adeu, Pere   Leave a comment

(publicado el 16 de abril de 2007)

 

“Hasta aquí hemos llegado. En todas las ocasiones, 1.200, les he dicho siempre hasta luego, nos vemos, hasta pronto… En esta ocasión les voy a decir adiós. Mi viaje a Ítaca ha acabado; ha sido un viaje largo, lleno de aventuras y lleno de emociones.

He tenido el privilegio de trabajar durante 33 años con los empleados de Televisión Española. Ha sido extraordinario, nunca pensé en llegar tan lejos ni recibir tanto. Soy rico en cariño. Ya lo decían Los Beatles en la canción The End, al final el amor que te llevas es el mismo que has dado. Yo lo he dado todo por esta camiseta, pero he recibido mucho, mucho más de lo que podía pensar cuando llegué a esta casa con 19 años.

Unos trabajadores que lo han hecho siempre lo mejor que han podido, y que no son responsables de la situación de la empresa. La lástima es que muchos de los que vinieron de fuera no creyeron en esta profesión. Espero que a partir de ahora el futuro sea muy optimista.

A partir de este 14 de abril se instala la república en mi vida. Mi tiempo se va a medir en ratos y en ratitos. Le haré señas desde la playa, en el Mediterráneo, al sol, para que esté seguro, cuando se vaya cada día a dormir, de haber visto el meu pais petit.

Fernando, Joan, Virtudes, Fe, Carlos, Diego, Jaime, todos los que estáis ahí detrás, ha sido un placer compartir con vosotros estos últimos minutos de mi carrera profesional. Estén seguros de que lo único que me ha movido ha sido la pasión por el deporte, por el baloncesto, por la televisión y por el periodismo.

Bueno, la vida continúa, el próximo sábado partidazo, Etosa-Real Madrid. Pero eso ya va a ser otra historia. Ana, Iván, Máider, Luna, gracias. Gracias a todos. Adiós”.

(Pedro Barthe, sábado 14 de abril de 2007)

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Esto en ningún caso debería ser un adiós. A lo sumo un hasta pronto, un hasta la vista; nunca un hasta siempre, nunca un hasta nunca, nunca un adiós. Nunca se debería decir adiós con tal solemnidad a alguien que apenas cuenta con 52 años de vida. Y aún menos cuando la causa de ese adiós es algo tan increíble y absurdo como una simple jubilación forzosa.

¿Jubilación forzosa? Evidentemente no soy yo quién para entrar en valoraciones económicas o empresariales (en realidad yo soy quién para muy poquitas cosas). Que ese esclerótico dinosaurio antediluviano que llamamos Televisión Española se encuentra anegado de deudas, empantanado hasta las cejas, es un hecho evidente. Como también lo es que algo había que hacer, que de alguna manera había que romper esa eterna dinámica del yo me endeudo, tú me lo pagas, como si el dinero público fuese un pozo sin fondo, como si no se pudiera emplear en otras cosas, como si no nos doliera a todos los ciudadanos.

Vale, sí, algo había que hacer, no sé si esto u otra cosa, no sé si se está haciendo bien o mal, ni lo sé ni me importa demasiado saberlo. No sé de números ni de tecnicismos. Sí que sé (tampoco demasiado) de personas, de vivencias, de situaciones humanas.

Sé, por ejemplo, que 52 es todavía una edad magnífica para trabajar. O quizá no lo sé pero lo sospecho: porque he conocido y conozco a numerosas personas de esa edad (y superior) que continúan desempeñando su trabajo a los 52 con la misma energía, capacidad y decisión (pero con mucha más experiencia) que cuando tenían 26. Empiezo a sospecharlo, incluso, porque ni siquiera a mí me quedan ya tantos años para alcanzar esa cifra.

Nadie que quiera seguir trabajando debería tener que dejar de hacerlo con sólo 52 años. Evidentemente un pocero, un fresador, una limpiadora o un anodino oficinista podrían ponerse como unas castañuelas si de repente se les apareciese un ser supremo que les permitiera marcharse a su casa a seguir cobrando lo mismo, sin tener que dar a cambio ni siquiera un palo al agua. Tal vez todos aquellos que durante varias horas al día dejamos de ser personas para convertirnos en meros recursos humanos hemos soñado con ello alguna vez…

Pero hay trabajos y trabajos. No, no digo que sean mejores o peores, no se trata de eso. En realidad la diferencia no está en lo duros que sean sino en lo feliz que te hagan. Probablemente no existe felicidad mayor que el conseguir ganarte bien la vida haciendo exactamente lo que más te gusta, justo aquello que siempre quisiste hacer. Algo tan elemental, tan simple, pero… ¿cuánta gente lo consigue? ¿cuánta gente trabaja en lo que siempre soñó que trabajaría, cuánta gente logra que su mayor afición sea también su principal ocupación? ¿un uno, un dos por ciento? ¿un diez por ciento, tal vez…? Los demás, el común de los mortales, simplemente llegamos, cumplimos, nos vamos, nos pagan… día tras día, mes tras mes, año tras año metidos en la misma rueda. El trabajo es nuestro mal necesario, el peaje que tenemos que pagar para poder tener una vida al otro lado de la puerta.

Yo no conozco a Pedro Barthe, ni le conoceré nunca. No sé cuál es su caso. No sé si es de los que trabajan para vivir, de los que viven para trabajar o de los privilegiados que ni siquiera necesitan establecer esta dicotomía entre vida y trabajo. No estoy seguro pero creo que no me equivocaré demasiado si le encuadro en este último grupo, el de aquellos que logran convertir en sinónimos los términos vocación, ocupación y diversión.

Sinónimos que en su caso hoy ya carecen de sentido, ya son sólo pasado, sólo vacío. Hoy Barthe ya no está en TVE. Prejubilación, precioso eufemismo para poner a alguien de patitas en la calle tras 33 años de servicios.

33 años… Es curioso, es como si hubiera conocido a muchísimos Barthes en todo este tiempo; tal vez él evolucionó como evolucioné yo, como evolucionamos todos, los de dentro del televisor y los de fuera. O quizá seré yo el que más he cambiado, seré yo el que ya no percibo las cosas como las percibía hace un cuarto de siglo…

Porque hoy puedo deshacerme en elogios pero en mi fuero interno sé que las cosas no fueron siempre así. Sé que hubo un tiempo, hace ya demasiados años, en el que Barthe sencillamente me exasperaba. Un tiempo en el que no soportaba su partidismo (o tal vez el partidismo era mío, y lo que no soportaba era que no coincidiera con el mío); un tiempo en el que se me llevaban los demonios ante su constante e incesante búsqueda de fantasmas, reales o imaginarios; un tiempo en el que me ponía de los nervios su visceralidad (o quizá nos habíamos acostumbrado hasta tal punto al verbo neutro de Quiroga que cualquier otro estilo, cualquier otro lenguaje, sencillamente nos rompía los esquemas). Un tiempo en el que incluso saludé el advenimiento de Trecet como una buena nueva, casi como una liberación. Aunque ahora, con la lejana mirada del tiempo, casi me dé vergüenza confesarlo…

Lo dicho: han sido tantos Barthes, tantos recuerdos buenos y malos, felices e infelices, bellos o amargos…

El Barthe que tantas veces enarboló su particular cruzada contra el todopoderoso enemigo yanqui, desde Los Ángeles 84 (los primeros Juegos que yo le recuerdo, aquellos en los que recogió sin él saberlo el testigo que Quiroga le entregaba) hasta Atenas 2004…

El que en aquellos años 80 de repente gritaba ¡¿Qué pasa?!, cuando pensaba que todos los errores arbitrales iban siempre en la misma dirección (¿o será que en aquella época era así, que todos los errores iban a parar al mismo lado?)…

El que padeció la final europea más infame que se recuerda, aquel terrible CAI-PAOK de Recopa en aquella cancha suiza repentinamente reconvertida en manicomio griego…

El que vio fantasmas de todas clases durante Barcelona 92 para luego terminar estallando de justa ira tras el angolazo, disparando contra Díaz-Miguel toda aquella lista de nombres que no estuvieron y que quizá sí debieron estar…

El que festejó como nadie el título europeo de la Penya en 1994 (que no pudo narrar, eran tiempos de Trecet), el que días después en Zona ACB (o como por aquel entonces se llamara aquello) reivindicaba a los cuatro vientos que nadie se equivoque, el equipo que gana la Liga Europea es el mejor equipo de Europa…

El que disfrutó como un enano con aquellas Copa y Liga de TDK Manresa, incluso con las Copas del Estu, con todos aquellos títulos que rompían la norma, que cuestionaban la jerarquía, que procedían directamente de la modestia…

El que tantas veces, en tantas y tan distintas canchas, se convirtió en pimpampum, en objeto de las iras de sujetos descerebrados incapaces de resolver de otra manera sus múltiples frustraciones…

El que un día tal vez aparecía enfadado, nosotros desde nuestro lado de la pantalla nunca sabríamos por qué, y lo demostraba narrando con un tono incomprensiblemente aséptico, limitándose a nombrar a los jugadores uno tras otro según tocaban el balón, sin entonación, sin énfasis ni comentario alguno, sólo nombres y marcador… El que una mañana consiguió narrar todo un partido del Barça sin mencionar ni una sola vez a su base titular, aquel serbio de afeitada cabeza que aquel día había decidido borrar su apellido de la camiseta para protestar así por el conflicto bélico de su ex Yugoslavia…

El que en el invierno y la primavera de 1999 se echó al monte cuando ya fue evidente que la ACB se iba para el Plus, el que disparó contra todo lo que se movía, contra todo aquello a lo que aún podía disparar sin que el tiro le rebotase…

El que aquel mes de julio nos cantó el nacimiento de la Generación de Oro de Lisboa, el que nos puso la cabeza mala en aquella final porque ganar era imposible, para acabar gozando como un niño cuando finalmente se hizo posible…

El que durante los cuatro años pluseros se nos perdió para la causa, el que recuperábamos en los veranos completamente desconectado de este deporte, como si el baloncesto ya no existiera de octubre a junio, como si ya no tuviera por qué saber quién era Kirilenko o quién Jasikevicius, como si ya no tuviera por qué acordarse de las cosas más elementales de este juego…

El que sin embargo en 2002, en pleno Mundial de Indianápolis, un día se marchó de excursión a Bloomington, simplemente para no dejar escapar la oportunidad única de conocer la mítica cancha de los míticos Hoosiers… El que días más tarde estalló en serena indignación ante el más infame arbitraje de los últimos tiempos, ante aquellos Pitsilkas y Mercedes de aquella final que debió ser argentina…

El que no pudo narrar ni estar en Japón 2006, el que desde su casa lo disfrutaría tanto como los demás pero al mismo tiempo lo sufriría más que nadie, tantas décadas contando citas fallidas para al final acabar perdiéndose precisamente la mejor, la más grande, la definitiva… Y el que semanas más tarde, desde la Supercopa de Málaga, no dudó en proclamar con voz quebrada su alegría, la suya y la de todos aquellos nombres que salieron de su boca, tantos y tantos nombres de TVE que antes o después también habían formado parte de la gran historia de la selección…

Y el de tantas canastas, tantos partidos pero también tantos programas suyos desde el plató, presentaciones de Estadio 2 o resúmenes nocturnos de jornadas olímpicas en los que jamás fue un mero busto parlante al uso, en los que siempre nos dejó ingenio, brillantez, esa deliciosa manera de contar las cosas… cuántas historias no habremos pasado juntos, él contándolas, nosotros viéndolas y escuchándolas al otro lado…

Y cómo no, el del Chócala, aquella imprescindible serie, nunca suficientemente repuesta, que de manera impecable nos contó los primeros cien años del baloncesto. Es muy fácil decirlo desde mi ignorancia pero sospecho que jamás televisión alguna habrá emprendido un proyecto semejante en torno a nuestro deporte, tengo la sensación de que no existirá en todo el orbe televisivo una serie que cuente la historia de nuestro juego con tal lujo de detalles, con tal profusión de imágenes, con tal despliegue de medios. Una superproducción que debería representar todo un orgullo en esa casa, que debería ser mucho más que unas simples cajas de las que sólo se acuerdan cada vez que toca sacudirles el polvo.

Tantos momentos olvidados, tantísimos momentos inolvidables… Nunca podremos determinar cuándo ni por qué, tal vez no fue algo radical sino un proceso paulatino pero un buen día de repente nos dimos cuenta de que algo debía haber cambiado. En él, en mí, en la sociedad entera… no lo sé, pero un buen día el vinagre se había convertido en sal, lo agrio había pasado a ser sabroso, lo visceral ya era sencillamente lúdico.

O quizá sencillamente nos dimos cuenta de que la calidad de un periodista no se mide por la coincidencia de sus opiniones con las nuestras. Podía estar de acuerdo con él o no (y ahora ya casi siempre lo estaba) pero llegó un día en que eso era lo de menos. Un día, de repente, ya no nos quedaba más alternativa a Barthe que el encefalograma plano, la pura alopecia cerebral. Había que escoger, y entre el barthismo y la calvicie yo jamás tuve la menor duda.

Porque Barthe tenía, aún hoy tiene, un defecto imperdonable, tanto más imperdonable cuanto más jerárquica sea la organización a la que perteneces: la capacidad de pensar por su cuenta. Esa cosa horrible, a menudo incompatible con la supervivencia laboral, que llaman personalidad. Durante tantos años de narraciones supimos que no se plegaba nunca ante ningún poder establecido; que prefería siempre decir lo que pensaba antes que pensar lo que decía, y ello incluso en tiempos o en lugares muy poco propicios para pensar y decir por cuenta propia. Y si así era en público, ante un micrófono, no resulta muy difícil pensar cómo debía ser en privado, ante esos jefes a los que probablemente nunca permitió sentirse cómodos.

Hasta ese día en que él también se convirtió en jefe. Ya todo sería distinto, lo percibíamos nosotros, probablemente lo soñaba él también… justo antes de descubrir que las cosas no cambian tan fácilmente, que cualquier jefe por el mero hecho de serlo no evita el tener otros jefes muy por encima de él. Y es bien sabido que a medida que aumenta la altitud aumenta también la presión. Algo, muy poco, le dejaron hacer, previo pago en sangre, sudor y lágrimas. Y cuando quiso hacer siquiera un poco más rápidamente le enseñaron la puerta, le mostraron el camino de regreso para que se fuera por donde había venido. Ni tiempo le dieron para acostumbrarse al sillón.

Y volvió al tajo, a la trinchera, a pie de pista, probablemente ignorando aún que afrontaba los últimos meses de su carrera profesional. Si un día lo amargo se había convertido en ácido, hoy ya teníamos el guiso en su punto justo de sazón: el mejor Barthe, el que parecía disfrutar como nunca, el de la ironía siempre a punto, el que tenía siempre la frase justa para cada ocasión, el contrapunto perfecto para la sapiencia de Creus o las gracias de Romay… después de tantos años de idas y venidas, de salidas y entradas, de apatías y dejaciones, éste año por fin teníamos un equipo fijo, un buen narrador que era el mismo cada semana, y a fe (nunca mejor dicho) que lo agradecíamos… Sí, era demasiado bonito como para ser verdad.

Hoy Barthe ya no está, ya no volveremos a escuchar su voz en directo… pero más de una vez nos sorprenderá escucharla en nuestro interior. Más de una vez alguien tirará a canasta, no tocará aro y oiremos una voz interior que dirá “¡agua!”. Alguna vez veremos una sucesión de golpes y caídas en el interior de la zona, veremos a los árbitros tragarse su silbato y esa misma voz interior dirá “sigan, sigan…”. O asistiremos por enésima vez a la ley de la compensación, y aquella voz nos recordará una vez más que “ya está, problema resuelto, a toda falta en ataque le sucede inmediatamente otra falta en ataque; y es que estas cosas, ya se sabe, son así”…

En 1984 la muerte se nos llevó a Quiroga. En 1999 se nos fue Trecet. Hoy nos dice adiós Barthe. Quizá, cada uno en su época, cada uno en su estilo, las tres voces televisivas que más me han acompañado a lo largo de mi vida, de tal manera que cada una de sus ausencias resulta ser casi como una amputación, como si me quitaran un trozo de mi pasado, de mi presente.

Ello agravado, además, porque los tiempos no están como para que nos arranquen de cuajo algo de lo mejor que tenemos. No nos sobran las gentes del baloncesto, no son tantos los profesionales que amen nuestro deporte, que trabajen en él y que además lo cuenten bien. Ya perdimos a muchos, abducidos para otros medios u otras causas, no necesitábamos perder también al principal, justo a aquél a quien más gente podría identificar con este juego maravilloso.

Y aún no ha acabado de irse y ya le estamos echando de menos, ya nos resulta difícil creer que no volveremos a oírle, ya nos planteamos si su playa y su mar le dejarán siquiera un hueco para contarnos cosas, para dejarnos sus impresiones en cualquier parte aunque tenga que ser a cambio de nada, por mero amor al arte para no poner en peligro esa extraña cosa llamada prejubilación. Hoy todos los aficionados al baloncesto nos sentimos un poco huérfanos, ojalá quede algún resquicio, alguna puerta entreabierta para que no nos quedemos huérfanos definitivamente.

Ojalá que te vaya bonito, Pedro. Adiós, hasta siempre. Y gracias, muchísimas gracias por todo.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

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