Vosotros, que nos hicisteis tan felices   Leave a comment

(publicado el 28 de diciembre de 2006)

 

Estos son días (dicen) de felicidad. Son días también de echar la vista atrás, de hacer balance y repasar lo ocurrido en el año que termina. Es decir, que quizá sea éste el mejor momento para expresar nuestra gratitud (16 gratitudes concretamente, in alphabetical order) a aquellos que, una ya lejana mañana de septiembre, nos hicieron tan inmensamente felices:

Cabezas, Carlos

Mira que he sido yo duro toda mi vida para encontrar parecidos, y sin embargo éste me saltó a la vista ya desde aquella primera vez que apareció en mi televisor, allá por Lisboa 1999. Pero claro, no me podía recordar a una persona humana, ni a un animal siquiera, no, yo soy mucho más difícil, fue verle y exclamé: “¡coño! (con perdón) ¡Manolito, el de Mafalda!” (años más tarde descubrí que hubo más gente a la que le pasó lo mismo). No lo vieron así sus compañeros de aquella selección, más políglotas, que le apodaban Charlie Heads…

Hoy su gesto (su pelo, sobre todo) se ha suavizado, el parecido ya no es (si es que alguna vez lo fue) tan evidente, pero da igual: para mí siempre fue, es y será Manolito. El Manolito que clavó el triple definitivo de aquella inolvidable final contra USA; el Manolito que llegó para apoderarse (titular o suplente, qué más da) del puesto de base en ese Unicaja suyo del alma; el que ganó Korac, Copa o Liga dejándose siempre todo lo que llevaba dentro; el que pareció que nunca llegaría a la selección; el que una vez llegó pareció que siempre se estrellaría, que siempre sería el último descarte; el que por fin consiguió quedarse justo en el momento menos indicado, justo en ese Eurobasket del pasado año en el que todo le salió mal; el que este año, con más competencia, pareció que lo podría tener crudo para volver; el que, una vez volvió, tuvo toda la mala suerte del mundo en esos primeros días de competición; el que, al llegar los momentos decisivos, fue tan importante como siempre pensamos que podría ser; el que acabó demostrando que la selección también era y seguiría siendo su sitio…

Han pasado meses desde aquello. A día de hoy Cabezas sigue al frente del ciclotímico Unicaja. Muy pocos se salvan en el desconcertante año malagueño pero él sí, jugando (tal vez) el mejor baloncesto de su carrera, multiplicándose ante los achaques de Sánchez y dejando noches inolvidables como aquella de Tel Aviv. Manolito for ever.

 

Calderón, José Manuel

Por extraño que parezca, la vida siempre tuvo con él el don de la inoportunidad. Fue inoportuna en 1999 con aquella lesión que le dejó fuera del oro de Lisboa. Fue inoportuna unos cuantos años más tarde, ya de vuelta a Vitoria, cuando aquella otra lesión le dejó fuera del que estaba siendo (hasta entonces) el mejor partido de su carrera, un quinto encuentro de aquella serie que tras su ausencia el Tau ya no tuvo más remedio que perder. Y aún fue más inoportuna al año siguiente (el de su consagración), con esa apendicitis truncándole los playoffs, una vez más…

Ya no es que nadie le haya regalado nada, es que casi siempre lo ha tenido mucho más difícil que los demás. Otro se hubiera venido abajo pero él nunca tuvo el menor reparo en buscarse la vida donde fuera, en cesiones a categorías inferiores o en lugares lejanos, en ir paso a paso, en trabajar como nadie… Y en cualquier lugar que estuvo ya dejó huella, e incluso en sitios de tan poca exposición como Fuenlabrada (siendo suplente, además) ya la NBA empezó a sentir su llamada, ya aquella Liga empezó a beber los vientos por él…

Esos vientos que, tras explotar definitivamente, se lo llevaron al Canadá. Y allí (o por allí cerca) seguirá mientras él quiera, desparramando compañerismo, pasión, clase, penetraciones casi imposibles, buena lectura, juego orientado exclusivamente al equipo. Porque es demasiado poco egoísta para ser titular, pero al mismo tiempo es demasiado bueno como para que cualquier franquicia se permita el lujo de dejarle escapar.

 

Creus, Joan

Probablemente la típica frase de “le cabe todo el baloncesto en su cabeza” nunca se aplicó a nadie con más sentido que a él. Probablemente nadie jugó en nuestra élite más tiempo que él, nadie se cruzó con tantas generaciones de jugadores, nadie conoció a tantos entrenadores… casi un cuarto de siglo de baloncesto (de 1975 a 1999) da para mucho. Para jugar en equipos grandes y en pequeños, para tener miles de buenos y malos momentos y para acabar tu carrera en un club modesto, reconvertido en grande por un día merced a casi su sola presencia. Para ganar una inolvidable Copa del Rey rondando los cuarenta, para ganar una histórica Liga ya con los cuarenta bien cumplidos. Para hacer historia.

Era tal su magisterio que desaprovecharlo habría sido un auténtico desperdicio. Y Televisión Española, tan absurda tantas veces, en esta ocasión sí supo ver lo evidente. Y si alguien podía tener dudas acerca de su capacidad para comunicar (no basta con saber, también hay que saber contarlo) sólo hizo falta el primer partido para que quedaran totalmente despejadas. Comprendía el juego como nadie, lo explicaba como nadie, lo desmenuzaba como ningún otro. Y nunca terminará de asombrarnos su capacidad de anticipación, ese ahora fulanito saldrá al bloqueo, se abrirá y entonces menganito la pasará al otro lado, y allí zutanito se habrá quedado solo para el tiro de tres… El término analista nunca alcanzó mayor sentido. Y Javier Imbroda nunca perdonará al ente público que les fichara a los dos a la vez, que incluso les hiciera coincidir en alguna ocasión. Probablemente los comentarios de Imbroda nunca nos hubieran producido tanto sonrojo de no haber tenido a alguien a su lado con quien poder comparar.

Es, fue y será siempre Chichi. Si ese mote fuera aplicado a cualquier otra persona sólo generaría toneladas de hilaridad y sarcasmo. Nunca con Creus. Su apodo nunca chirrió, como si fuera el nombre de pila, como si fuera lo más natural del mundo. Y hoy es sólo sinónimo de dignidad, de (sobre todo) admiración. Grande, Chichi.

 

Díaz, Jenaro

Hasta hace muy pocos meses apenas los muy iniciados sabían quién era. De hecho todavía hoy, antes de escribir esto, conviene cerciorarse de su nombre de pila en el gúguel, sólo para confirmar que se escribe con J y no con G como parecería normal. Pero hoy, afortunadamente, ya conocemos más cosas de él. Sabemos que viene de Asturias, maravillosa tierra, pero de la que sale muy poquita gente de baloncesto. Supimos, gracias a una entrevista en Gigantes, que tiene una extraña cualidad que algunos despreciarán pero que a mí me resulta absolutamente envidiable: le basta con dormir dos horas y media al día, tres como mucho. Es decir, que a la hora de hacer balance descubrirá que (si ello no repercute en su salud) la vida le habrá cundido muchísimo más que a cualquiera de nosotros, humildes mortales que apenas somos capaces de encontrar tiempo libre para ver nuestros partidos o para escribir nuestras tonterías.

Pero supimos también, y hoy lo sabemos más aún, que Jenaro tal vez fuera el secreto mejor guardado de aquella selección. Su trabajo en la sombra, estudiando a sus aleros, analizándolo todo en su inseparable miniordenador portátil, probablemente fuera mucho más importante para aquel éxito de lo que él mismo reconocerá nunca.

Por aquel entonces se anunció su fichaje para el nuevo Real Madrid de Joan Plaza, y un reconocido forero de esta misma página (llamado Fénix) nos escribió que Jenaro Díaz le parecía uno de los mejores entrenadores asistentes actuales. Si entonces pensé que tal vez estaba en lo cierto, hoy, varios meses y un montón de partidos después, ya no me cabe la menor duda.

 

Fernández, Rudy

Cuando tuvimos ya criados a los niños de Lisboa, por un momento nos invadió una extraña sensación de vacío: ¿y si resultara que esto es flor de un día, que pasarán más de mil años, muchos más, antes de que vuelva a producirse otra eclosión de talento?

Y entonces, precisamente entonces, llegó él. Llegó ya con pedigrí familiar baloncestero, llegó de Mallorca a Badalona y casi inmediatamente empezamos a tener noticias suyas, que se vieron confirmadas en cuanto le vimos jugar. Por extraño que pudiera parecer, aquel chaval lo hacía todo bien: el tiro, la penetración, la defensa… Tenía tanto talento como el que más, pero además tenía una cosa que por aquí no estábamos acostumbrados a ver, en absoluto: aquel chaval volaba. Le podías poner un balón en las lámparas con la seguridad de que lo alcanzaría y bajaría con él en las manos para incrustarlo por el aro.

Su puesta de largo fue en aquella Copa del Rey 2004, la que acabó en final contra el todopoderoso Tau. Allí le vimos volar como nunca le habíamos visto, buscando el oop para cada casi imposible alley del Gusi. Allí jugó de cine, defendió a muerte, luchó cuerpo a cuerpo, descubrió en su cara el afilado codo del Chapu… Allí maduró, casi de golpe. Allí consiguió el primer MVP de su vida, aún pese a perder… Allí empezó a ser lo que hoy es: un campeón del mundo, sexto hombre tan fundamental en aquel equipo como cualquiera de los cinco que le precedieron.

Apenas le quedan seis meses de ACB. De hecho ya se pudo ir a la NBA mucho antes pero se lo impidió alguna lesión, y (sobre todo) una buena dosis de sentido común. Las franquicias se lo rifarán en junio, y la que resulte ganadora ya querrá tenerle a su lado en octubre. Y me temo que será para quedarse, y por mucho, mucho tiempo.

 

Garbajosa, Jorge

Algunos jugadores nacen; otros se hacen. A Jorge Garbajosa le cabe el honor de pertenecer a este último grupo. Siempre podrá estar inmensamente orgulloso ya que nada le fue dado porque sí, todo se lo tuvo que ganar con su esfuerzo.

Aquel adolescente que un lejano día viajó de Torrejón a Vitoria sólo tenía centímetros (y algún kilo de más), pero carecía incluso de la pinta de jugador de baloncesto. Inmensas e intensas sesiones de trabajo acabaron produciendo un pívot de regular muñeca y decentes movimientos que contra todo pronóstico empezó a asomar cada vez más la cabeza, empezó a ser importante en aquel Baskonia aún poco acostumbrado a los títulos y que una buena noche, con él de inesperado protagonista, acabaría ganando su primera Recopa (título a extinguir, aunque entonces no lo sabíamos).

Podría haberse quedado allí, conformarse con lo ya logrado, con ser simplemente un buen jugador de rotación. Pero él no, él de repente vio abiertas las puertas de Italia y para allá que se fue de cabeza; allí, en aquella Bennetton de Mike D’Antoni alcanzó la madurez absoluta, en lo baloncestístico y en lo personal. Ya apenas quedaba nada de aquel chaval de movimientos ortopédicos, ahora sustituido por un hombre coordinado y con muñeca de seda, tan capaz de fajarse dentro como de clavártela desde fuera. Y de ahí al infinito: Los del CSKA le ofrecieron el oro (de Moscú) y el moro, pero él prefirió Málaga, que tal vez paguen menos pero hace más calor y tienen mejor playa. Y allí Garbadiós dejó una Copa, dejó una Liga, dejó un recuerdo sencillamente imborrable.

¿Qué más quedaba por hacer? Te puede gustar mucho el sol de Málaga pero si la NBA se cruza en tu camino no te será fácil resistirte. Aún no había llegado a Toronto y a los agoreros de turno ya les faltaba tiempo para augurar la catástrofe, no tiene cuerpo de NBA, no tiene centímetros para jugar dentro en NBA, no conoce el rango de tiro de tres de la NBA… Y él, que jamás se ha preocupado por estas cosas, pues a lo suyo, a trabajar día tras día. Y es curioso: apenas llevamos dos meses de temporada y alguno de los agoreros de antes ahora ya presenta su candidatura para rookie del año. Probablemente no lo será, pero sí parece seguro que en febrero podrá hacer un viaje a Las Vegas. Y entonces lo habrá conseguido, una vez más: habrá superado, con creces, cualquiera de las expectativas puestas en él. No, nunca nadie le regaló ni le regalará nada. Ni falta que le hace.

 

Gasol, Marc

¿Qué queda de aquel niño que seguía tímidamente los pasos de su hermano por los pasillos del All Star Weekend 2002? ¿Qué queda de aquel crío a quien Shaq acogió, al que se llevó casi de la mano para ir presentándoselo a unos y a otros? Aquel chaval empezó a madurar en un modesto high school de Memphis al que inundó de canastas y regaló los dos mejores años de baloncesto que dicho centro haya conocido jamás. Y luego llegó la duda: ¿universidad allí? ¿el Barça aquí?

El Barça parecía mejor opción, y seguramente lo era. Si hubiera jugado. En muy poco tiempo a Marc le sobraban todos los kilos que a su hermano siempre le faltaron, y como de costumbre nunca supimos si fue antes el huevo o la gallina: nunca supimos si no jugaba por no estar en forma, o si no estaba en forma por no jugar. Es muy dura la vida de un canterano en un equipo grande, y aún más si tiene un hermano-megaestrella con el que estarle comparando permanentemente. Así que hace apenas seis meses muchos estábamos convencidos de que su carrera ya se había echado a perder: en el mejor de los casos tendría que ganarse la vida saliendo desde el banquillo en cualquier equipillo del montón…

Pero a veces, sólo a veces, le dejaban asomar la cabeza, y apenas cinco minutos ya bastaban para que viéramos que ahí podía haber algo más. El que más lo vio fue Pepu. La caída de Fran Vázquez le entreabrió una puertecita por la que entró tímidamente, de sustituto de los sustitutos. Parecía una locura que pudiese adelantarlos, parecía una locura que al final viajase a Japón, parecía una locura pensar que allí pudiese tener minutos… bendita locura.

Hoy la locura continúa en Girona. Con un entrenador que le quiere, con unos compañeros que le respetan, con un ex equipo grande que aún se tira de los pelos por haberle dejado escapar. Dentro de apenas seis meses David Stern pronunciará su nombre en la ceremonia del draft. Tal vez no se vaya para allá inmediatamente, pero tarde o temprano acabará acudiendo a su cita, y no habrán de pasar muchos años antes de que le veamos jugar contra su hermano.

Gasol, Pau

En aquella expedición victoriosa de Lisboa 1999 sus compañeros, en un alarde de creatividad, le apodaban Gasofa. El tal Gasofa por aquel entonces era un presunto tres, 207 centímetros escasos de carne y rebosantes de huesos, buena mano de fuera, apenas juego de espaldas al aro. En aquel equipo tenía un papel muy discreto: los que allí estuvieron cuentan que fue titular pero los que pudimos ver únicamente semifinal y final le recordamos saliendo del banquillo, por Dramec o por Felipe. Y ya entonces, por maravillosos que nos resultaran Navarro o Raül, Pau era el único al que imáginabamos algún día en la NBA: sólo tendría que ganar músculo para que sus centímetros y su calidad le hicieran convertirse en algo así como el nuevo Kukoc…

Apenas dos años después la historia ya nada tenía que ver con todo lo anterior: los 207 centímetros se habían convertido en 215, lo del nuevo Kukoc ya se le había quedado muy pequeño, y además aquel chico tímido de repente se nos había convertido en líder desbocado: capaz a sus apenas 20 añitos de liarse la manta a la cabeza y arrastrar a su Barça a ganar Copa primero y Liga después, y arrollando en ambos casos. Lo que había empezado siendo el año de Seikaly acababa siendo el año de Gasol.

Y de ahí al draft, y los pronósticos le sitúan del puesto 15 al 18, y sin embargo podría ser que saliera incluso más alto… ¿incluso? El número tres, lo nunca visto. Y el resto ya es historia. Nunca nadie de aquí fue titular allí, nunca nadie de aquí fue estrella allí, nunca nadie de aquí jugó playoffs allí, nunca nadie de aquí fue all star allí… Sí, le queda ganar en playoffs, le queda aspirar al título, le queda ganarlo… Le quedan muchos años para seguir haciéndonos disfrutar, allí y aquí. Para que la gente se siga volviendo loca con él, para que le sigan eligiendo deportista español del año por delante de alonsos, nadales o pedrosas… y para seguir siendo el líder de aquel equipo que convirtió nuestros sueños en realidad.

Nunca antes jugador alguno fue elegido MVP de una competición en la que ni siquiera hubiera participado en la final… O eso parecía; porque Pau sí que jugó aquella final: desde el banquillo y con muletas seguramente realizó uno de los más grandes encuentros de su carrera. Tal vez no se reflejó en las estadísticas, pero bastará preguntar a cualquiera de sus compañeros: todos lo confirmarán, todos te dirán que su inspiración, su mera presencia, su Pau también juega fue la pieza fundamental para ganar aquel inolvidable partido.

En septiembre nos vemos, Pau.

 

Hernández, Pepu

El hombre sencillo. Alguien que ama tanto el baloncesto como para convertirlo en su profesión, y que ama tanto su profesión como para dejarla si resulta que un día su motivación ya no es la misma. Dos veces lo hizo, dos veces anunció su adiós, en pleno éxito, sin que nadie le echara, dos veces se fue sin hacer ruido de su Estudiantes del alma. Y como aquello no podía ser normal las especulaciones se desataron, que si se llevaba mal con no sé quién, que si le habrá tocado una quiniela, que si la lotería… Tal vez. O tal vez fue, sencillamente, que un día entendió que la vida, la calidad de vida, es algo muchísimo más importante que el éxito profesional.

Pero el éxito persigue a aquellos que se empeñan en hacer siempre bien las cosas. Una selección llena de buen rollo como ésta, y un buen tío como él, sencillamente estaban destinados a encontrarse. Y esa humildad, ese trabajo discreto, ese dejar todo el protagonismo a los jugadores no tenía más remedio que acabar funcionando bien. El maravilloso éxito de Japón era casi inevitable, casi acabó cayendo por su propio peso.

Y él, que nunca fue hombre de ruido sino de nueces, volvió a Barajas y de repente se encontró a una multitud en la calle aclamando su nombre, un gentío que apenas terminaba de secarse las lágrimas derramadas el día anterior; allí se dio cuenta de que, por una vez, quizá por primera y última vez en su carrera, debía volver al ruido; dijo sencillamente una palabra en cuatro tramos, BA – LON – CES – TO, y casi sin darse cuenta consiguió que las lágrimas se derramaran de nuevo.

(Mira que le habré visto veces, de lejos, a pie de cancha… Pero siempre recordaré aquella noche en la que me di casi de bruces con él, hará como dos años y medio, yo de vacaciones en Ribadesella, él sentado en la terraza de aquella estupenda sidrería frente al puerto. Pensé en saludarle, en estrechar su mano, en felicitarle por tantas cosas… pero no lo hice: evidentemente él estaba con más gente, quién era yo para interrumpir aquello, al fin y al cabo él tenía tanto derecho a disfrutar de sus vacaciones como yo de las mías… Sé que hice lo correcto, pero también sé que siempre me arrepentiré de haber hecho lo correcto…)

Grande, Pepu.

 

Jiménez, Carlos

Tiene esa cara de no haber roto jamás un plato, esos suaves modales de buen chaval que de entrada te llevarían a pensar en un tipo blandengue e inocentón. Tal vez la cara sea el espejo del alma pero en su caso eso sólo puede ser verdad fuera de la pista. Porque en cancha nos encontramos al mejor defensor que uno pueda imaginar, al mejor reboteador desde el puesto de tres que hayamos nunca conocido por estos pagos, al tipo más luchador, honesto y entregado a su causa que uno pueda encontrarse en una cancha de baloncesto. Y todo ello sin descomponer jamás el gesto, sin una mala actitud, sin un roce.

Un día se convirtió en el hombre intangible. Ya ni siquiera hacía falta que sumara en las estadísticas porque su sola presencia era suficiente para cambiar el curso de un partido, como esa pieza de cualquier motor que piensas que apenas tiene importancia pero que es la que hace que finalmente todo aquello no chirríe, que todas las demás piezas encajen bien.

La pérdida de la inocencia le llegó en el verano de 2005, justo aquel día en que pensó que podría hacer lo que quisiera, al margen de contratos firmados, al margen de voluntades ajenas. Y de repente el jugador serio se nos convirtió en triste, y sus intangibles pasaron a ser más intangibles que nunca: esta vez sí que no había por donde tocarlos.

Le tacharon de traidor, aunque curiosamente su presunta traición nunca llegó a consumarse. Tanto quiso quedarse en Madrid que al final se cansó de quererlo, que finalmente se bajó al sur. Allí su vida no es más fácil, más bien al contrario. Allí le piden que les haga olvidar a Garbajosa, como si eso fuera posible. Allí ya no le cantan el “Carlos Jiménez, menudos huevos tienes” que con dudoso gusto y aún más dudosa rima popularizó durante tantos años la Demencia. Allí hay algunos que hasta le cuestionan. Pero al menos vuelve a ser él mismo, al menos la tristeza ha vuelto a vuelto a convertirse en (simplemente) seriedad.

También en la selección. Al lado de su eterno Pepu del alma fue de nuevo el eterno Jiménez de siempre, el de los intangibles tangibles, el del trabajo interminable, el de la inmensa humildad dentro y fuera de la pista. Tanta humildad como para (merced al caótico protocolo de la FIBA) no llegar a recibir ni levantar nunca el trofeo de Campeón del Mundo, pese a su condición de capitán. No le importó, ni tenía por qué importarle. Él es así, y eso le hace todavía más grande.

 

Mumbrú, Alex

Hace algunos años la prolífica cantera badalonesa parió a una generación de jugadores a la que a mí me dio por llamar “La Quinta de la U”, por la sencilla (y estúpida) razón de que prácticamente todos sus apellidos acababan en dicha letra. De aquella generación formaba parte alguno de los Grimau, formaba parte aquel Pacreu que se nos fue perdiendo y también, cómo no, formaba parte este Mumbrú (de no haber sido así, a ver por qué iba a estar yo contando esto ahora), del que ya se veía a la legua que era, de entre todo aquel grupo, el que podría alcanzar las cotas más altas algún día.

Tan altas incluso como para ser campeón del mundo. Otros llegaron por un camino recto pero el suyo fue largo y (sobre todo) tortuoso: lleno de curvas, de ascensos y descensos, de idas y venidas. Un día se convirtió en estrella en su club, al siguiente se vino para Madrid, al otro volvió a Badalona con cara de fracaso, allí volvió a ser estrella, de allí de nuevo a Madrid… El jugador Puente Aéreo, le acabamos llamando. Y tres cuartos de lo mismo en la selección: ahora entro porque estoy que me salgo, ahora salgo porque no me encuentro…

¿Cuál era el verdadero Mumbrú? Sin duda éste de ahora: el que alcanzó la cima cuando tuvo estabilidad en la Penya, el que se vino abajo con la inestabilidad del Madrid, el que ahora sí triunfa en Madrid porque ahora el medio sí es el adecuado… El que en la selección ejerció casi de especialista en el tiro (precisamente él, que empezó su carrera casi como especialista en la penetración). El que llegó casi de puntillas y finalmente encontró, en Saitama, aquella maravillosa estabilidad que había estado buscando durante tanto tiempo.

 

Navarro, Juan Carlos

Lisboa 1999 fue un descubrimiento: nos permitió conocer a unos cuantos jugadores con cuyos nombres ya casi soñábamos, pero a los que (la mayoría de nosotros) jamás habíamos podido ver jugar: Felipe, Raül, Dramec, Gabriel, Gasol… No así Navarro. A Juan Carlos ya nos lo habíamos encontrado muchos meses antes, niño precoz en el Barça de Aíto, de base puro tapando huecos. Algún narrador televisivo, cualquiera de los habituales, nos explicó que a aquel chaval le llamaban La Bomba, porque tira mucho de tres (explicación discutible, por lo que después supimos). Reconozco que en aquellos primeros partidos con el Barça (¿qué tendría, 17 años?) me dejó absolutamente frío, reconozco (aunque me pese) que me puse a ver aquella semifinal y final de Lisboa sin esperar demasiado de él… Así que apenas tardé unas pocas horas en pasar de la indiferencia al entusiasmo, del entusiasmo a la debilidad absoluta y de la debilidad casi al enamoramiento deportivo. Y en los días siguientes me faltó tiempo para ir proclamando a todo aquel que lo quiso escuchar (afortunadamente fueron pocos) que aquella bomba era el mejor producto que había dado jamás nuestro baloncesto.

Es corriente que en los equipos grandes haya estrellas, normalmente venidas de fuera, y piezas de intendencia, a menudo sacadas de la propia cantera de la entidad. Los términos estrella y cantera no suelen ir unidos, y si alguna vez coinciden lo harán bajo sospecha: buah, tan bueno no será si siempre ha jugado aquí, a ese habría que verle en otro lado… Las estrellas venidas de lejos son estrellas por definición, las criadas en la propia casa deberán refrendar su condición de estrellas permanentemente: que si defiende poco, que si saldrá desde el banquillo porque hemos fichado a Fulanito, que si no está preparado para la dinámica de trabajo de tal o cual entrenador… Mientras otros hablan, él contesta: en la cancha. Durante todos estos años nadie fue más imprescindible que él en su Barça: ni en los tiempos felices de antaño, ni en los tiempos de zozobra de hoy.

Llegó a la selección absoluta, de la mano de Raül, a representar un extraño papel (o a verse obligado a hacer el paripé, también podríamos decir) en aquellos infaustos Juegos de Sydney. Pero llegó para quedarse y ya jamás se ha bajado del tren, así el maquinista se llamara Lolo, Javi, Moncho, Mario o Pepu. Hasta consiguió que acuñáramos el término navarrosistema, a imagen y semejanza de aquel episistema de los ochenta. Sólo flaqueó ligeramente en Atenas 2004, quizás por culpa de aquella paternidad inminente. Nunca antes. Nunca después. Hoy la FIBA le debe un puesto en el mejor quinteto del Mundial de Japón, y debería ir pensando cómo devolvérselo.

¿La NBA? En otros casos se habla de aventura, de temeridad, de consecuencia lógica, de culminación… En su caso, llegar a aquella Liga será sencillamente una cuestión de justicia histórica.

Reyes, Felipe

Tal vez nunca llegue ya a la NBA, y probablemente ni falta que le hace. Seguramente ya nunca llegará a Memphis para cumplir el sueño de su amigo Pau, ni tampoco llegará jamás a Sacramento, a la franquicia que por apellido debería corresponderle. Qué más da. Cuando se retire habrá marcado una época, y con eso será más que suficiente.

¿Y quién nos lo iba a decir cuando apareció en escena, cuando era sólo el hermano de Alfonso? Era un cuatro puro y duro (con cositas de cinco) pero el no estar sobrado de estatura parecía predestinarle a evolucionar hacia el puesto de tres. En el Estu y en todas las categorías inferiores de la selección se debieron tirar años intentándolo, pero no hubo manera: tirito de tres o cuatro metros, sí, mira, pero… ¿separarle más del aro? Si no se deja…

Afortunadamente. Porque él año tras año nos sigue dando un curso de cómo se juega ahí dentro, nos sigue demostrando que el tamaño no es lo más importante, tampoco a la hora de coger rebotes. Ponle deseo, músculo, buena colocación y, sí, si puedes añádele también centímetros, pero sin que rebose, que tampoco hace falta. Y si es en ataque, agárrala bien, no la bajes, métete el aro entre ceja y ceja, incrústala… Haz simplemente eso y serás el más apreciado, el más deseado, el más añorado cada vez que faltes. Como en el Estu cuando te fuiste (tras el habitual sainete contractual que preside las relaciones baloncesteras madrileñas); o en la selección cuando anduviste lesionado, este mismo verano: si tantas veces arrollaron sin ti, no quiero ni pensar cuánto podrían haber arrollado contigo.

 

Rodríguez, Berni

Sí, él también estuvo en el (ya citado demasiadas veces) equipo que fue campeón del mundo junior en Lisboa 1999. Y en los años siguientes algunos de los que fueron sus compañeros llegaron ya a la selección absoluta para quedarse, otros fueron entrando y saliendo… Él no. Él, si acaso, acudió eventualmente, para participar en algún bolo estúpido, en alguno de esos partidos a destiempo clasificatorios para cualquier Eurobasket. Pero nunca llegó a tener una estancia larga en la selección grande hasta este verano de 2006. Precisamente hasta este verano, justo cuando ha vuelto a ser campeón del mundo. ¿Mera casualidad?

En absoluto. Los que le vemos jugar con frecuencia sabemos que llevaba tiempo mereciendo volver, y en la temporada 2005-2006 tuvimos clarísimo que ya había llegado el momento. Tanta gente lo tuvo claro que de repente dejó de ser Berni Rodríguez para convertirse en Berni Selección, en palabras de (el muy añorado) Ernest Riveras…

Pero es que Berni no es sólo eso. Los que tienen la suerte de conocerle dicen que Berni es un tipo especial, una especie de pegamento capaz de vertebrar cualquier grupo humano. A menudo hemos leído cómo hacía equipo en Málaga, cómo acogía a los nuevos, como su casa llegaba a ser casi parada obligatoria… Y por si nos podía quedar alguna duda de que esto se trasladara a la selección, nos la quitó Creus no hace muchas fechas contando durante una retransmisión televisiva lo buen tío que es Berni, el magnifico ambiente que crea en cualquier vestuario, lo fácil que resulta la convivencia cuando en un grupo hay alguien como él.

Así que aunque no supiera jugar ya sería importante, pero es que resulta que encima sabe jugar (y muy bien), y lucha, y se entrega, y defiende como el que más, y anota de fuera, y se toca la oreja para que su chica no tenga dudas de a quién ha dedicado ese triple, y de repente rompe en penetraciones que te ponen el partido del revés… No cambies nunca, Berni.

 

Rodríguez, Sergio

Apenas sabíamos aún quién era cuando aquella mañana de repente se nos apareció en la portada de Gigantes, recién regresado de su primera aventura americana, de aquel Nike Hoop Summit que le dejó tan buen sabor de boca. Y sin embargo hubo muchos que se echaron las manos a la cabeza, qué horror, qué barbaridad, darle toda una portada, si es sólo un crío, si apenas tiene 17 años…

Hicieron falta muy pocos meses más para que volviera a ser portada (solo o en compañía de otros) y para que esta vez nadie tuviera ya la osadía de cuestionarlo. Aquel Europeo Junior de Zaragoza fue su presentación en sociedad (aunque poco tiempo antes ya nos había dejado su tarjeta de visita, sólo con aquellos 15 últimos segundos del último partido de la maravillosa final Barça-Estu), aquel fue el momento que nos abrió los ojos a todos, creyentes y escépticos, convencidos y descreídos. De repente supimos que existía la magia.

Magia y riesgo son dos palabras indisolublemente unidas al juego, incluso a la vida de Sergio. Es la apoteosis de la creatividad, es el intentar ser sublime sin interrupción. Es esa penetración que desafía las más elementales leyes de la lógica, es ese dribling resuelto de manera insospechada (por entre las piernas del defensor, si es preciso), es ese pase que no es pase porque lo suyo no son pases, lo suyo son preasistencias. Él te dará la canasta hecha, peor para ti si no la metes. Y para ello, el riesgo: dar una preasistencia es mucho más difícil que dar un pase cualquiera, por ello quien le compre tendrá que asumir que le perderá balones, a menudo demasiados. Pero mejor será que no se quede sólo con ese dato, porque hará bien también en fijarse que a cambio le dará más canastas que ningún otro. Alguien dijo alguna vez que quien no se arriesga no gana, y está claro que él lo sabe mejor que nadie.

Riesgo también fuera de la pista, riesgo para dejar atrás su casa y lanzarse en plancha a la definitiva aventura americana, a empezar a cumplir su gran sueño en un lugar tan inhóspito para un chicharrero como Portland, Oregón. Pero cuidado con los sueños de este mu- Chacho, porque suelen cumplirse: soñó con ser Campeón del Mundo y lo fue (y con aportación decisiva en aquella semifinal ante Argentina); soñó con llegar a la NBA y allí está, sudando y disfrutando de cada segundo; y seguramente sueña también con llegar algún día a convertirse en una verdadera estrella de aquella Liga, y no seré yo quien apueste en su contra, porque éste es de los que se empeñan en hacer sus sueños realidad.

Y todo esto, con sólo 20 primaveras… Pongámonos cómodos y preparémonos para disfrutar, porque aún nos quedan años y años de magia.

 

Vecina, Rafa

Antes casi de que nos diera tiempo a saber quién era, él ya había pasado por algunas de las situaciones más extremas de nuestro deporte: fue joven y espectacular promesa pero se rompió, se destrozó la rodilla antes siquiera de empezar a ser realidad. Y por si todo aquello no fuera suficiente se tuvo que amargar la vida con uno de los líos contractuales más desagradables que se recuerdan (que la cosa de los sainetes no es exclusivamente madrileña, de hecho Penya y Barça también los montan muy buenos, muy de vez en cuando). Apenas había cumplido 22 años y parecía ya tener completo el cupo de desgracias de cualquier veterano.

Con una sola pierna llegó a Málaga y allí, de la mano de Mario Pesquera, consiguió resucitar cuando ya nadie daba ni medio duro por él. Y de allí a Madrid, de repente un extraño, a sentar cátedra, a recoger en Estudiantes el testigo de pívot líder y cerebral que durante tantos años había enarbolado el Oso Pinone. Cumplió a las mil maravillas, entre otras cosas porque a Vecina le podrían faltar muchas cualidades (piernas, salud, físico) pero hay una cosa que siempre le ha sobrado, a lo largo de toda su vida: inteligencia. Por arrobas. En Badalona, en Málaga, en Madrid, en su paso efímero por la efímera plaza salmantina, en cualquier sitio nadie fue nunca más listo que él. Nadie hizo más con menos, nadie usó mejor su cerebro para compensar sus carencias.

Siempre pensamos que algún día sería un gran entrenador, y por eso llevábamos ya demasiado tiempo echándole de menos. Hasta que la temporada pasada reapareció en nuestras vidas, primero como brillante analista euroliguero televisivo, después como asistente a la vera de su querido Pepu. Jamás tuvimos ninguna duda de que en ambos papeles lo haría realmente bien, jamás tendremos duda alguna de que siempre lo hará bien en cualquier cosa que se proponga. En estos tiempos duros en que la inteligencia es casi un bien escaso, un tipo así es un verdadero lujo. Un lujo ahora a nuestro alcance, afortunadamente.

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Publicado octubre 17, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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