una extraña sensación   Leave a comment

(publicado el 3 de junio de 2007)

 

El ingenuo comprador llevaba meses y meses esperando este momento. Lleva semanas y semanas esperando precisamente este día, más o menos desde que eurobasket2007.org anunció por fin aquello de “el día 1 de junio comenzará la venta de entradas en todo el territorio nacional…”

Día D, Hora H. Viernes 1 de junio, 10 de la mañana. El ingenuo comprador, por si acaso, probó ya la noche anterior, justo en cuanto dieron las cero horas. Al fin y al cabo, si ya era 1 de junio… Pero no. Si las taquillas (donde las hubiera) abrían el día 1 a las 10, si el servicio de venta telefónica comenzaba a funcionar el día 1 a las 10, no parecía probable que la venta internáutica funcionara ya la noche anterior…

Al ingenuo comprador no le ha resultado fácil llegar hasta este momento. El ingenuo comprador soñaba con tener un abono para la segunda fase (la que cruza los cuatro grupos previos, la del Madrid Arena) y (sobre todo) uno para la fase final (cruces de cuartos, semifinales, finalísima, todo ello en el Palacio de Deportes). Pero una cosa son los sueños del ingenuo comprador y otra muy distinta la cruda realidad de la vida. El sueño, con entradas modestitas, nada del otro mundo, le costaría la nada despreciable cifra de 458 euros (más esas extrañas comisiones que siempre te cobran), y al otro lado está la cruda realidad de la vida, apareciendo para recordarle que esa cantidad se le escapa de cualquier presupuesto.

El ingenuo comprador tiene familia, y en los días previos ha debido someterse a una durísima negociación doméstica, tira y afloja tras el cual el resultado es que los dos abonos no, de ningún modo, pero que bueno, venga, vale, uno sí, a ver, qué quieres que te diga, si tienes tanto capricho… Evidentemente el ingenuo comprador se decanta por la fase final, por gastarse los 238 euros que cuesta un abono normalito (tercer precio de los cuatro posibles) en los pisos superiores del Palacio. Quién sabe si luego en agosto, cuando ya no se vendan abonos completos sino sesiones parciales, tal vez aún pueda conseguir también alguna entrada suelta de esa segunda fase… El ingenuo comprador aún no es comprador. Pero sí es, sobre todo, ingenuo.

Volvamos al Día D, a la Hora H. Como cada mañana, el ingenuo comprador está en su trabajo, aporreando teclas, mirando fijamente la pantalla de su ordenador. Pero esta vez es distinto. Esta vez, aunque si pasa alguien procura disimular con otras ventanas, desde las 9:55 tiene abiertas la página del Eurobasket y la de Entradas.com.

El presunto comprador está confiado, dada su proverbial ingenuidad. El presunto comprador se ha creído lo que dice la web, eso de que “Entradas.com, la empresa que va a gestionar la venta de entradas, ha aumentado más del 60 por ciento la capacidad de su entorno de producción, ha aumentado también el ancho de banda a 20 Mb, ha realizado todas las pruebas de stress y carga internas, ha optimizado los medios de pago, ha mejorado los enlaces de comunicación con las sedes y con Telefónica y ha generado un microsite estático para mejorar la navegación y reducir la carga de servidores de aplicaciones”. Nada menos. Y por si todo eso fuera poco, también se ha creído aquello otro de que “La compañía hizo un test el pasado fin de semana con el estreno en toda España de la tercera entrega de ‘Los piratas del Caribe’, película de la que vendió en muy poco espacio de tiempo casi un millón de entradas a través de canales similares a los que se han puesto a disposición del EuroBasket 2007. No se produjo ninguna incidencia”.

El presunto comprador no es tan ingenuo como para pensar que no vaya a haber problemas, pero sí es lo suficientemente tierno como para creerse que estos serán mínimos, tal vez algo de lentitud, tal vez ni eso siquiera… Al fin y al cabo, con tantas previsiones, con tantísimas precauciones, ¿qué podría pasar?

10:00. El presunto comprador insiste una y otra vez, pero aquello aún no va. A la derecha de la pantalla aparecen unos botoncitos ovalados en los que aún no le dejan pinchar, en los que dice simplemente “inicio, 1 de junio”. Van pasando los minutos. Prueba una vez tras otra, refresca una y otra vez, sale y entra varias veces (y cada vez que lo hace tarda una eternidad, debe haber varios miles de personas haciendo lo mismo).

10:15. ¡¡¡Por fin!!! Ya se puede pinchar en los botones, ya indica “comprar”. El comprador pincha en el correspondiente a la Fase Final. Como de costumbre, en la parte inferior de la pantalla aparece la barrita que indica el progreso de la conexión… y que avanza a paso de tortuga, más parada que otra cosa, como un aviso, como si le dijera vete preparando, no sabes lo que te espera…

De repente, la pantalla se vuelve azul. Toda azul, de arriba a abajo, de izquierda a derecha, sin una letra, sin una imagen, nada, sólo azul, completamente azul. El comprador minimiza inmediatamente, no vaya a ser que a alguien le dé por asomarse y le pregunte qué le está pasando a su ordenador…

Minutos más tarde (o tal vez sólo fueran segundos, pero a él se le hicieron eternos) el azul da paso al blanco, y el sistema le informa que se ha producido el Error 503, precisamente ése, vaya por dios: “el recurso solicitado no se encuentra ahora disponible”, o algo así, que el comprador en ese momento no está muy por la labor de pararse a traducir la lengua de Chéspir

Vuelta al principio. Vuelta a pinchar en “comprar-fase final”. Vuelve el azul. Pero ahora, por fin, con letras. Con una ristra interminable de letras y números, con una lista que enumera una a una todas las zonas del Palacio, sin que ni siquiera aparezca a su izquierda el correspondiente plano que permita identificar dónde está cada una..

Pero no es eso lo peor. Lo peor es que el 90 por ciento de las zonas relacionadas aparecen ya con el rótulo de COMPLETO, en letras bien rojas, bien grandes, bien visibles. Y el diez por ciento restante es aún más terrible, las escasas zonas aún disponibles llevan ya el cartel de ÚLTIMAS LOCALIDADES. Que se acaban, vamos. Apenas son las 10:20 de la mañana, apenas han pasado cinco minutos, diez como mucho desde que se habilitó la página, apenas ha funcionado nada desde entonces… ¿y ya está casi todo vendido?

El comprador entra en estado de pánico. Apremiado por la angustia, pincha raudo en una de esas escasas áreas aún disponibles, cualquiera, esta misma, planta 2ª, zona 06… No sabe dónde queda, no puede saberlo porque no hay allí un plano que se lo indique pero al menos su precio son los 238 euros que ya pensaba gastarse. Además, qué demonios, si apenas queda nada, si no está en condiciones de escoger…

10:25. Como cada mañana, más o menos a esa hora, le llaman para desayunar. El comprador sale del paso como puede (“te llamo en cinco minutos”) mientras espera (y se desespera), a ver si allí sucede algo, a ver si aún hay esperanza…

De repente (oh, milagro) aparece la siguiente pantalla, aquella en la que se le pregunta cuántas entradas quiere comprar. Esto es fácil: una (1). El comprador no ha podido ni ha querido engañar a nadie para que acompañe: no ha podido porque tiene amigos que, aunque acudirían gustosos a ver todos los partidos de España, jamás tragarían en comprarse un abono para la competición completa. Y no ha querido engañar al único que, sin saber muy bien por qué, sí que le habría dicho que sí: su hijo. Entre otras cosas porque la Organización del certamen, ya ves tú qué casualidad, no ha tenido la ocurrencia de programar entradas a precio reducido para el público infantil. Y porque 238 multiplicado por dos da 476. 476 eurazos.

Así pues, sólo 1. Pincha en aceptar, y a ver qué pasa… Pasa que casi inmediatamente (¿esto marcha, por fin?) se le aparece la siguiente pantalla, en la que se le pregunta por la cosa ésa del merchandáisin. Al presunto comprador se le ofrecen una serie de productos relacionados con el Torneo, banderas, gorras, vistosas camisetas rojas con la brillante inscripción “Somos la Eñe”, y se le pregunta cuántas quiere adquirir de cada… Pero el comprador no está como para recrearse en los detalles, el comprador, en ese momento, lo único que quiere es comprar su abono…

Así que, sin más trámite, pulsa solicitar. Y de forma inmediata le aparece en pantalla una mínima ventanita gris en la que dice simplemente “Espere” (no, no se han quebrado mucho la cabeza, no parece que les preocupe demasiado dar explicaciones), y de la que sólo se sale pulsando Aceptar. Pulsa aceptar e inmediatamente vuelve a pulsar solicitar, e inmediatamente le vuelve a salir el Espere, e inmediatamente pulsa de nuevo Aceptar y luego otra vez Solicitar y automáticamente aparece el Espere, y… y así unas doscientas veces, solicitar, aceptar, solicitar, aceptar…

Finalmente comprende que es imposible romper aquel círculo vicioso. Vuelve atrás, comienza de nuevo. Vuelve el azul, vuelve el error 503. Vuelve a comenzar de nuevo. Vuelve la pavorosa lista de completos y últimas localidades, desesperado vuelve a pinchar en la zona que cuesta 238 euros, le vuelven a preguntar cuántas, le vuelven a preguntar por los productos, vuelve a pulsar solicitar, vuelve el Espere, aceptar, solicitar, espere, aceptar, solicitar… Y así hasta el infinito (y más allá)…

10:45. El presunto comprador, cincuenta minutos después de que todo aquello hubiera empezado, está hasta los órganos genitales. Al grito (interno) de “¡a la mierda todo!”, sale finalmente a tomarse su café y su pulguita de cada mañana…

10:55. Pero el presunto comprador (cada vez más presunto, cada vez menos comprador) no es hombre que se resigne fácilmente. Si no funciona en Internet, quizá sí lo haga en los cajeros automáticos. Allí abajo, en la esquina, está el de CajaMadrid. Vamos allá…

Delante de él, dos personas: un hombre mayor que está actualizando su cartilla, y una chica de gafas que espera su turno mientras habla por el móvil. El comprador se sitúa a la cola, sumido en sus pensamientos, pero de repente, en la conversación de aquella chica, algo le empieza a resultar muy familiar: “…jolin, ya ves, qué mala suerte, para una vez que es aquí… no sé, a ver si él, como está en la Comunidad, si le dieran alguna entrada… y si no, pues a verlo por la tele… nos conformaremos con la Final Four del 2008, a ver… ¿y…? ¿tampoco, verdad? Claro, si no hay manera… [imagino a su interlocutor, ante el ordenador, intentándolo] … Pues si yo sé esto, desde luego que me voy al Palacio… total, para no estar en el trabajo, prefiero perder la mañana allí que aquí… [error por su parte: en Madrid no había venta en taquillas, ni en el Palacio ni en ningún otro sitio] … espera, que voy a intentarlo otra vez… [el de delante, ajeno a esas preocupaciones, se marcha ya tan feliz, con su cartilla toda actualizada] … nada, que no, que no hay manera…

Llegados a este punto, el comprador decide compartir con la chica sus preocupaciones: “yo llevo intentándolo en Internet desde las diez menos cinco, y es imposible…”; “¿Sí? Pues yo llevo aquí, en el cajero, desde las diez menos cuarto, y nada…”. Mientras habla, el comprador ha introducido su tarjeta en el cajero, ha pedido comprar entradas, ha visto la pantalla azul de Entradas.com y ha leído inmediatamente después el rótulo de “retire su tarjeta”, mientras de forma simultánea ésta era escupida por la ranura. Piensa que al menos esto es rápido, al menos aquí no se andan con medias tintas, no te hacen concebir ilusiones… Mientras tanto la chica del móvil informa a su interlocutor: “nada, ¿ves? A él tampoco le deja…”. El presunto comprador y la chica se despiden, se desean suerte mutuamente; ella decide permanecer allí, seguir intentándolo todavía un poco más; él tiene que volver ya a su oficina.

11:05. De nuevo ante el ordenador, de nuevo a intentarlo. De nuevo la misma lista, de nuevo las mismas circunstancias, pero ahora, por fin, una novedad sustancial: a la izquierda de la pantalla aparece ya el plano del recinto. El comprador, sin tiempo para comprobaciones, pincha otra vez en aquella planta 2a zona 06… y aquello peta de nuevo, sin más trámites. Vuelta a empezar.

11:10. Quedaba probar lo del teléfono, el 902 habilitado al efecto. Evidentemente la respuesta no se hace esperar: “sentimos no poder atenderle, le rogamos vuelva a llamar pasados unos minutos…”.

El comprador se abalanza de nuevo sobre su teclado, su angustia va en aumento y aún se incrementará más cuando descubra que ya apenas hay zonas libres, un par de esquinitas mínimas, el último rincón del último piso del último gallinero del último fondo… Sumido en la desesperación pincha en una de aquellas zonas de esquina, el sistema vuelve a preguntarle cuántas entradas quiere, vuelve a decir que 1, ¡¡¡sólo una!!!… vuelve a salir el error, vuelve a petar. Vuelta al principio, vuelta a pulsar en Entradas-Fase Final, vuelta a… Nada. De repente, a la derecha de la pantalla, el cartelito que llevaba minutos temiendo ver: AGOTADAS LAS LOCALIDADES. Son las 11:15. Las once y cuarto de la mañana.

Al comprador se le ha quedado una cara de gilipollas que no le cabe en el cuerpo, pero aún así tiene que disimular, porque la tranquilidad de que ha dispuesto hasta ahora (ayudada por el hecho de que su jefe está en la sala de juntas, reunido con otros jefes, tratando sabe dios qué tema fundamental) empieza a desvanecerse: de repente un compañero y una compañera entran y salen, se cruzan en la puerta y por alguna extraña razón deciden dar rienda suelta a su mutua incontinencia verbal, iniciando una absurda conversación sobre coches en la que por alguna extraña circunstancia intentan involucrar al presunto comprador…

Y el presunto comprador hace como que participa, pero sus pensamientos van por otro lado. Se pregunta cuántas entradas se habrán puesto realmente en venta, se imagina 1.000 para periodistas, 1.500 para organismos oficiales varios, 3.000 para compromisos federativos, 4.000 reservadas para las federaciones del resto de equipos, 5.000 para patrocinadores… ¿Cuántas habrán salido a la venta? ¿cien? ¿quinientas? ¿tal vez mil? En su desvarío, se pregunta también por qué nunca, jamás, se explican bien estas cosas, por qué nunca nadie es sincero, nadie dice jamás, sí, la capacidad es de 15.000 pero que sepan ustedes que 14.996 ya están repartidas de la siguiente manera, que sepan ustedes que sólo tocan a cuatro, mátense para conseguirlas… Esa cosa tan extraña que llaman transparencia, esa cosa que al menos serviría para que nadie se ilusionase en vano… El presunto comprador se acuerda de todos los que ya sufrieron esto (aunque el organizador fuera otro, aunque las circunstancias fueran muy distintas) en las sucesivas fases finales de la Copa…

Pero el presunto comprador, a escondidas (porque se supone que está trabajando, porque estos dos no hay manera de que se vayan), decide pinchar, más por curiosidad que por otra cosa, en Comprar-Segunda Fase, la ronda anterior, ese otro abono que descartó en un principio… Ante sus ojos, el plano del Telefónica Madrid Arena: muchas zonas completas (pero muchas menos que un rato antes en el Palacio), bastantes con el rótulo de últimas localidades…

Tras unos breves segundos de duda, el comprador decide que algo es algo, que al fin y al cabo quizá sí merezca la pena intentarlo… Precio medio, 220 euros. Piso de arriba. Las más centradas ya están completas, pero en las zonas contiguas aún quedan algunas… Pincha en una de ellas. El sistema le pregunta cuántas quiere. El sistema le pregunta si quiere comprar productos… El sistema no va para tirar cohetes, pero al menos aquí sí que parece funcionar de manera mínimamente aceptable…

Por fin, la siguiente pantalla, la fundamental, la de los datos. El comprador comprueba el precio, la comisión de no sé qué que también le cobran, la comisión por llevarle las entradas a su casa que decide ahorrarse, no vaya a ser que encima se las lleven cuando no esté… El comprador teclea ansiosamente los dieciséis números de su tarjeta, teclea la fecha de caducidad de su tarjeta, teclea otros tres números que alguien a mala leche ha decidido colocar en el dorso de las tarjetas, teclea su dirección de correo, teclea su número de teléfono, habría tecleado su talla de calzoncillos si se la hubieran pedido… Pulsa en aceptar.

Ante sus ojos, curiosamente ahora y no antes, el plano de las butacas correspondiente a la zona seleccionada. El sistema le informa que se le ha asignado la fila 4, número 1 (suena bien), que pulse aquí si está conforme… El comprador pulsa, el ingenuo comprador cree que por fin lo ha conseguido… El comprador ve aparecer la siguiente pantalla, en la que se le informa de que “lo sentimos, su petición no ha podido ser atendida, disculpe las molestias”. Al comprador le entran ganas de llorar.

11:40. El presunto comprador ya no puede más. Le hierve la sangre, pero aún así duda entre olvidarse de todo o hacer un último intento, sólo uno más… Inasequible al desaliento, opta por esto último. Pero no lo tiene fácil. Los dos pesados se han ido y el jefe sigue en la sala de juntas, pero el jefe tiene una adjunta y ésta no encuentra un momento mejor que éste para ponerse a mandar correos, para hacerlo precisamente desde un ordenador situado a apenas dos metros de distancia…

Afortunadamente, para sentarse en ese ordenador tiene que dar la espalda al comprador; pero desafortunadamente decide pegar la hebra, por lo que constantemente se vuelve de medio lado para quejarse de esto y de lo otro, una vez tras otra, que si a mi ordenador le pasa esto, que si a éste le pasa lo otro, que si tal, que si cual… El comprador inicia nuevamente la maniobra de aproximación, pero ahora más a escondidas que nunca, no vaya a ser que su segunda jefa descubra a lo que se dedica en horas de oficina…

Y así va pasando de nuevo por las chiquicientasmil pantallas, la de las zonas (la de antes ya está completa, vaya por dios… pero a la zona equivalente del otro lado aún le quedan las últimas localidades), la del número de entradas, la de los productos, por fin la de los datos… De nuevo toca teclear toda la ristra de números de la tarjeta, el e-mail, el teléfono… Y aquella mujer que sigue allí, y que vuelve constantemente la cabeza, y que no se calla…

El comprador riza el rizo. El comprador, medio retorcido en la silla, teclea todos los dígitos de su tarjeta y su móvil y todas las letras de su correo con su mano izquierda, porque la derecha permanece constantemente sobre el ratón, con el cursor posicionado permanentemente sobre la rayita para minimizar de la parte superior derecha, para pulsarla de forma inmediata en caso de emergencia, si a la vicejefa le da por darse la vuelta…

A pesar de todas las dificultades, incomprensiblemente el comprador no se equivoca en ningún dígito. Acepta, y unos segundos más tarde le aparece la siguiente pantalla, la que le informa que esta vez le ha correspondido la fila 1, asiento 17 de dicha zona. Es decir, un poco más abajo que antes pero mucho más ladeado, probablemente casi a la altura de la canasta, probablemente muy arriba de todos modos… Pero el comprador no está ya para remilgos, además, total qué más da, si me va a decir lo mismo que antes, si me lo va a rechazar, si…

Operación Aceptada referencia nº…” No, aquello no puede ser verdad, no puede ser cierto, no es posible que finalmente lo haya conseguido… Inmediatamente acude a mirar su correo, imaginando que ni de coña encontrará allí el e-mail de confirmación… pero sí, contra todo pronóstico allí está. Definitivamente, totalmente confirmado. Y el comprador, llegado a este punto, ya no sabe si reír o si llorar. Son las doce del mediodía.

Y sin embargo, al ingenuo y sufrido (pero ya no presunto) comprador le invade una extraña sensación: no sabe si es feliz o desgraciado, no sabe si estar contento o triste, ni sabe si sentirse orgulloso o un perfecto gilipollas. Lo ha conseguido, pero no ha conseguido lo que esperaba conseguir. El comprador se siente como el Unicaja en Atenas, como cualquier ganador de un tercer y cuarto puesto, como el que obtiene un premio de consolación. Ganarlo es mejor que no ganar nada, pero no deja de ser triste cuando se aspiraba a ganarlo todo.

El comprador quería ver la fase final, pero al menos se consuela pensando que se verá enterita, in situ, toda la segunda fase. Y hasta echa cuentas, y los 235 euros (comisión de no sé qué incluida) que le ha costado, dividido por 18 partidos, le sale más o menos a 13 euros el partido, que tampoco es tanto al fin y al cabo… Y piensa que se irá feliz a ver esos 18 grandes partidos, pero que luego los aún más grandes, los que serán a todo o nada, a cara de perro, lo que se jugarán a apenas seis paradas de metro de su casa, ésos los tendrá que ver ante su televisor, desde el que un señor le irá contando cada cinco minutos que la vida puede ser maravillosa…

El ingenuo comprador, finalmente, piensa en su deporte. Piensa en la de veces que ha oído hablar de crisis, de bajas audiencias, de nulo seguimiento… Piensa en cuántas ocasiones, durante estos últimos años, le han hecho sentir que el baloncesto estaba en peligro de extinción. Pero el comprador tiene memoria, y recuerda otro Eurobasket, en Barcelona, hace ahora diez años: gradas vacías, tribunas desérticas, pabellones desolados… Claro, aquella selección no tenía el tirón que tiene ésta, la selección nunca va a tener el mismo tirón en Cataluña que en Madrid… Vale. Pero aquí no estamos hablando de una selección sino de todas, no hablamos de entradas aisladas sino de abonos. Hablamos de baloncesto, de afición al baloncesto, y no cabe duda de que esa afición no es precisamente menor en Cataluña que en Madrid, no lo ha sido nunca, más bien al contrario… ¿Pues entonces? Hace diez años probablemente sí había crisis, allá y aquí. ¿Ahora? Que venga dios (o quien sea) y lo vea…

Todas estas tonterías (y más) piensa el ingenuo comprador, absolutamente agotado, psicológicamente derruido, desmoronado en su silla tras dos de las horas más enloquecedoras de su vida… Aunque también piensa, ya puestos, que quizá estas dos horas le puedan servir de argumento para otro (presunto) artículo.

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Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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