la importancia de llamarse Imbroda   Leave a comment

(publicado el 9 de octubre de 2005)

¿Cómo era aquello que decía (el inolvidable) Gila? Algunas veces empezaba sus monólogos diciendo que para él presentarse ante un público era algo muy serio, que él no podía empezar su actuación saludando de cualquier manera. Por ello decidió dejar este tema en manos de un gran escritor, de un literato de prestigio que le hiciera un saludo de calidad, una presentación que impresionase a su público y que a él le hiciera sentirse orgulloso cada vez que se subiera a un escenario. Y dicho y hecho, así que ahora, por fin, ya podía aparecer en escena y decir: “¡Señoras y señores, muy buenas noches! firmado: Gabriel García Márquez”. Y añadía Gila: “no, la presentación no es gran cosa, no, pero… ¡la firma es lo que vale!”

Vale, sí, esto no es más que un chascarrillo, evidentemente no tiene nada que ver con lo que sucede en la vida real… ¿O tal vez sí? Viajemos unos meses atrás en el tiempo, vayamos al tercer partido de la serie de playoffs Real Madrid-Estudiantes. El Madrid había llegado a tener casi 20 puntos de ventaja pero hacia la mitad del tercer cuarto ésta se había reducido a 9. Justo entonces el Estu falló un triple, y en ese momento el ilustre comentarista televisivo Javier Imbroda dijo lo siguiente: “…bueno, bueno, bueno, Nacho… si ese triple hubiera entrado… ¡el Estudiantes se habría puesto a 6 puntos, Nacho!”.

Claro, yo me quedé impresionado, no era para menos. Qué monstruo, pensé. Cómo ha sabido captar en un instante la esencia del momento, cómo ha sabido expresar con pocas palabras la enorme trascendencia de ese simple lanzamiento a canasta, qué capacidad para objetivar la situación, para poner las cosas en su sitio, para situarlas en su justa medida. Un crack, en suma. La frase justa, el momento preciso, el tono adecuado… porque estas cosas hay que decirlas como él las dice, no se pueden decir de cualquier manera. Vamos, que voy yo, digo lo mismo y alguien me contestará “pues claro”, o “pues vaya obviedad”, o “qué listo, si es que hasta sabes restar y todo”, o “¿tú estás tonto o qué te pasa?”, o “¿tú eres siempre así de gilipollas, o sólo de vez en cuando?”, o qué sé yo, cualquier barbaridad aún peor, que ya se sabe que hay gente muy maledicente. En cambio Imbroda tiene esa inimitable cualidad, dice las cosas como si no estuviera diciendo nada y cuando luego lo piensas descubres que… efectivamente, no estaba diciendo nada. Nada de nada. Lo que pasa es que la nada, dicha por él, se llena de trascendencia. Pero sigue siendo nada, al fin y al cabo. Un perfecto envoltorio para un interior vacío. Definitivamente, la firma es lo que vale.

Puede parecer que todo esto no fuera más que un hecho circunstancial, al fin y al cabo todos en algún momento de nuestra vida hemos dicho alguna simpleza intrascendente (o muchas). Pero no es así. Es simplemente un ejemplo, uno de tantos. Cójase de la videoteca cualquier partido comentado por Imbroda, escúchese con atención y compruébese como no una ni dos, sino bastantes veces más, salen de su boca comentarios de este tenor. Y otros aún mejores, esos que podríamos llamar, sin acritud, “imbrodeces”: “…bueno, bueno, bueno, Pedro…”; “…cómo está el partido, Nacho…”; “…vaya partido, Pedro…”; “…qué final, Nacho…”. Y así hasta el infinito (y más allá).

Claro, todo esto está muy bien, son cosas que hace falta que te las expliquen porque si no tú no te das cuenta. Te lo estás pasando tan bien con tanta emoción que ni siquiera tomas conciencia de que está emocionante, hasta que llega Imbroda, te lo dice y entonces piensas “anda, es verdad, estaba yo disfrutando tanto por cómo está el partido que ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que estaba disfrutando por cómo está el partido…”. Me recuerda a un amigo que tenía yo hace años, que cada vez que volvíamos de marcha tenía que acabar la noche diciendo “¿hoy nos lo hemos pasado bien, verdad?”, como si necesitara hablarlo para saber que era cierto. Bueno, y algunas veces podía ser aún peor, podíamos estar todavía charlando y tomando copas, y de repente “¿lo estamos pasando bien esta noche, verdad?”, que te daban ganas de contestarle “coño, Fernando, pues claro que lo estamos pasando bien, de hecho yo me lo estaba pasando bien hasta que me has hecho pararme a pensar en ello, entonces ya he empezado a no pasármelo tan bien…” (a este amigo le perdí la pista hace ya tiempo, lo último que supe de él es que se casó, alguna vez le he imaginado en la cama con su señora, preguntándola cada vez que “mojen”, oye, Cari, ¿esta noche lo hemos… … …?). Definitivamente, me he ido del tema.

Y digo yo, ¿Imbroda de entrenador ya sería así? No me le imagino por ejemplo en sus últimos tiempos en el Madrid, volviéndose hacia sus suplentes al final de un encuentro igualado y diciendo “… ¡bueno, bueno, bueno, cómo está el partido, Lucio!” Y el pobre Lucio en el último rincón del banquillo, acordándose de todos sus parientes y pensando “encima cachondeo, no sólo no me saca sino que además quiere tertulia el tío…”.

No, de entrenador no debía ser así, entre otras cosas porque ahí están la mayoría de sus resultados para demostrarlo. Él siempre podrá presentar una trayectoria fantástica en Málaga, otra más que aceptable en Sevilla, dos años muy buenos con la selección y el único borrón de aquel tiempo terrible con el Madrid. Y en general está muy bien, nada que objetar, pero el que sea buen entrenador no le convierte automáticamente en buen comentarista, no es algo que vaya de serie, todos conocemos un montón de ejemplos de la misma manera que conocemos ejemplos de lo contrario, de tíos que no han jugado ni entrenado profesionalmente y que resulta que son fantásticos comentando baloncesto. Una vez más, parece que la firma (en este caso el rótulo que aparece en los títulos de crédito) es lo único que cuenta.

Y sin embargo es evidente que él, como buen entrenador, ve cosas que los demás no vemos. En un descanso de la última jornada del Eurobasket estaba Pedro Barthe contando todos los cambios que se habían producido en los equipos eliminados antes de tiempo, que si Obradovic dimitido en Serbia, que si Spahija dimitido y cabreado en Croacia, y así tantos y tantos otros… En esto que Imbroda cogió el micro, puso su tono de trascendencia y dijo “…bueno, Pedro, son… consecuencias, Pedro, consecuencias de todo lo que ha ocurrido en los últimos días…”. Está clarísimo, definitivamente este hombre tiene un don, es capaz de ver lo que nadie ve, de llegar allí donde no llega nadie, aquí todos nosotros pensando que estas cosas ocurrían porque sí y sin embargo gracias a él ya sabemos que no es así, ahora sabemos que hay una causa…

Hace algunos años, en el Congreso de los Diputados, un parlamentario le dijo a otro una frase que aquí viene como anillo al dedo: “Señoría, tiene usted la extraña cualidad de solemnizar lo obvio”. Pues eso mismo. Y debe ser algo fantástico, simplemente coger una obviedad, dotarla de solemnidad y que encima te paguen un pastón por ello. Así que en realidad todo esto no es más que envidia, pura envidia. Sí, yo de (más) mayor quiero ser como él.

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Publicado octubre 15, 2012 por zaid en medios, preHistoria, selecciones

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