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(publicado el 17 de septiembre de 2007)

 

Señores, señoras, amigos lectores (en el supuesto de que alguno hubiera o hubiese), permítanme que se lo recuerde: esto es un juego. Esto (el baloncesto, me refiero) es un juego maravilloso en el que básicamente caben dos posibilidades: ganar y perder. Ambas no siempre son igualmente probables, pero siempre son igualmente posibles. Ambas forman parte de la esencia misma del juego.

Es lícito disgustarse por una derrota, al menos tanto como lo es alegrarse por una victoria. Pero deberíamos poner las cosas en su justa medida. Deberíamos tener claro que una alegría puede durarnos toda una vida si es preciso, pero un disgusto no debería ocuparnos más de cinco minutos, diez a lo sumo. Prolónguelo usted durante varias horas, días incluso, allá cada uno con sus necesidades pero eso sí, nunca deje de tener presente que no se ha muerto nadie, que no ha pasado nada grave, que la vida sigue.

Sigue la vida y sigue el baloncesto, incluso. Dentro de cuatro días nacerá una nueva temporada plagada de ligas, copas, supercopas y demás competiciones, dentro de menos de once meses nacerán unos juegos olímpicos que abrirán de nuevo todas las expectativas…

No dramaticemos, pues. Usted es muy dueño de ir por ahí despotricando como si se hubiera hundido el mundo, diciendo que Pepu es un tal y que Pau es un cual y queriendo colgar a todos ellos del palo mayor. Allá usted, pero nunca olvide que estos son los mismos que le hicieron inmensamente feliz hace doce meses y medio, los mismos que le proporcionaron tantas satisfacciones durante estos últimos días previos a la terrible noche de ayer.

Y no olvide tampoco que una plata sabe a poco cuando se dio por hecho el oro (y quizás ése fue el gran error), pero debería saber a mucho cuando se contempla lo que queda por detrás. No olvide a Lituania, Grecia, Alemania, Croacia, Eslovenia, Francia, Italia, Turquía… Serbia. No olvide lo que darían todos y cada uno de ellos por esta triste plata nuestra. No lo olvide porque dentro de unos años, cuando baje el nivel, cuando volvamos a nuestro quinto, séptimo o noveno puesto de toda la vida quizás tendrá que recordarlo, quizás entonces se arrepienta de todo lo que se amargó cuando en verdad sólo tocaba disfrutar.

Así que hágame un último favor: mire las cosas desde una perspectiva más amplia, contémplelas siquiera un poco a largo plazo. Piense por ejemplo en este párrafo, que escribí en medio de la euforia durante la tarde del 3 de septiembre de 2006:

Y el trienio mágico no ha hecho más que comenzar. Ya hubo uno hace 24 años, aquel trienio Colombia-Nantes-Los Ángeles: 4º puesto, 2º puesto, 2º puesto. Pero es que este nuevo trienio, Japón-Madrid-Pekín, ya les lleva ventaja: de momento un oro, y puede ser sólo el principio. Así que ¿quién sabe? Tal vez dentro de un año estemos disfrutando de algo parecido, y aquí al ladito de casa. O tal vez no, tal vez esa vez no toque, de los sueños cumplidos tampoco conviene abusar…

Pasó el año y sí tocó. No fue igual pero sí muy parecido, no fue oro pero sí medalla, no llegamos al cielo pero sí lo tocamos con las manos. Así pues, le insisto por última vez, no se me lleve usted esos disgustos que no merecen la pena, deje de disparar contra todo lo que se mueve y en lugar de eso mire hacia adelante: hacia Pekín, por ejemplo. Deje ya de sufrir y empiece a soñar.

Publicado octubre 18, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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