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(publicado el 10 de mayo de 2007)

Pocos días antes de que acabara la temporada regular, Sam Mitchell dio en el clavo: en nuestro equipo prácticamente nadie tiene experiencia en playoffs, y eso puede ser un gran problema…

Tenía razón Mitchell, el gran problema iba a ser la inexperiencia. La suya, concretamente. Todos los partidos un paso por detrás de su rival, toda la eliminatoria más perdido que el alambre del pan de molde… El de enfrente, el anodino Lawrence Frank, ese chico tan joven y tan gracioso al que Charles Barkley llamó Pablo Mármol en un arrebato de inspiración, ése que desde su insignificante aspecto quizá sea uno de los mejores entrenadores de la Liga, le dio a nuestro Mitchell un baño alicatado hasta el techo durante toda la serie.

A Sam Mitchell le eligieron entrenador del año. Nada que objetar, dado que la temporada regular de los Raptors resultó espectacular, fantástica, maravillosa. Tan buena fue que al Gran Jefe Colangelo no le quedó más remedio que aguantarse durante 82 partidos, nada menos, las ganas de cesarlo. Y mira que tenía ganas, mira que le tenía sentenciado desde que llegó, pero oye, que es que ahora resulta que no paramos de ganar, y claro, así no hay manera…

Pero entrenar en temporada regular es una cosa y hacerlo en playoffs es otra muy distinta. A estas horas Mitchell, como Avery Johnson, como tantos otros, ya debe de haberse enterado. Ni siquiera será ya necesario que Colangelo le cese, le bastará con abrirle la puerta, mira que ofertas tan bonitas te vienen de más al sur, coge la que más te apetezca y por nosotros no te preocupes que ya saldremos adelante… Y luego quién sabe, tal vez vuelva la hipótesis Messina (por un lado me encantaría… pero por el otro sigo sin verlo claro, lo siento), tal vez insistan con Iavaroni (que no, que no es italiano, pero lo parece…).

No, que nadie se confunda, mi crítica no se debe a que me haya dado ese arrebato patriotero tan común por estas latitudes, si pone a Ford es malo, si pone a Calde es bueno… En absoluto. Entre otras cosas porque a mí T.J. Ford me gusta. Me gustaba más el Ford de Milwaukee y aún más el de la Universidad de Texas, aquel que en su año freshman ya lideró en asistencias toda la NCAA… pero me sigue gustando. Me gustaría aún más si volviera a sus raíces, si hiciera jugar a los demás en vez de jugársela él, si no se creyera permanentemente el salvador de su equipo… pero me sigue gustando, me sigue pareciendo un grandísimo base… aunque su equipo juegue infinitamente mejor con Calderón que con él.

No, lo de Mitchell va más allá, es como si de repente se le hubiera nublado la vista al llegar los playoffs, como si todo lo que antes era fácil ahora fuera difícil, como si temporada y post-temporada fuesen dos mundos distintos… que lo son, al fin y al cabo. Definitivamente tenía razón, la inexperiencia (la suya) iba a ser un gran problema.

¿Inexperiencia, digo? Inexperiencia, incluso, de la gerencia. ¿De quién fue la brillante idea de vestir a todos los aficionados de rojo en aquel primer partido, sin pararse a pensar que el equipo visitante podría presentarse uniformado de ese color, como de hecho así sucedió? Cualquier espectador no avisado habría pensado que aquella tenía que ser forzosamente la cancha de los Nets, que toda esa gente sería de los Nets… Es fantástico: aún no se había realizado el primer salto inicial y los Raptors ya habían comenzado a perder la serie.

Pero no deja de resultar muy curioso esto de la inexperiencia; los americanos para estas cosas son más simples que el mecanismo de un sacapuntas, más o menos. El único con experiencia en playoffs, decían, Nesterovic. Y ya está. Y se quedaban tan anchos. Claro, luego llega la serie y resulta que los dos mejores son un tal Anthony Parker y un tal Jose Calderón, y entonces se les abre una boca como la del túnel de Guadarrama, pero cómo es posible, pero estos chicos con lo inexpertos que son, pero cómo muestran esa presencia, esa actitud, ese carácter, ese saber estar…

Y es que para ellos el mundo empieza en la Isla de Ellis y termina en la de Alcatraz, poco más o menos. Aquí somos el Imperio y lo que ocurra en las Colonias de Ultramar me la trae al fresco, que colonias son al fin y al cabo… (alguien puntilloso me dirá que estos no son estadounidenses sino canadienses; cierto; pero en este caso, a efectos baloncestísticos, viene a ser lo mismo…). Claro, jugar unas cuantas finales de Euroliga, jugar unos cuantos playoffs de ACB, jugar y ganar un Mundial, todo eso son fruslerías, pachanguitas que no sirven para nada, sólo los playoffs NBA separan a los niños de los hombres…

¿Inexperiencia, dicen? Pregúntenselo a otro inexperto, pregunten a Garbajosa… Tal vez en Toronto empezaron a perder la eliminatoria desde mucho antes de empezar a jugarla. Concretamente desde aquella noche en la que a Jorge le dio por desparramarse sobre la pista, su tobillo al bies, su rictus doliente presagiando lo peor… No, claro, no tenía por qué ser tan grave, bastaba con mirar sus estadísticas, si tampoco son nada del otro mundo…

¿Nada del otro mundo? Mira que Jorge ya nos lo había avisado con cierto cabreo, cada vez que por aquí se repetía con desdén eso de… “… y Garbajosa, sólo 5 puntos y 4 rebotes, con 2 de 9 en tiros de campo, en 35 minutos de juego…”. Y mira que él nos lo decía, que su importancia en el juego iba mucho más allá de las meras estadísticas…

Aunque algunos por aquí sí que lo sospechábamos: los que creemos en las más-menos que regularmente publica esta página, los que sabemos que una estadística convencional no mide las faltas de ataque provocadas, ni las buenas defensas cuerpo a cuerpo, ni los bloqueos bien puestos para facilitar tiros cómodos, ni el estar siempre en el sitio justo en el momento adecuado, ni…

Y alguno por allí lo debía sospechar también… ¿no fue Colangelo (o fue Gherardini) el que, ya a principios de temporada, dijo que la importancia de Garbajosa iba mucho más allá de sus números, que Jorge era algo así como el glue, el pegamento que unía a aquel equipo, el que hacía que todo funcionara? Garbajosa es como esas cosas, objetos, circunstancias que todos tenemos en nuestra vida y que disfrutamos un día tras otro sin darnos cuenta, sin reparar jamás en ellas… hasta que nos faltan. Y sólo entonces, al echarlas de menos, es cuando caemos en la cuenta de su verdadera importancia…

Así que no abusemos de la crítica a Mitchell, porque la verdad es que el hombre tenía coartada. Y no una, sino varias. Miremos a Bargnani, por ejemplo, su apendicitis precisamente en el momento más inoportuno como suele ser habitual (y de esto Calde también le podría contar alguna historia), su reaparición tal vez precipitada, sus kilos de más… (lo resumió bien Daimiel: primero te pasas cinco días sin comer… y luego otros diez en los que continúas haciendo reposo pero ya puedes comer lo que te dé la gana). Sus partidos 5o y 6o ya fueron extraordinarios, ya era el Bargnani de siempre pero para llegar a eso le hicieron falta los cuatro partidos previos, de pretemporada, de precalentamiento, de poner el cuerpo a tono y la muñeca a punto…

Y luego el inolvidable quinto partido, primero a Ford le reaparecen todos sus fantasmas cervicales del pasado, más tarde el tobillo de Calde parece partirse en dos… No resultaba difícil imaginarse luego a Mitchell en la sala de prensa, cual si de un moderno Felipe II se tratara, yo no mandé a mis hombres a luchar contra los elementos… Ambos pudieron jugar el sexto (Calde es de goma, ya nos lo había advertido el comentarista invitado Sergio Rodríguez, nada más acabar el quinto); pero nunca sabremos cómo habrían salido las cosas si ambos hubieran afrontado en perfecto estado físico ese sexto partido.

¿Más coartadas para Mitchell? La principal se llama Chris Bosh. ¿Qué quedó de aquel jugador interior que sembró el pánico en las defensas rivales durante toda la temporada regular? ¿En qué momento pasó de ser un 4 (incluso un 5, a veces) a ser un 3, en qué momento se nos convirtió en un jugador exclusivamente exterior?

Aunque quizá no toda la culpa fuera suya. Quizá tuviera algo que ver el campo de minas que montaron los Nets en el interior de su zona, tiren ustedes lo que quieran desde ahí fuera, pero por aquí dentro no pasa ni dios… Quizás ese Jason Collins, probablemente el pívot más invisible de la historia del baloncesto mundial (junto con su hermano), merezca algún crédito después de todo, quizá nunca podremos entender por qué Micky Moore tardó tantos años en encontrar un hueco en la Liga defendiendo como defiende y metiéndolas como las mete…

Y quizá Bosh necesite madurar, sencillamente. Porque aquí sí que vale lo de la inexperiencia. Un solo año en Georgia Tech (y sin torneo final siquiera) y unos poquitos en Toronto (siempre sin playoffs) no suponen precisamente un gran bagaje en partidos de alta exigencia. Si eres un jugador cualquiera tal vez puedas sobrevivir, pero si encima te han colgado la etiqueta (bien ganada, y bien merecida) de jugador franquicia, pues tampoco es tan extraño que se te venga el mundo encima. Novatada pagada. Dentro de 12 meses ya debería ser otra la historia…

Y si Bosh se iba para afuera, ¿qué quedaba dentro? ¿Nesterovic? Tener a Nesterovic es como tener un tío en Alcalá, que ni es tío ni es ná. Al ex Makris encontrarse la zona convertida en campo de minas le trae al pairo, yo me dedico a mis tiritos de cuatro metros y no me pida usted que me meta ahí debajo porque es que me salen sarpullidos, hágame el favor…

No sé cómo se presentará el draft para los Raptors pero sí tengo claro cuál debería ser su prioridad absoluta: un pívot, un genuino cénter, de los de verdad, de los de toda la vida. Algunos habrá este año (Oden, Horford, muy probablemente Hibbert) pero no será fácil que ellos lleguen a tiempo de pillarlos… así que siempre les quedará echar una miradita hacia los agentes libres y otra hacia Europa, que conozco yo unos cuantos que tal vez les podrían hacer un apaño… Lo que sea, pero necesitan presencia interior. Como el comer.

De lo demás andan bastante bien servidos: Bosh, Bargnani (que sólo puede ser mejor cada año que pase) y un renacido Garbajosa les garantizarán calidad y presencia de fuera adentro, y Parker, Mo Pete (si continúa) y Dixon (si espabila) les darán aún más tiro exterior. Y por supuesto, si no cometen ninguna tontería podrán seguir presumiendo legítimamente de tener una de las mejores parejas de bases de la Liga. Tan buena que resulta terrible que uno de los dos no pueda ser siempre titular… sobre todo porque es el nuestro.

Sí, la calidad de Calde le permitiría salir de inicio en no menos de 15 ó 20 equipos de la actual Liga, equipos incluso de playoffs y con legítimas aspiraciones (ahora mismo estoy pensando en Cleveland; pero hay más), que no tienen ni siquiera un base que se pueda comparar ni de lejos a cualquiera de los dos de Toronto.

Y Calde, que nadie lo dude, sale reforzadísimo de estos playoffs. Si eres bueno en temporada regular, te lo valoran. Pero si te sales en playoffs te lo valoran diez veces más. Y él fue buenísimo durante toda la serie pero en aquel quinto partido, todo el liderazgo, toda la responsabilidad para él, ya fue sublime. Sí, vale, la cagó un poco en el sexto, en el último instante, en aquella aciaga última jugada… pero la cagada no fue sólo suya, que aquello (mal pensado, peor planteado) empezó en el banquillo, en el tiempo muerto… (¿qué decíamos al principio de la inexperiencia?).

El banquillo. Insisto, yo creo (desde la distancia, desde la ignorancia) que Mitchell tiene la puerta abierta, y que quizá no tarde en captar la sutil insinuación. En cualquier caso, se quede o se vaya, que se lleve la conciencia tranquila y que tenga claro que la inexperiencia, como la juventud, se cura con el tiempo. Hoy es un gran entrenador de temporada regular y un mal entrenador de playoffs. Lo primero no tiene por qué cambiar, lo segundo habrá cambiado antes incluso de que él se dé cuenta.

Pero que nadie se rasgue las vestiduras allá en el Estado de Ontario, que nadie se lamente por haber perdido siendo cabeza de serie, teniendo ventaja de campo, habiendo ganado su división. Si alguien les hubiese dicho esto el pasado verano, todos se habrían preguntado a dónde tenían que ir a firmar. Que piensen de dónde venían, que piensen quiénes eran en abril de 2006 y quiénes son ahora. Que piensen que, a poco bien que lo hagan, las cosas ya sólo pueden ir a mejor.

Y que piensen, además, que hay otros que están peor. Mucho peor. Y si no que miren hacia el sur.

Que miren hacia Florida, por ejemplo. Hacia esos Heat de Miami que han completado su temporada capicúa, primero humillación ante Chicago (42 abajo, en su propia casa, justo el primer día, justo cuando les entregaban los anillos), luego 81 partidos de altibajos constantes y para acabar nueva humillación ante Chicago, aplastados por 4-0… Demasiados problemas. El de Wade tendrá fácil solución, en unos meses estará de vuelta con el hombro como nuevo. Los otros serán más difíciles de resolver: no parece probable que Shaq rejuvenezca, no digamos ya que lo hagan Payton, Mourning, Walker, etc. Alguien tendrá que colgar el cartel de cerrado por reforma, y reinaugurar para el otoño un negocio que apenas deberá parecerse a ése que cerró sus puertas hace unos pocos días.

Y que miren, también, hacia Texas. Sobre todo hacia Texas.

Hacia Houston, por ejemplo. Van Gundy no es inexperto, sabe como ganar eliminatorias de playoffs, sabe incluso cómo jugar finales, pero su integrismo defensivo nunca terminará de jugarle malas pasadas. Es lo que tienen las obsesiones, que de tanto pensar en unas cosas te olvidas de otras. Te olvidas de ofrecer soluciones en ataque, te olvidas de dar confianza a tu niño mimado T-Mac (al que le va a costar quitarse la etiqueta de perdedor que están empezando a colgarle del cuello), te olvidas de alimentar adecuadamente al que más te debería solucionar la papeleta…

Te olvidas de Yao Ming. A mí me cae muy bien Yao (un tipo al que le preguntan “¿tú qué música americana sueles escuchar?” y contesta “el himno; lo escucho al menos 82 veces al año…” te tiene que caer bien, forzosamente), y me daba una pena tremenda verle recibir más palos que una estera, ver su inmensa figura desparramada en el suelo cada dos por tres, verle permanentemente enredado en la tela de araña tejida por el gran Sloan. Probablemente él, en su China natal, nunca imaginó que esto podría ser así. Probablemente nunca llegue a ser consciente de que está desprotegido, de que no está en el equipo adecuado, de que no tiene el entrenador adecuado. Algo debería cambiar a su alrededor, y debería hacerlo lo antes posible.

Y por supuesto, que miren a Dallas. Que miren a Mark Cuban, cuando dijo, hacia la mitad de la serie, aquello de “no me arrepiento de haber echado a Nelson porque él es un entrenador de equipos pequeños, no de equipos grandes…”. Madre mía, qué oportunidad tan bonita perdió de callarse…

Claro que a lo mejor cuando habla de equipos pequeños no se refiere a la importancia, sino a la estatura. Esta serie nos ha devuelto a aquellos Warriors, a aquel pequeño gran equipo de finales de los 80 y primeros de los 90, el del trío Hardaway-Mullin-Richmond que más tarde fue Hardaway-Mullin-Marciulienis (nunca supe cómo escribirlo), el que volvió locos a Karl Malone en 1989 y a David Robinson en 1991, el que al término de aquella mágica serie provocó aquel inolvidable grito de Trecet: “¡¡¡¡¡Nelson, eres un genio!!!!!”

Y enfrente su ex discípulo, su ex heredero, el que sin apenas transición pasó de Míster Bonobús a Entrenador del Año. Aquello que decíamos antes de Mitchell (hoy es un gran entrenador de temporada regular y un mal entrenador de playoffs) vale también, pero mucho más, para Avery Johnson.

Y por tercer año consecutivo. El primero, sí, vale, acababa de llegar, pagó la novatada, nada que objetar. El segundo pareció mejor pero ya fue peor, después del éxito de plantarte en la final, de ir ganándola 2-0, casi 3-0 que tras remontada imposible se convierte en 2-1… para acabar en 2-4. Y él sin apenas respuestas, con esa enorme cara de susto que ya no volveríamos a ver hasta diez meses después… Es decir, hasta ahora mismo, hasta esta serie con los Warriors que nos volvió a mostrar la viva imagen de su impotencia.

¿Y ya está? Pues no, porque cuando sucede una sorpresa de este calibre (y otra como ésta no la recordaban ni los más viejos del lugar) la tendencia es disparar hacia todo lo que se mueve. Si ya hemos acabado con el entrenador, vayamos ahora a por la estrella. Pongámosle también a éste el cartel de blando, el de no saber responder en los momentos culminantes…

¿Blando, Nowitzki? Que nos lo digan a nosotros, lo blando que es. Lo blando que fue cuando nos destrozó en el cruce de cuartos de Indianápolis 2002, cuando nos volvió a destrozar en la semifinal de Belgrado 2005 (y todo eso casi él solo, casi sin un equipo a su alrededor). Que le digan ahora a los mismísimos americanos lo blando que es, después de haberse hartado de verle echarse el equipo a la espalda año tras año, después de haberle visto ganar eliminatorias de playoff una tras otra, sin ir más lejos el pasado año hasta llegar a la final… Digan si quieren que está agotado, digan si quieren que está achacoso, si quieren digan que está en baja forma… Digan de Nowitzki lo que quieran pero por favor, no nos vengan ustedes ahora a hablar de blanduras ni de debilidades mentales, a estas alturas de la película.

Pero ya está bien de primera ronda. No nos extendamos más porque hoy ya todo esto, todas estas toronterías (o tonterías, sin más) ya no son más que historia. Hoy el presente ya nos habla de otras cosas, de Detroit aplastando a Chicago, de Cleveland aburriendo a New Jersey, de Utah pinchando (de momento) la burbuja de Golden State…

Y del gran duelo al sol, de ese Phoenix-San Antonio que huele a final anticipada, más que nunca. De momento 1-1, de momento un espectacular cara a cara… incluso en sentido literal, y si no que se lo digan a esos Parker y Nash estampando sus rostros hacia el final del primer partido: de repente parecía que al canadiense se le había partido en dos la nariz, de repente parecía no haber nada en el mundo capaz de cortarle la hemorragia, cientos de tiritas, vendas y parches pero allí no había manera, y mientras tanto él sentado en su banquillo, rodeado de manos azules, mirando impotente cómo sus Suns se deshacían sin él, cómo el primer punto se escapaba hacia El Álamo… Será una larga historia. Será, ya, otra historia.

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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