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el baloncesto según San Antonio   2 comments

(publicado el 9 de junio de 2007)

A veces los tópicos, aún siendo ciertos, no nos dejan ver toda la realidad. Nos quedamos con la apariencia, con la cáscara, con lo que se ve desde fuera. Y no somos capaces de ir más allá, de penetrar hasta esa otra realidad que se oculta en su interior.

Durante años nos hemos quedado con la copla. Hemos mirado en repetidas ocasiones a los Spurs de San Antonio, pero no hemos sido capaces de ver más allá de las apariencias: catenaccio, cemento, estopa, feísmo, espesura…

Desmontemos tópicos: tal vez los Spurs sean eso. Pero son, también, mucho más que eso. Tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA.

No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio (salvo, tal vez, Phoenix; salvo también, en algún momento muy puntual de la temporada, y por extraño que parezca, Toronto). Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto.

Y sin embargo todos nosotros, a menudo, nos sentamos a ver a los Spurs envueltos en prejuicios: baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. Tan capaces de jugar a 70 puntos como de aguantarle el ritmo a Phoenix y jugar a 120; tan capaces de ganar, en ambos casos. Una verdadera fiesta para los sentidos siempre y cuando éstos estén desprejuiciados, predispuestos a apreciar en su justa medida todo aquello que tienen ante sí.

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética.

En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Bowen, Barry, Popovich, Carlesimo… Media carrera llevan juntos, toda una vida…

Sigamos desprejuiciándonos: Greg Popovich. Dicen que más vale caer en gracia que ser gracioso, pero él carece por completo de ambas gracias. Quién sabe, quizá sea un tío majísimo en las distancias cortas, pero que realmente lo disimula muy bien en las distancias largas. Ese gesto siempre adusto (su rostro plagado de huellas de lejanas erupciones, sus pelos de punta), esa actitud permanentemente agria, ese carácter eternamente desagradable… Y no son sólo imaginaciones mías, que periodistas e incluso ex seleccionadores nuestros pueden dar buena cuenta de ello, hasta nosotros mismos podemos dar fe con sólo haber visto aquellas temibles broncas públicas que más de una vez (y de dos, y de tres) le vimos echar a Parker o a Ginóbili (a ellos dos sobre todo, curiosamente) en aquellos lejanos primeros tiempos…

Para empezar Popovich no entró con buen pie. Como Jefe de Operaciones de los Spurs le faltó el tiempo para cargarse a Bob Hill, como si éste fuera el culpable de aquella mala racha de resultados motivada única y exclusivamente por una muy grave lesión de David Robinson. E inmediatamente anunció que ya tenía el sustituto perfecto, el candidato ideal para el puesto: él mismo, con su propio mecanismo. Quítate tú pa ponerme yo, diríamos…

Y más tarde nos contaron todo aquello que su aspecto jamás podría desmentir: su pasado militar, su especialización en estudios soviéticos, nada menos. Y en aquellos primeros tiempos nos vendieron también (y nosotros lo compramos de inmediato) su desconfianza hacia todo aquel jugador no nacido ni criado en los Estados Unidos, nos contaron aquella filosofía sanantoniana de cómo vamos a fichar a éste, un base extranjero e inexperto con Popovich no jugaría jamás en la vida…

Tal vez lo que nos vendieron no fuera cierto; o quizá sí lo fuera, y lo que sucedió fue que algún mecanismo de su cerebro cambió (para bien) en un momento determinado. Lo cierto es que pocos meses después los Spurs habían elegido en el draft a un maravilloso base francés de 19 años, sin experiencia universitaria y con escasa experiencia profesional, tan sobrado de talento como propenso al individualismo. Y que apenas nos había dado tiempo a recuperarnos de esa impresión cuando nos encontramos con otra aún mayor: aquel base jugón, extranjero e inexperto no sólo jugaba, es que incluso era titular, era el base de Popovich desde aquel primer partido, desde aquel día hasta el día de hoy. Cuando pocos años más tarde vimos cómo coincidían a menudo en cancha el propio Parker, Ginóbili, Turkoglu, Duncan y Nesterovic, todo un quinteto nacido a muchos miles de kilómetros de los confines del Imperio, entonces supimos que algo definitivamente había cambiado. O tal vez no, o tal vez siempre fue así.

No, el tipo definitivamente no es simpático, pero a estas alturas debería estar fuera de toda duda su capacidad, su calidad. Es muy socorrido siempre recurrir al manido argumento de claro, ya podrá, si es que teniendo a quien tiene… Como si bastara con tener los materiales, como si no hiciera falta además saberlos utilizar. Como si las cosas sucedieran por casualidad, como si el mero hecho de tener unos cuantos buenos jugadores ya garantizara el éxito. Hemos conocido demasiados casos justo al contrario, demasiadas plantillas maravillosas que jamás fueron capaces de convertirse en equipo, como para que en ésta no seamos capaces de apreciar la diferencia.

Además tiene la dosis justa de humildad para no atribuirse más méritos que aquellos que estrictamente le corresponden. Cuentan las crónicas que, estando de viaje allende los mares, un periodista local le preguntó cuál era su secreto, su mejor virtud, su mayor cualidad como entrenador. Y cuentan que Popovich contestó a aquella pregunta con tan solo dos palabras: Tim Duncan.

Y es que en esta vida también es muy necesario tener suerte. La suerte es como las meigas: yo no creo en la suerte… pero haberla, hayla. La suerte de los campeones, le llaman. Veamos:

Probablemente en las últimas dos décadas los San Antonio Spurs sólo hayan tenido una temporada verdaderamente mala, sólo un año en el que no olieron ni de lejos los playoffs. Fue la ya mentada temporada 1996/97, la de la lesión de Robinson, la del absurdo cese de Hill, la del autonombramiento de Popovich…

Probablemente en las últimas dos décadas el draft no haya ofrecido un jugador tan formado, tan completo, tan determinante como aquel Tim Duncan de 1997. No, no me hablen de Shaquilles ni Lebrones, jugadores que también fueron número uno y que asimismo marcaron/marcarán una época… pero que el día del draft no eran ni de lejos lo que luego fueron, lo que son o serán. Llevaban ya el merecido cartel de jugadores franquicia por su calidad, su potencial o su imponente físico, pero eran aún proyectos, jugadores a medio hacer. Duncan no. Duncan, tras sus cuatro años bien aprovechados en Wake Forest, reunía ya las condiciones para ser determinante desde la primera semana, desde el primer día. Como así fue.

Sí, claro, ya es suerte que el único año que juegas a la lotería sea también precisamente el único año en que se sortea el premio gordo, ya ves tú qué casualidad… Pero es que con eso no basta, es que además te tiene que tocar y eso es aún más difícil, sobre todo teniendo en cuenta que hay unos cuantos que llevan muchas más papeletas que tú… La historia de aquella primavera de 1997 es bastante parecida a esa otra que hemos vivido este mismo año: franquicias perdiendo ansiosamente partido tras partido para así tener más bolas en el bombo, públicos enteros relamiéndose de gusto ante sus propias derrotas, ante lo que éstas les podrían ofrecer a cambio… Sin ir más lejos, en las gradas del Garden bostoniano (siempre los Celtics en medio de estas tristes historias) no era raro encontrar aficionados luciendo pancartas que ya daban la bienvenida a Duncan, como si las probabilidades fuesen tantas que ya no cupiese ninguna otra posibilidad… Hubiese sido lindo un Duncan céltico pero Tim jamás vistió de verde, sino de negro y plata. Sucedió lo muy improbable, lo casi imposible, sucedió que a los Spurs se les apareció la virgen, se les aparecieron todas las (islas) vírgenes juntas… y el resto es historia.

Tener a Duncan explica muchas cosas, pero no explica necesariamente todas las cosas. Con Duncan sabes que tienes una presencia imponente atrás y una calidad incomparable adelante, tienes un jugador que es cuatro y cinco a la vez (y a veces, incluso las dos cosas al mismo tiempo), tienes un acierto incomparable, un juego de pies portentoso (el mismo que ya nos fascinó en sus lejanos tiempos de Wake Forest, cuando le imaginábamos como una especie de sucesor de Olajuwon), tienes una garantía de seriedad, de responsabilidad, de que jamás se meterá en más líos que aquellos en los que le metan los demás… Con Duncan tienes, sobre todo, la garantía de un genuino y eterno MVP, aunque ya ni siquiera nos acordemos de él a la hora de hacer las quinielas al premio de cada año.

Y tienes la garantía de que siempre será el centro de atención de cualquier sistema defensivo rival: unos sobremarcarán, otros ayudarán (cuando ponga el balón en el suelo, decía Divac), otros estarán a otra cosa pero aún así no le perderán de vista con el rabillo del ojo, no vaya a ser que al final tengan que acudir también ahí dentro a echar una mano… En otras franquicias, qué duda cabe, esto sería un gran problema. En San Antonio no. Ellos no son el típico equipo de un solo jugador. Ellos son, simplemente, un Equipo. Nada más (y nada menos) que eso.

Y es que San Antonio, ya quedó dicho, te mata de mil maneras diferentes. Te mata Longorio Parker penetrando cual cuchillo en mantequilla, siempre más dañino dentro que fuera, entrando que tirando. Te mata Manu Ginóbili, mi debilidad, el jugador total, el que por sí solo merecería capítulo aparte (y algún día lo tendrá, seguro), el presunto suplente al más puro estilo Papaloukas que al final acaba siendo más titular que casi todos los titulares. Te mata Finley, éste sí puro tirador, puro asesino silencioso al que en Dallas cada vez echan más de menos. Te mata Horry, el (verdadero) Señor de los Anillos, incordio permanente y triplista selecto, el que sólo los clava cuando son estrictamente necesarios, el que siempre acude puntual a su cita en semejantes circunstancias.

Te mata (incluso) Bowen. Sí, te mata atrás a base de defensa, y cuando la defensa no basta te mata con ese pie que siempre acude presto a su cita con el tobillo del tirador incauto, con ese zarpazo que va a ir a dar justo en donde más te duele, con esa rodilla que se hincará siempre en tus partes más blandas, con ese dedo que te busca las cosquillas entre las costillas. Bowen atrás te mata con baloncesto y con lo que no es baloncesto, Bowen genera casi tanta admiración como irritación, como desprecio… Sí, la historia defensiva de este tipo ya nos la conocemos, incluso demasiado bien. Pero es que Bowen también te mata en ataque.

No, no me he vuelto loco (creo). Sabido es que apenas puede driblar sin que le piten pasos, sabido es que carece de casi cualquier cualidad relativa al manejo de balón… Su repertorio defensivo es surtido y variado pero en ataque sólo tiene una jugada, sólo una, sólo ese eterno triple desde la esquina, nada más que eso… y nada menos, porque al final te la clava una y otra vez. Claro, si es que tira solo… Ya, pero, ¿por qué? ¿es tan sencillo como decir simplemente que su defensor pasa de él, que directamente se dedica a doblar otros marcajes olvidándose de su existencia? Pues sí y no. Eso sucede, qué duda cabe. Pero quizá no sucedería tan a menudo si previamente no se hiciera un genuino trabajo de orfebrería.

Amigo lector, le invito a que en el próximo partido de San Antonio se dedique a contemplar los movimientos en ataque de Bruce Bowen. Ya sé que usted me dirá que tiene cosas mucho menos aburridas para hacer, sentarse frente al reloj a ver pasar las horas, sentarse en un prado a ver crecer la hierba… Pero por una vez no le va a pasar nada, así que hágame usted ese esfuerzo de todas formas. Descubrirá cómo San Antonio parece plantear sus ataques como un cuatro contra cinco, cómo mientras los cuatro buenos continúan con su dinámica de pases, bloqueos, continuaciones, balones dentro y demás, mientras todo eso sucede Bowen se desliza por la pista como una anguila, procurando estorbar lo menos posible mientras se encamina sinuoso cual serpiente hacia el lado de no-balón. Y si el juego se va al otro costado pues más de lo mismo, nadie reparará en que él discretamente ya se está marchando a la nueva esquina débil… bueno sí, tal vez su defensor (que suele ser la estrella del otro equipo, por pura reciprocidad con lo que sucede en el otro campo) sí se dará cuenta, le verá deslizarse con el rabillo del ojo, incluso hará el amago de seguirle… pero a mitad de camino se encontrará con que tiene algo más importante que hacer, ayudar sobre Duncan, sobre el penetrador… Y sin darse cuenta ya la habrá cagado, ya Duncan, Parker o Ginóbili sabrán que al otro lado estará su amigo Bruce, completamente solo, esperando simplemente a que le llegue ese balón…

Y es que ésta es otra de las cualidades que mejor permiten apreciar la diferencia entre los grandes equipos y las meras sumas de individuos: el aprovechamiento de sus actores secundarios. Miremos por ejemplo al puesto de cénter: durante varios años (desde que se fue Robinson) lo ocupó Nesterovic, con tan buena mano como escaso espíritu: sí, con sus tiritos y sus cositas te hacía un apaño, pero de trabajo interior más bien poco… Más tarde llegó Nazr Mohammed, horma de su zapato, igualmente incompleto pero éste más bien por todo lo contrario…

Y un día de verano de 2005 aterrizó allí un tipo al que por aquí conocemos bien, Fabri Oberto. No resulta difícil imaginar que Popovich le debió mirar con la desconfianza propia del caso, que debió pensar que antes de jugar debería quitarse todos esos vicios (¿?) del baloncesto internacional… En su rueda de prensa posterior a su eliminación del pasado año ante los Mavs, Popovich dijo que lo único que sentía, que aquello de lo que más se arrepentía era de no haber encontrado la manera de darle más oportunidades a Oberto a lo largo de la temporada. Y algunos pensamos que iría de farol, que esa era la típica frase que se le dice a un suplente para tenerle contento, que para poner a un jugador en realidad no hace falta encontrar ninguna manera, simplemente basta con ponerlo…

Y aún más lo pensamos cuando este pasado verano aterrizó allí otro al que por aquí también conocemos, Paco Elson. Elson es claramente superior a Oberto en presencia física y en… absolutamente nada más. En cualquier otro aspecto del juego, clase, inteligencia sobre la pista, incluso actitud, el argentino le da cien mil vueltas al holandés. Aquí siempre lo tuvimos claro pero allí les cuesta más hacerse a la idea, tiene que ser la cruda realidad la que un día tras otro se lo demuestre. Hoy, precisamente en plenos playoffs, ya no quedan dudas para nadie: Oberto es por fin el compañero ideal de Duncan, el que aprovecha como nadie el juego entre pívots en cuanto su defensor se va a la ayuda del otro, al que encuentra Ginóbili una vez tras otra como si se conocieran de toda la vida, como si llevaran varios veranos jugando juntos, ya ves tú qué tontería… Dentro de unos días Oberto ganará su primer anillo y yo me alegraré por él, más que por nadie: porque se lo ha currado y sufrido como el que más hasta llegar aquí; porque sólo él sabe realmente cuánto se merece todo esto.

Vale, sí, todo esto es muy bonito, dirán algunos, pero de no haber mediado el lío del cuarto partido contra Phoenix ni las sanciones que vinieron después, lo mismo todas estas criaturas con todo su maravilloso baloncesto estarían ya a estas alturas de vacaciones en las Bahamas… Es posible. Tal vez la historia hubiese sido muy distinta sin aquella alevosa agresión de Horry y sin todo lo que vino después, y aún más si un tipo llamado Stu Jackson y al que aquí denominaríamos Juez Único del Comité de Competición no hubiese decidido que la estricta letra de la norma era mucho más importante que el espíritu de la misma… O tal vez no; evidentemente los Suns eran la opción romántica y a todos nos hubiese encantado verlos aquí ahora. Pero no sabemos, nunca podremos saber qué habría pasado. Sólo sabemos una cosa con total certeza: que San Antonio es, también en estos detalles, un equipo campeón. Quizá en estos detalles más que en ningún otro: en el control de todo lo deportivo y lo extradeportivo, en la sensación de que suceda lo que suceda, sea esto lo que sea, por alguna misteriosa razón siempre acabará repercutiendo en su favor. Nos guste o no, también en esto se reconoce a los verdaderos campeones.

Dentro de unos días, diez, doce a lo sumo, San Antonio se proclamará de nuevo campeón de la NBA. Como en 1999, 2003 ó 2005. No sufran por ello los lebronmaniacos: su cara puede aparentar 44 años pero James tiene sólo 22, aún estaría en edad de sénior universitario, tiempo tendrá de ganar no uno sino varios anillos, y más pronto que tarde… Y aún menos sufran por ello los aficionados al baloncesto, por favor; porque allá, en el paraíso del individualismo, el anillo una vez más no habrá ido a parar a una mera colección de individuos, no; habrá sido, de nuevo, para un verdadero EQUIPO de baloncesto.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

una extraña sensación   Leave a comment

(publicado el 3 de junio de 2007)

 

El ingenuo comprador llevaba meses y meses esperando este momento. Lleva semanas y semanas esperando precisamente este día, más o menos desde que eurobasket2007.org anunció por fin aquello de “el día 1 de junio comenzará la venta de entradas en todo el territorio nacional…”

Día D, Hora H. Viernes 1 de junio, 10 de la mañana. El ingenuo comprador, por si acaso, probó ya la noche anterior, justo en cuanto dieron las cero horas. Al fin y al cabo, si ya era 1 de junio… Pero no. Si las taquillas (donde las hubiera) abrían el día 1 a las 10, si el servicio de venta telefónica comenzaba a funcionar el día 1 a las 10, no parecía probable que la venta internáutica funcionara ya la noche anterior…

Al ingenuo comprador no le ha resultado fácil llegar hasta este momento. El ingenuo comprador soñaba con tener un abono para la segunda fase (la que cruza los cuatro grupos previos, la del Madrid Arena) y (sobre todo) uno para la fase final (cruces de cuartos, semifinales, finalísima, todo ello en el Palacio de Deportes). Pero una cosa son los sueños del ingenuo comprador y otra muy distinta la cruda realidad de la vida. El sueño, con entradas modestitas, nada del otro mundo, le costaría la nada despreciable cifra de 458 euros (más esas extrañas comisiones que siempre te cobran), y al otro lado está la cruda realidad de la vida, apareciendo para recordarle que esa cantidad se le escapa de cualquier presupuesto.

El ingenuo comprador tiene familia, y en los días previos ha debido someterse a una durísima negociación doméstica, tira y afloja tras el cual el resultado es que los dos abonos no, de ningún modo, pero que bueno, venga, vale, uno sí, a ver, qué quieres que te diga, si tienes tanto capricho… Evidentemente el ingenuo comprador se decanta por la fase final, por gastarse los 238 euros que cuesta un abono normalito (tercer precio de los cuatro posibles) en los pisos superiores del Palacio. Quién sabe si luego en agosto, cuando ya no se vendan abonos completos sino sesiones parciales, tal vez aún pueda conseguir también alguna entrada suelta de esa segunda fase… El ingenuo comprador aún no es comprador. Pero sí es, sobre todo, ingenuo.

Volvamos al Día D, a la Hora H. Como cada mañana, el ingenuo comprador está en su trabajo, aporreando teclas, mirando fijamente la pantalla de su ordenador. Pero esta vez es distinto. Esta vez, aunque si pasa alguien procura disimular con otras ventanas, desde las 9:55 tiene abiertas la página del Eurobasket y la de Entradas.com.

El presunto comprador está confiado, dada su proverbial ingenuidad. El presunto comprador se ha creído lo que dice la web, eso de que “Entradas.com, la empresa que va a gestionar la venta de entradas, ha aumentado más del 60 por ciento la capacidad de su entorno de producción, ha aumentado también el ancho de banda a 20 Mb, ha realizado todas las pruebas de stress y carga internas, ha optimizado los medios de pago, ha mejorado los enlaces de comunicación con las sedes y con Telefónica y ha generado un microsite estático para mejorar la navegación y reducir la carga de servidores de aplicaciones”. Nada menos. Y por si todo eso fuera poco, también se ha creído aquello otro de que “La compañía hizo un test el pasado fin de semana con el estreno en toda España de la tercera entrega de ‘Los piratas del Caribe’, película de la que vendió en muy poco espacio de tiempo casi un millón de entradas a través de canales similares a los que se han puesto a disposición del EuroBasket 2007. No se produjo ninguna incidencia”.

El presunto comprador no es tan ingenuo como para pensar que no vaya a haber problemas, pero sí es lo suficientemente tierno como para creerse que estos serán mínimos, tal vez algo de lentitud, tal vez ni eso siquiera… Al fin y al cabo, con tantas previsiones, con tantísimas precauciones, ¿qué podría pasar?

10:00. El presunto comprador insiste una y otra vez, pero aquello aún no va. A la derecha de la pantalla aparecen unos botoncitos ovalados en los que aún no le dejan pinchar, en los que dice simplemente “inicio, 1 de junio”. Van pasando los minutos. Prueba una vez tras otra, refresca una y otra vez, sale y entra varias veces (y cada vez que lo hace tarda una eternidad, debe haber varios miles de personas haciendo lo mismo).

10:15. ¡¡¡Por fin!!! Ya se puede pinchar en los botones, ya indica “comprar”. El comprador pincha en el correspondiente a la Fase Final. Como de costumbre, en la parte inferior de la pantalla aparece la barrita que indica el progreso de la conexión… y que avanza a paso de tortuga, más parada que otra cosa, como un aviso, como si le dijera vete preparando, no sabes lo que te espera…

De repente, la pantalla se vuelve azul. Toda azul, de arriba a abajo, de izquierda a derecha, sin una letra, sin una imagen, nada, sólo azul, completamente azul. El comprador minimiza inmediatamente, no vaya a ser que a alguien le dé por asomarse y le pregunte qué le está pasando a su ordenador…

Minutos más tarde (o tal vez sólo fueran segundos, pero a él se le hicieron eternos) el azul da paso al blanco, y el sistema le informa que se ha producido el Error 503, precisamente ése, vaya por dios: “el recurso solicitado no se encuentra ahora disponible”, o algo así, que el comprador en ese momento no está muy por la labor de pararse a traducir la lengua de Chéspir

Vuelta al principio. Vuelta a pinchar en “comprar-fase final”. Vuelve el azul. Pero ahora, por fin, con letras. Con una ristra interminable de letras y números, con una lista que enumera una a una todas las zonas del Palacio, sin que ni siquiera aparezca a su izquierda el correspondiente plano que permita identificar dónde está cada una..

Pero no es eso lo peor. Lo peor es que el 90 por ciento de las zonas relacionadas aparecen ya con el rótulo de COMPLETO, en letras bien rojas, bien grandes, bien visibles. Y el diez por ciento restante es aún más terrible, las escasas zonas aún disponibles llevan ya el cartel de ÚLTIMAS LOCALIDADES. Que se acaban, vamos. Apenas son las 10:20 de la mañana, apenas han pasado cinco minutos, diez como mucho desde que se habilitó la página, apenas ha funcionado nada desde entonces… ¿y ya está casi todo vendido?

El comprador entra en estado de pánico. Apremiado por la angustia, pincha raudo en una de esas escasas áreas aún disponibles, cualquiera, esta misma, planta 2ª, zona 06… No sabe dónde queda, no puede saberlo porque no hay allí un plano que se lo indique pero al menos su precio son los 238 euros que ya pensaba gastarse. Además, qué demonios, si apenas queda nada, si no está en condiciones de escoger…

10:25. Como cada mañana, más o menos a esa hora, le llaman para desayunar. El comprador sale del paso como puede (“te llamo en cinco minutos”) mientras espera (y se desespera), a ver si allí sucede algo, a ver si aún hay esperanza…

De repente (oh, milagro) aparece la siguiente pantalla, aquella en la que se le pregunta cuántas entradas quiere comprar. Esto es fácil: una (1). El comprador no ha podido ni ha querido engañar a nadie para que acompañe: no ha podido porque tiene amigos que, aunque acudirían gustosos a ver todos los partidos de España, jamás tragarían en comprarse un abono para la competición completa. Y no ha querido engañar al único que, sin saber muy bien por qué, sí que le habría dicho que sí: su hijo. Entre otras cosas porque la Organización del certamen, ya ves tú qué casualidad, no ha tenido la ocurrencia de programar entradas a precio reducido para el público infantil. Y porque 238 multiplicado por dos da 476. 476 eurazos.

Así pues, sólo 1. Pincha en aceptar, y a ver qué pasa… Pasa que casi inmediatamente (¿esto marcha, por fin?) se le aparece la siguiente pantalla, en la que se le pregunta por la cosa ésa del merchandáisin. Al presunto comprador se le ofrecen una serie de productos relacionados con el Torneo, banderas, gorras, vistosas camisetas rojas con la brillante inscripción “Somos la Eñe”, y se le pregunta cuántas quiere adquirir de cada… Pero el comprador no está como para recrearse en los detalles, el comprador, en ese momento, lo único que quiere es comprar su abono…

Así que, sin más trámite, pulsa solicitar. Y de forma inmediata le aparece en pantalla una mínima ventanita gris en la que dice simplemente “Espere” (no, no se han quebrado mucho la cabeza, no parece que les preocupe demasiado dar explicaciones), y de la que sólo se sale pulsando Aceptar. Pulsa aceptar e inmediatamente vuelve a pulsar solicitar, e inmediatamente le vuelve a salir el Espere, e inmediatamente pulsa de nuevo Aceptar y luego otra vez Solicitar y automáticamente aparece el Espere, y… y así unas doscientas veces, solicitar, aceptar, solicitar, aceptar…

Finalmente comprende que es imposible romper aquel círculo vicioso. Vuelve atrás, comienza de nuevo. Vuelve el azul, vuelve el error 503. Vuelve a comenzar de nuevo. Vuelve la pavorosa lista de completos y últimas localidades, desesperado vuelve a pinchar en la zona que cuesta 238 euros, le vuelven a preguntar cuántas, le vuelven a preguntar por los productos, vuelve a pulsar solicitar, vuelve el Espere, aceptar, solicitar, espere, aceptar, solicitar… Y así hasta el infinito (y más allá)…

10:45. El presunto comprador, cincuenta minutos después de que todo aquello hubiera empezado, está hasta los órganos genitales. Al grito (interno) de “¡a la mierda todo!”, sale finalmente a tomarse su café y su pulguita de cada mañana…

10:55. Pero el presunto comprador (cada vez más presunto, cada vez menos comprador) no es hombre que se resigne fácilmente. Si no funciona en Internet, quizá sí lo haga en los cajeros automáticos. Allí abajo, en la esquina, está el de CajaMadrid. Vamos allá…

Delante de él, dos personas: un hombre mayor que está actualizando su cartilla, y una chica de gafas que espera su turno mientras habla por el móvil. El comprador se sitúa a la cola, sumido en sus pensamientos, pero de repente, en la conversación de aquella chica, algo le empieza a resultar muy familiar: “…jolin, ya ves, qué mala suerte, para una vez que es aquí… no sé, a ver si él, como está en la Comunidad, si le dieran alguna entrada… y si no, pues a verlo por la tele… nos conformaremos con la Final Four del 2008, a ver… ¿y…? ¿tampoco, verdad? Claro, si no hay manera… [imagino a su interlocutor, ante el ordenador, intentándolo] … Pues si yo sé esto, desde luego que me voy al Palacio… total, para no estar en el trabajo, prefiero perder la mañana allí que aquí… [error por su parte: en Madrid no había venta en taquillas, ni en el Palacio ni en ningún otro sitio] … espera, que voy a intentarlo otra vez… [el de delante, ajeno a esas preocupaciones, se marcha ya tan feliz, con su cartilla toda actualizada] … nada, que no, que no hay manera…

Llegados a este punto, el comprador decide compartir con la chica sus preocupaciones: “yo llevo intentándolo en Internet desde las diez menos cinco, y es imposible…”; “¿Sí? Pues yo llevo aquí, en el cajero, desde las diez menos cuarto, y nada…”. Mientras habla, el comprador ha introducido su tarjeta en el cajero, ha pedido comprar entradas, ha visto la pantalla azul de Entradas.com y ha leído inmediatamente después el rótulo de “retire su tarjeta”, mientras de forma simultánea ésta era escupida por la ranura. Piensa que al menos esto es rápido, al menos aquí no se andan con medias tintas, no te hacen concebir ilusiones… Mientras tanto la chica del móvil informa a su interlocutor: “nada, ¿ves? A él tampoco le deja…”. El presunto comprador y la chica se despiden, se desean suerte mutuamente; ella decide permanecer allí, seguir intentándolo todavía un poco más; él tiene que volver ya a su oficina.

11:05. De nuevo ante el ordenador, de nuevo a intentarlo. De nuevo la misma lista, de nuevo las mismas circunstancias, pero ahora, por fin, una novedad sustancial: a la izquierda de la pantalla aparece ya el plano del recinto. El comprador, sin tiempo para comprobaciones, pincha otra vez en aquella planta 2a zona 06… y aquello peta de nuevo, sin más trámites. Vuelta a empezar.

11:10. Quedaba probar lo del teléfono, el 902 habilitado al efecto. Evidentemente la respuesta no se hace esperar: “sentimos no poder atenderle, le rogamos vuelva a llamar pasados unos minutos…”.

El comprador se abalanza de nuevo sobre su teclado, su angustia va en aumento y aún se incrementará más cuando descubra que ya apenas hay zonas libres, un par de esquinitas mínimas, el último rincón del último piso del último gallinero del último fondo… Sumido en la desesperación pincha en una de aquellas zonas de esquina, el sistema vuelve a preguntarle cuántas entradas quiere, vuelve a decir que 1, ¡¡¡sólo una!!!… vuelve a salir el error, vuelve a petar. Vuelta al principio, vuelta a pulsar en Entradas-Fase Final, vuelta a… Nada. De repente, a la derecha de la pantalla, el cartelito que llevaba minutos temiendo ver: AGOTADAS LAS LOCALIDADES. Son las 11:15. Las once y cuarto de la mañana.

Al comprador se le ha quedado una cara de gilipollas que no le cabe en el cuerpo, pero aún así tiene que disimular, porque la tranquilidad de que ha dispuesto hasta ahora (ayudada por el hecho de que su jefe está en la sala de juntas, reunido con otros jefes, tratando sabe dios qué tema fundamental) empieza a desvanecerse: de repente un compañero y una compañera entran y salen, se cruzan en la puerta y por alguna extraña razón deciden dar rienda suelta a su mutua incontinencia verbal, iniciando una absurda conversación sobre coches en la que por alguna extraña circunstancia intentan involucrar al presunto comprador…

Y el presunto comprador hace como que participa, pero sus pensamientos van por otro lado. Se pregunta cuántas entradas se habrán puesto realmente en venta, se imagina 1.000 para periodistas, 1.500 para organismos oficiales varios, 3.000 para compromisos federativos, 4.000 reservadas para las federaciones del resto de equipos, 5.000 para patrocinadores… ¿Cuántas habrán salido a la venta? ¿cien? ¿quinientas? ¿tal vez mil? En su desvarío, se pregunta también por qué nunca, jamás, se explican bien estas cosas, por qué nunca nadie es sincero, nadie dice jamás, sí, la capacidad es de 15.000 pero que sepan ustedes que 14.996 ya están repartidas de la siguiente manera, que sepan ustedes que sólo tocan a cuatro, mátense para conseguirlas… Esa cosa tan extraña que llaman transparencia, esa cosa que al menos serviría para que nadie se ilusionase en vano… El presunto comprador se acuerda de todos los que ya sufrieron esto (aunque el organizador fuera otro, aunque las circunstancias fueran muy distintas) en las sucesivas fases finales de la Copa…

Pero el presunto comprador, a escondidas (porque se supone que está trabajando, porque estos dos no hay manera de que se vayan), decide pinchar, más por curiosidad que por otra cosa, en Comprar-Segunda Fase, la ronda anterior, ese otro abono que descartó en un principio… Ante sus ojos, el plano del Telefónica Madrid Arena: muchas zonas completas (pero muchas menos que un rato antes en el Palacio), bastantes con el rótulo de últimas localidades…

Tras unos breves segundos de duda, el comprador decide que algo es algo, que al fin y al cabo quizá sí merezca la pena intentarlo… Precio medio, 220 euros. Piso de arriba. Las más centradas ya están completas, pero en las zonas contiguas aún quedan algunas… Pincha en una de ellas. El sistema le pregunta cuántas quiere. El sistema le pregunta si quiere comprar productos… El sistema no va para tirar cohetes, pero al menos aquí sí que parece funcionar de manera mínimamente aceptable…

Por fin, la siguiente pantalla, la fundamental, la de los datos. El comprador comprueba el precio, la comisión de no sé qué que también le cobran, la comisión por llevarle las entradas a su casa que decide ahorrarse, no vaya a ser que encima se las lleven cuando no esté… El comprador teclea ansiosamente los dieciséis números de su tarjeta, teclea la fecha de caducidad de su tarjeta, teclea otros tres números que alguien a mala leche ha decidido colocar en el dorso de las tarjetas, teclea su dirección de correo, teclea su número de teléfono, habría tecleado su talla de calzoncillos si se la hubieran pedido… Pulsa en aceptar.

Ante sus ojos, curiosamente ahora y no antes, el plano de las butacas correspondiente a la zona seleccionada. El sistema le informa que se le ha asignado la fila 4, número 1 (suena bien), que pulse aquí si está conforme… El comprador pulsa, el ingenuo comprador cree que por fin lo ha conseguido… El comprador ve aparecer la siguiente pantalla, en la que se le informa de que “lo sentimos, su petición no ha podido ser atendida, disculpe las molestias”. Al comprador le entran ganas de llorar.

11:40. El presunto comprador ya no puede más. Le hierve la sangre, pero aún así duda entre olvidarse de todo o hacer un último intento, sólo uno más… Inasequible al desaliento, opta por esto último. Pero no lo tiene fácil. Los dos pesados se han ido y el jefe sigue en la sala de juntas, pero el jefe tiene una adjunta y ésta no encuentra un momento mejor que éste para ponerse a mandar correos, para hacerlo precisamente desde un ordenador situado a apenas dos metros de distancia…

Afortunadamente, para sentarse en ese ordenador tiene que dar la espalda al comprador; pero desafortunadamente decide pegar la hebra, por lo que constantemente se vuelve de medio lado para quejarse de esto y de lo otro, una vez tras otra, que si a mi ordenador le pasa esto, que si a éste le pasa lo otro, que si tal, que si cual… El comprador inicia nuevamente la maniobra de aproximación, pero ahora más a escondidas que nunca, no vaya a ser que su segunda jefa descubra a lo que se dedica en horas de oficina…

Y así va pasando de nuevo por las chiquicientasmil pantallas, la de las zonas (la de antes ya está completa, vaya por dios… pero a la zona equivalente del otro lado aún le quedan las últimas localidades), la del número de entradas, la de los productos, por fin la de los datos… De nuevo toca teclear toda la ristra de números de la tarjeta, el e-mail, el teléfono… Y aquella mujer que sigue allí, y que vuelve constantemente la cabeza, y que no se calla…

El comprador riza el rizo. El comprador, medio retorcido en la silla, teclea todos los dígitos de su tarjeta y su móvil y todas las letras de su correo con su mano izquierda, porque la derecha permanece constantemente sobre el ratón, con el cursor posicionado permanentemente sobre la rayita para minimizar de la parte superior derecha, para pulsarla de forma inmediata en caso de emergencia, si a la vicejefa le da por darse la vuelta…

A pesar de todas las dificultades, incomprensiblemente el comprador no se equivoca en ningún dígito. Acepta, y unos segundos más tarde le aparece la siguiente pantalla, la que le informa que esta vez le ha correspondido la fila 1, asiento 17 de dicha zona. Es decir, un poco más abajo que antes pero mucho más ladeado, probablemente casi a la altura de la canasta, probablemente muy arriba de todos modos… Pero el comprador no está ya para remilgos, además, total qué más da, si me va a decir lo mismo que antes, si me lo va a rechazar, si…

Operación Aceptada referencia nº…” No, aquello no puede ser verdad, no puede ser cierto, no es posible que finalmente lo haya conseguido… Inmediatamente acude a mirar su correo, imaginando que ni de coña encontrará allí el e-mail de confirmación… pero sí, contra todo pronóstico allí está. Definitivamente, totalmente confirmado. Y el comprador, llegado a este punto, ya no sabe si reír o si llorar. Son las doce del mediodía.

Y sin embargo, al ingenuo y sufrido (pero ya no presunto) comprador le invade una extraña sensación: no sabe si es feliz o desgraciado, no sabe si estar contento o triste, ni sabe si sentirse orgulloso o un perfecto gilipollas. Lo ha conseguido, pero no ha conseguido lo que esperaba conseguir. El comprador se siente como el Unicaja en Atenas, como cualquier ganador de un tercer y cuarto puesto, como el que obtiene un premio de consolación. Ganarlo es mejor que no ganar nada, pero no deja de ser triste cuando se aspiraba a ganarlo todo.

El comprador quería ver la fase final, pero al menos se consuela pensando que se verá enterita, in situ, toda la segunda fase. Y hasta echa cuentas, y los 235 euros (comisión de no sé qué incluida) que le ha costado, dividido por 18 partidos, le sale más o menos a 13 euros el partido, que tampoco es tanto al fin y al cabo… Y piensa que se irá feliz a ver esos 18 grandes partidos, pero que luego los aún más grandes, los que serán a todo o nada, a cara de perro, lo que se jugarán a apenas seis paradas de metro de su casa, ésos los tendrá que ver ante su televisor, desde el que un señor le irá contando cada cinco minutos que la vida puede ser maravillosa…

El ingenuo comprador, finalmente, piensa en su deporte. Piensa en la de veces que ha oído hablar de crisis, de bajas audiencias, de nulo seguimiento… Piensa en cuántas ocasiones, durante estos últimos años, le han hecho sentir que el baloncesto estaba en peligro de extinción. Pero el comprador tiene memoria, y recuerda otro Eurobasket, en Barcelona, hace ahora diez años: gradas vacías, tribunas desérticas, pabellones desolados… Claro, aquella selección no tenía el tirón que tiene ésta, la selección nunca va a tener el mismo tirón en Cataluña que en Madrid… Vale. Pero aquí no estamos hablando de una selección sino de todas, no hablamos de entradas aisladas sino de abonos. Hablamos de baloncesto, de afición al baloncesto, y no cabe duda de que esa afición no es precisamente menor en Cataluña que en Madrid, no lo ha sido nunca, más bien al contrario… ¿Pues entonces? Hace diez años probablemente sí había crisis, allá y aquí. ¿Ahora? Que venga dios (o quien sea) y lo vea…

Todas estas tonterías (y más) piensa el ingenuo comprador, absolutamente agotado, psicológicamente derruido, desmoronado en su silla tras dos de las horas más enloquecedoras de su vida… Aunque también piensa, ya puestos, que quizá estas dos horas le puedan servir de argumento para otro (presunto) artículo.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

dulces dieciséis   Leave a comment

(publicado el 26 de mayo de 2007)

 

En contados momentos a lo largo de nuestra vida nos quedamos atónitos, alucinados ante la contemplación de un hecho realmente extraordinario. Pero aún más raro resulta que ese hecho luego llegue a convertirse en cotidiano, que acabamos integrándolo en nuestras vidas como si fuese lo más natural del mundo. Y no nos daremos cuenta pero será precisamente esa reiteración, esa cotidianeidad, la que lo haga ser aún mucho más extraordinario…

Tengo ante mí el número 108 de la revista norteamericana Slam…

[Antes de continuar, y dado que habrá lectores (¿habrá?) que no conocerán dicha publicación, hagamos una presentación breve: Slam es probablemente la mejor revista de baloncesto del mundo. Pero dicho así queda muy pretencioso (y el mundo es muy grande) así que rebajemos el tono: Slam es, con diferencia, la mejor revista de baloncesto que conozco. Una publicación que da gusto leer, que no se limita a pasar por encima de los temas sino que los trata en profundidad, con reportajes generalmente muy bien escritos (incluso demasiado bien; a veces mi limitado nivel de inglés se resiente de ello). Sus críticos dirán (y no les faltará razón) que comparte alguno de los males típicos del actual baloncesto USA, como dar preponderancia al mate sobre el fundamento, privilegiar la acción individual sobre el trabajo colectivo, poner el espectáculo por encima del juego mismo, establecer esa habitual identificación basket = hip-hop como si tuviesen que ser necesariamente la misma cosa… Pero insisto, todo ello no quita para que cada mes se nos ofrezca un magnífico producto, hecho con calidad, con mucho humor y sobre todo con pasión, con infinita pasión por este maravilloso juego]

Una vez hechas las presentaciones, volvamos al principio:

Tengo ante mí el número 108 de la revista Slam, correspondiente al mes de junio de 2007 (por alguna misteriosa razón que jamás alcanzaré a comprender, toda revista mensual que se precie nunca suele poner el mes real, sino el inmediato posterior). En portada la foto del gran trío de Phoenix, Stoudemire, Nash y Marion, nos anuncia el tema principal de este número. Y a su alrededor encontramos otros nombres, evidentes protagonistas de todo aquello que luego podremos encontrar en su interior: Kevin Garnett, Dwight Howard, Josh Howard, Chris Webber, Ricky Rubio…

¿¿¿ ¡¡¡ ¿¿¿ ¡¡¡ ¿¿¿ RICKY RUBIO ??? !!! ??? !!! ???

Pasado el primer estupor, una vez frotados convenientemente mis ojos, acudo raudo al interior de la publicación, a ver de qué se trata. Aún habiendo visto el nombre en portada algo me dice que aquello no puede ser para tanto, me imagino como mucho un breve, una pequeña reseña, una columnita si acaso…

Pues no: un pedazo de reportaje que abarca desde la página 80 a la 86 de la susodicha revista. En total cinco páginas (más dos de publicidad): las dos primeras ocupadas en su totalidad por una gran foto en la terraza de su casa de El Masnou, las otras tres rebosantes de buena literatura periodística. Escritas además no por un cualquiera sino por uno de los grandes nombres de la publicación (y por extensión, de todo el periodismo baloncestero yanqui), Lang Withaker. El cual no se limitó a redactar el tocho desde su despachito en Manhattan, sino que se cruzó el charco para poder contemplar en directo el fenómeno: estuvo en su casa con él y con su familia, le vio en vivo jugar (y perder) ante el Pamesa…

El título del reportaje no puede ser más explícito: “EL PRODIGIO” (así, tal cual, en castellano). Y debajo, ya en inglés, una breve y contundente entradilla, tan discutible (de momento) como impactante: “PODRÍA SER EL MEJOR JUGADOR DE BALONCESTO NO NBA DEL MUNDO; Y SÓLO TIENE 16 AÑOS”.

Me tomo la libertad de copiar aquí algunos pasajes de dicho reportaje (a los de Slam no les importará… más que nada porque no van a enterarse; y si se enteraran tampoco debería importarles, dado que cito la procedencia y dada sobre todo la publicidad gratuita que les estoy haciendo); pido disculpas de antemano por lo pedestre de la traducción:

************************************

(…) ¿Cómo describirías la forma en que Ricky Rubio juega al baloncesto? Esa es la pregunta del millón de dólares, pronto será la pregunta del multi-multi-millón de dólares. Has estado pensando en ello desde hace semanas, desde que viste a Ricky Rubio jugar un partido de temporada regular en la ACB, la mejor liga de baloncesto de España y probablemente la mejor de Europa. Ricky pasa como Jason Kidd, con una visión de juego que desafía a la lógica. Dribla como Steve Nash (…). Defiende como Gary Payton, liderando la ACB en recuperaciones por minuto. Tiene una envergadura considerable, sus manos alcanzan sus rodillas como las de Rajon Rondo. Está en 6-5 y recuerda a Rip Hamilton, pero juega de base y parece más alto, como Steve Smith. Cuando es necesario anota como Kobe, consiguiendo 51 puntos (junto con 24 rebotes, 12 asistencias y 7 robos) en un partido de campeonato del mundo el pasado verano.

¿Ya has oído bastante? Pues quédate con esto: Ricky Rubio es todo eso con sólo 16 años. (…) Así que ¿cómo describirías la forma en que Ricky Rubio juega al baloncesto? Un scout NBA vino a España recientemente y definió a Ricky como el próximo Pistol Pete, pero esa es una comparación casi exclusivamente física (…). Tú odias hacerlo con un chico tan joven (y más considerando que etiquetas como ésa tienden luego a quedarse caducas, para mejor o para peor), pero la mejor comparación en la que puedes pensar es Magic Johnson. Son grandes zapatos para llenar, por supuesto. Pero después de todo se trata de Ricky Rubio, el mejor jugador joven de baloncesto que has visto nunca.

(…) Porque ir a ver a Ricky Rubio no es tan fácil como piensas. Verle jugar es fácil, basta con comprar la entrada. Pero “verle”, eso ya es diferente. Su equipo, DKV Joventut, y sus padres, no quieren que sea acosado por los medios europeos, y dado que se acumulan las peticiones de entrevista le han silenciado con eficacia. Pero esto es SLAM, e incluso en España el significado de dar cinco amorosas páginas a alguien de 16 años no puede quedar de lado. Sólo una condición: puedes conversar con Ricky, y sacarle fotos, pero ¡no habrá entrevista! Todavía no. Se te ha dicho que este será el único reportaje en profundidad con el que Ricky coopere hasta que cumpla los 18, en octubre de 2008. (…).

(…) Aunque no puedes “entrevistar” a Ricky, sí puedes hablar con él. Puedes escucharle enumerar a sus jugadores NBA favoritos, LeBron, Iverson, Steve Nash. Puedes oírle sobre lo que necesita trabajar y sobre su deseo de mejorar el tiro en suspensión. Te habla sobre el reto de conseguir un título para el Joventut. Y lo más sorprendente, cuando se le pregunta por su movimiento NBA favorito, en lugar de elegir el crossover de DWade o la suspensión de Gilbert [Arenas], Ricky decide que le gusta cómo Nash encara el pick-and-roll por la izquierda, cómo tras el bloqueo sale driblando con su mano izquierda para crearse el espacio. (…)

(…) Después del partido, mientras bebes cava y tomas aceitunas rellenas de anchoa, intentas encontrar el sentido de todo esto. El Joventut acabó perdiendo, 73-64, y Ricky no anotó en 23 minutos, aunque completó con otros muchos números su cuadro de estadísticas. Piensas en lo que acabas de ver, cómo a veces un niño dominó el partido sin apenas tirar a canasta. Su suspensión puede dejar que desear y él resulta realmente demasiado altruista, pero estos aspectos de su juego seguramente mejorarán con el tiempo. En una era en la que muchos chicos son criticados por su escasez de fundamentos, he aquí un chico casi perfecto en lo básico. Dejas España completamente seguro de que Ricky podría jugar en la NBA hoy.

[Y el final del reportaje lo transcribo en versión original: por vaguería, sí, pero también porque estas frases tienen mucha más fuerza en inglés que la que tendrían si las tradujera]

It’s not every day you get to see the next big thing, but it’s even more rare that you get to see the next sure thing.

The thing is, you just saw the next sure thing. And his name is Ricky Rubio.

*************************************

Claro, la pregunta que ahora se estará haciendo cualquier (presunto) lector es: ¿a qué viene todo esto? ¿por qué nos cuenta este tío todo este rollo, del que por otra parte ya se ha hecho mención en otros medios de comunicación? Buena pregunta…

No sé, serán manías mías pero lo cierto es que llevo algún tiempo pensando que a Ricky Rubio lo hemos integrado en la normalidad. Y esto por una parte es bueno, muy bueno; pero por otra parte ya apenas tomamos conciencia de que estamos asistiendo, un día sí y el otro también, a algo grande. Muy grande.

Sabido es que Ricky ganó su primer título (aquella Lliga Catalana) con 14 años y 11 meses, de sobra conocido es que debutó en la ACB apenas dos semanas después, cuando aún le faltaban diez días para cumplir 15 años. Y sí, entonces todos nos echamos las manos a la cabeza, todos fuimos conscientes de que estábamos viviendo algo asombroso… Tan conscientes como escépticos, si está claro, si esto no son más que rarezas de Aíto, si ya sabemos que a este tío siempre le ha gustado llamar la atención…

Efectivamente, aquello fue asombroso pero lo que ha sucedido esta temporada es muchísimo más asombroso. Debutar debuta cualquiera, llega el entrenador, pone al chaval, le da bola ese partido, acaso un par de ellos más y luego si te he visto no me acuerdo… ¿Cuántos casos así no habremos conocido? ¿Cuántos juguetes rotos no se habrán quedado por el camino, niños precoces de los que luego nunca más se supo? Debutar con 14 años es algo grande. Pero seguir jugando de forma cotidiana con 15 años es algo aún más grande. Y convertirte en pieza fundamental de tu equipo con sólo 16 años es lo más grande de todo. Eso es lo verdaderamente impresionante.

Porque podemos jugar a las comparaciones, esas que dicen que son odiosas. ¿Cuántos casos así habremos conocido a lo largo de nuestra vida? Porque la mía ya va siendo larga, y yo francamente no recuerdo otro caso igual…

Y no, no vale que acudan a deportes individuales, que me cuenten que ha habido grandísimas gimnastas o nadadoras precoces, motociclistas campeones, tenistas portentosos/as… No. Hablemos de deportes de equipo. De nuestro baloncesto, por ejemplo, o del sacrosanto fútbol.

A ver, pensemos… A Juan Carlos Navarro le vimos por primera vez en ACB con 17 años (y fue un partido aislado), como a Sergio Rodríguez, como a tantos otros que todavía en edad junior aparecían y desaparecían del primer equipo pero que ya nos deslumbraban con su precocidad. Pero la inmensa mayoría ni siquiera llegó a eso, casi todas esas grandes estrellas de aquí y de allá por las que bebemos los vientos cada lunes y cada martes no conocieron el sabor del baloncesto de élite hasta los 19 años, tal vez 20, quizás más tarde incluso. Sí, sabemos que no es así en todas partes, que en Argentina, en países del Este, en la antigua Yugoslavia la precocidad está a la orden del día… Vale, pero ¿tanta? Sí, muchos debutan con 17 y son imprescindibles a los 18 (aquel inolvidable primer Sabonis, aquel Divac del Mundobasket 86), pero es que aquí de quien estamos hablando es de un chico que debutó con ¡¡¡14!!! y que ya es casi imprescindible a sus 16, a sus dulces dieciséis primaveras.

¿En fútbol? Cuando el madridista Raúl debutó y se convirtió en pieza importante de su equipo con sólo 17 años, aquello se nos presentó como si estuviésemos asistiendo a un acontecimiento de dimensiones planetarias. Es lo que tiene el fútbol, que todo lo magnifica, que alguno debuta con 18, le apodan “El Niño” y ya se queda con “El Niño” para el resto de su vida…

Pero que nadie quita mérito a Raúl ni a tantos otros, nadie discute que aquello fuera muy grande… Pero repito, eran 17 años, esa edad que en los deportes de equipo parece marcar un límite entre niñez y adultez, entre lo posible y lo imposible. Con 17 sí se dan casos: raros, infrecuentes, asombrosos… ¿Con menos? Con menos es casi imposible. Tal vez nos contaron que Maradona ya despuntaba en Primera con 16 años, tal vez nos dijeron que Drazen Petrovic ya destacaba a esa edad en su Sibenik natal, tal vez…

El mismo reportaje de Slam, más allá de su grandilocuente contenido, ya nos debería dar una pista. Creo haber tenido en mis manos todos los números de esta revista en los últimos siete años, y he visto unos cuantos reportajes sobre chicos de 17 ó 18… todos ellos nacidos y criados en los Estados Unidos; y tampoco han sido tantos, sólo los elegidos, Eddy Curry, LeBron, Telfair, Oden… chicos cursando su último o penúltimo año de high school, en los que ya se adivinaba el estrellato. Pero… ¿un reportaje de esta magnitud dedicado a un jugador en formación no norteamericano, a un niño al que en USA todavía le quedarían dos años para acabar el instituto? Nunca, jamás. Hasta ahora.

Y sin embargo, cuando nos sentamos a ver un partido de la Penya ya ni siquiera nos paramos a pensar en el hecho asombroso que estamos viviendo. Él se ha integrado en la rotación y nosotros (como ya dije antes) lo hemos integrado en la normalidad. Ya es uno más del equipo… lo que no significa que sea uno cualquiera, ni siquiera eso. Es tan importante como el que más, es ese jugador que estamos deseando ver aparecer en cancha porque nos dinamiza los partidos, porque nos convierte la defensa en espectáculo, porque esperamos que en cada momento suceda algo realmente grande. Nos encanta verle jugar sin apenas pensar en su edad, sin que ya ni siquiera reparemos en ese dato hasta que el comentarista de turno nos lo recuerda.

Cualquier otro chico joven (pero no tan joven) es una pieza más o menos accesoria de su equipo, alguien a quien el entrenador debería dar más oportunidades. Un día ese chico explota (maravilloso caso reciente de Claver, por ejemplo) y disfrutamos como enanos, y se nos hace la boca agua pensando en lo grande que puede llegar a ser. En cambio con Ricky ya no pensamos en lo que puede llegar a ser. Ricky ya es. Ricky no es pieza accesoria sino fundamental en el engranaje. A él que no le hablen de darle oportunidades, que eso ya forma parte del pasado; él, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, ya es el protagonista de la historia.

Pensemos en nosotros mismos, en los dulces dieciséis de cada uno de nosotros. A alguno ya se nos van quedando demasiado lejos, otros los tendrán más recientes, tal vez habrá quien ni los tenga aún… Cursábamos el bachillerato o el BUP ó la ESO ó la FP o como demonios se llamara cada cosa en la época de cada uno. A menudo no teníamos más horizonte que el culo de esa tía que nos gustaba (o viceversa). Tal vez aún no teníamos ni remota idea de lo que íbamos a ser, de lo que haríamos con nuestras vidas. Nos movíamos por sensaciones, éramos puro impulso, apenas dejábamos espacio para la reflexión. Queríamos ser diferentes sin dejar de ser iguales, queríamos ser hombres sin dejar de ser niños. Nos pedían que madurásemos pero nosotros ya nos considerábamos maduros. Creíamos ser mucho más maduros de lo que éramos, pero éramos mucho más maduros de lo que creían los demás.

Sí, es difícil hablar de madurez con 16 años (cuántas veces no habré escrito ya esa cifra). Y sin embargo, no encuentro mejor concepto para definir a Ricky. Madurez evidente en la cancha, madurez también fuera de ella. O al menos eso parece desde lejos. Y no es nada fácil, no lo es para cualquier chaval de esa edad, aún menos lo será para alguien que está permanentemente en el objetivo, en medio de los focos. Hace falta tener la cabeza muy bien amueblada. Pero hace falta, también, tener la gente adecuada alrededor.

Últimamente hemos escuchado alguna opinión ligeramente crítica acerca de la forma en la que el Joventut y la Familia Rubio están llevando este asunto. Se argumenta que el baloncesto español y por extensión el europeo están muy necesitados de estrellas, que una de las grandes diferencias entre nuestro baloncesto y el de América está en el culto que allí profesan a sus ídolos. Y se argumenta que en ese estado de cosas no resulta justo para nuestro deporte privarle de referencias, privarle de la constante presencia en los medios de una de sus estrellas más emergentes.

Puedo estar de acuerdo en el fondo de la cuestión, probablemente es muy cierto que los americanos nos llevan años de ventaja en el arte de crear ídolos, de hacer que el público se identifique con ellos, de convertirlos en el mejor vehículo posible para vender este producto. Potenciemos nuestras estrellas, pues. Estamos de acuerdo, tenemos grandes figuras, jugadores consolidados nacionales y de importación, intentemos sacarles el mayor partido mediático posible.

Pero no perdamos la perspectiva, no abrumemos a un adolescente con reportajes grandilocuentes, no le llenemos la cabeza de pájaros, no creemos aún más ruido a su alrededor porque ya bastante ruido vendrá por sí solo. Entiendo que los medios sean críticos, están en su papel, tienen que vender. Pero yo, en el papel de mero aficionado, no lo seré. En absoluto. Creo que aquellos que le rodean lo están haciendo de cine. Que están haciendo sencillamente lo que tienen que hacer.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que le deparará el futuro. El futuro es esa cosa que, o bien puedes limitarte a esperar que llegue, o bien puedes irlo construyendo paso a paso, día a día. Ricky, como tantos otros, pertenece a esta segunda categoría.

Pero ese futuro a día de hoy no existe, por definición. Existe el presente, existen los recuerdos de un pasado, el que nos permite poner las fechas en perspectiva. Pensar, por ejemplo que Ricky aún no había cumplido dos años de edad cuando nos sobrevino el angolazo de Barcelona’92, que aún no había cumplido cuatro años cuando se nos vino encima el chinazo del Mundobasket 94. Que tenía ocho años cuando la selección volvió al podio en el Eurobasket de París, que seguía teniendo esos mismos ocho años cuando nuestros Juniors de Oro nos hicieron soñar en Lisboa. Hoy varios de ellos son campeones del mundo y estrellas consagradas, pero aún así nos gusta pensar que aún son muy jóvenes, que aún les quedan muchos años de muy buen baloncesto. Y sin embargo aquella generación le lleva a Ricky diez, en algún caso incluso once años de diferencia.

Así que no hablemos de futuro. Esperemos con impaciencia lo que vendrá, pero mientras tanto vivamos el presente, disfrutémoslo, tomemos conciencia de él. Pensemos en aquella primera vez que le vimos jugar (y ganar, e impresionar), a sus ¿13 años?, en aquella primera Minicopa de Sevilla (nunca agradeceré suficientemente a Localia que le diera por televisar aquellos partidos… y nunca me arrepentiré lo bastante de no haberlos conservado en vídeo). Y pensemos, sobre todo, en lo que vemos ahora, tomemos conciencia de ese hecho extraordinario que hemos disfrutado cada vez que, en ACB, en Euroliga, nos hemos sentado en nuestro sofá para ver un partido de la Penya.

Y no caigamos en la rutina, no dejemos que nuestros ojos se acostumbren, no perdamos la capacidad de asombrarnos cada día. Al menos para que recordemos siempre que hubo un tiempo, allá por 2006 ó 2007, en el que tuvimos el placer de disfrutar del maravilloso juego de un chaval de apenas dieciséis años que se llamaba, que se seguirá llamando, Ricky Rubio.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

toronterías   Leave a comment

(publicado el 10 de mayo de 2007)

Pocos días antes de que acabara la temporada regular, Sam Mitchell dio en el clavo: en nuestro equipo prácticamente nadie tiene experiencia en playoffs, y eso puede ser un gran problema…

Tenía razón Mitchell, el gran problema iba a ser la inexperiencia. La suya, concretamente. Todos los partidos un paso por detrás de su rival, toda la eliminatoria más perdido que el alambre del pan de molde… El de enfrente, el anodino Lawrence Frank, ese chico tan joven y tan gracioso al que Charles Barkley llamó Pablo Mármol en un arrebato de inspiración, ése que desde su insignificante aspecto quizá sea uno de los mejores entrenadores de la Liga, le dio a nuestro Mitchell un baño alicatado hasta el techo durante toda la serie.

A Sam Mitchell le eligieron entrenador del año. Nada que objetar, dado que la temporada regular de los Raptors resultó espectacular, fantástica, maravillosa. Tan buena fue que al Gran Jefe Colangelo no le quedó más remedio que aguantarse durante 82 partidos, nada menos, las ganas de cesarlo. Y mira que tenía ganas, mira que le tenía sentenciado desde que llegó, pero oye, que es que ahora resulta que no paramos de ganar, y claro, así no hay manera…

Pero entrenar en temporada regular es una cosa y hacerlo en playoffs es otra muy distinta. A estas horas Mitchell, como Avery Johnson, como tantos otros, ya debe de haberse enterado. Ni siquiera será ya necesario que Colangelo le cese, le bastará con abrirle la puerta, mira que ofertas tan bonitas te vienen de más al sur, coge la que más te apetezca y por nosotros no te preocupes que ya saldremos adelante… Y luego quién sabe, tal vez vuelva la hipótesis Messina (por un lado me encantaría… pero por el otro sigo sin verlo claro, lo siento), tal vez insistan con Iavaroni (que no, que no es italiano, pero lo parece…).

No, que nadie se confunda, mi crítica no se debe a que me haya dado ese arrebato patriotero tan común por estas latitudes, si pone a Ford es malo, si pone a Calde es bueno… En absoluto. Entre otras cosas porque a mí T.J. Ford me gusta. Me gustaba más el Ford de Milwaukee y aún más el de la Universidad de Texas, aquel que en su año freshman ya lideró en asistencias toda la NCAA… pero me sigue gustando. Me gustaría aún más si volviera a sus raíces, si hiciera jugar a los demás en vez de jugársela él, si no se creyera permanentemente el salvador de su equipo… pero me sigue gustando, me sigue pareciendo un grandísimo base… aunque su equipo juegue infinitamente mejor con Calderón que con él.

No, lo de Mitchell va más allá, es como si de repente se le hubiera nublado la vista al llegar los playoffs, como si todo lo que antes era fácil ahora fuera difícil, como si temporada y post-temporada fuesen dos mundos distintos… que lo son, al fin y al cabo. Definitivamente tenía razón, la inexperiencia (la suya) iba a ser un gran problema.

¿Inexperiencia, digo? Inexperiencia, incluso, de la gerencia. ¿De quién fue la brillante idea de vestir a todos los aficionados de rojo en aquel primer partido, sin pararse a pensar que el equipo visitante podría presentarse uniformado de ese color, como de hecho así sucedió? Cualquier espectador no avisado habría pensado que aquella tenía que ser forzosamente la cancha de los Nets, que toda esa gente sería de los Nets… Es fantástico: aún no se había realizado el primer salto inicial y los Raptors ya habían comenzado a perder la serie.

Pero no deja de resultar muy curioso esto de la inexperiencia; los americanos para estas cosas son más simples que el mecanismo de un sacapuntas, más o menos. El único con experiencia en playoffs, decían, Nesterovic. Y ya está. Y se quedaban tan anchos. Claro, luego llega la serie y resulta que los dos mejores son un tal Anthony Parker y un tal Jose Calderón, y entonces se les abre una boca como la del túnel de Guadarrama, pero cómo es posible, pero estos chicos con lo inexpertos que son, pero cómo muestran esa presencia, esa actitud, ese carácter, ese saber estar…

Y es que para ellos el mundo empieza en la Isla de Ellis y termina en la de Alcatraz, poco más o menos. Aquí somos el Imperio y lo que ocurra en las Colonias de Ultramar me la trae al fresco, que colonias son al fin y al cabo… (alguien puntilloso me dirá que estos no son estadounidenses sino canadienses; cierto; pero en este caso, a efectos baloncestísticos, viene a ser lo mismo…). Claro, jugar unas cuantas finales de Euroliga, jugar unos cuantos playoffs de ACB, jugar y ganar un Mundial, todo eso son fruslerías, pachanguitas que no sirven para nada, sólo los playoffs NBA separan a los niños de los hombres…

¿Inexperiencia, dicen? Pregúntenselo a otro inexperto, pregunten a Garbajosa… Tal vez en Toronto empezaron a perder la eliminatoria desde mucho antes de empezar a jugarla. Concretamente desde aquella noche en la que a Jorge le dio por desparramarse sobre la pista, su tobillo al bies, su rictus doliente presagiando lo peor… No, claro, no tenía por qué ser tan grave, bastaba con mirar sus estadísticas, si tampoco son nada del otro mundo…

¿Nada del otro mundo? Mira que Jorge ya nos lo había avisado con cierto cabreo, cada vez que por aquí se repetía con desdén eso de… “… y Garbajosa, sólo 5 puntos y 4 rebotes, con 2 de 9 en tiros de campo, en 35 minutos de juego…”. Y mira que él nos lo decía, que su importancia en el juego iba mucho más allá de las meras estadísticas…

Aunque algunos por aquí sí que lo sospechábamos: los que creemos en las más-menos que regularmente publica esta página, los que sabemos que una estadística convencional no mide las faltas de ataque provocadas, ni las buenas defensas cuerpo a cuerpo, ni los bloqueos bien puestos para facilitar tiros cómodos, ni el estar siempre en el sitio justo en el momento adecuado, ni…

Y alguno por allí lo debía sospechar también… ¿no fue Colangelo (o fue Gherardini) el que, ya a principios de temporada, dijo que la importancia de Garbajosa iba mucho más allá de sus números, que Jorge era algo así como el glue, el pegamento que unía a aquel equipo, el que hacía que todo funcionara? Garbajosa es como esas cosas, objetos, circunstancias que todos tenemos en nuestra vida y que disfrutamos un día tras otro sin darnos cuenta, sin reparar jamás en ellas… hasta que nos faltan. Y sólo entonces, al echarlas de menos, es cuando caemos en la cuenta de su verdadera importancia…

Así que no abusemos de la crítica a Mitchell, porque la verdad es que el hombre tenía coartada. Y no una, sino varias. Miremos a Bargnani, por ejemplo, su apendicitis precisamente en el momento más inoportuno como suele ser habitual (y de esto Calde también le podría contar alguna historia), su reaparición tal vez precipitada, sus kilos de más… (lo resumió bien Daimiel: primero te pasas cinco días sin comer… y luego otros diez en los que continúas haciendo reposo pero ya puedes comer lo que te dé la gana). Sus partidos 5o y 6o ya fueron extraordinarios, ya era el Bargnani de siempre pero para llegar a eso le hicieron falta los cuatro partidos previos, de pretemporada, de precalentamiento, de poner el cuerpo a tono y la muñeca a punto…

Y luego el inolvidable quinto partido, primero a Ford le reaparecen todos sus fantasmas cervicales del pasado, más tarde el tobillo de Calde parece partirse en dos… No resultaba difícil imaginarse luego a Mitchell en la sala de prensa, cual si de un moderno Felipe II se tratara, yo no mandé a mis hombres a luchar contra los elementos… Ambos pudieron jugar el sexto (Calde es de goma, ya nos lo había advertido el comentarista invitado Sergio Rodríguez, nada más acabar el quinto); pero nunca sabremos cómo habrían salido las cosas si ambos hubieran afrontado en perfecto estado físico ese sexto partido.

¿Más coartadas para Mitchell? La principal se llama Chris Bosh. ¿Qué quedó de aquel jugador interior que sembró el pánico en las defensas rivales durante toda la temporada regular? ¿En qué momento pasó de ser un 4 (incluso un 5, a veces) a ser un 3, en qué momento se nos convirtió en un jugador exclusivamente exterior?

Aunque quizá no toda la culpa fuera suya. Quizá tuviera algo que ver el campo de minas que montaron los Nets en el interior de su zona, tiren ustedes lo que quieran desde ahí fuera, pero por aquí dentro no pasa ni dios… Quizás ese Jason Collins, probablemente el pívot más invisible de la historia del baloncesto mundial (junto con su hermano), merezca algún crédito después de todo, quizá nunca podremos entender por qué Micky Moore tardó tantos años en encontrar un hueco en la Liga defendiendo como defiende y metiéndolas como las mete…

Y quizá Bosh necesite madurar, sencillamente. Porque aquí sí que vale lo de la inexperiencia. Un solo año en Georgia Tech (y sin torneo final siquiera) y unos poquitos en Toronto (siempre sin playoffs) no suponen precisamente un gran bagaje en partidos de alta exigencia. Si eres un jugador cualquiera tal vez puedas sobrevivir, pero si encima te han colgado la etiqueta (bien ganada, y bien merecida) de jugador franquicia, pues tampoco es tan extraño que se te venga el mundo encima. Novatada pagada. Dentro de 12 meses ya debería ser otra la historia…

Y si Bosh se iba para afuera, ¿qué quedaba dentro? ¿Nesterovic? Tener a Nesterovic es como tener un tío en Alcalá, que ni es tío ni es ná. Al ex Makris encontrarse la zona convertida en campo de minas le trae al pairo, yo me dedico a mis tiritos de cuatro metros y no me pida usted que me meta ahí debajo porque es que me salen sarpullidos, hágame el favor…

No sé cómo se presentará el draft para los Raptors pero sí tengo claro cuál debería ser su prioridad absoluta: un pívot, un genuino cénter, de los de verdad, de los de toda la vida. Algunos habrá este año (Oden, Horford, muy probablemente Hibbert) pero no será fácil que ellos lleguen a tiempo de pillarlos… así que siempre les quedará echar una miradita hacia los agentes libres y otra hacia Europa, que conozco yo unos cuantos que tal vez les podrían hacer un apaño… Lo que sea, pero necesitan presencia interior. Como el comer.

De lo demás andan bastante bien servidos: Bosh, Bargnani (que sólo puede ser mejor cada año que pase) y un renacido Garbajosa les garantizarán calidad y presencia de fuera adentro, y Parker, Mo Pete (si continúa) y Dixon (si espabila) les darán aún más tiro exterior. Y por supuesto, si no cometen ninguna tontería podrán seguir presumiendo legítimamente de tener una de las mejores parejas de bases de la Liga. Tan buena que resulta terrible que uno de los dos no pueda ser siempre titular… sobre todo porque es el nuestro.

Sí, la calidad de Calde le permitiría salir de inicio en no menos de 15 ó 20 equipos de la actual Liga, equipos incluso de playoffs y con legítimas aspiraciones (ahora mismo estoy pensando en Cleveland; pero hay más), que no tienen ni siquiera un base que se pueda comparar ni de lejos a cualquiera de los dos de Toronto.

Y Calde, que nadie lo dude, sale reforzadísimo de estos playoffs. Si eres bueno en temporada regular, te lo valoran. Pero si te sales en playoffs te lo valoran diez veces más. Y él fue buenísimo durante toda la serie pero en aquel quinto partido, todo el liderazgo, toda la responsabilidad para él, ya fue sublime. Sí, vale, la cagó un poco en el sexto, en el último instante, en aquella aciaga última jugada… pero la cagada no fue sólo suya, que aquello (mal pensado, peor planteado) empezó en el banquillo, en el tiempo muerto… (¿qué decíamos al principio de la inexperiencia?).

El banquillo. Insisto, yo creo (desde la distancia, desde la ignorancia) que Mitchell tiene la puerta abierta, y que quizá no tarde en captar la sutil insinuación. En cualquier caso, se quede o se vaya, que se lleve la conciencia tranquila y que tenga claro que la inexperiencia, como la juventud, se cura con el tiempo. Hoy es un gran entrenador de temporada regular y un mal entrenador de playoffs. Lo primero no tiene por qué cambiar, lo segundo habrá cambiado antes incluso de que él se dé cuenta.

Pero que nadie se rasgue las vestiduras allá en el Estado de Ontario, que nadie se lamente por haber perdido siendo cabeza de serie, teniendo ventaja de campo, habiendo ganado su división. Si alguien les hubiese dicho esto el pasado verano, todos se habrían preguntado a dónde tenían que ir a firmar. Que piensen de dónde venían, que piensen quiénes eran en abril de 2006 y quiénes son ahora. Que piensen que, a poco bien que lo hagan, las cosas ya sólo pueden ir a mejor.

Y que piensen, además, que hay otros que están peor. Mucho peor. Y si no que miren hacia el sur.

Que miren hacia Florida, por ejemplo. Hacia esos Heat de Miami que han completado su temporada capicúa, primero humillación ante Chicago (42 abajo, en su propia casa, justo el primer día, justo cuando les entregaban los anillos), luego 81 partidos de altibajos constantes y para acabar nueva humillación ante Chicago, aplastados por 4-0… Demasiados problemas. El de Wade tendrá fácil solución, en unos meses estará de vuelta con el hombro como nuevo. Los otros serán más difíciles de resolver: no parece probable que Shaq rejuvenezca, no digamos ya que lo hagan Payton, Mourning, Walker, etc. Alguien tendrá que colgar el cartel de cerrado por reforma, y reinaugurar para el otoño un negocio que apenas deberá parecerse a ése que cerró sus puertas hace unos pocos días.

Y que miren, también, hacia Texas. Sobre todo hacia Texas.

Hacia Houston, por ejemplo. Van Gundy no es inexperto, sabe como ganar eliminatorias de playoffs, sabe incluso cómo jugar finales, pero su integrismo defensivo nunca terminará de jugarle malas pasadas. Es lo que tienen las obsesiones, que de tanto pensar en unas cosas te olvidas de otras. Te olvidas de ofrecer soluciones en ataque, te olvidas de dar confianza a tu niño mimado T-Mac (al que le va a costar quitarse la etiqueta de perdedor que están empezando a colgarle del cuello), te olvidas de alimentar adecuadamente al que más te debería solucionar la papeleta…

Te olvidas de Yao Ming. A mí me cae muy bien Yao (un tipo al que le preguntan “¿tú qué música americana sueles escuchar?” y contesta “el himno; lo escucho al menos 82 veces al año…” te tiene que caer bien, forzosamente), y me daba una pena tremenda verle recibir más palos que una estera, ver su inmensa figura desparramada en el suelo cada dos por tres, verle permanentemente enredado en la tela de araña tejida por el gran Sloan. Probablemente él, en su China natal, nunca imaginó que esto podría ser así. Probablemente nunca llegue a ser consciente de que está desprotegido, de que no está en el equipo adecuado, de que no tiene el entrenador adecuado. Algo debería cambiar a su alrededor, y debería hacerlo lo antes posible.

Y por supuesto, que miren a Dallas. Que miren a Mark Cuban, cuando dijo, hacia la mitad de la serie, aquello de “no me arrepiento de haber echado a Nelson porque él es un entrenador de equipos pequeños, no de equipos grandes…”. Madre mía, qué oportunidad tan bonita perdió de callarse…

Claro que a lo mejor cuando habla de equipos pequeños no se refiere a la importancia, sino a la estatura. Esta serie nos ha devuelto a aquellos Warriors, a aquel pequeño gran equipo de finales de los 80 y primeros de los 90, el del trío Hardaway-Mullin-Richmond que más tarde fue Hardaway-Mullin-Marciulienis (nunca supe cómo escribirlo), el que volvió locos a Karl Malone en 1989 y a David Robinson en 1991, el que al término de aquella mágica serie provocó aquel inolvidable grito de Trecet: “¡¡¡¡¡Nelson, eres un genio!!!!!”

Y enfrente su ex discípulo, su ex heredero, el que sin apenas transición pasó de Míster Bonobús a Entrenador del Año. Aquello que decíamos antes de Mitchell (hoy es un gran entrenador de temporada regular y un mal entrenador de playoffs) vale también, pero mucho más, para Avery Johnson.

Y por tercer año consecutivo. El primero, sí, vale, acababa de llegar, pagó la novatada, nada que objetar. El segundo pareció mejor pero ya fue peor, después del éxito de plantarte en la final, de ir ganándola 2-0, casi 3-0 que tras remontada imposible se convierte en 2-1… para acabar en 2-4. Y él sin apenas respuestas, con esa enorme cara de susto que ya no volveríamos a ver hasta diez meses después… Es decir, hasta ahora mismo, hasta esta serie con los Warriors que nos volvió a mostrar la viva imagen de su impotencia.

¿Y ya está? Pues no, porque cuando sucede una sorpresa de este calibre (y otra como ésta no la recordaban ni los más viejos del lugar) la tendencia es disparar hacia todo lo que se mueve. Si ya hemos acabado con el entrenador, vayamos ahora a por la estrella. Pongámosle también a éste el cartel de blando, el de no saber responder en los momentos culminantes…

¿Blando, Nowitzki? Que nos lo digan a nosotros, lo blando que es. Lo blando que fue cuando nos destrozó en el cruce de cuartos de Indianápolis 2002, cuando nos volvió a destrozar en la semifinal de Belgrado 2005 (y todo eso casi él solo, casi sin un equipo a su alrededor). Que le digan ahora a los mismísimos americanos lo blando que es, después de haberse hartado de verle echarse el equipo a la espalda año tras año, después de haberle visto ganar eliminatorias de playoff una tras otra, sin ir más lejos el pasado año hasta llegar a la final… Digan si quieren que está agotado, digan si quieren que está achacoso, si quieren digan que está en baja forma… Digan de Nowitzki lo que quieran pero por favor, no nos vengan ustedes ahora a hablar de blanduras ni de debilidades mentales, a estas alturas de la película.

Pero ya está bien de primera ronda. No nos extendamos más porque hoy ya todo esto, todas estas toronterías (o tonterías, sin más) ya no son más que historia. Hoy el presente ya nos habla de otras cosas, de Detroit aplastando a Chicago, de Cleveland aburriendo a New Jersey, de Utah pinchando (de momento) la burbuja de Golden State…

Y del gran duelo al sol, de ese Phoenix-San Antonio que huele a final anticipada, más que nunca. De momento 1-1, de momento un espectacular cara a cara… incluso en sentido literal, y si no que se lo digan a esos Parker y Nash estampando sus rostros hacia el final del primer partido: de repente parecía que al canadiense se le había partido en dos la nariz, de repente parecía no haber nada en el mundo capaz de cortarle la hemorragia, cientos de tiritas, vendas y parches pero allí no había manera, y mientras tanto él sentado en su banquillo, rodeado de manos azules, mirando impotente cómo sus Suns se deshacían sin él, cómo el primer punto se escapaba hacia El Álamo… Será una larga historia. Será, ya, otra historia.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

una tarde en el circo   1 comment

(publicado el 3 de mayo de 2007)

 

El pasado miércoles 2 de mayo dos afamados equipos estadounidenses disputaron en Madrid un desigual encuentro de baloncesto, del que probablemente no encontrarán ni siquiera una mínima reseña en ningún medio de comunicación. En cambio aquí, en rigurosa exclusiva, les ofrecemos la detallada crónica de todo lo acontecido en tan magno acontecimiento…

Mi infancia son recuerdos de un viejo televisor en blanco y negro, en el que muy de cuando en cuando aparecían unos fornidos caballeros de tez oscura y extraña indumentaria (intuíamos –o tal vez les habríamos visto los colores en alguna foto- que la camiseta sería azul y el pantalón rojiblanco, como si se tratara de la bandera de su país, como si fuera el Atlético de Madrid al revés); unos extraños tipos de extraño nombre (los Globe…quééééé… Qué sería eso, si casi no sabíamos ni pronunciarlo), que por algún extraño prodigio lograban realizar sobre una cancha de baloncesto todas aquellas cosas que ni en el mejor de nuestros sueños infantiles hubiésemos podido imaginar…

Éramos niños todavía, pero la edad de la inocencia se nos empezaba a quedar atrás. Ya nos habían dicho que la magia no existía, que los reyes (magos) eran los padres… Éramos todavía unos ingenuos, éramos ya unos descreídos. Todo a la vez, sin término medio. Cada aparición de estos tipos en televisión (en el único canal que entonces había) nos provocaba un encendido debate al día siguiente, en el recreo. Básicamente había dos posturas enfrentadas: la de aquellos que sostenían que jugaban en broma porque no había en todo el mundo equipo alguno que pudiera hacerles frente, y la de aquellos que afirmaban que no eran más que un bluff, pura mentira, puro espectáculo de risa para regocijo de niños y niñas pero no baloncesto. Si jugaran en serio, cualquier equipo de estos de aquí, el Madrid, el Barça, el que fuera, les aplastaría por más de 50 puntos…

Y además nunca faltaba el listo, el que siempre creía saberlo todo: “estos jugaban en la liga profesional de Estados Unidos, pero eran tan buenos que ningún otro equipo podía ganarles, así que se aburrieron, se cansaron de jugar allí y tuvieron que dedicarse a esto, a hacer exhibiciones, porque si jugaran en serio nadie les podría ganar, nunca…”. Pues vale. Quién sabe, a lo mejor era cierto. Y si no lo era daba igual, a ver quién era yo para discutirle al listo estas cosas…

Éramos así, no teníamos término medio. (En cualquier caso, convendrá recordar que todo esto sucedía en los años 70; hoy puede parecer ridículo pero por aquel entonces nuestro desconocimiento de todo lo que venía de USA era absoluto. Corría la extraña leyenda de que por allí existía una liga profesional de baloncesto pero jamás habíamos oído ni leído nada referente a ella, tal vez nos sonaba que había equipos universitarios porque habíamos visto a unos chicos de Carolina del Norte jugando aquí un par de Torneos de Navidad…)

Así que aparecían en mi televisor y yo por un lado entraba al trapo y disfrutaba del espectáculo, pero por el otro me iba aflorando la vena escéptica. Por aquel entonces nuestras calles se llenaban de carteles de ferias taurinas en los que siempre quedaba sitio para un espectáculo cómico, esa cosa que llamaban charlotadas: ¡¡¡El Bombero Torero y sus Enanitos Rejoneadores!!! Salvando las inmensas distancias entre aquella España cutre y la glamourosa USA que veíamos en las películas (la de verdad no la conocíamos, ni podíamos imaginarla siquiera), algo en mi interior empezaba a relacionar ambos espectáculos; algo me decía que todo aquello en realidad no tenía nada que ver con el mundo real (ni falta que le hacía).

Pero el tiempo pasa: diez años, veinte, treinta… lo reconozco: desde aquellos años 70 nunca, jamás volví a ver jugar a los Harlem Globetrotters, ni en directo, ni en diferido, ni en persona, ni en televisión… hasta hoy. Hoy es 2 de mayo de 2007 y mis pasos, de la mano de mi hijo, me encaminan hacia el Telefónica Madrid Arena; me llevan directamente a reencontrarme con mi infancia.

¿Qué vamos a ver? Mi hijo carece de referencias, exceptuando alguna cosa que yo ya le he contado. Pero aún así le surgen dudas: “¿es un partido de verdad, o sólo hacen mates y eso?” Le contesto: “es un partido de verdad, pero que lo hacen como si fuera de mentira… o un partido de mentira pero que lo hacen como si fuera de verdad, no sé…” (Noto que mi respuesta no le convence demasiado).

En cualquier caso aquí estamos, Casa de Campo arriba, recorriendo el trayecto del metro al Arena. A nuestro alrededor un público heterogéneo: predominan (predominamos) las familias con niños pero también abundan los grupos de chavales, clientes habituales de todo lo que suene a baloncesto USA que no dudan en vestir para la ocasión con las camisetas de sus ídolos, jugones de ayer y de hoy, Jordan, Kobe, Melo, Nash, Parker (Toni), Garnett… Todos, padres, abuelos, niños, jóvenes, se encaminan (nos encaminamos) a ver a los únicos, los inconfundibles, los irrepetibles Harlem Globetrotters…

¿Únicos? ¿Irrepetibles? De repente me asalta una duda. De repente se me vienen a la memoria los Platters, aquel legendario grupo musicovocal que cantaba aquello de Only Youuuu, y aquello otro de El Humo ciega tus ojos… De repente recuerdo que se decía de ellos que los Platters no eran un grupo sino varios, que podía haber hasta tres o cuatro grupos de presuntos Platters haciendo galas simultáneamente por diferentes partes del globo…

¿Dios mío, pasará lo mismo con los Globetrotters? ¿Tendrán varias franquicias repartidas por todo lo largo y ancho de este mundo? ¿Quién sabe si ahora mismo no habrá otros Globetrotters en Laos, Camboya y demás países de Extremo Oriente, si no habrá otros más por Eslovenia, Eslovaquia y demás países de Europa del Este, si no habrá unos terceros por Idaho, Montana y demás estados de la América más profunda…

Un rato más tarde mis dudas quedarán (aparentemente) resueltas. Pero no adelantemos acontecimientos. Ya nos hemos sentado, ya hemos hecho acopio de palomitas (todo dios ha hecho acopio de palomitas, todo aquello huele a palomitas), ya va a empezar el espectáculo, ya asoma… ¡¡¡¡¡¡Globie!!!!!!

Globie, no resulta difícil imaginarlo, es la mascota de los Globetrotters. Nada de particular: viste como el equipo (pero al revés, camiseta rojiblanca y pantalón azul), tiene por cabeza una bola del mundo (muy apropiado) y realiza sobre la pista todas las gracias, acrobacias y piruetas que se le presuponen a una mascota, y más incluso, haciendo las delicias de chicos y grandes (frase muy circense, muy socorrida y apropiada para la ocasión).

Y después de la mascota (imagino yo en mi tierna ingenuidad), ahora tendrían que salir las cheerleaders… Pues no. Ni aparecen ni aparecerán porque no existen, al parecer. ¿Por qué los Globetrotters no tienen cheerleaders comodiosmanda, como las tiene todo equipo americano que se precie?, me pregunto, sumido en el desencanto y la desazón… ¿Quizá porque su presencia no se considere políticamente correcta en un espectáculo de consumo mayoritariamente infantil? Pues vaya…

Así que en vez de cheerleaders los que allí aparecen son los New York Nationals. Los que van a perder, los que llevan toda la vida perdiendo, los comparsas (nunca mejor dicho), los pringaos (según mi hijo)… Ocho tipos que parecen haber sido escogidos en base a sus escasas aptitudes atléticas, a su poca pinta de profesionales de la canasta… pese a lo cual, el speaker que acompaña al espectáculo (y que tiene dificultades evidentes con nuestro idioma) los presenta a la usanza yanqui, es decir, casi como si le fuera la vida en ello: el dorsal en castellano (más o menos) y seguidamente, ya todo en inglés, los pies, las pulgadas, la universidad de procedencia, el nombre… Uno parece llamarse Rocco Luciano (o algo así), otro (incluso) Carlos Ruiz…

Viéndoles, no puedo evitar pensar que los New York Nationals son algo así como el último eslabón de la cadena evolutiva del jugador de baloncesto profesional. Me imagino a un par de tipos que hubieran coincidido en el equipo de cualquier universidad de medio pelo, y que unos cuantos años después se encontraran por la calle… “¿y tú dónde has jugado?” “ah, pues estuve en la CBA, la NBDL, la USBL, luego jugué un par de temporadas en la liga chipriota, un año en la liga boliviana, otro en la de las Islas Fidji, unos meses en la liga tailandesa… ¿y tú?” Y el otro, poniéndose rojo como un tomate (en el supuesto de que el color de su piel lo permitiera), “pues… yo he estado en los Nationals…”, a ver si diciéndolo así colaba, a ver si al otro le entraban dudas, y esos de qué liga son, me suenan pero no sé de qué… Pero no era probable, lo probable era que el de la liga chipriota terminase en el suelo, revolcándose de risa, descohonándose vivo ante el terrible destino laboral de su ex compañero… Sí, evidentemente hay trabajos mucho peores en el mundo; pero no me consta que los haya en el mundo del baloncesto.

Todo está ya preparado, ya sólo falta que aparezcan los verdaderos protagonistas de esta historia, todos clavamos nuestros ojos en la bocana (terrible palabro futbolero) del túnel de vestuarios… Retumba la música, y la megafonía (esta vez sí, en perfecto castellano), para ir creando ambiente, nos llena la cabeza de datos: resulta que éste no es un partido cualquiera, sino el partido 26.943 de la historia de los Harlem Globetrotters. Que se fundaron en 1926, que a lo largo de su historia han disputado 26.942 partidos (casualmente) por todo lo largo y ancho de este mundo, que hace 14 años entraron en el Salón de la Fama del baloncesto, que en esta gira europea visitarán 94 ciudades a lo largo de 9 semanas… Me pregunto si no habré entendido mal este último dato porque 9 por 7 son 63, con lo que tocarían a ciudad y media por día (eso sin contar con que en algunas ciudades, Madrid mismo, actúan dos días seguidos). Supongo que no habrá dicho eso… o tal vez sí, porque escucho por las filas de atrás a algún otro espectador que también ha debido hacer la cuenta y manifiesta el mismo estupor…

En cualquier caso es tal la exclusividad de la cifra que mis anteriores dudas parecen quedar disipadas, no hay duda, estamos ante los únicos e irrepetibles Globetrotters… que no deben haber descansado jamás a lo largo de su historia, ni en domingos y fiestas de guardar, ni en guerras mundiales, ni para ir al baño… Mentalmente hago una multiplicación (poniéndole ceros, porque si no no me apaño): 360 (días) por 80 (años) da un total de 28.800 días… vamos, que casi a partido diario han salido estas pobres criaturas a lo largo de su existencia…

Y digo yo que quién me mandará a mí complicarme la vida con estas cuentas, con estas cuitas, cuando aquí a lo que se viene es a disfrutar del espectáculo… Los Harlem Globetrotters ya están en la pista, aclamados por una multitud enfervorizada (ligera exageración) y siendo presentados por su espíquer yanqui. Aquí suenan universidades más conocidas (Illinois, De Paul, Baylor, Montana, Eastern Kentucky), suenan estaturas más pronunciadas, suenan apellidos desconocidos arropados por motes que nos son extrañamente familiares, Baby, Showtime, Big Easy, Big Step… Si hasta presentan a su entrenador (si, por extraño que resulte también tienen coach, también forma parte del show), un tal Clyde “The Glyde” Sinclair, nada menos…

A partir de este momento, señoras y señores, niños y niñas, distinguido público… ¡¡¡Comienza el espectáculo!!! Desde la mismísima rueda de calentamiento asistimos ya a toda clase de movimientos coreografiados, malabarismos múltiples, mates surtidos, acrobacias varias, triples de espaldas al aro desde medio campo (que siempre entran, lo deben tener ensayadísimo)…

El más pequeño parece ser (casualmente) el más habilidoso, un tipo extrañamente apellidado Christiansen (o algo así) y apodado Baby, un verdadero mago con el balón en sus manos, en su cabeza, en su espalda, en su culo, en… Y el que lleva la voz cantante es el número 32 (muy apropiado), apodado Showtime (aún más apropiado), otro fenómeno con y sin balón. Lleva la voz cantante literalmente, porque su camiseta incorpora un micrófono (no es el único) con el que dirige, coordina, habla con el público, bromea con todo dios, ridiculiza al (presunto) contrario, humilla al (aún más presunto) árbitro… Todo, absolutamente todo parece girar a su alrededor.

Si hasta grita ¡¡¡de-fense!!! ¡¡¡de-fense!!! cuando atacan (es un decir) los Nationals, como si aquello tuviera que ser defendido, como si alguien allí hubiera pensado alguna vez en defender… Nada nos pilla por sorpresa pero todo nos entretiene, todo es pura parodia, todo vale, cabriolas, malabarismos, coreografías (como el socorrido YMCA de Village People, poniéndonos a todos de pie al final del tercer cuarto), gamberradas al público (parte fundamental de su espectáculo… si hasta tiran agua a los que están en las primeras filas), ocurrencias varias, payasadas sin fin (por favor, que nadie vea nada peyorativo en este término, payasadas: hacer bien el payaso tiene un mérito extraordinario, y la verdad es que ellos lo hacen de maravilla).

Puro circo. Tal vez podría valer aquella analogía que hacía una vez Juan Luis Cano, el de Gomaespuma (pero convenientemente modificada, porque él se refería a otra cosa completamente distinta): tal vez los Harlem Globetrotters sean al baloncesto lo que Disneylandia es a la vida. Tal vez…

Mientras tanto, mi hijo se fija en cosas insospechadas. Por ejemplo, que en el marcador no llevan la cuenta de las faltas personales. Se lo explico, que las faltas son también de mentira, meros pretextos para montar falsas protestas y luego hacerse el loco cuando mira el árbitro, para reírse del de los Nationals cuando falla, para asustarle con un estornudo cuando va a tirar, para jugar con los números (si el árbitro dice dos tiros y el de la mesa dice dos tiros, pues está claro, dos más dos… ¡cuatro tiros!).

Pero mi hijo insiste en reparar en cosas raras, mira papá, el juego está parado y el reloj sigue corriendo… La verdad es que esto sí resulta curioso. Teóricamente se juegan cuatro cuartos de 10 minutos cada uno, pero resulta difícil discernir si son a reloj parado o a reloj corrido (con perdón). Se ve que ellos tienen sus pautas y lo detienen sólo cuando conviene al espectáculo, a veces parándolo y a veces dejándolo correr aunque el balón no esté en juego, aunque hayan sacado al centro de la pista a una niña para hacer rodar el balón sobre su dedo, aunque estén entretenidos jugando con el bolso de una espectadora (y luego, con la espectadora misma…)

Al final el espectáculo resulta más corto de lo que cabía esperar (o de lo que yo esperaba, al menos): hora y media escasa, todo incluido, la rueda de calentamiento, las parodias del comienzo, los cuatro cuartos, el descanso correspondiente… Supongo que lo tendrán estudiado, que pensarán que aquello no da más de sí, que hacerlo más largo sólo serviría para cansar al espectador… Y puede que no vayan descaminados, de hecho en los últimos minutos mi hijo ya da muestras evidentes de agotamiento, si hacen bromas todavía se fija pero si son sólo malabarismos y mates directamente desconecta, su cabeza ya está en otra cosa.

Bocina final. Se saludan los jugadores de ambos equipos (como si no viajaran juntos, como si no convivieran a diario), se despiden del público, el de la megafonía nos informa que los Harlem Globetrotters han jugado en Madrid los partidos 26.942 y 26.943 de su ya larga historia, y que a partir de este momento ya siempre estarán en nuestros corazones… ¿El resultado final? 86-54 (¿o fue 84-56?). Y por favor, no me obliguen a decir a favor de quién…

Aunque quizá no todo el mundo lo tuviera tan claro. Por detrás de mí todavía escucho a un joven espectador que no quiere dejar pasar la oportunidad de hacer una valoración trascendental; y todo serio, todo profundo, exclama “el partido se ha roto desde el principio”. Respiro aliviado tras escuchar semejante aportación. Me reconforta saber que nuestro futuro está en tan buenas manos, que la cantera de analistas está plenamente asegurada.

De camino a casa, le pregunto a mi hijo qué es lo que más le ha gustado. Sin titubear ni un segundo, contesta “cuando se burlaban del árbitro”. Sí, vale, no parece que el mensaje sea muy pedagógico que digamos… Pero al mismo tiempo también confiesa habérselo pasado muy bien (aunque esto era evidente, no hacía falta que él me lo dijera). Y ya está. Porque, al fin y al cabo, sólo de eso se trataba…

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, varios

adeu, Pere   Leave a comment

(publicado el 16 de abril de 2007)

 

“Hasta aquí hemos llegado. En todas las ocasiones, 1.200, les he dicho siempre hasta luego, nos vemos, hasta pronto… En esta ocasión les voy a decir adiós. Mi viaje a Ítaca ha acabado; ha sido un viaje largo, lleno de aventuras y lleno de emociones.

He tenido el privilegio de trabajar durante 33 años con los empleados de Televisión Española. Ha sido extraordinario, nunca pensé en llegar tan lejos ni recibir tanto. Soy rico en cariño. Ya lo decían Los Beatles en la canción The End, al final el amor que te llevas es el mismo que has dado. Yo lo he dado todo por esta camiseta, pero he recibido mucho, mucho más de lo que podía pensar cuando llegué a esta casa con 19 años.

Unos trabajadores que lo han hecho siempre lo mejor que han podido, y que no son responsables de la situación de la empresa. La lástima es que muchos de los que vinieron de fuera no creyeron en esta profesión. Espero que a partir de ahora el futuro sea muy optimista.

A partir de este 14 de abril se instala la república en mi vida. Mi tiempo se va a medir en ratos y en ratitos. Le haré señas desde la playa, en el Mediterráneo, al sol, para que esté seguro, cuando se vaya cada día a dormir, de haber visto el meu pais petit.

Fernando, Joan, Virtudes, Fe, Carlos, Diego, Jaime, todos los que estáis ahí detrás, ha sido un placer compartir con vosotros estos últimos minutos de mi carrera profesional. Estén seguros de que lo único que me ha movido ha sido la pasión por el deporte, por el baloncesto, por la televisión y por el periodismo.

Bueno, la vida continúa, el próximo sábado partidazo, Etosa-Real Madrid. Pero eso ya va a ser otra historia. Ana, Iván, Máider, Luna, gracias. Gracias a todos. Adiós”.

(Pedro Barthe, sábado 14 de abril de 2007)

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Esto en ningún caso debería ser un adiós. A lo sumo un hasta pronto, un hasta la vista; nunca un hasta siempre, nunca un hasta nunca, nunca un adiós. Nunca se debería decir adiós con tal solemnidad a alguien que apenas cuenta con 52 años de vida. Y aún menos cuando la causa de ese adiós es algo tan increíble y absurdo como una simple jubilación forzosa.

¿Jubilación forzosa? Evidentemente no soy yo quién para entrar en valoraciones económicas o empresariales (en realidad yo soy quién para muy poquitas cosas). Que ese esclerótico dinosaurio antediluviano que llamamos Televisión Española se encuentra anegado de deudas, empantanado hasta las cejas, es un hecho evidente. Como también lo es que algo había que hacer, que de alguna manera había que romper esa eterna dinámica del yo me endeudo, tú me lo pagas, como si el dinero público fuese un pozo sin fondo, como si no se pudiera emplear en otras cosas, como si no nos doliera a todos los ciudadanos.

Vale, sí, algo había que hacer, no sé si esto u otra cosa, no sé si se está haciendo bien o mal, ni lo sé ni me importa demasiado saberlo. No sé de números ni de tecnicismos. Sí que sé (tampoco demasiado) de personas, de vivencias, de situaciones humanas.

Sé, por ejemplo, que 52 es todavía una edad magnífica para trabajar. O quizá no lo sé pero lo sospecho: porque he conocido y conozco a numerosas personas de esa edad (y superior) que continúan desempeñando su trabajo a los 52 con la misma energía, capacidad y decisión (pero con mucha más experiencia) que cuando tenían 26. Empiezo a sospecharlo, incluso, porque ni siquiera a mí me quedan ya tantos años para alcanzar esa cifra.

Nadie que quiera seguir trabajando debería tener que dejar de hacerlo con sólo 52 años. Evidentemente un pocero, un fresador, una limpiadora o un anodino oficinista podrían ponerse como unas castañuelas si de repente se les apareciese un ser supremo que les permitiera marcharse a su casa a seguir cobrando lo mismo, sin tener que dar a cambio ni siquiera un palo al agua. Tal vez todos aquellos que durante varias horas al día dejamos de ser personas para convertirnos en meros recursos humanos hemos soñado con ello alguna vez…

Pero hay trabajos y trabajos. No, no digo que sean mejores o peores, no se trata de eso. En realidad la diferencia no está en lo duros que sean sino en lo feliz que te hagan. Probablemente no existe felicidad mayor que el conseguir ganarte bien la vida haciendo exactamente lo que más te gusta, justo aquello que siempre quisiste hacer. Algo tan elemental, tan simple, pero… ¿cuánta gente lo consigue? ¿cuánta gente trabaja en lo que siempre soñó que trabajaría, cuánta gente logra que su mayor afición sea también su principal ocupación? ¿un uno, un dos por ciento? ¿un diez por ciento, tal vez…? Los demás, el común de los mortales, simplemente llegamos, cumplimos, nos vamos, nos pagan… día tras día, mes tras mes, año tras año metidos en la misma rueda. El trabajo es nuestro mal necesario, el peaje que tenemos que pagar para poder tener una vida al otro lado de la puerta.

Yo no conozco a Pedro Barthe, ni le conoceré nunca. No sé cuál es su caso. No sé si es de los que trabajan para vivir, de los que viven para trabajar o de los privilegiados que ni siquiera necesitan establecer esta dicotomía entre vida y trabajo. No estoy seguro pero creo que no me equivocaré demasiado si le encuadro en este último grupo, el de aquellos que logran convertir en sinónimos los términos vocación, ocupación y diversión.

Sinónimos que en su caso hoy ya carecen de sentido, ya son sólo pasado, sólo vacío. Hoy Barthe ya no está en TVE. Prejubilación, precioso eufemismo para poner a alguien de patitas en la calle tras 33 años de servicios.

33 años… Es curioso, es como si hubiera conocido a muchísimos Barthes en todo este tiempo; tal vez él evolucionó como evolucioné yo, como evolucionamos todos, los de dentro del televisor y los de fuera. O quizá seré yo el que más he cambiado, seré yo el que ya no percibo las cosas como las percibía hace un cuarto de siglo…

Porque hoy puedo deshacerme en elogios pero en mi fuero interno sé que las cosas no fueron siempre así. Sé que hubo un tiempo, hace ya demasiados años, en el que Barthe sencillamente me exasperaba. Un tiempo en el que no soportaba su partidismo (o tal vez el partidismo era mío, y lo que no soportaba era que no coincidiera con el mío); un tiempo en el que se me llevaban los demonios ante su constante e incesante búsqueda de fantasmas, reales o imaginarios; un tiempo en el que me ponía de los nervios su visceralidad (o quizá nos habíamos acostumbrado hasta tal punto al verbo neutro de Quiroga que cualquier otro estilo, cualquier otro lenguaje, sencillamente nos rompía los esquemas). Un tiempo en el que incluso saludé el advenimiento de Trecet como una buena nueva, casi como una liberación. Aunque ahora, con la lejana mirada del tiempo, casi me dé vergüenza confesarlo…

Lo dicho: han sido tantos Barthes, tantos recuerdos buenos y malos, felices e infelices, bellos o amargos…

El Barthe que tantas veces enarboló su particular cruzada contra el todopoderoso enemigo yanqui, desde Los Ángeles 84 (los primeros Juegos que yo le recuerdo, aquellos en los que recogió sin él saberlo el testigo que Quiroga le entregaba) hasta Atenas 2004…

El que en aquellos años 80 de repente gritaba ¡¿Qué pasa?!, cuando pensaba que todos los errores arbitrales iban siempre en la misma dirección (¿o será que en aquella época era así, que todos los errores iban a parar al mismo lado?)…

El que padeció la final europea más infame que se recuerda, aquel terrible CAI-PAOK de Recopa en aquella cancha suiza repentinamente reconvertida en manicomio griego…

El que vio fantasmas de todas clases durante Barcelona 92 para luego terminar estallando de justa ira tras el angolazo, disparando contra Díaz-Miguel toda aquella lista de nombres que no estuvieron y que quizá sí debieron estar…

El que festejó como nadie el título europeo de la Penya en 1994 (que no pudo narrar, eran tiempos de Trecet), el que días después en Zona ACB (o como por aquel entonces se llamara aquello) reivindicaba a los cuatro vientos que nadie se equivoque, el equipo que gana la Liga Europea es el mejor equipo de Europa…

El que disfrutó como un enano con aquellas Copa y Liga de TDK Manresa, incluso con las Copas del Estu, con todos aquellos títulos que rompían la norma, que cuestionaban la jerarquía, que procedían directamente de la modestia…

El que tantas veces, en tantas y tan distintas canchas, se convirtió en pimpampum, en objeto de las iras de sujetos descerebrados incapaces de resolver de otra manera sus múltiples frustraciones…

El que un día tal vez aparecía enfadado, nosotros desde nuestro lado de la pantalla nunca sabríamos por qué, y lo demostraba narrando con un tono incomprensiblemente aséptico, limitándose a nombrar a los jugadores uno tras otro según tocaban el balón, sin entonación, sin énfasis ni comentario alguno, sólo nombres y marcador… El que una mañana consiguió narrar todo un partido del Barça sin mencionar ni una sola vez a su base titular, aquel serbio de afeitada cabeza que aquel día había decidido borrar su apellido de la camiseta para protestar así por el conflicto bélico de su ex Yugoslavia…

El que en el invierno y la primavera de 1999 se echó al monte cuando ya fue evidente que la ACB se iba para el Plus, el que disparó contra todo lo que se movía, contra todo aquello a lo que aún podía disparar sin que el tiro le rebotase…

El que aquel mes de julio nos cantó el nacimiento de la Generación de Oro de Lisboa, el que nos puso la cabeza mala en aquella final porque ganar era imposible, para acabar gozando como un niño cuando finalmente se hizo posible…

El que durante los cuatro años pluseros se nos perdió para la causa, el que recuperábamos en los veranos completamente desconectado de este deporte, como si el baloncesto ya no existiera de octubre a junio, como si ya no tuviera por qué saber quién era Kirilenko o quién Jasikevicius, como si ya no tuviera por qué acordarse de las cosas más elementales de este juego…

El que sin embargo en 2002, en pleno Mundial de Indianápolis, un día se marchó de excursión a Bloomington, simplemente para no dejar escapar la oportunidad única de conocer la mítica cancha de los míticos Hoosiers… El que días más tarde estalló en serena indignación ante el más infame arbitraje de los últimos tiempos, ante aquellos Pitsilkas y Mercedes de aquella final que debió ser argentina…

El que no pudo narrar ni estar en Japón 2006, el que desde su casa lo disfrutaría tanto como los demás pero al mismo tiempo lo sufriría más que nadie, tantas décadas contando citas fallidas para al final acabar perdiéndose precisamente la mejor, la más grande, la definitiva… Y el que semanas más tarde, desde la Supercopa de Málaga, no dudó en proclamar con voz quebrada su alegría, la suya y la de todos aquellos nombres que salieron de su boca, tantos y tantos nombres de TVE que antes o después también habían formado parte de la gran historia de la selección…

Y el de tantas canastas, tantos partidos pero también tantos programas suyos desde el plató, presentaciones de Estadio 2 o resúmenes nocturnos de jornadas olímpicas en los que jamás fue un mero busto parlante al uso, en los que siempre nos dejó ingenio, brillantez, esa deliciosa manera de contar las cosas… cuántas historias no habremos pasado juntos, él contándolas, nosotros viéndolas y escuchándolas al otro lado…

Y cómo no, el del Chócala, aquella imprescindible serie, nunca suficientemente repuesta, que de manera impecable nos contó los primeros cien años del baloncesto. Es muy fácil decirlo desde mi ignorancia pero sospecho que jamás televisión alguna habrá emprendido un proyecto semejante en torno a nuestro deporte, tengo la sensación de que no existirá en todo el orbe televisivo una serie que cuente la historia de nuestro juego con tal lujo de detalles, con tal profusión de imágenes, con tal despliegue de medios. Una superproducción que debería representar todo un orgullo en esa casa, que debería ser mucho más que unas simples cajas de las que sólo se acuerdan cada vez que toca sacudirles el polvo.

Tantos momentos olvidados, tantísimos momentos inolvidables… Nunca podremos determinar cuándo ni por qué, tal vez no fue algo radical sino un proceso paulatino pero un buen día de repente nos dimos cuenta de que algo debía haber cambiado. En él, en mí, en la sociedad entera… no lo sé, pero un buen día el vinagre se había convertido en sal, lo agrio había pasado a ser sabroso, lo visceral ya era sencillamente lúdico.

O quizá sencillamente nos dimos cuenta de que la calidad de un periodista no se mide por la coincidencia de sus opiniones con las nuestras. Podía estar de acuerdo con él o no (y ahora ya casi siempre lo estaba) pero llegó un día en que eso era lo de menos. Un día, de repente, ya no nos quedaba más alternativa a Barthe que el encefalograma plano, la pura alopecia cerebral. Había que escoger, y entre el barthismo y la calvicie yo jamás tuve la menor duda.

Porque Barthe tenía, aún hoy tiene, un defecto imperdonable, tanto más imperdonable cuanto más jerárquica sea la organización a la que perteneces: la capacidad de pensar por su cuenta. Esa cosa horrible, a menudo incompatible con la supervivencia laboral, que llaman personalidad. Durante tantos años de narraciones supimos que no se plegaba nunca ante ningún poder establecido; que prefería siempre decir lo que pensaba antes que pensar lo que decía, y ello incluso en tiempos o en lugares muy poco propicios para pensar y decir por cuenta propia. Y si así era en público, ante un micrófono, no resulta muy difícil pensar cómo debía ser en privado, ante esos jefes a los que probablemente nunca permitió sentirse cómodos.

Hasta ese día en que él también se convirtió en jefe. Ya todo sería distinto, lo percibíamos nosotros, probablemente lo soñaba él también… justo antes de descubrir que las cosas no cambian tan fácilmente, que cualquier jefe por el mero hecho de serlo no evita el tener otros jefes muy por encima de él. Y es bien sabido que a medida que aumenta la altitud aumenta también la presión. Algo, muy poco, le dejaron hacer, previo pago en sangre, sudor y lágrimas. Y cuando quiso hacer siquiera un poco más rápidamente le enseñaron la puerta, le mostraron el camino de regreso para que se fuera por donde había venido. Ni tiempo le dieron para acostumbrarse al sillón.

Y volvió al tajo, a la trinchera, a pie de pista, probablemente ignorando aún que afrontaba los últimos meses de su carrera profesional. Si un día lo amargo se había convertido en ácido, hoy ya teníamos el guiso en su punto justo de sazón: el mejor Barthe, el que parecía disfrutar como nunca, el de la ironía siempre a punto, el que tenía siempre la frase justa para cada ocasión, el contrapunto perfecto para la sapiencia de Creus o las gracias de Romay… después de tantos años de idas y venidas, de salidas y entradas, de apatías y dejaciones, éste año por fin teníamos un equipo fijo, un buen narrador que era el mismo cada semana, y a fe (nunca mejor dicho) que lo agradecíamos… Sí, era demasiado bonito como para ser verdad.

Hoy Barthe ya no está, ya no volveremos a escuchar su voz en directo… pero más de una vez nos sorprenderá escucharla en nuestro interior. Más de una vez alguien tirará a canasta, no tocará aro y oiremos una voz interior que dirá “¡agua!”. Alguna vez veremos una sucesión de golpes y caídas en el interior de la zona, veremos a los árbitros tragarse su silbato y esa misma voz interior dirá “sigan, sigan…”. O asistiremos por enésima vez a la ley de la compensación, y aquella voz nos recordará una vez más que “ya está, problema resuelto, a toda falta en ataque le sucede inmediatamente otra falta en ataque; y es que estas cosas, ya se sabe, son así”…

En 1984 la muerte se nos llevó a Quiroga. En 1999 se nos fue Trecet. Hoy nos dice adiós Barthe. Quizá, cada uno en su época, cada uno en su estilo, las tres voces televisivas que más me han acompañado a lo largo de mi vida, de tal manera que cada una de sus ausencias resulta ser casi como una amputación, como si me quitaran un trozo de mi pasado, de mi presente.

Ello agravado, además, porque los tiempos no están como para que nos arranquen de cuajo algo de lo mejor que tenemos. No nos sobran las gentes del baloncesto, no son tantos los profesionales que amen nuestro deporte, que trabajen en él y que además lo cuenten bien. Ya perdimos a muchos, abducidos para otros medios u otras causas, no necesitábamos perder también al principal, justo a aquél a quien más gente podría identificar con este juego maravilloso.

Y aún no ha acabado de irse y ya le estamos echando de menos, ya nos resulta difícil creer que no volveremos a oírle, ya nos planteamos si su playa y su mar le dejarán siquiera un hueco para contarnos cosas, para dejarnos sus impresiones en cualquier parte aunque tenga que ser a cambio de nada, por mero amor al arte para no poner en peligro esa extraña cosa llamada prejubilación. Hoy todos los aficionados al baloncesto nos sentimos un poco huérfanos, ojalá quede algún resquicio, alguna puerta entreabierta para que no nos quedemos huérfanos definitivamente.

Ojalá que te vaya bonito, Pedro. Adiós, hasta siempre. Y gracias, muchísimas gracias por todo.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

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(publicado el 5 de abril de 2007)

Primera señal. Domingo 4 de marzo: LaSexta anuncia a bombo y platillo la creación de un nuevo programa, de título sugestivo a la par que provocador: algo así como No me digas que no te gusta el fútbol, o Cómo sabes que no te gusta el fútbol, o A ver por qué leches no te gusta el fútbol, no sé…

Pues vale, pues me alegro. Nada de particular, es perfectamente comprensible que dicho canal, poseedor de los derechos de emisión de la Liga de Fútbol Profesional, nos meta fútbol hasta en la sopa, hasta la náusea. Es lógico y razonable que quiera rentabilizar su producto, de hecho es lo mismo que hacen casi todos los canales con casi todos los derechos que poseen en exclusiva.

Pero algo hay en ese anuncio que me toca la fibra sensible (si es que tengo yo eso), que se me clava como una punzada entre las costillas: los presentadores. La encantadora Cristina Villanueva, maravillosa periodista todoterreno, válida para informativos y para deportivos (y capaz de hacerlo igualmente bien en ambos ámbitos) pero de la que nunca podremos olvidar sus hondas raíces baloncesteras. Y a su lado Juanma López Iturriaga, leyenda de nuestro deporte reconvertido en crack de la comunicación, tipo locuaz y dicharachero donde los haya; nadie como él para que aparezcan unidos los conceptos baloncesto y diversión.

¿Rasgarme las vestiduras? No, a estas alturas de mi vida ya no hago yo esas cosas, si es que alguna vez las hice. Y tampoco me he caído de ningún guindo: Sé que Villanueva hacía información general en LaSexta como antes la hizo en TVE, sé que el baloncesto sólo se lo dejaron tocar durante la maravillosa fiesta de Japón 2006 (y algunos siempre recordaremos aquella lagrimita enjugada tras la final). Sé que Iturriaga ya presentó programas de fútbol en un pasado remoto (El Friqui, en TeleMadrid; ahora nos suena a otra cosa pero en aquel entonces friqui era un término futbolero, la castellanización de la expresión free kick, tiro libre), sé que incluso presentó programas de variedades o espacios más o menos inclasificables como aquel Inocente, Inocente…

Así pues… ¿Sorpresa? Ninguna. ¿Indignación? Tampoco, en absoluto, faltaría más. Pero sí pena, la inmensa pena de comprobar que casi siempre nos acabamos quedando sin lo mejor que tenemos.

Segunda señal. Sábado 10 de marzo: llegan las motos, producto deportivo estrella del Ente Público (tanto, que hasta parece que fuera el único que tienen) y para empezar se comen el previo de nuestro partido de ACB. Vale, nada grave, si sólo es el previo no pasa nada, faltaría más, si nos dejan íntegro el partido tampoco nos vamos a morir por no tener previo, al fin y al cabo todos tenemos que convivir, no pretendemos ser más que nadie (tampoco menos)… No, el disgusto no va por ahí.

El ”””””””disgusto”””””””” (entre muchas comillas) me viene al descubrir en pantalla una cara que me resulta muy familiar, una voz que me resulta aún más familiar: allí en medio, rodeado por todos sus comentaristas, al mando de todo el macro-operativo motero, está nada más y nada menos que Ernest Riveras.

No, Riveras nunca fue baloncestero en exclusiva, qué más hubiéramos querido nosotros. Riveras hizo ciclismo, atletismo, rugby, triatlón, todo lo que le pusieron por delante y en todo lo que hizo dejó su sello, su auténtica impronta de ser un pedazo de profesional, de esos que te cuentan todo lo que te tienen que contar y mucho más, de esos que te enseñan y además te entretienen, te informan y además te divierten; Riveras te hacía disfrutar del espectáculo, simplemente porque él era el primero que parecía estar disfrutando mientras lo contaba.

Pero Riveras además de todos esos deportes también estuvo un tiempo haciendo baloncesto en petit comité, para la recogida audiencia del circuito catalán de Televisión Española. Tan bien lo hizo que el año pasado le dieron la alternativa a nivel nacional. Y así de repente nos encontramos un pedazo de narrador donde menos lo esperábamos, un tipo que además nos confesó sin ningún reparo en una entrevistilla para Gigantes que le gustaban todos los deportes, pero que el baloncesto siempre había sido su deporte número uno.

Así que nos engolosinamos con él, y por eso al empezar esta temporada ya comenzamos a echarlo de menos; vale que no aparezca en ACB porque ahora hay un equipo titular que repite jornada tras jornada, pero en Euroliga, con cuatro partidos semanales… ¿dónde está Riveras?

Ahora ya lo sabemos. Y pensándolo fríamente es toda una señal de coherencia por parte del Ente. O de incoherencia coherente, si se prefiere. Si les vamos a obligar a ver las motos, al menos pongámosles a alguien que se lo cuente bien. Y ya está. ¿Otros deportes? ¿la Euroliga de qué…? ¿y eso a quién le importa? ¿y eso qué es?

Tercera señal. Sábado 24 de marzo: una vez fracasados mis vanos intentos por seguir las finales regionales de la NCAA por Internet decido aceptar la propuesta de mi hijo, deseoso de que me siente a su lado a ver el España-Dinamarca futbolero.

Sí, la primera parte está entretenidilla, tiene un pasar, pero la segunda se convierte en un ladrillo infumable. A los diez minutos mi hijo está dormido encima del sofá (y de mí), pero yo aguanto impertérrito al pie del cañón el asedio danés a la fortaleza numantina de Casillas (entre otras cosas, por no privar de almohada a la criatura). Al acabar, plenamente sumido en el tedio, tengo la sensación de que he perdido dos horas de mi vida. Me llevo al crío a la cama, empiezo a recoger… y de repente los ojos se me van al televisor, justo cuando el presidente del Real Madrid, Ramón Calderón, está aún en el palco atendiendo a las preguntas de una rubia entrevistadora que por alguna misteriosa razón me resulta muy familiar… ¿familiar? ¡Si es Fe López! Dios santo, ¿también a ésta nos la han quitado?

Nótese el pequeño detalle de que esto sucedía un sábado. Si hubiese sido un miércoles, pues vale, sí, la podrían haber mandado a hacer Euroliga pero como no la mandan nunca tampoco nos vamos a quejar ahora porque se la lleven a hacer fútbol, algo tendrá que hacer la criatura entre sábado y sábado… Pero es que esto era precisamente un sábado; sábado, como casi todos, de ACB, de Akasvayu-Tau sin Fe y con Virtudes, sólo Virtudes.

Está bien, no dramaticemos, no nos pongamos trágicos: al sábado siguiente nuestra Fe volvió al baloncesto… o eso nos pareció. Porque entre que el previo cada vez dura menos, que el postpartido (tras prórroga) ni siquiera existe y que el descanso se nos va entre publicidades varias y estupendas pizarras del Chichi… Pues vale, sí, volvemos a tener Fe pero no se sabe muy bien para qué. Aunque esa ya sería otra historia…

Cuarta (y definitiva) señal. Malos tiempos para la lírica baloncestística. Malos tiempos para todos aquellos que disfrutan contándonos historias acerca del deporte que aman, y que incluso hasta consiguen ganarse medianamente la vida con ello.

Ése era, hasta hace muy pocos días, el caso de Quique Peinado. Quique Peinado (aclaración superflua para quien ya lo conozca) era, es, debería seguir siendo, uno de los mejores periodistas de baloncesto aparecidos en este país en estos últimos años. Una cabeza privilegiada, un conocimiento enciclopédico y una muy amena manera de contárnoslo, gracias a todo lo cual nos ha dejado, desde las páginas de Gigantes, unos cuantos de los mejores reportajes que sobre este deporte se han escrito en estos últimos años. Añádase a ello su participación activa en una web de referencia en USA como es hoopshype.com, e incluso sus colaboraciones en una biblia del baloncesto yanqui como es Slam, y coincidiremos en que Peinado era algo así como la gran esperanza blanca de nuestro periodismo, del periodismo relativo a nuestro deporte.

Pero Peinado tiene que comer. Bien, a ser posible. A Peinado le gusta el baloncesto con locura (eso no hace falta que nos lo diga, eso se nota), pero ello no le impide ser consciente de que lo suyo no es un sacerdocio, sino una profesión. Y como tal, le asiste el mismo derecho que a cualquier otro profesional: el de ganarse las lentejas allá donde mejor se las paguen, donde más le quieran, donde mejor proyecto profesional (en todos los sentidos) le ofrezcan.

Evidentemente hablo, escribo, desde el desconocimiento absoluto. Sí, por supuesto que en Gigantes también se comerá, faltaría más, pero tampoco creo que haga falta ser un lince para suponer que los sueldos de esta casi artesanal revista nunca podrán competir, ni de lejos, con las monstruosidades que se deben estar pagando en (por ejemplo) una televisión privada, por muy incipiente que ésta sea, por muy poca audiencia que aún ésta tenga.

Entre otras cosas porque a uno, desde la distancia (desde la ignorancia) no le resulta difícil intuir que éstos no deben ser tiempos fáciles para la revista. Y ahora habrá quien diga, claro, por la crisis que asola nuestro deporte… Pues no. O no necesariamente. A ver si va a ser precisamente por todo lo contrario. A ver si va a ser por el sinnúmero de páginas web surgidas en los últimos tiempos para llenar el inmenso vacío de los grandes medios, esas páginas que, casi sin querer, están (¿estamos?) hiriendo de muerte a la única publicación semanal de baloncesto que sobrevive en nuestro país. Algunos románticos seguiremos acudiendo puntualmente al quiosco cada martes, así llueva o truene; seguiremos al pie del cañón pero los tiempos no son fáciles: no será fácil que las nuevas generaciones nos imiten, no será fácil que busquen en una revista lo que creen que ya les da Internet, no será fácil que los lectores vayamos en aumento.

Pero me he ido del tema, y el tema era que Quique Peinado deja Gigantes para irse a LaSexta, y precisamente a ese programa del que hablábamos al principio, ése Será posible que no te guste el fútbol o Estás tonto si no te gusta el fútbol o como demonios se llame. Nunca lo había visto pero este pasado domingo me di de bruces con él, en pleno zapeo pulsé el 6 y de repente se me apareció un tipo que daba la clasificación futbolística cual si del pronóstico del tiempo se tratara, con mapa y todo, parece que mejora la situación en San Sebastián, sigue el empeoramiento generalizado en Tarragona… (verdaderamente, la búsqueda de la originalidad televisiva alcanza cotas insospechadas); me quedé un rato, el suficiente para ver a los pobres Iturriaga y Villanueva luchar contra la impericia de alguien o contra la avería de algo porque allí los vídeos jamás entraban cuando tenían que entrar, casi siempre entraba el que no correspondía… Debí tener mala suerte, supongo que les pillé en un mal día.

Para allá va Peinado, no sé si delante o detrás de la cámara, y no han faltado las optimistas voces que nos dicen que sí, que hoy de momento va a hacer fútbol pero mañana quién sabe, tal vez si LaSexta da el Eurobasket, tal vez si algún día compra los derechos de la ACB… Tal vez. Pero el futuro, por definición, no existe. Sólo existe el presente, y ése es el que es. En palabras del propio Peinado (copiadas textualmente de su despedida en acb.com): Me paso al “otro” deporte porque en “el mío” no hay ningún hueco mínimamente interesante donde poder desarrollar, al menos de momento, mi carrera. Soy parte de una generación de periodistas de baloncesto que lo tiene muy difícil (y los que vienen detrás lo tienen peor) y por el momento me toca emigrar.

Y el resto ya sólo son sensaciones: la sensación de que miro el panorama informativo y sólo veo fútbol, fútbol los 365 días del año, fútbol para desayunar, comer, merendar y cenar, fútbol hasta en la sopa salpicado con unas cuantas gotas de coches y una pizca de motos para hacerlo más llevadero. ¿El resto? Al ciclismo le damos 20 días en julio, al atletismo una semanita en agosto, al baloncesto una quincena en septiembre, a los demás ni eso siquiera… Y que den gracias porque cada cuatro años les dejamos juntarse durante 15 días en alguna ciudad exótica, al abrigo de unos aros de colores, para que así cada uno tenga sus diez minutos de fama, más que suficientes para que dejen ya de incordiar hasta el siguiente año bisiesto por lo menos…

Y la sensación, vista desde fuera, de que el periodismo deportivo parecería tener castas, como si hubiera periodistas de primera (los del fútbol) y periodistas de segunda (los de otros deportes); y como si éstos estuvieran deseosos de ascender, aunque el deporte rey les dé cien patadas pero eso daría igual porque a determinados niveles los gustos ya no importan, importa la categoría profesional. El estatus que te da hacer fútbol, el sentirte parte importante y no uno de los parias de la redacción, el sentirte (incluso) bien pagado, no como esos pringadillos que serán minoritarios toda su vida sin ser capaces siquiera de subir en el escalafón… O a lo mejor no es así, a lo mejor todo esto no son más que tonterías, a lo mejor es que tengo el día pesimista. Ojalá.

Esto pretendió ser un artículo pero al final se me ha convertido casi en un valle de lágrimas, alrededor de la inmensa pena y del dolor profundo que nos dejan algunas ausencias, breves o definitivas. Empezamos hablando de algunas señales, cuatro creo que fueron, y en unos pocos días sucederá la quinta. Por si no tuviéramos ya bastante, en apenas unos días deberemos decir adiós a Pedro Barthe. Pero esa será otra historia (completamente distinta de las anteriores), y deberá ser contada en otra ocasión.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en medios, preHistoria

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