mi Torneo de Navidad   Leave a comment

(publicado el 27 de diciembre de 2005)

Dicen que las navidades son unas fiestas entrañables. Y debe ser cierto, porque a mí cada vez que llegan se me revuelven las entrañas…

Pero no siempre fue así. Creo recordar que hace muchos años hubo una época en la que las navidades me gustaban, ver las calles iluminadas me ilusionaba, los villancicos me divertían, los Reyes Magos existían, la lotería nos podía tocar (con tantos números como cantaban, cómo no iba a estar el nuestro…). Aquella época lejana, también conocida como infancia, era sinónimo de muchas cosas: felicidad, alegría, ingenuidad, ternura… Era incluso sinónimo de baloncesto. Sí, aquel extraño deporte en el que unos tipos con camiseta de tirantes se afanaban en meter una bola por un aro sólo aparecía entonces en nuestros televisores unos cuantos jueves al año, con ocasión de los encuentros de Copa de Europa del Madrid. Y sin embargo llegaban las fiestas y de repente podíamos disfrutar de tres partidos, nada menos, y en tres días consecutivos además. Ahora puede dar risa pero entonces era todo un acontecimiento. Una gozada que yo cada año me disponía a vivir, a disfrutar… hasta que de repente aparecía el tío Paco (nunca mejor dicho) con las rebajas y sistemáticamente, año tras año, echaba por tierra buena parte de mis ilusiones.

Creo que fue aquel humorista catalán, El Perich, el que escribió que el día de Navidad es el día más feliz del año, porque una vez que se acaba ya no vuelves a ver a la familia hasta pasados 365 días. Seguramente esto no lo entenderán aquellos que todavía no estén en la edad de tener cuñados insoportables, pero yo hace ya demasiados años que empecé a entenderlo. Yo entonces aún no tenía cuñados pero sí tíos, unos tíos de la rama paterna a los que sólo veíamos dos o tres veces al año pero a los que había que visitar cada tarde de nochebuena para felicitarles las fiestas. Yo empezaba a ver el partido en mi casa, todo vestido de visita, pero antes de que hubieran pasado cinco minutos había que apagar la tele y ponerse en marcha. Y llegábamos allí, y me embadurnaban a besos, y mi tía y mi prima (mucho mayor que yo) prorrumpían en grandes gritos “¡Pepito, pero… pero qué grande estás, pero cómo has crecido, pero si la última vez que te vi eras así!” y entonces colocaban su mano más o menos a la altura de mis huevos, por lo que o bien mi crecimiento era desmesurado, o bien su memoria era muy deficiente…

Pero el tiempo de los saludos y de los besos acababa, por fin, y mientras los mayores se sentaban alrededor de una mesa a hablar de cosas de mayores, yo procuraba escaquearme y colocarme lo más cerca posible de ese lamentable televisor que por supuesto estaba encendido, y en el que por supuesto ponían baloncesto (sólo había un canal así que era difícil que pusiesen otra cosa). Pero claro, siempre había alguien que pensaba, hay que ver, este pobre niño se debe estar aburriendo así que habrá que darle conversación. Y empezaba la retahíla de preguntas: “Pepito, ¿qué tal vas en el colegio?” (y yo contestaba lacónicamente “bien”, a ver qué otra cosa podía yo contestar a pregunta tan simple); “Pepito, ¿qué vas a ser de mayor?” (y mi madre se adelantaba y contestaba “este va a ser ingeniero”; me temo que se quedó con esa frustración); y la mejor de todas: “Pepito, ¿tú a quién quieres más, a papá o a mamá? (que me daban ganas de contestar “pues no lo sé, tía, pero lo que sí tengo claro es que ahora mismo a ti te odio profundamente…”, pero antes de que yo dijera ésa o cualquier otra barbaridad mi madre se adelantaba, “déjale, está pendiente del partido, si es que a este niño le gustan mucho los deportes…”).

Así que yo seguía en lo mío, y mientras tanto ellos cambiaban de estrategia: si no conseguimos sacarle de su ensimismamiento, al menos hagámosle creer que a nosotros también nos interesa. Y esta vez era mi tío el que de vez en cuando preguntaba: “Pepito, ¿cómo van? ¿quién va ganando, el Madrid o los otros?” (evidentemente no tenía ni la más remota idea de quiénes eran “los otros”). Y aquí la cosa ya era más complicada porque ellos habían mostrado interés, y a ti te correspondía devolvérselo. Pero estaba difícil, porque en realidad lo que te pedía el cuerpo era contestarles algo como: “vamos a ver, tenéis un televisor de 18 pulgadas, por supuesto en blanco y negro, con bandas negras a los lados que se comen parte de la imagen, le habéis bajado el volumen para que no interfiera en vuestras estruendosas conversaciones, no sobreimpresionan el marcador porque todavía a nadie se le ha ocurrido inventar eso (y si lo hicieran, tampoco se vería) y además no habéis parado de interrumpirme con preguntas a cuál más estúpida… y con todo y con eso, ¿todavía queréis que sepa yo quién va ganando?”

Pero al día siguiente volvía a haber partido, el de Navidad, y volvía a haber familia, ésta vez de la rama materna. Aquí al menos había primos casi de mi edad, primos con los que se podía jugar, así que esta vez no podía culpar a nadie porque era yo el primero que pasaba del partido. Jugábamos a cualquier cosa, a veces más bruta, a veces más tranquila, y de entre éstas siempre recordaré uno de los juguetes que más disfruté en aquellos años, uno llamado “Exin Basket”, algo así como uno de esos clásicos futbolines de juguete, de plástico, que tantos niños tuvimos, pero esta vez de baloncesto, con sus canastas, sus tableros, sus diez orificios (cinco por equipo) en los que cuando caía la bola tú presionabas la palanca y la lanzabas hacia el aro…

Supongo que aquel día yo sí conseguía ser un poco feliz, al menos lo suficiente para ni siquiera acordarme del partido. Así que al final “mi” Torneo de Navidad se me quedaba reducido a un solo día, al encuentro que normalmente se jugaba el día 26 (ó el 23, en algunos casos). Ése sí, ése me lo tragaba entero, esta vez sí podía ver sin interrupciones a los Ramos, Cabrera, Brabender, Luyk, Rullán y tantos otros, enfrentándose contra algún equipo verdaderamente grande… porque sí es verdad que hubo una época en la que el cartel del Torneo era espectacular: podía venir un equipo europeo de primerísimo nivel, otro nacional (aunque ahora nos pueda parecer mentira, Joventut y Estudiantes participaron unas cuantas veces) y un tercero que solía ser la gran sorpresa: una selección nacional de élite o incluso una grandísima universidad americana, y entonces aquello sí que de repente era maravilloso, era casi mágico, era como descubrir otro deporte distinto (eran los 70, de USA sólo sabíamos que había un baloncesto universitario, amateur al igual que el del resto del mundo –sí, incluso el nuestro, o al menos eso nos creíamos-, y un baloncesto profesional, del que ninguno teníamos ni la más remota idea). En un par de ocasiones llegó a pasar por el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva la Universidad de Carolina del Norte, aquellos legendarios Tar Heels dirigidos desde la banda por el carismático Dean Smith y desde la cancha por un base en el que nadie se fijó, pero del que muchos años más tarde supimos que se llamaba George Karl.

Y naturalmente fue pasando el tiempo: muy pocos años después yo ya tenía un montón de pelos por todo el cuerpo, un montón de hormonas por algún sitio muy concreto y un montón de (más o menos) amigos con los que quedar en la tarde de nochebuena antes de la obligada reunión familiar (a la que acababas llegando un tanto perjudicado) y en la tarde de Navidad, para intercambiar impresiones tras haber sobrevivido a la sobredosis de familia. Así que una vez más, con más o menos gusto, con más o menos pena, “mi” Torneo volvía a reducirse a una sola jornada (eso sí, normalmente la última, habitualmente la mejor).

Iban llegando los 80, yo me hacía mayor y el Torneo también. El baloncesto empezaba a estar en auge, el Madrid se mudaba al Palacio de los Deportes (y lo llenaba, incluso) y la Navidad seguía convocando aquí a cuatro buenos equipos que durante tres jornadas consecutivas se enfrentaban, todos contra todos. Las universidades americanas ya nunca volvieron y los equipos NBA jamás llegaron (aunque nunca faltaba alguien que declarara aquello de “el año que viene intentaremos invitar a…”, pero en realidad todos sabíamos que aquello era imposible), y en su lugar empezaron a ponerse de moda aquella especie de combinados que pomposamente se llamaban all stars, a menudo patrocinados por una famosa marca de tabaco rubio americano (que no mencionaré aquí para no entrar en colisión con la nueva normativa antitabáquica que entrará en vigor el 1 de enero). No eran lo mismo pero como sucedáneo tampoco estaban mal, daban el pego y hasta tenían una cierta utilidad práctica: más de un jugador encontró trabajo por aquí gracias a aquello, del mismo modo que más de un equipo consiguió encontrar precisamente a ese americano que le hacía falta. Además empezarían también a llegar otros equipos más exóticos, aunque todavía realmente buenos, como aquella selección de Brasil o como la de Australia. Y el resto solían venir del Este de Europa (concepto sumamente amplio, que en baloncesto abarca incluso a Israel): el Maccabi acudía con cierta frecuencia (reflexión en voz alta de mi madre: “claro, estos como son judíos no celebrarán la navidad, así que les dará igual venir”), y también casi todos los años caía algún gran equipo soviético (“claro, estos como son…”), incluso a veces la mismísima selección de aquel país, con todas sus estrellas, incluido aquel primer Sabonis incipiente que ya entonces nos dejaba con la boca abierta, y que una inolvidable noche de diciembre de 1984 (creo) consiguió él solito que por primera y única vez se suspendiera el Torneo tras un mate suyo que dejó el tablero hecho añicos, sólo a falta de minuto y medio para el final de aquel partido decisivo que al fin y al cabo ya tenían ganado.

Llegaban los 90, época de madurar, de sentar la cabeza, de hacerte independiente, de casarte, de tomar tus propias decisiones… y de seguir perdiéndote sistemáticamente el partido de nochebuena y el de navidad. Y de descubrir que la gran diferencia entre la infancia y la madurez es que de niño te prohíben hacer lo que te apetece, mientras que de adulto te lo prohíbes tú solo. Lo de las reuniones familiares ahora se hace todavía más difícil porque hay que distribuirse en dos familias, y cuando menos te lo esperas te das cuenta de que te han salido unos cuantos cuñados insoportables, y uno tal vez un poco más soportable con el que el día de Navidad te puedes escaquear hacia el televisor más cercano para intentar ver ese partido que enseguida vendrán los otros a estropearte… En fin, al menos ya se había inventado el vídeo, siempre lo podías dejar grabando… para luego descubrir que tampoco tendrías ya tiempo de verlo antes de la jornada decisiva, la del 26, la única que podría ver en directo, una vez más.

Pero de algún modo todo aquello empezaba a dar un poco igual, de algún modo aquel torneo ya no era el mismo. Donde antes venía Brasil ahora venía “una selección de los mejores jugadores de Sao Paulo”, donde antes venía Australia ahora venía Nueva Zelanda, una Nueva Zelanda anterior a Penney y a Cameron, una Nueva Zelanda que sólo daba espectáculo antes de los partidos, cuando te anunciaban que iban a interpretar “la Jaca” y tú te preguntabas si aquello sería alguna pieza folklórica del Pirineo Aragonés, o si tal vez sería aquella que galopa y corta el viento cuando pasa por el Puerto, caminí – – to de Jerez, para descubrir finalmente que no era Jaca sino Haka, esa danza tradicional maorí que los All Blacks de rugby interpretan ferozmente y que a sus colegas del baloncesto les salía como mucho más blandita…

Lo cierto es que han pasado ya demasiados años desde aquellas odiosas tardes en casa de mis tíos, y es verdad que algunas cosas no han cambiado: El Almendro sigue volviendo a casa por Navidad, seguimos queriendo turrón, turrón, turrón (pero mira que sea Antiu Xixona), las muñecas de Famosa aún se dirigen al portal, para hacer llegar al niño su cariño y su amistad… Pero todas las demás sí: me horroriza empezar a ver las calles iluminadas, sé de sobra que la lotería jamás me va a tocar (pero sigo jugando, año tras año, supongo que para demostrar que la estupidez humana no tiene límites), ya no me hace ninguna gracia lo de los peces que beben y beben y vuelven a beber ni lo del chiquirritín metidito entre pajas, y los Reyes Magos ya hace mucho tiempo que dejaron de existir (pero siguen viniendo, y ahora además les precede Papá Noel, todos ellos previo paso por mi tarjeta Visa, o por lo que queda de ella). Y sí, ahora ya hay mucho baloncesto todo el año, cada semana unos cuantos partidos… Y mientras tanto nuestro Torneo de Navidad se nos ha ido muriendo poco a poco, casi sin darnos cuenta pasó de tres jornadas a dos (de todos contra todos a semifinales y final), y luego de dos jornadas a una, de tal manera que ya sólo le quedaba un paso por dar, por debajo de una ya sólo queda ninguna.

Dicen que el Presidente del Real Madrid es un ser superior, y tal vez sea cierto, pero me da la sensación de que hay cosas que ni siquiera sus inmensos poderes pueden lograr: no es capaz de conseguir que su equipo de baloncesto gane dos partidos seguidos, no es capaz de conseguir fichar pacíficamente a Carlos Jiménez, no es capaz de conseguir que su milmillonario equipo de fútbol juegue al fútbol (en un alarde de coherencia, el nuevo Director General Deportivo de Florentino se llama Floro; siguiendo en esa misma línea supongo que el próximo entrenador de fútbol será Quique Sánchez Flores, que el próximo entrenador de baloncesto será Manolo Flores -con el legendario Flor Meléndez como ayudante-, que también ficharán a Florent Pietrus y que incorporarán en su organigrama técnico a Florinda Chico, aunque el cargo que pueda ocupar francamente se me escapa). Y es más, a pesar de todo su poder parece que ni siquiera va a ser capaz de cambiar la Navidad de fecha, mucho me temo que no logrará adelantar a finales de septiembre estas fiestas tan entrañables…

Y esto es lo que hay. El Torneo será a finales de septiembre o no será, así que ya sólo caben tres posibilidades: cambiarlo de nombre (llamarlo por ejemplo “Torneo de Otoño”), dejarlo sin nombre (es decir, nombrarlo sólo con los “Memoriales” que se fueron incorporando: Martín, Saporta), o seguir denominándolo como hasta ahora, Torneo de Navidad. Sí, esto puede interpretarse como algo absurdo pero también como una innovadora propuesta creativa: sería el pretexto perfecto para que algún Gran Almacén volviera a patrocinar el Torneo, para que declarara abiertas las fiestas de Navidad desde ese mismo momento, para que tuviéramos tres meses y medio de villancicos, calles iluminadas hasta la náusea, felicitaciones absurdas, compras desaforadas, calles atiborradas, Cortilandias… No sé, pensándolo bien casi mejor dejar las cosas como están, no la vayamos a liar. Que al fin y al cabo el resto del año ya tenemos baloncesto más que suficiente.

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Publicado octubre 15, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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