Archivo para octubre 17, 2012

cosas de Comas   1 comment

(publicado el 24 de febrero de 2007)

Siempre que he visto este año al Caja San Fernando (en las victorias y en las derrotas) me ha transmitido una sensación que no sé cómo explicar. Algo así como un equipo sin alma, sin espíritu, un equipo en el que los jugadores parecen desempeñar un papel meramente administrativo: llegan, hacen su trabajo y se van, sin que en ningún momento parezcan implicados en un proyecto común.

¿Por qué? ¿por su diversidad geográfica (y lingüística)? (no creo: hoy en cualquier equipo cada uno es de un sitio, y no por ello me transmiten esa misma sensación) ¿por su actitud en cancha casi siempre fría, aséptica, funcionarial? No sé.

Pero supongamos que estoy en lo cierto; Pongamos, aunque sólo sea para entendernos, que el Caja San Fernando es un equipo sin alma (y por favor, no me pidan que defina el término “alma”, porque no sabría como hacerlo). En ese supuesto, aquí tal vez nos encontremos con un problema añadido: juntar a un equipo sin alma con un entrenador que tiene demasiada…

Porque vamos a ver: ¿no habíamos quedado en que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de los entrenadores? Yo que siempre había creído fervientemente en esa máxima, y hoy de repente descubro que se trata de una verdad a medias…

Seguramente en todo el panorama nacional resulte difícil encontrar un técnico más arrollador, más volcánico, que Manel Comas. Sus broncas y arrebatos deberían ser más que suficientes para que sus criaturas saltaran a la cancha con la adrenalina en plena efervescencia, deseosos de comerse el mundo (o al menos, de comerse al rival de enfrente). ¿Por qué, entonces, ese aire lánguido, ese deambular cansino, ese cadencioso dejarse ir? ¿por qué, señor Comas?

Pues porque “mis jugadores son gilipollas”. Hombre, no, tampoco es eso. Puestos a ser descriptivo, seguro que usted con su verbo fácil podría encontrar un adjetivo mucho mejor: blandos, faltos de actitud, tal vez débiles de carácter, incluso poco profesionales (muy discutible; pero aceptable); pero ¿gilipollas?

Yo sé por experiencia que uno se queda muy desahogado tras utilizar ese término. El pecho se ensancha, los músculos se expanden, la lengua se libera… Probablemente llamar a alguien gilipollas sea muy beneficioso para la salud, más aún en un gremio tan castigado como el de los técnicos: es conveniente dar salida a lo que se lleva dentro; de lo contrario te lo guardas, te reprimes, te aguantas las ganas de llamar cualquier cosa a éste o aquél y así pasa luego, que de tanto tragarte una tras otra todo se queda en tu interior, con el riesgo de que luego acudan las anginas de pecho e incluso cosas peores…

Pero también sé por experiencia que uno se queda muy cabreado tras recibir ese calificativo. Si en realidad, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia (recién consultado para la ocasión), no significa más que gilí, tonto, lelo, términos que por sí solos tampoco parecen tan despectivos. Pero no sé, suena como a algo más, quizá sea la terminación pollas la que lo hace parecer tan terrible; del mismo modo que, por ejemplo, tontolculo siempre sonará más fuerte que tonto, a secas.

Así que, resumiendo: gilipollas; bueno para el que lo dice, malo para el que lo recibe. Pero digo yo: puestos a llamárselo a alguien, ¿no sería casi mejor llamárselo en su intimidad? Que a lo mejor también se ha hecho, no digo yo que no… Pues más a mi favor, porque entonces ¿qué necesidad hay de airear el calificativo públicamente? ¿Acaso es que si se lo dices a la cara no cogen la idea, y en cambio si se lo sueltas al mundo entero sí que captan el mensaje? ¿cómo era eso de que los trapos sucios había que lavarlos dónde?

Así que parecería que la gilipollez sería atributo más que suficiente para dejar escapar un partido… Pues tampoco. Necesario, al parecer, pero no suficiente. Hace falta algo más, por lo visto. Hace falta tener unos órganos genitales de tamaño ínfimo, especialmente en comparación con el tamaño desmersurado de los órganos del rival… Los de éstos, como el caballo de Esparteros; los míos, dos aceitunitas…

(Breve inciso histórico-geográfico, probablemente ya de sobra conocido: Esparteros fue un general, se ve que lo suficientemente importante como para que le pusieran una estatua; su caballo original no consta que fuera nada del otro mundo; el caballo de la estatua, en cambio, sí, más que nada porque al escultor se le fue un poco la mano en según que sitios; cualquiera que se pasee por Madrid, por el lugar donde se juntan –o se separan, depende desde donde se mire- las calles Alcalá y O’Donnell, podrá comprobarlo sin demasiada dificultad)

Así que no está mal el discurso: gilipollas, cojones… Y yo que no he podido evitar acordarme de Jorge Valdano (por extraño que resulte citarlo en baloncestero artículo), ex jugador y (no sé si ex) entrenador futbolero de verbo fácil, fluido, alambicado incluso, tan impropio de su gremio.

Pues eso, que contaba una vez don Jorge que un amigo siempre le aconsejaba que no utilizara tan a menudo, en sus discursos, en sus artículos, la palabra belleza, palabra muy mal vista y que no podía traerle más que problemas. “si por cada vez que dices ‘belleza’ dijeras dos veces ‘cojones’, te iría mucho mejor en la vida”. Tal vez sea cierto. Afortunadamente (para él), no parece que el señor Comas tenga este mismo problema.

Pero por si todo esto fuera poco, aún quedaba la guinda: NAF. ¿NAF? A ver, a ver, cómo es eso…

A, de atlético: de físico, no de rojiblanco; bueno, vale, hasta ahí estamos de acuerdo. Nada que objetar.

F, de fraudulento: pues depende; el que ficha a Demetrius Alexander ya debería saber lo que ficha. Ficha a un tipo tan bueno como disperso, de tanta calidad como poca intensidad. Si su clase y su físico fueran acompañados de más energía no estaría por aquí, sino ganándose la vida (probablemente saliendo desde el banquillo) en cualquier franquicia de su tierra natal. Algo que también he pensado siempre de, por ejemplo (y salvando las distancias) Tanoka Beard.

Pero en el caso de don Demetrio no es tanto que tenga partidos buenos y otros malos, partidos en los que está y otros en los que no está (ni se le espera), que también; es más bien que las lagunas aparecen y desaparecen en cada partido: hay ratos que no hace nada y ratos que lo hace todo; momentos en los que se mete y momentos en los que se ausenta. Y así ha sido, más o menos, siempre: en Sevilla, en Valladolid y (supongo) en Corea.

Así pues, ¿fraudulento? Dependerá de lo que aquél que le ficha considere como fraude; y de las ganas que tenga de dejarse defraudar.

Y finalmente, N, de negro: hombre, pues sí, es negro. De hecho es tan evidente el color de su piel que se ve a simple vista, por lo que parece casi innecesario mencionarlo. Pero entonces, ¿por qué lo menciona? Imaginemos que la indignación fuese con cualquier jugador suyo de cualquier otro color: pongamos que con Femmerling, por ejemplo. ¿Le llamaría BAF? ¿necesitaría citar su color blanco, o tal vez no le parecería una cualidad siquiera mínimamente significativa como para tener que mencionarla?

A no ser que la negritud se considere una característica íntimamente ligada a las otras dos, a saber, el atleticismo y la fraudulencia (perdón por el palabro). Y entonces, ¿qué concluiríamos? ¿se es fraudulento simplemente por ser negro? ¿sólo se puede ser fraudulento siendo negro? ¿un blanco atlético nunca podría ser un fraude? Nadie debería pensar este tipo de cosas, y aún mucho menos decirlas; aunque sólo fuese para no tener que acabar pidiendo disculpas después.

Pero yo bien sé que esto de jugar con las siglas es muy tentador: se siente uno muy ocurrente, muy creativo… pero hay que tener cuidado, porque lo mismo a uno se le va la mano y le salen cosas como SAM (Sujeto Antipático Maledicente), PEZ (Pequeño Entrenador Zumbado), BIC (Blanco Ingenioso Cabreado), POD (Pico de Oro Desquiciante), MAC (Motivador Atípico Cargante)… y aún podría añadir muchas más, la mayoría incluso más desafortunadas que éstas (por las que de antemano pido sinceras disculpas).

Tengo un profundo respeto por Manel Comas; un respeto que en muchísimas ocasiones ha sido más que eso, ha sido admiración: admiración por el joven y brillante técnico que ganó aquella histórica Korac con la Penya (ya ha pasado más de un cuarto de siglo), el que consiguió cosas impensables en Santa Coloma o Granollers, el que triunfó en Zaragoza, el que muchos años más tarde volvió a ganar otra competición europea (Recopa o Copa de Europa, según se la quisiera llamar) con el Baskonia. Admiración por el comentarista que durante varios años nos explicó como nadie el baloncesto en Antena 3 Radio, a la vera de García y Pesquera. Admiración que (habrá que decirlo todo) se me fue un poco al traste aquella noche de Korac en Cáceres en la que ordenó a su equipo dejarse ir, justo cuando estaba a punto de culminar una remontada histórica, porque seguir vivo en esa competición no podía más que perjudicar su lucha por la permanencia en ACB. Aquello nunca lo entendí. Pero lo respeto.

Y es que al final sólo se trata de eso, de respeto. Se puede ser irónico, mordaz, cáustico, incluso borde, pero sin perder la corrección. Y no, no se trata de ser políticamente correcto, de hecho yo jamás soy políticamente correcto (este artículo es un buen ejemplo de ello); se trata de ser correcto, sin más. Nuestro idioma es suficientemente rico en matices como para permitirnos decir lo que queramos de quien queramos sin tener que recurrir por ello al insulto o a la descalificación. Es tan rico incluso que hasta nos permite descalificar e insultar sin que apenas se note que lo estamos haciendo.

Manel Comas, nuestro entrañable sheriff (aunque yo prefiero llamarle Asterix, el mote que –creo- le puso Montes), es un personaje absolutamente imprescindible en nuestro baloncesto. Por experiencia, por conocimientos, por sabiduría; y por elocuencia: cada vez que abre la boca los medios de comunicación se abalanzan a escucharle porque saben que muy probablemente pillarán tajada, que les regalará al menos un titular; y eso en un deporte como el nuestro, tan necesitado de atención mediática, puede estar incluso bien… siempre que no se cruce la raya. Desahóguese cuanto guste, motive a sus chicos cuanto quiera, como quiera, incluso donde quiera, y de paso háganos reír; pero no olvide que hay unos límites. Apurar esos límites puede estar bien; sobrepasarlos, en cambio, puede ser muy peligroso.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

Joventut, divino tesoro   2 comments

(publicado el 15 de enero de 2007)

Los lectores más jóvenes quizá no lo recuerden pero puedo asegurarles que hubo un tiempo, hace apenas dos o tres décadas, en el que la Penya era uno de los tres grandes del baloncesto nacional. Madrid, Barça y Joventut eran, un año sí y al otro también, las tres principales referencias, mientras en Zaragoza permanecían a la expectativa y en Vitoria o Málaga aún soñaban con la llegada de tiempos mejores. Por aquel entonces Badalona era casi la Capital Europea del Baloncesto: por extraño que parezca llegó a tener, prácticamente al mismo tiempo, tres equipos en la máxima categoría del basket español: Sant Josep y Círculo Católico (más tarde Cotonificio), que simplemente luchaban, con mayor o menor éxito, por su supervivencia; y el Joventut, la Penya, que simplemente luchaba, con mayor o menor éxito, por ser el mejor.

No era tarea fácil. El Madrid lo monopolizaba todo y si alguna vez se le escapaba algo entonces aparecía el Barça, unos y otros rebozados de millones futbolísticos contra los que el Joventut, o más al sur el Estudiantes, apenas podían oponer sus eternas factorías de jugadores y sus grandes dosis de voluntad. Pero empezaban a asomar las vacas gordas en nuestro deporte, y si había que tirar la casa por la ventana, pues se tiraba: un año llegaba Slavnic, otro se ganaba la Korac (1981, final inolvidable, imprescindible, que TVE o Teledeporte tendrán que repetirnos algún día)… Y de repente llegaban patrocinadores deseosos de unir su nombre a este deporte, y al Joventut como a tantos otros le empezaban a salir extraños apellidos, Massana, Ron Negrita, Ram, Montigalà…

Y en suave transición, los históricos Buscató, Santillana o los Margall irían sin saberlo preparando el terreno para la llegada de Villacampa, Montero, los Jofresa, Ferrán y todos aquellos maravillosos americanos con pedigrí, Reginald Johnson, Harold Presley, el portentoso nacionalizado Mike Smith, Corny Thompson. Sobre todo Corny, el inolvidable don Cornelius Thompson. Y la Penya ya era grande de verdad, y ganaba ligas (1991 y 1992, con Lolo de insospechado técnico), y soñaba con ganar Euroligas (o como demonios se llamaran entonces), y hasta llegaba a la final y la perdía (aquel Partizan de Obradovic, aquel último segundo, aquel triple de Djordjevic), y aún así se empeñaba en seguir soñando, y tanto soñó que al final (ya de la mano de Obradovic) consiguió hacer realidad su sueño…

Era 1994. Del mismo modo que cuando tocas fondo ya sólo puedes ir a mejor, cuando alcanzas la cima ya sólo puedes iniciar el descenso. Pero hay muchas clases de descensos: descensos suaves, descensos casi imperceptibles… Éste no. Éste fue caída libre. Fue como si todo aquel castillo, construido con tantas dificultades durante tantos y tantos años, se derrumbara precisamente al coronarlo, al colocar su pieza final. De repente la palabra felicidad se vio sustituida por la palabra bancarrota, y el orgullo de ser campeón de Europa se vio solapado por la vergüenza de sentirse en peligro de extinción.

Ya nada volvería a ser igual, nunca. Años duros, economías de guerra, y aquel equipo acostumbrado a pelear títulos de repente se encontró en tierra de nadie, mirando de lejos los playoffs, rozando apenas la Copa… aunque el orgullo verdinegro nunca debía desaparecer, y reaparecía en aquellas Copas de 1997 ó 1998, campeón (tras épica remontada a aquel Cáceres que tanto entiende también de crisis) o subcampeón, todo de la mano de Julbe… Pequeños oasis para suavizar el tránsito por el desierto.

Hasta que un día Villacampa (nadie mejor que él conoció la gloria como jugador, nadie mejor que él conoció la ruina como presidente) se cansó de tanto desierto. Vale, sí, tenemos poco, pero al menos intentemos optimizar lo poco que tenemos. De entrada dejémonos de experimentos y traigámonos a Aíto, que ya conoce (de hace muchos años) la casa, y que ahora que le han dado puerta (más o menos) en Can Barça seguro que estará encantado de volver. Y a partir de ahí, montémosle un equipo a la medida. Pero poco a poco, sin prisas, sin exigencias. Los extranjeros buenos, bonitos y (sobre todo) baratos, y los de aquí… ¿los de aquí? Si no nos hace falta salir a buscar nada, si aún en tiempos de crisis nuestra factoría sigue produciendo los mejores productos del mercado nacional… Mézclense todos los ingredientes, agítese bien, y… a ver qué pasa.

Pasa que el resultado primero fue bueno, más tarde fue mejor, después fue extraordinario y hoy ya es maravilloso, sublime. En 2004 para empezar la final de Copa, en 2005 tranquilidad, en 2006 la FIBA Cup (que sí, vale, no será gran cosa, pero también cuesta ganarla) y las semifinales de ACB, y el cuarto puesto, y el billete para volver a la Euroliga, tantos años después. Sí, claro, pero en la Euroliga qué van a hacer estos pobrecitos, pero mírales, una panda de americanos que parece que los hubieran comprado en el todo a cien, unos nacionales de relleno de esos que no quiere nadie y unos pocos críos de la cantera que alguno casi acaba de quitarse el chupete… ¿Y estos son los que van a jugar en Europa? ¿y en el grupo de la muerte además? Venga ya…

Bastaría con contestar que ahí están los resultados, y que estos hablan por sí solos, pero no sería justo. Porque los resultados, con ser no ya buenos sino extraordinarios, apenas explican lo que nos está regalando esta Penya 2006/2007. El baloncesto como siempre lo habíamos soñado, el juego perfecto en ambos lados de la cancha, la demostración de que una buena defensa no sólo no quita espectáculo, sino que incluso puede ser un espectáculo en sí misma. Y al otro lado… ¿dónde quedaron aquellas teorías, aquello de que si defiendes fuerte luego tienes que atacar lento, agotar posesiones, aburrir hasta el hartazgo? No, mire usted, el dinamismo en defensa puede, debe ir emparejado con un dinamismo aún mayor en ataque. ¿Que no se lo cree? Hágame usted el favor, sintonice de una vez su televisor, mire a la Penya, deléitese. Que esto sí que es de interés general.

Ya son años de ver baloncesto, y buenas defensas, incluso extraordinarias, hemos visto muchísimas por aquí. Pero buenas defensas que empiezan a su lado de la raya de medio campo, que esperan al base rival y sólo le atosigan una vez comienza la distribución. Ahora bien, ¿defensa en toda la cancha, presión desde el saque de fondo, y no en situaciones puntuales, no una vez ni dos, no, unas cuantas veces (tampoco siempre: se trata de sorprender, no de ser previsible), un montón de ocasiones en cada partido? No, eso por aquí nunca, por favor, eso son rarezas de los niños aquellos de la NCAA, de aquellos Razorbacks de Nolan Richardson en Arkansas, de aquellos Wildcats de Rick Pitino en Kentucky, de tantos otros pero por aquí no, eso aquí no es posible…

¿Y por qué no? Si dispones de una rotación amplia, de jugadores dinámicos, habilidosos y capacitados y de un entrenador amigo de innovar y sobradamente preparado para implementar sus innovaciones, ya tienes casi todo lo que necesitas. Claro, dicho así parece muy fácil pero no son circunstancias que se suelan dar, ni siquiera de una en una, aún menos las tres a la vez. Puedes no tener una rotación sólida, o puedes rotar a diez jugadores pero no fiarte de sus capacidades defensivas, o puedes tener diez tíos de los que te fías en defensa pero ser un técnico tan conservador como tantos otros, que ya se sabe que el agobio es grande y los tiempos no están como para andarse con experimentos, ni con gaseosa siquiera…

Pero aún disponiendo de todo lo anterior, esto no basta con querer hacerlo, además hay que saber hacerlo. Pocas cosas son más hermosas (en baloncesto, me refiero) que una buena presión en toda la cancha, o incluso a media cancha. Pero pocas cosas son más ridículas que una presión a toda cancha mal ejecutada. A veces las hemos visto: cinco defensores poco acostumbrados a semejante esfuerzo que de repente, por necesidades del guión (o sea, del resultado) acuden como posesos a presionar el saque de fondo rival. Total para ver pasar el balón por encima de sus cabezas, para girar el cuello justo a tiempo de descubrir el atacante de turno al otro lado, solo como la una, clavándoles la canasta más fácil de todas las posibles…

¿Acaso el DKV (mentemos de vez en cuando al patrocinador, que se supone que para eso paga) ha encontrado la cuadratura del círculo? Nada de eso. O como diría aquel anuncio televisivo, no es magia, es ciencia… Traducido: no hay nada extraordinario, más allá de una extraordinaria capacidad para hacer extraordinariamente bien las cosas sencillas (esas que, ya se sabe, son siempre las más difíciles). Y trabajo, mucho trabajo, muchísimos entrenamientos que no vemos pero que imaginamos, machacando una y otra vez las mismas situaciones, la misma mecánica, lo que haga falta hasta conseguir que lo que un día pareció arriesgado ahora acabe pareciendo lo más natural del mundo.

Y cuando acaba el partido (cualquier partido) vemos el rostro de Aíto y de su rictus sobrio, de su eterna cara de palo, parece querer escaparse una pequeña mueca de satisfacción, de enorme satisfacción contenida pero incontenible. Y uno desde su sofá tiene la sensación de que esta Penya es más criatura suya que ninguna otra, de que (aunque él probablemente no lo reconocerá nunca) ninguno de sus anteriores equipos logró ser tan aitiano como éste. Ni su primer Joventut de los ochenta, ni su inmediato Barça de Norris, ni aquel otro Barça de mediados de los 90 que sacudía lo que no está en los escritos, ni el postrero de final/comienzo de siglo que corría que se las pelaba… Todos buenos equipos (aunque unos más vistosos que otros), pero ninguno tan suyo como éste.

¿Hablábamos de riesgos? Durante muchos años hemos tenido la sensación de que el mayor riesgo, para casi cualquier entrenador, es atreverse a dar oportunidades a los más jóvenes, atreverse a quitar al americano potente o al figurón consagrado para meter al yogurín de turno, que sí, el crío parece bueno pero qué pasa si lo hace mal, qué pasa si palmamos, si perdemos me crujen, nada, nada, yo a morir con los de siempre y al chaval ya lo cederemos a la EBA ó la LEB que para eso están, y así hasta que se aburra…

También en eso Aíto marcó (casi) siempre diferencias: su primera Penya ya inauguró la carrera profesional de Andrés Jiménez (entre otros muchos). En su Barça no siempre fue tan fácil, ya se sabe, la grandeza de la entidad, la exigencia de resultados, la presión, el entorno, todos esos factores con los que debió convivir a muy duras penas durante tantos años. Pero aún así no hace falta mirar demasiado atrás para recordar que a Navarro ya le habíamos visto jugar repetidas veces antes de Lisboa’99. Y aún menos hacia atrás para recordar a aquel casi último Barça suyo, el que arrasó Copa y Liga alrededor de un muchacho larguirucho de apenas 21 años…

Y es que hacer debutar en ACB a un mozalbete que aún no ha cumplido los quince lo puede hacer, más o menos, cualquiera. Le saco dos minutos (de la basura), la prensa se hace eco, la gente se engolosina y mientras tanto él que se siga fogueando en las categorías inferiores, y cuando cumpla los 22 ya veremos, si total yo para entonces ya no estaré aquí… Sin embargo, si ese mismo chico que hiciste debutar aún sin haber cumplido los 15 se convierte en parte fundamental de tu engranaje aún sin haber cumplido los 16 entonces ya sí, definitivamente nos encontramos ante un hecho absolutamente asombroso. A muchos entrenadores se les llena la boca con la típica frase de yo no miro el carnet de identidad de mis jugadores. Decirlo lo dicen casi todos. Cumplirlo no lo cumple casi nadie.

¿Qué sería hoy de Ricky Rubio en cualquier otro equipo, o en este mismo equipo con cualquier otro entrenador? En el mejor de los casos estaría jugando en categoría junior. Lo cual no sería perjudicial para él, en absoluto, simplemente sería otro camino. No sería negativo, sería diferente. Pero su historia es hoy la historia de una convergencia, del punto de encuentro entre el chaval que (salvo catástrofe) marcará una época (otra más) en nuestro baloncesto, y el entrenador mejor de los posibles para favorecer su eclosión.

Ricky Rubio es un sueño, verle atacar es una maravilla, verle defender es una delicia… Pero Ricky, a sus dulces dieciséis años, es simplemente uno más en esta Penya, nada más (y nada menos) que eso. Miremos a su alrededor y encontraremos tipos que hasta podrían ser su padre (por edad, me refiero), tipos que parecían perdidos para la causa, tipos que emergieron cuando ya parecía imposible, tipos que se quedaron cuando ya parecían haberse ido.

Encontraremos, por ejemplo, a Bennett, aquel que acabó su periplo madridista con el cartel de acabado colgado del cuello, como si ya se le hubiera acabado el baloncesto…

Encontraremos a Andrew Betts, tantos años empeñado en demostrarnos que era sólo cuerpo y centímetros, que apenas tenía sangre en las venas, y hoy sacando a relucir todo el baloncesto y todo el carácter (a veces, incluso demasiado) que jamás pensamos que tuviera…

Encontraremos a Robert Archibald, aquel The Human Foul que conocimos en Illinois y que pasó un año en lo más profundo del banquillo de Memphis, que dio tumbos por Valencia y por más sitios y que ahora en Badalona acabará completando su transfiguración: sigue repartiendo los mismos mandobles de siempre, pero es capaz de hacer jugadas que antes nadie habría podido imaginar…

Encontraremos a Gaines, a Sullivan, americanos que acabarán haciendo (sobre todo el primero) el recorrido habitual en Badalona, cuando llego no soy nadie, cuando salgo se me rifa todo dios…

Encontraremos a tíos tan contrapuestos como Marcelinho Huertas o Dimitri Flis, a tíos ya con escamas pero igualmente entregados a la causa como Paco Vázquez o Ferrán Laviña…

Encontraremos a Lubos Barton, muy posiblemente el secreto mejor guardado de toda la ACB, el típico jugador del que no conoces su importancia hasta que le echas de menos, el que lo hace todo bien, todo sencillo, todo sin ruido…

Y encontraremos, cómo no, a Rudy Fernández, nuestro Rudy, el Rudy de todos. Dentro de apenas unos meses comunicará su marcha y muchos lo vivirán como un drama. No deberían. No deberían olvidar que Rudy ya tuvo puesta la escalera de salida este pasado verano, justo cuando se cruzó por medio la Euroliga, la posibilidad de cumplir con su Penya su sueño de tantos años. Tomó su decisión, y nunca una decisión fue más beneficiosa. Para todos. Para nosotros, que disfrutamos de su juego; para su club, que cuenta sus canastas y pasea orgulloso a su emergente estrella por media Europa; para la NBA, que se encontrará en el verano de 2007 a un jugador infinitamente mejor y más maduro que el que se habría encontrado en 2006; y para él, sobre todo para él, creciendo como jugador, madurando como persona, disfrutando como un niño de una experiencia que se le quedará grabada para toda la vida.

Y encontraremos a tantos otros que me habré dejado por el camino, a todos los que pueden sentirse orgullosos de esta criatura que asombra allá por donde pasa. Cójase su plantilla, compárese con las ocho o diez más potentes de la ACB, con casi tres cuartas partes de las que pululan por la Euroliga: si sólo vemos nombres, no hay color; pero afortunadamente hace ya mucho tiempo que el baloncesto dejó de ser sólo cosa de nombres.

Y así van por Europa, dejando miles de bocas abiertas a su paso: tomando Málaga con un palmeo imposible (y arrasándolo de 53 en la vuelta), tomando Ljubljana o Belgrado, a punto de tomar Atenas o Tel Aviv, hipnotizando en Badalona al mismísimo Maccabi en el partido más hermoso de los últimos tiempos… Claro, pero todo eso repercutirá en la ACB, ¿no? Es posible: no sabemos dónde estaría esta Penya sin la Euroliga de por medio, pero sí sabemos perfectamente dónde está ahora: en el segundo vagón de la competición, clasificada para la Copa sin demasiada holgura pero sin apenas agobios, administrando a las mil maravillas (también) su cansancio europeo.

Y siempre jugando como los ángeles, y defendiendo como ya quedó (demasiado) dicho, y atacando a tal velocidad que da gloria verlos. Qué bien lo explicó Bennett a la manera de Bruce Lee, en aquella parodia del anuncio, si metes una canasta serás feliz, pero si das una asistencia y otro mete canasta, los dos seréis felices; en DKV Joventut somos líderes en asistencias de la Liga ACB, por eso somos felices; sé un base, amigo mío. ¿Se puede explicar mejor el concepto de baloncesto entendido como juego de equipo? Yo no, desde luego…

Si el baloncesto es una forma de vida, el juego de la Penya parece la metáfora de la mejor vida posible. Tantos ya lo dijimos estos días, es algo así como un reconstituyente: acaba el partido y te sientes mejor, más a gusto contigo mismo y con los que te rodean, rebosante de energía, de vitalidad, de optimismo. Si es verdad aquello de que la felicidad reside en las pequeñas cosas, ésta debe de ser sin lugar a dudas una de ellas.

Dentro de unos meses acabará la temporada, llegará el momento de hacer balance y no faltarán todos esos seres propensos a encontrar fracasos si no ven títulos en las vitrinas (lo cual, lógicamente, está por ver), que en ese supuesto se llenarán la boca con el típico ya ves, tanta energía, tanta alegría, tanta presión, tanta leche y luego mira, han acabado haciendo poff, si es que se veía venir, qué se habrían creído, se pensarían que podían aguantar a ese ritmo todo el año… Y sin embargo a mí me dará igual. A mí, desde mi lejana neutralidad, me dará lo mismo. Es decir: ojalá ganen un título, se merecen no ya uno, se merecen todos los títulos del mundo. Pero habiendo jugado así, si no lo ganan no será nunca un fracaso. Porque, acabe como acabe la temporada, nadie nos podrá quitar ya la satisfacción de haber disfrutado del mejor baloncesto posible, de algunos de los más bellos momentos que últimamente nos ha dado este maravilloso juego.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

Vosotros, que nos hicisteis tan felices   Leave a comment

(publicado el 28 de diciembre de 2006)

 

Estos son días (dicen) de felicidad. Son días también de echar la vista atrás, de hacer balance y repasar lo ocurrido en el año que termina. Es decir, que quizá sea éste el mejor momento para expresar nuestra gratitud (16 gratitudes concretamente, in alphabetical order) a aquellos que, una ya lejana mañana de septiembre, nos hicieron tan inmensamente felices:

Cabezas, Carlos

Mira que he sido yo duro toda mi vida para encontrar parecidos, y sin embargo éste me saltó a la vista ya desde aquella primera vez que apareció en mi televisor, allá por Lisboa 1999. Pero claro, no me podía recordar a una persona humana, ni a un animal siquiera, no, yo soy mucho más difícil, fue verle y exclamé: “¡coño! (con perdón) ¡Manolito, el de Mafalda!” (años más tarde descubrí que hubo más gente a la que le pasó lo mismo). No lo vieron así sus compañeros de aquella selección, más políglotas, que le apodaban Charlie Heads…

Hoy su gesto (su pelo, sobre todo) se ha suavizado, el parecido ya no es (si es que alguna vez lo fue) tan evidente, pero da igual: para mí siempre fue, es y será Manolito. El Manolito que clavó el triple definitivo de aquella inolvidable final contra USA; el Manolito que llegó para apoderarse (titular o suplente, qué más da) del puesto de base en ese Unicaja suyo del alma; el que ganó Korac, Copa o Liga dejándose siempre todo lo que llevaba dentro; el que pareció que nunca llegaría a la selección; el que una vez llegó pareció que siempre se estrellaría, que siempre sería el último descarte; el que por fin consiguió quedarse justo en el momento menos indicado, justo en ese Eurobasket del pasado año en el que todo le salió mal; el que este año, con más competencia, pareció que lo podría tener crudo para volver; el que, una vez volvió, tuvo toda la mala suerte del mundo en esos primeros días de competición; el que, al llegar los momentos decisivos, fue tan importante como siempre pensamos que podría ser; el que acabó demostrando que la selección también era y seguiría siendo su sitio…

Han pasado meses desde aquello. A día de hoy Cabezas sigue al frente del ciclotímico Unicaja. Muy pocos se salvan en el desconcertante año malagueño pero él sí, jugando (tal vez) el mejor baloncesto de su carrera, multiplicándose ante los achaques de Sánchez y dejando noches inolvidables como aquella de Tel Aviv. Manolito for ever.

 

Calderón, José Manuel

Por extraño que parezca, la vida siempre tuvo con él el don de la inoportunidad. Fue inoportuna en 1999 con aquella lesión que le dejó fuera del oro de Lisboa. Fue inoportuna unos cuantos años más tarde, ya de vuelta a Vitoria, cuando aquella otra lesión le dejó fuera del que estaba siendo (hasta entonces) el mejor partido de su carrera, un quinto encuentro de aquella serie que tras su ausencia el Tau ya no tuvo más remedio que perder. Y aún fue más inoportuna al año siguiente (el de su consagración), con esa apendicitis truncándole los playoffs, una vez más…

Ya no es que nadie le haya regalado nada, es que casi siempre lo ha tenido mucho más difícil que los demás. Otro se hubiera venido abajo pero él nunca tuvo el menor reparo en buscarse la vida donde fuera, en cesiones a categorías inferiores o en lugares lejanos, en ir paso a paso, en trabajar como nadie… Y en cualquier lugar que estuvo ya dejó huella, e incluso en sitios de tan poca exposición como Fuenlabrada (siendo suplente, además) ya la NBA empezó a sentir su llamada, ya aquella Liga empezó a beber los vientos por él…

Esos vientos que, tras explotar definitivamente, se lo llevaron al Canadá. Y allí (o por allí cerca) seguirá mientras él quiera, desparramando compañerismo, pasión, clase, penetraciones casi imposibles, buena lectura, juego orientado exclusivamente al equipo. Porque es demasiado poco egoísta para ser titular, pero al mismo tiempo es demasiado bueno como para que cualquier franquicia se permita el lujo de dejarle escapar.

 

Creus, Joan

Probablemente la típica frase de “le cabe todo el baloncesto en su cabeza” nunca se aplicó a nadie con más sentido que a él. Probablemente nadie jugó en nuestra élite más tiempo que él, nadie se cruzó con tantas generaciones de jugadores, nadie conoció a tantos entrenadores… casi un cuarto de siglo de baloncesto (de 1975 a 1999) da para mucho. Para jugar en equipos grandes y en pequeños, para tener miles de buenos y malos momentos y para acabar tu carrera en un club modesto, reconvertido en grande por un día merced a casi su sola presencia. Para ganar una inolvidable Copa del Rey rondando los cuarenta, para ganar una histórica Liga ya con los cuarenta bien cumplidos. Para hacer historia.

Era tal su magisterio que desaprovecharlo habría sido un auténtico desperdicio. Y Televisión Española, tan absurda tantas veces, en esta ocasión sí supo ver lo evidente. Y si alguien podía tener dudas acerca de su capacidad para comunicar (no basta con saber, también hay que saber contarlo) sólo hizo falta el primer partido para que quedaran totalmente despejadas. Comprendía el juego como nadie, lo explicaba como nadie, lo desmenuzaba como ningún otro. Y nunca terminará de asombrarnos su capacidad de anticipación, ese ahora fulanito saldrá al bloqueo, se abrirá y entonces menganito la pasará al otro lado, y allí zutanito se habrá quedado solo para el tiro de tres… El término analista nunca alcanzó mayor sentido. Y Javier Imbroda nunca perdonará al ente público que les fichara a los dos a la vez, que incluso les hiciera coincidir en alguna ocasión. Probablemente los comentarios de Imbroda nunca nos hubieran producido tanto sonrojo de no haber tenido a alguien a su lado con quien poder comparar.

Es, fue y será siempre Chichi. Si ese mote fuera aplicado a cualquier otra persona sólo generaría toneladas de hilaridad y sarcasmo. Nunca con Creus. Su apodo nunca chirrió, como si fuera el nombre de pila, como si fuera lo más natural del mundo. Y hoy es sólo sinónimo de dignidad, de (sobre todo) admiración. Grande, Chichi.

 

Díaz, Jenaro

Hasta hace muy pocos meses apenas los muy iniciados sabían quién era. De hecho todavía hoy, antes de escribir esto, conviene cerciorarse de su nombre de pila en el gúguel, sólo para confirmar que se escribe con J y no con G como parecería normal. Pero hoy, afortunadamente, ya conocemos más cosas de él. Sabemos que viene de Asturias, maravillosa tierra, pero de la que sale muy poquita gente de baloncesto. Supimos, gracias a una entrevista en Gigantes, que tiene una extraña cualidad que algunos despreciarán pero que a mí me resulta absolutamente envidiable: le basta con dormir dos horas y media al día, tres como mucho. Es decir, que a la hora de hacer balance descubrirá que (si ello no repercute en su salud) la vida le habrá cundido muchísimo más que a cualquiera de nosotros, humildes mortales que apenas somos capaces de encontrar tiempo libre para ver nuestros partidos o para escribir nuestras tonterías.

Pero supimos también, y hoy lo sabemos más aún, que Jenaro tal vez fuera el secreto mejor guardado de aquella selección. Su trabajo en la sombra, estudiando a sus aleros, analizándolo todo en su inseparable miniordenador portátil, probablemente fuera mucho más importante para aquel éxito de lo que él mismo reconocerá nunca.

Por aquel entonces se anunció su fichaje para el nuevo Real Madrid de Joan Plaza, y un reconocido forero de esta misma página (llamado Fénix) nos escribió que Jenaro Díaz le parecía uno de los mejores entrenadores asistentes actuales. Si entonces pensé que tal vez estaba en lo cierto, hoy, varios meses y un montón de partidos después, ya no me cabe la menor duda.

 

Fernández, Rudy

Cuando tuvimos ya criados a los niños de Lisboa, por un momento nos invadió una extraña sensación de vacío: ¿y si resultara que esto es flor de un día, que pasarán más de mil años, muchos más, antes de que vuelva a producirse otra eclosión de talento?

Y entonces, precisamente entonces, llegó él. Llegó ya con pedigrí familiar baloncestero, llegó de Mallorca a Badalona y casi inmediatamente empezamos a tener noticias suyas, que se vieron confirmadas en cuanto le vimos jugar. Por extraño que pudiera parecer, aquel chaval lo hacía todo bien: el tiro, la penetración, la defensa… Tenía tanto talento como el que más, pero además tenía una cosa que por aquí no estábamos acostumbrados a ver, en absoluto: aquel chaval volaba. Le podías poner un balón en las lámparas con la seguridad de que lo alcanzaría y bajaría con él en las manos para incrustarlo por el aro.

Su puesta de largo fue en aquella Copa del Rey 2004, la que acabó en final contra el todopoderoso Tau. Allí le vimos volar como nunca le habíamos visto, buscando el oop para cada casi imposible alley del Gusi. Allí jugó de cine, defendió a muerte, luchó cuerpo a cuerpo, descubrió en su cara el afilado codo del Chapu… Allí maduró, casi de golpe. Allí consiguió el primer MVP de su vida, aún pese a perder… Allí empezó a ser lo que hoy es: un campeón del mundo, sexto hombre tan fundamental en aquel equipo como cualquiera de los cinco que le precedieron.

Apenas le quedan seis meses de ACB. De hecho ya se pudo ir a la NBA mucho antes pero se lo impidió alguna lesión, y (sobre todo) una buena dosis de sentido común. Las franquicias se lo rifarán en junio, y la que resulte ganadora ya querrá tenerle a su lado en octubre. Y me temo que será para quedarse, y por mucho, mucho tiempo.

 

Garbajosa, Jorge

Algunos jugadores nacen; otros se hacen. A Jorge Garbajosa le cabe el honor de pertenecer a este último grupo. Siempre podrá estar inmensamente orgulloso ya que nada le fue dado porque sí, todo se lo tuvo que ganar con su esfuerzo.

Aquel adolescente que un lejano día viajó de Torrejón a Vitoria sólo tenía centímetros (y algún kilo de más), pero carecía incluso de la pinta de jugador de baloncesto. Inmensas e intensas sesiones de trabajo acabaron produciendo un pívot de regular muñeca y decentes movimientos que contra todo pronóstico empezó a asomar cada vez más la cabeza, empezó a ser importante en aquel Baskonia aún poco acostumbrado a los títulos y que una buena noche, con él de inesperado protagonista, acabaría ganando su primera Recopa (título a extinguir, aunque entonces no lo sabíamos).

Podría haberse quedado allí, conformarse con lo ya logrado, con ser simplemente un buen jugador de rotación. Pero él no, él de repente vio abiertas las puertas de Italia y para allá que se fue de cabeza; allí, en aquella Bennetton de Mike D’Antoni alcanzó la madurez absoluta, en lo baloncestístico y en lo personal. Ya apenas quedaba nada de aquel chaval de movimientos ortopédicos, ahora sustituido por un hombre coordinado y con muñeca de seda, tan capaz de fajarse dentro como de clavártela desde fuera. Y de ahí al infinito: Los del CSKA le ofrecieron el oro (de Moscú) y el moro, pero él prefirió Málaga, que tal vez paguen menos pero hace más calor y tienen mejor playa. Y allí Garbadiós dejó una Copa, dejó una Liga, dejó un recuerdo sencillamente imborrable.

¿Qué más quedaba por hacer? Te puede gustar mucho el sol de Málaga pero si la NBA se cruza en tu camino no te será fácil resistirte. Aún no había llegado a Toronto y a los agoreros de turno ya les faltaba tiempo para augurar la catástrofe, no tiene cuerpo de NBA, no tiene centímetros para jugar dentro en NBA, no conoce el rango de tiro de tres de la NBA… Y él, que jamás se ha preocupado por estas cosas, pues a lo suyo, a trabajar día tras día. Y es curioso: apenas llevamos dos meses de temporada y alguno de los agoreros de antes ahora ya presenta su candidatura para rookie del año. Probablemente no lo será, pero sí parece seguro que en febrero podrá hacer un viaje a Las Vegas. Y entonces lo habrá conseguido, una vez más: habrá superado, con creces, cualquiera de las expectativas puestas en él. No, nunca nadie le regaló ni le regalará nada. Ni falta que le hace.

 

Gasol, Marc

¿Qué queda de aquel niño que seguía tímidamente los pasos de su hermano por los pasillos del All Star Weekend 2002? ¿Qué queda de aquel crío a quien Shaq acogió, al que se llevó casi de la mano para ir presentándoselo a unos y a otros? Aquel chaval empezó a madurar en un modesto high school de Memphis al que inundó de canastas y regaló los dos mejores años de baloncesto que dicho centro haya conocido jamás. Y luego llegó la duda: ¿universidad allí? ¿el Barça aquí?

El Barça parecía mejor opción, y seguramente lo era. Si hubiera jugado. En muy poco tiempo a Marc le sobraban todos los kilos que a su hermano siempre le faltaron, y como de costumbre nunca supimos si fue antes el huevo o la gallina: nunca supimos si no jugaba por no estar en forma, o si no estaba en forma por no jugar. Es muy dura la vida de un canterano en un equipo grande, y aún más si tiene un hermano-megaestrella con el que estarle comparando permanentemente. Así que hace apenas seis meses muchos estábamos convencidos de que su carrera ya se había echado a perder: en el mejor de los casos tendría que ganarse la vida saliendo desde el banquillo en cualquier equipillo del montón…

Pero a veces, sólo a veces, le dejaban asomar la cabeza, y apenas cinco minutos ya bastaban para que viéramos que ahí podía haber algo más. El que más lo vio fue Pepu. La caída de Fran Vázquez le entreabrió una puertecita por la que entró tímidamente, de sustituto de los sustitutos. Parecía una locura que pudiese adelantarlos, parecía una locura que al final viajase a Japón, parecía una locura pensar que allí pudiese tener minutos… bendita locura.

Hoy la locura continúa en Girona. Con un entrenador que le quiere, con unos compañeros que le respetan, con un ex equipo grande que aún se tira de los pelos por haberle dejado escapar. Dentro de apenas seis meses David Stern pronunciará su nombre en la ceremonia del draft. Tal vez no se vaya para allá inmediatamente, pero tarde o temprano acabará acudiendo a su cita, y no habrán de pasar muchos años antes de que le veamos jugar contra su hermano.

Gasol, Pau

En aquella expedición victoriosa de Lisboa 1999 sus compañeros, en un alarde de creatividad, le apodaban Gasofa. El tal Gasofa por aquel entonces era un presunto tres, 207 centímetros escasos de carne y rebosantes de huesos, buena mano de fuera, apenas juego de espaldas al aro. En aquel equipo tenía un papel muy discreto: los que allí estuvieron cuentan que fue titular pero los que pudimos ver únicamente semifinal y final le recordamos saliendo del banquillo, por Dramec o por Felipe. Y ya entonces, por maravillosos que nos resultaran Navarro o Raül, Pau era el único al que imáginabamos algún día en la NBA: sólo tendría que ganar músculo para que sus centímetros y su calidad le hicieran convertirse en algo así como el nuevo Kukoc…

Apenas dos años después la historia ya nada tenía que ver con todo lo anterior: los 207 centímetros se habían convertido en 215, lo del nuevo Kukoc ya se le había quedado muy pequeño, y además aquel chico tímido de repente se nos había convertido en líder desbocado: capaz a sus apenas 20 añitos de liarse la manta a la cabeza y arrastrar a su Barça a ganar Copa primero y Liga después, y arrollando en ambos casos. Lo que había empezado siendo el año de Seikaly acababa siendo el año de Gasol.

Y de ahí al draft, y los pronósticos le sitúan del puesto 15 al 18, y sin embargo podría ser que saliera incluso más alto… ¿incluso? El número tres, lo nunca visto. Y el resto ya es historia. Nunca nadie de aquí fue titular allí, nunca nadie de aquí fue estrella allí, nunca nadie de aquí jugó playoffs allí, nunca nadie de aquí fue all star allí… Sí, le queda ganar en playoffs, le queda aspirar al título, le queda ganarlo… Le quedan muchos años para seguir haciéndonos disfrutar, allí y aquí. Para que la gente se siga volviendo loca con él, para que le sigan eligiendo deportista español del año por delante de alonsos, nadales o pedrosas… y para seguir siendo el líder de aquel equipo que convirtió nuestros sueños en realidad.

Nunca antes jugador alguno fue elegido MVP de una competición en la que ni siquiera hubiera participado en la final… O eso parecía; porque Pau sí que jugó aquella final: desde el banquillo y con muletas seguramente realizó uno de los más grandes encuentros de su carrera. Tal vez no se reflejó en las estadísticas, pero bastará preguntar a cualquiera de sus compañeros: todos lo confirmarán, todos te dirán que su inspiración, su mera presencia, su Pau también juega fue la pieza fundamental para ganar aquel inolvidable partido.

En septiembre nos vemos, Pau.

 

Hernández, Pepu

El hombre sencillo. Alguien que ama tanto el baloncesto como para convertirlo en su profesión, y que ama tanto su profesión como para dejarla si resulta que un día su motivación ya no es la misma. Dos veces lo hizo, dos veces anunció su adiós, en pleno éxito, sin que nadie le echara, dos veces se fue sin hacer ruido de su Estudiantes del alma. Y como aquello no podía ser normal las especulaciones se desataron, que si se llevaba mal con no sé quién, que si le habrá tocado una quiniela, que si la lotería… Tal vez. O tal vez fue, sencillamente, que un día entendió que la vida, la calidad de vida, es algo muchísimo más importante que el éxito profesional.

Pero el éxito persigue a aquellos que se empeñan en hacer siempre bien las cosas. Una selección llena de buen rollo como ésta, y un buen tío como él, sencillamente estaban destinados a encontrarse. Y esa humildad, ese trabajo discreto, ese dejar todo el protagonismo a los jugadores no tenía más remedio que acabar funcionando bien. El maravilloso éxito de Japón era casi inevitable, casi acabó cayendo por su propio peso.

Y él, que nunca fue hombre de ruido sino de nueces, volvió a Barajas y de repente se encontró a una multitud en la calle aclamando su nombre, un gentío que apenas terminaba de secarse las lágrimas derramadas el día anterior; allí se dio cuenta de que, por una vez, quizá por primera y última vez en su carrera, debía volver al ruido; dijo sencillamente una palabra en cuatro tramos, BA – LON – CES – TO, y casi sin darse cuenta consiguió que las lágrimas se derramaran de nuevo.

(Mira que le habré visto veces, de lejos, a pie de cancha… Pero siempre recordaré aquella noche en la que me di casi de bruces con él, hará como dos años y medio, yo de vacaciones en Ribadesella, él sentado en la terraza de aquella estupenda sidrería frente al puerto. Pensé en saludarle, en estrechar su mano, en felicitarle por tantas cosas… pero no lo hice: evidentemente él estaba con más gente, quién era yo para interrumpir aquello, al fin y al cabo él tenía tanto derecho a disfrutar de sus vacaciones como yo de las mías… Sé que hice lo correcto, pero también sé que siempre me arrepentiré de haber hecho lo correcto…)

Grande, Pepu.

 

Jiménez, Carlos

Tiene esa cara de no haber roto jamás un plato, esos suaves modales de buen chaval que de entrada te llevarían a pensar en un tipo blandengue e inocentón. Tal vez la cara sea el espejo del alma pero en su caso eso sólo puede ser verdad fuera de la pista. Porque en cancha nos encontramos al mejor defensor que uno pueda imaginar, al mejor reboteador desde el puesto de tres que hayamos nunca conocido por estos pagos, al tipo más luchador, honesto y entregado a su causa que uno pueda encontrarse en una cancha de baloncesto. Y todo ello sin descomponer jamás el gesto, sin una mala actitud, sin un roce.

Un día se convirtió en el hombre intangible. Ya ni siquiera hacía falta que sumara en las estadísticas porque su sola presencia era suficiente para cambiar el curso de un partido, como esa pieza de cualquier motor que piensas que apenas tiene importancia pero que es la que hace que finalmente todo aquello no chirríe, que todas las demás piezas encajen bien.

La pérdida de la inocencia le llegó en el verano de 2005, justo aquel día en que pensó que podría hacer lo que quisiera, al margen de contratos firmados, al margen de voluntades ajenas. Y de repente el jugador serio se nos convirtió en triste, y sus intangibles pasaron a ser más intangibles que nunca: esta vez sí que no había por donde tocarlos.

Le tacharon de traidor, aunque curiosamente su presunta traición nunca llegó a consumarse. Tanto quiso quedarse en Madrid que al final se cansó de quererlo, que finalmente se bajó al sur. Allí su vida no es más fácil, más bien al contrario. Allí le piden que les haga olvidar a Garbajosa, como si eso fuera posible. Allí ya no le cantan el “Carlos Jiménez, menudos huevos tienes” que con dudoso gusto y aún más dudosa rima popularizó durante tantos años la Demencia. Allí hay algunos que hasta le cuestionan. Pero al menos vuelve a ser él mismo, al menos la tristeza ha vuelto a vuelto a convertirse en (simplemente) seriedad.

También en la selección. Al lado de su eterno Pepu del alma fue de nuevo el eterno Jiménez de siempre, el de los intangibles tangibles, el del trabajo interminable, el de la inmensa humildad dentro y fuera de la pista. Tanta humildad como para (merced al caótico protocolo de la FIBA) no llegar a recibir ni levantar nunca el trofeo de Campeón del Mundo, pese a su condición de capitán. No le importó, ni tenía por qué importarle. Él es así, y eso le hace todavía más grande.

 

Mumbrú, Alex

Hace algunos años la prolífica cantera badalonesa parió a una generación de jugadores a la que a mí me dio por llamar “La Quinta de la U”, por la sencilla (y estúpida) razón de que prácticamente todos sus apellidos acababan en dicha letra. De aquella generación formaba parte alguno de los Grimau, formaba parte aquel Pacreu que se nos fue perdiendo y también, cómo no, formaba parte este Mumbrú (de no haber sido así, a ver por qué iba a estar yo contando esto ahora), del que ya se veía a la legua que era, de entre todo aquel grupo, el que podría alcanzar las cotas más altas algún día.

Tan altas incluso como para ser campeón del mundo. Otros llegaron por un camino recto pero el suyo fue largo y (sobre todo) tortuoso: lleno de curvas, de ascensos y descensos, de idas y venidas. Un día se convirtió en estrella en su club, al siguiente se vino para Madrid, al otro volvió a Badalona con cara de fracaso, allí volvió a ser estrella, de allí de nuevo a Madrid… El jugador Puente Aéreo, le acabamos llamando. Y tres cuartos de lo mismo en la selección: ahora entro porque estoy que me salgo, ahora salgo porque no me encuentro…

¿Cuál era el verdadero Mumbrú? Sin duda éste de ahora: el que alcanzó la cima cuando tuvo estabilidad en la Penya, el que se vino abajo con la inestabilidad del Madrid, el que ahora sí triunfa en Madrid porque ahora el medio sí es el adecuado… El que en la selección ejerció casi de especialista en el tiro (precisamente él, que empezó su carrera casi como especialista en la penetración). El que llegó casi de puntillas y finalmente encontró, en Saitama, aquella maravillosa estabilidad que había estado buscando durante tanto tiempo.

 

Navarro, Juan Carlos

Lisboa 1999 fue un descubrimiento: nos permitió conocer a unos cuantos jugadores con cuyos nombres ya casi soñábamos, pero a los que (la mayoría de nosotros) jamás habíamos podido ver jugar: Felipe, Raül, Dramec, Gabriel, Gasol… No así Navarro. A Juan Carlos ya nos lo habíamos encontrado muchos meses antes, niño precoz en el Barça de Aíto, de base puro tapando huecos. Algún narrador televisivo, cualquiera de los habituales, nos explicó que a aquel chaval le llamaban La Bomba, porque tira mucho de tres (explicación discutible, por lo que después supimos). Reconozco que en aquellos primeros partidos con el Barça (¿qué tendría, 17 años?) me dejó absolutamente frío, reconozco (aunque me pese) que me puse a ver aquella semifinal y final de Lisboa sin esperar demasiado de él… Así que apenas tardé unas pocas horas en pasar de la indiferencia al entusiasmo, del entusiasmo a la debilidad absoluta y de la debilidad casi al enamoramiento deportivo. Y en los días siguientes me faltó tiempo para ir proclamando a todo aquel que lo quiso escuchar (afortunadamente fueron pocos) que aquella bomba era el mejor producto que había dado jamás nuestro baloncesto.

Es corriente que en los equipos grandes haya estrellas, normalmente venidas de fuera, y piezas de intendencia, a menudo sacadas de la propia cantera de la entidad. Los términos estrella y cantera no suelen ir unidos, y si alguna vez coinciden lo harán bajo sospecha: buah, tan bueno no será si siempre ha jugado aquí, a ese habría que verle en otro lado… Las estrellas venidas de lejos son estrellas por definición, las criadas en la propia casa deberán refrendar su condición de estrellas permanentemente: que si defiende poco, que si saldrá desde el banquillo porque hemos fichado a Fulanito, que si no está preparado para la dinámica de trabajo de tal o cual entrenador… Mientras otros hablan, él contesta: en la cancha. Durante todos estos años nadie fue más imprescindible que él en su Barça: ni en los tiempos felices de antaño, ni en los tiempos de zozobra de hoy.

Llegó a la selección absoluta, de la mano de Raül, a representar un extraño papel (o a verse obligado a hacer el paripé, también podríamos decir) en aquellos infaustos Juegos de Sydney. Pero llegó para quedarse y ya jamás se ha bajado del tren, así el maquinista se llamara Lolo, Javi, Moncho, Mario o Pepu. Hasta consiguió que acuñáramos el término navarrosistema, a imagen y semejanza de aquel episistema de los ochenta. Sólo flaqueó ligeramente en Atenas 2004, quizás por culpa de aquella paternidad inminente. Nunca antes. Nunca después. Hoy la FIBA le debe un puesto en el mejor quinteto del Mundial de Japón, y debería ir pensando cómo devolvérselo.

¿La NBA? En otros casos se habla de aventura, de temeridad, de consecuencia lógica, de culminación… En su caso, llegar a aquella Liga será sencillamente una cuestión de justicia histórica.

Reyes, Felipe

Tal vez nunca llegue ya a la NBA, y probablemente ni falta que le hace. Seguramente ya nunca llegará a Memphis para cumplir el sueño de su amigo Pau, ni tampoco llegará jamás a Sacramento, a la franquicia que por apellido debería corresponderle. Qué más da. Cuando se retire habrá marcado una época, y con eso será más que suficiente.

¿Y quién nos lo iba a decir cuando apareció en escena, cuando era sólo el hermano de Alfonso? Era un cuatro puro y duro (con cositas de cinco) pero el no estar sobrado de estatura parecía predestinarle a evolucionar hacia el puesto de tres. En el Estu y en todas las categorías inferiores de la selección se debieron tirar años intentándolo, pero no hubo manera: tirito de tres o cuatro metros, sí, mira, pero… ¿separarle más del aro? Si no se deja…

Afortunadamente. Porque él año tras año nos sigue dando un curso de cómo se juega ahí dentro, nos sigue demostrando que el tamaño no es lo más importante, tampoco a la hora de coger rebotes. Ponle deseo, músculo, buena colocación y, sí, si puedes añádele también centímetros, pero sin que rebose, que tampoco hace falta. Y si es en ataque, agárrala bien, no la bajes, métete el aro entre ceja y ceja, incrústala… Haz simplemente eso y serás el más apreciado, el más deseado, el más añorado cada vez que faltes. Como en el Estu cuando te fuiste (tras el habitual sainete contractual que preside las relaciones baloncesteras madrileñas); o en la selección cuando anduviste lesionado, este mismo verano: si tantas veces arrollaron sin ti, no quiero ni pensar cuánto podrían haber arrollado contigo.

 

Rodríguez, Berni

Sí, él también estuvo en el (ya citado demasiadas veces) equipo que fue campeón del mundo junior en Lisboa 1999. Y en los años siguientes algunos de los que fueron sus compañeros llegaron ya a la selección absoluta para quedarse, otros fueron entrando y saliendo… Él no. Él, si acaso, acudió eventualmente, para participar en algún bolo estúpido, en alguno de esos partidos a destiempo clasificatorios para cualquier Eurobasket. Pero nunca llegó a tener una estancia larga en la selección grande hasta este verano de 2006. Precisamente hasta este verano, justo cuando ha vuelto a ser campeón del mundo. ¿Mera casualidad?

En absoluto. Los que le vemos jugar con frecuencia sabemos que llevaba tiempo mereciendo volver, y en la temporada 2005-2006 tuvimos clarísimo que ya había llegado el momento. Tanta gente lo tuvo claro que de repente dejó de ser Berni Rodríguez para convertirse en Berni Selección, en palabras de (el muy añorado) Ernest Riveras…

Pero es que Berni no es sólo eso. Los que tienen la suerte de conocerle dicen que Berni es un tipo especial, una especie de pegamento capaz de vertebrar cualquier grupo humano. A menudo hemos leído cómo hacía equipo en Málaga, cómo acogía a los nuevos, como su casa llegaba a ser casi parada obligatoria… Y por si nos podía quedar alguna duda de que esto se trasladara a la selección, nos la quitó Creus no hace muchas fechas contando durante una retransmisión televisiva lo buen tío que es Berni, el magnifico ambiente que crea en cualquier vestuario, lo fácil que resulta la convivencia cuando en un grupo hay alguien como él.

Así que aunque no supiera jugar ya sería importante, pero es que resulta que encima sabe jugar (y muy bien), y lucha, y se entrega, y defiende como el que más, y anota de fuera, y se toca la oreja para que su chica no tenga dudas de a quién ha dedicado ese triple, y de repente rompe en penetraciones que te ponen el partido del revés… No cambies nunca, Berni.

 

Rodríguez, Sergio

Apenas sabíamos aún quién era cuando aquella mañana de repente se nos apareció en la portada de Gigantes, recién regresado de su primera aventura americana, de aquel Nike Hoop Summit que le dejó tan buen sabor de boca. Y sin embargo hubo muchos que se echaron las manos a la cabeza, qué horror, qué barbaridad, darle toda una portada, si es sólo un crío, si apenas tiene 17 años…

Hicieron falta muy pocos meses más para que volviera a ser portada (solo o en compañía de otros) y para que esta vez nadie tuviera ya la osadía de cuestionarlo. Aquel Europeo Junior de Zaragoza fue su presentación en sociedad (aunque poco tiempo antes ya nos había dejado su tarjeta de visita, sólo con aquellos 15 últimos segundos del último partido de la maravillosa final Barça-Estu), aquel fue el momento que nos abrió los ojos a todos, creyentes y escépticos, convencidos y descreídos. De repente supimos que existía la magia.

Magia y riesgo son dos palabras indisolublemente unidas al juego, incluso a la vida de Sergio. Es la apoteosis de la creatividad, es el intentar ser sublime sin interrupción. Es esa penetración que desafía las más elementales leyes de la lógica, es ese dribling resuelto de manera insospechada (por entre las piernas del defensor, si es preciso), es ese pase que no es pase porque lo suyo no son pases, lo suyo son preasistencias. Él te dará la canasta hecha, peor para ti si no la metes. Y para ello, el riesgo: dar una preasistencia es mucho más difícil que dar un pase cualquiera, por ello quien le compre tendrá que asumir que le perderá balones, a menudo demasiados. Pero mejor será que no se quede sólo con ese dato, porque hará bien también en fijarse que a cambio le dará más canastas que ningún otro. Alguien dijo alguna vez que quien no se arriesga no gana, y está claro que él lo sabe mejor que nadie.

Riesgo también fuera de la pista, riesgo para dejar atrás su casa y lanzarse en plancha a la definitiva aventura americana, a empezar a cumplir su gran sueño en un lugar tan inhóspito para un chicharrero como Portland, Oregón. Pero cuidado con los sueños de este mu- Chacho, porque suelen cumplirse: soñó con ser Campeón del Mundo y lo fue (y con aportación decisiva en aquella semifinal ante Argentina); soñó con llegar a la NBA y allí está, sudando y disfrutando de cada segundo; y seguramente sueña también con llegar algún día a convertirse en una verdadera estrella de aquella Liga, y no seré yo quien apueste en su contra, porque éste es de los que se empeñan en hacer sus sueños realidad.

Y todo esto, con sólo 20 primaveras… Pongámonos cómodos y preparémonos para disfrutar, porque aún nos quedan años y años de magia.

 

Vecina, Rafa

Antes casi de que nos diera tiempo a saber quién era, él ya había pasado por algunas de las situaciones más extremas de nuestro deporte: fue joven y espectacular promesa pero se rompió, se destrozó la rodilla antes siquiera de empezar a ser realidad. Y por si todo aquello no fuera suficiente se tuvo que amargar la vida con uno de los líos contractuales más desagradables que se recuerdan (que la cosa de los sainetes no es exclusivamente madrileña, de hecho Penya y Barça también los montan muy buenos, muy de vez en cuando). Apenas había cumplido 22 años y parecía ya tener completo el cupo de desgracias de cualquier veterano.

Con una sola pierna llegó a Málaga y allí, de la mano de Mario Pesquera, consiguió resucitar cuando ya nadie daba ni medio duro por él. Y de allí a Madrid, de repente un extraño, a sentar cátedra, a recoger en Estudiantes el testigo de pívot líder y cerebral que durante tantos años había enarbolado el Oso Pinone. Cumplió a las mil maravillas, entre otras cosas porque a Vecina le podrían faltar muchas cualidades (piernas, salud, físico) pero hay una cosa que siempre le ha sobrado, a lo largo de toda su vida: inteligencia. Por arrobas. En Badalona, en Málaga, en Madrid, en su paso efímero por la efímera plaza salmantina, en cualquier sitio nadie fue nunca más listo que él. Nadie hizo más con menos, nadie usó mejor su cerebro para compensar sus carencias.

Siempre pensamos que algún día sería un gran entrenador, y por eso llevábamos ya demasiado tiempo echándole de menos. Hasta que la temporada pasada reapareció en nuestras vidas, primero como brillante analista euroliguero televisivo, después como asistente a la vera de su querido Pepu. Jamás tuvimos ninguna duda de que en ambos papeles lo haría realmente bien, jamás tendremos duda alguna de que siempre lo hará bien en cualquier cosa que se proponga. En estos tiempos duros en que la inteligencia es casi un bien escaso, un tipo así es un verdadero lujo. Un lujo ahora a nuestro alcance, afortunadamente.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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(publicado el 9 de noviembre de 2006)

La noticia brotó allá por la pasada primavera: Sergio Rodríguez se apuntaba al draft de la NBA. No debería habernos pillado por sorpresa, aún menos a los que desde siempre sentimos absoluta debilidad y total veneración por su desprejuiciado y desinhibido juego, por su inabarcable talento. Pero aún así muchos, en aquel momento, no pudimos evitar un ¿por qué, precisamente ahora? ¿qué prisa tiene? ¿por qué no espera un poco más? E imaginamos que iría de farol, como tantos otros: claro, sólo querrá tantear un poco el terreno, ¿no?

Pues no, porque pocos días después Sergio, recién caído su Estu en los playoffs, se embarcó rápidamente hacia los Estados Unidos, dispuesto a probar ante todas y cada una de las franquicias que se habían interesado por él. Durante varios días anduvo de acá para allá, de un extremo al otro del país, realizando toda clase de entrenamientos sin apenas descanso. Y las crónicas contaron (y no pararon) que el éxito sorprendió a la propia empresa, que todos por allí quedaron encantados de haberle conocido, que en Phoenix alucinaron en colores, que en Memphis no daban crédito, que en Boston se le caía la baba al mismísimo Danny Ainge, que en Sacramento estaban obnubilados, que en Los Ángeles (Lakers) poco menos que le hicieron la ola… ¿Todo demasiado bonito como para ser verdad, tal vez?

Así que llegó el día del draft y Sergio (que un lejano día, muchos meses atrás, llegó a aparecer en las proyecciones como probable número 2 de su promoción) fue elegido finalmente en el puesto número 27, por Phoenix… que inmediatamente traspasó sus derechos a Portland, prácticamente a cambio de nada. ¿a Portland? ¿y por qué a Portland precisamente? En aquel maratoniano viaje Sergio hizo pruebas en un montón de sitios, pero Portland no fue precisamente uno de ellos. Y en los días previos al draft se habló de un montón de posibilidades, pero los Blazers (que yo recuerde) jamás aparecieron en ningún rumor…

Será que estaban disimulando. Será que los equipos NBA en realidad prueban lo que no les interesa y procuran ni mirar siquiera a los que sí les interesan, no vaya a ser que la competencia se cosque. Lo cierto es que ahora (y sólo ahora) es cuando nos han contado que el interés de Portland por Sergio venía ya de lejos, que al parecer Kevin Pritchard, responsable de estas cosas en los Blazers y buen conocedor de nuestro baloncesto (en Cáceres le recordarán con nostalgia… bueno, en realidad en Cáceres recordarán con nostalgia todo aquello que tenga que ver con el baloncesto de élite), ya estaba siguiendo sus pasos desde hacía más de dos años…

Puede ser. Puede que el staff técnico estuviera entusiasmado con Sergio desde la cuna, y puede que lo llevaran tan en secreto como para no decirle ni media palabra ni siquiera a su propio entrenador, Nate McMillan, no vaya a ser que se vaya de la lengua, que luego a estos les da por hablar y luego pasa lo que pasa… Porque entre aquellas palabras que salieron de los despachos de los Blazers en los minutos posteriores a su elección, proclamando a los cuatro vientos que con Sergio habían conseguido el verdadero robo del draft, y estas otras de McMillan hace pocos días despachándose a gusto con el Chacho media no ya un abismo, sino tres o cuatro.

Nate McMillan… Aún está muy reciente su época de jugador, en sus Sonics de toda la vida. ¿El Espíritu de la Bahía, le llamaba Montes? En Seattle le querían con locura. Y eso que casi nunca fue el base titular, casi toda su carrera a la sombra del refulgente brillo que despedía Gary Payton. Pero era saltar a la cancha y la gente se volvía loca. Nunca anduvo sobrado de talento, si bien garantizaba una dirección más que correcta, una muy buena mano y un nivel defensivo que nada tenía que envidiar al de El Guante. Ahora bien, eran otros los aspectos en los que él marcaba diferencias: su intensidad, su entrega, su compromiso.

Permaneció allí durante toda su carrera, algo así como la versión NBA de lo que aquí llamamos jugador de club, al más puro estilo Víctor Luengo (por ejemplo). Ya de jugador tenía cara de entrenador, le pasaba como a (por ejemplo) Ivanovic, no resultaba difícil imaginarle dirigiendo a cualquier equipo (a ese mismo, concretamente) en un futuro más o menos próximo.

Pero este tipo de jugadores cuando se convierten en entrenadores tienen un problema: exigen a todos los que están bajo su mando el mismo grado de compromiso que ellos tuvieron en su etapa de jugador (el ejemplo de Ivanovic, de nuevo). Y eso no resulta nada fácil: seguramente el mundo sería maravilloso si todos fuéramos capaces de entregarnos a nuestras tareas con ese mismo entusiasmo y esa misma pasión, pero luego llega la cruda realidad para recordarnos que cada uno es como es. No se le pueden pedir peras al olmo, no se le puede pedir defensa e intensidad a Radmanovic, no se le puede pedir calidad a Reggie Evans… Las cosas son como son, no como nos gustaría que fueran.

Nate McMillan pasó de jugador a entrenador sin apenas transición, y la verdad es que las cosas no le salieron del todo mal: los resultados nunca fueron como para tirar cohetes (entre otras cosas porque nunca tuvo una plantilla como para tirar cohetes) pero sí estuvieron muy por encima de las expectativas, incluso con alguna impensable clasificación para playoffs (y en puestos sumamente altos) de por medio. No estaba mal para un equipo que empezaba en Ray Allen y acababa en Rashard Lewis, intercalando por el medio a un montón de jugadores interiores fornidos y voluntariosos, capaces de matar por un rebote pero incapaces de volverlo a poner en el aro.

Pero claro, todo es relativo, los milagros no duran eternamente, fin de la historia y a otra cosa, mariposa… La otra cosa era Portland, su vecino de abajo, que venía de hacer el viaje a la inversa: acababan de enseñarle la puerta a Mo Cheeks, grandioso ex jugador, maravilloso entrenador y mejor persona, tan buena persona era que jamás logró dominar a ese vestuario al filo de la ley que le había caído en desgracia. En aquel verano de 2005 los Blazers buscaban a un tipo duro y no tuvieron que ir muy lejos, sólo un poquito más al norte.

Pero antes de volver a Portland quizá no estaría de más recordar que en su época de Seattle McMillan tuvo a sus órdenes a un base muy parecido a Sergio, con prácticamente sus mismas virtudes (creatividad por arrobas, imaginación a raudales, fantasía sin par) y buena parte de sus mismos defectos (floja defensa, cierta inconsistencia, riesgos a menudo innecesarios que provocan pérdidas a menudo innecesarias). Cualquiera que viese jugar a la Universidad de Oregon en el Torneo Final de la NCAA de 2002 puede atestiguar que aquel muchacho de rizos dorados llamado Luke Ridnour era pura magia, sencillamente.

Ridnour llegó a Seattle y rápidamente se convirtió en base suplente, y tampoco pasaron muchos meses antes de que fuera base titular… Pero para entonces Luke Ridnour ya no era aquel a quien habíamos conocido: habían desaparecido la imaginación, la magia y hasta los rizos, que habían dado paso a un muchacho de pelo corto y dirección de juego sobria, meramente administrativa, casi funcionarial. Había hecho el mismo viaje hacia ninguna parte que tantos otros hicieron antes, Jason Williams, Rafer Alston, Iván Corrales… Los que un día fueron potros salvajes, ahora convenientemente domesticados. Mera cuestión de supervivencia.

Hablando de Corrales: se cuenta que la primera vez que Iván Corrales y Sergio Rodríguez coincidieron sobre una cancha, el ex verdinegro (por aquel entonces jugador del por aquel entonces Fórum de Valladolid) le dio al ex estudiantil un único consejo, algo así como “nunca dejes que te cambien; nunca permitas que te modifiquen tu manera de jugar”. La experiencia es un grado, él lo sabe bien, lo sabe como tantos otros lo supieron antes, como (me temo que) lo acabará sabiendo el propio Sergio.

Así pues, volvamos a Portland y miremos el panorama: a un lado Nate McMillan, en plan sargento de hierro; al otro, una plantilla desestructurada. Eso sí, la desestructuración de ahora es diferente a la de hace unos pocos años: ya no son los Jail Blazers, ya pocos quedan al filo de la ley, si acaso Zach Randolph, tan sobrado de talento como escaso de cerebro en su enorme cabezota, y Darius Miles, la gran promesa echada a perder, el físico portentoso más vacío de la Liga, el más puro ejemplo de lo perjudicial que puede resultar ingresar en la NBA mucho antes de lo que se debería.

No, hoy la desestructuración es otra, la que viene dada por un montón de críos, Brandon Roy, LaMarcus Aldridge, Jarrett Jack, Martell Webster, Travis Outlaw… Todos ellos de momento sin problemas disciplinarios (aunque el apellido del último parezca desmentirlo), todos ellos en principio buenas personas, todos ellos sobradísimos de talento, todos ellos jóvenes, todos ellos ante su primer trabajo profesional. Y entre todos ellos, Sergio, no asimilable por experiencia (él ya sabe lo que es ganarse la vida jugando a esto; sabe, incluso lo que es ser campeón del mundo de esto) pero sí por edad: sólo son 20 años.

Probablemente McMillan ve en Sergio todo lo contrario a lo que él considera que debería tener un base, algo así como el polo opuesto a lo que era él: ve que apenas defiende (pues vaya sorpresa, fíjese, aquí sólo hace dos años que nos dimos cuenta); ve que defiende con las manos (sí, aquello de que tiene el vicio europeo de apoyar la mano sobre el defendido, que aquí se consiente y allí no; y aquello de que no trabaja la defensa cuerpo a cuerpo, que le gusta más meter la mano buscando el robo que flexionar las piernas y apretar el culo); ve que acompaña el balón con la mano en cada bote (como hacen a menudo otros cientos de bases, en USA más que en ningún otro sitio); ve que pierde demasiados balones (otra novedad); ve todo lo malo que ya conocíamos de Sergio pero, por alguna misteriosa razón, es incapaz de ver nada de lo bueno.

Y ve, incluso, que Sergio no le entiende: “le pido que haga determinadas cosas y él no las hace, porque no se entera de lo que le digo…”. Y yo lo siento en el alma, querido Sergio, pero esto sí que tiene delito.

A ver: no soy yo quién para dar lecciones de aprendizaje de inglés a nadie, soy el típico que siempre se ha quedado a medio camino; entiendo perfectamente un texto escrito y me entero si me hablan despacio, pero me pierdo si me hablan deprisa y me expreso fatal, al más puro estilo indio como si dijéramos; pero tengo coartada: nunca he tenido que vivir ni trabajar fuera de aquí. Si ahora de repente entrara alguien por la puerta y me ofreciera para dentro de tres meses un puesto de trabajo infinitamente mejor que el actual, pero (pongamos) en Wisconsin, creo que lo primero que haría sería apuntarme a toda clase de cursos intensivos para mejorar mi nivel conversacional. No, con eso no conseguiría evitar pasarlo mal, al menos los primeros meses, pero digo yo que algo sí que podría defenderme.

Sí, me diréis que Sergio ha andado un poco liado este pasado verano, que allá en Japón no le quedaba mucho tiempo libre como para dedicarlo a estudiar la lengua de Chéspir. Pero es que Sergio lleva yéndose a la NBA desde la cuna, lleva soñando con esto toda la vida: sueños fundados desde antes incluso de aquel Europeo Junior de Zaragoza, desde aquella excursión al Nike Hoop Summit hace ya más de dos años y medio; sueños basados incluso en sus preferencias personales porque aquel baloncesto siempre le ha vuelto loco, tanto como para pasarse madrugadas enteras viéndose partidos en directo, partidos históricos… Vamos, que esto de irse a USA no le ha pillado por sorpresa, de un día para otro, no; digamos que se veía venir, lo suficiente como para haber puesto los medios adecuados para el viaje.

Y es curioso, porque no recuerdo que de ninguno de sus antecesores se haya dicho nada semejante; no recuerdo a Lowe quejándose de que Gasol no le entendiera, ni a Sloan quejándose de Raül, ni a Sam Mitchell… Seguramente todos lo pasaron mal en aquellos primeros meses, pero no tanto como para que su coach tuviera que quejarse públicamente de incomprensión. Y es cierto que no todo el mundo tiene la misma facilidad para los idiomas, y no es menos cierto que en algún otro caso, el de cierto afamado compatriota que se quedó a las puertas de aquella Liga, yo incluso llegué a pensar que cómo se las iba a apañar ese buen hombre con el inglés si apenas se expresaba medianamente bien en castellano… No es el caso de Sergio, que ya tiene allí su profesor particular y que sabe que este problema, como el de la juventud, se le curará con el tiempo… Pero más vale prevenir, dicen, y un poco de profilaxis antes de su gran viaje no le habría venido nada mal.

¿Y ahora qué? Pues ahora, como es ya de dominio público, caben dos posibilidades: la que quiere Pritchard, es decir, que Sergio permanezca en Portland a la vera de McMillan, quién mejor que él para que el chaval aprenda de primera mano cómo ser un buen base, faltaría más; y la quiere McMillan, es decir, perderle de vista. Enviarle a la Liga de Desarrollo.

La Liga de Desarrollo, NBDL para los amigos, viene a ser algo así como la versión yanqui de aquellos equipos vinculados que en su día conocimos por aquí. La integran 12 equipos, cada uno de ellos vinculado a dos o tres franquicias NBA, entre los que no resulta difícil encontrar nombres tan exóticos como Idaho Stampede, Sioux Falls Skyforce, Albuquerque Thunderbirds o, incluso, Austin Toros.

El vinculado de los Blazers se llama Anaheim Arsenal. Deduzco que debe tratarse de un equipo de nueva creación (más que nada porque no aparece en las clasificaciones del pasado año). Un nombre de resonancias futboleras para una ciudad californiana de resonancias infantiles y mágicas, ya que allí fue donde nació y creció la primera Disneylandia que en el mundo hubo. De hecho la presencia de la casa Disney sigue siendo evidente en aquel lugar hasta el punto de que su principal equipo profesional, en la NHL de hockey sobre hielo, se llama Anaheim Mighty Ducks; es decir, los Patos Poderosos, nada menos.

Pero poco de mágico y aún menos de infantil tendría la estancia de Sergio en aquel lugar, si ésta llegara a producirse. No resulta difícil imaginarse un panorama similar al que nos solemos encontrar en las Ligas de Verano: una docena de jóvenes aspirantes sedientos de gloria, capaces de todo, dejándose la piel (y arrancando de paso la del vecino, a ser posible) con tal de que ese cuerpo técnico de aquella franquicia acabe acordándose de que todavía existen…

Y uno, desde aquí, no puede evitar tener la sensación de que para ese viaje no hacían falta estas alforjas. A uno se le ocurren preguntas ingenuas, del estilo de ¿dónde se aprende más, en la NBDL ó en la ACB? ¿dónde puede progresar más la carrera de un jugador, en el Anaheim Arsenal o en el MMT Estudiantes? Para mí la respuesta es tan evidente que hasta el mero hecho de plantear la pregunta ya me produce sonrojo, pero seguro que en aquellas tierras no todos son de la misma opinión. Así que podríamos reformular la pregunta, hacerla de otra manera: ¿dónde podría evolucionar más el juego de Sergio hacia lo que los Blazers esperan de él, allá o aquí? ¿dónde podría conseguir Sergio más fácilmente que sus progresos se adapten a los deseos de McMillan, en Anaheim o en Madrid? Y ahí ya la cosa cambia, me temo.

Pero lo cierto es que a día de hoy nuestro Sergio aún sigue en las montañas de Oregon, no se ha bajado a la soleada California ni hay nuevos indicios de que vaya a hacerlo. Lo que nos lleva a una última pregunta: ¿cómo puede progresar más la carrera de cualquier jugador? ¿pelándose el culo en un banquillo NBA, jugando dos minutos (de la basura) cada quince días, cada semana en el mejor de los casos, y todo esto por supuesto casi sin entrenar, que apenas queda tiempo? ¿o jugando 30 minutos por partido en cualquier equipo, por muy de medio pelo que sea, por muy de desarrollo que sea su liga?

Sin embargo, saltó el rumor y aquí inmediatamente nos echamos las manos a la cabeza: a la Liga de Desarrollo, qué horror, qué humillación, todo un campeón del mundo como él, qué falta de respeto, qué atropello a la razón, dónde se ha visto nada semejante… Probablemente a todos nos gustaría que la realidad fuera otra, pero (insisto) las cosas normalmente son como son, no como nos gustaría que fueran. A falta de lo bueno, a menudo hay que escoger entre lo malo y lo peor. Es decir, escoger entre jugar, como sea, donde sea, con quien sea, y no jugar. Sergio apenas tiene 20 años, y a esa edad parece bastante claro lo que cualquier jugador necesita. Esperemos que los que tienen que tomar la decisión sean de la misma opinión.

Probablemente lo que nos ocurre por aquí es que estamos muy mal acostumbrados. Hace apenas cinco años sólo teníamos el lejano antecedente de Fernando Martín, y yo me pasé todo un verano escuchando aquello de ya verás, Gasol se la va a pegar, no tiene cuerpo para jugar allí, no le van a dar ni un minuto… Pero pasó el tiempo, Gasol triunfó, Raül jugó siempre que pudo, a Calderón y Garbajosa les está yendo bien (y les irá aún mejor)…

Nos hemos creído que todo el monte es orégano, que aquello es llegar y besar el santo, pero luego la cruda realidad nos demuestra que no, que en absoluto; y ejemplos los hay a raudales: dos estrellas europeas incontestables como Djordjevic o Rigaudeau apenas consiguieron aguantar unos meses en lo más profundo de su banquillo; Macijauskas el pasado año no olió la bola, ni en la basura siquiera; Jasikevicius ahí sigue, un día tras otro dándose de cabezazos contra el muro, a ver si encuentra un mínimo resquicio por el que asomar la cabeza… Son sólo unos pocos ejemplos, hay muchos más.

Claro, también los hay en sentido contrario, aunque sólo sea para demostrar que lo más importante, aún más que cuándo te vas, es a dónde llegas. Tony Parker (tan parecido a Sergio en tantas cosas, por aquel entonces) aterrizó en San Antonio con 19 añitos, y muchos pensamos que el ogro Popovich se lo iba a comer con patatas. Sin embargo en su primer partido el francés ya fue titular, y nunca ha dejado de serlo hasta el día de hoy. Sí, por el camino el terrible Pop, sus ojos inyectados en sangre, le llenó el cerebro de broncas a cual más apocalíptica. Pero Parker sobrevivió, lo que no le mató le hizo más fuerte, y a día de hoy los resultados saltan a la vista. Claro, hoy lo fácil es pensar que cuánto mejor no le habría ido a Sergio en Phoenix, en Boston, en Milwaukee, en Denver, en… Sabe dios. Podemos imaginar lo que queramos pero realidad sólo hay una y se llama Portland, al menos de momento.

Pero no dramaticemos, porque todo esto (la temporada, la carrera de Sergio) no ha hecho sino comenzar. La vida da muchas vueltas, y a veces las da mucho antes de lo que pensamos. Quién sabe lo que sucederá simplemente dentro de unos meses. Quién conoce los cambios de opinión, las crisis o las lesiones ajenas que podrían cruzarse por el medio. Lo dicho: no dramaticemos, entre otras cosas porque probablemente él estará viviendo su situación con mucho menos dramatismo allí que nosotros aquí. Al fin y al cabo él ha cumplido uno de sus sueños, jugar en la NBA. Le falta otro, mucho más complicado: triunfar, consolidarse en aquella Liga. Y le queda, sobre todo, lo más importante: disfrutarlo. Disfrutar cada momento, bueno o malo, fácil o difícil. Disfrutar pase lo que pase, ocurra lo que ocurra. Si finalmente lo consigue, toda esta historia (acabe como acabe) habrá merecido la pena.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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