una tarde en el circo   1 comment

(publicado el 3 de mayo de 2007)

 

El pasado miércoles 2 de mayo dos afamados equipos estadounidenses disputaron en Madrid un desigual encuentro de baloncesto, del que probablemente no encontrarán ni siquiera una mínima reseña en ningún medio de comunicación. En cambio aquí, en rigurosa exclusiva, les ofrecemos la detallada crónica de todo lo acontecido en tan magno acontecimiento…

Mi infancia son recuerdos de un viejo televisor en blanco y negro, en el que muy de cuando en cuando aparecían unos fornidos caballeros de tez oscura y extraña indumentaria (intuíamos –o tal vez les habríamos visto los colores en alguna foto- que la camiseta sería azul y el pantalón rojiblanco, como si se tratara de la bandera de su país, como si fuera el Atlético de Madrid al revés); unos extraños tipos de extraño nombre (los Globe…quééééé… Qué sería eso, si casi no sabíamos ni pronunciarlo), que por algún extraño prodigio lograban realizar sobre una cancha de baloncesto todas aquellas cosas que ni en el mejor de nuestros sueños infantiles hubiésemos podido imaginar…

Éramos niños todavía, pero la edad de la inocencia se nos empezaba a quedar atrás. Ya nos habían dicho que la magia no existía, que los reyes (magos) eran los padres… Éramos todavía unos ingenuos, éramos ya unos descreídos. Todo a la vez, sin término medio. Cada aparición de estos tipos en televisión (en el único canal que entonces había) nos provocaba un encendido debate al día siguiente, en el recreo. Básicamente había dos posturas enfrentadas: la de aquellos que sostenían que jugaban en broma porque no había en todo el mundo equipo alguno que pudiera hacerles frente, y la de aquellos que afirmaban que no eran más que un bluff, pura mentira, puro espectáculo de risa para regocijo de niños y niñas pero no baloncesto. Si jugaran en serio, cualquier equipo de estos de aquí, el Madrid, el Barça, el que fuera, les aplastaría por más de 50 puntos…

Y además nunca faltaba el listo, el que siempre creía saberlo todo: “estos jugaban en la liga profesional de Estados Unidos, pero eran tan buenos que ningún otro equipo podía ganarles, así que se aburrieron, se cansaron de jugar allí y tuvieron que dedicarse a esto, a hacer exhibiciones, porque si jugaran en serio nadie les podría ganar, nunca…”. Pues vale. Quién sabe, a lo mejor era cierto. Y si no lo era daba igual, a ver quién era yo para discutirle al listo estas cosas…

Éramos así, no teníamos término medio. (En cualquier caso, convendrá recordar que todo esto sucedía en los años 70; hoy puede parecer ridículo pero por aquel entonces nuestro desconocimiento de todo lo que venía de USA era absoluto. Corría la extraña leyenda de que por allí existía una liga profesional de baloncesto pero jamás habíamos oído ni leído nada referente a ella, tal vez nos sonaba que había equipos universitarios porque habíamos visto a unos chicos de Carolina del Norte jugando aquí un par de Torneos de Navidad…)

Así que aparecían en mi televisor y yo por un lado entraba al trapo y disfrutaba del espectáculo, pero por el otro me iba aflorando la vena escéptica. Por aquel entonces nuestras calles se llenaban de carteles de ferias taurinas en los que siempre quedaba sitio para un espectáculo cómico, esa cosa que llamaban charlotadas: ¡¡¡El Bombero Torero y sus Enanitos Rejoneadores!!! Salvando las inmensas distancias entre aquella España cutre y la glamourosa USA que veíamos en las películas (la de verdad no la conocíamos, ni podíamos imaginarla siquiera), algo en mi interior empezaba a relacionar ambos espectáculos; algo me decía que todo aquello en realidad no tenía nada que ver con el mundo real (ni falta que le hacía).

Pero el tiempo pasa: diez años, veinte, treinta… lo reconozco: desde aquellos años 70 nunca, jamás volví a ver jugar a los Harlem Globetrotters, ni en directo, ni en diferido, ni en persona, ni en televisión… hasta hoy. Hoy es 2 de mayo de 2007 y mis pasos, de la mano de mi hijo, me encaminan hacia el Telefónica Madrid Arena; me llevan directamente a reencontrarme con mi infancia.

¿Qué vamos a ver? Mi hijo carece de referencias, exceptuando alguna cosa que yo ya le he contado. Pero aún así le surgen dudas: “¿es un partido de verdad, o sólo hacen mates y eso?” Le contesto: “es un partido de verdad, pero que lo hacen como si fuera de mentira… o un partido de mentira pero que lo hacen como si fuera de verdad, no sé…” (Noto que mi respuesta no le convence demasiado).

En cualquier caso aquí estamos, Casa de Campo arriba, recorriendo el trayecto del metro al Arena. A nuestro alrededor un público heterogéneo: predominan (predominamos) las familias con niños pero también abundan los grupos de chavales, clientes habituales de todo lo que suene a baloncesto USA que no dudan en vestir para la ocasión con las camisetas de sus ídolos, jugones de ayer y de hoy, Jordan, Kobe, Melo, Nash, Parker (Toni), Garnett… Todos, padres, abuelos, niños, jóvenes, se encaminan (nos encaminamos) a ver a los únicos, los inconfundibles, los irrepetibles Harlem Globetrotters…

¿Únicos? ¿Irrepetibles? De repente me asalta una duda. De repente se me vienen a la memoria los Platters, aquel legendario grupo musicovocal que cantaba aquello de Only Youuuu, y aquello otro de El Humo ciega tus ojos… De repente recuerdo que se decía de ellos que los Platters no eran un grupo sino varios, que podía haber hasta tres o cuatro grupos de presuntos Platters haciendo galas simultáneamente por diferentes partes del globo…

¿Dios mío, pasará lo mismo con los Globetrotters? ¿Tendrán varias franquicias repartidas por todo lo largo y ancho de este mundo? ¿Quién sabe si ahora mismo no habrá otros Globetrotters en Laos, Camboya y demás países de Extremo Oriente, si no habrá otros más por Eslovenia, Eslovaquia y demás países de Europa del Este, si no habrá unos terceros por Idaho, Montana y demás estados de la América más profunda…

Un rato más tarde mis dudas quedarán (aparentemente) resueltas. Pero no adelantemos acontecimientos. Ya nos hemos sentado, ya hemos hecho acopio de palomitas (todo dios ha hecho acopio de palomitas, todo aquello huele a palomitas), ya va a empezar el espectáculo, ya asoma… ¡¡¡¡¡¡Globie!!!!!!

Globie, no resulta difícil imaginarlo, es la mascota de los Globetrotters. Nada de particular: viste como el equipo (pero al revés, camiseta rojiblanca y pantalón azul), tiene por cabeza una bola del mundo (muy apropiado) y realiza sobre la pista todas las gracias, acrobacias y piruetas que se le presuponen a una mascota, y más incluso, haciendo las delicias de chicos y grandes (frase muy circense, muy socorrida y apropiada para la ocasión).

Y después de la mascota (imagino yo en mi tierna ingenuidad), ahora tendrían que salir las cheerleaders… Pues no. Ni aparecen ni aparecerán porque no existen, al parecer. ¿Por qué los Globetrotters no tienen cheerleaders comodiosmanda, como las tiene todo equipo americano que se precie?, me pregunto, sumido en el desencanto y la desazón… ¿Quizá porque su presencia no se considere políticamente correcta en un espectáculo de consumo mayoritariamente infantil? Pues vaya…

Así que en vez de cheerleaders los que allí aparecen son los New York Nationals. Los que van a perder, los que llevan toda la vida perdiendo, los comparsas (nunca mejor dicho), los pringaos (según mi hijo)… Ocho tipos que parecen haber sido escogidos en base a sus escasas aptitudes atléticas, a su poca pinta de profesionales de la canasta… pese a lo cual, el speaker que acompaña al espectáculo (y que tiene dificultades evidentes con nuestro idioma) los presenta a la usanza yanqui, es decir, casi como si le fuera la vida en ello: el dorsal en castellano (más o menos) y seguidamente, ya todo en inglés, los pies, las pulgadas, la universidad de procedencia, el nombre… Uno parece llamarse Rocco Luciano (o algo así), otro (incluso) Carlos Ruiz…

Viéndoles, no puedo evitar pensar que los New York Nationals son algo así como el último eslabón de la cadena evolutiva del jugador de baloncesto profesional. Me imagino a un par de tipos que hubieran coincidido en el equipo de cualquier universidad de medio pelo, y que unos cuantos años después se encontraran por la calle… “¿y tú dónde has jugado?” “ah, pues estuve en la CBA, la NBDL, la USBL, luego jugué un par de temporadas en la liga chipriota, un año en la liga boliviana, otro en la de las Islas Fidji, unos meses en la liga tailandesa… ¿y tú?” Y el otro, poniéndose rojo como un tomate (en el supuesto de que el color de su piel lo permitiera), “pues… yo he estado en los Nationals…”, a ver si diciéndolo así colaba, a ver si al otro le entraban dudas, y esos de qué liga son, me suenan pero no sé de qué… Pero no era probable, lo probable era que el de la liga chipriota terminase en el suelo, revolcándose de risa, descohonándose vivo ante el terrible destino laboral de su ex compañero… Sí, evidentemente hay trabajos mucho peores en el mundo; pero no me consta que los haya en el mundo del baloncesto.

Todo está ya preparado, ya sólo falta que aparezcan los verdaderos protagonistas de esta historia, todos clavamos nuestros ojos en la bocana (terrible palabro futbolero) del túnel de vestuarios… Retumba la música, y la megafonía (esta vez sí, en perfecto castellano), para ir creando ambiente, nos llena la cabeza de datos: resulta que éste no es un partido cualquiera, sino el partido 26.943 de la historia de los Harlem Globetrotters. Que se fundaron en 1926, que a lo largo de su historia han disputado 26.942 partidos (casualmente) por todo lo largo y ancho de este mundo, que hace 14 años entraron en el Salón de la Fama del baloncesto, que en esta gira europea visitarán 94 ciudades a lo largo de 9 semanas… Me pregunto si no habré entendido mal este último dato porque 9 por 7 son 63, con lo que tocarían a ciudad y media por día (eso sin contar con que en algunas ciudades, Madrid mismo, actúan dos días seguidos). Supongo que no habrá dicho eso… o tal vez sí, porque escucho por las filas de atrás a algún otro espectador que también ha debido hacer la cuenta y manifiesta el mismo estupor…

En cualquier caso es tal la exclusividad de la cifra que mis anteriores dudas parecen quedar disipadas, no hay duda, estamos ante los únicos e irrepetibles Globetrotters… que no deben haber descansado jamás a lo largo de su historia, ni en domingos y fiestas de guardar, ni en guerras mundiales, ni para ir al baño… Mentalmente hago una multiplicación (poniéndole ceros, porque si no no me apaño): 360 (días) por 80 (años) da un total de 28.800 días… vamos, que casi a partido diario han salido estas pobres criaturas a lo largo de su existencia…

Y digo yo que quién me mandará a mí complicarme la vida con estas cuentas, con estas cuitas, cuando aquí a lo que se viene es a disfrutar del espectáculo… Los Harlem Globetrotters ya están en la pista, aclamados por una multitud enfervorizada (ligera exageración) y siendo presentados por su espíquer yanqui. Aquí suenan universidades más conocidas (Illinois, De Paul, Baylor, Montana, Eastern Kentucky), suenan estaturas más pronunciadas, suenan apellidos desconocidos arropados por motes que nos son extrañamente familiares, Baby, Showtime, Big Easy, Big Step… Si hasta presentan a su entrenador (si, por extraño que resulte también tienen coach, también forma parte del show), un tal Clyde “The Glyde” Sinclair, nada menos…

A partir de este momento, señoras y señores, niños y niñas, distinguido público… ¡¡¡Comienza el espectáculo!!! Desde la mismísima rueda de calentamiento asistimos ya a toda clase de movimientos coreografiados, malabarismos múltiples, mates surtidos, acrobacias varias, triples de espaldas al aro desde medio campo (que siempre entran, lo deben tener ensayadísimo)…

El más pequeño parece ser (casualmente) el más habilidoso, un tipo extrañamente apellidado Christiansen (o algo así) y apodado Baby, un verdadero mago con el balón en sus manos, en su cabeza, en su espalda, en su culo, en… Y el que lleva la voz cantante es el número 32 (muy apropiado), apodado Showtime (aún más apropiado), otro fenómeno con y sin balón. Lleva la voz cantante literalmente, porque su camiseta incorpora un micrófono (no es el único) con el que dirige, coordina, habla con el público, bromea con todo dios, ridiculiza al (presunto) contrario, humilla al (aún más presunto) árbitro… Todo, absolutamente todo parece girar a su alrededor.

Si hasta grita ¡¡¡de-fense!!! ¡¡¡de-fense!!! cuando atacan (es un decir) los Nationals, como si aquello tuviera que ser defendido, como si alguien allí hubiera pensado alguna vez en defender… Nada nos pilla por sorpresa pero todo nos entretiene, todo es pura parodia, todo vale, cabriolas, malabarismos, coreografías (como el socorrido YMCA de Village People, poniéndonos a todos de pie al final del tercer cuarto), gamberradas al público (parte fundamental de su espectáculo… si hasta tiran agua a los que están en las primeras filas), ocurrencias varias, payasadas sin fin (por favor, que nadie vea nada peyorativo en este término, payasadas: hacer bien el payaso tiene un mérito extraordinario, y la verdad es que ellos lo hacen de maravilla).

Puro circo. Tal vez podría valer aquella analogía que hacía una vez Juan Luis Cano, el de Gomaespuma (pero convenientemente modificada, porque él se refería a otra cosa completamente distinta): tal vez los Harlem Globetrotters sean al baloncesto lo que Disneylandia es a la vida. Tal vez…

Mientras tanto, mi hijo se fija en cosas insospechadas. Por ejemplo, que en el marcador no llevan la cuenta de las faltas personales. Se lo explico, que las faltas son también de mentira, meros pretextos para montar falsas protestas y luego hacerse el loco cuando mira el árbitro, para reírse del de los Nationals cuando falla, para asustarle con un estornudo cuando va a tirar, para jugar con los números (si el árbitro dice dos tiros y el de la mesa dice dos tiros, pues está claro, dos más dos… ¡cuatro tiros!).

Pero mi hijo insiste en reparar en cosas raras, mira papá, el juego está parado y el reloj sigue corriendo… La verdad es que esto sí resulta curioso. Teóricamente se juegan cuatro cuartos de 10 minutos cada uno, pero resulta difícil discernir si son a reloj parado o a reloj corrido (con perdón). Se ve que ellos tienen sus pautas y lo detienen sólo cuando conviene al espectáculo, a veces parándolo y a veces dejándolo correr aunque el balón no esté en juego, aunque hayan sacado al centro de la pista a una niña para hacer rodar el balón sobre su dedo, aunque estén entretenidos jugando con el bolso de una espectadora (y luego, con la espectadora misma…)

Al final el espectáculo resulta más corto de lo que cabía esperar (o de lo que yo esperaba, al menos): hora y media escasa, todo incluido, la rueda de calentamiento, las parodias del comienzo, los cuatro cuartos, el descanso correspondiente… Supongo que lo tendrán estudiado, que pensarán que aquello no da más de sí, que hacerlo más largo sólo serviría para cansar al espectador… Y puede que no vayan descaminados, de hecho en los últimos minutos mi hijo ya da muestras evidentes de agotamiento, si hacen bromas todavía se fija pero si son sólo malabarismos y mates directamente desconecta, su cabeza ya está en otra cosa.

Bocina final. Se saludan los jugadores de ambos equipos (como si no viajaran juntos, como si no convivieran a diario), se despiden del público, el de la megafonía nos informa que los Harlem Globetrotters han jugado en Madrid los partidos 26.942 y 26.943 de su ya larga historia, y que a partir de este momento ya siempre estarán en nuestros corazones… ¿El resultado final? 86-54 (¿o fue 84-56?). Y por favor, no me obliguen a decir a favor de quién…

Aunque quizá no todo el mundo lo tuviera tan claro. Por detrás de mí todavía escucho a un joven espectador que no quiere dejar pasar la oportunidad de hacer una valoración trascendental; y todo serio, todo profundo, exclama “el partido se ha roto desde el principio”. Respiro aliviado tras escuchar semejante aportación. Me reconforta saber que nuestro futuro está en tan buenas manos, que la cantera de analistas está plenamente asegurada.

De camino a casa, le pregunto a mi hijo qué es lo que más le ha gustado. Sin titubear ni un segundo, contesta “cuando se burlaban del árbitro”. Sí, vale, no parece que el mensaje sea muy pedagógico que digamos… Pero al mismo tiempo también confiesa habérselo pasado muy bien (aunque esto era evidente, no hacía falta que él me lo dijera). Y ya está. Porque, al fin y al cabo, sólo de eso se trataba…

Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, varios

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