el rookie del año   2 comments

(publicado el 21 de octubre de 2006)

 

Si me preguntaran quién va a ser el rookie del año, apostaría por él. Si me preguntaran qué debutante va a dar más que hablar, también apostaría por él. Lo primero es opinable: es posible, incluso muy probable, que me equivoque. Pero de lo segundo no tengo absolutamente ninguna duda…

Señoras y señores, con ustedes… (tachán, tachááááán)… AAAADAM MOOOORRRISOOON…

Adam Morrison no es en absoluto un desconocido para aquellos aficionados que sigan habitualmente la NCAA, la mayoría de los cuales, de un modo u otro, ya se habrán dado el placer de verle jugar. Tampoco es un desconocido para los seguidores de la NBA: muchos aún no le habrán visto pero ya estarán más que hartos de oír hablar de él. Y ni siquiera es ya un desconocido para todos aquellos que sean lectores habituales de esta columna (alguno habrá…) ya que de él se habló hasta la saciedad en artículos anteriores (aquellos incautos que quieran comprobarlo, pueden encontrar dichas referencias en La vuelta al College y Llega Marzo, llega la Locura). Pero uno, que es pesado por naturaleza, no se puede aguantar las ganas de soltar otro rollo acerca de este tipo: seguramente uno de los mejores jugadores (tal vez el mejor) de entre los que ahora llegan a la Liga; con toda certeza uno de los tipos más interesantes y más peculiares que han desembarcado en la NBA en estos últimos tiempos.

¿Cómo podríamos explicar el juego de Morrison? Los americanos (los de USA, concretamente) para esto son muy prácticos, no se complican en absoluto la vida, no se detienen en descripciones ni en adjetivos, simplemente establecen analogías. No te dicen cómo es (al menos de entrada) sino a quién se parece. Hablan por ejemplo de Gerald Green, el chico aquel que eligieron los Celtics el pasado año, y lo primero que escriben es “comparación NBA: Tracy McGrady”. Y se quedan tan anchos. Vale sí, misma raza, misma estatura y constitución (física), misma procedencia (directamente desde high school), mismo estilo de juego, parecidos mates… Y ya está. De entrada la comparación resulta muy golosa, pero luego llega la cruda realidad para ponerte las cosas en su sitio, para mostrarte el inmenso camino que el uno tendrá que recorrer para (si acaso) parecerse al otro…

Sí, vale, pero (después de esta innecesaria digresión) volvamos a Morrison: ¿Comparación NBA? Larry Bird. En principio podría parecer que está tan cogida con alfileres como la anterior, pero si profundizamos un poco descubriremos que la analogía tampoco resulta tan descabellada. Sí, evidentemente hay cosas de Bird que Morrison aún no tiene, y otras muchas que ni él ni nadie podrán tener jamás: el inmenso conocimiento del juego, una visión panorámica sencillamente asombrosa que hasta te hacía pensar que pudiera tener ojos en la nuca, aquellos pases imposibles (¿el mejor alero pasador de la historia?), esa ascendencia sobre todos los que le rodeaban, así fueran compañeros, rivales, técnicos, árbitros, públicos propios o ajenos… (Todo esto lo definió a la perfección el propio Bird, la enésima vez que le compararon con Nowitzki: “Nowitzki es más alto que yo, es más fuerte que yo, tira mejor que yo, rebotea mejor que yo, tapona mejor que yo… pero yo era muchísimo mejor jugador que él”).

Pero (antes de irme de nuevo por las ramas) vayamos con las semejanzas. Morrison, como Bird, es blanco, es alero, supera en algunos centímetros los dos metros (sí, hasta ahora todo es como muy evidente…); pero Morrison, como Bird, no tiene pinta de jugador de baloncesto. Es decir, sí la tiene si nos atenemos a su estatura, pero si obviamos este “pequeño” detalle nos daremos cuenta de que su físico no responde para nada a los patrones habituales en estos tiempos: no está fornido, no está especialmente musculado, no es pura fibra, nunca podría marcar diferencias por sus condiciones atléticas; vamos, un tipo normal, casi (salvando las infinitas distancias) como usted o como yo, solo que más alto (y más joven, y con menos barriga, y…)

Y sin embargo Morrison, como Bird, ve lo que otros no ven y, sobre todo, puede hacer lo que otros no hacen. Morrison es una máquina de meter canastas, es un puro anotador, es seguramente el anotador más impresionante aparecido en los últimos tiempos; pero no es el típico anotador de triples en posiciones abiertas, no es el típico “muñequita linda” de mecánica suave y suspensión inmediata, no; él puede anotar así y a menudo lo hace, pero ésta no es, ni de lejos, su especialidad. Su mecánica no es estética, no se puede comparar a la de (por ejemplo) su eterno rival (e íntimo amigo) J.J. Redick, ex de Duke y ahora magic en Orlando, éste sí “raza blanca, tirador” de los de toda la vida…

Y entonces, ¿Cuál es la especialidad de Morrison? Las canastas imposibles. Las típicas situaciones de dos contra uno, las de encontrarse encerrado, perfectamente defendido, sin aparente escapatoria… Cuando parece que no hay salida, él la encuentra; ciérrale todos los caminos y él se abrirá hueco: un pasito (o pasazo) adelante, otro pasito para atrás, un mínimo giro, un salto desgarbado y de repente, contra todo pronóstico, chofff, para adentro. Y si le aguantas la posición, si ni siquiera le has concedido ese primer paso (mucho más mortal de que podría parecer), si luego te has pegado a él como una lapa, ahogándole su espacio vital, tapándole la visión, cortándole casi hasta la respiración… te va a dar igual: él se va a levantar, él se va a sacar el tiro por encima de tus brazos extendidos, él te la va a clavar de todos modos. Él es, en éste más que en ningún otro aspecto, lo más birdiano que ha aparecido en este mundo desde que a aquel inolvidable pajarraco su maldita espalda le prohibió seguir jugando al baloncesto.

Pero (insisto una vez más) que nadie espere verle en las diez mejores jugadas de la semana, porque no le va a encontrar. O tal vez, si acaso, podrá encontrarle metiendo esa canasta desesperada (e imposible) que te gana el partido en el último segundo. Pero raras veces una entrada a canasta, nunca una penetración explosiva, jamás un mate estratosférico, ni siquiera un mate común… Morrison carece de explosividad, carece de plasticidad, no tiene elegancia, no es en absoluto espectacular ni puñetera falta que le hace… Morrison, como Bird, es simplemente efectivo. Nada más (y nada menos) que eso. En su efectividad reside su verdadera espectacularidad.

¿Y no tiene defectos? Pues sí, claro que los tiene, y muchos (sólo tiene 21 años, faltaría más): podría (y debería) rebotear más, podría pasar más y mejor, sobre todo debería defender muchísimo mejor de lo que lo hace. Este cartel de mal defensor lo lleva colgado desde hace demasiado tiempo (etiquetado como el típico “jugador de un solo lado de la cancha”) y me temo que tendrá que trabajar mucho en la NBA si es que algún día quiere sacárselo de encima. Y además…

Además tiene un número muy significativo de detractores (probablemente mejor informados que los aduladores porque probablemente hayan tenido ocasión de verle jugar más veces). Pero estos detractores no cuestionan en absoluto su calidad, ni su intensidad, ni su talento, no cuestionan ninguna de las cualidades de su juego, todas ellas fuera de duda. Cuestionan otras cosas.

Morrison, como Bird, tiene eso que llaman “instinto asesino”. Morrison, como Bird, es capaz de casi cualquier cosa por ganar. Pero el problema en el caso de Morrison es que ese “cualquier cosa” a veces se escapa de los límites estrictamente deportivos. Aquí apenas hemos tenido ocasión de apreciar sus “habilidades” en este apartado, pero aquellos que le han visto más a menudo lo definen como “un jugador de la escuela yugoslava de los años 80”. Y evidentemente Morrison no habrá viajado jamás a ninguna de las ex Yugoslavias, ni sabrá qué era aquello, ni tendrá ninguna clase de referencias. Es decir, quizá no sea el concepto más adecuado pero nos sirve para hacernos una idea.

No, no es que sea agresivo, ni violento, no, él es… marrullero, sencillamente. Lo suyo al parecer son las triquiñuelas, el juego subterráneo: un agarroncillo por aquí, un pellizquillo por allá, ahora te sujeto con disimulo, ahora te doy donde no debo, ahora te engancho, te desequilibro de la manera que sea… Todo esto por supuesto cuando el árbitro no mira, o tal vez cuando mira pero siempre asegurándose de que parezca que él es la víctima, que el que la lía es el otro. Nadie como él para despertar el rechazo de los rivales, nadie como él para, en sus partidos como visitante, llevarse todo el odio de la afición local.

Y es que Morrison, como Bird, es un ganador. Nadie ama ganar más que él, nadie odia perder más que él. Para comprobar cuánto odia perder sólo hace falta recordar lo que sucedió tras el bocinazo final de aquel Gonzaga-UCLA de semifinales regionales allá por marzo, precisamente el partido que supuso el final de su carrera universitaria. Un partido que Gonzaga fue ganando durante más de 39 minutos (con diferencias de hasta 17 puntos) y que sólo fue perdiendo durante 9 segundos: evidentemente, los 9 últimos. Y cuando todo aquello acabó, Morrison (que había hecho un gran partido, en su estilo, 24 puntos, buenos porcentajes) se desplomó sobre la pista y allí quedó, desparramado sobre el parquet, llorando a lágrima viva con un desconsuelo casi nunca visto a estos niveles. Parecía que no le podrían levantar del suelo, que no habría forma humana de sacarlo de allí…

Fue tal su desolación que muchos apostaron que volvería, que haría como el año anterior y retornaría de nuevo al campus de Spokane para completar su temporada sénior, repitiendo aquello de que este negocio está inacabado y aquí aún me quedan cosas por hacer. Aquel otro regreso del verano de 2005, tras su segundo año, iba a ser el que, según la opinión de los expertos, le haría saltar de elección de primera ronda a elección de lotería (y evidentemente se quedaron cortos: acabó de número 3 pero pudo ser número 1 perfectamente). Pero este nuevo regreso de 2006 ya carecía de sentido, ya sólo se habría explicado por su amor confeso al campus, a ese estilo de vida. Porque su carrera universitaria (la baloncestística, me refiero), esa sí que ya estaba totalmente cumplida.

Pero Morrison (mi madre, si leyera esto, diría que de tanto nombrarlo le voy a borrar el nombre) no sólo es un sujeto atípico por su juego, también lo es por otras muchas cosas. Su aspecto físico, por ejemplo. Antes decíamos que su perfil no se corresponde con el del típico jugador de baloncesto de estos tiempos. Pero es que fuera de las canchas tampoco se corresponde con el de la mayoría de los chavales de su generación. Veamos cualquier foto suya: melena ligeramente por encima de los hombros, raya en medio separándole el flequillo “con ese aspecto que parece el Príncipe Valiente” (en palabras de Ramón Fernández). Un aspecto al que en los últimos tiempos le ha puesto la guinda: un bigotillo finísimo, estrechísimo, casi transparente, una especie de pelusilla que recorre el camino completo entre sus dos comisuras. Un tipo peculiar, sin ninguna duda.

Y peculiar también por otras muchas cosas. Es un especialista en romper esquemas, y los rompe en muchos más aspectos: al parecer tiene la funesta manía de pensar. Y aún peor, tiene incluso la manía (aún más funesta) de decir lo que piensa, así se trate de la guerra de Irak, de las desigualdades sociales, de los conflictos religiosos, de la existencia (o inexistencia) de dios o de la política internacional de su gobierno.

En su número de septiembre de 2005, la maravillosa revista Slam trajo un reportaje sobre Morrison en el que se nos contaba que se había leído enterito el Manifiesto Comunista (y no porque se lo mandaran en clase, no; por iniciativa propia). Es también un asiduo lector de todo lo que han escrito (y de todo lo que se ha escrito sobre) los “grandes agitadores sociales del mundo” (expresión textual de la revista). Adjetivos como “rebelde”, “activista” o “revolucionario” aparecen también referidos al protagonista de dicho reportaje. Y si a esto le añadimos que Morrison es un polemista nato, que es el típico discutidor de los que no se callan ni debajo del agua, pues no resulta difícil imaginar aquellas polémicas de autocar con la facción internacional de su equipo: el canadiense Altidor-Céspedes o (en sus dos primeros años) el francés Turiaf a menudo soportaban agotadoras discusiones que frecuentemente acababan con toda la plantilla, e incluso el cuerpo técnico, arrojándole los reposacabezas o tapándole con ellos la boca para así conseguir (o intentar, al menos) que se callara de una vez…

Probablemente no será fácil la vida cotidiana de Morrison en la NBA, seguramente a estas horas ya se habrá dado cuenta de que aquello es otro mundo, un mundo en el que cada uno va a lo suyo y valores como el compañerismo y la solidaridad apenas parecen meras reliquias del pasado. Un mundo en el que casi nadie parece tener opinión propia acerca de los temas de interés social (pero esto no es una crítica a la NBA; sucede exactamente igual en cualquier competición superprofesionalizada y plagada de milmillonarios egocéntricos, tampoco hace falta mirar muy lejos para comprobarlo: las expresiones “no, yo de esas cosas no entiendo” o “yo lo que diga el míster” suelen ser moneda común). Hay maravillosas excepciones, por supuesto: como Nash, a quien el hecho de decir lo que pensaba sobre el conflicto de Irak sólo le sirvió para que cierto ilustre militar de la Armada estadounidense (y eventual gran jugador de baloncesto) le soltara aquello tan democrático de “pues si no está de acuerdo, que se vaya del país”; o como Rasheed Wallace y sus protestas raciales; o como (sobre todo) Etan Thomas, ex de Syracuse y actualmente en los Wizards, el verdadero espíritu libre de la Liga, activista y autor de poemas contra la guerra, contra las desigualdades, contra la pena de muerte… Son excepciones, queda dicho. Probablemente la próxima excepción sea Adam Morrison.

Y no deberíamos acabar sin mencionar una última característica, ésta no especialmente agradable: Morrison es diabético. Pero no es un diabético cualquiera, que en esto también debe haber grados (hablo desde el desconocimiento, afortunadamente apenas conozco a nadie que padezca esta enfermedad). Él es muy diabético, tanto que a menudo necesita sus dosis de insulina en pleno partido, en los tiempos muertos o en sus breves periodos de banquillo. Se lo descubrieron en sus años de high school y a nadie pilló por sorpresa, dados sus antecedentes familiares. Pero sí que supuso un serio contratiempo, al menos en principio: diabetes y deporte no parecen dos mundos que confluyan en exceso. Porque si hacemos memoria no nos resultará nada fácil encontrar deportistas diabéticos; de entrada sólo soy capaz de recordar a dos, un futbolista inglés, de cuyo nombre no puedo acordarme, y un jugador de baloncesto llamado Chris Dudley, aquel pívot que salió de la Universidad de Yale (nada menos) para jugar unas cuantas temporadas en la NBA, donde más en Portland repartiéndose los minutos con Sabonis. Pero el gúguel, tan socorrido como siempre, nos aporta algún otro nombre de prestigio: el remero (pentacampeón olímpico) Redgrave, el nadador Gary Hall… Muy pocos, en cualquier caso. Y sin embargo a partir de ahora los diabéticos baloncesteros del mundo tendrán un espejo en que mirarse, un ejemplo al que seguir. Porque muy probablemente esa imagen suya, inyectándose en pleno partido, vaya a convertirse en uno de los grandes iconos de la Liga en los próximos años.

Hasta aquí su descripción, más o menos a grandes rasgos. Esta es la historia de un chaval originario de Spokane (en el estado de Washington, en la fría y montañosa esquina noroeste); la historia de un chico que fue a la universidad de al lado de su casa, a esa misma Gonzaga que vio crecer a una gloria nacional como Stockton, luego también a otros menos gloriosos pero que también nos resultan familiares como Santangelo, Dickau, Stepp, Turiaf, Calvary…; la historia de un chico (ya hombre) que este verano se ha cruzado todo el país para llegar a Carolina del Norte, a esos Bobcats de Charlotte que ahora casi son del dios Jordan: el equipo más joven de la Liga, el que pasa más desapercibido, el que menos noticias y comentarios genera… hasta ahora. A partir de ahora eso va a cambiar porque ahora tienen a Morrison, para pelear y compartir minutos con Gerald Wallace (mientras “nuestro” Herrmann espera su momento en el banquillo), para recibir las asistencias más o menos locas de Felton, para compartir la definitiva explosión de Okafor y May… Si todo va como debería ir, en muy pocos meses se habrá acabado definitivamente el anonimato de los Bobcats; de estos nuevos y fantásticos Bobcats de Adam Morrison.

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Publicado octubre 16, 2012 por zaid en NBA, NCAA, preHistoria

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