Archivo para octubre 16, 2012

un jueves cualquiera   Leave a comment

(publicado el 28 de octubre de 2006)

 

Crónica más o menos breve de los anodinos hechos acaecidos en una casa cualquiera (la mía, por ejemplo) el pasado jueves 26 de octubre de 2006…

Después de un largo y duro día de trabajo, llego a casa como cada jueves a eso de las 20:30. Mi señora y mi niño ya se encuentran allí desde algunas horas antes. Comienza (o continúa) la locura de cada día: que si el baño, que si hacer la cena, que si poner la mesa, que si cenar, que si recoger…

Si hubiera baloncesto en directo, más o menos me iría apañando para ir viéndolo sobre la marcha. O bien, si hubiera empezado antes de mi llegada, se estaría grabando y lo vería tranquilamente luego, sobre las diez, cuando llegara la hora de desmoronarme sobre el sofá. No es el caso. No hay partido en directo. Lo hay en diferido, el Maccabi-Unicaja, se supone que a las 21:45. Será cosa de no enterarme del resultado.

Pues vale. Por increíble que parezca, a las 21:45 (más o menos) casi todo está bajo control: la cena recogida, los cacharros escondidos en el lavavajillas, el niño que se encamina hacia su habitación para echarse a dormir, mi señora que se encamina hacia la nuestra para ver su Cuéntame, yo que me encamino hacia el sofá para ver mi Euroliga… Pero una terrible espada de Damocles se cierne sobre nuestras cabezas…

A mi señora le gustan las series televisivas. La mayoría le gustan sin más, tampoco se le genera ningún trauma si no puede verlas, pero hay especialmente una de la que es devota absoluta, adicta al ciento por ciento: Urgencias (no se lo reprocho, cualquiera que alguna vez le haya echado un ojo sabe que es buenísima). Urgencias tradicionalmente se ha emitido por TVE1 toda la vida de dios. Pero a lo largo de los años Televisión Española ha sometido a sus sufridos seguidores a toda clase de cambios injustificados, supresiones inesperadas, reapariciones no anunciadas, permutas de episodios aleatorias y demás vaivenes totalmente incomprensibles (desde aquí los aficionados al baloncesto, acostumbrados a recibir de TVE más o menos el mismo trato, aprovechamos para expresarles nuestra más profunda solidaridad).

¿Conclusión? Sí, seguirla por TVE es casi imposible, pero hay un canal que desde hace un par de años está reponiendo dicha serie, desde su primer capítulo de su primera temporada. Ese canal es AXN. Y el capítulo de esta semana (van ya por la octava temporada) acudirá puntual a su cita este jueves, a las 23:15. Mi señora no lo verá en directo (acaba después de las doce, algo prohibitivo para ella, madrugadora por necesidad y dormilona por naturaleza), pero hay que grabárselo.

Así pues, nos encontramos ante el siguiente panorama: Euroliga en Teledeporte a las 21:45, y sin redifusiones, que otros años sí que las había pero éste, vaya usted a saber por qué, no (bueno, quizá sea por la misma razón que hace que la Euroliga no se dé en La2, que ni siquiera se dé en directo: porque sí; o, en este caso, porque no); y Urgencias en AXN a las 23:15, y sin redifusiones, que otros años sí que las había pero éste, vaya usted a saber por qué, tampoco…

Y es curioso: en mi casa hay más de un televisor, hay más de un aparato de grabación, pero sólo hay un Digital +. Y mientras que no se demuestre lo contrario la plataforma digital produce una sola señal, es decir, es imposible ver uno de sus canales y grabar otro. La única forma sería tener dos terminales pero para eso tendría que estar abonado dos veces (supongo) lo que se me sale de presupuesto. O recurrir a la TDT, que la tendré más tarde o más temprano pero que de momento no la tengo, precisamente porque, teniendo ya Digital +, no me parecía un gasto prioritario…

Pero bueno, tampoco es tan grave, para las 23:15 el partido ya habrá acabado, o estará a punto de acabar y prácticamente resuelto, ya se sabe, el Maccabi, en su casa, y encima el Unicaja como está últimamente…

Así pues, volvamos a las 21:45: todo está bajo control… relativamente. De momento el baloncesto no empieza. El balonmano de la Copa del Mundo, Suecia-España, va con retraso. O tal vez no, tal vez va a su hora y es la programación de Teledeporte la que está puesta con adelanto, que a cada programa le ponen siempre menor duración que la real y así les pasa luego, que tienen que ir cortando trozos de aquí y de allá…

A las 21:55 termina el balonmano… aparentemente. España ha perdido por goleada pero los comentaristas festejan su clasificación para semifinales como segunda de grupo, justo antes de darse cuenta que los tunecinos se están abrazando en las gradas porque con ese resultado se clasifican para semifinales como segundos de grupo. Tras diez minutos de zozobra, finalmente Luis Miguel López y compañía terminan por devolver la conexión a los estudios centrales sin haber conseguido saber si era que sí o que no (fue que no). Y entonces ya sí, por fin, el baloncesto.

Y desde el principio, que esta vez, milagrosamente, no se han comido nada. No sé si alegrarme o preocuparme aún más. Un rótulo nos anuncia: comentarios, Nacho Calvo (vaya por dios) y Joan Creus (mira qué bien). Calvo empieza a hablar con ese estilo suyo chispeante de siempre, un cascabel la criatura. Me digo para mis adentros que ahora dará paso al Creus; poco rato después me digo para mis adentros que mucho está tardando en dar paso al Creus; pocos minutos después ya he perdido toda esperanza de escuchar al Creus: se habrá quedado en el atasco, habrá perdido el vuelo, simplemente no le tocaría venir pero alguien puso ese rótulo simplemente porque era el que tenía a mano, no tendría ganas de cambiarlo…

Así pues nos disponemos a vivir el partido en la alegre compañía de Nacho Calvo, Calvo en solitario que es peor, Calvo desde los estudios centrales (no le vamos a mandar al chico a Tel Aviv, con lo lejos que debe estar eso) que es aún peor. Eso sí, se aprecia que el ambiente en la cancha es ensordecedor. Se aprecia en las imágenes que nos llegan. Aunque lo lógico sería que se apreciase en el sonido, pero no. El sonido ambiente queda reducido a un ligerísimo susurro por debajo de la cantarina voz de Calvo. El ruido ensordecedor simplemente nos lo suponemos, nada como fomentar la imaginación del telespectador.

De entrada todo va según el guión previsto: el Maccabi arrasa, el Unicaja no existe. La voz de Calvo, lo unidireccional del partido y el cansancio de tantos madrugones acumulados amenazan con esnucarme. De repente la mente me viaja por derroteros insospechados. Pienso que la cancha ahora se llama Nokia Arena pero que siempre fue Yad Eliyahu, es decir, la Mano de Elías. Y caigo en la cuenta de que justo ahora que la han cambiado el nombre es cuando hemos encontrado a Elías, que no es un profeta sino un finísimo alero de 2,07, Lior Eliyahu. Su cara no puede disimular su origen y su juego no puede ocultar su destino, que en pocos años será probablemente Houston (lo draftearon en el puesto 44). Supongo que será el primer israelí en la NBA, me temo que poco va a jugar en la cancha que llevó su nombre… Vuelvo a la cruda realidad. Tiempo muerto.

El tiempo muerto transcurre sin interrupciones. Calvo se ve obligado a rellenar dicho espacio diciendo un par de vaguedades sobre el animoso público, y ya se va a reanudar el juego… Y justo entonces, cuando ya se va a reanudar el juego, es cuando cortan para publicidad. Total, como es en diferido, pueden cortar cuando les dé la gana…

Y aparecen los dos tradicionales anuncios de Renault, el del paso que sirve para cualquier ocasion y el de los primos de Prosikito, y cuando ya todo parece indicar que volvemos al partido, llega ¡¡¡la teletienda!!! Sí, como si fuesen las tres de la madrugada, como si aquello fuese TeleMugre en vez de TeleDeporte, de repente en mi televisor aparecen dos tarros (dos por el precio de uno) y una voz en off empieza a hablarme de las propiedades del extracto de baba de caracol, que puede rejuvenecer mi piel y transformar mi vida (o transformar mi piel y rejuvenecer mi vida, no sé…). Resulta que los caracoles utilizan la baba para regenerar su caparazón cuando se les rompe porque tiene alantoína, que no sé cómo he podido yo llegar a estas alturas de mi vida sin saber eso, sumido en la ignorancia, y por eso las propiedades de la alantoína son las que igualmente pueden rejuvenecer mi piel y transformar mi vida… Y como probablemente piensan que soy tonto (y quizá tengan razón) me lo repiten no una sino dos, tres, incluso más veces, no vaya a ser que algún concepto no me haya quedado suficientemente claro… Han pasado más de diez minutos (o quizá algo menos, pero a mí se me hacen eternos). Volvemos al partido.

Segundo cuarto. Nacho Calvo sigue intentando dormirme, pero el Unicaja me despierta. La segunda unidad, al frente Berni, a los lados Cabezas y Vasileiadis, en un discreto segundo plano Lorbek y Pietrus, empieza a hacer estragos. Estábamos 34-16 y en un abrir y cerrar de ojos estamos 34-33. Empiezo a disfrutar. Empiezo a preocuparme.

Llega el descanso. Como es en diferido no hay problema, un par de anuncios cortos y nos vamos al tercer cuarto… Pues tampoco. Otra teletienda. De repente tenemos en pantalla a una especie de presunto galán otoñal para vendernos la Romance Collection, los grandes éxitos de ayer y de hoy, las grandes canciones románticas que han dado sentido a nuestra vida y que nos han marcado para siempre, ahora remasterizadas digitalmente… Otros diez minutos. Por fin, el tercer cuarto.

Y el tercer cuarto es la bomba. Resulta que por allí anda un tipo llamado Will Bynum, a quien conocimos en una Final Four universitaria jugando para Georgia Tech y a quien volvemos a encontrar en cada liga de verano. Él cada vez que juega se empeña en demostrar que tiene sitio en la NBA, pero por alguna incomprensible razón las franquicias no le quieren. En Tel Aviv se va a ganar muy bien la vida pero aún así insiste en reivindicarse, este jueves como cualquier otro día. Es pequeño y explosivo, juega como si se hubiera tragado un cohete, como si lo tuviera permanentemente con la mecha encendida. Entrada va, triple viene, contagia a todos los que le rodean.

Pero Bynum tiene un defecto: no es campeón del mundo. Cabezas sí. Así que acepta el reto. Y de repente aquel tipo se sigue pareciendo al Manolito de Mafalda pero ya no es Cabezas, es Steve Nash en versión marbellí. Hace todo lo que sabemos que puede hacer, y también todo lo que ni siquiera imaginábamos que podría hacer. De repente el partido es una fiesta, una gozada, un placer para los sentidos. De repente son más de las 11 de la noche.

Comienza el último cuarto. Unicaja se ha puesto por delante, la afición israelí por fin callada, aquello ahora tiene muy buena pinta. Faltan 8 minutos para el final del encuentro. Son las once y cuarto. ¿Qué hago? Sé que Urgencias no es una serie más, es la serie. Sé que si no se la grabo no me lo perdonará nunca. Sé que muchas otras veces han cedido por mí, muchas más que a la inversa. Sé que me toca ceder. Cedo. Cambio del dial 56 al dial 22. Urgencias empieza puntualmente. Ya no hay nada que hacer.

Sumido en la desesperación me voy al teletexto, me vengo a Internet. Con la intención de saber el resultado de un partido que en mi televisor se acaba de interrumpir, pero que en la realidad terminó hace ya varias horas. Y con la estúpida esperanza de que en esos ocho minutos no me haya perdido nada importante, de que hayan sido un muermo, sin emoción, sin buen juego, sin interés… Descubro el resultado, 106-101. Descubro los 32 puntos de Cabezas, los 29 de Bynum. Descubro que no fueron 8 minutos sino 13. Imagino un final espectacular, una prórroga apasionante. Me tiro de los pelos. Me los arranco, incluso.

¿Y el jueves que viene, más de lo mismo? Pues no lo sé, pero me temo lo peor. Si al menos lo pusieran en La2, si al menos lo pusieran en directo, si al menos, ya puestos, lo pusieran en directo y por La2…

Y si, ya puestos, pusieran a narrarlo a cualquier otro (¿por qué no Barthe? ¿por qué no Riveras?). Yo qué sé, podrían hacer un trueque, poner a Nacho Calvo a vender baba de caracol y traer a cambio al de la baba de caracol a narrar baloncesto, que al menos parece que tiene sangre en las venas…

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en Euroliga, medios, preHistoria

el rookie del año   2 comments

(publicado el 21 de octubre de 2006)

 

Si me preguntaran quién va a ser el rookie del año, apostaría por él. Si me preguntaran qué debutante va a dar más que hablar, también apostaría por él. Lo primero es opinable: es posible, incluso muy probable, que me equivoque. Pero de lo segundo no tengo absolutamente ninguna duda…

Señoras y señores, con ustedes… (tachán, tachááááán)… AAAADAM MOOOORRRISOOON…

Adam Morrison no es en absoluto un desconocido para aquellos aficionados que sigan habitualmente la NCAA, la mayoría de los cuales, de un modo u otro, ya se habrán dado el placer de verle jugar. Tampoco es un desconocido para los seguidores de la NBA: muchos aún no le habrán visto pero ya estarán más que hartos de oír hablar de él. Y ni siquiera es ya un desconocido para todos aquellos que sean lectores habituales de esta columna (alguno habrá…) ya que de él se habló hasta la saciedad en artículos anteriores (aquellos incautos que quieran comprobarlo, pueden encontrar dichas referencias en La vuelta al College y Llega Marzo, llega la Locura). Pero uno, que es pesado por naturaleza, no se puede aguantar las ganas de soltar otro rollo acerca de este tipo: seguramente uno de los mejores jugadores (tal vez el mejor) de entre los que ahora llegan a la Liga; con toda certeza uno de los tipos más interesantes y más peculiares que han desembarcado en la NBA en estos últimos tiempos.

¿Cómo podríamos explicar el juego de Morrison? Los americanos (los de USA, concretamente) para esto son muy prácticos, no se complican en absoluto la vida, no se detienen en descripciones ni en adjetivos, simplemente establecen analogías. No te dicen cómo es (al menos de entrada) sino a quién se parece. Hablan por ejemplo de Gerald Green, el chico aquel que eligieron los Celtics el pasado año, y lo primero que escriben es “comparación NBA: Tracy McGrady”. Y se quedan tan anchos. Vale sí, misma raza, misma estatura y constitución (física), misma procedencia (directamente desde high school), mismo estilo de juego, parecidos mates… Y ya está. De entrada la comparación resulta muy golosa, pero luego llega la cruda realidad para ponerte las cosas en su sitio, para mostrarte el inmenso camino que el uno tendrá que recorrer para (si acaso) parecerse al otro…

Sí, vale, pero (después de esta innecesaria digresión) volvamos a Morrison: ¿Comparación NBA? Larry Bird. En principio podría parecer que está tan cogida con alfileres como la anterior, pero si profundizamos un poco descubriremos que la analogía tampoco resulta tan descabellada. Sí, evidentemente hay cosas de Bird que Morrison aún no tiene, y otras muchas que ni él ni nadie podrán tener jamás: el inmenso conocimiento del juego, una visión panorámica sencillamente asombrosa que hasta te hacía pensar que pudiera tener ojos en la nuca, aquellos pases imposibles (¿el mejor alero pasador de la historia?), esa ascendencia sobre todos los que le rodeaban, así fueran compañeros, rivales, técnicos, árbitros, públicos propios o ajenos… (Todo esto lo definió a la perfección el propio Bird, la enésima vez que le compararon con Nowitzki: “Nowitzki es más alto que yo, es más fuerte que yo, tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, tapona mejor que yo… pero yo era muchísimo mejor jugador que él”).

Pero (antes de irme de nuevo por las ramas) vayamos con las semejanzas. Morrison, como Bird, es blanco, es alero, supera en algunos centímetros los dos metros (sí, hasta ahora todo es como muy evidente…); pero Morrison, como Bird, no tiene pinta de jugador de baloncesto. Es decir, sí la tiene si nos atenemos a su estatura, pero si obviamos este “pequeño” detalle nos daremos cuenta de que su físico no responde para nada a los patrones habituales en estos tiempos: no está fornido, no está especialmente musculado, no es pura fibra, nunca podría marcar diferencias por sus condiciones atléticas; vamos, un tipo normal, casi (salvando las infinitas distancias) como usted o como yo, solo que más alto (y más joven, y con menos barriga, y…)

Y sin embargo Morrison, como Bird, ve lo que otros no ven y, sobre todo, puede hacer lo que otros no hacen. Morrison es una máquina de meter canastas, es un puro anotador, es seguramente el anotador más impresionante aparecido en los últimos tiempos; pero no es el típico anotador de triples en posiciones abiertas, no es el típico “muñequita linda” de mecánica suave y suspensión inmediata, no; él puede anotar así y a menudo lo hace, pero ésta no es, ni de lejos, su especialidad. Su mecánica no es estética, no se puede comparar a la de (por ejemplo) su eterno rival (e íntimo amigo) J.J. Redick, ex de Duke y ahora magic en Orlando, éste sí “raza blanca, tirador” de los de toda la vida…

Y entonces, ¿Cuál es la especialidad de Morrison? Las canastas imposibles. Las típicas situaciones de dos contra uno, las de encontrarse encerrado, perfectamente defendido, sin aparente escapatoria… Cuando parece que no hay salida, él la encuentra; ciérrale todos los caminos y él se abrirá hueco: un pasito (o pasazo) adelante, otro pasito para atrás, un mínimo giro, un salto desgarbado y de repente, contra todo pronóstico, chofff, para adentro. Y si le aguantas la posición, si ni siquiera le has concedido ese primer paso (mucho más mortal de que podría parecer), si luego te has pegado a él como una lapa, ahogándole su espacio vital, tapándole la visión, cortándole casi hasta la respiración… te va a dar igual: él se va a levantar, él se va a sacar el tiro por encima de tus brazos extendidos, él te la va a clavar de todos modos. Él es, en éste más que en ningún otro aspecto, lo más birdiano que ha aparecido en este mundo desde que a aquel inolvidable pajarraco su maldita espalda le prohibió seguir jugando al baloncesto.

Pero (insisto una vez más) que nadie espere verle en las diez mejores jugadas de la semana, porque no le va a encontrar. O tal vez, si acaso, podrá encontrarle metiendo esa canasta desesperada (e imposible) que te gana el partido en el último segundo. Pero raras veces una entrada a canasta, nunca una penetración explosiva, jamás un mate estratosférico, ni siquiera un mate común… Morrison carece de explosividad, carece de plasticidad, no tiene elegancia, no es en absoluto espectacular ni puñetera falta que le hace… Morrison, como Bird, es simplemente efectivo. Nada más (y nada menos) que eso. En su efectividad reside su verdadera espectacularidad.

¿Y no tiene defectos? Pues sí, claro que los tiene, y muchos (sólo tiene 21 años, faltaría más): podría (y debería) rebotear más, podría pasar más y mejor, sobre todo debería defender muchísimo mejor de lo que lo hace. Este cartel de mal defensor lo lleva colgado desde hace demasiado tiempo (etiquetado como el típico “jugador de un solo lado de la cancha”) y me temo que tendrá que trabajar mucho en la NBA si es que algún día quiere sacárselo de encima. Y además…

Además tiene un número muy significativo de detractores (probablemente mejor informados que los aduladores porque probablemente hayan tenido ocasión de verle jugar más veces). Pero estos detractores no cuestionan en absoluto su calidad, ni su intensidad, ni su talento, no cuestionan ninguna de las cualidades de su juego, todas ellas fuera de duda. Cuestionan otras cosas.

Morrison, como Bird, tiene eso que llaman “instinto asesino”. Morrison, como Bird, es capaz de casi cualquier cosa por ganar. Pero el problema en el caso de Morrison es que ese “cualquier cosa” a veces se escapa de los límites estrictamente deportivos. Aquí apenas hemos tenido ocasión de apreciar sus “habilidades” en este apartado, pero aquellos que le han visto más a menudo lo definen como “un jugador de la escuela yugoslava de los años 80”. Y evidentemente Morrison no habrá viajado jamás a ninguna de las ex Yugoslavias, ni sabrá qué era aquello, ni tendrá ninguna clase de referencias. Es decir, quizá no sea el concepto más adecuado pero nos sirve para hacernos una idea.

No, no es que sea agresivo, ni violento, no, él es… marrullero, sencillamente. Lo suyo al parecer son las triquiñuelas, el juego subterráneo: un agarroncillo por aquí, un pellizquillo por allá, ahora te sujeto con disimulo, ahora te doy donde no debo, ahora te engancho, te desequilibro de la manera que sea… Todo esto por supuesto cuando el árbitro no mira, o tal vez cuando mira pero siempre asegurándose de que parezca que él es la víctima, que el que la lía es el otro. Nadie como él para despertar el rechazo de los rivales, nadie como él para, en sus partidos como visitante, llevarse todo el odio de la afición local.

Y es que Morrison, como Bird, es un ganador. Nadie ama ganar más que él, nadie odia perder más que él. Para comprobar cuánto odia perder sólo hace falta recordar lo que sucedió tras el bocinazo final de aquel Gonzaga-UCLA de semifinales regionales allá por marzo, precisamente el partido que supuso el final de su carrera universitaria. Un partido que Gonzaga fue ganando durante más de 39 minutos (con diferencias de hasta 17 puntos) y que sólo fue perdiendo durante 9 segundos: evidentemente, los 9 últimos. Y cuando todo aquello acabó, Morrison (que había hecho un gran partido, en su estilo, 24 puntos, buenos porcentajes) se desplomó sobre la pista y allí quedó, desparramado sobre el parquet, llorando a lágrima viva con un desconsuelo casi nunca visto a estos niveles. Parecía que no le podrían levantar del suelo, que no habría forma humana de sacarlo de allí…

Fue tal su desolación que muchos apostaron que volvería, que haría como el año anterior y retornaría de nuevo al campus de Spokane para completar su temporada sénior, repitiendo aquello de que este negocio está inacabado y aquí aún me quedan cosas por hacer. Aquel otro regreso del verano de 2005, tras su segundo año, iba a ser el que, según la opinión de los expertos, le haría saltar de elección de primera ronda a elección de lotería (y evidentemente se quedaron cortos: acabó de número 3 pero pudo ser número 1 perfectamente). Pero este nuevo regreso de 2006 ya carecía de sentido, ya sólo se habría explicado por su amor confeso al campus, a ese estilo de vida. Porque su carrera universitaria (la baloncestística, me refiero), esa sí que ya estaba totalmente cumplida.

Pero Morrison (mi madre, si leyera esto, diría que de tanto nombrarlo le voy a borrar el nombre) no sólo es un sujeto atípico por su juego, también lo es por otras muchas cosas. Su aspecto físico, por ejemplo. Antes decíamos que su perfil no se corresponde con el del típico jugador de baloncesto de estos tiempos. Pero es que fuera de las canchas tampoco se corresponde con el de la mayoría de los chavales de su generación. Veamos cualquier foto suya: melena ligeramente por encima de los hombros, raya en medio separándole el flequillo “con ese aspecto que parece el Príncipe Valiente” (en palabras de Ramón Fernández). Un aspecto al que en los últimos tiempos le ha puesto la guinda: un bigotillo finísimo, estrechísimo, casi transparente, una especie de pelusilla que recorre el camino completo entre sus dos comisuras. Un tipo peculiar, sin ninguna duda.

Y peculiar también por otras muchas cosas. Es un especialista en romper esquemas, y los rompe en muchos más aspectos: al parecer tiene la funesta manía de pensar. Y aún peor, tiene incluso la manía (aún más funesta) de decir lo que piensa, así se trate de la guerra de Irak, de las desigualdades sociales, de los conflictos religiosos, de la existencia (o inexistencia) de dios o de la política internacional de su gobierno.

En su número de septiembre de 2005, la maravillosa revista Slam trajo un reportaje sobre Morrison en el que se nos contaba que se había leído enterito el Manifiesto Comunista (y no porque se lo mandaran en clase, no; por iniciativa propia). Es también un asiduo lector de todo lo que han escrito (y de todo lo que se ha escrito sobre) los “grandes agitadores sociales del mundo” (expresión textual de la revista). Adjetivos como “rebelde”, “activista” o “revolucionario” aparecen también referidos al protagonista de dicho reportaje. Y si a esto le añadimos que Morrison es un polemista nato, que es el típico discutidor de los que no se callan ni debajo del agua, pues no resulta difícil imaginar aquellas polémicas de autocar con la facción internacional de su equipo: el canadiense Altidor-Céspedes o (en sus dos primeros años) el francés Turiaf a menudo soportaban agotadoras discusiones que frecuentemente acababan con toda la plantilla, e incluso el cuerpo técnico, arrojándole los reposacabezas o tapándole con ellos la boca para así conseguir (o intentar, al menos) que se callara de una vez…

Probablemente no será fácil la vida cotidiana de Morrison en la NBA, seguramente a estas horas ya se habrá dado cuenta de que aquello es otro mundo, un mundo en el que cada uno va a lo suyo y valores como el compañerismo y la solidaridad apenas parecen meras reliquias del pasado. Un mundo en el que casi nadie parece tener opinión propia acerca de los temas de interés social (pero esto no es una crítica a la NBA; sucede exactamente igual en cualquier competición superprofesionalizada y plagada de milmillonarios egocéntricos, tampoco hace falta mirar muy lejos para comprobarlo: las expresiones “no, yo de esas cosas no entiendo” o “yo lo que diga el míster” suelen ser moneda común). Hay maravillosas excepciones, por supuesto: como Nash, a quien el hecho de decir lo que pensaba sobre el conflicto de Irak sólo le sirvió para que cierto ilustre militar de la Armada estadounidense (y eventual gran jugador de baloncesto) le soltara aquello tan democrático de “pues si no está de acuerdo, que se vaya del país”; o como Rasheed Wallace y sus protestas raciales; o como (sobre todo) Etan Thomas, ex de Syracuse y actualmente en los Wizards, el verdadero espíritu libre de la Liga, activista y autor de poemas contra la guerra, contra las desigualdades, contra la pena de muerte… Son excepciones, queda dicho. Probablemente la próxima excepción sea Adam Morrison.

Y no deberíamos acabar sin mencionar una última característica, ésta no especialmente agradable: Morrison es diabético. Pero no es un diabético cualquiera, que en esto también debe haber grados (hablo desde el desconocimiento, afortunadamente apenas conozco a nadie que padezca esta enfermedad). Él es muy diabético, tanto que a menudo necesita sus dosis de insulina en pleno partido, en los tiempos muertos o en sus breves periodos de banquillo. Se lo descubrieron en sus años de high school y a nadie pilló por sorpresa, dados sus antecedentes familiares. Pero sí que supuso un serio contratiempo, al menos en principio: diabetes y deporte no parecen dos mundos que confluyan en exceso. Porque si hacemos memoria no nos resultará nada fácil encontrar deportistas diabéticos; de entrada sólo soy capaz de recordar a dos, un futbolista inglés, de cuyo nombre no puedo acordarme, y un jugador de baloncesto llamado Chris Dudley, aquel pívot que salió de la Universidad de Yale (nada menos) para jugar unas cuantas temporadas en la NBA, donde más en Portland repartiéndose los minutos con Sabonis. Pero el gúguel, tan socorrido como siempre, nos aporta algún otro nombre de prestigio: el remero (pentacampeón olímpico) Redgrave, el nadador Gary Hall… Muy pocos, en cualquier caso. Y sin embargo a partir de ahora los diabéticos baloncesteros del mundo tendrán un espejo en que mirarse, un ejemplo al que seguir. Porque muy probablemente esa imagen suya, inyectándose en pleno partido, vaya a convertirse en uno de los grandes iconos de la Liga en los próximos años.

Hasta aquí su descripción, más o menos a grandes rasgos. Esta es la historia de un chaval originario de Spokane (en el estado de Washington, en la fría y montañosa esquina noroeste); la historia de un chico que fue a la universidad de al lado de su casa, a esa misma Gonzaga que vio crecer a una gloria nacional como Stockton, luego también a otros menos gloriosos pero que también nos resultan familiares como Santangelo, Dickau, Stepp, Turiaf, Calvary…; la historia de un chico (ya hombre) que este verano se ha cruzado todo el país para llegar a Carolina del Norte, a esos Bobcats de Charlotte que ahora casi son del dios Jordan: el equipo más joven de la Liga, el que pasa más desapercibido, el que menos noticias y comentarios genera… hasta ahora. A partir de ahora eso va a cambiar porque ahora tienen a Morrison, para pelear y compartir minutos con Gerald Wallace (mientras “nuestro” Herrmann espera su momento en el banquillo), para recibir las asistencias más o menos locas de Felton, para compartir la definitiva explosión de Okafor y May… Si todo va como debería ir, en muy pocos meses se habrá acabado definitivamente el anonimato de los Bobcats; de estos nuevos y fantásticos Bobcats de Adam Morrison.

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en NBA, NCAA, preHistoria

crónicas del Ente   Leave a comment

(publicado el 11 de octubre de 2006)

 

Desapariciones inesperadas, apariciones milagrosas, sucesos paranormales, enigmas extraordinarios, miles de preguntas sin respuesta… Una vez más, nuestro temido Ente (público) se convierte en inagotable fuente de insondables misterios…

 

Quién sabe dónde

Desde el sábado 23 de septiembre se encuentra en paradero desconocido un hombre de mediana edad, estatura en torno a los dos metros, complexión atlética, cabello oscuro, entradas muy ligeramente prominentes y gesto risueño y bondadoso, que responde al nombre de Juan Antonio San Epifanio (aunque en sus círculos es más conocido simplemente como “Epi”). En el momento de su desaparición vestía traje gris, camisa clara, portaba en su mano derecha un micrófono azul. Al parecer fue visto el pasado domingo 8 de octubre en su antiguo local de trabajo barcelonés, en el marco del homenaje que se tributaba a un antiguo compañero suyo, si bien este extremo no ha podido ser confirmado en su totalidad…

Testimonio 1: “Epi… Epi, ¿dónde estás? ¿Es que ya no te acuerdas de los buenos tiempos que pasamos juntos en Can Barça? ¿Dónde te has ido, ahora que íbamos a ser tan felices, todo el año comentando partidos, yo diciendo las jugadas y las cosas técnicas, tú comentando las estadísticas? Si al menos me hubieras dejado solo… pero es que en tu lugar me han puesto al Fernando, el grandote ése que no hace más que meterse conmigo, que no me deja tranquilo ni un momento, es insoportable, de verdad… Epi, te echo de menos, vuelve, por favor, te lo suplico…”

Testimonio 2: “Epi, tío, cómo me has hecho esto, macho, si sabes que yo de esto nunca he tenido ni idea, que yo jugaba sólo porque era grande y tal, y ahora vas, desapareces y me dejas aquí con todo el marrón, y encima al lado del Chichi éste que va de listillo, que cada vez que digo algo me corrige sólo para dejarme en evidencia… lo que pasa es que me hace de menos porque yo era pívot, eso es lo que pasa, como si los grandes no pudiéramos entender de esto (otra cosa ya es que entendamos…). Pero si yo en el fondo de lo único que sé es de baile, y no mucho… Epi, macho, vente p’acá, si lo tuyo es esto, si yo ya no estoy para estas historias, yo estoy para mis programitas, mis chorradillas, ya sabes, tío…”

Se ruega a quien tenga noticias acerca de su paradero que se ponga inmediatamente en contacto con el Departamento de Deportes de Televisión Española (Edificio TorreEspaña, calle O’Donnell, Madrid, a la atención del Señor De la Casa). Se agradecerá (y se valorará convenientemente) cualquier información que se reciba…

 

Quién sabe cómo

Si la Basketpedya (web recientemente descubierta y sumamente útil, por cierto) no miente, Fernando Romay se retiró en 1995. Ya por aquel entonces gozaba de merecida fama como tipo bonachón, jocoso y dicharachero, cualidades todas ellas que acrecentaban su no menos bien ganada fama como pívot rocoso, nunca grácil ni sobrado de talento pero siempre sobrado de tamaño, aspecto fundamental en aquellos tiempos de estaturas cortas y físicos mayormente esmirriados.

Más de uno pensamos entonces que aquella simpatía, aquella bonhomía suya, podría ser aprovechada por algún canal de entre los que en aquel tiempo ofrecían baloncesto (o sea, TVE y las escasas cadenas autonómicas existentes en aquella época). Pero se ve que su potencial mediático resultó ser muy superior a su potencial baloncestístico porque a partir de entonces, sí, empezó a aparecer una y mil veces en todos los canales habidos y por haber, pero… nunca jamás en nada relacionado con este noble deporte que había practicado tantos años. Y sin embargo se sucedían sus presencias en programas de variedades, en concursillos de tres al cuarto, en espacios absolutamente inclasificables…

Y siguiendo todo este recorrido, un día no muy lejano fichó por TVE. Fue concursante del Mira quién baila y, una vez eliminado, seguramente alguien del ente decidió que su simpatía ante las cámaras no podía desaprovecharse, por lo que, rizando el rizo una vez más, en el espacio de breves semanas pasó de concursante a miembro del jurado (“si aquí lo que cuenta es caer en gracia, si el que sepas o no de baile es lo de menos…”, supongo que le dirían). Allí sigue cada lunes (creo). Y, ya plenamente integrado en la plantilla del Ente, también parece que ha conquistado su pequeño gran papel de cada martes, en otro concurso (o algo así) al parecer denominado El Primero de la Clase.

Pero claro, ya se sabe que a veces (raras veces), incluso a los más altos ejecutivos de las más grandes organizaciones (privadas o incluso públicas) muy de vez en cuando les da por pensar. Imaginemos a ese alto cargo diciendo para sus adentros, y luego para sus afueras, “oye, digo yo que el tío éste tan grande y tan gracioso que hemos fichado, con ese tamaño habrá tenido que jugar al baloncesto…”, y el enterado (y un poquitín pelota) de turno, “sí señor, por supuesto señor, Romay fue una leyenda de este deporte, una gloria nacional que ganó incontables copas de Europa con su club, innumerables medallas con nuestra gloriosa selección nacional, señor…”. Y el alto cargo que continúa, “¡coño, y cómo es posible que no esté ya comentando los partidos, con todo lo que sabrá y con la gracia que tiene! ¿Qué coño estáis pensando de contratar a otro, cuando a éste le tenemos aquí? ¡¡¡Que venga De la Casa inmediatamente!!!”

Así que ahí tenemos a nuestro Fernando, rebosando por todos lados desde su taburete, dirigido por Barthe y sentado al lado de Creus. Alguien, a la manera de laSexta, debió pensar, “mira, son perfectos, el listo y el gracioso”. Tal vez, sobre todo si luego el gracioso resultara ser realmente gracioso (del listo, afortunadamente, no tenemos ninguna duda). Y si además alguien se tomara la molestia de explicar a cada uno cuál debe ser su papel: “mira Joan, tú, como eres el listo, pues vas a emitir conceptos más o menos profundos acerca del juego; y tú, Fernando, como eres el graciosillo, pues limítate a eso, a tus chascarrillos, a tus cositas…”. Pero claro, nadie les explica nada y luego pasa lo que pasa, que el listo se mantiene en su papel pero al (presuntamente) gracioso le da por invadir el terreno del otro…

Este San Emeterio jugó en el Siglo XXI…“. Sí, claro, jugó y juega: al fin y al cabo estamos en el 2006, así que prácticamente toda su carrera profesional se ha desarrollado en el… Ah, no, si se debe referir al Centro Siglo XXI, aquel del País Vasco… Pues mira, no. Pero claro, no le vas a dejar mal, así que Creus, con su infinita paciencia y su enorme bondad, acude al rescate: “no, lo que pasa es que ha sido internacional en casi todas las categorías inferiores, y por eso…” Claaaaro, sí, eso es, hay que ver, qué fallo más tonto… Pero inasequible al desaliento, ataca de nuevo; y esta vez, fracasada la cosa histórica, decide probar con la cosa táctica: “se han puesto en zona uno-dos-dos…” Pues tampoco. Y una vez más, la infinita bondad y enorme paciencia (o viceversa) de Creus sale a relucir: “no, lo que pasa es que están en unas posiciones muy abiertas, y por eso…

Y por eso lo mejor que puedes hacer es recular, volver a tu pertinaz discurso, hay que ver cómo sois los bajitos, siempre metiéndoos con los grandes, hay que ver cómos sois los bases, siempre metiéndoos con los pívots… Y ya está, déjate de florituras, si al fin y al cabo te van a pagar igual…

 

Quién sabe por qué

Y para qué vamos a pensar (con lo que cansa) qué podemos hacer con esto o con aquello, cuando podemos limitarnos simplemente a copiar lo que hacen otros, lo que a otros les funciona; ya lo dicen los japoneses, que inventen ellos (en realidad lo dijo Unamuno, que tal vez no fuera japonés pero podría haberlo sido perfectamente).

Así que chicos, ya sabéis: nada de inventar. Vosotros, a emular. A emular (bonito eufemismo) a LaSexta, concretamente: ¿Que laSexta tiene un narrador y dos comentaristas? Pues nosotros también. ¿Que uno de los comentaristas es serio y el otro gracioso? Pues los nuestros también. ¿Que ellos tienen a dos para hacer entrevistas, chica y chico? Pues nosotros también, y aún mejor, nosotros dos chicas (Virtudes y Fe, concretamente; aquellas estudiantes de periodismo que se llamen Esperanza o Caridad, por favor, vayan enviando el currículum), que nadie diga que en un organismo público como el nuestro no se tiende a la paridad. ¿Que ellos también tienen a un entrevistador travieso incordiando por los pasillos? Pues nosotros… de momento no, todavía no hemos encontrado a nuestro Güili, pero estamos en ello…

Claro, como teoría todo esto está muy bien, pero resulta que luego llega la práctica y te lo estropea todo: las entrevistadoras, por ejemplo; una de ellas es entusiasta, pizpireta, vivaracha, pero la otra… la otra es sosa y mustia como ella sola. ¿Y los comentaristas? Itu en laSexta te hacía reír, y entre chascarrillo y chascarrillo acababa aportando más sobre baloncesto que el presuntamente serio; sin embargo, Romay es… (para evitar reiteraciones innecesarias, véase el apartado anterior). Y entonces, si nada de lo que intentamos nos sale bien, ¿qué más podemos hacer?

Pues está clarísimo: seguir copiando; seguir emulando. (Nota del autor: lo que viene a continuación no está relacionado con nuestro deporte, pero en cualquier caso se recomienda su lectura para facilitar la comprensión global de todo este apartado):

Aquellos que el pasado sábado 7 de octubre, tras la ingesta del Akasvayu-Penya y de su postre (postpartido) correspondiente, sucumbieran a la tentación de cambiar a TVE1, probablemente se quedarían estupefactos muy pocos minutos más tarde. Pero no por el habitual despliegue de nuestra portentosa selección nacional futbolera, empeñada una vez más en generar un nuevo desastre con el que superar el desastre anterior, no; se quedarían estupefactos por el nada habitual despliegue montado a tal efecto por esta TVE de nuestros pecados.

Pues eso, que inventen ellos: ¿que laSexta ha parido el SportCenter? Pues nosotros no tenemos que parir nada porque para eso ya tenemos El Rondo (sí, vale, otro día y a otra hora, pero ya haremos un apaño). ¿Que laSexta te pone el SportCenter justo antes y después de los partidos? Pues nosotros lo pondremos… antes, después, en medio, donde podamos, donde nos dejen, donde nos quepa… ¿Que laSexta tiene a ese clon de Sobera con injertos de Arguiñano llamado Patxi Alonso? Pues nosotros tenemos a Quique Guasch, periodista de rancia estirpe, de tez bronceada y temperamento jocoso…

Así que allí tenemos al circunspecto De la Casa al frente de su puesto de comentarista, en Esto(es el)colmo, narrando el partido con su estilo alegre y chispeante de siempre, a su lado otro presunto comentarista aún más circunspecto (y aburrido, y abúlico, y…). Y todo transcurre con total normalidad hasta que de repente, supongo que obedeciendo órdenes (de sí mismo, que para eso es el Jefe), el Señor De la Casa interrumpe abruptamente su narración y, en pleno partido, en pleno juego, exclama “ahora vamos a irnos a nuestros estudios centrales, al programa El Rondo, a ver qué tienen que contarnos nuestros invitados… Fulanito, ¿cómo estás viendo el partido?”. Y de repente, en una esquina del televisor, se abre una ventana y aparece la cara del susodicho Fulanito (tal vez un ex-entrenador desempleado, tal vez un ex-futbolista desarraigado, tal vez un ex-nosequé desubicado…) que, probablemente pillado por sorpresa, balbucea una respuesta del tipo “sí, bueno, ¿no?, sí, la verdad es que está difícil, el gol nos ha caído como un jarro de agua fría y bueno, sí, ahora hemos tenido ocasiones pero el balón no quiso entrar, el fútbol es así, son cosas del fútbol, pero todavía puede pasar cualquier cosa, todavía no está dicha la última palabra…”. Y entonces, una vez finalizada la brillante disertación de Fulanito, la ventanita que desaparece y De la Casa que continúa su chispeante narración sin un solo comentario acerca de lo dicho, sin continuidad ninguna, sin conseguir que todo aquello no parezca más que un mero pegote inservible en medio de la nada…

Pues eso, que si LaSexta pone el SportCenter por delante y por detrás, pues nosotros en medio, en pleno partido, con dos… razones, porque nos da la gana y porque nos sale de las mismísimas razones… Pero claro, en medio, sí, y… ¿por delante y por detrás también? Pues depende: por delante tal vez, pero por detrás no, de momento: “recuerden que El Rondo volverá a estar con ustedes esta noche, pero que al acabar este partido podrán ver inmediatamente el estreno de la nueva serie de Televisión Española, La Dársena de Poniente, y entonces al acabar ésta será cuando comience nuevamente El Rondo…”; lo que casi podría traducirse como: “recuerden que al acabar este partido les ofreceremos nuestra nueva serie, La Dársena de Poniente, con la finalidad de que todos ustedes huyan despavoridos y cambien de canal, y que al acabar dicha serie, y aprovechando que para entonces ya todos ustedes se habrán olvidado de este penoso encuentro y estarán dedicándose a menesteres más placenteros, será cuando comience de nuevo El Rondo, para de esta manera conseguir que no lo vea ni dios…”

Y si laSexta tiene concurso pues nosotros también, faltaría más, ustedes nos mandan sus SMS y nosotros sorteamos 3.000 euros o lo que nos venga en gana… Pero, no contentos con eso, nosotros vamos a dar un paso más: si las televisiones privadas (esas que se supone que sólo piensan en ganar dinero) esperan a que acabe el partido para dar el nombre del ganador, pues nosotros no; nosotros, que somos televisión pública (es decir, de esas que se supone que priman el interés público por encima del beneficio económico) lo damos en el minuto 85 del encuentro, a cinco para el final, y desde la propia voz del propio De la Casa conectando con la presunta periodista que se encarga de comunicar el ganador y dar la enhorabuena a los premiados… O dicho de otro modo: ¿qué habría pasado si, en el último minuto del España-Argentina del pasado Mundial de Japón (lo elijo por haber sido el más emocionante de los allí disputados) a Andrés Montes le hubiese dado por conectar con sus estudios centrales, para que aquel muchacho rosado, rizoso y rubicundo nos recordara una vez más lo del concursito de marras? Pues que habríamos puesto el grito en el cielo, aunque luego, tal vez tras un instante de reflexión, quizás habríamos dicho aquello de “no, claro, si es normal, si al fin y al cabo son una televisión privada, tienen que ganar dinero…”. Va a ser que sí, es evidente que esto es lo que separa a las televisiones privadas de las públicas, si no hay más que verlo…

Y a mí, llegados a este punto, se me disparan los porqués: ¿Por qué aquello que fluye con normalidad en otras televisiones, en TVE parece siempre metido con calzador? ¿Por qué otros canales consiguen que todo lo que hacen parezca natural, y en cambio en TVE todo parece artificial, o (aún peor) artificioso? ¿Por qué TeleCinco nos puede vender en sus informativos la carrera de MiniKarts de Valderrábanos de la Polvorosa y consigue que lo consideremos un acontecimiento imprescindible, y en cambio las escasas veces que a TVE le da por hacer lo mismo sólo consigue que digamos ya están estos otra vez vendiendo la moto? ¿Por qué otros canales transmiten imaginación y frescura, mientras que TVE sólo transmite desánimo y apatía? ¿Por qué, incluso a igualdad de audiencias, la repercusión social de cualquier acontecimiento siempre es menor en TVE de la que sería en cualquier otro canal? ¿Por qué todo lo que tocan otros se convierte en oro, y en cambio todo lo que toca TVE se convierte en…? ¿Por qué un mismo espectáculo, un mismo deporte, parece fresco y nuevo si lo dan otros, y viejo, aburrido y obsoleto si lo da TVE? ¿Por qué, a día de hoy (y me temo que por bastante tiempo) el baloncesto ACB aún continúa en La2?

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

el final del verano   Leave a comment

(publicado el 19 de septiembre de 2006)

 

El final del verano llegó, y si usted ha permanecido durante todo este período al cabo de la calle lo que viene a continuación probablemente le resultará superfluo (pero léalo de todos modos: un repaso nunca viene mal). Ahora bien, si usted ha pasado todo este verano de vacaciones en la Polinesia, o si fue repentinamente abducido por seres extraterrestres (que viene a ser lo mismo), entonces le será sumamente útil esta especie de crónica de todo lo que usted siempre quiso saber acerca del verano de 2006 (pero que nunca se hubiera atrevido a preguntar…)

Antes de nada, quédese usted con esta idea fundamental: el Madrid tiene un proyecto. (Sí, si acaso es usted madridista furibundo me dirá que siempre lo ha tenido, pero no me negará que a menudo ha puesto muchísimo empeño en disimularlo). Sí, de verdad que lo tiene, pero es que hay algo aún más asombroso: parece un buen proyecto. Interesante, al menos.

Veamos: tras años y años descabezado, esta temporada el Madrid por fin va a tener base. Y no uno, sino dos, lo que no deja de ser todo un lujo asiático para un equipo en el que se hizo santo y seña del lema “los bases son una especie a extinguir”. Pero a pesar de ese peligro de extinción el Madrid ha conseguido recuperar al hijo pródigo Raül López (tras sus agridulces experiencias en Salt Lake City y Girona), y ha fichado al turco Tunceri (que se perdió el Mundial por lesión, lo que llenó de felicidad y minutos a sus jóvenes compatriotas Arslan, Atsur o Demirel).

Añádase además a “La Araña” Charles Smith y a otro hijo pródigo, Alex “Puente Aéreo” Mumbrú, el hombre que en su día viajó de Badalona a Madrid, que un año después hizo el mismo viaje en sentido inverso, que ahora repite de nuevo el viaje inicial… Todo ello no sin que el Real Madrid haya conseguido indisponerse, una vez más, con una de sus dos “canteras” preferidas: este año hubo respiro para la azul, tocó de nuevo la verdinegra…

¿Y a los mandos de la nave? A comienzos de verano llegó a la presidencia Ramón Calderón, cuyo banderín de enganche electoral en materia baloncestística había sido Vlade Divac, nada menos. Y Divac llegó, se hizo una entrañable foto con dos señores que le llegaban por el ombligo y desapareció, que es que tengo que hacer unas cosillas por Los Ángeles, pero enseguida vuelvo… Hoy, dos meses y medio después, algunos dicen que ha vuelto, otros niegan haberlo visto, hay quien todavía sigue esperándole… Y sin embargo el único ex pívot balcánico que se deja caer por aquí es Zan Tabak, sin que nadie sepa muy bien por qué, ni qué pinta, ni cuál es su papel… (Por cierto, aquellos señores bajitos de aquella foto, uno de ellos dueño de un prestigioso restaurante madrileño, el otro un ex periodista experto en desvelar tramas conspirativas, son hoy los directivos responsables del baloncesto blanco. Y a su lado aún continúa Antonio Martín, de profesión superviviente…)

Así que pocos días después del advenimiento presidencial calderoniano Boza Maljkovic vio la puerta abierta y por ella salió, echando pestes por supuesto. Y comenzó la búsqueda del nuevo entrenador, que (requisito indispensable) debía ser nacional. Primer candidato: Aíto García Reneses, ya está, le ponemos un contrato con un montón de ceros y está hecho, quién va a resistirse al Madrid… Y sin embargo Aíto llegó, vio y se volvió por donde había venido: vio más claro su proyecto badalonés, aún sin Mumbrú, que su supuesto proyecto blanco por mucho Mumbrú que tuviera.

Y claro, fracasada la opción Aíto el siguiente en la lista era… … Vaya, si no tenemos a nadie más, así que vayamos por Europa, se lo ofrecemos a Repesa o a Mahmuti y cuando nos pregunten si no tenía que ser nacional ya veremos cómo salimos del paso, les diremos que vivimos en un mundo globalizado, en una Europa sin fronteras en la que la palabra nación debe ser entendida en un contexto mucho más amplio… Pero no hizo falta tanta explicación, en realidad no hubo forma de encontrar a nadie que tragara.

¿Y ahora qué? ¿Oye, y si se lo ofrecemos al chico éste que vino de segundo de Boza, que se le ve voluntarioso, que cae bien a los jugadores y que hasta parece que sabe de esto? (y que es nacional además, fíjate la de explicaciones que nos ahorramos). Y ya está, dicho y hecho, mando en plaza para Joan Plaza (valga la redundancia), un tipo curtido (como segundo entrenador) en mil batallas verdinegras y blancas, un tipo que llevaba años y años esperando encontrarse la oportunidad de demostrar lo que lleva dentro. Es lo que tienen los palos de ciego, que de tanto dar a un lado o a otro alguna vez sucede que acabas acertando, aunque sea por pura casualidad…

De su mano llega también, como segundo, Jenaro Díaz, a quien el reciente Mundial nos ha permitido conocer mucho mejor: sabemos que es asturiano, que es un crack de las nuevas tecnologías y que (según contó en Gigantes) no necesita dormir más de dos horas y media al día, tres a lo sumo (lo que -si no repercute en su salud- es una cualidad envidiable: a igualdad de edad habrá vivido como mínimo un 50 por ciento más que cualquiera de nosotros, humildes mortales que tras dormir seis o siete horas salimos cada mañana de casa con los ojos pegados…). Pero que además le gusta este juego con locura, que le cabe todo el baloncesto en la cabeza (y en el ordenador)… Así a lo tonto el Madrid ha formado el staff técnico más apasionante de los últimos tiempos: se merecen tener éxito; se merecen (sobre todo) que les dejen trabajar en paz.

Pero el proyecto blanco pinta peor en el juego interior, compuesto por exactamente los mismos jugadores que el pasado año. Aquella pancarta de hace meses en Vistalegre (“Menos Cassanos, más Kasunes”) quedó muy bien como la expresión de un deseo. Pero a día de hoy Cassano sigue en el Madrid de fútbol y el deseado Kasun, casi 220 centímetros tatuados de la cabeza a los pies, llegó desde Orlando para incorporarse al Barça de baloncesto.

Y no llegó solo: antes o después también llegaron Jaka Lakovic, Roko Leni Ukic, Fran Vázquez… Si lo sumamos a lo que ya había (Navarro, Basile, Marconato, Kakiouzis, De la Fuente) casi nos obliga a preguntarnos si estamos ante un club o ante una selección europea… Pero claro, ya se sabe, juntarlos a todos está muy bien pero formar un equipo ya es otra cosa. Dígaselo a Ivanovic, que anda el buen hombre estos días mesándose sus (escasos) cabellos, tras el enésimo petardazo en la Lliga Catalana.

Y aunque lo he mencionado muy de pasada, estoy seguro de que a usted el nombre de Fran Vázquez no le habrá pasado desapercibido. Entre otras cosas porque produce cierto vértigo la impresionante trayectoria de este chico que un día salió de Chantada camino del País Vasco, desde allí viajó a Málaga, luego bajó a Las Palmas para un año después volver a subir a Málaga, desde allí hacia Orlando con escala en New York (draft), para casi sin bajarse de la escalerilla volar de nuevo, esta vez hacia Girona, y de allí a Barcelona, y de allí a… No está mal para alguien que debe tener apenas 22 ó 23 años. Si ya en su día le escuchamos hablando gallego con acento andaluz (o andaluz con acento gallego, no sé), no quiero ni pensar lo que puede resultar ahora tras este periplo catalán (y no digamos ya si algún día se va finalmente a USA, si intenta abrir de nuevo esa puerta que él mismo se encargó de cerrar…), puede acabar saliendo cualquier cosa por su boca…

Pero usted, avezado lector que ha pasado el verano hibernando (por contradictorio que ello resulte) habrá echado de menos algún nombre blaugrana en la relación anterior: dónde está Fucka, dónde Bootsie Thornton, dónde Víctor Sada, dónde Marc Gasol, se preguntará usted con angustia y desesperación. Pues sepa, buen hombre, que todos ellos y alguno más viven ahora un poco más al norte, precisamente en Akasvayulandia, la ciudad antes llamada Girona.

Y es que a estas alturas usted ya habrá deducido que el Proyecto Akasvayu número 2 se va a parecer como un huevo a una castaña al Proyecto Akasvayu número 1: aquellos López, Vázquez, Kammerichs o (tal vez) Dueñas, anunciados a bombo y platillo en su día, vuelan ahora en pos de nuevos destinos, y en Girona no sólo no se rasgan las vestiduras sino que hasta dan palmas con las orejas tras haberse deshecho de sus enormes contratos. Así que ahora, una vez pagada (con creces) la novatada, las estrellas rimbombantes dejan paso a jornaleros de pro: menos ruido, quizá más nueces. Del ruido (sobre todo del que sintió constantemente por encima de su cabeza) se ocupó Edu Torres, ahora de las (presuntas) nueces se ocupará otro cuyo nombre le resultará muy familiar: Svetislav Pesic. Ardua tarea, ciertamente (pero por ahora parece que se le va dando mejor que a Ivanovic).

Pero si hablamos de proyectos, en ningún lugar tiene esa palabra más sentido que en Valencia. Cada año un nuevo plan, 20 ó 30 nuevos jugadores, nuevas ideas, propuestas innovadoras, el mismo batacazo de siempre… Pero ojo, que este año presentan una novedad fundamental: ¡¡¡mantienen el mismo entrenador!!! Que sí, en serio, no me ponga esa cara, que de verdad que mantienen en el cargo a Ricard Casas, por una vez el señor Roig y sus amigos han decidido refrendar su confianza en un técnico…

Y eso debería tener premio, porque el proyecto (una vez más) pinta bien: se han quedado con casi todo lo bueno que tenían (otra novedad) y han añadido al ex manresano Albert Oliver (por el que se peleó media acebé, tras tal tira y afloja que pareció que lo acabarían rompiendo en pedazos), al potente serbio Milojevic, a Timinskas, a Chiacig (¿quizá ya demasiado de vuelta de todo?), al (presunto) panameño Rubén Douglas (mejor será que la condición de panameños se les olvide a él y a Garcés en cuanto salten a la Fonteta, no vaya a ser que vuelvan a las andadas del pasado Mundial)… Mimbres tienen de sobra, ya sólo queda ver si por fin son capaces de hacer un cesto.

Hablando de refrendar confianzas… El entrenador del Tau, a día de hoy, sigue siendo Perasovic. ¿Lo es porque le han refrendado la confianza? ¿Lo es porque no han encontrado a ningún otro, porque no han conseguido nada mejor? La respuesta queda a criterio de usted, amigo lector. Pero lo que sí está claro es que Querejeta necesita estar siempre a la altura de su personaje, para bien o para mal. Da igual que seas un histórico de aquella casa, da igual que hayas ganado la Copa, perdiste la final de la Liga por 3-0 y por mucho menos que eso torres mucho más altas han caído… La espada de Damocles parecería una birria al lado de la de Querejeta.

Pero el Presidente baskonista sí que te garantiza una cosa: pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, se lleven a quien se lleven, cada año presentará una plantilla aún más competitiva que la del año anterior. ¿Se va Ukic? Pues nos traemos a Planinic, el de los Nets, nada menos (probablemente cansado ya de no alcanzar ni siquiera el status de primer suplente de Jason Kidd). ¿Se van Hansen y/o Jacobsen? Pues nos traemos a Fred House y, ya puestos, incluso a Rakocevic (arriesgada apuesta, ciertamente: lo definió perfectamente Iturriaga el otro día, “hay dos cosas de él que no me gustan, que juega para él solo y que lee el juego con… la nuca”, supongo que no le pareció adecuado decir “culo” en antena…). ¿Se va Kornel David? Pues nos traemos a Kaya Peker, la joya interior turca… O lo que es lo mismo: cuanto peor mejor, una vez más. O lo que es lo mismo: la querejetización al poder, una vez más…

Ahora bien, el mejor fichaje del Tau vuelve a ser el mismo de todos los años: Luis Scola, que lleva más o menos un lustro queriendo hacer las américas y tropezándose después con la cruda realidad, quedándose un verano tras otro compuesto y sin enebeá (son las peculiaridades del sistema americano: puedes tener calidad por arrobas, puede quererte media Liga pero mientras los Spurs sigan sin traspasar sus derechos y sigan pasando de ti, no tendrás nada que hacer). Scola sigue por aquí (y Splitter también, por cierto) y volverá a ser fundamental por más que ahora ande renqueante y achacoso (una vez más, la rapidez de reflejos baskonista queda puesta de manifiesto: Fajardo no es Scola, pero ocupa plaza de nacional y les podrá hacer un apaño).

¿Y el Unicaja? Su imponente título de Liga debería haber dado paso a un verano reconfortante y plácido, y sin embargo dio lugar a una extraña catarsis en la que de repente todos tenían algo que reprocharse: que si éste no me dejaba trabajar, que si aquí no me quieren, que si éste se inmiscuye en mi trabajo, que si esto no cambia me voy… Ya se sabe que la cuerda se rompe siempre por el lado más débil, pero la sorpresa fue descubrir que aquí la debilidad debía estar en todo lo alto, en esa cúpula directiva que saltó hecha trizas mientras que Scariolo superaba la presunta crisis más ancho que pancho, más feliz que un regaliz…

¿Todo arreglado, pues? Pues tal vez, pero lo difícil viene ahora: Garbadios cumplió lo previsto y se fue a Toronto, Herrmann cumplió su sueño y se fue a Charlotte, Santiago cumplió su amenaza (con dos meses de retraso) y se fue a sabe dios dónde (pero a la Enebeá, por supuesto, que eso él lo tiene clarísimo); es decir, columna vertebral rota por mucho que allí siga Pepe (a día de hoy uno de los mejores bases del planeta), por mucho que allí sigan Carlos y Berni (dos instituciones locales absolutamente impagables), por mucho que allí siga Marcus (tirándose lo suyo y a veces también lo de los demás)… Por irse se ha ido hasta Lázaro, cambiando su status malagueño (que más que de jugador ya era casi de entrenador ayudante) por una especie de tercera juventud en Manresa.

¿Y qué hay de nuevo (viejo)? Pues llega el checo Jiri Welsch, a quien vimos (poco) pulular por diversas franquicias enebeá en estos pasados años. Llega Erazem Lorbek, eterna promesa eslovena siempre en proceso de maduración. Llega Iñaki de Miguel, ya más de vuelta que de ida. Llega… (prepárese, abra bien los ojos y la boca, ponga su mejor cara de asombro), llega a Málaga… (tachááán, tatacháááááán…) ¡¡¡Carlos Jiménez!!!

Sí, el mismo que viste y calza, el príncipe azul que un día quiso ser blanco y que ahora, para pasmo y/o regocijo de unos y otros, finalmente se ha convertido en verde (y además se nos ha hecho padre, y parece que ha superado las circunstancias familiares que le impedían abandonar la villa y corte, y por primera vez en mucho tiempo le ves y hasta te da la sensación de que es feliz; muy feliz, incluso). Será interesante ver cómo reciben ahora en Madrid al bueno de Carlos, si le aplauden y/o abuchean más o menos en el Arena, o en Vistalegre, o viceversa… Hay que ver, las vueltas que da la vida.

Pues eso, que en el Estu ya no está Jiménez, ni Sergio Rodríguez (camino de Oregon para empezar allí a realizar su sueño americano), ni Azofra, ni Miso, ni Bueno, ni… Pero no tema, porque seguro que saldrán adelante una vez más, gracias a su inagotable cantera, gracias al regreso a casa de Gonzalo Martínez después de tantos años, gracias a la llegada (por fin) del cedido Sergio Sánchez desde Fuenla (adonde llega Miso)…

La inagotable cantera salvará también a la Penya, la otra gran factoría nacional, que perdió (ya quedó dicho) a Mumbrú, que cambió cromos americanos, que rescató a la otra gran perla manresana (es decir, Ferrán Laviña)… ¿Cómo dice? ¿Que le parece muy poca cosa para afrontar de un tirón Acebé y Euroliga? No tema. La fábrica seguirá produciendo, y con Aíto al timón siempre quedará algún conejo por salir de la chistera.

¿Qué más? Borchardt sigue en Granada, Marlon Garnett vuelve a Estudiantes, Kornel David ahora está en Gran Canaria, Paraíso está en Fuenlabrada, Sonko en Alicante, Bueno y Femmerling en Sevilla, Risacher y Kevin Thompson en Murcia, Espil y Antelo en Bilbao, Kammerichs en San Sebastián… Y llegadas ilustres, como la de Farabello (Menorca), Vroman (Granca), Hollis Price (CSF) o las de los recién ascendidos, que se traen nada menos que a Michael Bradley (Bruesa) y Marcus Fizer (Murcia). Y muchas cosas más, pero es que no acabaría nunca, así que mire, casi mejor si echa una mirada a alguna de esas tablas de mercado que pululan por ahí…

Ah, se me olvidaba: el Estu ya no se llama Adecco, ahora se llama MMT (siglas que corresponden a la Mutua Madrileña del Taxi, aunque ellos procuran ocultarlo para así abrir mercados y no limitarse estrictamente a ese gremio). El Forum Valladolid ya no se llama Forum (a la fuerza ahorcan), tras largo periodo de desasosiegos finalmente encontraron quien les quisiera, y ahora son el Grupo Capitol Valladolid (esto nos va a costar, después de tantos años). Y el Menorca ya no es Llanera (ni solitaria ni de las otras), ahora se llama Vive Menorca (suena bien, dan ganas de salir corriendo para allá, a vivirla como su propio nombre indica).

Y ya está, creo que esto es no todo pero sí lo más importante que ocurrió este verano… Bueno, aparte de esa otra historia que seguro que ya le habrán contado, la de una panda de amigos (la mayoría de ellos ya nombrados en los párrafos precedentes) que se juntaron este verano para echar unos partiditos, y como les iba bien y se lo pasaban en grande decidieron irse juntos de viaje para seguir disfrutando, y jugando y ganando a estos y aquellos, y como no había forma de que perdieran allí siguieron, y como continuaron sin perder les llamaron campeones, y… Pero ésta en realidad ya es otra historia, y ya se la hemos contado en otra ocasión.

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

epílogo (resacoso)   Leave a comment

(publicado el 8 de septiembre de 2006)

 

Siete historias, más o menos breves, más o menos baloncestísticas, con las que ir echando el cierre al Mundobasket más feliz de todos los tiempos…

 

Francia en el diván

Pocas horas antes de empezar el campeonato se les cayó Tony Parker y fue como si les hubiesen arrancado de cuajo, como si les hubiesen cortado de raíz, como si les hubiesen matado a su madre…

Así que mientras aquel muchacho volaba ya de vuelta a los Estados Unidos en pos de su Longoria del alma, los que hubiesen sido sus compañeros caían en la postración, en la depresión más absoluta: Foirest se convertía en un Paté de Foie incapaz de meter uno de cada cien tiros y al que los rivales tiraban caños impunemente, los Pietrus y Petro hacían honor a sus respectivos apellidos en cada lanzamiento a canasta…

Y el seleccionador, Monsieur Bergeaud (léase Mesié Bergó), el más afectado de todos, miró hacia su interior, hacia el interior de su plantilla más bien, y no pudo encontrarse más huérfano al contemplar las diferentes alternativas: Jeanneau le gustaba poco, Gomis le gustaba menos, Bokolo no le gustaba absolutamente nada.

¿Qué hacer? La baja de Parker nos deja un hueco, puedo convocar a otro jugador… y entonces voy y me traigo a Diarra, un alero. ¿Acaso no existe en toda Francia (y territorios de ultramar) ni siquiera un base de mi gusto, un muchacho que me pueda tapar este hueco al menos decentemente? Se ve que no…

Así que… a jugar: Argentina no nos da opción, sobrevivimos a una Serbia aún más deprimida (a todo hay quien gane) y entonces llega Líbano, esos desconocidos e intrépidos mozalbetes que salieron de una guerra para venir a un Mundial, pobrecillos… Dos horas más tarde el libanazo se ha consumado, los libaneses viven un sueño, los franceses se hunden en la miseria…

Pero el grupo es caprichoso, los resultados son a menudo sorprendentes, las cagadas relativas… Cruce de octavos, Angola en el horizonte. Para entonces las dudas existenciales de Mesié Bergó ya superan todo lo conocido: de este no me fío, del otro menos y del tercero nada, así que ¿qué puedo hacer? ¿a quién pongo de base? ¿me la juego con el comodín?

El comodín se llama Boris Diaw, un esbelto muchacho de andares (correres, más bien) de gacela y dotado de una extraordinaria cualidad: puede realizar con absoluta solvencia todo aquello que su entrenador le pida. Que le piden que juegue de pívot, pues él por Phoenix juega de pívot. Que le piden que juegue de base, pues él por Francia juega de base, faltaría más…

Pero que Diaw pueda jugar de pívot no significa que sea un center, que pueda jugar de base no le convierte en un base… Yo hago unas lentejas riquísimas y eso no me convierte en cocinero, puedo arreglar un grifo y eso no me convierte en fontanero, incluso puedo coger un montón de piezas de Ikea y convertirlas en una presunta estantería pero eso no me convierte en instalador… No, Diaw es un alero, un alero magnífico por cierto. Si le pides que juegue de base podrá desempeñar estupendamente ese papel, pero como alero le pierdes. Porque en esto no hay milagros. Un jugador de fútbol no puede sacar un córner y rematarlo, un jugador de baloncesto no puede dar una asistencia y recibirla a la vez…

Así que de repente la amenaza de Angola se torna más negra que el color de su piel, pero la superan, por supuesto a la francesa, por supuesto desperdiciando toda una gran ventaja para poder sufrir al final… Lo de Grecia ya es otra cosa: jugar sin base contra el equipo de Papaloukas, Diamantidis o Spanoulis sólo puede significar morir por aplastamiento.

Pero por extraño que parezca, esta historia acaba relativamente bien: descubrimos que Jeanneau sin ser gran cosa te puede hacer un apaño, y si éste también se lesiona descubrimos que Gomis te puede hacer ese mismo apaño, y mejor todavía (algunos por aquí ya lo imaginábamos).

O lo que es lo mismo: tanta depresión, tanto llorar y crujir de dientes por la avería de Longorio, y al final de Torneo, pues quintos. Quintos del mundo, que teniendo en cuenta que el tercero y el cuarto eran americanos, equivale a ser terceros de Europa. Es decir, exactamente el mismo resultado del pasado Eurobasket. Vamos, que no parece que esté tan mal para un equipo que perdió a su estrella, para un equipo en transición, para un equipo que en cuanto le maduren los más jóvenes, en cuanto le termine de llegar Joakim Noah, en cuanto le termine de crecer toda esa nueva generación que asombró hace unos meses en Mannheim, en cuanto sean capaces de sacarse por fin de encima su habitual tendencia a venirse abajo… Puede que ahora no lo parezca, pero es muy probable que el futuro sea suyo.

 

Generaciones

Sí, Francia apunta una nueva generación, en Italia asoma una nueva generación (a la espera de Bargnani, de momento encabezada por il Bello Belinelli)… Pero la nueva generación turca ni apunta ni asoma: ya está aquí.

Aquí están dirigidos por el terrible Tanjevic, legendario descubridor triestino de bodirogas y otras hierbas, sin complejos por las bajas (¿he dicho sin complejos? En realidad lo que están es felices por quitarse esos pesos muertos de encima…) y presentando en el escaparate todo un muestrario de refulgentes perlas: Atsur, Arslan, Demirel, Erden… y las dos joyas de la corona, esos imponentes Akiol e Ilyasova. Un muestrario tan bueno que hasta les permitió conseguir algo asombroso: que una leyenda como Kutluay empezara el Torneo como jugador y lo acabara casi desempeñando el papel de segundo entrenador.

 

Latinoamérica canta

Pero si de generaciones hablamos, la que llegaba rutilante a este Torneo era la brasileña, la que según la opinión de todos los expertos (e incluso de ignorantes como yo) estaba llamada a dominar los próximos años del baloncesto latinoamericano (aprovechando entre otras cosas el lógico envejecimiento de la actual generación argentina).

Brasil llegaba destinado a dejar huella, y a fe que la dejó: concretamente en la cara de Zisis (en la que fue la única aportación puntual de Varejao a lo largo de todo el torneo). Su fracaso de algún modo se convirtió en abanderado del gran petardazo latinoamericano en este Mundial (Argentina aparte; está a otro nivel): Puerto Rico se perdió detrás del ego desmedido de Arroyo, del ego desmesurado de Ayuso, del ego autista de Peter John Ramos (cómo me recuerda a Stojan Vrankovic). A “la vino tinto” (o sea, Venezuela) los rebotes de Lugo no le fueron suficientes para equilibrar la baja de su estrella Romero. ¿Y qué decir de la Panamá Street Band (Itu dixit) que no se haya dicho ya? Sin concentración, sin preparación, sin aclimatación, sin presupuesto, sin mentalidad, todos los “sin” que se quieran. Pero ver a tíos del prestigio de Garcés, Douglas (si yo fuera pamesero me preocuparía) o Cota deambular como ánimas en pena por la cancha casi producía vergüenza ajena…

Evidentemente todos ellos se ganaron su clasificación en buena lid (excepto Puerto Rico que se la ganó por invitación, por tradición pura y dura). Así que vale, nada que objetar. Pero quién sabe si alguno de los países que se quedaron fuera hubiera podido tener un papel mucho más digno: la emergente República Dominicana, el México de Nájera y compañía, no digamos ya la Canadá de Nash…

 

Costumbres neozelandesas

Los Tall Blacks, a imagen y semejanza de los All Blacks, hicieron la Haka, la típica danza ritual maorí. Pero no es lo mismo. No sé por qué pero no es lo mismo, estos no imponen como aquellos. Será que no es igual hacerla en un inmenso campo abierto que en un recinto cerrado. Será que aquellos son los mejores del mundo en lo suyo, el rugby, mientras que estos simplemente juegan al baloncesto. Sí, juegan al baloncesto como si jugaran al rugby, pero aún así, no es lo mismo.

¿Cómo responder a una Haka? Parece claro que hay tres opciones:

a) Mirarles fijamente desde el otro lado de la cancha. Se supone que esto es lo que suele pasar en el rugby, y se supone también (Itu dixit) que es lo que ellos prefieren.

b) Fustigarles con el látigo de nuestra indiferencia.

c) Responderles con la misma moneda: ¿por ejemplo en el caso de España? Ellos danzan su Haka y nosotros respondemos cantando Mi Jaca, galopa y corta el viento cuando pasa por el Puerto caminííííí–to de Jereeeez… O aún mejor: ellos danzan su Haka y nosotros respondemos bailando Paquito el Chocolatero (detalle que además habría hecho inmensamente feliz a San Miguel, patrocinador oficial de la Selección).

Como es bien sabido, Argentina optó por la opción A y todos sus restantes rivales por la B. Desgraciadamente nadie optó por la C, la que más habría contribuido al espectáculo.

 

La encrucijada

Van con sus estrellas y lo único que consiguen es un grupo de tíos que cada uno por su lado son extraordinarios, pero que todos juntos son incapaces de formar un equipo… Pero cuando en vez de estrellas llevan a los jornaleros entonces tal vez sí forman un equipo, pero que no tiene la calidad suficiente como para competir…

¿A que parece que estoy hablando del equipo USA? Pues no (aunque esta descripción también les sería perfectamente válida). Me estoy refiriendo a Serbia, cuyo baloncesto está consiguiendo el más difícil todavía: morir de éxito. Han colocado a tantos jugadores en la NBA que casi sin darse cuenta han terminado por importar el modelo americano.

Y ahora de repente se encuentran completamente desconcertados, en la encrucijada, sin saber qué hacer, con los enebeá somos una banda, sin ellos no somos nadie, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero…

 

El 5 de Senegal

Más allá de ausencias y presencias, más allá de cuestiones meramente baloncestísticas, la aportación más inesperada de Senegal en el Torneo fue su jugador número 5. ¿Qué cualidades adornaban a dicho jugador para impactar de tal manera en el Torneo? Su nombre. Se llamaba, se seguirá llamando, El Kabir Pene.

Con razón diréis ¿y qué? Pene es una palabra castellana tan normal como cualquier otra, decirla debería ser tan fácil como decir dedo, codo, periostio, esternocleidomastoideo… No sé, si se apellidara Polla tal vez podría suponer un problema (relativamente; al fin y al cabo, sería su apellido), pero… ¿Pene? ¿A estas alturas?

Y sin embargo, a los chicos de laSexta me los trajo por la calle de la amargura. Las primeras jornadas Esteva le llamó El Kabir, a secas, como si careciera de apellido. Aunque en alguna rara ocasión, para no dar tanto el cante, sí dijo su nombre completo y entonces lo rebautizó como Pené, con acento en la é. Luego Esteva se vino a futbolear y su sustituto desde los estudios centrales tampoco quiso complicarse demasiado la vida: si el otro acentúa la é yo la dejo muda; donde tú decías Pené, yo digo Pen.

¿No resultan ridículos tantos miramientos? Me recordaban a aquella Federación Española de Fútbol de hace tantos años, que cuando daba la lista de árbitros incluía a un tal “Acebal P.” y a un tal “C. Uriz”… En realidad el segundo apellido de Acebal era Pezón y el primer apellido de Uriz era Condón, apellidos perfectamente legítimos y palabras perfectamente reconocidas en el lenguaje castellano, pero que a los pacatos dirigentes de aquella Federación debían resultarles sumamente malsonantes…

Senegal es (creo) un país francófono. Es posible que la última e se acentúe (como Savané); o es posible que sea muda. O puede que ni lo uno ni lo otro, puede que sea un apellido autóctono y que se pronuncie simplemente como nosotros lo vemos escrito. No lo sé. Pero lo que sí sé es que ellos tampoco lo sabían y sin embargo hicieron mil y un arabescos para no tener que decir esa palabra que tan terrible les resultaba decir.

Y definitivamente, no lo entiendo: ¿No nos da reparo decir Chichi (apodo) y sí nos da reparo decir Pene (apellido)? Extrañas reglas las que rigen los mecanismos del comportamiento humano…

Afortunadamente Itu nunca tuvo este tipo de problemas. Un día se puso a mirar estadísticas de Angola, previas al partido contra España, y de repente soltó: “pues con Mingas en forma, habrá que tener cuidado…” (y seguidamente se partió de risa).

 

El escenario

Japón, en materia deportiva, eran recuerdos de un lejano campeonato del mundo de balonmano, de un no menos lejano campeonato del mundo de voleibol…

Supimos entonces cosas muy curiosas acerca de ellos: por ejemplo, que para evitar que los pabellones se vieran vacíos los llenaban de niños traídos de los diferentes colegios de la localidad; los dividían en dos mitades, de tal manera que cada una de ellas animaría a cada uno de los dos equipos en disputa. Eres niño japonés, no tienes ni idea de dónde está Moldavia (aunque para no saber eso no hace falta ser japonés, ni siquiera niño… es más, ¿existe realmente Moldavia?) pero ahí te ves, con la banderita multicolor (supongo), gritando Moldavia Moldavia a los cuatro vientos sin saber muy bien por qué, ni por qué los del colegio de enfrente gritan Madagascar Madagascar, que tampoco sabes dónde está ni falta que te hace…

Supimos también que los japoneses no son de un equipo; son de un jugador. Si un jugador cambia de club ellos se cambian de equipo con la misma facilidad con la que yo me cambio de calzoncillos. Si un día fuiste de Bodiroga pudiste pasar de ser del Madrid (con parada intermedia) a ser del Barça, sin que dicho viaje te supusiera ningún trauma. Si eres (un suponer) de Fran Vázquez tal vez puedas acabar esquizofrénico, ahora del Unicaja, ahora del Granca, ahora del Unicaja otra vez, ahora de los Orlando Magic (aunque esto sólo te dura una semana), ahora del Akasvayu (que hasta suena a japonés), ahora del Barça, mañana quién sabe…

Pero si eres japo seguramente no podrás ser de Bodiroga, ni de Vázquez, ni de nada parecido, entre otras cosas porque allí lo que verdaderamente les priva es la NBA, que ha cuidado celosamente este provechoso mercado llevándoles incluso partidos oficiales, un año sí y otro también. Tanto les priva como para hacer del baloncesto el segundo deporte más popular de Japón, como para que esta vez no haga falta lo de llevar niños con banderitas…

Y sin embargo hay otras cualidades japonesas que sí permanecen inalterables, sea el deporte que sea: los aficionados asisten a los partidos en un respetuoso silencio, sólo roto a veces (raras veces) si juega su selección y algún animador les pide que coreen lo de defense, defense… Pero lo normal es eso, silencio total, si acaso un ligero murmullo… hasta que se produce una acción espectacular, un pase por la espalda, un mate escalofriante; y entonces, de repente, se escucha a todo el pabellón, a coro: oooooooohhhhhhhhhh… Pero ojo que no se trata de un oh gritón, tipo Esteva, sino de un oh de asombro, de admiración profunda, tanto que no te queda más remedio que imaginarte a todos los espectadores con la boca completamente abierta como en aquellos dibujos de Heidi o Marco…

Pero si ese momento de asombro no aparece, pues claro, tanta relajación, tanto silencio, tanto… … … Yo creo que los ciudadanos japoneses tienen un gran problema: les falta descanso. Demasiados días de trabajo a la semana, demasiadas horas de trabajo al día, demasiados viajes de dos o tres horas de ida y otras tantas de vuelta para llegar de su casa al trabajo o viceversa… Tal vez duerman poco, tal vez no duerman bien, tal vez las camas japonesas sean tan incómodas como parecen… No lo sé, pero está claro que el porcentaje de aficionados dormidos es infinitamente superior al que hayamos podido ver en cualquier otra competición deportiva, en cualquier otro país. Y ya no es que los enfocaran a propósito los cámaras de laSexta, es que en cualquier plano general de las gradas siempre podías ver a un par de ellos completamente esnucaos, que hasta te preguntabas qué clase de compromiso hacía mantenerse allí a esa pobre gente, por qué extraña razón no se marchaban a su casa a descansar de una vez…

No, definitivamente no les entendemos, ni ellos a nosotros. Les parece inconcebible lo de animar a gritos, les parece aún más inconcebible lo de animar de pie, alucinantes resultaban esas escenas de menudos e impolutos policías haciendo gestos desesperados con sus enguantadas manos para que aquellos minúsculos grupúsculos de aficionados argentinos, españoles, griegos o lituanos se callaran y (sobre todo) se sentaran… Resultaba un poco patético y al mismo tiempo casi angustioso, se les veía literalmente desesperados, seguramente acostumbrados a que sus gestos produzcan un efecto inmediato en la población japonesa, seguramente incapaces de entender por qué todos aquellos extranjeros no les hacían el menor caso.

Si la memoria no me traiciona, hace cuatro años, en Japón (y Corea) se disputó el Mundial de Fútbol. Está muy lejos Japón, posiblemente por esa razón el desplazamiento de aficionados no debió de ser masivo, pero aún así la duda me corroe: ¿hacían esto mismo en aquel Mundial? ¿Había pequeños policías moviendo sus manitas hacia abajo delante de las hordas de hoolligans británicos, de las barras bravas argentinas, de los tiffosi italianos, de la torcida brasileira…? Aquello debió de ser muy duro, debe ser que aún no han podido superarlo…

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

el sueño de una mañana de verano   Leave a comment

(publicado el 3 de septiembre de 2006)

Es lo que tienen los sueños. Nuestras vidas están tapizadas de sueños incumplidos, pero el día menos pensado te descuidas y de repente a alguno de ellos le da por convertirse en realidad… Y entonces, por mucho que lo hayas soñado, por muy preparado que estés, ten por seguro que se te romperán todos los esquemas…

Esta es la historia de un sueño que comenzó hace siete años, una noche del mes de julio de 1999, y que ha llegado a su final (de momento) una mañana del mes de septiembre de 2006…

Pero no; tal vez el sueño había comenzado antes. Tal vez algunos, los que ya no somos demasiado jóvenes, llevábamos toda la vida soñándolo. Aquel 1999 sólo cambió su estatus, de sueño imposible pasó a ser posible. Hasta hoy. Hoy ya no es posible. Hoy es real.

Pero algunos empezamos a soñarlo desde niños. Desde aquel Eurobasket de Barcelona de 1973: soy un crío, mis padres me mandan a la cama y no me dejan acabar de ver la histórica victoria semifinal ante la URSS (tal vez aquella noche fue cuando empezó todo). La final sí me dejan verla, final en casa para que Yugoslavia nos acabe el espejismo.

Y seguimos soñando diez años más tarde: aquel extraño sábado de junio de 1983 en el que la Copa del Rey de fútbol (Madrid-Barça, nada menos) se retrasó para no interferir con la final de Nantes… en la que se cruzó Italia, aquella derrota que nunca debió de producirse.

Y aún más al año siguiente, aquella madrugada de agosto en la que me atravesé mi antiguo barrio de punta a punta hasta llegar a casa de un buen amigo, simplemente para ver juntos un partido que ya tenía escrita su derrota (que también era victoria) de antemano.

Pero por increíble que parezca seguiríamos soñando, sueños imposibles en los quince años siguientes tapizados de derrotas absurdas, de conflictos internos, de eternas cruces en los cruces de cuartos, de angolazos, chinazos, checoslovaquiazos, alemaniazos (sin Nowitzki, pero con aquella retahila de cabezascuadradas monosilábicos, Welp, Blab, Gnad, Schremp…). ¿Por qué seguíamos soñando?

Seguíamos soñando para llegar a 1999, al Eurobasket más extraño que se recuerda: cuartos de grupos merced a la generosidad del anfitrión, un siglo después volvemos a ganar un cruce (a Lituania), pagamos a Francia eliminándola en semifinales, final en París…

Pero qué os voy a contar de aquella final de París contra Italia, o de la del 2003 ante Lituania: la historia reciente ya os la conocéis, aquellas derrotas las recordáis mejor que yo… La mayoría sólo llevabais en el zurrón esas dos finales perdidas. Pero algunos ya llevábamos cinco. Como en aquel chiste, me encanta ver a España perder finales. ¿Ganarlas? Ganarlas debe de ser la hostia…

Efectivamente, lo es. De todas aquellas finales sólo hubo una (1984) que pensé que era imposible. Las restantes me parecieron posibles, probables… hasta llegar a hoy; ésta no, cómo vamos a ganar a estos imponentes griegos, sin Gasol además, no puede ser… ¿No puede ser? Así son a veces los sueños, en cuanto te descuidas se convierten en realidad.

Pero insisto, la verdadera historia de este sueño comenzó en 1999, un fin de semana de julio, muy pocas fechas después de aquel extrañísimo Eurobasket de Francia. Me pillaron por sorpresa, de vacaciones en aquel apartamento de una maravillosa playa cántabra, de pie sobre la cama para distinguir mejor las imágenes del infame televisor de la habitación, pegando botes en la semifinal del sábado ante Argentina, pegando muchísimos más botes en la inolvidable final del domingo ante USA…

Conocíamos sus nombres, tal vez del Gigantes o de alguna web, pero (excepto a Navarro) nunca les habíamos visto jugar. Sabíamos que ya habían ganado el Europeo de su categoría el año anterior, que ya habían ganado en Mannheim… Ya nos habían permitido pensar que allí podría nacer algo grande. Y nació, vaya que si nació. Fueron los niños de Lisboa. Hoy son los hombres de Tokio.

Y entre Lisboa y Tokio todo un proceso, toda una presión popular y mediática (todo lo popular y todo lo mediática que puedan ser las presiones en nuestro deporte). Estos chicos tienen que jugar, esta generación no puede desaprovecharse… Semana a semana mirábamos ansiosos sus partidos, sus estadísticas, éste está muy bien, éste se ha salido, éste no termina de arrancar, éste está para explotar cualquier día…

Explotaron varios: el que más, el suplente aquel delgaducho que con 2,07 jugaba de tres y las metía de fuera… No habría pasado ni año y medio y él ya medía 2,14, ya nunca más sería suplente de nadie, ya ganaba ligas y copas él solo, ya las metía de dentro y de fuera, ya tenía a medio Estados Unidos pirrándose por sus huesitos…

Y detrás, cada uno a su ritmo, a su manera, casi todos los demás: hoy ellos son más de la mitad de la selección, más alguno que puede volver cualquier día, más alguno que (no todo puede ser perfecto) se perdió por ahí…

Pero es que resulta que no están solos, que también están los de antes, que también están los de después… ¿alguien puede negar aún que (con todo el respeto a Corbalán, a Epi, a Martín, a tantos otros) ésta es ya, sin lugar a dudas, la mejor selección que ha conocido nuestro baloncesto?

Y el trienio mágico no ha hecho más que comenzar. Ya hubo uno hace 24 años, aquel trienio Colombia-Nantes-Los Ángeles: 4o puesto, 2o puesto, 2o puesto. Pero es que este nuevo trienio, Japón-Madrid-Pekín, ya les lleva ventaja: de momento un oro, y puede ser sólo el principio.

Así que ¿quién sabe? Tal vez dentro de un año estemos disfrutando de algo parecido, y aquí al ladito de casa. O tal vez no, tal vez esa vez no toque, de los sueños cumplidos tampoco conviene abusar… Dará igual: pase lo que pase a partir de ahora, ya nadie nos podrá quitar este momento, este día de hoy.

Recuerdo una historia que se contaba hace muchísimos años, una vez que el Barça goleó al Madrid en el Bernabeu. Se dijo entonces que un tipo se recorrió las Ramblas aquella noche gritando una y otra vez “ahora ya me puedo morir tranquilo”. No, no temáis, yo no voy a decir semejante majadería, la vida no es sólo esto y espero que aún me queden muchos años, muchas cosas por ver y por hacer. Pero sí es cierto que en algún momento de desesperación pensé que nunca, jamás conseguiría ver a la selección absoluta de baloncesto ganando ningún título… Tantas tonterías que, a partir de hoy, afortunadamente ya carecen de sentido.

Y de tanto repetírnoslo, al final nos lo hemos tenido que creer: la vida puede ser maravillosa. Pero pocas, muy raras veces lo es, y sin embargo hoy es una de ellas. Tal vez mañana volveremos a los trabajos, a las clases, a la monotonía cotidiana… pero pase lo que pase, vayamos donde vayamos, hagamos lo que hagamos, siempre nos quedará Japón, siempre nos quedará el domingo 3 de septiembre de 2006, el día en el que a la utopía de ser campeones del mundo de baloncesto le dio por convertirse en realidad.

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

vísperas (día 0)   Leave a comment

(publicado el 18 de agosto de 2006)

Mira que somos raros. Seguramente ningún país del mundo es capaz de unir con tanta precisión la euforia con la angustia, de decir con toda naturalidad vamos a ser campeones del mundo y un minuto después añadir que somos demasiado buenos y eso no puede ser nada bueno. La ilusión sólo se nos permite cuando va indisolublemente unida al fatalismo.

¿Fatalismo? Hace días leía yo una entrevista con el escritor y guionista Rafael Azcona en la que éste contaba una historia de su infancia, de aquellos difíciles tiempos. Contaba cómo su madre, en los escasos momentos de felicidad, siempre decía “mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos…”. Forges lo diría de otra forma. Forges diría que la frase que tiene en mente cualquier español, cuando todo le va bien, es “no, si ya verás tú como…”.

Somos así, qué le vamos a hacer. Si toda la fase de preparación hubiese salido desastrosa, si hubiésemos perdido dos, tres partidos, más incluso, ahora mismo estaríamos convencidos de que la vamos a cagar, de que todo va a salir mal… Pero resulta que lo hemos ganado todo, que estamos que nos salimos, y entonces… tanta victoria no puede ser buena, deberíamos haber perdido algún partido, deberíamos haber pasado algún aprieto, cuando lleguen los cruces nos pasará lo de siempre, más dura será la caída…

¿Alguien se imagina a cualquier aficionado norteamericano que esté siguiendo con interés la trayectoria de su selección (alguno habrá) diciendo esto mismo, diciendo que tanta victoria no puede ser buena, que deberían haber perdido al menos un partido?

Y mira que esta vez la Federación intentó poner las cosas difíciles. Mira que esta vez hasta se han jugado partidos allende nuestras fronteras, por fin. Mira que se buscaron adversarios de nivel, si acaso un poco repetitivos: Eslovenia, dos veces Serbia, dos veces Argentina, dos veces China… Pero ni por esas. No hemos conseguido perder siquiera para quitarnos de la cabeza la idea de que no es bueno llegar sin haber perdido. Ni siquiera hemos conseguido pasar apuros. Vale que no perdamos, pero al menos haber llegado a tener la sensación de que se puede perder… Ni por esas.

Y es cierto que no hemos jugado encuentros de preparación contra USA, contra Grecia, contra Francia, contra Italia, contra Lituania (éste se intentó, pero Argentina se puso por medio)… No se puede tener todo. Al fin y al cabo ellos tampoco han jugado contra nosotros. Eso que se han perdido.

Pero todas estas elucubraciones sobre lo bueno que es ir de malos o lo malo que es ir de buenos se acabarán mañana, a dios gracias. A partir de mañana ya a nadie le importará toda esa fase de preparación, si se ganó o se perdió… A partir de mañana sólo nos importarán Nueva Zelanda, Panamá, Alemania, Angola, Japón…

Esa Nueva Zelanda, esos presuntos Tall Blacks de Kirk Penney y del “compacto” Pero Cameron, uno de los jugadores más extraños que uno ha tenido jamás ocasión de ver en una cancha de baloncesto; es extraño hasta ese nombre suyo de conjunción adversativa (¿se llamaba eso así? ¿se seguirá llamando así?), que hasta parece que le estuvieran regañando, “pero Cameron, no hagas eso”…

Esa Panamá llena de nombres familiares, de viejos conocidos de ACB o de NCAA, Garcés, Douglas, Cota, Hicks, Lloreda… De alguno de ellos casi ni siquiera sabíamos que fuera panameño…

Esa Alemania del “Tío Loco” (insisto, no es que yo le llame así, es que es así, en castellano, como le llaman la mujer –paraguaya- y las hijas de su amigo Steve Nash). La presencia de Nowitzki nos angustia y nos seguirá angustiando por mucho que él nos cuente, una y otra vez, que no está en forma (¿estará aún sumido en la depresión por su derrota en la final NBA?). Sí, vale, esta vez tendrá enfrente a Gasol, probablemente a día de hoy uno de los 15 ó 20 mejores jugadores del mundo, pero es que el alemán es probablemente a día de hoy uno de los 3 ó 4 mejores jugadores del mundo… ¿Y qué? Porque quizá no estaría de más añadir el pequeño detalle de que a su lado juegan once más, y que los once nuestros parecen bastante mejores que los once de ellos…

Esa Angola de tan malos recuerdos pero de tan asequible presente… Ese Japón sin más argumentos que su hinchada entusiasta y bulliciosa…

Y luego, ya sí, esos cruces. Y entonces es cuando se nos llena la boca hablando del cruce de cuartos, del momento decisivo, de repente la mente se nos llena de malos presagios, de terribles recuerdos… Pero me permitirán ustedes que yo aún no me preocupe en absoluto por el cruce de cuartos. Todavía no. De momento déjenme que me preocupe sólo por el cruce de octavos.

Sí, la teoría dice que deberíamos quedar primeros de grupo para así evitar a cualquiera de los tres grandes del grupo de al lado (Argentina, Serbia, Francia), para así cruzarnos con el cuarto, que debería ser Venezuela (o Nigeria, o el Líbano incluso). Lo malo es que la teoría, en este tipo de competiciones, suele darse de bruces con la cruda realidad. Y la realidad dice que hay equipos, Argentina mismo, que no suelen tener ningún reparo en perder dos o incluso tres partidos en esta fase, en entrar en dobles o triples empates… Son esos equipos que luego jamás fallan en el día en que no pueden fallar. Pierden cuando perder no es grave, ganan sólo cuando tienen que ganar.

Así que lo mismo llegas tan feliz con tu primer puesto y te encuentras a Argentina, o a esa Serbia que en nada se parece a la de cualquier otro año pero a la que nadie querrá ver ni en pintura, o a esa Francia que… ¿He dicho Francia? ¿Francia en octavos de final?

Sería lo peor que nos podría pasar: automáticamente los medios de comunicación empezarían a mezclar churras con merinas, curiosamente casi nadie se acordaría de aquel Francia-España por la medalla de bronce de hace un año en Belgrado, y sin embargo todo el mundo se vería obligado a recordar aquel otro Francia-España de hace apenas dos meses, éste también en octavos de final… Y donde antes estuvieron Zidane y Henri ahora estarán Parker y Diaw pero eso dará igual, de repente la prensa deportiva se llenaría de resonancias futboleras, de peticiones de revancha, de que ahora nuestros jugadores de baloncesto tendrán la oportunidad de vengar aquella derrota… Sería terrible, sería añadir aún más presión contra un rival que ya por sí solo resultaría suficientemente difícil… No, Francia no, por favor. Francia ni en pintura.

¿Y los cuartos de final? Pues eso, que ya nos empezaremos a preocupar cuando pasemos los octavos. De momento déjennos disfrutar un poco, por favor, antes de empezar a preocuparnos. Déjennos disfrutar por el mero hecho de tener un equipo maravilloso, un equipo en el que buscas nubarrones (para contraponer el fatalismo a la ilusión, una vez más) pero apenas consigues encontrarlos.

Sí, todo el mundo ha hecho ya la cuenta, tenemos 4 jugadores NBA (ÑBA decimos ahora), más un quinto que no se ha ido porque no ha podido, más un sexto al que le queda apenas un año para irse… (y habríamos tenido hasta un séptimo que no se fue porque no quiso, pero se lesionó). Esta vez, por no haber, si siquiera hay futuros inciertos: no estará el Jiménez precontractual del pasado año, ni el Navarro preparental de hace dos (mucho me temo que en cuanto haga un gran partido algún periódico deportivo hará acopio de mal gusto para titular “La Bomba explotó en Hiroshima”…). Todos saben qué harán o dónde jugarán el próximo año, todos son (o parecen) felices…

Todo parece demasiado bonito como para ser verdad. O lo que es lo mismo, por mucho que uno intente impedirlo el fatalismo siempre acaba abriéndose paso entre tanta ilusión. Somos así, somos raros, por qué ver la vida de color de rosa pudiendo verla gris…

Y sabemos, últimamente nos lo han dicho muchas veces, que la vida puede ser maravillosa; otra cosa, ya muy distinta, es que realmente lo sea. Y sin embargo esta vez más que ninguna otra parece que sí, que esta vez sí que puede serlo… Quizá el primer paso sea simplemente que nosotros mismos nos lo creamos.

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

delirios pluseros   Leave a comment

(publicado el 11 de agosto de 2006)

 

Seguro que ya todos lo sabréis, hasta se comentó en esta misma web; es la bomba del verano, la gran ocurrencia sogecáblica: “Te proponemos que anotes la canasta de tu vida y nos demuestres cómo eres capaz de narrar las jugadas de las estrellas del otro lado del Atlántico. Envíanos un vídeo con tu mejor narración de una jugada de baloncesto -la que tú elijas-. Recuerda que la finalidad es participar en el casting que Canal+ está organizando en busca de jovenes promesas. Tienes que conquistarnos con tu habilidad frente al micro. Tómate tu tiempo, tienes hasta el 31 de agosto para enviarnos tu pieza. Si nos convences, pasarás a formar parte del inminente casting que Canal+ pondrá en marcha para darle voz a la mejor liga del mundo”. Una idea fascinante, sí señor; me pregunto cómo podría llevarse a cabo…

Al fin y al cabo, ¿quién no ha narrado alguna vez, siquiera mentalmente, el partido que estaba viendo? ¿quién no ha hecho ese juego de rol, quién no se ha sentido “locutor” al menos una vez en su vida? Pero ahora parece que la cosa va en serio: coges tu micro, plantas tu careto ante esa cámara más o menos cutre que te han prestado, metes en el vídeo la cinta de aquel partido que no borraste de la última final y empiezas a pegar berridos: “la lleva Wade, Wade se la pasa a O’Neal, le sale al paso Nowitzki…” Y ya está. Miras cómo ha quedado, te sientes orgulloso, lo adjuntas a un correo y lo mandas a Tres Cantos, bella localidad de la periferia madrileña a la que llegarán en los próximos días cientos, tal vez miles de archivos de vídeo procedentes de todo el territorio nacional. ¿Qué hacer con todo ello?

En un primer momento, los altos directivos de Sogecable se manifestarán abrumados por la enorme magnitud de la respuesta que ha superado las más optimistas previsiones etc etc. Y cumplido este primer trámite protocolario se pondrán manos a la obra: de entrada a unos cuantos curritos les tocará la terrible prueba de visionar, siquiera un poco por encima, todo el material recibido, con la misión de eliminar todo lo inservible, todo aquello que no haya por dónde cogerlo. Y entonces, una vez finalizada esta primera criba, será cuando comience definitivamente el casting propiamente dicho.

¿He dicho casting? Sesiones interminables por todo el territorio nacional: llegas, te esperas la cola, dejas que te entrevisten, entras en una especie de estudio, te dan un micro, te ponen ante un monitor, te dicen “ya” y comienzas a narrar con voz trémula aquello que ves en pantalla: “Jason Chocolate Blanco Williams se la pasa a Twister O’Neal, éste abre para el Soldado Universal Antoine Walker, le sale al paso Robin Hood Nowitzki…” (Ojo con esto; ojo con llamar Lentejita a Boykins o American Graffiti a Stojakovic: el que busquen un sustituto de Montes no significa necesariamente que quieran un clon de Montes; mejor no utilices motes, o en todo caso utilízalos de tu propia cosecha). No habrán pasado ni 15 segundos y antes de que te des cuenta escucharás esa voz, “lo sentimos; no sigues con nosotros”, o bien aquella otra que dice simplemente “número 153”, comunicándote de esa fría manera que has pasado, asignándote dorsal para la siguiente fase… de un modo u otro, tus pucheros y lágrimas serán recogidos/as por esa misma cámara que te entrevistó a la entrada para que todo ello, una vez adobado y enlatado convenientemente, sirva de alimento al programa resumen que Cuatro emitirá cada noche, previo a la Gran Gala de Presentación…

Y entonces el gran momento habrá llegado, por fin: los 20 elegidos tras todo este proceso serán presentados a la audiencia y seguidamente quedarán recluidos durante meses en la Academia montada al efecto en Tres Cantos, de cara a que vayan haciendo progresos de la mano de un imponente claustro de profesores: profesor de dicción, profesor de narración, profesor de baloncesto NBA, profesor de historia del deporte, profesor de cultura general, profesor de actualidad mediática, profesor de chorradas surtidas… Todo ello convenientemente recogido en los resúmenes diarios que ofrecerá Cuatro y en el canal 24 horas que Digital + creará a tal efecto… Y cada semana, la Gala, para la que se aprovechará precisamente ese partido semanal que Cuatro planea emitir en abierto. A lo largo del partido los participantes se irán turnando en el micrófono, uno a uno, todos al ladito de Daimiel, todos ante la atenta mirada de un jurado integrado por la flor y nata de la narración e información deportiva de aquella casa: Carlos Martínez, Paco González, Manolo Lama, Manu Carreño, Sixto M. Serrano, David Carnicero (que verá cómo los concursantes se preparan para quitarle el puesto que él se ganó a pulso, y que encima tendrá que poner buena cara), el propio Daimiel… quién sabe, hasta Alfredo Relaño, De la Morena o incluso Juan Mora podrían tener hueco, para así aprovechar su inmensa sabiduría… Cada semana proclamarán un ganador, cada semana proclamarán también los dos nominados a la eliminación para que sean los telespectadores los que elijan al superviviente con sus votos, mediante llamadas telefónicas o mensajes SMS.

Así una semana tras otra hasta alcanzar, por fin, el momento culminante: entonces ya sólo quedarán tres participantes que finalmente se jugarán el todo por el todo en la gran gala definitiva, la que pulverizará las audiencias. Por supuesto los telespectadores elegirán al número 1, al gran triunfador que se llevará el Gran Premio por el que todos habrán estado luchando meses y meses: un contrato fijo en Sogecable como narrador titular de la NBA, como compañero definitivo de Daimiel, con viaje a Estados Unidos incluido para narrar ya la final de este próximo año. Los dos finalistas, por su parte, recibirán un contrato temporal durante los meses de verano para narrar los partidos del Torneo NCAA…

¿El título? También está previsto: “Operación Jugón”. Y si la cosa resulta un éxito, para la siguiente temporada se podría plantear otra vuelta de tuerca, una Operación Jugón con famosos: ¿quién no se imagina narrando NBA a Pocholo, a Dinio, a Sofía Mazagatos, a Julián Muñoz (si la Justicia lo permite) o incluso a Fernando Romay?

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¿Cómo? ¿Que todo esto es totalmente absurdo, absolutamente descabellado? Pues tal vez, pero que nadie se descuide porque a menudo la realidad acaba superando a la ficción. Y si alguien quiere comprobarlo, si alguien quiere cerciorarse de que cualquier realidad puede ser mucho más increíble que cualquier ficción, no tiene más que darse una vuelta por la cobertura que Digital + está haciendo este verano del Torneo NCAA, logrando poner a prueba día tras día la infinita capacidad de sorpresa de todos aquellos incautos que lo estamos siguiendo (digo yo que no seré el único…).

Para empezar queda suprimida la tradicional dualidad narrador-comentarista, que no están los tiempos para despilfarrar y pagar dos sueldos allí donde podemos pagar sólo uno. Así que la gran mayoría de los partidos, tres de cada cuatro aproximadamente, van sólo con narrador, y que éste se las apañe como buenamente pueda para tener rollo durante hora y media acerca de una competición que desconoce perfectamente. Y bueno, sí, en el resto de partidos podremos poner narrador y comentarista para que parezca que hacemos un esfuerzo, a modo de regalo especial al aficionado…

Pero ojo, a ver qué comentarista ponemos: a Antonio Rodríguez no, ni hablar, que ése sí que sabe un montón de NCAA y además lo cuenta con pasión y lo hace divertido, así que a ése por supuesto que no, no la vayamos a liar, no vaya a ser que alguien se ponga a verlo por casualidad y se aficione, y luego nos pida más baloncesto universitario en lugar de seguir la liga tailandesa de fútbol como es su obligación… Mucho cuidado con eso. Antonio Rodríguez fuera, defenestrado para casi todo el verano (salvo error u omisión, hasta la fecha ha comentado la friolera de… tres partidos), y en su lugar…

En su lugar el mal menor sería José Ajero, nuevo en esta plaza (aunque su nombre no me resulta desconocido, probablemente haya visto su firma en las páginas NBA de plus.es), que sale del paso sin brillantez, pero al menos dignamente. Y el mal mayor Ramón Fernández, con su incomparable apatía incapaz de transmitir un mínimo de vibración, con sus inconmensurables “conocimientos técnicos” (es decir, su habilidad para leer en antena las estadísticas que habrá imprimido o impreso sólo un rato antes) y con esa capacidad innata para tirarse a la piscina y realizar con total convencimiento afirmaciones de las que en realidad no tiene ni la menor idea (este año ya no le ha tocado hacer el partido de la Universidad de Alabama-Birmingham, UAB para los amigos, así que esta vez no nos ha podido contar, por tercer año consecutivo, aquello de que su entrenador, Michael Anderson “es aquel base que jugó en el Real Madrid y el Caja San Fernando”, dato que es rigurosamente falso además de físicamente imposible…).

Pero ya digo, un partido a dos voces es un lujo, lo normal este verano es que nos encontremos con una sola voz. Y ahí sí que nos podemos encontrar de todo: si hay suerte nos podremos encontrar con Sixto Miguel Serrano, cuyo estilo puede gustar más o menos pero cuya experiencia y profesionalidad están fuera de toda duda. Se lleva los partidos muy preparados, nos cuenta datos interesantes de cada jugador, de cada universidad, de cada conferencia… Y hasta le da el ritmo adecuado a la narración, y a pesar de su futbolerismo confeso a veces hasta parece que disfruta, que se lo pasa bien haciendo baloncesto, tanto que hasta incluso conserva la capacidad de entusiasmarse cuando descubre a algún gran jugador…

Pero también nos podemos encontrar con Eduardo Téllez (el que pasó a ser “primer suplente NBA para fines de semana” cuando se fue Montes y Carnicero se convirtió en titular). Téllez es el ejemplo perfecto de “encefalograma plano”, mantiene siempre exactamente el mismo ritmo narrativo sea lo que sea lo que narre, así se trate de un mate espectacular, de un triple estratosférico, de un cambio, de un tiempo muerto, de decirle al de al lado (si lo hubiera) que tiene que ir al baño (supongo). Es el hombre de un solo tono, es mono-tono además de monótono, es la sosez personificada pero al menos se supone que debería saber de esto, llegando con la aureola de presunto especialista NBA… Y sin embargo le toca hacer el Illinois-Air Force y se encuentra con que una de las grandes noticias del encuentro para la CBS es el entrenador del equipo de las Fuerzas Aéreas, un tipo joven de rostro familiar al que enfocan chiquicientasmil veces, un tipo llamado Jeff Bzdelik al que conocen hasta los niños que lleven sólo 3 años siguiendo la NBA porque fue el antecesor de George Karl en los Nuggets… Pero eso Téllez no nos lo dice, él se limita a repetir, cada vez que aparece en pantalla, aquello de “ahí tienen a Jeff Bzdelik, en su primera temporada al frente del equipo de las Fuerzas Aéreas…”, pero ni una palabra de su pasado en Denver. Será que considere que el dato no es relevante, no vamos a pensar que es porque no lo sabe, habría que ser muy malpensado para decir algo así, al fin y al cabo estamos ante un experto de la NBA, cómo no va a conocer a uno que estuvo entrenando allí hasta hace sólo año y medio, después de haber estado varias temporadas en ese cargo…

¿Seguimos bajando? Moisés Molina. De Moisés Molina lo mejor que se puede decir es que se come con patatas todo el marrón y a pesar de eso va y sobrevive, lo que no deja de tener su mérito porque al fin y al cabo estamos ante el gran especialista de la casa en… hockey sobre hielo. Lo que nos da una idea, una vez más, de los sabios criterios de la dirección de Canal + a la hora de asignar comentaristas para cada acontecimiento. (Y entonces, ¿estará ahora Antonio Rodríguez haciendo la NHL? No sé, tendré que mirarlo…)

Pero cuando parece que ya nada puede ser peor todavía descubrimos que aún nos queda por superar la más terrible prueba: señoras y señores, con ustedes… ¡Manolo Elvira! Y entonces uno llega a echar de menos el poder ver el partido con su narración original en inglés, como esos partidos históricos de NBA que dan alguna madrugada. Uno llega a echar de menos, incluso, un experimento como aquel que hizo la BBC en el Mundial de Fútbol, sin narración, dejando sólo el sonido ambiente. Uno llega a plantearse quitarle el volumen al televisor y ver el partido sin oír nada, totalmente en silencio…

Pero al final le escuchas, vaya que si le escuchas. Y entonces te das cuenta de que el pobre hombre, total, qué va a hacer, si es que le ponen trampas… La NCAA debería hacer algo al respecto, debería tener una regla (la llamaríamos “la Regla Elvira”), según la cual “en ningún caso se podrán enfrentar dos equipos cuyos entrenadores sean de la misma raza”; porque claro, esto de narrar partidos parece muy fácil, pero si luego llegas y el entrenador de un equipo es de raza negra, y el del otro equipo también, pues a ver qué vas a hacer, cuando enfocan a uno dices el nombre del otro, cuando enfocan al otro dices el nombre del uno… Y habría una segunda Regla Elvira para los jugadores en cancha, algo así como “dos jugadores rivales, que ocupen el mismo puesto y sean de la misma raza, en ningún caso podrán lucir el mismo dorsal”; porque si resulta que el pívot titular de un equipo es de raza negra y lleva el 21, y el del otro equipo da la casualidad de que tiene el mismo color de piel y juega con el mismo número pues entonces ya la tienes liada, ya no te queda más remedio que nombrarlos de forma aleatoria, ahora a éste le llamo así y al otro asao, y ahora a éste asao y al otro así, o viceversa, total qué más da, si esto no lo ve nadie, los jefes estarán encantados…

Si es que se lo complican todo a la criatura. Hasta le ponen siglas, a mala leche, de tal manera que cuando le toca hacer el partido de la Universidad de Northwestern St., él, claro, no va a pensar que eso de “St” signifique “State” (total, sólo hay unos cuantos miles de universidades que se llaman así), no, él sin consultar nada ni a nadie directamente decide que esa sigla significa “Saint”, coge a los Demons y de repente me los canoniza, y además es que lo dice siempre todo seguido, “Norgüéster Santdéimons”, algo así como los Santos Demonios del Noroeste…

Pero eso sí, él tiene una gran ventaja: no le gusta repetir las cosas. Seguro que se lo dice a todo el mundo, “mira, a mi no me gusta repetir las cosas; no, de verdad, no me gusta repetir las cosas; que sí, que te lo digo en serio, que no me gusta repetir las cosas; ah, por cierto ¿te he dicho alguna vez que no me gusta repetir las cosas?…”. Y como no le gusta repetir las cosas, sólo nos cuenta dieciséis veces que en el baloncesto universitario americano hay algunas reglas que son diferentes a las del resto de competiciones. ¿Por ejemplo? Pues el salto entre dos, que en NCAA no existe y cuando hay lucha se soluciona con eso que llaman flecha de posesión, justo al contrario de lo que sucede en todos los demás baloncestos, en la NBA, en la ACB, en el Baloncesto FIBA… Con lo que queda claro que este deporte no le interesa lo más mínimo, que en todos estos años no ha visto más baloncesto que el que le hayan mandado hacer, que no habrá visto ni siquiera los partidos decisivos de la selección… Y me parece muy bien, tiene perfecto derecho a aborrecer el baloncesto y a preferir el golf (algo evidente, como delatan su tez bronceada y sus constantes alusiones a dicho deporte), tiene casi tanto derecho como el que tenemos los sufridos abonados a preferir que quien nos cuente las cosas sepa de ellas más que nosotros (o lo mismo, al menos).

Claro que también puede pasar que un día le toque tener al lado al presunto experto José Ajero, y que éste le puntualice: “aquí la flecha de posesión se ha implantando en las Competiciones FEB, en Liga LEB o Liga Femenina, pero en ACB o en Euroliga se sigue manteniendo el salto entre dos…”. Y entonces ya me quedo definitivamente sumido en el desconcierto, ya no sé qué pensar, ya me planteo si el problema seré yo, si me habré perdido algo, si estaré en otro planeta…

Pero aún hay más. Hay por ahí algún otro cuyo nombre desconozco (mi memoria auditiva no llega a tanto, tampoco lo sobreimpresionan, no tiene a nadie al lado que le diga hola fulano qué tal), que éste ya no es que sea monótono, ya no es que sea de perfil bajo, es que narra baloncesto como si narrara una carrera de caracoles; cualquier voz en off de cualquier documental de naturaleza resulta absolutamente trepidante al lado de la de este tío narrando NCAA. Y lo hace además con tanto desconocimiento de este deporte que casi acaba convirtiéndose en desprecio, llamando “Siracusa” a Syracuse, llamando “Eleeseú” a la Universidad de Louisiana State (porque se lo ponen en siglas, y evidentemente no tiene ni la más remota idea de lo que significan esas siglas), pateando sistemáticamente la historia del baloncesto USA (habrá sacado de Internet la lista de jugadores históricos de cada universidad, pero luego los pronuncia mal, confunde sus equipos, no sabe ni quiénes son…), diciendo que determinado equipo viste de color marrón cuando es evidente que viste de granate, simplemente porque en la pantalla pone “maroon” (que casualmente significa granate; marrón es brown, él mejor que nadie debería saberlo dado que en ese mismo momento se está comiendo uno…).

En fin… Casos verídicos (y habría muchos más; como aquel otro narrador, tampoco recuerdo su nombre, que al ver a un jugador hacer gestos ostensibles de protestar al árbitro reclamando pasos, dijo “ese jugador está pidiendo el cambio”). Definitivamente a mí ya no me queda ninguna duda de que la realidad, por increíble que parezca, siempre puede superar a la ficción. Así que ¿Operación Jugón? Sí, es algo totalmente absurdo, lo sé, pero los aficionados a la NCAA ya nos daríamos con un canto en los dientes (aún a riesgo de hacernos daño) si un par de triunfitos (“jugoncitos”, en este caso), con ilusión, amor por este juego y ganas de hacer bien su trabajo, acudieran a salvarnos el verano que viene…

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en medios, NBA, NCAA, preHistoria

el Heredero   Leave a comment

(publicado el 2 de agosto de 2006)

Seguramente en Dallas ya estaría todo preparado para la gran fiesta. El escenario ya estaría montado, el dispositivo policial a punto, El champán puesto a enfriar, de un momento a otro esos aparatosos sombreros tejanos volarían por los aires… Conociendo a Cuban aquello tendría que ser necesariamente espectacular, algo que ni los más viejos del lugar hubiesen visto, algo que hiciera palidecer a aquellas celebraciones ya tan lejanas de los legendarios Cowboys footballeros…

Y el gran momento había llegado, por fin: después de tantas penalidades, después del paseo ante los Grizzlies, después del tremendo sufrimiento ante Spurs y Suns, ahora ya definitivamente los Mavs tocaban su primer anillo con la punta de los dedos, gracias a sus dos victorias en casa y gracias sobre todo a como estaban arrasando a los Heat en aquel tercer partido, ya en Florida: 11, 13 puntos arriba a falta de 6, quizá 5 minutos para el final. Ya casi estaba hecho el 3-0 y ya se sabe que nadie nunca jamás remontó un 3-0 así que nos encontrábamos ya ante el punto final, ante la consecución oficiosa del título. No, aquello ya no podía escaparse de ninguna manera, era como ir ganando en fútbol por 2-0 y con penalti a favor, como haber ganado los dos primeros sets y cinco juegos en el tercero, y estar a sólo dos puntos de ganar el juego definitivo… El destino por fin apuntaba hacia Dallas, el resultado final ya estaba definitivamente escrito.

Pero a veces, sólo a veces, las cosas no son tan simples. A veces, raras veces, aparecen personas que no creen en el destino, seres humanos que piensan que algunas cosas se pueden cambiar por más que ya estén escritas. Quién mejor que Dwyane Wade para saber eso. Quién mejor que él, desde sus primeros años de vida predestinado a echarse a perder, a convertirse en un cadáver ambulante más de entre aquellos que transitan día y noche por las calles del tal vez peor barrio de Chicago; quién mejor que él, a quien un día su hermana mayor le tomó de la mano para sacarlo de su hogar materno, de aquel entorno terrible, para llevárselo al lado de su padre en la otra punta de la ciudad; quién mejor que él, que a partir de ese momento y contra todo pronóstico consiguió elevar su talento baloncestístico hasta cotas nunca imaginadas, enderezar su carrera, acudir a una buena universidad, fundar una familia… Quién mejor que él para saber que las cosas siempre pueden ser de otra manera.

Lo que sucedió en aquellos últimos minutos del tercer partido, y en el cuarto, y en el quinto (sobre todo en el quinto) y en aquel sexto y definitivo ya en territorio enemigo, seguramente se pueda definir con una única palabra: determinación. Él, simplemente, tomó una decisión: decidió que no quería perder, que no estaba dispuesto a perder, que no podía perder. Era ahora o nunca, y fue ahora y siempre. De repente volvió y reinició su recital de canastas imposibles, de tiros sin espacio ni posición, de vuelos sin motor, de desafíos a las más elementales leyes de la física, de caídas escalofriantes que a cualquiera de nosotros nos habrían partido en dos… Todo aquello tenía que ser necesariamente imposible; y sin embargo era real, era la vida misma, una vez más.

Y no nos quedó más remedio que mirar hacia atrás. Recordar cuando le conocimos, cuando le vimos jugar por primera vez en aquellos Golden Eagles de Marquette. Ya entonces era impresionante. Resultaba fascinante sobre todo su capacidad para penetrar hacia el aro, quedarse suspendido en el aire y en ese preciso instante iniciar su proceso de toma de decisiones sin ni siquiera preocuparse lo más mínimo por todas esas tonterías de la ley de la gravedad. Su vuelo podía acabar en mate o en bandeja, pero también en un pase abierto a Diener, o más tarde a Novak, o en un pase interior a ese tal Robert Jackson (sí, el que luego jugó en Fuenlabrada) que de repente se había quedado solo porque todos los defensores habían acudido a rodear a ese otro chico caído del cielo… Y por supuesto todos, desde los profesionales a los meros aficionados, nos abalanzamos a sacar conclusiones: extraordinario, buenísimo, maravilloso… pero con un defecto: no tiene tiro exterior, vaya por dios.

Sólo unos pocos meses más tarde él ya estaba de nuevo en el torneo final de la NCAA, y esta vez para quedarse. Para quedarse hasta la Final Four. Para la historia quedará su trayectoria imposible durante aquel mes de marzo de 2003, sus actuaciones inverosímiles incluso con triple doble incluido (algo que sólo Magic Johnson y Andre Miller habían conseguido antes). Continuaron sus canastas imposibles, sus vuelos sin motor. Y continuaba también su falta de tiro exterior, al menos mientras éste no era necesario. Porque cuando el partido se ponía crudo, cuando llegaba el momento decisivo, cuando aquello tenía que entrar sí o sí, entonces sí, entonces el jugador sin tiro tiraba y lo metía. De nuevo negarse a perder, de nuevo la determinación. Probablemente nunca se vio a un jugador sin tiro que metiera tantos tiros decisivos.

En aquella Final Four les pasaron por encima: Marquette era básicamente un equipo de un solo jugador, y toda una escuadra completísima como Kansas sencillamente les arrasó. ¿Siguiente paso? El draft, por supuesto. Actuaciones como la de Wade deberían haber dejado babeando a todos los ojeadores habidos y por haber, pero ya se sabe que estas cosas son mucho más complejas. Cuestión de etiquetas, de estereotipos, de prejuicios más bien: no puedes ser escolta en la NBA si sólo mides 1,93, no puedes ser escolta midiendo menos de dos metros, las excepciones existen pero son sólo eso, excepciones como Iverson que además se lo tuvo que ganar, el resto con esa estatura si quieren jugar lo tendrán que hacer de base… Y además, que el draft de 2003 estaba escrito, todos los cerebros privilegiados lo decían, sólo tres jugadores y después cero, aquí sólo cuentan LeBron James, Darko Milicic, Carmelo Anthony, más allá nada de nada, un agujero negro, un páramo yermo, un vacío espectacular… Era tal el panorama que pareció que la elección se acababa en el número 3, pero sin embargo las franquicias siguieron escogiendo a pesar de todo: con el número 4 los Raptors de Toronto eligieron a Chris Bosh y descubrieron una joya, con el número 5 los Heat de Miami eligieron a Dwyane Wade y descubrieron un sueño; un sueño que sólo iba a necesitar tres años para convertirse en realidad.

Sólo cuatro meses después allí estaba nuestro Wade jugando de base, a la cabeza de un grupo repleto de talento inadaptado, yogurines como Caron Butler o ya talluditos como Lamar Odom, quizá sólo necesitados de un proyecto en el que sentirse realmente a gusto. Claro, tanta juventud no podía ser buena, quizá el primero que lo notó fue Pat Riley, el capitán al que le faltó tiempo para abandonar el barco dejando a aquellos marineros al mando de su grumete, un muchacho bigotudo de la estirpe de los Van Gundy. De repente la cosa tenía muy mal pronóstico y ellos se empeñaron en cumplirlo: empezaron a perder, a perder, a perder… hasta que un día se pararon, dijeron “hasta aquí” y empezaron a ganar, y siguieron ganando y ya no pararon de hacerlo hasta los playoffs, hasta las mismísimas semifinales de conferencia. Era como aquella canción de los piratas, para hincarles de rodillas hay que cortarles las piernas… De repente aquel pelotón de inadaptados, dirigidos desde el banquillo por un presunto entrenador novato y desde la cancha por un presunto base aún más novato, estuvo literalmente a punto de poner patas arriba la Conferencia Este de la NBA.

Era el momento. En Miami sólo habían tardado un año en darse cuenta (tanta lucidez no es en absoluto frecuente) de que en ese número 5 del draft tan presuntamente inútil de repente habían encontrado, mira tú por donde, a un auténtico jugador franquicia para toda la vida. Y, ya puestos, también se habían dado cuenta de más cosas: de que Wade no era base sino escolta (ya se había ganado el derecho a serlo), de que siempre tendría que tener un base a su lado. Y de que, por bueno que fuera, no podría ganar solo: Butler, Odom, sí, vale, están muy bien, pero… ¿qué tal si ahí adentro le ponemos un verdadero monstruo?

Antes de que nos diéramos cuenta aquello se habría convertido en el mundo al revés. Shaq llegó hastiado de megaestrellas egocéntricas y no dio crédito cuando se fue a encontrar con una megaestrella que era todo humildad; una megaestrella que todavía no sabía que lo era. O’Neal le adoró de inmediato, hasta le puso el mote. Seguramente nunca pudo imaginar, después de tantos años con Kobe, que pudiera existir también un anti-Kobe, un tipo igual de bueno jugando pero infinitamente más generoso compartiendo. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, sucedió: todo estaba predestinado para que Wade formara parte del equipo de Shaq, y de repente era Shaq el que formaba parte del equipo de Wade.

Nunca sabremos cómo habría acabado la temporada 2004-2005 si uno de aquellos interminables aterrizajes no le hubiera dejado roto por dentro; si esas protecciones que lleva debajo de la camiseta (y que imaginamos incluso acolchadas, guateadas) hubieran servido también aquella vez, si todos esos entrenamientos específicos para aprender a caer del cielo hubieran resultado suficientes. Lo fácil es pensar que nada habría cambiado la historia, que Detroit habría ganado igualmente, incluso con Wade sano en aquellos dos últimos partidos de la serie… Eso es lo fácil pero nadie nos podrá quitar nunca el derecho a pensar lo contrario. Conociéndole, conociendo su forma de jugar, conociendo su determinación frente a la derrota, nadie nos podrá impedir pensar que sin aquella lesión las cosas tal vez habrían acabado de otra manera.

Pero quedaba una última vuelta de tuerca: se necesitan jugadores veteranos para ganar un anillo. Y en un principio la cosa no pareció funcionar pero se ve que al viejo capitán sí que le gustó, al menos lo suficiente como para volver a subirse al barco, como para hacerse de nuevo con sus mandos. Y el barco no es que fuera mal pero tampoco del todo bien, y empezaron a asomar negros nubarrones que amenazaban tormenta, y llegaron los playoffs y sólo en primera ronda aquellos Bulls del Chapu ya casi lo pusieron todo patas arriba… No, si los Heat están bien, son un buen equipo para quedar segundos del Este pero nada más, contra Detroit no tendrán ninguna opción… Pocas semanas después los Pistons estaban hechos añicos y aquello aún no se explicaba por la eclosión de Miami sino por el hundimiento de Detroit, que es que han llegado muy cansados hasta aquí. Y en la final favoritos los Mavs, por supuesto, Miami bastante ha hecho… Y Dallas que gana los dos primeros partidos, y que encarrila el tercero, y que a pocos minutos del final ya lo tiene hecho, y que hasta aquí hemos llegado, y colorín colorado… Pues no. Ese fue precisamente el momento en el que Dwyane Wade decidió que se negaba a perder. Y el resto es historia.

Y la historia también hablará de unos cuantos tipos que, casi al final de su carrera, finalmente consiguieron encontrar la calma: ese Alonzo que casi reventó tras llevar hasta límites insospechados sus problemas de salud, ese Gary a quien el anillo le dejó (por imposible que parezca) sin palabras, esos Jason o Antoine que al final lograron llegar a formar parte de un engranaje… Ese Pat, ese viejo capitán, para muchos el mejor entrenador de la Liga, para todos el más ganador, el que más odia perder, reencontrando finalmente ese título con el que calmar 18 años de frustraciones… y en medio de todos ellos, él, el mejor de los mejores, emeuvepé rodeado por emeuvepés en el marco más incomparable, en los playoffs más extraordinarios, en las (para muchos; no me atrevería yo a decir tanto) mejores eliminatorias de la historia…

Y sin embargo nosotros tal vez seguiremos diciendo que no tiene tiro exterior, por más que en aquella inolvidable serie metiera todos los tiros que necesitó meter, todos aquellos que eran absolutamente imprescindibles; por más que incluso haya desarrollado un sorprendente tiro a tabla, casi a la manera de Piculín o de Duncan pero sacado desde 20 centímetros más abajo. Y tal vez seguiremos situándolo en nuestro subconsciente por debajo de Lebrones y de Melos, quizá sólo en base al recuerdo del draft, quizá sólo en base a que éstos son más “mediáticos”, quizá sin darnos cuenta de que ya les ha rebasado con creces, de que ahora son estos los que corren detrás de él.

Pero claro, nadie es perfecto, él tiene un gravísimo defecto: es discreto, es sencillo, es el antidivo por antonomasia. Mientras casi todos sus compañeros de cultura y generación aparecen embadurnados de tinta y rebozados de pedrería, a él no se le conocen tatuajes ni se le descubre joya ni brillante alguno. Mientras todos salen, entran, figuran, hablan, dicen, él tiende a pasar desapercibido. Mientras los escándalos se reproducen en la gente de su alrededor él vive plácidamente con su chica y con su hijo Zaire (ése cuyo nombre tanta gracia hizo a un lejano e infame narrador plusero). Mientras los demás parecen querer intimidarte y aplastarte con toda su parafernalia él no necesita nada de eso, él deja salir su instinto infinitamente ganador sin necesidad de abalorios externos. Mientras los demás son ruido, él es nueces.

Y no es verdad aquello que nos contaron durante tantos años, aquello de ¿¡Por qué, por qué todos los jugones sonríen igual!? Mentira. Nadie, a día de hoy, es más jugón que Wade. Pero Wade no sonríe. Prácticamente nunca sonríe. Y si alguna vez lo hace su ligerísima mueca apenas transmite alegría; si acaso melancolía, tal vez algo de ironía, siempre distancia. Es, permítase el contrasentido, una sonrisa triste. La sonrisa más triste que conozco. Ni siquiera dejó de ser triste con su anillo recién ganado, con su trofeo de MVP en sus manos. Era el gesto de alguien que ha vivido quizá demasiado para su edad, que ha visto la vida de casi todos los colores, que conoce la infinita distancia entre lo que fue y lo que es. Alguien que sabe que cada cosa tiene sólo un valor relativo; y que el verdadero disfrute no es el que restriegas a los demás sino el que llevas en tu interior.

Ahora, claro, llegan las comparaciones, y todos los que llevan años buscando al próximo Jordan de repente dicen haberlo encontrado… Pues no, desengáñense; Wade NO es el nuevo Jordan porque Él fue único, no hay ni habrá nunca otro igual. No, Wade no es Jordan, no es su sucesor porque no habrá sucesor, no; Wade es otra cosa: es El Heredero. Llegó casi de puntillas, sin ruidos, sin alharacas, sin cuLeBrones y de repente, casi sin darnos cuenta, ha heredado el trono, el mismo trono que pareció estar predestinado para tantos otros pero nunca para él. Ahora el trono de la NBA es suyo y no existen razones para pensar que no lo vaya a ser por mucho, mucho tiempo.

Publicado octubre 16, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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