y monolíticas estructuras del estado de repente tenían que adaptarse a una época nueva en la que ya se podía pensar, e incluso opinar, por cuenta propia. Y Televisión Española, acostumbrada desde siempre a recibir y seguir consignas, nunca fue ajena a ese difícil proceso, más bien todo lo contrario. No sé si Pons no se atrevió, si fue su decisión o la decisión de otros… Lo único que recuerdo es que le crujieron. Le cayeron críticas desde todos los lados, se pidió su cabeza desde un montón de ámbitos (la mayoría, por supuesto, completamente ajenos al deporte)… Podría ser que yo esté equivocado, tal vez me esté columpiando totalmente, pero juraría que a partir de aquella mañana ya nunca más volvimos a escuchar a José Félix Pons narrar partido de baloncesto alguno. Y quizás tampoco ninguna otra cosa, ningún otro deporte.

Años raros, múltiples revuelos, y supongo que todo aquello provocó finalmente la aparición de algún nombre nuevo. De repente de entre las profundidades de aquella casa surgía algún profesional al que apenas conocíamos y al que en un momento dado, sin saber muy bien por qué, le ponían a hacer baloncesto como si tal cosa. Como por ejemplo… ¿cómo se llamaba aquel tipo? Nacho Rodríguez Márquez, creo recordar. Su llegada supuso un espectacular salto cualitativo en las transmisiones de baloncesto. Pero esta vez hacia atrás. Porque era sencillamente terrible. Era el típico 3 en 1, narrador, comentarista y entrevistador en una sola persona pero todo ello con una incontinencia verbal incontenible (valga la redundancia), con un increíble desparrame de palabras que parecían encaramarse cada una sobre la otra, como si cada palabra tuviese que solaparse necesariamente con la anterior y con las siguientes. Como narrador no conocía la pausa, como comentarista era pobre (sabía distinguir entre una defensa al hombre y una en zona… pero poco más) y como entrevistador…

Como entrevistador era inenarrable. Cada descanso bajaba al parquet, cogía el micro, agarraba a uno de los jugadores que estaban calentando, se lo llevaba a la banda y le hacía preguntas más o menos así: “¿Corbalán, qué nos puedes decir de esta primera parte en la que habéis empezado bastante bien pero luego os habéis venido un poco abajo porque seguramente los cambios de ellos os han perjudicado aunque al final os habéis recuperado un poco porque os han entrado los tiros que antes no os entraban y ellos sin embargo han empezado a fallar probablemente debido al cansancio ya que habéis impuesto un ritmo muy fuerte al que sin duda ellos no están acostumbrados porque además vuestros contraataques les han hecho mella y de este modo habéis dejado el partido muy bien encarrilado para la segunda parte si bien no debéis confiaros porque ellos son siempre un equipo muy peligroso?”. Era así, sin comas, sin puntos, sin pausas, todo de un tirón. Y este ejemplo sería de los cortos, más que preguntar te hacía la crónica… Una vez, precisamente Corbalán le contestó “bueno, en realidad ya lo has dicho tú todo…” y ahí le dejó, con un palmo de narices. Aquel Rodríguez Márquez duró poco en nuestras canchas, afortunadamente le pasaron enseguida al voleibol. Y luego ya nunca más se supo.

Lo de las entrevistas en el descanso ya empezaba a ponerse de moda. Pero claro, si el narrador tenía que hacer también las veces de entrevistador le suponía una molestia, dejar el puesto de comentarista, bajar a la cancha, poner el careto, volver a subir… nada, hombre, hacemos como en la radio, ponemos a alguien con el micro a pie de cancha y que vaya entrevistando a quien se deje, a quien se le ponga por delante… La primera que recuerdo se llamaba María Antonia Martínez. Y si antes dijimos que Héctor Quiroga tuvo cierta fama de madridista, lo de esta mujer ya no es que fuera fama: es que era más blanca que la leche, su legendario madridismo ya casi resultaba cómico. Peculiares entrevistas las suyas, ciertamente.

Pero su presencia, o la de cualquier otro entrevistador, era imprescindible porque de repente nuestro deporte ya no es que estuviera de moda, es que había alcanzado la categoría de fenómeno social. Y podías encontrarte todo tipo de público. Un día, de repente, aparecía en las gradas la “supervedette” Norma Duval, en el descanso bajaba a la cancha para la entrevista, “caramba, Norma, qué sorpresa, ¿qué haces tú por aquí?”. Y ella, “ya ves… mi marido, que es yugoslavo, me ha metido el gusanillo…”. (Aquel partido probablemente no pasó a la historia; sin embargo aquel gusanillo sí que quedó para la posteridad, de hecho al día siguiente casi no se habló de otra cosa…).

Entrevistador/a ya teníamos, pero lo del comentarista técnico se hacía esperar. Y si alguna vez se les ocurría intentarlo, el remedio resultaba siempre peor que la enfermedad. Supongo que en aquella casa pensaban que bastaba con contratar a una leyenda, luego ya que supiera hablar o no era lo de menos. Y dicho y hecho. El primer intento que yo recuerdo fue con Emiliano Rodríguez, leyenda blanca. Resultó patético. Tengo todos mis respetos por todo lo que este señor significó como jugador para nuestro baloncesto, pero eso no evita que como comentarista fuera un auténtico desastre. Y el segundo intento que yo recuerdo fue con Luis Miguel Santillana, leyenda verdinegra. Tres cuartos de lo mismo. Tengo todos mis respetos por etc, etc, pero como comentarista no aportaba nada, absolutamente nada.

Y sin embargo, sabíamos que otros comentarios eran posibles. Para comprobarlo nos bastaba con encender la radio. Sí, la radio, que de repente había pasado también a formar parte de la moda baloncestística. Y en aquellos años decir radio deportiva era decir José María García, por extraño que ahora nos parezca. Yo con él estaba ya pasando del hastío al aborrecimiento, cada vez soportaba menos su manera de pontificar, su maniqueísmo, su forma de dividir al mundo en buenos buenísimos (los que pensaban como él) y malos malísimos (los que no pensaban igual), su capacidad para denigrar y humillar al discrepante, sus broncas en antena a sus más estrechos colaboradores, sus “la verdad sólo tiene un camino”, “el entrenador no va a tirar piedras contra su propio tejado”, “el tiempo, ese juez insobornable que da y quita razones y pone a cada uno en su sitio”, …

Pero evidentemente sabía hacer radio. Y, sobre todo, sabía rodearse de los colaboradores idóneos para cada ocasión. Así que el baloncesto estaba de moda, el baloncesto había llegado a la radio y él, por supuesto, no iba a quedarse fuera, faltaría más. Su entusiasmo, tan repentino como pasajero, por nuestro deporte, se reflejó sobre todo en la gente que se buscó para que le acompañara en cada retransmisión. Más allá de “los de plantilla”, de aquel legendario Siro López, de aquel Andrés Montes (que además de broncas también tenía que aguantar bromas de su jefe en antena, relativas al color de su piel, manda huevos), allí aparecían también los comentaristas invitados, dos jóvenes entrenadores llamados Manel Comas (por aquel entonces en el Cotonificio de Badalona) y Mario Pesquera (por aquel entonces en el Fórum Filatélico de Valladolid) que de repente llenaban el partido de comentarios equilibrados, de puntos de vista tácticos en los que jamás habríamos caído, de disquisiciones técnicas que daba gloria oír… Aquello era una auténtica gozada. (En alguna ocasión García también fichó a Corbalán para la causa; y luego, pocos años más tarde, poco a poco, se le empezó a pasar la fiebre baloncestística. Los carruseles de baloncesto empezaron a desaparecer, a desmigajarse o, aún peor, a integrarse en el interior de carruseles futbolísticos. Nada era ya como antes pero García aún tuvo tiempo de llevarse por unos cuantos años a Moncho Monsalve, ésa gran maravilla que casi siempre se perdió la televisión).

Toda esta digresión alrededor de García evidentemente no venía muy a cuento, se supone que aquí se trataba de hablar de baloncesto en TVE, no de baloncesto en Antena 3 Radio o en cualquier otro sitio. Pero creo que era necesario hacerla, primero por aquello de la odiosa comparación entre los comentaristas técnicos de uno y otro medio, y luego también como una especie de justificación por mi parte: porque muchos recuerdos míos de aquellos años son más de radio que de televisión, porque yo como tantos otros quitaba el volumen del televisor y encendía el transistor, porque todo eso hará que la crónica de este tiempo tal vez se me quede un poco coja.

Pero mientras tanto en TVE, voluntariosos ellos, lo seguían intentando. Y quizá su primer intento serio fue contratar al inolvidable Antonio Díaz-Miguel para comentar los partidos de la Liga ACB. Parecía la mezcla ideal, la combinación perfecta. Un tipo de gran tirón mediático, de gran elocuencia, que lo sabe prácticamente todo sobre nuestro deporte y a quien además avalan los extraordinarios resultados de nuestra selección, cómo era posible que no se nos hubiera ocurrido antes… Sí, aquello tenía que ser un éxito, pero… aquello no funcionó.

Por alguna misteriosa razón, uno tenía la sensación de que el partido iba a un ritmo y Díaz- Miguel a otro. Era como si el partido, cualquier partido, fuese demasiado rápido como para que al seleccionador le diese tiempo a contar todo lo que nos tenía que contar. Así que de repente se hizo popular una frase que él indefectiblemente repetía, dirigida a su realizador, tras cada jugada interesante: “ésta me la grabas y luego la comento en el descanso”; “ésta me la guardas para después”; “ésta también me la guardas para después…”. Y llegaba “después”, llegaba el descanso con sus anuncios, sus promociones, sus reportajes de otros deportes, sus entrevistas a pie de cancha, y cuando nos queríamos dar cuenta comenzaba la segunda mitad sin que a él le hubiera dado tiempo a contar casi nada (y si tenía algo de tiempo era casi peor, la segunda parte siempre a punto de comenzar, el agobio de tener que explicar una jugada deprisa y corriendo, la sincronización con el realizador era penosa, casi nunca aparecía la jugada que esperaba ver…). Y al acabar el partido menos aún, por supuesto, que siempre había que despedir deprisa y corriendo para dar paso a otra cosa, así que todo aquello que habría podido contarnos siempre se quedaba en el tintero. Con el tiempo fue mejorando, pero el margen de mejora fue escaso porque aquel experimento duró poco (creo recordar que ni siquiera llegó a acabar la temporada). Él nunca se encontró en su elemento y TVE nunca supo utilizarle adecuadamente, jamás supo sacarle partido ni buscar otra manera de aprovechar sus conocimientos.

Pero ellos seguían experimentando, probando con éste o con aquél. ¿Y si se lo ofrecemos a ese tal Paco Garrido, que acaba de dejar el cargo de entrenador del Estudiantes? Garrido había sido un entrenador de perfil bajo, e iba a ser un comentarista de perfil ínfimo. Empezaba el partido, un equipo cogía ventaja, “no, esto es normal, pero no hay que preocuparse porque luego estas rachas casi siempre se igualan”, luego llegaba el parcial del equipo que iba por detrás “ves, es lo que te decía, estas rachas iniciales luego casi siempre se igualan…”. Y cuando comenzaba el segundo tiempo más de lo mismo (afortunadamente todavía no habían llegado los cuatro cuartos, así que este episodio sólo se repetía dos veces). Sí, por chocante que parezca aquella fue su mayor aportación técnica. Yo no podía evitar imaginármele de entrenador, en los tiempos muertos, “sí, chicos, nos han hecho un parcial de 20-0 de salida pero no os preocupéis, ni siquiera me voy a parar a deciros cómo tenéis que jugar porque da lo mismo, ya está escrito, ahora viene nuestro parcial, estas rachas casi siempre se igualan, es ley de vida…” Aún hoy, tantos años después, cuando veo un partido en el que un equipo se sale de inicio y el otro inmediatamente remonta no puedo evitar recordar sus sabias palabras, si ya lo decía Garrido, estas rachas luego casi siempre se igualan …

Pero no todos los intentos de “comentarista invitado” por parte de TVE fueron siempre tan negativos: alguna vez tuvieron a Monsalve (el que más aportaba, de lejos; pero aquello jamás fructificó, a saber por qué). Y alguna vez tuvieron al ya entonces veterano Jesús Codina (si mal no recuerdo eso fue durante el Mundial 86, el de España; aunque, insisto, aquellos eran tiempos de “oírlo por la radio”, y puede que me confunda), con comentarios a su imagen y semejanza: siempre serios, siempre sobrios, siempre atinados. También nos duró demasiado poco. En realidad casi todos sus intentos de comentarista técnico en aquellos años 80 fueron efímeros, duraron poco. Sólo empezaron a tomarse este aspecto en serio ya al final de aquella década, o al comienzo de los 90, y el “agraciado”, el primer entrenador metido a comentarista que tuvo la suerte de permanecer, de consolidarse, fue Joan María Gavaldà.

Pero no adelantemos acontecimientos, sigamos, todavía, en los 80. Desaparecido en combate José Félix Pons, desaparecido por extenuación Nacho Rodríguez Márquez, el baloncesto se iba convirtiendo, cada vez más, en “territorio Barthe”. Y poco a poco íbamos conociendo, cada vez mejor, a Pedro Barthe: su calidad, sus obsesiones, su gusto por el baloncesto, sus filias, sus fobias, su conocimiento del juego (más que de los jugadores), sus paranoias, sus manías… Barthe era un soplo de aire fresco; y era, al mismo tiempo, un motivo de desesperación: por alguna extraña razón, nos gustaba oírle casi tanto como nos sacaba de quicio.

Nos gustaba porque por fin suponía algo diferente: no era la típica narración plana y neutra que hasta entonces habíamos conocido. Barthe tenía aristas, aportaba matices, era capaz de cambiar su entonación de voz en función de lo que ocurriera, ponía al menos algo de sí mismo (a veces incluso demasiado) en la narración, se implicaba… Y opinaba. No se reservaba ninguna opinión, por difícil que ésta fuera, por opuesta que fuera al “establishment”. A menudo se le notaba que no se podía aguantar. Y a menudo no se aguantaba.

El problema de las opiniones es que normalmente son subjetivas, y lo son tanto por la parte del que las dice como por la parte del que las escucha. Quizá en aquellos años 80 no estábamos todavía preparados para tanta subjetividad. Y quizá estábamos aún menos preparados para tanta denuncia (justificada o no) al poder establecido, para tanta visión de fantasmas (aunque es verdad que fantasmas por aquel entonces aún había unos cuantos), ni para que se vieran sólo los fantasmas de un lado pero no los del otro… (Con el tiempo todo esto se fue suavizando: entre otras cosas gracias al propio Barthe, que nunca perdió su personalidad ni su espíritu crítico pero que poco a poco fue dando mucho mayor peso al aspecto lúdico del juego, al baloncesto como motivo de felicidad más que de amargura…).

Y sin embargo muy pronto íbamos a descubrir el polo opuesto. Enseguida encontraríamos a un atildado muchacho con cara de buena persona, de no haber roto jamás un plato, y con ese eterno aire de infinita prudencia, de parecer estar permanentemente fuera de lugar, como si estuviera siempre pidiendo permiso para estar donde está. Se llamaba Ignacio Calvo y era el anti-Barthe. Barthe estaba lleno de aristas y Calvo era absolutamente plano. Barthe tenía personalidad y Calvo tal vez también, pero lo disimulaba profundamente. Ambos eran contrapuestos, contradictorios, complementarios… y sin embargo sus destinos parecían unidos para siempre, ambos parecían estar predestinados para convertirse (juntos o por separado) en las voces oficiales del baloncesto en las décadas venideras, nada ni nadie podría ya cambiar esa situación…

… Y en esto llegó Trecet.

(III)

Durante los años 70 la NBA no había existido para nosotros. Sabíamos que en Estados Unidos existía el baloncesto universitario, que era el amateur, el que habitualmente alimentaba a su selección nacional, el que de vez en cuando nos visitaba por Navidad (Torneo de). Y sabíamos que también existía allí (y sólo allí) un baloncesto profesional del que no conocíamos sus siglas (de hecho ni siquiera suponíamos que tuviera siglas). Si acaso a veces nos llegaban los ecos de un tal Wilt Chamberlain, o de un tal Bill Russell…

Lo único parecido al baloncesto profesional americano que conocíamos en aquellos tiempos era un extraño equipo de camiseta oscura (que suponíamos azul, la tele aún era en blanco y negro) y pantalón a rayas (que suponíamos rojas y blancas), que de vez en cuando nos visitaba y que, éste sí, aparecía profusamente en nuestro televisor. Se llamaban (y se siguen llamando) Harlem Globetrotters, y producían en nosotros una reacción contrapuesta, una rara mezcla de fascinación y desprecio: por supuesto que alucinábamos con todas sus virguerías y filigranas varias, con la forma en que ridiculizaban al (presunto) equipo rival y a los (aún más presuntos) árbitros de la (supuesta) contienda. Nos dejaban con la boca abierta pero daba igual, porque al día siguiente llegábamos al colegio y sistemáticamente los poníamos verdes: “eso no es baloncesto, eso es circo”. En el fondo nos recordaban a aquellos espectáculos taurinos que llamaban “charlotadas”, con cuyos carteles de vez en cuando empapelaban nuestras calles: “el Bombero Torero, y sus Enanitos Rejoneadores”. Así los veíamos. “Si jugaran contra un equipo de verdad perderían de 50 puntos”, decía uno. “Eso, por lo menos”, decía otro. Y así nos lo íbamos repitiendo unos a otros, todos cargaditos de razón, por supuesto. (Curiosamente ahora, más de 30 años después, me da la sensación de que hace ya como un siglo que no les televisan ningún “partido”. Y es una auténtica pena porque seguro que a los críos les encantaría, les divertiría mucho más que muchos partidos “de verdad”, les generaría afición por este juego… Todas esas cosas de las que, hace tantos años, no nos dábamos cuenta).

El boom NBA empezó a germinar en los primeros 80: un día conocimos aquellas siglas, luego de repente supimos que existían unos señores llamados Julius Erving, Kareem Abdul Jabaar, Magic Johnson o Larry Bird, poco más tarde conocimos (gracias a aquellos Juegos de 1984) a Jordan y a Ewing… En los periódicos (incluso en los de información general) se empezaba a escribir sobre aquel baloncesto, en las radios se empezaban a contar historias… Y mientras tanto, en Televisión Española (por aquel entonces todavía “la mejor televisión de España”, aún no había llegado ninguna otra) no pasaba nada. Nada. De vez en cuando nos llegaban referencias de cómo en muchos países europeos podían seguir en directo la final del 82 ó la del 83, grandísimos acontecimientos que aquí simplemente nos conformábamos con imaginar.

Pero TVE siempre fue una caja de sorpresas. Tenerlo se ve que lo tenían, al menos en parte (tal vez entonces la NBA, en su afán de expandirse por el mundo, incluso lo diera gratis), pero para ellos no tenía más consideración que la de mero programa “de relleno”, algo así como aquellos documentales que de vez en cuando metían si les fallaba alguna conexión. Y así, de repente, una de esas calurosas mañanas dominicales de julio o de agosto en la que tal vez no había motos y en la que no sabrían qué meter para rellenar el habitual contenedor deportivo, se ve que alguien tuvo la idea, “oye, ¿y por qué no les ponemos el partido ése que nos mandaron, el del baloncesto ése raro que juegan los yanquis?”. No sé en qué año fue: tal vez en 1984, ó en 1985, soy incapaz de recordarlo. Pero lo que sí sé es que a los que tuvimos la improbable ocurrencia de sentarnos ante el televisor aquella mañana lo que vimos nos marcó para siempre. Jamás olvidaremos la imagen de aquellos cinco enormes tíos, vestidos de amarillo y morado, corriendo por la cancha a una velocidad jamás vista, llevando el contraataque como jamás habríamos imaginado que se pudiera llevar, todo ello para vencer la durísima resistencia de otros cinco tíos, éstos vestidos de verde… Luego, muchos años más tarde, sabríamos que a todo aquello lo llamaban “showtime”.

Que yo recuerde la primera final de la que se ofreció aquí algún partido en directo fue la de 1986, la que ganaron los Celtics a aquellos Rockets de las Torres Gemelas (entonces esta analogía aún era políticamente correcta), Ralph Sampson y Akeem (la H se la pondría él después) Olajuwon. Que yo recuerde, de la espectacular final del año siguiente, 1987, aquí no se vio en directo ni un solo segundo (aunque puede que me esté equivocando porque la cobertura que recibió en prensa aquel espectacular duelo Celtics-Lakers fue tremenda, las crónicas eran enormes y con todo lujo de detalles, muchísimo más completas que las que podemos encontrar ahora).

Pero aquel curso 86-87 sí que se había podido ver NBA en televisión. Aquel año jugó en Portland un inmenso mocetón madrileño llamado Fernando Martín, y eso de algún modo obligó a TVE a hacer un esfuerzo: compró un lote de partidos de temporada regular, no sé si 3 ó 4, no sé si 5 ó 6, por supuesto todos de los Blazers, que luego fue colocando en su programación, por supuesto que en riguroso diferido, supongo que cuando encontraba una ocasión propicia para ello. En alguno de ellos Martín jugó sólo los tres últimos minutos (de la basura, obviamente, pero aún no conocíamos la expresión), en otros ni eso y lo más que hacíamos era intuir su cara en el fondo de aquel inmenso banquillo… Pero daba igual. Era NBA. Con cuentagotas, pero aquí estaba.

En el verano de 1987 Fernando Martín se volvió a Madrid pero no importó demasiado porque de algún modo la llama ya había prendido: la atención mediática, lo poco que habíamos podido ver en aquellos años, lo mucho que iban pudiendo ver los privilegiados de la época que ya dispusieran de un peculiar invento llamado “antena parabólica”… De repente TVE decidió dar un paso adelante, se lanzó al vacío e inventó una de las cosas más maravillosas que tenemos en nuestra memoria, un título que, a aquellos que lo vivimos, aún hoy nos pone la carne de gallina: “Cerca de las Estrellas”.

Era la noche del viernes (o en alguna época, la del sábado). Era en La 2 (o, en alguna época, incluso en La Primera). Era a las 12:30, ó a la 1, que entonces era la hora perfecta, o al menos lo era para mí, la hora justa para llegar a casa después de estar con tus amigos o de acompañar a tu chica, tus padres acostándose, tu cena en la cocina, te la pones en la bandeja, te vas al “cuarto de estar”, te plantas ante el televisor y allí de repente la careta del programa, la sintonía, el rótulo (“dirección: Ramón Trecet”, y la primera vez que lo veíamos nos quedábamos alucinados: ¿pero éste no era un periodista de música?). Y aquello que empezaba: la charleta de presentación, en un maravilloso tono lúdico al que no estábamos en absoluto acostumbrados. Y enseguida las primeras imágenes, algo así como la versión de la época de lo que hoy llaman “NBA en Acción”, pero pasada por el filtro de los comentarios de Trecet. Así descubrimos que las mejores jugadas se podían ordenar del 10 al 1 como si fuese la lista de los 40 Principales, descubrimos que cada semana tenía su “jugada tonta” (un concepto que nació allí, y que luego hemos ido repitiendo miles de veces a lo largo de nuestra vida), descubrimos que con un balón de baloncesto se podían hacer cosas que nunca habríamos podido ni siquiera imaginar.

Así transcurría más o menos la primera media hora del programa. Y luego, inmediatamente después, el partido. El partido no era en directo, ni siquiera en un breve diferido. El partido normalmente se había jugado una semana antes, como poco el fin de semana anterior… Pero era tal la ilusión que nos hacía que aquello en realidad no tenía ni la más mínima importancia. Nos llegaba ya capado de tiempos muertos (unas dos horas de duración, aproximadamente). Y nos llegaba, por supuesto, con la narración de Trecet. Fue todo un descubrimiento. De repente había también otra forma de hacer televisión deportiva, de repente un narrador no tenía por qué ser un mero busto parlante, podía ser incluso creativo en antena…

A muchos, a la gran mayoría, nos entusiasmó. Supongo que al menos en la misma medida en que muchos otros, los más “puristas” de la época, directamente le aborrecieron. Allá ellos. Veíamos un mate y le escuchábamos “¡catacrok!”. Veíamos un triple y le escuchábamos “diiiing-dooong…”. Veíamos un partido resuelto y descubríamos que aquellos minutos en USA se llamaban “de la basura” (y los puristas se echaban las manos a la cabeza, por dios, qué afrenta, qué terrible ofensa, qué insulto para estos humildes jugadores que aprovechan esos breves instantes de que disponen para buscar su oportunidad… Es curioso, porque a mí siempre me pareció que la expresión no era ofensiva para los jugadores; lo sería, en todo caso, para los minutos, si acaso éstos tuvieran la capacidad de ofenderse…). En cierta ocasión llegó incluso a aconsejar a los telespectadores, al final del tercer cuarto, que se marcharan a la cama (“…el partido ya está resuelto, y nosotros somos una televisión pública, no tenemos por qué engañar a nadie…”; por aquel entonces las privadas aún no habían llegado pero ya asomaban; aunque TVE ya sí que sabía lo que era la competencia, porque llevaba ya algún tiempo de dura convivencia con las primeras Autonómicas). Y te recomendaba que te fueras a la cama de tal manera que tú… te quedabas, a pesar de todo, por resuelto que estuviera el partido, a ver qué nueva ocurrencia le salía en aquel último cuarto…

Y se le ocurrían, vaya si se le ocurrían: tantas y tantas frases, que sueltas no dicen absolutamente nada, pero que formaban parte de una nueva manera de contar los deportes en televisión: “tiempo muerto en la cancha”; “… los que están muertos, y los que quedan por morir”; “los minutos que separan a los hombres de los niños”; “falta personal, pero no vale la canasta… entre otras cosas porque no ha entrado”;… Fue el primer periodista que entendió que no tenía por qué limitarse a simplemente contar un espectáculo; que él también podía integrarse de algún modo en ese espectáculo, aportar su granito de arena, formar parte de él. Rompió moldes y abrió un camino por el que luego le siguieron muchos otros, con mejor o peor fortuna.

E incluso hizo algo que nadie había hecho nunca: nos dijo de qué equipo era. Y eso sí que era una ruptura absoluta con todo lo establecido, porque hasta ese momento jamás habíamos escuchado a periodista alguno confesar sus preferencias, ni en éste ni en ningún otro deporte: a todos se les podían notar, más o menos, los colores, pero nadie se había atrevido jamás a confesarlos en antena. A él, en cambio, le faltó tiempo para contarnos que era de los Knicks (había vivido en Nueva York, en los años de los títulos de aquella franquicia); y, ya puestos, también nos confesó que en el baloncesto universitario era de Duke, y que en el de aquí era del… Bueno, la verdad es que en esto ya se cortó más: en un principio sólo confesó ser del equipo de su ciudad natal, el Askatuak donostiarra, que por aquel entonces andaba muy lejos de la máxima categoría (en la que sí había estado unos cuantos años antes, de la mano de un maravilloso entrenador, un tipo innovador al que daba gusto leer y escuchar y al que Trecet siempre había considerado como su mentor en esto del baloncesto; se llamaba José Antonio Gasca, y se nos fue demasiado pronto…). Pero de los equipos que estaban en ACB jamás manifestó preferencia alguna… hasta que se retiró. Entonces ya sí, entonces ya no le importó confesar que era del Baskonia.

Además, Trecet no estaba solo en aquellas veladas: cada noche le acompañaba un invitado que terminaba de enriquecer la retransmisión. Podíamos encontrarnos a un jovencísimo Piculín Ortiz, por aquel entonces recién salido de Utah y recién llegado a Zaragoza. O podíamos encontrarnos al prestigioso periodista Julio César Iglesias. O podíamos encontrarnos a… Esteban Gómez, que por aquel entonces estaba casi empezando, que era de la casa, que salía barato… Con el tiempo acabó quedándose como comentarista fijo, como el complemento perfecto a Trecet: éste aportaba la vibración y el ritmo narrativo, y en cambio Gómez resultaba realmente soso, pero a cambio tapaba las carencias técnicas de Trecet (que las tenía), ponía sobre la mesa sus indiscutibles conocimientos baloncestísticos. La aparición de esos “invitados” a veces provocaba una situación que en aquella época resultaba sorprendente: a menudo, narrador y comentarista “se olvidaban” de lo que estaba ocurriendo en la cancha, dejaban de narrar y se ponían a comentar cualquier otra cosa relacionada con el partido, cualquier anécdota o problema personal de alguno de los jugadores, cualquier historia que hubiera ocurrido aquella semana en aquella Liga. Y ahí estaban una vez más nuestros puristas, de nuevo echándose las manos a la cabeza, qué es eso de no narrar el partido, por dios, a dónde vamos a llegar… Han pasado casi 20 años y hoy ya casi nadie se sorprende si de repente a un narrador le da por hablar del chorrito de vinagre en las lentejas, del eneldo en el salmón o de los churros de Bonilla, pero en aquel entonces el mero hecho de olvidarse del juego, siquiera sólo para comentar la problemática infancia de algún jugador, ya era casi motivo para que los telespectadores más clásicos exigieran poco menos que su crucifixión.

Fueron dos temporadas maravillosas: por extraño que ahora nos pueda resultar, al lunes siguiente llegabas al trabajo, o a clase, y podías encontrar a no menos de 10 ó 12 compañeros que también habían visto el partido, con los que podías comentar y compartir las jugadas, las historias, todo. Y no digamos ya cuando el All Star, aquel inolvidable All Star Game de 1988 retransmitido en directo (no fue el primero, ya nos habían “regalado” en directo el de 1987, aquel de Seattle en el que Tom Chambers llegó de sustituto y acabó llevándose el MVP), curiosamente con Barthe de enviado especial a Chicago y con Trecet conduciendo el programa desde el plató, y con Vicente Salaner (al menos) de invitado… Y no digamos ya cuando la final, aquella inolvidable final del 88, ésta ya sí con Trecet de enviado especial a USA, con los partidos en directo de madrugada y en diferido a la tarde siguiente (pero si esperabas a la tarde para verlos estabas “muerto”, era prácticamente imposible que alguien no te reventara el resultado). Aquella final que los Lakers ganaron a los Pistons por 4 a 3 será siempre inolvidable para todos los que la vimos; fue la primera, pero nunca hubo ni habrá otra igual.

Fueron dos temporadas maravillosas pero a la tercera, como si dijéramos, se jodió el invento. TVE decidió reventar a la gallina, incluso a pesar de que ésta nunca hubiera dejado de poner huevos. Como quiera que la marca “cerca de las estrellas” era una marca de éxito, alguien del Ente Público tuvo una idea: ¿y si la extendemos a todos los días? ¿y si lo convertimos en un contenedor en el que quepan todos los deportes? Y dicho y hecho. Así que ahora de repente el programa Cerca de las Estrellas iba cada tarde, en La2, más o menos de 7:30 a 9 (ó de 8:30 a 10, no estoy seguro) y en él tenía cabida casi cualquier deporte que pudiéramos imaginar. ¿Y la NBA? Pues igual que antes, los viernes. Pero ahora en este horario vespertino que casi siempre nos pillaba fuera de casa (y que, si alguna vez nos pillaba en casa, suponía siempre una feroz competencia para pillar el televisor). Y ahora además comprimida en ese angosto espacio de hora y media, que ni siquiera con “morder” los tiempos muertos era suficiente y a veces era necesario quitar algún minutito de aquí o de allá para que la cosa cupiera…

Fue el principio del fin. La NBA todavía permaneció en La2 cinco años más (merced al larguísimo contrato que TVE, repentinamente entusiasmada por el éxito del producto, había firmado poco antes), pero las cosas ya sólo fueron de mal en peor: ahora el viernes por la tarde; ahora el sábado por la mañana; ahora seguimos con el sábado por la mañana pero haciéndolo desaparecer de repente al llegar los playoffs; ahora lo hacemos reaparecer, súbitamente y sin previo aviso, en la madrugada del sábado al domingo (y en el interior de un contenedor que duraba toda la madrugada y en el que cabía de todo, y como esto seguía siendo en megadiferido te lo podían meter a cualquier hora, cuando te ibas a la cama tenías que dejar grabando toda la programación…); ahora lo ponemos el domingo por la mañana porque resulta que hoy tenemos un hueco, pero como el hueco es de hora y cuarto pues nos cargamos el segundo cuarto que ya se sabe que es el menos interesante, o nos cargamos el último cuarto (sí, el último) porque total el partido ya estaba casi resuelto al acabar el tercero; ahora el hueco ya es sólo de tres cuartos de hora así que a ver si nos cabe al menos la segunda mitad… Fueron cinco años de caos progresivo, de caos absoluto, toda una lección por parte de TVE acerca de cómo ir machacando sistemáticamente un producto para finalmente conseguir acabar con él. La pesadilla se terminó en junio de 1995, en el cuarto partido de la cortísima final Houston-Orlando. Hubo que pasar cinco meses de angustia, de ¿volveremos a ver la NBA en España alguna vez?, pero finalmente, el 1 de diciembre de 1995, aquella Liga renació en las pantallas de Canal +. Y el resto es historia.

Pero volvamos a finales de los 80. En un principio los papeles estaban bien definidos: Pedro Barthe, tal vez ya también Nacho Calvo, eran la voz del baloncesto FIBA. Ramón Trecet era la voz de la NBA. Pero algunos, en nuestra ingenuidad, nos preguntábamos por qué Trecet, una vez demostrada su solvencia y su sentido del espectáculo, no podía hacer también otros baloncestos, tal vez ACB, tal vez competiciones europeas… Aquello llevó su tiempo, pero supongo que en el seno del Ente Público alguien finalmente se debió hacer esa misma pregunta. Y un domingo por la mañana de repente Ramón Trecet apareció en Huesca, en la vibrante narración de un no menos vibrante Magia de Huesca-Real Madrid. Trecet llegaba también, finalmente, al baloncesto FIBA. Y llegaba para quedarse.

¿Y Barthe? Quizá me equivoque, pero siempre pensé que aquello no le gustó nada. Uno no podía evitar tener la sensación de que Trecet era visto como un advenedizo por los “clásicos” del periodismo deportivo de aquella casa, como un periodista que sólo fuera especialista de música y que “a ver qué pinta aquí este tío”, como una especie de “showman” que “a ver con qué derecho viene aquí a quitarnos el trabajo”. Tal vez aquella sensación mía fuera errónea. O tal vez no.

Así que aquello a Barthe no le debió hacer ninguna gracia, pero se le debió de pasar en cuanto le ofrecieron un proyecto que a la postre resultó ser el más ambicioso, en relación con el baloncesto, que nunca se haya realizado en esa casa. Se trataba de conmemorar el centenario del baloncesto mediante un gigantesco macrodocumental, una serie de 13 capítulos, de casi una hora de duración cada uno, en la que se repasaría la historia de nuestro deporte “desde su nacimiento en 1891 hasta nuestros días”, es decir, hasta los momentos previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona ́92. Así nació “Chócala”.

Recuerdo que Barthe comentó, en la prensa de la época, que la primera sensación que tuvo cuando se lo ofrecieron (fiel a su larga tradición de ver siempre persecuciones por todas partes; aunque quizá no le faltaran motivos) fue que todo aquello no era más que una maniobra para apartarle de las retransmisiones de baloncesto. Pero parece que la mosca se le quitó de detrás de la oreja en cuanto comprendió la magnitud del proyecto, y también en cuanto supo que, entre viaje y viaje, podría continuar narrando partidos.

¿Entre viaje y viaje? Aquellos eran todavía tiempos de vacas gordas para TVE. O tal vez eran ya tiempos de vacas flacas pero aún no se habían enterado. O tal vez sí que se habían enterado pero se hacían los locos, total mientras que no nos cierren el grifo del dinero público aquí podemos seguir gastando a manos llenas… Fuera como fuera, lo cierto es que allí no se reparó en gastos: imágenes por doquier conseguidas de las más variopintas fuentes, entrevistas a tutiplén a todo aquel que significara o hubiera significado algo para nuestro deporte, viajes por todo lo largo y ancho de este mundo… Cada programa (excepto los primeros, que abarcaban más tiempo) venía a cubrir más o menos un ciclo olímpico de cuatro años, y para ilustrarlo se incluían siempre imágenes de cada ciudad sede, con filmaciones propias y con Barthe apareciendo en ellas, así se tratase de Los Ángeles, Moscú o Melbourne.

¿El resultado? Extraordinario, se mire por donde se mire. Probablemente se trate de la recopilación más completa sobre la historia de nuestro deporte que jamás se haya hecho, no ya a nivel de España sino a nivel internacional incluso. Al menos eso se dijo entonces, pero seguramente esa misma frase sigue siendo cierta a día de hoy: es muy probable que ninguna televisión de ningún país (ni de USA siquiera) haya llevado a cabo jamás un proyecto en torno al baloncesto tan completo como fue éste. Nunca suficientemente repuesta, hoy TVE nos la está brindando de nuevo, a su manera, en ese pequeño canal que conmemora sus 50 años de historia.

(IV)

Ya era 1992, aquel año que nos habían anunciado como fundamental en nuestras vidas, como principio y final de casi todas las cosas: que si el Quinto Centenario, que si la Expo, que si el AVE, que si la Capitalidad Cultural… Y sobre todo, los Juegos, nuestros Juegos Olímpicos, por fin. Aquellos Juegos fueron inolvidables para todos los que los presenciamos por televisión, y supongo que aún más lo serían para aquellos que los vivieron in situ. Todo fue maravilloso, todo fue increíble, todo salió perfectamente bien, todo… excepto un pequeño detalle: el baloncesto. Aunque en realidad el baloncesto sí que salió bien, de hecho salió perfecto, fue uno de los grandes hitos de los Juegos con aquel Dream Team (el único, el irrepetible), perfecto en su función de dejar con la boca abierta a todo el planeta. No, lo que salió mal no fue el baloncesto, fue la selección española de baloncesto. El Angolazo, y lo que vino antes, y lo que vino después, y todos los efectos colaterales que de allí salieron.

Nuestra selección ya había llegado muy mal a Barcelona (amenazas de huelga, eternas polémicas por el tercer extranjero) y toda aquella preparación convulsa y desquiciada probablemente tenía que estallar por algún lado. Así que empezó el torneo y, ya antes de que llegara Angola, la empezamos a cagar: derrotas inesperadas contra rivales asequibles, pésimo juego… Pero no, aquello no podía ser, éramos España, jugábamos en casa, tenía que haber otra explicación y Barthe no tardó mucho en encontrárnosla: ¡¡¡los árbitros!!! A ver cómo era posible, toda la vida quejándonos de ir de tontos por ahí fuera y ahora que estábamos en nuestra casa resulta que seguían sin tenernos el más mínimo respeto… Nunca tuve muy claro si esta vez nos quejábamos porque nos perjudicaban o porque no nos beneficiaban, pero lo cierto es que el discurso caló, nos lo creímos todos, enmascaró perfectamente la realidad… hasta que llegó Angola. Aquello estalló en pedazos, de repente fue como si el baloncesto español se desintegrara para siempre. Y Barthe, convertido una vez más en un aficionado más, no pudo ni quiso sustraerse a aquella dinámica, se olvidó del complot arbitral y acabo arrasando con todo, disparando contra todo lo que se movía: disparando, sobre todo, contra Díaz-Miguel, que en sólo ocho años (y con breve estancia en TVE de por medio) había pasado de héroe nacional a villano nacional.

Menos mal que existió el Dream Team para salvarnos el baloncesto y para convertirlo, a pesar de todo, en el gran sueño de aquellos Juegos. Aquellos partidos eran una auténtica gozada a pesar de que atentaban contra la esencia misma del deporte, contra algo tan básico como la emoción por el resultado final. Aquí se sabía perfectamente quién iba a ganar, la única duda era por cuánto. Pero daba igual, porque el placer de ver a Jordan, Magic, Bird, Barkley, Mullin, Drexler, Ewing, Stockton o Malone con el mismo uniforme superaba todo lo conocido. Y además, para contárnoslo teníamos a una pareja muy especial, Barthe y Trecet, Trecet y Barthe, por primera (y última) vez juntos, mano a mano, codo con codo. Funcionaron extraordinariamente bien como pareja pero su “matrimonio” duró muy poco. Supongo que los horarios de Trecet acabaron pasando factura (en aquellos Juegos era el responsable de toda la programación de madrugada, dando continuidad a las retransmisiones que no habían cabido durante la jornada), y así en los últimos partidos de la selección USA (semifinal, final) se acabó volviendo al tándem habitual, al mismo que había cubierto el resto del torneo: en la narración Barthe (y su permanente crispación de los partidos de España quedaba aquí sustituida por un tono festivo y lúdico que daba gloria oír), y en los comentarios técnicos aquel que, ya antes de los Juegos, se había convertido en titular indiscutible para ese puesto: Joan María Gavaldà.

¿Qué habría sido de nuestras vidas sin Gavaldà? Gracias a él aprendimos cosas fundamentales, circunstancias que sin su mediación jamás habríamos imaginado: supimos por ejemplo que “una remontada no se culmina hasta que el equipo que va por detrás no se pone al menos un punto por delante”, que esto dicho así parece una tontería, pero tiene su intríngulis: tu equipo pierde de nueve, mete un triple, se pone a seis y tú vas y dices “estamos remontando…” Pues no. No estás remontando, te estás acercando, que es muy distinto. Y si empatas tampoco te vale, has igualado pero no has remontado, parece casi lo mismo pero no es igual, psicológicamente no tiene nada que ver, no es lo mismo decir “ya les he alcanzado” que “ya les he superado”, eso sí que te pone, les empatas y es como si no hubieras hecho nada, en cambio te adelantas sólo un punto y ya tienes a tu rival hundidito en la miseria para todo lo que queda de encuentro… Cuanta sabiduría se encerraba en sus profundas palabras.

Pero esto, con ser importante, no fue nada al lado de la que se iba a convertir en su gran aportación, un hallazgo que dividiría la historia en dos partes, en un antes y un después, que cambiaría ya para siempre nuestra forma de ver y de vivir el baloncesto: la barrera psicológica de los 10 puntos. ¿Cómo pudimos estar tantos años sin darnos cuenta de su existencia? En los 80, en los 70, éramos tan ingenuos que, si un equipo perdía de 11 y metía una canasta simplemente decíamos, mira, dos puntos menos, ahora son 9. Y si se la volvían a meter, pues hala, dos puntos más, otra vez 11… Y no nos dábamos cuenta de la tremenda diferencia entre ambos guarismos, creíamos que era como pasar de 6 a 4 ó de 16 a 18, sumas dos o restas dos, pero no, la diferencia era descomunal, el salto que se producía en la mente de los jugadores si bajaban o subían de 10 no era tal salto, era un enorme abismo, una sima inexplorada… Hasta aquel momento habíamos vivido en la más completa ignorancia pero gracias a su aportación hoy sabemos perfectamente la trascendencia de esta terrible barrera psicológica: entre otras cosas porque dejó tal huella entre nosotros que desde entonces no existe narrador o comentarista alguno, en TVE o en cualquier otro medio, que no se refiera constantemente a ella en cuanto surge la más mínima ocasión.

Pero Gavaldà no lo hacía mal. Era didáctico en sus explicaciones, aportaba bastante (sí, en serio, no sólo era la barrera psicológica, también hacía otras aportaciones, más interesantes incluso), en realidad superaba con creces todo aquello a lo que habíamos estado acostumbrados hasta entonces… Pero se le podía mejorar, y así lo íbamos a descubrir pocos meses después: Gavaldà decidió volver a entrenar (con escaso éxito, por cierto) y TVE, a la hora de plantearse su sustitución, por una vez tuvo muy buen gusto: Mario Pesquera. Pesquera por aquel entonces aún podía considerarse entrenador (pasarían más de 10 años, muchos más, antes de que volviera a serlo), seguía conociendo el baloncesto como la palma de su mano y seguía explicándolo a las mil maravillas. Cumplía a la perfección los dos requisitos básicos que cabe exigirle a cualquier comentarista: saber de qué habla, y explicarlo con claridad, con amenidad. Disfrutándolo y haciéndoselo disfrutar a quien lo escucha.

Fueron unos años realmente brillantes. Trecet en la narración y Pesquera en los comentarios eran la pareja perfecta: convertían cualquier partido, bueno o malo, en una auténtica fiesta. Te hacían disfrutar sencillamente porque ellos eran los primeros que disfrutaban. Contaban el juego como nadie, y contaban también “la nada” como nadie. ¿la nada? Para la historia de la televisión quedará aquella final de Copa, Barça-Tau(grés), en Sevilla (¿1993?). Se averió una canasta, el inicio del partido se retrasó un siglo, siglo y medio tal vez pero allí estaban ellos, Trecet al frente, que en lugar de salirse por peteneras con el consabido “devolvemos la conexión a nuestros estudios en Torrespaña, para dar paso a unos minutos musicales” continuaron allí al pie del cañón, retransmitiendo la reparación (“ahí pueden contemplar cómo se hacen las cosas en este país: uno trabajando, y los demás mirando”), retransmitiendo incluso la desesperación (“dentro de unos minutos el grito por aquí será: ¡¡¡AVE, espéranos!!!”). La situación era bastante lamentable, pero unos cuantos jamás olvidaremos las risas que nos echamos a costa de aquellos minutos de antología.

Pesquera comentó baloncesto con todos (y a todos mejoró, casualmente): con Trecet, con Barthe, con Calvo, con Esteban… con quien se terciara porque de repente la cosa ya no estaba como para dispendios. TVE ya se había dado cuenta (o quizá le habían hecho darse cuenta) del agujero que tenía, y había iniciado una (supuesta) política de contención de gastos, con la que al parecer pretendía ahorrar con las cosas más peregrinas: por ejemplo, suprimiendo viajes. Pero viajes domésticos, no vayamos a pensar en periplos transoceánicos, no. A Pesquera le llevaremos de un sitio al otro, pero el narrador será siempre el que viva más cerca de donde se juegue el partido, a ver si por lo menos nos ahorramos las dietas… Que el partido es en Cataluña: Barthe. Que es en Madrid: Trecet, o en su defecto Nacho Calvo. Que es en Málaga: pues también Trecet o Calvo, que el vuelo es más barato… Y lo de ir al extranjero se acabó, de eso ya ni hablamos, si acaso cuando llegue el Mundial, el Eurobasket, la Final Four, pero, ¿qué es eso de acudir a cualquier partido de Liga Europea del Madrid, del Barça o de la Penya, con lo lejos que está Turquía, o Israel? Así que ni hablar: aquí sentaditos delante del monitor, En Torrespaña o en Sant Cugat, y ya veréis qué calentitos y qué agustito estáis, sin tener que salir a pasear por esos mundos de dios… Sí, ya sé que ahora esto es lo habitual, pero es que ahora esto es casi jauja: cualquier televisión te coloca en una esquina el marcador y el tiempo (que luego casi haya que usar la lupa para verlo ya es otro cantar) y si a alguna casualmente se le olvida, para eso está Internet que te permite seguir on-line el partido, la estadística, todo… Pero por aquel entonces, con las televisiones griegas o turcas poco dadas a sobreimpresionar nada y con Internet apenas naciendo, aquello era poco más que artesanía pura. El marcador, o lo llevaban a pedales o esperaban a que una cámara se posase por pura casualidad en el electrónico de la cancha, y entonces, “anda, mira, si van 57-53, si me sobraba un punto”, y lo del tiempo ya ni hablemos, “el partido tiene que estar a punto de acabarse, seguramente estaremos ya en los últimos segundos, dados los constantes parones que se están produciendo…”.

Al menos a las Final Four sí seguían acudiendo: por aquel entonces se hacía rarísima una final a cuatro sin presencia española y eso nos garantizaba casi siempre la presencia in situ de lo mejor del Ente: Barthe-Gavaldà, Trecet-Gavaldà (aunque esta combinación resultaba mucho menos frecuente), Trecet-Pesquera… nos hicieron vivir primero las sucesivas derrotas y después las brillantes victorias de Joventut y Real Madrid. Y también acudían, por supuesto, a los eventos veraniegos de nuestra Selección: Europeos, Mundiales, Juegos (aunque en los de Atlanta 96 no estuvimos, y eso permitió a TVE “revender” el producto a Canal +)… De todos ellos hay uno que, por mucho que queramos, nunca podremos evitar recordar: el Mundial de 1994, el Mundial de Toronto y Hamilton, para nosotros simplemente el Mundial de Hamilton.

Sobre el papel, en nuestro grupo todo estaba claro: íbamos a perder con USA, a ganar a China y a jugarnos el pase a la segunda fase contra Brasil. Y de entrada todo fue según lo previsto. España tuteó al presunto (sólo presunto) Dream Team II, llegó a ir por delante en la primera mitad y acabó perdiendo sólo de 15, y sacando además de sus casillas a alguna emergente y prepotente estrella como Alonzo Mourning, al que Trecet en un momento dado calificó como “un extraordinario jugador, ¡pero con una edad mental de 7 años!” (frase que desde entonces no he podido evitar recordar casi en cada partido que he visto a este jugador, cada vez que le veo agarrarse uno de sus mosqueos habituales). Una vez cubierto el expediente tocaba Brasil, había que ganar, y se sufrió pero se ganó.

Así que ya estaban todos los deberes hechos, al fin y al cabo ya sólo nos quedaba enfrentarnos a China, la perita en dulce. Y fue empezar el partido y todo iba sobre ruedas, y antes del descanso España ya ganaba de 15, y fue entonces, precisamente entonces, cuando Trecet dijo algo así como “bueno, llegado este momento, ya se puede afirmar con total seguridad que España ya está clasificada para la siguiente fase, así que ya podemos empezar a pensar en cuáles serán las posibilidades de España en…”. Seguramente jamás en toda su larga vida Ramón Trecet habrá perdido una oportunidad mejor de callarse. Comenzó la segunda mitad y los chinos comenzaron a incrustarlas de tres, triple va triple viene, uno tras otro… Aún faltaban minutos para el final pero de repente ya íbamos perdiendo y lo peor era que nadie, del seleccionador hacia abajo, parecía entender nada, nadie parecía saber por qué… China se fue a Toronto a jugar la fase final (en la que creo recordar que no ganó ni un partido) y España se quedó en Hamilton jugando esa inutilidad que llamaban “fase de consolación” (como si a alguien le pudiese servir de consuelo), en la que se decidirían los puestos del 9o para abajo.

Trecet no tuvo la culpa de la derrota de España, me consta que no perdió un solo balón ni falló un solo tiro, pero… aquel “ya está” le costó caro. Le cayeron palos de todos los tamaños, de todos los colores, desde todos los sitios. Los que antes le admiraban ahora le ponían verde, a aquellos que antes disfrutaban con sus comentarios ahora de repente se les llenaba la boca de “si es que ese tío no tiene ni puta idea de baloncesto, nunca la ha tenido…”. No sé si a él en Canadá le llegaría el eco de todo lo que se dijo y se escribió, pero en esos tristes últimos partidos de Hamilton sí que transmitió la sensación de que estaba muy tocado, de que todo aquello, la eliminación de España y la forma en que se había producido, le había afectado incluso en lo personal. Sólo había que leer (escuchar, en este caso) entre líneas. Escuchar, sobre todo, a sus dos compañeros de fatigas, Nacho Calvo y Mario Pesquera, cuando afirmaban que “afectados estamos todos, pero Ramón…”. Ramón estaba hecho polvo, o al menos eso nos parecía desde la distancia.

Aquel Chinazo cayó como una bomba. En cierta manera fue aún más duro que el Angolazo de dos años antes. En Barcelona las expectativas eran altas pero todo el mal rollo de los meses previos ya parecía presagiar que allí no podía ocurrir nada bueno. Sin embargo en 1994 habíamos recuperado el optimismo, habíamos plantado cara a USA, habíamos ganado a Brasil, ya nada malo podía pasarnos… Mucho más dura fue la caída. Porque quizá fue precisamente en aquellos años cuando empezó a acuñarse aquella frase que todo el mundo repetía, sin saber muy bien por qué, de que “la selección tiene que ser el motor del baloncesto español”, que parecía que cuando acudían a un Torneo no lo hacían para luchar por una medalla sino para luchar por la supervivencia de nuestro deporte, de tal manera que cuando llegaba una derrota como ésta prácticamente te veías recluido a las catacumbas…

Yo nunca creí mucho en esto de que la Selección, o el Real Madrid como también se dijo más de una vez, tuvieran que ser los que con sus éxitos tiraran de nuestro deporte. Pero si esta frase se repetía tantas veces era porque muchos quizá empezaban a creer que éste era el único clavo ardiendo al que agarrarse. Porque hasta un ciego podía ver que ya desde los primeros años 90 se había iniciado un declive, en principio ligero pero que, lento pero seguro, iba poco a poco ganando terreno. Ya casi nada era como en los 80. Y en las retransmisiones de TVE eso se notaba más que en ningún otro sitio.

De repente empezaron a suceder fenómenos extraños: un domingo por la mañana se comían una prórroga para dar paso al Telediario (te ponían el partido en La Primera “por necesidades de programación”, pero era peor el remedio que la enfermedad), otro se cargaban el baloncesto porque tenían comprometido un concurso hípico (o cualquier otra cosa)… De repente llegaba el tiempo de playoffs, te sentabas a ver el partido y unos minutos antes del descanso podía suceder que el parquet se transformara en arena y que donde antes había diez tíos en camiseta ahora hubiera sólo uno, vestido de luces, acompañado de un enorme animal con cuernos…

No, no me he vuelto loco (creo). Fue una experiencia que nos tocó vivir en incontables ocasiones a lo largo de esa década de los 90. Mayo, junio, eran tiempo de playoffs pero eran, también, tiempo de ferias taurinas, que si la de San Isidro, que si la Beneficencia, que si…. Tampoco es que TVE se volcara con dichos acontecimientos, la verdad es que en el Ente Público no han sido nunca muy de volcarse. Pero unas cuantas corridas al año sí que daban, siempre en día laborable, siempre en TVE1, siempre a las 7. Lo que no debería suponernos ningún problema a los aficionados al baloncesto si ese mismo día teníamos partido de playoffs a las 20:30, en La2. Pero claro, dicen los aficionados a la cosa ésta de la Fiesta (no es mi caso) que más o menos son dos horas lo que viene a durar una corrida (de toros). Pero las de Madrid no, ya ves tú qué mala suerte, los festejos en la Monumental de Las Ventas se ve que son eternos, que si ahora protestamos, que si ahora echamos el toro al corral, que si ahora sacamos al suplente (sobrero, perdón), que si ahora hay que hacerle 18 taladros al morlaco porque es lo que estipula el reglamento, que si… Total, que les daban las 9 y aquello sin acabar, y el Telediario teniendo que entrar a su hora, y eso es sagrado, por supuesto, faltaría más. ¿Qué hacer? Pues está claro, lo único posible, pasar el final de los toros a La2, no íbamos a dejar a los aficionados a la Fiesta sin el último de la tarde. Oye, pero es que en La2 estamos dando el baloncesto… ¿Baloncesto? ¿Y qué? ¿Y a quién le importa eso? Total, para cuatro gatos que lo estarán viendo, que se…

Y sucedía tal cual lo he descrito antes: sin previo aviso, sin una mínima explicación, sin ni siquiera una cortinilla de separación. Como si fuera un simple cambio de plano, estabas viendo el partido y media décima de segundo después aparecía el sexto de la tarde bajo la vara del picador. Claro, de primeras te quedabas con la boca abierta, a ver qué les ha pasado a estos, se habrán equivocado, habrán apretado el botón que no es… Hasta que comprendías. Si la cosa taurina había ido medianamente bien podía ser sólo cuestión de 10 minutos, en lo que el tipo aquel le pegaba los últimos trapazos al animal, lo ejecutaba, lo remataba, saludaba, le tiraban las almohadillas… Con un poco de suerte sólo te perdías los 3 ó 4 últimos minutos de la primera mitad pero la conexión volvía justo en el descanso. Pero a veces las cosas eran aún peor, el retraso era mayor, quedaba toda la lidia del último toro, todo el ritual, que si el picador, que si el banderillero, que si… Y entonces no sólo nos perdíamos los últimos minutos de la primera mitad, también los primeros de la segunda, a falta de 13 ó 14 minutos para el final volvía la conexión y tú te sentabas de nuevo ante el televisor para intentar recomponer la cara de gilipollas que se te había quedado…

Y esto no ocurrió una vez, ni dos ni tres… Al final ya ni siquiera te pillaba por sorpresa. Al final, cada vez que había partido de playoffs entre semana nos íbamos a mirar la programación de TVE1. Si había la programación normal, perfecto, pero si había toros entonces ya sabíamos a qué atenernos. Y llegó un momento en el que hasta lo asumimos, lo integramos en nuestras vidas como si fuese lo más normal del mundo: “no, cariño, no te preocupes que ya hago yo la cena…, sí, hay partido, pero como lo cortarán para los toros me da tiempo de sobra…”. A ver qué íbamos a hacer, Internet aún nos pillaba muy lejos, no había foros en los que desahogarnos… Al final sólo te quedaba el recurso al pataleo doméstico.

Pesquera tampoco tardó mucho en abandonar aquel barco. Creo recordar que se marchó a intentar reflotar (no desde los banquillos, sino desde los despachos) la sección de baloncesto del Real Madrid. Y en su lugar apareció “el cura”, Miguel Ángel Martín. Como entrenador siempre nos había dejado un poco fríos y como comentarista nos iba a dejar totalmente congelados. Nadie le echó de menos cuando se fue, aún a pesar de que durante bastante tiempo TVE no puso a nadie para ocupar su puesto. Si acaso lo intentó en alguna competición de selecciones con Aíto, que era… Aíto, en estado puro. Puntilloso, meticuloso, transmitiendo siempre esa sensación como de que cada frase suya llevara un recadito, un mensaje oculto para alguien… Aportaba bastante pero uno no podía evitar tener la sensación de que para los narradores del Ente debía resultar bastante incómodo tenerle al lado, entre otras cosas porque no se cortaba lo más mínimo a la hora de corregirlos en antena: “falta en ataque”; “no, falta en ataque no, falta en la lucha por el rebote…”; “bueno, pero se le puede llamar también falta en ataque, da lo mismo, y nos entendemos todos…”; “no, porque no es lo mismo, ya es otra jugada, puede haber tiros libres…”. Pero Aíto tenía trabajo de septiembre a junio, sólo en estos certámenes internacionales estaba disponible para TVE. Finalmente el Ente Público se apuntó un último acierto con el fichaje de Pepe Laso: veterano, sabio, socarrón, incisivo, a veces implacable, pocas palabras pero siempre las justas… En cierto modo nos devolvió la ilusión por escuchar comentarios de baloncesto, en aquellos últimos meses previos a “los años oscuros”.

(y V)

En aquellos últimos meses (o años) previos a “los años oscuros”, ya casi nada era como lo habíamos conocido, ya nada era como antes. Narraciones cada vez más planas, realizaciones cada vez más pobres, infografía cada vez más obsoleta, entrevistas (cuando las había) cada vez más grises… Y una permanente sensación de apatía, de desinterés, de dejadez, incluso de mal rollo… Qué sensación más agridulce nos dejó aquella mañana de domingo. Aquel Estudiantes-TDK Manresa de temporada regular, en principio sólo un partido más, de repente se convirtió en el mejor de los partidos posibles. Canastas maravillosas en un lado y en el otro, triple va triple viene, baloncesto de altísima calidad y un final… un final de esos que parece que sólo pueden darse en la NBA: Manresa consiguiendo la canasta presuntamente decisiva a sólo 1 ó 2 segundos para el final, Estu que saca de fondo deprisa y corriendo, el balón llega a Jiménez que desde campo propio lanza el típico triple imposible… que, asombrosamente, ¡entra!

Y entonces se montó la de dios: con el reloj el triple parecía válido, con el sentido común parecía imposible que fuera válido. Pero los árbitros lo dieron y eso provocó un enorme tumulto, los jugadores, los técnicos, los árbitros, los de la mesa, todos allí en medio enfrascados en un barullo inmenso, una tremenda discusión… Por allí, también, andaba Javier. ¿Que quién era Javier? Pues el entrevistador de turno, el pringao a quien los del Ente habían encomendado el marrón de acompañar a Trecet en aquel partido que presuntamente iba a ser un partido más, un partido cualquiera. Javier de repente se encontró en medio de aquel fregado sin comerlo ni beberlo, seguramente preguntándose qué estaba pasando, qué era todo aquello, qué demonios pintaba él allí. Y mientras tanto Trecet, clavado en su puesto de comentarista pero con la vena periodística a flor de piel, “¡Javier: mete el micro ahí!”. Pero Javier no se enteraba. O sí se enteraba pero le faltaba el impulso, o el espíritu, o las ganas, o tal vez pensara que sí, que anda que con lo que me pagan me voy a meter yo en este lío, que precisamente en eso estaba yo pensando… Fuera como fuera, lo cierto es que Trecet subió de tono, “¡¡¡Javier: mete – el micro – ahííí!!!”. Y Javier sin enterarse, y el micro sin entrar ahí (a lo mejor fue simplemente que no le funcionaba, o que no se lo abrieron: quizá todo fuera un simple problema técnico), y a Trecet la mala leche que ya le rebosaba por todos los poros de su piel, “¡¡¡¡¡JAVIEEEER: METE – EL – MICRO – AHÍÍÍÍÍÍ!!!!!”. Pero ni por esas. Javier nunca metió el micro (y, si lo metió, nosotros nunca lo oímos), el Estu ganó el partido, TVE devolvió deprisa y corriendo la conexión a sus estudios en Torrespaña y Trecet casi sin darse cuenta puso en conflicto su instinto periodístico con esa bella costumbre que dice que es conveniente lavar los trapos sucios en el interior de casa, y a ser posible con las puertas y las ventanas completamente cerradas…

Por aquel entonces TVE ya apenas tenía la Liga Europea: los equipos de “la periferia” se habían ido con su correspondiente autonómica (que siempre mostraba más interés, siempre pagaba mejor, siempre ponía más ganas). En el Ente sólo sobrevivían, a duras penas, los partidos del Madrid (y eso si no se atravesaba Dorna, propietaria de los derechos, para quitárselos aprovechando algún mínimo incumplimiento de contrato), de tal manera que, si algún año el equipo blanco no se clasificaba, la competición directamente desaparecía por completo de la televisión estatal. Y aún no lo sabíamos pero aquello no era más que un aperitivo, un mero entrenamiento para lo que nos esperaba después.

Todo se precipitó en la temporada 1998-99, la última del contrato ACB-TVE entonces vigente. Lo que sucedió aquel año se ha contado ya hasta la saciedad, lo han contado incluso aquellos que lo vivieron desde dentro del Ente. Yo poco más puedo añadir: si acaso la percepción que tuvimos los telespectadores de todo aquello, de las noticias que salían y las reacciones que se apreciaban.

Lo que los aficionados supimos desde la distancia fue que Televisión Española presentó una oferta por el producto ACB que era algo así como un tercio, o menos incluso, de lo que había venido pagando hasta ese momento. Supimos que la ACB no quiso ni oír hablar de semejante ridiculez, y aún menos cuando por allí se presentó Canal + ofreciendo el oro y el moro: un pastón inmenso, unas retransmisiones de calidad, unas realizaciones a la altura del producto. Todo ello, por supuesto, demostrable, no había más que mirar el altísimo nivel de las retransmisiones futbolísticas del canal de pago para imaginar cómo podían ser las baloncestísticas. La ACB se engolosinó, no era para menos: se engolosinó tanto que ni siquiera reparó en la trascendencia que podía tener que su producto se codificara; tanto que ni se planteó negociar con TVE para intentar conseguir una mejor oferta; tanto que le faltó el tiempo para anunciar a bombo y platillo el acuerdo, sin esperar siquiera a que la temporada acabara…

Y aquello debió echar chispas, no hacía falta tener mucha imaginación para suponerlo. En realidad, bastaba con ver cada semana Zona ACB, por aquel entonces los domingos en Estadio 2 (podía ser a cualquier hora del día; de hecho a veces resultaba totalmente imposible encontrarlo), por aquel entonces directamente en las manos de Pedro Barthe que, en su línea habitual, no se cortó un pelo: unas semanas con más sutileza que otras, unas más caliente que otras pero a lo largo de aquellos meses nos regaló toda una sucesión de pullas. Disparó contra todo lo que se moviera; disparó, sin citarlos nunca, contra los ejecutivos de la ACB. Y tal vez disparó también, obviamente sin citarlos tampoco, contra los ejecutivos de su propia casa, de su propia TVE.

Y llegamos al final. A la mortecina final de la ACB y al casi milagroso Europeo de Francia de junio de 1999. Recuerdo que Trecet despidió aquella final diciendo algo así como “el baloncesto volverá a Televisión Española, siempre vuelve…”. Fue cierto: el baloncesto volvió a TVE, muy pocas semanas después. Pero el que ya jamás volvió fue Ramón Trecet. (O, al menos, ya jamás volvió al Ente; alguien me contó que sí llegó a hacer algún partido para Vía Digital, la naciente plataforma que acababa de adquirir los derechos de la nueva Euroliga de la ULEB; luego, ya ni eso; hoy ya nos conformamos simplemente con escuchar sus comentarios en alguna radio, con leerle en algún periódico o en alguna web…).

Efectivamente el baloncesto volvió a TVE muy pocas semanas después, y fue para algo tan inesperado como el Campeonato del Mundo Junior, un evento en principio recluido a las catacumbas de Teledeporte pero en el que la buena actuación del combinado español puso en un brete al Ente, que se vio obligado a rescatar la semifinal y la final para darlas en La2 en aquel inolvidable fin de semana, en principio casi vacío de deporte, de finales de julio… Si al responsable que tomó aquella decisión le hubiesen dicho el tremendo éxito de audiencia que iba a alcanzar aquella final del domingo, con aquella selección española proclamándose inesperadamente campeona del mundo, seguramente jamás se lo habría creído…

Pero así fue: España ganó aquel Mundial, la audiencia de La2 se disparó aquel domingo y además allí, en Lisboa, estuvo Pedro Barthe, más Barthe que nunca, para contárnoslo. Barthe en estado puro, Barthe en la semifinal del sábado de repente convertida en una guerra en la que los rivales argentinos eran pérfidos y malosos, pegaban sin parar, arañaban, amenazaban, acobardaban a los nuestros ante las mismas narices de los árbitros que les permitían hacer y deshacer a su antojo… Pintó en su narración un panorama tan dantesco (que apenas se apreciaba en las imágenes, curiosamente) que aquello más que una lucha por la victoria parecía casi una lucha por la supervivencia…

Pero se ganó (e incluso se sobrevivió, curiosamente), nos plantamos en la final contra Estados Unidos, esa invencible USA a la que al parecer era imposible ganar… “¡Señores, van 5 minutos de partido y España todavía le va ganando a Estados Unidos!”; “señores, van 10 minutos de partido y…” Y así a los 15, y en el descanso, y cuando quedaban 15 minutos, y 10, y… Y a muy pocos minutos para el final Estados Unidos se puso por delante y Barthe nos interpretó el canto del cisne, “qué gran partido han hecho, han aguantado 35 minutos, eso es todo un éxito, la victoria era casi imposible…”. Afortunadamente para nosotros, aquellos críos, aquellos Raül, Juan Carlos, Soule, Felipe, Germán, Pau, Berni, Carlos, Antonio, no estaban en absoluto de acuerdo con la opinión de Barthe. Reaccionaron, se adelantaron de nuevo, se llevaron el título y nos hicieron disfrutar a los aficionados más de lo que nunca hubiéramos podido imaginar. Y Barthe, allá en Lisboa, lo cantó con pasión, lo disfrutó como el que más, y exclamó a los cuatro vientos aquello de “¡¡¡si es que ya se lo decía yo, este equipo es muy bueno!!!” Y tanto que lo era. Tan convencidos estábamos todos de que era bueno que allí aguantamos al pie del cañón hasta el delirio final, sin dejarnos influir por todas las veces que, durante la retransmisión, se nos había dicho que por bien que lo hicieran iba a dar igual porque ganar aquello era sencillamente imposible.

Durante cuatro años el baloncesto ACB anidó en Canal + (y en algunas autonómicas), mientras que la Euroliga anidó en la aún más minoritaria Vía Digital. Nuestro deporte sólo volvía a las pantallas del Ente cada verano, puntual a su cita con la selección. Barthe nos contó Sydney 2000 (y se le notó el año de parón, fue el peor Barthe que se recuerda, con sus obsesiones de siempre pero más perdido que nunca, de repente con una ignorancia tremenda acerca de lo que hablaba, parecía desconocer profundamente cualquier trayectoria de cualquier jugador internacional, norteamericano o europeo, por famoso o importante que fuera); Calvo nos contó Turquía 2001 (y fue sencillamente escalofriante: absolutamente obsesionado por el sonido ambiente, por el ruido del público, por la canción aquella que cantaban los turcos constantemente y que era algo así como el himno del torneo); Barthe nos contó Indianápolis 2002 (y ya fue mejor que dos años antes: en su estilo, pero al menos esta vez sí que pareció que se lo había estudiado un poco). Y de comentaristas técnicos, ya ni hablemos: el titular durante casi todos estos veranos fue José Antonio Montero: tan frío como en sus tiempos de jugador, dando bastante menos juego con sus comentarios que el que antes había dado con sus pases, soportando estoicamente la pesadez infinita de un Nacho Calvo absolutamente empeñado en traer constantemente a su memoria recuerdos desagradables…

Llegamos a 2003. El contrato ACB – Canal + finaliza sin que ninguna de las partes (por más que intenten disimularlo, cargándole el muerto al otro) manifieste el más mínimo interés por continuar con su relación. Y entonces los dirigentes de la Asociación se sentaron a esperar a la fila de pretendientes que seguramente acudirían prestos a llamar a su puerta… Pero lo cierto es que allí no llamó nadie, vaya por dios. Así que ya sólo quedaba una única alternativa, la de acudir de nuevo a echarse a los brazos de aquel Ente Público al que habían abandonado varios años antes… Sí, la respuesta de TVE casi podría contarse en términos de culebrón: “o sea, que hace cuatro años me dejas y te vas con el primero que llega, y ahora, como no has encontrado allí lo que esperabas encontrar, vuelves aquí con el rabo entre las piernas pidiéndome que empecemos de nuevo, como si nada hubiera cambiado… ¿Pero por quién me tomas? Ahora te vas a tener que humillar, si quieres algo de mí me lo tendrás que rogar, que suplicar, de rodillas si es preciso…”. O, dicho en términos más normales, que Televisión Española le espetó a la ACB el panorama siguiente: “No sólo NO os pensamos pagar ni un duro; es que, si queréis salir en televisión, seréis vosotros los que tendréis que pagar…”. Era el mundo al revés: de repente, el baloncesto había dejado de ser un producto por el que pagan las televisiones y se había convertido en un producto que tiene que pagar para salir en televisión. Algo así como un spot publicitario, vamos.

Y a partir de aquí la historia es ya tan sobradamente conocida que no merece la pena ahondar demasiado en ella: ahora no empezamos la liga porque no hay contrato, ahora jugamos y salimos bajo promesa de contrato pero seguimos igual, ahora le ponemos un parche a modo de contrato provisional para acabar la temporada, ahora ya tenemos acordado un verdadero contrato pero a ver cuándo podemos firmarlo, ahora por fin firmamos, ahora que ya tenemos un buen contrato nos siguen haciendo tan poco caso como antes de tenerlo…

Y es que nada o casi nada parecía haber cambiado: habíamos entrado en el siglo XXI pero las realizaciones seguían pareciendo del XIX; un primer cuarto de la selección podía desaparecer sin previo aviso para dar el final cantado de una carrera de motos; una prórroga de playoffs podía verse confinada a una ventanita muda y minúscula en un rincón de la pantalla para que en ésta cupiera el comienzo de un partido de fútbol; las narraciones seguían en manos de Barthe o Calvo (si acaso con algún voluntarioso añadido, especialmente en Teledeporte: el sempiterno Esteban Gómez pero también Arseni Cañada, Diego Martínez, Javier López… y Ernest Riveras, la gran esperanza, el que debería convertirse desde ya mismo en narrador baloncestístico titular si alguien en aquella casa fuera capaz de ver lo evidente…); y los comentarios, ahora en manos de Javier Imbroda o Joan Creus, la noche o el día, el aburrimiento y la nula aportación del melillense alternándose sistemáticamente con la brillantez y riqueza táctica del “Chichi”…

Y sin embargo algo sucedió en todo este proceso, un hecho que permitió desenredar por fin aquella maraña contractual interminable: Pedro Barthe, nuestro vilipendiado/querido/odiado/amado Barthe, un buen día fue nombrado Director de Deportes del Ente Público. Venía a sustituir a José Ángel de la Casa, patriarca del futbolerismo cuyo desprecio por el deporte de la canasta era casi legendario. Todo lo contrario de Barthe, del que ni siquiera sus más acendrados detractores pudieron discutir nunca su pasión por el baloncesto. Evidentemente el puesto no le daba plenos poderes, menos aún en una institución tan jerarquizada y tan funcionarial como TVE. Pero algo sí podía hacer. Y algo hizo: se las apañó para que ACB y TVE firmaran por fin un contrato tal vez no extraordinario pero sí infinitamente mejor que el que cualquiera hubiera podido soñar, infinitamente mejor que el que hubiéramos podido esperar sólo unos meses antes. Y aún hizo algo más: se las apañó para que TVE firmara también un acuerdo con la Euroliga, una competición que, tras languidecer hasta su extinción en Digital +, parecía condenada a desaparecer para siempre de nuestras pantallas cotidianas.

Pero tal vez no todo estaba en sus manos, o tal vez tenía las manos más atadas de lo que queríamos creer: durante la temporada 2005-2006 el baloncesto apareció profusamente en nuestros televisores pero casi nadie (fuera de los fieles, de los habituales, de los recalcitrantes) se enteró de su existencia. Casi nadie consiguió ver una promoción, aún menos fueron los afortunados que consiguieron ver alguna información relativa a este deporte en algún telediario. Por primera ver en años teníamos baloncesto en abierto para dar y tomar y sin embargo, por alguna extraña razón, su difusión, su repercusión, parecía aún menor que cuando se daba en codificado. El baloncesto había acabado convirtiéndose en “el deporte fantasma”.

…Y colorín colorado, esta historia se ha acabado. Dentro de muy pocos meses tendrá lugar en Japón el Mundial de Baloncesto de 2006. Un Mundial que también marcará un hito en TVE. Pero esta vez será por omisión, por ausencia. Porque, después de tantos años, ésta será la primera vez que la selección española y Televisión Española no vayan de la mano. Quizá sea el inicio de un tiempo nuevo. O quizá sea sólo un punto y seguido por más que, si hoy miramos hacia atrás, hacia esos 50 años de historia, es inevitable que todo esto ahora nos parezca también, en cierto modo, el fin de una época.

Esta (larga e interminable, además de incompleta) historia se termina de escribir hoy, 15 de junio de 2006. Hoy sabemos que Pedro Barthe deja de ser Director de Deportes de TVE (no le han dejado ni año y medio…). Hoy sabemos que el puesto vuelve a estar ocupado por José Ángel de la Casa. Y ya dijo alguien que la historia se repite. Pero ya dijo alguien también que aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y seguramente necesitaremos nuestro pasado, ahora más que nunca, para entender nuestro incierto futuro. Porque no sabemos cómo será pero necesitamos pensar que existe, que sí que hay futuro, aunque a menudo no lo parezca…

(Y termino, más o menos, como empecé: esta crónica ha sido escrita tirando sólo de recuerdos, y estos son subjetivos, a veces demasiado; por eso mismo puede que haya habido incorrecciones, inexactitudes, crasos errores incluso, por los que de antemano pido perdón. Por eso es “una historia incompleta”; en realidad, casi como cualquier historia…)

Publicado octubre 15, 2012 por zaid en medios, preHistoria

6 Respuestas a “Baloncesto y TVE: una historia incompleta

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  1. Llego con 10 años de retraso pero…, ¡maravilloso artículo! Por edad, mis recuerdos comienzan con Barthe y Gabaldá, y continúan (y casi terminan) con Trecet. Inolvidables todos. Hasta el punto que no veo desde hace años baloncesto por aburrimiento, incluso los éxitos de la selección me aburren. Un abrazo

    • Pues bienvenido a tu casa, y me alegro de que lo hayas disfrutado… aunque sea diez años después. Seguro que cometí muchas inexactitudes, seguro que si hoy lo escribiera lo haría de manera muy diferente… pero me satisface enormemente que tras tantos años alguien lo lea y aún lo encuentre interesante. Espero que aún te sigas pasando por aquí de vez en cuando aunque ya te aburra este deporte, e incluso que este finde hagas una excepción para ver las semifinales/finales olímpicas. Lo mismo hasta te vuelves a enamorar de este juego, quién sabe. Un saludo.

      • Qué va, tu texto es impecable, aporta lo indispensable para que uno pueda reconstruirse la historia desde sus propios sentimientos. Sí, las semifinales/finales olímpicas no suelo perdérmelas, pero hay varias cosas que me deprimen: la calidad de la liga (no sólo baloncestística, también de seriedad, la gente no puede apegarse a regulaciones arbitrarias que permiten que haya equipos que no puedan bajar y otros que no puedan subir), el acaparamiento del baloncesto por parte de nuevos forofos desde la obtención del mundial en 2006 con la consecuente futbolización de algo que antes era nuestro y la desaparición de referentes (por ejemplo, que la mayoría de nuevos forofos, ahora mayoría, desconozca el significado de alguien tan grande como Raül López, de la generación argentina, de los tiros libres errados del joven Siskaukas en Sydney…). No todo es negativo para mí, por cierto: ayer me emocionaba viendo jugar al equipo de mujeres; qué fundamentos técnicos, qué velocidad, qué cambios de ritmo… Quizá escriba algo al respecto en mi blog, en ese caso, desde luego, te pondría al corriente. Un saludo

  2. lo mismo que zaid, acabo de encontrarme esta joya con 10 años de retraso. Me has hecho revivir aquellos años de infancia delante del televisor (en blanco y negro todavía): los partidos del Madrid en Copa de Europa desde el Pabellón los jueves por la tarde/noche (aquellos 3 tiros libres que falló Prada contra el Mobilgirgi de Varese con el tiempo a cero), la alucinante Korac del Joventut en el 81 y (a partir de ahí en color) las peleas con mi padre cuando coincidía un partido de basket con otra cosa en el otro canal (y, evidentemente, no había vídeo para grabarlo). Tempus fugit…

  3. hola, pues yo también lo acabo de leer, impresionante artículo en el que nos vemos reflejados, gracias, todos somos ya un poquito más mayores y ni siquiera eramos campeones del mundo aun…grandes recuerdos. como pasa todo coñe. abrazos

  4. Magnífico artículo encontrado por casualidad causal. Desde el confinamiento del coronavirus de 2020, gracias y enhorabuena. Para la posteridad. Un saludo

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