el Heredero   Leave a comment

(publicado el 2 de agosto de 2006)

Seguramente en Dallas ya estaría todo preparado para la gran fiesta. El escenario ya estaría montado, el dispositivo policial a punto, El champán puesto a enfriar, de un momento a otro esos aparatosos sombreros tejanos volarían por los aires… Conociendo a Cuban aquello tendría que ser necesariamente espectacular, algo que ni los más viejos del lugar hubiesen visto, algo que hiciera palidecer a aquellas celebraciones ya tan lejanas de los legendarios Cowboys footballeros…

Y el gran momento había llegado, por fin: después de tantas penalidades, después del paseo ante los Grizzlies, después del tremendo sufrimiento ante Spurs y Suns, ahora ya definitivamente los Mavs tocaban su primer anillo con la punta de los dedos, gracias a sus dos victorias en casa y gracias sobre todo a como estaban arrasando a los Heat en aquel tercer partido, ya en Florida: 11, 13 puntos arriba a falta de 6, quizá 5 minutos para el final. Ya casi estaba hecho el 3-0 y ya se sabe que nadie nunca jamás remontó un 3-0 así que nos encontrábamos ya ante el punto final, ante la consecución oficiosa del título. No, aquello ya no podía escaparse de ninguna manera, era como ir ganando en fútbol por 2-0 y con penalti a favor, como haber ganado los dos primeros sets y cinco juegos en el tercero, y estar a sólo dos puntos de ganar el juego definitivo… El destino por fin apuntaba hacia Dallas, el resultado final ya estaba definitivamente escrito.

Pero a veces, sólo a veces, las cosas no son tan simples. A veces, raras veces, aparecen personas que no creen en el destino, seres humanos que piensan que algunas cosas se pueden cambiar por más que ya estén escritas. Quién mejor que Dwyane Wade para saber eso. Quién mejor que él, desde sus primeros años de vida predestinado a echarse a perder, a convertirse en un cadáver ambulante más de entre aquellos que transitan día y noche por las calles del tal vez peor barrio de Chicago; quién mejor que él, a quien un día su hermana mayor le tomó de la mano para sacarlo de su hogar materno, de aquel entorno terrible, para llevárselo al lado de su padre en la otra punta de la ciudad; quién mejor que él, que a partir de ese momento y contra todo pronóstico consiguió elevar su talento baloncestístico hasta cotas nunca imaginadas, enderezar su carrera, acudir a una buena universidad, fundar una familia… Quién mejor que él para saber que las cosas siempre pueden ser de otra manera.

Lo que sucedió en aquellos últimos minutos del tercer partido, y en el cuarto, y en el quinto (sobre todo en el quinto) y en aquel sexto y definitivo ya en territorio enemigo, seguramente se pueda definir con una única palabra: determinación. Él, simplemente, tomó una decisión: decidió que no quería perder, que no estaba dispuesto a perder, que no podía perder. Era ahora o nunca, y fue ahora y siempre. De repente volvió y reinició su recital de canastas imposibles, de tiros sin espacio ni posición, de vuelos sin motor, de desafíos a las más elementales leyes de la física, de caídas escalofriantes que a cualquiera de nosotros nos habrían partido en dos… Todo aquello tenía que ser necesariamente imposible; y sin embargo era real, era la vida misma, una vez más.

Y no nos quedó más remedio que mirar hacia atrás. Recordar cuando le conocimos, cuando le vimos jugar por primera vez en aquellos Golden Eagles de Marquette. Ya entonces era impresionante. Resultaba fascinante sobre todo su capacidad para penetrar hacia el aro, quedarse suspendido en el aire y en ese preciso instante iniciar su proceso de toma de decisiones sin ni siquiera preocuparse lo más mínimo por todas esas tonterías de la ley de la gravedad. Su vuelo podía acabar en mate o en bandeja, pero también en un pase abierto a Diener, o más tarde a Novak, o en un pase interior a ese tal Robert Jackson (sí, el que luego jugó en Fuenlabrada) que de repente se había quedado solo porque todos los defensores habían acudido a rodear a ese otro chico caído del cielo… Y por supuesto todos, desde los profesionales a los meros aficionados, nos abalanzamos a sacar conclusiones: extraordinario, buenísimo, maravilloso… pero con un defecto: no tiene tiro exterior, vaya por dios.

Sólo unos pocos meses más tarde él ya estaba de nuevo en el torneo final de la NCAA, y esta vez para quedarse. Para quedarse hasta la Final Four. Para la historia quedará su trayectoria imposible durante aquel mes de marzo de 2003, sus actuaciones inverosímiles incluso con triple doble incluido (algo que sólo Magic Johnson y Andre Miller habían conseguido antes). Continuaron sus canastas imposibles, sus vuelos sin motor. Y continuaba también su falta de tiro exterior, al menos mientras éste no era necesario. Porque cuando el partido se ponía crudo, cuando llegaba el momento decisivo, cuando aquello tenía que entrar sí o sí, entonces sí, entonces el jugador sin tiro tiraba y lo metía. De nuevo negarse a perder, de nuevo la determinación. Probablemente nunca se vio a un jugador sin tiro que metiera tantos tiros decisivos.

En aquella Final Four les pasaron por encima: Marquette era básicamente un equipo de un solo jugador, y toda una escuadra completísima como Kansas sencillamente les arrasó. ¿Siguiente paso? El draft, por supuesto. Actuaciones como la de Wade deberían haber dejado babeando a todos los ojeadores habidos y por haber, pero ya se sabe que estas cosas son mucho más complejas. Cuestión de etiquetas, de estereotipos, de prejuicios más bien: no puedes ser escolta en la NBA si sólo mides 1,93, no puedes ser escolta midiendo menos de dos metros, las excepciones existen pero son sólo eso, excepciones como Iverson que además se lo tuvo que ganar, el resto con esa estatura si quieren jugar lo tendrán que hacer de base… Y además, que el draft de 2003 estaba escrito, todos los cerebros privilegiados lo decían, sólo tres jugadores y después cero, aquí sólo cuentan LeBron James, Darko Milicic, Carmelo Anthony, más allá nada de nada, un agujero negro, un páramo yermo, un vacío espectacular… Era tal el panorama que pareció que la elección se acababa en el número 3, pero sin embargo las franquicias siguieron escogiendo a pesar de todo: con el número 4 los Raptors de Toronto eligieron a Chris Bosh y descubrieron una joya, con el número 5 los Heat de Miami eligieron a Dwyane Wade y descubrieron un sueño; un sueño que sólo iba a necesitar tres años para convertirse en realidad.

Sólo cuatro meses después allí estaba nuestro Wade jugando de base, a la cabeza de un grupo repleto de talento inadaptado, yogurines como Caron Butler o ya talluditos como Lamar Odom, quizá sólo necesitados de un proyecto en el que sentirse realmente a gusto. Claro, tanta juventud no podía ser buena, quizá el primero que lo notó fue Pat Riley, el capitán al que le faltó tiempo para abandonar el barco dejando a aquellos marineros al mando de su grumete, un muchacho bigotudo de la estirpe de los Van Gundy. De repente la cosa tenía muy mal pronóstico y ellos se empeñaron en cumplirlo: empezaron a perder, a perder, a perder… hasta que un día se pararon, dijeron “hasta aquí” y empezaron a ganar, y siguieron ganando y ya no pararon de hacerlo hasta los playoffs, hasta las mismísimas semifinales de conferencia. Era como aquella canción de los piratas, para hincarles de rodillas hay que cortarles las piernas… De repente aquel pelotón de inadaptados, dirigidos desde el banquillo por un presunto entrenador novato y desde la cancha por un presunto base aún más novato, estuvo literalmente a punto de poner patas arriba la Conferencia Este de la NBA.

Era el momento. En Miami sólo habían tardado un año en darse cuenta (tanta lucidez no es en absoluto frecuente) de que en ese número 5 del draft tan presuntamente inútil de repente habían encontrado, mira tú por donde, a un auténtico jugador franquicia para toda la vida. Y, ya puestos, también se habían dado cuenta de más cosas: de que Wade no era base sino escolta (ya se había ganado el derecho a serlo), de que siempre tendría que tener un base a su lado. Y de que, por bueno que fuera, no podría ganar solo: Butler, Odom, sí, vale, están muy bien, pero… ¿qué tal si ahí adentro le ponemos un verdadero monstruo?

Antes de que nos diéramos cuenta aquello se habría convertido en el mundo al revés. Shaq llegó hastiado de megaestrellas egocéntricas y no dio crédito cuando se fue a encontrar con una megaestrella que era todo humildad; una megaestrella que todavía no sabía que lo era. O’Neal le adoró de inmediato, hasta le puso el mote. Seguramente nunca pudo imaginar, después de tantos años con Kobe, que pudiera existir también un anti-Kobe, un tipo igual de bueno jugando pero infinitamente más generoso compartiendo. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, sucedió: todo estaba predestinado para que Wade formara parte del equipo de Shaq, y de repente era Shaq el que formaba parte del equipo de Wade.

Nunca sabremos cómo habría acabado la temporada 2004-2005 si uno de aquellos interminables aterrizajes no le hubiera dejado roto por dentro; si esas protecciones que lleva debajo de la camiseta (y que imaginamos incluso acolchadas, guateadas) hubieran servido también aquella vez, si todos esos entrenamientos específicos para aprender a caer del cielo hubieran resultado suficientes. Lo fácil es pensar que nada habría cambiado la historia, que Detroit habría ganado igualmente, incluso con Wade sano en aquellos dos últimos partidos de la serie… Eso es lo fácil pero nadie nos podrá quitar nunca el derecho a pensar lo contrario. Conociéndole, conociendo su forma de jugar, conociendo su determinación frente a la derrota, nadie nos podrá impedir pensar que sin aquella lesión las cosas tal vez habrían acabado de otra manera.

Pero quedaba una última vuelta de tuerca: se necesitan jugadores veteranos para ganar un anillo. Y en un principio la cosa no pareció funcionar pero se ve que al viejo capitán sí que le gustó, al menos lo suficiente como para volver a subirse al barco, como para hacerse de nuevo con sus mandos. Y el barco no es que fuera mal pero tampoco del todo bien, y empezaron a asomar negros nubarrones que amenazaban tormenta, y llegaron los playoffs y sólo en primera ronda aquellos Bulls del Chapu ya casi lo pusieron todo patas arriba… No, si los Heat están bien, son un buen equipo para quedar segundos del Este pero nada más, contra Detroit no tendrán ninguna opción… Pocas semanas después los Pistons estaban hechos añicos y aquello aún no se explicaba por la eclosión de Miami sino por el hundimiento de Detroit, que es que han llegado muy cansados hasta aquí. Y en la final favoritos los Mavs, por supuesto, Miami bastante ha hecho… Y Dallas que gana los dos primeros partidos, y que encarrila el tercero, y que a pocos minutos del final ya lo tiene hecho, y que hasta aquí hemos llegado, y colorín colorado… Pues no. Ese fue precisamente el momento en el que Dwyane Wade decidió que se negaba a perder. Y el resto es historia.

Y la historia también hablará de unos cuantos tipos que, casi al final de su carrera, finalmente consiguieron encontrar la calma: ese Alonzo que casi reventó tras llevar hasta límites insospechados sus problemas de salud, ese Gary a quien el anillo le dejó (por imposible que parezca) sin palabras, esos Jason o Antoine que al final lograron llegar a formar parte de un engranaje… Ese Pat, ese viejo capitán, para muchos el mejor entrenador de la Liga, para todos el más ganador, el que más odia perder, reencontrando finalmente ese título con el que calmar 18 años de frustraciones… y en medio de todos ellos, él, el mejor de los mejores, emeuvepé rodeado por emeuvepés en el marco más incomparable, en los playoffs más extraordinarios, en las (para muchos; no me atrevería yo a decir tanto) mejores eliminatorias de la historia…

Y sin embargo nosotros tal vez seguiremos diciendo que no tiene tiro exterior, por más que en aquella inolvidable serie metiera todos los tiros que necesitó meter, todos aquellos que eran absolutamente imprescindibles; por más que incluso haya desarrollado un sorprendente tiro a tabla, casi a la manera de Piculín o de Duncan pero sacado desde 20 centímetros más abajo. Y tal vez seguiremos situándolo en nuestro subconsciente por debajo de Lebrones y de Melos, quizá sólo en base al recuerdo del draft, quizá sólo en base a que éstos son más “mediáticos”, quizá sin darnos cuenta de que ya les ha rebasado con creces, de que ahora son estos los que corren detrás de él.

Pero claro, nadie es perfecto, él tiene un gravísimo defecto: es discreto, es sencillo, es el antidivo por antonomasia. Mientras casi todos sus compañeros de cultura y generación aparecen embadurnados de tinta y rebozados de pedrería, a él no se le conocen tatuajes ni se le descubre joya ni brillante alguno. Mientras todos salen, entran, figuran, hablan, dicen, él tiende a pasar desapercibido. Mientras los escándalos se reproducen en la gente de su alrededor él vive plácidamente con su chica y con su hijo Zaire (ése cuyo nombre tanta gracia hizo a un lejano e infame narrador plusero). Mientras los demás parecen querer intimidarte y aplastarte con toda su parafernalia él no necesita nada de eso, él deja salir su instinto infinitamente ganador sin necesidad de abalorios externos. Mientras los demás son ruido, él es nueces.

Y no es verdad aquello que nos contaron durante tantos años, aquello de ¿¡Por qué, por qué todos los jugones sonríen igual!? Mentira. Nadie, a día de hoy, es más jugón que Wade. Pero Wade no sonríe. Prácticamente nunca sonríe. Y si alguna vez lo hace su ligerísima mueca apenas transmite alegría; si acaso melancolía, tal vez algo de ironía, siempre distancia. Es, permítase el contrasentido, una sonrisa triste. La sonrisa más triste que conozco. Ni siquiera dejó de ser triste con su anillo recién ganado, con su trofeo de MVP en sus manos. Era el gesto de alguien que ha vivido quizá demasiado para su edad, que ha visto la vida de casi todos los colores, que conoce la infinita distancia entre lo que fue y lo que es. Alguien que sabe que cada cosa tiene sólo un valor relativo; y que el verdadero disfrute no es el que restriegas a los demás sino el que llevas en tu interior.

Ahora, claro, llegan las comparaciones, y todos los que llevan años buscando al próximo Jordan de repente dicen haberlo encontrado… Pues no, desengáñense; Wade NO es el nuevo Jordan porque Él fue único, no hay ni habrá nunca otro igual. No, Wade no es Jordan, no es su sucesor porque no habrá sucesor, no; Wade es otra cosa: es El Heredero. Llegó casi de puntillas, sin ruidos, sin alharacas, sin cuLeBrones y de repente, casi sin darnos cuenta, ha heredado el trono, el mismo trono que pareció estar predestinado para tantos otros pero nunca para él. Ahora el trono de la NBA es suyo y no existen razones para pensar que no lo vaya a ser por mucho, mucho tiempo.

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Publicado octubre 16, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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