Joventut, divino tesoro   2 comments

(publicado el 15 de enero de 2007)

Los lectores más jóvenes quizá no lo recuerden pero puedo asegurarles que hubo un tiempo, hace apenas dos o tres décadas, en el que la Penya era uno de los tres grandes del baloncesto nacional. Madrid, Barça y Joventut eran, un año sí y al otro también, las tres principales referencias, mientras en Zaragoza permanecían a la expectativa y en Vitoria o Málaga aún soñaban con la llegada de tiempos mejores. Por aquel entonces Badalona era casi la Capital Europea del Baloncesto: por extraño que parezca llegó a tener, prácticamente al mismo tiempo, tres equipos en la máxima categoría del basket español: Sant Josep y Círculo Católico (más tarde Cotonificio), que simplemente luchaban, con mayor o menor éxito, por su supervivencia; y el Joventut, la Penya, que simplemente luchaba, con mayor o menor éxito, por ser el mejor.

No era tarea fácil. El Madrid lo monopolizaba todo y si alguna vez se le escapaba algo entonces aparecía el Barça, unos y otros rebozados de millones futbolísticos contra los que el Joventut, o más al sur el Estudiantes, apenas podían oponer sus eternas factorías de jugadores y sus grandes dosis de voluntad. Pero empezaban a asomar las vacas gordas en nuestro deporte, y si había que tirar la casa por la ventana, pues se tiraba: un año llegaba Slavnic, otro se ganaba la Korac (1981, final inolvidable, imprescindible, que TVE o Teledeporte tendrán que repetirnos algún día)… Y de repente llegaban patrocinadores deseosos de unir su nombre a este deporte, y al Joventut como a tantos otros le empezaban a salir extraños apellidos, Massana, Ron Negrita, Ram, Montigalà…

Y en suave transición, los históricos Buscató, Santillana o los Margall irían sin saberlo preparando el terreno para la llegada de Villacampa, Montero, los Jofresa, Ferrán y todos aquellos maravillosos americanos con pedigrí, Reginald Johnson, Harold Presley, el portentoso nacionalizado Mike Smith, Corny Thompson. Sobre todo Corny, el inolvidable don Cornelius Thompson. Y la Penya ya era grande de verdad, y ganaba ligas (1991 y 1992, con Lolo de insospechado técnico), y soñaba con ganar Euroligas (o como demonios se llamaran entonces), y hasta llegaba a la final y la perdía (aquel Partizan de Obradovic, aquel último segundo, aquel triple de Djordjevic), y aún así se empeñaba en seguir soñando, y tanto soñó que al final (ya de la mano de Obradovic) consiguió hacer realidad su sueño…

Era 1994. Del mismo modo que cuando tocas fondo ya sólo puedes ir a mejor, cuando alcanzas la cima ya sólo puedes iniciar el descenso. Pero hay muchas clases de descensos: descensos suaves, descensos casi imperceptibles… Éste no. Éste fue caída libre. Fue como si todo aquel castillo, construido con tantas dificultades durante tantos y tantos años, se derrumbara precisamente al coronarlo, al colocar su pieza final. De repente la palabra felicidad se vio sustituida por la palabra bancarrota, y el orgullo de ser campeón de Europa se vio solapado por la vergüenza de sentirse en peligro de extinción.

Ya nada volvería a ser igual, nunca. Años duros, economías de guerra, y aquel equipo acostumbrado a pelear títulos de repente se encontró en tierra de nadie, mirando de lejos los playoffs, rozando apenas la Copa… aunque el orgullo verdinegro nunca debía desaparecer, y reaparecía en aquellas Copas de 1997 ó 1998, campeón (tras épica remontada a aquel Cáceres que tanto entiende también de crisis) o subcampeón, todo de la mano de Julbe… Pequeños oasis para suavizar el tránsito por el desierto.

Hasta que un día Villacampa (nadie mejor que él conoció la gloria como jugador, nadie mejor que él conoció la ruina como presidente) se cansó de tanto desierto. Vale, sí, tenemos poco, pero al menos intentemos optimizar lo poco que tenemos. De entrada dejémonos de experimentos y traigámonos a Aíto, que ya conoce (de hace muchos años) la casa, y que ahora que le han dado puerta (más o menos) en Can Barça seguro que estará encantado de volver. Y a partir de ahí, montémosle un equipo a la medida. Pero poco a poco, sin prisas, sin exigencias. Los extranjeros buenos, bonitos y (sobre todo) baratos, y los de aquí… ¿los de aquí? Si no nos hace falta salir a buscar nada, si aún en tiempos de crisis nuestra factoría sigue produciendo los mejores productos del mercado nacional… Mézclense todos los ingredientes, agítese bien, y… a ver qué pasa.

Pasa que el resultado primero fue bueno, más tarde fue mejor, después fue extraordinario y hoy ya es maravilloso, sublime. En 2004 para empezar la final de Copa, en 2005 tranquilidad, en 2006 la FIBA Cup (que sí, vale, no será gran cosa, pero también cuesta ganarla) y las semifinales de ACB, y el cuarto puesto, y el billete para volver a la Euroliga, tantos años después. Sí, claro, pero en la Euroliga qué van a hacer estos pobrecitos, pero mírales, una panda de americanos que parece que los hubieran comprado en el todo a cien, unos nacionales de relleno de esos que no quiere nadie y unos pocos críos de la cantera que alguno casi acaba de quitarse el chupete… ¿Y estos son los que van a jugar en Europa? ¿y en el grupo de la muerte además? Venga ya…

Bastaría con contestar que ahí están los resultados, y que estos hablan por sí solos, pero no sería justo. Porque los resultados, con ser no ya buenos sino extraordinarios, apenas explican lo que nos está regalando esta Penya 2006/2007. El baloncesto como siempre lo habíamos soñado, el juego perfecto en ambos lados de la cancha, la demostración de que una buena defensa no sólo no quita espectáculo, sino que incluso puede ser un espectáculo en sí misma. Y al otro lado… ¿dónde quedaron aquellas teorías, aquello de que si defiendes fuerte luego tienes que atacar lento, agotar posesiones, aburrir hasta el hartazgo? No, mire usted, el dinamismo en defensa puede, debe ir emparejado con un dinamismo aún mayor en ataque. ¿Que no se lo cree? Hágame usted el favor, sintonice de una vez su televisor, mire a la Penya, deléitese. Que esto sí que es de interés general.

Ya son años de ver baloncesto, y buenas defensas, incluso extraordinarias, hemos visto muchísimas por aquí. Pero buenas defensas que empiezan a su lado de la raya de medio campo, que esperan al base rival y sólo le atosigan una vez comienza la distribución. Ahora bien, ¿defensa en toda la cancha, presión desde el saque de fondo, y no en situaciones puntuales, no una vez ni dos, no, unas cuantas veces (tampoco siempre: se trata de sorprender, no de ser previsible), un montón de ocasiones en cada partido? No, eso por aquí nunca, por favor, eso son rarezas de los niños aquellos de la NCAA, de aquellos Razorbacks de Nolan Richardson en Arkansas, de aquellos Wildcats de Rick Pitino en Kentucky, de tantos otros pero por aquí no, eso aquí no es posible…

¿Y por qué no? Si dispones de una rotación amplia, de jugadores dinámicos, habilidosos y capacitados y de un entrenador amigo de innovar y sobradamente preparado para implementar sus innovaciones, ya tienes casi todo lo que necesitas. Claro, dicho así parece muy fácil pero no son circunstancias que se suelan dar, ni siquiera de una en una, aún menos las tres a la vez. Puedes no tener una rotación sólida, o puedes rotar a diez jugadores pero no fiarte de sus capacidades defensivas, o puedes tener diez tíos de los que te fías en defensa pero ser un técnico tan conservador como tantos otros, que ya se sabe que el agobio es grande y los tiempos no están como para andarse con experimentos, ni con gaseosa siquiera…

Pero aún disponiendo de todo lo anterior, esto no basta con querer hacerlo, además hay que saber hacerlo. Pocas cosas son más hermosas (en baloncesto, me refiero) que una buena presión en toda la cancha, o incluso a media cancha. Pero pocas cosas son más ridículas que una presión a toda cancha mal ejecutada. A veces las hemos visto: cinco defensores poco acostumbrados a semejante esfuerzo que de repente, por necesidades del guión (o sea, del resultado) acuden como posesos a presionar el saque de fondo rival. Total para ver pasar el balón por encima de sus cabezas, para girar el cuello justo a tiempo de descubrir el atacante de turno al otro lado, solo como la una, clavándoles la canasta más fácil de todas las posibles…

¿Acaso el DKV (mentemos de vez en cuando al patrocinador, que se supone que para eso paga) ha encontrado la cuadratura del círculo? Nada de eso. O como diría aquel anuncio televisivo, no es magia, es ciencia… Traducido: no hay nada extraordinario, más allá de una extraordinaria capacidad para hacer extraordinariamente bien las cosas sencillas (esas que, ya se sabe, son siempre las más difíciles). Y trabajo, mucho trabajo, muchísimos entrenamientos que no vemos pero que imaginamos, machacando una y otra vez las mismas situaciones, la misma mecánica, lo que haga falta hasta conseguir que lo que un día pareció arriesgado ahora acabe pareciendo lo más natural del mundo.

Y cuando acaba el partido (cualquier partido) vemos el rostro de Aíto y de su rictus sobrio, de su eterna cara de palo, parece querer escaparse una pequeña mueca de satisfacción, de enorme satisfacción contenida pero incontenible. Y uno desde su sofá tiene la sensación de que esta Penya es más criatura suya que ninguna otra, de que (aunque él probablemente no lo reconocerá nunca) ninguno de sus anteriores equipos logró ser tan aitiano como éste. Ni su primer Joventut de los ochenta, ni su inmediato Barça de Norris, ni aquel otro Barça de mediados de los 90 que sacudía lo que no está en los escritos, ni el postrero de final/comienzo de siglo que corría que se las pelaba… Todos buenos equipos (aunque unos más vistosos que otros), pero ninguno tan suyo como éste.

¿Hablábamos de riesgos? Durante muchos años hemos tenido la sensación de que el mayor riesgo, para casi cualquier entrenador, es atreverse a dar oportunidades a los más jóvenes, atreverse a quitar al americano potente o al figurón consagrado para meter al yogurín de turno, que sí, el crío parece bueno pero qué pasa si lo hace mal, qué pasa si palmamos, si perdemos me crujen, nada, nada, yo a morir con los de siempre y al chaval ya lo cederemos a la EBA ó la LEB que para eso están, y así hasta que se aburra…

También en eso Aíto marcó (casi) siempre diferencias: su primera Penya ya inauguró la carrera profesional de Andrés Jiménez (entre otros muchos). En su Barça no siempre fue tan fácil, ya se sabe, la grandeza de la entidad, la exigencia de resultados, la presión, el entorno, todos esos factores con los que debió convivir a muy duras penas durante tantos años. Pero aún así no hace falta mirar demasiado atrás para recordar que a Navarro ya le habíamos visto jugar repetidas veces antes de Lisboa’99. Y aún menos hacia atrás para recordar a aquel casi último Barça suyo, el que arrasó Copa y Liga alrededor de un muchacho larguirucho de apenas 21 años…

Y es que hacer debutar en ACB a un mozalbete que aún no ha cumplido los quince lo puede hacer, más o menos, cualquiera. Le saco dos minutos (de la basura), la prensa se hace eco, la gente se engolosina y mientras tanto él que se siga fogueando en las categorías inferiores, y cuando cumpla los 22 ya veremos, si total yo para entonces ya no estaré aquí… Sin embargo, si ese mismo chico que hiciste debutar aún sin haber cumplido los 15 se convierte en parte fundamental de tu engranaje aún sin haber cumplido los 16 entonces ya sí, definitivamente nos encontramos ante un hecho absolutamente asombroso. A muchos entrenadores se les llena la boca con la típica frase de yo no miro el carnet de identidad de mis jugadores. Decirlo lo dicen casi todos. Cumplirlo no lo cumple casi nadie.

¿Qué sería hoy de Ricky Rubio en cualquier otro equipo, o en este mismo equipo con cualquier otro entrenador? En el mejor de los casos estaría jugando en categoría junior. Lo cual no sería perjudicial para él, en absoluto, simplemente sería otro camino. No sería negativo, sería diferente. Pero su historia es hoy la historia de una convergencia, del punto de encuentro entre el chaval que (salvo catástrofe) marcará una época (otra más) en nuestro baloncesto, y el entrenador mejor de los posibles para favorecer su eclosión.

Ricky Rubio es un sueño, verle atacar es una maravilla, verle defender es una delicia… Pero Ricky, a sus dulces dieciséis años, es simplemente uno más en esta Penya, nada más (y nada menos) que eso. Miremos a su alrededor y encontraremos tipos que hasta podrían ser su padre (por edad, me refiero), tipos que parecían perdidos para la causa, tipos que emergieron cuando ya parecía imposible, tipos que se quedaron cuando ya parecían haberse ido.

Encontraremos, por ejemplo, a Bennett, aquel que acabó su periplo madridista con el cartel de acabado colgado del cuello, como si ya se le hubiera acabado el baloncesto…

Encontraremos a Andrew Betts, tantos años empeñado en demostrarnos que era sólo cuerpo y centímetros, que apenas tenía sangre en las venas, y hoy sacando a relucir todo el baloncesto y todo el carácter (a veces, incluso demasiado) que jamás pensamos que tuviera…

Encontraremos a Robert Archibald, aquel The Human Foul que conocimos en Illinois y que pasó un año en lo más profundo del banquillo de Memphis, que dio tumbos por Valencia y por más sitios y que ahora en Badalona acabará completando su transfiguración: sigue repartiendo los mismos mandobles de siempre, pero es capaz de hacer jugadas que antes nadie habría podido imaginar…

Encontraremos a Gaines, a Sullivan, americanos que acabarán haciendo (sobre todo el primero) el recorrido habitual en Badalona, cuando llego no soy nadie, cuando salgo se me rifa todo dios…

Encontraremos a tíos tan contrapuestos como Marcelinho Huertas o Dimitri Flis, a tíos ya con escamas pero igualmente entregados a la causa como Paco Vázquez o Ferrán Laviña…

Encontraremos a Lubos Barton, muy posiblemente el secreto mejor guardado de toda la ACB, el típico jugador del que no conoces su importancia hasta que le echas de menos, el que lo hace todo bien, todo sencillo, todo sin ruido…

Y encontraremos, cómo no, a Rudy Fernández, nuestro Rudy, el Rudy de todos. Dentro de apenas unos meses comunicará su marcha y muchos lo vivirán como un drama. No deberían. No deberían olvidar que Rudy ya tuvo puesta la escalera de salida este pasado verano, justo cuando se cruzó por medio la Euroliga, la posibilidad de cumplir con su Penya su sueño de tantos años. Tomó su decisión, y nunca una decisión fue más beneficiosa. Para todos. Para nosotros, que disfrutamos de su juego; para su club, que cuenta sus canastas y pasea orgulloso a su emergente estrella por media Europa; para la NBA, que se encontrará en el verano de 2007 a un jugador infinitamente mejor y más maduro que el que se habría encontrado en 2006; y para él, sobre todo para él, creciendo como jugador, madurando como persona, disfrutando como un niño de una experiencia que se le quedará grabada para toda la vida.

Y encontraremos a tantos otros que me habré dejado por el camino, a todos los que pueden sentirse orgullosos de esta criatura que asombra allá por donde pasa. Cójase su plantilla, compárese con las ocho o diez más potentes de la ACB, con casi tres cuartas partes de las que pululan por la Euroliga: si sólo vemos nombres, no hay color; pero afortunadamente hace ya mucho tiempo que el baloncesto dejó de ser sólo cosa de nombres.

Y así van por Europa, dejando miles de bocas abiertas a su paso: tomando Málaga con un palmeo imposible (y arrasándolo de 53 en la vuelta), tomando Ljubljana o Belgrado, a punto de tomar Atenas o Tel Aviv, hipnotizando en Badalona al mismísimo Maccabi en el partido más hermoso de los últimos tiempos… Claro, pero todo eso repercutirá en la ACB, ¿no? Es posible: no sabemos dónde estaría esta Penya sin la Euroliga de por medio, pero sí sabemos perfectamente dónde está ahora: en el segundo vagón de la competición, clasificada para la Copa sin demasiada holgura pero sin apenas agobios, administrando a las mil maravillas (también) su cansancio europeo.

Y siempre jugando como los ángeles, y defendiendo como ya quedó (demasiado) dicho, y atacando a tal velocidad que da gloria verlos. Qué bien lo explicó Bennett a la manera de Bruce Lee, en aquella parodia del anuncio, si metes una canasta serás feliz, pero si das una asistencia y otro mete canasta, los dos seréis felices; en DKV Joventut somos líderes en asistencias de la Liga ACB, por eso somos felices; sé un base, amigo mío. ¿Se puede explicar mejor el concepto de baloncesto entendido como juego de equipo? Yo no, desde luego…

Si el baloncesto es una forma de vida, el juego de la Penya parece la metáfora de la mejor vida posible. Tantos ya lo dijimos estos días, es algo así como un reconstituyente: acaba el partido y te sientes mejor, más a gusto contigo mismo y con los que te rodean, rebosante de energía, de vitalidad, de optimismo. Si es verdad aquello de que la felicidad reside en las pequeñas cosas, ésta debe de ser sin lugar a dudas una de ellas.

Dentro de unos meses acabará la temporada, llegará el momento de hacer balance y no faltarán todos esos seres propensos a encontrar fracasos si no ven títulos en las vitrinas (lo cual, lógicamente, está por ver), que en ese supuesto se llenarán la boca con el típico ya ves, tanta energía, tanta alegría, tanta presión, tanta leche y luego mira, han acabado haciendo poff, si es que se veía venir, qué se habrían creído, se pensarían que podían aguantar a ese ritmo todo el año… Y sin embargo a mí me dará igual. A mí, desde mi lejana neutralidad, me dará lo mismo. Es decir: ojalá ganen un título, se merecen no ya uno, se merecen todos los títulos del mundo. Pero habiendo jugado así, si no lo ganan no será nunca un fracaso. Porque, acabe como acabe la temporada, nadie nos podrá quitar ya la satisfacción de haber disfrutado del mejor baloncesto posible, de algunos de los más bellos momentos que últimamente nos ha dado este maravilloso juego.

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Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

2 Respuestas a “Joventut, divino tesoro

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