hablemos de Sergio   Leave a comment

(publicado el 9 de noviembre de 2006)

La noticia brotó allá por la pasada primavera: Sergio Rodríguez se apuntaba al draft de la NBA. No debería habernos pillado por sorpresa, aún menos a los que desde siempre sentimos absoluta debilidad y total veneración por su desprejuiciado y desinhibido juego, por su inabarcable talento. Pero aún así muchos, en aquel momento, no pudimos evitar un ¿por qué, precisamente ahora? ¿qué prisa tiene? ¿por qué no espera un poco más? E imaginamos que iría de farol, como tantos otros: claro, sólo querrá tantear un poco el terreno, ¿no?

Pues no, porque pocos días después Sergio, recién caído su Estu en los playoffs, se embarcó rápidamente hacia los Estados Unidos, dispuesto a probar ante todas y cada una de las franquicias que se habían interesado por él. Durante varios días anduvo de acá para allá, de un extremo al otro del país, realizando toda clase de entrenamientos sin apenas descanso. Y las crónicas contaron (y no pararon) que el éxito sorprendió a la propia empresa, que todos por allí quedaron encantados de haberle conocido, que en Phoenix alucinaron en colores, que en Memphis no daban crédito, que en Boston se le caía la baba al mismísimo Danny Ainge, que en Sacramento estaban obnubilados, que en Los Ángeles (Lakers) poco menos que le hicieron la ola… ¿Todo demasiado bonito como para ser verdad, tal vez?

Así que llegó el día del draft y Sergio (que un lejano día, muchos meses atrás, llegó a aparecer en las proyecciones como probable número 2 de su promoción) fue elegido finalmente en el puesto número 27, por Phoenix… que inmediatamente traspasó sus derechos a Portland, prácticamente a cambio de nada. ¿a Portland? ¿y por qué a Portland precisamente? En aquel maratoniano viaje Sergio hizo pruebas en un montón de sitios, pero Portland no fue precisamente uno de ellos. Y en los días previos al draft se habló de un montón de posibilidades, pero los Blazers (que yo recuerde) jamás aparecieron en ningún rumor…

Será que estaban disimulando. Será que los equipos NBA en realidad prueban lo que no les interesa y procuran ni mirar siquiera a los que sí les interesan, no vaya a ser que la competencia se cosque. Lo cierto es que ahora (y sólo ahora) es cuando nos han contado que el interés de Portland por Sergio venía ya de lejos, que al parecer Kevin Pritchard, responsable de estas cosas en los Blazers y buen conocedor de nuestro baloncesto (en Cáceres le recordarán con nostalgia… bueno, en realidad en Cáceres recordarán con nostalgia todo aquello que tenga que ver con el baloncesto de élite), ya estaba siguiendo sus pasos desde hacía más de dos años…

Puede ser. Puede que el staff técnico estuviera entusiasmado con Sergio desde la cuna, y puede que lo llevaran tan en secreto como para no decirle ni media palabra ni siquiera a su propio entrenador, Nate McMillan, no vaya a ser que se vaya de la lengua, que luego a estos les da por hablar y luego pasa lo que pasa… Porque entre aquellas palabras que salieron de los despachos de los Blazers en los minutos posteriores a su elección, proclamando a los cuatro vientos que con Sergio habían conseguido el verdadero robo del draft, y estas otras de McMillan hace pocos días despachándose a gusto con el Chacho media no ya un abismo, sino tres o cuatro.

Nate McMillan… Aún está muy reciente su época de jugador, en sus Sonics de toda la vida. ¿El Espíritu de la Bahía, le llamaba Montes? En Seattle le querían con locura. Y eso que casi nunca fue el base titular, casi toda su carrera a la sombra del refulgente brillo que despedía Gary Payton. Pero era saltar a la cancha y la gente se volvía loca. Nunca anduvo sobrado de talento, si bien garantizaba una dirección más que correcta, una muy buena mano y un nivel defensivo que nada tenía que envidiar al de El Guante. Ahora bien, eran otros los aspectos en los que él marcaba diferencias: su intensidad, su entrega, su compromiso.

Permaneció allí durante toda su carrera, algo así como la versión NBA de lo que aquí llamamos jugador de club, al más puro estilo Víctor Luengo (por ejemplo). Ya de jugador tenía cara de entrenador, le pasaba como a (por ejemplo) Ivanovic, no resultaba difícil imaginarle dirigiendo a cualquier equipo (a ese mismo, concretamente) en un futuro más o menos próximo.

Pero este tipo de jugadores cuando se convierten en entrenadores tienen un problema: exigen a todos los que están bajo su mando el mismo grado de compromiso que ellos tuvieron en su etapa de jugador (el ejemplo de Ivanovic, de nuevo). Y eso no resulta nada fácil: seguramente el mundo sería maravilloso si todos fuéramos capaces de entregarnos a nuestras tareas con ese mismo entusiasmo y esa misma pasión, pero luego llega la cruda realidad para recordarnos que cada uno es como es. No se le pueden pedir peras al olmo, no se le puede pedir defensa e intensidad a Radmanovic, no se le puede pedir calidad a Reggie Evans… Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.

Nate McMillan pasó de jugador a entrenador sin apenas transición, y la verdad es que las cosas no le salieron del todo mal: los resultados nunca fueron como para tirar cohetes (entre otras cosas porque nunca tuvo una plantilla como para tirar cohetes) pero sí estuvieron muy por encima de las expectativas, incluso con alguna impensable clasificación para playoffs (y en puestos sumamente altos) de por medio. No estaba mal para un equipo que empezaba en Ray Allen y acababa en Rashard Lewis, intercalando por el medio a un montón de jugadores interiores fornidos y voluntariosos, capaces de matar por un rebote pero incapaces de volverlo a poner en el aro.

Pero claro, todo es relativo, los milagros no duran eternamente, fin de la historia y a otra cosa, mariposa… La otra cosa era Portland, su vecino de abajo, que venía de hacer el viaje a la inversa: acababan de enseñarle la puerta a Mo Cheeks, grandioso ex jugador, maravilloso entrenador y mejor persona, tan buena persona era que jamás logró dominar a ese vestuario al filo de la ley que le había caído en desgracia. En aquel verano de 2005 los Blazers buscaban a un tipo duro y no tuvieron que ir muy lejos, sólo un poquito más al norte.

Pero antes de volver a Portland quizá no estaría de más recordar que en su época de Seattle McMillan tuvo a sus órdenes a un base muy parecido a Sergio, con prácticamente sus mismas virtudes (creatividad por arrobas, imaginación a raudales, fantasía sin par) y buena parte de sus mismos defectos (floja defensa, cierta inconsistencia, riesgos a menudo innecesarios que provocan pérdidas a menudo innecesarias). Cualquiera que viese jugar a la Universidad de Oregon en el Torneo Final de la NCAA de 2002 puede atestiguar que aquel muchacho de rizos dorados llamado Luke Ridnour era pura magia, sencillamente.

Ridnour llegó a Seattle y rápidamente se convirtió en base suplente, y tampoco pasaron muchos meses antes de que fuera base titular… Pero para entonces Luke Ridnour ya no era aquel a quien habíamos conocido: habían desaparecido la imaginación, la magia y hasta los rizos, que habían dado paso a un muchacho de pelo corto y dirección de juego sobria, meramente administrativa, casi funcionarial. Había hecho el mismo viaje hacia ninguna parte que tantos otros hicieron antes, Jason Williams, Rafer Alston, Iván Corrales… Los que un día fueron potros salvajes, ahora convenientemente domesticados. Mera cuestión de supervivencia.

Hablando de Corrales: se cuenta que la primera vez que Iván Corrales y Sergio Rodríguez coincidieron sobre una cancha, el ex verdinegro (por aquel entonces jugador del por aquel entonces Fórum de Valladolid) le dio al ex estudiantil un único consejo, algo así como “nunca dejes que te cambien; nunca permitas que te modifiquen tu manera de jugar”. La experiencia es un grado, él lo sabe bien, lo sabe como tantos otros lo supieron antes, como (me temo que) lo acabará sabiendo el propio Sergio.

Así pues, volvamos a Portland y miremos el panorama: a un lado Nate McMillan, en plan sargento de hierro; al otro, una plantilla desestructurada. Eso sí, la desestructuración de ahora es diferente a la de hace unos pocos años: ya no son los Jail Blazers, ya pocos quedan al filo de la ley, si acaso Zach Randolph, tan sobrado de talento como escaso de cerebro en su enorme cabezota, y Darius Miles, la gran promesa echada a perder, el físico portentoso más vacío de la Liga, el más puro ejemplo de lo perjudicial que puede resultar ingresar en la NBA mucho antes de lo que se debería.

No, hoy la desestructuración es otra, la que viene dada por un montón de críos, Brandon Roy, LaMarcus Aldridge, Jarrett Jack, Martell Webster, Travis Outlaw… Todos ellos de momento sin problemas disciplinarios (aunque el apellido del último parezca desmentirlo), todos ellos en principio buenas personas, todos ellos sobradísimos de talento, todos ellos jóvenes, todos ellos ante su primer trabajo profesional. Y entre todos ellos, Sergio, no asimilable por experiencia (él ya sabe lo que es ganarse la vida jugando a esto; sabe, incluso lo que es ser campeón del mundo de esto) pero sí por edad: sólo son 20 años.

Probablemente McMillan ve en Sergio todo lo contrario a lo que él considera que debería tener un base, algo así como el polo opuesto a lo que era él: ve que apenas defiende (pues vaya sorpresa, fíjese, aquí sólo hace dos años que nos dimos cuenta); ve que defiende con las manos (sí, aquello de que tiene el vicio europeo de apoyar la mano sobre el defendido, que aquí se consiente y allí no; y aquello de que no trabaja la defensa cuerpo a cuerpo, que le gusta más meter la mano buscando el robo que flexionar las piernas y apretar el culo); ve que acompaña el balón con la mano en cada bote (como hacen a menudo otros cientos de bases, en USA más que en ningún otro sitio); ve que pierde demasiados balones (otra novedad); ve todo lo malo que ya conocíamos de Sergio pero, por alguna misteriosa razón, es incapaz de ver nada de lo bueno.

Y ve, incluso, que Sergio no le entiende: “le pido que haga determinadas cosas y él no las hace, porque no se entera de lo que le digo…”. Y yo lo siento en el alma, querido Sergio, pero esto sí que tiene delito.

A ver: no soy yo quién para dar lecciones de aprendizaje de inglés a nadie, soy el típico que siempre se ha quedado a medio camino; entiendo perfectamente un texto escrito y me entero si me hablan despacio, pero me pierdo si me hablan deprisa y me expreso fatal, al más puro estilo indio como si dijéramos; pero tengo coartada: nunca he tenido que vivir ni trabajar fuera de aquí. Si ahora de repente entrara alguien por la puerta y me ofreciera para dentro de tres meses un puesto de trabajo infinitamente mejor que el actual, pero (pongamos) en Wisconsin, creo que lo primero que haría sería apuntarme a toda clase de cursos intensivos para mejorar mi nivel conversacional. No, con eso no conseguiría evitar pasarlo mal, al menos los primeros meses, pero digo yo que algo sí que podría defenderme.

Sí, me diréis que Sergio ha andado un poco liado este pasado verano, que allá en Japón no le quedaba mucho tiempo libre como para dedicarlo a estudiar la lengua de Chéspir. Pero es que Sergio lleva yéndose a la NBA desde la cuna, lleva soñando con esto toda la vida: sueños fundados desde antes incluso de aquel Europeo Junior de Zaragoza, desde aquella excursión al Nike Hoop Summit hace ya más de dos años y medio; sueños basados incluso en sus preferencias personales porque aquel baloncesto siempre le ha vuelto loco, tanto como para pasarse madrugadas enteras viéndose partidos en directo, partidos históricos… Vamos, que esto de irse a USA no le ha pillado por sorpresa, de un día para otro, no; digamos que se veía venir, lo suficiente como para haber puesto los medios adecuados para el viaje.

Y es curioso, porque no recuerdo que de ninguno de sus antecesores se haya dicho nada semejante; no recuerdo a Lowe quejándose de que Gasol no le entendiera, ni a Sloan quejándose de Raül, ni a Sam Mitchell… Seguramente todos lo pasaron mal en aquellos primeros meses, pero no tanto como para que su coach tuviera que quejarse públicamente de incomprensión. Y es cierto que no todo el mundo tiene la misma facilidad para los idiomas, y no es menos cierto que en algún otro caso, el de cierto afamado compatriota que se quedó a las puertas de aquella Liga, yo incluso llegué a pensar que cómo se las iba a apañar ese buen hombre con el inglés si apenas se expresaba medianamente bien en castellano… No es el caso de Sergio, que ya tiene allí su profesor particular y que sabe que este problema, como el de la juventud, se le curará con el tiempo… Pero más vale prevenir, dicen, y un poco de profilaxis antes de su gran viaje no le habría venido nada mal.

¿Y ahora qué? Pues ahora, como es ya de dominio público, caben dos posibilidades: la que quiere Pritchard, es decir, que Sergio permanezca en Portland a la vera de McMillan, quién mejor que él para que el chaval aprenda de primera mano cómo ser un buen base, faltaría más; y la quiere McMillan, es decir, perderle de vista. Enviarle a la Liga de Desarrollo.

La Liga de Desarrollo, NBDL para los amigos, viene a ser algo así como la versión yanqui de aquellos equipos vinculados que en su día conocimos por aquí. La integran 12 equipos, cada uno de ellos vinculado a dos o tres franquicias NBA, entre los que no resulta difícil encontrar nombres tan exóticos como Idaho Stampede, Sioux Falls Skyforce, Albuquerque Thunderbirds o, incluso, Austin Toros.

El vinculado de los Blazers se llama Anaheim Arsenal. Deduzco que debe tratarse de un equipo de nueva creación (más que nada porque no aparece en las clasificaciones del pasado año). Un nombre de resonancias futboleras para una ciudad californiana de resonancias infantiles y mágicas, ya que allí fue donde nació y creció la primera Disneylandia que en el mundo hubo. De hecho la presencia de la casa Disney sigue siendo evidente en aquel lugar hasta el punto de que su principal equipo profesional, en la NHL de hockey sobre hielo, se llama Anaheim Mighty Ducks; es decir, los Patos Poderosos, nada menos.

Pero poco de mágico y aún menos de infantil tendría la estancia de Sergio en aquel lugar, si ésta llegara a producirse. No resulta difícil imaginarse un panorama similar al que nos solemos encontrar en las Ligas de Verano: una docena de jóvenes aspirantes sedientos de gloria, capaces de todo, dejándose la piel (y arrancando de paso la del vecino, a ser posible) con tal de que ese cuerpo técnico de aquella franquicia acabe acordándose de que todavía existen…

Y uno, desde aquí, no puede evitar tener la sensación de que para ese viaje no hacían falta estas alforjas. A uno se le ocurren preguntas ingenuas, del estilo de ¿dónde se aprende más, en la NBDL ó en la ACB? ¿dónde puede progresar más la carrera de un jugador, en el Anaheim Arsenal o en el MMT Estudiantes? Para mí la respuesta es tan evidente que hasta el mero hecho de plantear la pregunta ya me produce sonrojo, pero seguro que en aquellas tierras no todos son de la misma opinión. Así que podríamos reformular la pregunta, hacerla de otra manera: ¿dónde podría evolucionar más el juego de Sergio hacia lo que los Blazers esperan de él, allá o aquí? ¿dónde podría conseguir Sergio más fácilmente que sus progresos se adapten a los deseos de McMillan, en Anaheim o en Madrid? Y ahí ya la cosa cambia, me temo.

Pero lo cierto es que a día de hoy nuestro Sergio aún sigue en las montañas de Oregon, no se ha bajado a la soleada California ni hay nuevos indicios de que vaya a hacerlo. Lo que nos lleva a una última pregunta: ¿cómo puede progresar más la carrera de cualquier jugador? ¿pelándose el culo en un banquillo NBA, jugando dos minutos (de la basura) cada quince días, cada semana en el mejor de los casos, y todo esto por supuesto casi sin entrenar, que apenas queda tiempo? ¿o jugando 30 minutos por partido en cualquier equipo, por muy de medio pelo que sea, por muy de desarrollo que sea su liga?

Sin embargo, saltó el rumor y aquí inmediatamente nos echamos las manos a la cabeza: a la Liga de Desarrollo, qué horror, qué humillación, todo un campeón del mundo como él, qué falta de respeto, qué atropello a la razón, dónde se ha visto nada semejante… Probablemente a todos nos gustaría que la realidad fuera otra, pero (insisto) las cosas normalmente son como son, no como nos gustaría que fueran. A falta de lo bueno, a menudo hay que escoger entre lo malo y lo peor. Es decir, escoger entre jugar, como sea, donde sea, con quien sea, y no jugar. Sergio apenas tiene 20 años, y a esa edad parece bastante claro lo que cualquier jugador necesita. Esperemos que los que tienen que tomar la decisión sean de la misma opinión.

Probablemente lo que nos ocurre por aquí es que estamos muy mal acostumbrados. Hace apenas cinco años sólo teníamos el lejano antecedente de Fernando Martín, y yo me pasé todo un verano escuchando aquello de ya verás, Gasol se la va a pegar, no tiene cuerpo para jugar allí, no le van a dar ni un minuto… Pero pasó el tiempo, Gasol triunfó, Raül jugó siempre que pudo, a Calderón y Garbajosa les está yendo bien (y les irá aún mejor)…

Nos hemos creído que todo el monte es orégano, que aquello es llegar y besar el santo, pero luego la cruda realidad nos demuestra que no, que en absoluto; y ejemplos los hay a raudales: dos estrellas europeas incontestables como Djordjevic o Rigaudeau apenas consiguieron aguantar unos meses en lo más profundo de su banquillo; Macijauskas el pasado año no olió la bola, ni en la basura siquiera; Jasikevicius ahí sigue, un día tras otro dándose de cabezazos contra el muro, a ver si encuentra un mínimo resquicio por el que asomar la cabeza… Son sólo unos pocos ejemplos, hay muchos más.

Claro, también los hay en sentido contrario, aunque sólo sea para demostrar que lo más importante, aún más que cuándo te vas, es a dónde llegas. Tony Parker (tan parecido a Sergio en tantas cosas, por aquel entonces) aterrizó en San Antonio con 19 añitos, y muchos pensamos que el ogro Popovich se lo iba a comer con patatas. Sin embargo en su primer partido el francés ya fue titular, y nunca ha dejado de serlo hasta el día de hoy. Sí, por el camino el terrible Pop, sus ojos inyectados en sangre, le llenó el cerebro de broncas a cual más apocalíptica. Pero Parker sobrevivió, lo que no le mató le hizo más fuerte, y a día de hoy los resultados saltan a la vista. Claro, hoy lo fácil es pensar que cuánto mejor no le habría ido a Sergio en Phoenix, en Boston, en Milwaukee, en Denver, en… Sabe dios. Podemos imaginar lo que queramos pero realidad sólo hay una y se llama Portland, al menos de momento.

Pero no dramaticemos, porque todo esto (la temporada, la carrera de Sergio) no ha hecho sino comenzar. La vida da muchas vueltas, y a veces las da mucho antes de lo que pensamos. Quién sabe lo que sucederá simplemente dentro de unos meses. Quién conoce los cambios de opinión, las crisis o las lesiones ajenas que podrían cruzarse por el medio. Lo dicho: no dramaticemos, entre otras cosas porque probablemente él estará viviendo su situación con mucho menos dramatismo allí que nosotros aquí. Al fin y al cabo él ha cumplido uno de sus sueños, jugar en la NBA. Le falta otro, mucho más complicado: triunfar, consolidarse en aquella Liga. Y le queda, sobre todo, lo más importante: disfrutarlo. Disfrutar cada momento, bueno o malo, fácil o difícil. Disfrutar pase lo que pase, ocurra lo que ocurra. Si finalmente lo consigue, toda esta historia (acabe como acabe) habrá merecido la pena.

Anuncios

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: