cosas de Comas   1 comment

(publicado el 24 de febrero de 2007)

Siempre que he visto este año al Caja San Fernando (en las victorias y en las derrotas) me ha transmitido una sensación que no sé cómo explicar. Algo así como un equipo sin alma, sin espíritu, un equipo en el que los jugadores parecen desempeñar un papel meramente administrativo: llegan, hacen su trabajo y se van, sin que en ningún momento parezcan implicados en un proyecto común.

¿Por qué? ¿por su diversidad geográfica (y lingüística)? (no creo: hoy en cualquier equipo cada uno es de un sitio, y no por ello me transmiten esa misma sensación) ¿por su actitud en cancha casi siempre fría, aséptica, funcionarial? No sé.

Pero supongamos que estoy en lo cierto; Pongamos, aunque sólo sea para entendernos, que el Caja San Fernando es un equipo sin alma (y por favor, no me pidan que defina el término “alma”, porque no sabría como hacerlo). En ese supuesto, aquí tal vez nos encontremos con un problema añadido: juntar a un equipo sin alma con un entrenador que tiene demasiada…

Porque vamos a ver: ¿no habíamos quedado en que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de los entrenadores? Yo que siempre había creído fervientemente en esa máxima, y hoy de repente descubro que se trata de una verdad a medias…

Seguramente en todo el panorama nacional resulte difícil encontrar un técnico más arrollador, más volcánico, que Manel Comas. Sus broncas y arrebatos deberían ser más que suficientes para que sus criaturas saltaran a la cancha con la adrenalina en plena efervescencia, deseosos de comerse el mundo (o al menos, de comerse al rival de enfrente). ¿Por qué, entonces, ese aire lánguido, ese deambular cansino, ese cadencioso dejarse ir? ¿por qué, señor Comas?

Pues porque “mis jugadores son gilipollas”. Hombre, no, tampoco es eso. Puestos a ser descriptivo, seguro que usted con su verbo fácil podría encontrar un adjetivo mucho mejor: blandos, faltos de actitud, tal vez débiles de carácter, incluso poco profesionales (muy discutible; pero aceptable); pero ¿gilipollas?

Yo sé por experiencia que uno se queda muy desahogado tras utilizar ese término. El pecho se ensancha, los músculos se expanden, la lengua se libera… Probablemente llamar a alguien gilipollas sea muy beneficioso para la salud, más aún en un gremio tan castigado como el de los técnicos: es conveniente dar salida a lo que se lleva dentro; de lo contrario te lo guardas, te reprimes, te aguantas las ganas de llamar cualquier cosa a éste o aquél y así pasa luego, que de tanto tragarte una tras otra todo se queda en tu interior, con el riesgo de que luego acudan las anginas de pecho e incluso cosas peores…

Pero también sé por experiencia que uno se queda muy cabreado tras recibir ese calificativo. Si en realidad, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia (recién consultado para la ocasión), no significa más que gilí, tonto, lelo, términos que por sí solos tampoco parecen tan despectivos. Pero no sé, suena como a algo más, quizá sea la terminación pollas la que lo hace parecer tan terrible; del mismo modo que, por ejemplo, tontolculo siempre sonará más fuerte que tonto, a secas.

Así que, resumiendo: gilipollas; bueno para el que lo dice, malo para el que lo recibe. Pero digo yo: puestos a llamárselo a alguien, ¿no sería casi mejor llamárselo en su intimidad? Que a lo mejor también se ha hecho, no digo yo que no… Pues más a mi favor, porque entonces ¿qué necesidad hay de airear el calificativo públicamente? ¿Acaso es que si se lo dices a la cara no cogen la idea, y en cambio si se lo sueltas al mundo entero sí que captan el mensaje? ¿cómo era eso de que los trapos sucios había que lavarlos dónde?

Así que parecería que la gilipollez sería atributo más que suficiente para dejar escapar un partido… Pues tampoco. Necesario, al parecer, pero no suficiente. Hace falta algo más, por lo visto. Hace falta tener unos órganos genitales de tamaño ínfimo, especialmente en comparación con el tamaño desmersurado de los órganos del rival… Los de éstos, como el caballo de Esparteros; los míos, dos aceitunitas…

(Breve inciso histórico-geográfico, probablemente ya de sobra conocido: Esparteros fue un general, se ve que lo suficientemente importante como para que le pusieran una estatua; su caballo original no consta que fuera nada del otro mundo; el caballo de la estatua, en cambio, sí, más que nada porque al escultor se le fue un poco la mano en según que sitios; cualquiera que se pasee por Madrid, por el lugar donde se juntan –o se separan, depende desde donde se mire- las calles Alcalá y O’Donnell, podrá comprobarlo sin demasiada dificultad)

Así que no está mal el discurso: gilipollas, cojones… Y yo que no he podido evitar acordarme de Jorge Valdano (por extraño que resulte citarlo en baloncestero artículo), ex jugador y (no sé si ex) entrenador futbolero de verbo fácil, fluido, alambicado incluso, tan impropio de su gremio.

Pues eso, que contaba una vez don Jorge que un amigo siempre le aconsejaba que no utilizara tan a menudo, en sus discursos, en sus artículos, la palabra belleza, palabra muy mal vista y que no podía traerle más que problemas. “si por cada vez que dices ‘belleza’ dijeras dos veces ‘cojones’, te iría mucho mejor en la vida”. Tal vez sea cierto. Afortunadamente (para él), no parece que el señor Comas tenga este mismo problema.

Pero por si todo esto fuera poco, aún quedaba la guinda: NAF. ¿NAF? A ver, a ver, cómo es eso…

A, de atlético: de físico, no de rojiblanco; bueno, vale, hasta ahí estamos de acuerdo. Nada que objetar.

F, de fraudulento: pues depende; el que ficha a Demetrius Alexander ya debería saber lo que ficha. Ficha a un tipo tan bueno como disperso, de tanta calidad como poca intensidad. Si su clase y su físico fueran acompañados de más energía no estaría por aquí, sino ganándose la vida (probablemente saliendo desde el banquillo) en cualquier franquicia de su tierra natal. Algo que también he pensado siempre de, por ejemplo (y salvando las distancias) Tanoka Beard.

Pero en el caso de don Demetrio no es tanto que tenga partidos buenos y otros malos, partidos en los que está y otros en los que no está (ni se le espera), que también; es más bien que las lagunas aparecen y desaparecen en cada partido: hay ratos que no hace nada y ratos que lo hace todo; momentos en los que se mete y momentos en los que se ausenta. Y así ha sido, más o menos, siempre: en Sevilla, en Valladolid y (supongo) en Corea.

Así pues, ¿fraudulento? Dependerá de lo que aquél que le ficha considere como fraude; y de las ganas que tenga de dejarse defraudar.

Y finalmente, N, de negro: hombre, pues sí, es negro. De hecho es tan evidente el color de su piel que se ve a simple vista, por lo que parece casi innecesario mencionarlo. Pero entonces, ¿por qué lo menciona? Imaginemos que la indignación fuese con cualquier jugador suyo de cualquier otro color: pongamos que con Femmerling, por ejemplo. ¿Le llamaría BAF? ¿necesitaría citar su color blanco, o tal vez no le parecería una cualidad siquiera mínimamente significativa como para tener que mencionarla?

A no ser que la negritud se considere una característica íntimamente ligada a las otras dos, a saber, el atleticismo y la fraudulencia (perdón por el palabro). Y entonces, ¿qué concluiríamos? ¿se es fraudulento simplemente por ser negro? ¿sólo se puede ser fraudulento siendo negro? ¿un blanco atlético nunca podría ser un fraude? Nadie debería pensar este tipo de cosas, y aún mucho menos decirlas; aunque sólo fuese para no tener que acabar pidiendo disculpas después.

Pero yo bien sé que esto de jugar con las siglas es muy tentador: se siente uno muy ocurrente, muy creativo… pero hay que tener cuidado, porque lo mismo a uno se le va la mano y le salen cosas como SAM (Sujeto Antipático Maledicente), PEZ (Pequeño Entrenador Zumbado), BIC (Blanco Ingenioso Cabreado), POD (Pico de Oro Desquiciante), MAC (Motivador Atípico Cargante)… y aún podría añadir muchas más, la mayoría incluso más desafortunadas que éstas (por las que de antemano pido sinceras disculpas).

Tengo un profundo respeto por Manel Comas; un respeto que en muchísimas ocasiones ha sido más que eso, ha sido admiración: admiración por el joven y brillante técnico que ganó aquella histórica Korac con la Penya (ya ha pasado más de un cuarto de siglo), el que consiguió cosas impensables en Santa Coloma o Granollers, el que triunfó en Zaragoza, el que muchos años más tarde volvió a ganar otra competición europea (Recopa o Copa de Europa, según se la quisiera llamar) con el Baskonia. Admiración por el comentarista que durante varios años nos explicó como nadie el baloncesto en Antena 3 Radio, a la vera de García y Pesquera. Admiración que (habrá que decirlo todo) se me fue un poco al traste aquella noche de Korac en Cáceres en la que ordenó a su equipo dejarse ir, justo cuando estaba a punto de culminar una remontada histórica, porque seguir vivo en esa competición no podía más que perjudicar su lucha por la permanencia en ACB. Aquello nunca lo entendí. Pero lo respeto.

Y es que al final sólo se trata de eso, de respeto. Se puede ser irónico, mordaz, cáustico, incluso borde, pero sin perder la corrección. Y no, no se trata de ser políticamente correcto, de hecho yo jamás soy políticamente correcto (este artículo es un buen ejemplo de ello); se trata de ser correcto, sin más. Nuestro idioma es suficientemente rico en matices como para permitirnos decir lo que queramos de quien queramos sin tener que recurrir por ello al insulto o a la descalificación. Es tan rico incluso que hasta nos permite descalificar e insultar sin que apenas se note que lo estamos haciendo.

Manel Comas, nuestro entrañable sheriff (aunque yo prefiero llamarle Asterix, el mote que –creo- le puso Montes), es un personaje absolutamente imprescindible en nuestro baloncesto. Por experiencia, por conocimientos, por sabiduría; y por elocuencia: cada vez que abre la boca los medios de comunicación se abalanzan a escucharle porque saben que muy probablemente pillarán tajada, que les regalará al menos un titular; y eso en un deporte como el nuestro, tan necesitado de atención mediática, puede estar incluso bien… siempre que no se cruce la raya. Desahóguese cuanto guste, motive a sus chicos cuanto quiera, como quiera, incluso donde quiera, y de paso háganos reír; pero no olvide que hay unos límites. Apurar esos límites puede estar bien; sobrepasarlos, en cambio, puede ser muy peligroso.

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Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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