el baloncesto según San Antonio   2 comments

(publicado el 9 de junio de 2007)

A veces los tópicos, aún siendo ciertos, no nos dejan ver toda la realidad. Nos quedamos con la apariencia, con la cáscara, con lo que se ve desde fuera. Y no somos capaces de ir más allá, de penetrar hasta esa otra realidad que se oculta en su interior.

Durante años nos hemos quedado con la copla. Hemos mirado en repetidas ocasiones a los Spurs de San Antonio, pero no hemos sido capaces de ver más allá de las apariencias: catenaccio, cemento, estopa, feísmo, espesura…

Desmontemos tópicos: tal vez los Spurs sean eso. Pero son, también, mucho más que eso. Tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA.

No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio (salvo, tal vez, Phoenix; salvo también, en algún momento muy puntual de la temporada, y por extraño que parezca, Toronto). Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto.

Y sin embargo todos nosotros, a menudo, nos sentamos a ver a los Spurs envueltos en prejuicios: baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. Tan capaces de jugar a 70 puntos como de aguantarle el ritmo a Phoenix y jugar a 120; tan capaces de ganar, en ambos casos. Una verdadera fiesta para los sentidos siempre y cuando éstos estén desprejuiciados, predispuestos a apreciar en su justa medida todo aquello que tienen ante sí.

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética.

En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Bowen, Barry, Popovich, Carlesimo… Media carrera llevan juntos, toda una vida…

Sigamos desprejuiciándonos: Greg Popovich. Dicen que más vale caer en gracia que ser gracioso, pero él carece por completo de ambas gracias. Quién sabe, quizá sea un tío majísimo en las distancias cortas, pero que realmente lo disimula muy bien en las distancias largas. Ese gesto siempre adusto (su rostro plagado de huellas de lejanas erupciones, sus pelos de punta), esa actitud permanentemente agria, ese carácter eternamente desagradable… Y no son sólo imaginaciones mías, que periodistas e incluso ex seleccionadores nuestros pueden dar buena cuenta de ello, hasta nosotros mismos podemos dar fe con sólo haber visto aquellas temibles broncas públicas que más de una vez (y de dos, y de tres) le vimos echar a Parker o a Ginóbili (a ellos dos sobre todo, curiosamente) en aquellos lejanos primeros tiempos…

Para empezar Popovich no entró con buen pie. Como Jefe de Operaciones de los Spurs le faltó el tiempo para cargarse a Bob Hill, como si éste fuera el culpable de aquella mala racha de resultados motivada única y exclusivamente por una muy grave lesión de David Robinson. E inmediatamente anunció que ya tenía el sustituto perfecto, el candidato ideal para el puesto: él mismo, con su propio mecanismo. Quítate tú pa ponerme yo, diríamos…

Y más tarde nos contaron todo aquello que su aspecto jamás podría desmentir: su pasado militar, su especialización en estudios soviéticos, nada menos. Y en aquellos primeros tiempos nos vendieron también (y nosotros lo compramos de inmediato) su desconfianza hacia todo aquel jugador no nacido ni criado en los Estados Unidos, nos contaron aquella filosofía sanantoniana de cómo vamos a fichar a éste, un base extranjero e inexperto con Popovich no jugaría jamás en la vida…

Tal vez lo que nos vendieron no fuera cierto; o quizá sí lo fuera, y lo que sucedió fue que algún mecanismo de su cerebro cambió (para bien) en un momento determinado. Lo cierto es que pocos meses después los Spurs habían elegido en el draft a un maravilloso base francés de 19 años, sin experiencia universitaria y con escasa experiencia profesional, tan sobrado de talento como propenso al individualismo. Y que apenas nos había dado tiempo a recuperarnos de esa impresión cuando nos encontramos con otra aún mayor: aquel base jugón, extranjero e inexperto no sólo jugaba, es que incluso era titular, era el base de Popovich desde aquel primer partido, desde aquel día hasta el día de hoy. Cuando pocos años más tarde vimos cómo coincidían a menudo en cancha el propio Parker, Ginóbili, Turkoglu, Duncan y Nesterovic, todo un quinteto nacido a muchos miles de kilómetros de los confines del Imperio, entonces supimos que algo definitivamente había cambiado. O tal vez no, o tal vez siempre fue así.

No, el tipo definitivamente no es simpático, pero a estas alturas debería estar fuera de toda duda su capacidad, su calidad. Es muy socorrido siempre recurrir al manido argumento de claro, ya podrá, si es que teniendo a quien tiene… Como si bastara con tener los materiales, como si no hiciera falta además saberlos utilizar. Como si las cosas sucedieran por casualidad, como si el mero hecho de tener unos cuantos buenos jugadores ya garantizara el éxito. Hemos conocido demasiados casos justo al contrario, demasiadas plantillas maravillosas que jamás fueron capaces de convertirse en equipo, como para que en ésta no seamos capaces de apreciar la diferencia.

Además tiene la dosis justa de humildad para no atribuirse más méritos que aquellos que estrictamente le corresponden. Cuentan las crónicas que, estando de viaje allende los mares, un periodista local le preguntó cuál era su secreto, su mejor virtud, su mayor cualidad como entrenador. Y cuentan que Popovich contestó a aquella pregunta con tan solo dos palabras: Tim Duncan.

Y es que en esta vida también es muy necesario tener suerte. La suerte es como las meigas: yo no creo en la suerte… pero haberla, hayla. La suerte de los campeones, le llaman. Veamos:

Probablemente en las últimas dos décadas los San Antonio Spurs sólo hayan tenido una temporada verdaderamente mala, sólo un año en el que no olieron ni de lejos los playoffs. Fue la ya mentada temporada 1996/97, la de la lesión de Robinson, la del absurdo cese de Hill, la del autonombramiento de Popovich…

Probablemente en las últimas dos décadas el draft no haya ofrecido un jugador tan formado, tan completo, tan determinante como aquel Tim Duncan de 1997. No, no me hablen de Shaquilles ni Lebrones, jugadores que también fueron número uno y que asimismo marcaron/marcarán una época… pero que el día del draft no eran ni de lejos lo que luego fueron, lo que son o serán. Llevaban ya el merecido cartel de jugadores franquicia por su calidad, su potencial o su imponente físico, pero eran aún proyectos, jugadores a medio hacer. Duncan no. Duncan, tras sus cuatro años bien aprovechados en Wake Forest, reunía ya las condiciones para ser determinante desde la primera semana, desde el primer día. Como así fue.

Sí, claro, ya es suerte que el único año que juegas a la lotería sea también precisamente el único año en que se sortea el premio gordo, ya ves tú qué casualidad… Pero es que con eso no basta, es que además te tiene que tocar y eso es aún más difícil, sobre todo teniendo en cuenta que hay unos cuantos que llevan muchas más papeletas que tú… La historia de aquella primavera de 1997 es bastante parecida a esa otra que hemos vivido este mismo año: franquicias perdiendo ansiosamente partido tras partido para así tener más bolas en el bombo, públicos enteros relamiéndose de gusto ante sus propias derrotas, ante lo que éstas les podrían ofrecer a cambio… Sin ir más lejos, en las gradas del Garden bostoniano (siempre los Celtics en medio de estas tristes historias) no era raro encontrar aficionados luciendo pancartas que ya daban la bienvenida a Duncan, como si las probabilidades fuesen tantas que ya no cupiese ninguna otra posibilidad… Hubiese sido lindo un Duncan céltico pero Tim jamás vistió de verde, sino de negro y plata. Sucedió lo muy improbable, lo casi imposible, sucedió que a los Spurs se les apareció la virgen, se les aparecieron todas las (islas) vírgenes juntas… y el resto es historia.

Tener a Duncan explica muchas cosas, pero no explica necesariamente todas las cosas. Con Duncan sabes que tienes una presencia imponente atrás y una calidad incomparable adelante, tienes un jugador que es cuatro y cinco a la vez (y a veces, incluso las dos cosas al mismo tiempo), tienes un acierto incomparable, un juego de pies portentoso (el mismo que ya nos fascinó en sus lejanos tiempos de Wake Forest, cuando le imaginábamos como una especie de sucesor de Olajuwon), tienes una garantía de seriedad, de responsabilidad, de que jamás se meterá en más líos que aquellos en los que le metan los demás… Con Duncan tienes, sobre todo, la garantía de un genuino y eterno MVP, aunque ya ni siquiera nos acordemos de él a la hora de hacer las quinielas al premio de cada año.

Y tienes la garantía de que siempre será el centro de atención de cualquier sistema defensivo rival: unos sobremarcarán, otros ayudarán (cuando ponga el balón en el suelo, decía Divac), otros estarán a otra cosa pero aún así no le perderán de vista con el rabillo del ojo, no vaya a ser que al final tengan que acudir también ahí dentro a echar una mano… En otras franquicias, qué duda cabe, esto sería un gran problema. En San Antonio no. Ellos no son el típico equipo de un solo jugador. Ellos son, simplemente, un Equipo. Nada más (y nada menos) que eso.

Y es que San Antonio, ya quedó dicho, te mata de mil maneras diferentes. Te mata Longorio Parker penetrando cual cuchillo en mantequilla, siempre más dañino dentro que fuera, entrando que tirando. Te mata Manu Ginóbili, mi debilidad, el jugador total, el que por sí solo merecería capítulo aparte (y algún día lo tendrá, seguro), el presunto suplente al más puro estilo Papaloukas que al final acaba siendo más titular que casi todos los titulares. Te mata Finley, éste sí puro tirador, puro asesino silencioso al que en Dallas cada vez echan más de menos. Te mata Horry, el (verdadero) Señor de los Anillos, incordio permanente y triplista selecto, el que sólo los clava cuando son estrictamente necesarios, el que siempre acude puntual a su cita en semejantes circunstancias.

Te mata (incluso) Bowen. Sí, te mata atrás a base de defensa, y cuando la defensa no basta te mata con ese pie que siempre acude presto a su cita con el tobillo del tirador incauto, con ese zarpazo que va a ir a dar justo en donde más te duele, con esa rodilla que se hincará siempre en tus partes más blandas, con ese dedo que te busca las cosquillas entre las costillas. Bowen atrás te mata con baloncesto y con lo que no es baloncesto, Bowen genera casi tanta admiración como irritación, como desprecio… Sí, la historia defensiva de este tipo ya nos la conocemos, incluso demasiado bien. Pero es que Bowen también te mata en ataque.

No, no me he vuelto loco (creo). Sabido es que apenas puede driblar sin que le piten pasos, sabido es que carece de casi cualquier cualidad relativa al manejo de balón… Su repertorio defensivo es surtido y variado pero en ataque sólo tiene una jugada, sólo una, sólo ese eterno triple desde la esquina, nada más que eso… y nada menos, porque al final te la clava una y otra vez. Claro, si es que tira solo… Ya, pero, ¿por qué? ¿es tan sencillo como decir simplemente que su defensor pasa de él, que directamente se dedica a doblar otros marcajes olvidándose de su existencia? Pues sí y no. Eso sucede, qué duda cabe. Pero quizá no sucedería tan a menudo si previamente no se hiciera un genuino trabajo de orfebrería.

Amigo lector, le invito a que en el próximo partido de San Antonio se dedique a contemplar los movimientos en ataque de Bruce Bowen. Ya sé que usted me dirá que tiene cosas mucho menos aburridas para hacer, sentarse frente al reloj a ver pasar las horas, sentarse en un prado a ver crecer la hierba… Pero por una vez no le va a pasar nada, así que hágame usted ese esfuerzo de todas formas. Descubrirá cómo San Antonio parece plantear sus ataques como un cuatro contra cinco, cómo mientras los cuatro buenos continúan con su dinámica de pases, bloqueos, continuaciones, balones dentro y demás, mientras todo eso sucede Bowen se desliza por la pista como una anguila, procurando estorbar lo menos posible mientras se encamina sinuoso cual serpiente hacia el lado de no-balón. Y si el juego se va al otro costado pues más de lo mismo, nadie reparará en que él discretamente ya se está marchando a la nueva esquina débil… bueno sí, tal vez su defensor (que suele ser la estrella del otro equipo, por pura reciprocidad con lo que sucede en el otro campo) sí se dará cuenta, le verá deslizarse con el rabillo del ojo, incluso hará el amago de seguirle… pero a mitad de camino se encontrará con que tiene algo más importante que hacer, ayudar sobre Duncan, sobre el penetrador… Y sin darse cuenta ya la habrá cagado, ya Duncan, Parker o Ginóbili sabrán que al otro lado estará su amigo Bruce, completamente solo, esperando simplemente a que le llegue ese balón…

Y es que ésta es otra de las cualidades que mejor permiten apreciar la diferencia entre los grandes equipos y las meras sumas de individuos: el aprovechamiento de sus actores secundarios. Miremos por ejemplo al puesto de cénter: durante varios años (desde que se fue Robinson) lo ocupó Nesterovic, con tan buena mano como escaso espíritu: sí, con sus tiritos y sus cositas te hacía un apaño, pero de trabajo interior más bien poco… Más tarde llegó Nazr Mohammed, horma de su zapato, igualmente incompleto pero éste más bien por todo lo contrario…

Y un día de verano de 2005 aterrizó allí un tipo al que por aquí conocemos bien, Fabri Oberto. No resulta difícil imaginar que Popovich le debió mirar con la desconfianza propia del caso, que debió pensar que antes de jugar debería quitarse todos esos vicios (¿?) del baloncesto internacional… En su rueda de prensa posterior a su eliminación del pasado año ante los Mavs, Popovich dijo que lo único que sentía, que aquello de lo que más se arrepentía era de no haber encontrado la manera de darle más oportunidades a Oberto a lo largo de la temporada. Y algunos pensamos que iría de farol, que esa era la típica frase que se le dice a un suplente para tenerle contento, que para poner a un jugador en realidad no hace falta encontrar ninguna manera, simplemente basta con ponerlo…

Y aún más lo pensamos cuando este pasado verano aterrizó allí otro al que por aquí también conocemos, Paco Elson. Elson es claramente superior a Oberto en presencia física y en… absolutamente nada más. En cualquier otro aspecto del juego, clase, inteligencia sobre la pista, incluso actitud, el argentino le da cien mil vueltas al holandés. Aquí siempre lo tuvimos claro pero allí les cuesta más hacerse a la idea, tiene que ser la cruda realidad la que un día tras otro se lo demuestre. Hoy, precisamente en plenos playoffs, ya no quedan dudas para nadie: Oberto es por fin el compañero ideal de Duncan, el que aprovecha como nadie el juego entre pívots en cuanto su defensor se va a la ayuda del otro, al que encuentra Ginóbili una vez tras otra como si se conocieran de toda la vida, como si llevaran varios veranos jugando juntos, ya ves tú qué tontería… Dentro de unos días Oberto ganará su primer anillo y yo me alegraré por él, más que por nadie: porque se lo ha currado y sufrido como el que más hasta llegar aquí; porque sólo él sabe realmente cuánto se merece todo esto.

Vale, sí, todo esto es muy bonito, dirán algunos, pero de no haber mediado el lío del cuarto partido contra Phoenix ni las sanciones que vinieron después, lo mismo todas estas criaturas con todo su maravilloso baloncesto estarían ya a estas alturas de vacaciones en las Bahamas… Es posible. Tal vez la historia hubiese sido muy distinta sin aquella alevosa agresión de Horry y sin todo lo que vino después, y aún más si un tipo llamado Stu Jackson y al que aquí denominaríamos Juez Único del Comité de Competición no hubiese decidido que la estricta letra de la norma era mucho más importante que el espíritu de la misma… O tal vez no; evidentemente los Suns eran la opción romántica y a todos nos hubiese encantado verlos aquí ahora. Pero no sabemos, nunca podremos saber qué habría pasado. Sólo sabemos una cosa con total certeza: que San Antonio es, también en estos detalles, un equipo campeón. Quizá en estos detalles más que en ningún otro: en el control de todo lo deportivo y lo extradeportivo, en la sensación de que suceda lo que suceda, sea esto lo que sea, por alguna misteriosa razón siempre acabará repercutiendo en su favor. Nos guste o no, también en esto se reconoce a los verdaderos campeones.

Dentro de unos días, diez, doce a lo sumo, San Antonio se proclamará de nuevo campeón de la NBA. Como en 1999, 2003 ó 2005. No sufran por ello los lebronmaniacos: su cara puede aparentar 44 años pero James tiene sólo 22, aún estaría en edad de sénior universitario, tiempo tendrá de ganar no uno sino varios anillos, y más pronto que tarde… Y aún menos sufran por ello los aficionados al baloncesto, por favor; porque allá, en el paraíso del individualismo, el anillo una vez más no habrá ido a parar a una mera colección de individuos, no; habrá sido, de nuevo, para un verdadero EQUIPO de baloncesto.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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