dulces dieciséis   Leave a comment

(publicado el 26 de mayo de 2007)

 

En contados momentos a lo largo de nuestra vida nos quedamos atónitos, alucinados ante la contemplación de un hecho realmente extraordinario. Pero aún más raro resulta que ese hecho luego llegue a convertirse en cotidiano, que acabamos integrándolo en nuestras vidas como si fuese lo más natural del mundo. Y no nos daremos cuenta pero será precisamente esa reiteración, esa cotidianeidad, la que lo haga ser aún mucho más extraordinario…

Tengo ante mí el número 108 de la revista norteamericana Slam…

[Antes de continuar, y dado que habrá lectores (¿habrá?) que no conocerán dicha publicación, hagamos una presentación breve: Slam es probablemente la mejor revista de baloncesto del mundo. Pero dicho así queda muy pretencioso (y el mundo es muy grande) así que rebajemos el tono: Slam es, con diferencia, la mejor revista de baloncesto que conozco. Una publicación que da gusto leer, que no se limita a pasar por encima de los temas sino que los trata en profundidad, con reportajes generalmente muy bien escritos (incluso demasiado bien; a veces mi limitado nivel de inglés se resiente de ello). Sus críticos dirán (y no les faltará razón) que comparte alguno de los males típicos del actual baloncesto USA, como dar preponderancia al mate sobre el fundamento, privilegiar la acción individual sobre el trabajo colectivo, poner el espectáculo por encima del juego mismo, establecer esa habitual identificación basket = hip-hop como si tuviesen que ser necesariamente la misma cosa… Pero insisto, todo ello no quita para que cada mes se nos ofrezca un magnífico producto, hecho con calidad, con mucho humor y sobre todo con pasión, con infinita pasión por este maravilloso juego]

Una vez hechas las presentaciones, volvamos al principio:

Tengo ante mí el número 108 de la revista Slam, correspondiente al mes de junio de 2007 (por alguna misteriosa razón que jamás alcanzaré a comprender, toda revista mensual que se precie nunca suele poner el mes real, sino el inmediato posterior). En portada la foto del gran trío de Phoenix, Stoudemire, Nash y Marion, nos anuncia el tema principal de este número. Y a su alrededor encontramos otros nombres, evidentes protagonistas de todo aquello que luego podremos encontrar en su interior: Kevin Garnett, Dwight Howard, Josh Howard, Chris Webber, Ricky Rubio…

¿¿¿ ¡¡¡ ¿¿¿ ¡¡¡ ¿¿¿ RICKY RUBIO ??? !!! ??? !!! ???

Pasado el primer estupor, una vez frotados convenientemente mis ojos, acudo raudo al interior de la publicación, a ver de qué se trata. Aún habiendo visto el nombre en portada algo me dice que aquello no puede ser para tanto, me imagino como mucho un breve, una pequeña reseña, una columnita si acaso…

Pues no: un pedazo de reportaje que abarca desde la página 80 a la 86 de la susodicha revista. En total cinco páginas (más dos de publicidad): las dos primeras ocupadas en su totalidad por una gran foto en la terraza de su casa de El Masnou, las otras tres rebosantes de buena literatura periodística. Escritas además no por un cualquiera sino por uno de los grandes nombres de la publicación (y por extensión, de todo el periodismo baloncestero yanqui), Lang Withaker. El cual no se limitó a redactar el tocho desde su despachito en Manhattan, sino que se cruzó el charco para poder contemplar en directo el fenómeno: estuvo en su casa con él y con su familia, le vio en vivo jugar (y perder) ante el Pamesa…

El título del reportaje no puede ser más explícito: “EL PRODIGIO” (así, tal cual, en castellano). Y debajo, ya en inglés, una breve y contundente entradilla, tan discutible (de momento) como impactante: “PODRÍA SER EL MEJOR JUGADOR DE BALONCESTO NO NBA DEL MUNDO; Y SÓLO TIENE 16 AÑOS”.

Me tomo la libertad de copiar aquí algunos pasajes de dicho reportaje (a los de Slam no les importará… más que nada porque no van a enterarse; y si se enteraran tampoco debería importarles, dado que cito la procedencia y dada sobre todo la publicidad gratuita que les estoy haciendo); pido disculpas de antemano por lo pedestre de la traducción:

************************************

(…) ¿Cómo describirías la forma en que Ricky Rubio juega al baloncesto? Esa es la pregunta del millón de dólares, pronto será la pregunta del multi-multi-millón de dólares. Has estado pensando en ello desde hace semanas, desde que viste a Ricky Rubio jugar un partido de temporada regular en la ACB, la mejor liga de baloncesto de España y probablemente la mejor de Europa. Ricky pasa como Jason Kidd, con una visión de juego que desafía a la lógica. Dribla como Steve Nash (…). Defiende como Gary Payton, liderando la ACB en recuperaciones por minuto. Tiene una envergadura considerable, sus manos alcanzan sus rodillas como las de Rajon Rondo. Está en 6-5 y recuerda a Rip Hamilton, pero juega de base y parece más alto, como Steve Smith. Cuando es necesario anota como Kobe, consiguiendo 51 puntos (junto con 24 rebotes, 12 asistencias y 7 robos) en un partido de campeonato del mundo el pasado verano.

¿Ya has oído bastante? Pues quédate con esto: Ricky Rubio es todo eso con sólo 16 años. (…) Así que ¿cómo describirías la forma en que Ricky Rubio juega al baloncesto? Un scout NBA vino a España recientemente y definió a Ricky como el próximo Pistol Pete, pero esa es una comparación casi exclusivamente física (…). Tú odias hacerlo con un chico tan joven (y más considerando que etiquetas como ésa tienden luego a quedarse caducas, para mejor o para peor), pero la mejor comparación en la que puedes pensar es Magic Johnson. Son grandes zapatos para llenar, por supuesto. Pero después de todo se trata de Ricky Rubio, el mejor jugador joven de baloncesto que has visto nunca.

(…) Porque ir a ver a Ricky Rubio no es tan fácil como piensas. Verle jugar es fácil, basta con comprar la entrada. Pero “verle”, eso ya es diferente. Su equipo, DKV Joventut, y sus padres, no quieren que sea acosado por los medios europeos, y dado que se acumulan las peticiones de entrevista le han silenciado con eficacia. Pero esto es SLAM, e incluso en España el significado de dar cinco amorosas páginas a alguien de 16 años no puede quedar de lado. Sólo una condición: puedes conversar con Ricky, y sacarle fotos, pero ¡no habrá entrevista! Todavía no. Se te ha dicho que este será el único reportaje en profundidad con el que Ricky coopere hasta que cumpla los 18, en octubre de 2008. (…).

(…) Aunque no puedes “entrevistar” a Ricky, sí puedes hablar con él. Puedes escucharle enumerar a sus jugadores NBA favoritos, LeBron, Iverson, Steve Nash. Puedes oírle sobre lo que necesita trabajar y sobre su deseo de mejorar el tiro en suspensión. Te habla sobre el reto de conseguir un título para el Joventut. Y lo más sorprendente, cuando se le pregunta por su movimiento NBA favorito, en lugar de elegir el crossover de DWade o la suspensión de Gilbert [Arenas], Ricky decide que le gusta cómo Nash encara el pick-and-roll por la izquierda, cómo tras el bloqueo sale driblando con su mano izquierda para crearse el espacio. (…)

(…) Después del partido, mientras bebes cava y tomas aceitunas rellenas de anchoa, intentas encontrar el sentido de todo esto. El Joventut acabó perdiendo, 73-64, y Ricky no anotó en 23 minutos, aunque completó con otros muchos números su cuadro de estadísticas. Piensas en lo que acabas de ver, cómo a veces un niño dominó el partido sin apenas tirar a canasta. Su suspensión puede dejar que desear y él resulta realmente demasiado altruista, pero estos aspectos de su juego seguramente mejorarán con el tiempo. En una era en la que muchos chicos son criticados por su escasez de fundamentos, he aquí un chico casi perfecto en lo básico. Dejas España completamente seguro de que Ricky podría jugar en la NBA hoy.

[Y el final del reportaje lo transcribo en versión original: por vaguería, sí, pero también porque estas frases tienen mucha más fuerza en inglés que la que tendrían si las tradujera]

It’s not every day you get to see the next big thing, but it’s even more rare that you get to see the next sure thing.

The thing is, you just saw the next sure thing. And his name is Ricky Rubio.

*************************************

Claro, la pregunta que ahora se estará haciendo cualquier (presunto) lector es: ¿a qué viene todo esto? ¿por qué nos cuenta este tío todo este rollo, del que por otra parte ya se ha hecho mención en otros medios de comunicación? Buena pregunta…

No sé, serán manías mías pero lo cierto es que llevo algún tiempo pensando que a Ricky Rubio lo hemos integrado en la normalidad. Y esto por una parte es bueno, muy bueno; pero por otra parte ya apenas tomamos conciencia de que estamos asistiendo, un día sí y el otro también, a algo grande. Muy grande.

Sabido es que Ricky ganó su primer título (aquella Lliga Catalana) con 14 años y 11 meses, de sobra conocido es que debutó en la ACB apenas dos semanas después, cuando aún le faltaban diez días para cumplir 15 años. Y sí, entonces todos nos echamos las manos a la cabeza, todos fuimos conscientes de que estábamos viviendo algo asombroso… Tan conscientes como escépticos, si está claro, si esto no son más que rarezas de Aíto, si ya sabemos que a este tío siempre le ha gustado llamar la atención…

Efectivamente, aquello fue asombroso pero lo que ha sucedido esta temporada es muchísimo más asombroso. Debutar debuta cualquiera, llega el entrenador, pone al chaval, le da bola ese partido, acaso un par de ellos más y luego si te he visto no me acuerdo… ¿Cuántos casos así no habremos conocido? ¿Cuántos juguetes rotos no se habrán quedado por el camino, niños precoces de los que luego nunca más se supo? Debutar con 14 años es algo grande. Pero seguir jugando de forma cotidiana con 15 años es algo aún más grande. Y convertirte en pieza fundamental de tu equipo con sólo 16 años es lo más grande de todo. Eso es lo verdaderamente impresionante.

Porque podemos jugar a las comparaciones, esas que dicen que son odiosas. ¿Cuántos casos así habremos conocido a lo largo de nuestra vida? Porque la mía ya va siendo larga, y yo francamente no recuerdo otro caso igual…

Y no, no vale que acudan a deportes individuales, que me cuenten que ha habido grandísimas gimnastas o nadadoras precoces, motociclistas campeones, tenistas portentosos/as… No. Hablemos de deportes de equipo. De nuestro baloncesto, por ejemplo, o del sacrosanto fútbol.

A ver, pensemos… A Juan Carlos Navarro le vimos por primera vez en ACB con 17 años (y fue un partido aislado), como a Sergio Rodríguez, como a tantos otros que todavía en edad junior aparecían y desaparecían del primer equipo pero que ya nos deslumbraban con su precocidad. Pero la inmensa mayoría ni siquiera llegó a eso, casi todas esas grandes estrellas de aquí y de allá por las que bebemos los vientos cada lunes y cada martes no conocieron el sabor del baloncesto de élite hasta los 19 años, tal vez 20, quizás más tarde incluso. Sí, sabemos que no es así en todas partes, que en Argentina, en países del Este, en la antigua Yugoslavia la precocidad está a la orden del día… Vale, pero ¿tanta? Sí, muchos debutan con 17 y son imprescindibles a los 18 (aquel inolvidable primer Sabonis, aquel Divac del Mundobasket 86), pero es que aquí de quien estamos hablando es de un chico que debutó con ¡¡¡14!!! y que ya es casi imprescindible a sus 16, a sus dulces dieciséis primaveras.

¿En fútbol? Cuando el madridista Raúl debutó y se convirtió en pieza importante de su equipo con sólo 17 años, aquello se nos presentó como si estuviésemos asistiendo a un acontecimiento de dimensiones planetarias. Es lo que tiene el fútbol, que todo lo magnifica, que alguno debuta con 18, le apodan “El Niño” y ya se queda con “El Niño” para el resto de su vida…

Pero que nadie quita mérito a Raúl ni a tantos otros, nadie discute que aquello fuera muy grande… Pero repito, eran 17 años, esa edad que en los deportes de equipo parece marcar un límite entre niñez y adultez, entre lo posible y lo imposible. Con 17 sí se dan casos: raros, infrecuentes, asombrosos… ¿Con menos? Con menos es casi imposible. Tal vez nos contaron que Maradona ya despuntaba en Primera con 16 años, tal vez nos dijeron que Drazen Petrovic ya destacaba a esa edad en su Sibenik natal, tal vez…

El mismo reportaje de Slam, más allá de su grandilocuente contenido, ya nos debería dar una pista. Creo haber tenido en mis manos todos los números de esta revista en los últimos siete años, y he visto unos cuantos reportajes sobre chicos de 17 ó 18… todos ellos nacidos y criados en los Estados Unidos; y tampoco han sido tantos, sólo los elegidos, Eddy Curry, LeBron, Telfair, Oden… chicos cursando su último o penúltimo año de high school, en los que ya se adivinaba el estrellato. Pero… ¿un reportaje de esta magnitud dedicado a un jugador en formación no norteamericano, a un niño al que en USA todavía le quedarían dos años para acabar el instituto? Nunca, jamás. Hasta ahora.

Y sin embargo, cuando nos sentamos a ver un partido de la Penya ya ni siquiera nos paramos a pensar en el hecho asombroso que estamos viviendo. Él se ha integrado en la rotación y nosotros (como ya dije antes) lo hemos integrado en la normalidad. Ya es uno más del equipo… lo que no significa que sea uno cualquiera, ni siquiera eso. Es tan importante como el que más, es ese jugador que estamos deseando ver aparecer en cancha porque nos dinamiza los partidos, porque nos convierte la defensa en espectáculo, porque esperamos que en cada momento suceda algo realmente grande. Nos encanta verle jugar sin apenas pensar en su edad, sin que ya ni siquiera reparemos en ese dato hasta que el comentarista de turno nos lo recuerda.

Cualquier otro chico joven (pero no tan joven) es una pieza más o menos accesoria de su equipo, alguien a quien el entrenador debería dar más oportunidades. Un día ese chico explota (maravilloso caso reciente de Claver, por ejemplo) y disfrutamos como enanos, y se nos hace la boca agua pensando en lo grande que puede llegar a ser. En cambio con Ricky ya no pensamos en lo que puede llegar a ser. Ricky ya es. Ricky no es pieza accesoria sino fundamental en el engranaje. A él que no le hablen de darle oportunidades, que eso ya forma parte del pasado; él, sin que apenas nos hayamos dado cuenta, ya es el protagonista de la historia.

Pensemos en nosotros mismos, en los dulces dieciséis de cada uno de nosotros. A alguno ya se nos van quedando demasiado lejos, otros los tendrán más recientes, tal vez habrá quien ni los tenga aún… Cursábamos el bachillerato o el BUP ó la ESO ó la FP o como demonios se llamara cada cosa en la época de cada uno. A menudo no teníamos más horizonte que el culo de esa tía que nos gustaba (o viceversa). Tal vez aún no teníamos ni remota idea de lo que íbamos a ser, de lo que haríamos con nuestras vidas. Nos movíamos por sensaciones, éramos puro impulso, apenas dejábamos espacio para la reflexión. Queríamos ser diferentes sin dejar de ser iguales, queríamos ser hombres sin dejar de ser niños. Nos pedían que madurásemos pero nosotros ya nos considerábamos maduros. Creíamos ser mucho más maduros de lo que éramos, pero éramos mucho más maduros de lo que creían los demás.

Sí, es difícil hablar de madurez con 16 años (cuántas veces no habré escrito ya esa cifra). Y sin embargo, no encuentro mejor concepto para definir a Ricky. Madurez evidente en la cancha, madurez también fuera de ella. O al menos eso parece desde lejos. Y no es nada fácil, no lo es para cualquier chaval de esa edad, aún menos lo será para alguien que está permanentemente en el objetivo, en medio de los focos. Hace falta tener la cabeza muy bien amueblada. Pero hace falta, también, tener la gente adecuada alrededor.

Últimamente hemos escuchado alguna opinión ligeramente crítica acerca de la forma en la que el Joventut y la Familia Rubio están llevando este asunto. Se argumenta que el baloncesto español y por extensión el europeo están muy necesitados de estrellas, que una de las grandes diferencias entre nuestro baloncesto y el de América está en el culto que allí profesan a sus ídolos. Y se argumenta que en ese estado de cosas no resulta justo para nuestro deporte privarle de referencias, privarle de la constante presencia en los medios de una de sus estrellas más emergentes.

Puedo estar de acuerdo en el fondo de la cuestión, probablemente es muy cierto que los americanos nos llevan años de ventaja en el arte de crear ídolos, de hacer que el público se identifique con ellos, de convertirlos en el mejor vehículo posible para vender este producto. Potenciemos nuestras estrellas, pues. Estamos de acuerdo, tenemos grandes figuras, jugadores consolidados nacionales y de importación, intentemos sacarles el mayor partido mediático posible.

Pero no perdamos la perspectiva, no abrumemos a un adolescente con reportajes grandilocuentes, no le llenemos la cabeza de pájaros, no creemos aún más ruido a su alrededor porque ya bastante ruido vendrá por sí solo. Entiendo que los medios sean críticos, están en su papel, tienen que vender. Pero yo, en el papel de mero aficionado, no lo seré. En absoluto. Creo que aquellos que le rodean lo están haciendo de cine. Que están haciendo sencillamente lo que tienen que hacer.

Nadie sabe a ciencia cierta lo que le deparará el futuro. El futuro es esa cosa que, o bien puedes limitarte a esperar que llegue, o bien puedes irlo construyendo paso a paso, día a día. Ricky, como tantos otros, pertenece a esta segunda categoría.

Pero ese futuro a día de hoy no existe, por definición. Existe el presente, existen los recuerdos de un pasado, el que nos permite poner las fechas en perspectiva. Pensar, por ejemplo que Ricky aún no había cumplido dos años de edad cuando nos sobrevino el angolazo de Barcelona’92, que aún no había cumplido cuatro años cuando se nos vino encima el chinazo del Mundobasket 94. Que tenía ocho años cuando la selección volvió al podio en el Eurobasket de París, que seguía teniendo esos mismos ocho años cuando nuestros Juniors de Oro nos hicieron soñar en Lisboa. Hoy varios de ellos son campeones del mundo y estrellas consagradas, pero aún así nos gusta pensar que aún son muy jóvenes, que aún les quedan muchos años de muy buen baloncesto. Y sin embargo aquella generación le lleva a Ricky diez, en algún caso incluso once años de diferencia.

Así que no hablemos de futuro. Esperemos con impaciencia lo que vendrá, pero mientras tanto vivamos el presente, disfrutémoslo, tomemos conciencia de él. Pensemos en aquella primera vez que le vimos jugar (y ganar, e impresionar), a sus ¿13 años?, en aquella primera Minicopa de Sevilla (nunca agradeceré suficientemente a Localia que le diera por televisar aquellos partidos… y nunca me arrepentiré lo bastante de no haberlos conservado en vídeo). Y pensemos, sobre todo, en lo que vemos ahora, tomemos conciencia de ese hecho extraordinario que hemos disfrutado cada vez que, en ACB, en Euroliga, nos hemos sentado en nuestro sofá para ver un partido de la Penya.

Y no caigamos en la rutina, no dejemos que nuestros ojos se acostumbren, no perdamos la capacidad de asombrarnos cada día. Al menos para que recordemos siempre que hubo un tiempo, allá por 2006 ó 2007, en el que tuvimos el placer de disfrutar del maravilloso juego de un chaval de apenas dieciséis años que se llamaba, que se seguirá llamando, Ricky Rubio.

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Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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