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(publicado el 18 de agosto de 2006)

Mira que somos raros. Seguramente ningún país del mundo es capaz de unir con tanta precisión la euforia con la angustia, de decir con toda naturalidad vamos a ser campeones del mundo y un minuto después añadir que somos demasiado buenos y eso no puede ser nada bueno. La ilusión sólo se nos permite cuando va indisolublemente unida al fatalismo.

¿Fatalismo? Hace días leía yo una entrevista con el escritor y guionista Rafael Azcona en la que éste contaba una historia de su infancia, de aquellos difíciles tiempos. Contaba cómo su madre, en los escasos momentos de felicidad, siempre decía “mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos…”. Forges lo diría de otra forma. Forges diría que la frase que tiene en mente cualquier español, cuando todo le va bien, es “no, si ya verás tú como…”.

Somos así, qué le vamos a hacer. Si toda la fase de preparación hubiese salido desastrosa, si hubiésemos perdido dos, tres partidos, más incluso, ahora mismo estaríamos convencidos de que la vamos a cagar, de que todo va a salir mal… Pero resulta que lo hemos ganado todo, que estamos que nos salimos, y entonces… tanta victoria no puede ser buena, deberíamos haber perdido algún partido, deberíamos haber pasado algún aprieto, cuando lleguen los cruces nos pasará lo de siempre, más dura será la caída…

¿Alguien se imagina a cualquier aficionado norteamericano que esté siguiendo con interés la trayectoria de su selección (alguno habrá) diciendo esto mismo, diciendo que tanta victoria no puede ser buena, que deberían haber perdido al menos un partido?

Y mira que esta vez la Federación intentó poner las cosas difíciles. Mira que esta vez hasta se han jugado partidos allende nuestras fronteras, por fin. Mira que se buscaron adversarios de nivel, si acaso un poco repetitivos: Eslovenia, dos veces Serbia, dos veces Argentina, dos veces China… Pero ni por esas. No hemos conseguido perder siquiera para quitarnos de la cabeza la idea de que no es bueno llegar sin haber perdido. Ni siquiera hemos conseguido pasar apuros. Vale que no perdamos, pero al menos haber llegado a tener la sensación de que se puede perder… Ni por esas.

Y es cierto que no hemos jugado encuentros de preparación contra USA, contra Grecia, contra Francia, contra Italia, contra Lituania (éste se intentó, pero Argentina se puso por medio)… No se puede tener todo. Al fin y al cabo ellos tampoco han jugado contra nosotros. Eso que se han perdido.

Pero todas estas elucubraciones sobre lo bueno que es ir de malos o lo malo que es ir de buenos se acabarán mañana, a dios gracias. A partir de mañana ya a nadie le importará toda esa fase de preparación, si se ganó o se perdió… A partir de mañana sólo nos importarán Nueva Zelanda, Panamá, Alemania, Angola, Japón…

Esa Nueva Zelanda, esos presuntos Tall Blacks de Kirk Penney y del “compacto” Pero Cameron, uno de los jugadores más extraños que uno ha tenido jamás ocasión de ver en una cancha de baloncesto; es extraño hasta ese nombre suyo de conjunción adversativa (¿se llamaba eso así? ¿se seguirá llamando así?), que hasta parece que le estuvieran regañando, “pero Cameron, no hagas eso”…

Esa Panamá llena de nombres familiares, de viejos conocidos de ACB o de NCAA, Garcés, Douglas, Cota, Hicks, Lloreda… De alguno de ellos casi ni siquiera sabíamos que fuera panameño…

Esa Alemania del “Tío Loco” (insisto, no es que yo le llame así, es que es así, en castellano, como le llaman la mujer –paraguaya- y las hijas de su amigo Steve Nash). La presencia de Nowitzki nos angustia y nos seguirá angustiando por mucho que él nos cuente, una y otra vez, que no está en forma (¿estará aún sumido en la depresión por su derrota en la final NBA?). Sí, vale, esta vez tendrá enfrente a Gasol, probablemente a día de hoy uno de los 15 ó 20 mejores jugadores del mundo, pero es que el alemán es probablemente a día de hoy uno de los 3 ó 4 mejores jugadores del mundo… ¿Y qué? Porque quizá no estaría de más añadir el pequeño detalle de que a su lado juegan once más, y que los once nuestros parecen bastante mejores que los once de ellos…

Esa Angola de tan malos recuerdos pero de tan asequible presente… Ese Japón sin más argumentos que su hinchada entusiasta y bulliciosa…

Y luego, ya sí, esos cruces. Y entonces es cuando se nos llena la boca hablando del cruce de cuartos, del momento decisivo, de repente la mente se nos llena de malos presagios, de terribles recuerdos… Pero me permitirán ustedes que yo aún no me preocupe en absoluto por el cruce de cuartos. Todavía no. De momento déjenme que me preocupe sólo por el cruce de octavos.

Sí, la teoría dice que deberíamos quedar primeros de grupo para así evitar a cualquiera de los tres grandes del grupo de al lado (Argentina, Serbia, Francia), para así cruzarnos con el cuarto, que debería ser Venezuela (o Nigeria, o el Líbano incluso). Lo malo es que la teoría, en este tipo de competiciones, suele darse de bruces con la cruda realidad. Y la realidad dice que hay equipos, Argentina mismo, que no suelen tener ningún reparo en perder dos o incluso tres partidos en esta fase, en entrar en dobles o triples empates… Son esos equipos que luego jamás fallan en el día en que no pueden fallar. Pierden cuando perder no es grave, ganan sólo cuando tienen que ganar.

Así que lo mismo llegas tan feliz con tu primer puesto y te encuentras a Argentina, o a esa Serbia que en nada se parece a la de cualquier otro año pero a la que nadie querrá ver ni en pintura, o a esa Francia que… ¿He dicho Francia? ¿Francia en octavos de final?

Sería lo peor que nos podría pasar: automáticamente los medios de comunicación empezarían a mezclar churras con merinas, curiosamente casi nadie se acordaría de aquel Francia-España por la medalla de bronce de hace un año en Belgrado, y sin embargo todo el mundo se vería obligado a recordar aquel otro Francia-España de hace apenas dos meses, éste también en octavos de final… Y donde antes estuvieron Zidane y Henri ahora estarán Parker y Diaw pero eso dará igual, de repente la prensa deportiva se llenaría de resonancias futboleras, de peticiones de revancha, de que ahora nuestros jugadores de baloncesto tendrán la oportunidad de vengar aquella derrota… Sería terrible, sería añadir aún más presión contra un rival que ya por sí solo resultaría suficientemente difícil… No, Francia no, por favor. Francia ni en pintura.

¿Y los cuartos de final? Pues eso, que ya nos empezaremos a preocupar cuando pasemos los octavos. De momento déjennos disfrutar un poco, por favor, antes de empezar a preocuparnos. Déjennos disfrutar por el mero hecho de tener un equipo maravilloso, un equipo en el que buscas nubarrones (para contraponer el fatalismo a la ilusión, una vez más) pero apenas consigues encontrarlos.

Sí, todo el mundo ha hecho ya la cuenta, tenemos 4 jugadores NBA (ÑBA decimos ahora), más un quinto que no se ha ido porque no ha podido, más un sexto al que le queda apenas un año para irse… (y habríamos tenido hasta un séptimo que no se fue porque no quiso, pero se lesionó). Esta vez, por no haber, si siquiera hay futuros inciertos: no estará el Jiménez precontractual del pasado año, ni el Navarro preparental de hace dos (mucho me temo que en cuanto haga un gran partido algún periódico deportivo hará acopio de mal gusto para titular “La Bomba explotó en Hiroshima”…). Todos saben qué harán o dónde jugarán el próximo año, todos son (o parecen) felices…

Todo parece demasiado bonito como para ser verdad. O lo que es lo mismo, por mucho que uno intente impedirlo el fatalismo siempre acaba abriéndose paso entre tanta ilusión. Somos así, somos raros, por qué ver la vida de color de rosa pudiendo verla gris…

Y sabemos, últimamente nos lo han dicho muchas veces, que la vida puede ser maravillosa; otra cosa, ya muy distinta, es que realmente lo sea. Y sin embargo esta vez más que ninguna otra parece que sí, que esta vez sí que puede serlo… Quizá el primer paso sea simplemente que nosotros mismos nos lo creamos.

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Publicado octubre 16, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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