Turiaf   Leave a comment

(publicado el 30 de agosto de 2007)

Ahora que la terrible tragedia de Antonio Puerta nos tiene tan sensibilizados con el tema de la salud en el deporte (la salud cardiovascular, más concretamente), quizá no esté de más recordar la historia de un profesional del baloncesto a quien pudimos ver anteayer y podremos ver aún más en los próximos días, en Alicante y en Madrid: la historia de Ronny Turiaf.

Ronny Turiaf siempre fue un espectáculo sobre una cancha de baloncesto. No tanto por su talento (que lo tiene, pero sin excesos) como por su espíritu, su intensidad, su entrega sobre la pista, su grado de implicación en el juego. Todas ellas razones más que suficientes para ser estrella en la pequeña Universidad de Gonzaga, allá en Spokane, estado de Washington, esquina noroeste de USA. En aquella casa, que un día vio crecer a John Stockton, este inmenso chaval se convirtió en ídolo del campus y se ganó con creces el derecho a ser tenido en cuenta en el draft de la NBA. Hasta aquí todo normal, todo de sobra conocido, nada especial, nada que le diferencie de tantas y tantas carreras…

Le eligieron los Lakers, nada menos. Y, como suele ser habitual en cualquier gran institución deportiva que se precie, antes de firmarle el contrato le sometieron a la típica revisión médica rutinaria… en la que le detectaron una gravísima lesión de corazón (y por favor, se lo ruego, no me pidan datos, no me pidan detalles: soy totalmente lego en la materia, y tampoco mi memoria da para tanto). No era una lesión de esas que te obligan a estar cuidándote para siempre, de las que requieren seguimiento pormenorizado, ni siquiera de esas que ponen en peligro tu carrera deportiva, no; era mucho más que eso. Era a vida o muerte.

Allá por mediados/finales de julio de 2005, Ronny Turiaf fue operado a corazón abierto. Cuentan en Gonzaga que en los días previos a la operación Turiaf fue despidiéndose de todos sus amigos y conocidos, que lo hizo con una entereza impresionante (supongo que inversamente proporcional a la congoja que debieron sentir todos aquellos que le rodeaban), aún más impresionante en alguien que apenas una semana antes creía tener toda una carrera y una vida por delante, alguien que acababa de saber que su carrera desaparecía de repente, que incluso su vida pendía de un hilo…

La cosa salió bien. Muy bien, en realidad. Turiaf no sólo salvó su vida, salvó también su carrera. Muchos meses más tarde, allá por la primavera de 2006, supimos que ya estaba en condiciones de reaparecer, supimos que un par de equipos grandes de por aquí andaban ya con la caña preparada (dada su condición de comunitario), por si acaso los Lakers no se atrevían… No hizo falta. Poco a poco Phil Jackson le fue dando minutos, muy escasos al principio, ya más consistentes en la 2006/2007…

Y así hasta hoy. Hoy sabemos que Turiaf nunca será una megaestrella, pero también sabemos que esa actitud suya, aún saliendo desde el banquillo, le permitirá ser imprescindible en cualquier equipo en el que esté. Así sucede en los Lakers y así sucede también en la selección francesa, rebosando de intensidad sin entender de encuntros oficiales o amistosos, volando hacia atrás para un tapón imposible aunque ello le suponga casi hacerse añicos la rodilla en el empeño. Comiéndose los partidos, bebiéndose la vida, disfrutando y contagiando a aquellos que le rodean. Como siempre, pero ahora, tras haber visto tan de cerca el otro lado, tal vez más que nunca.

Él, al menos, lo pudo contar; y nosotros disfrutarlo. Él se ganó con creces el derecho a que la vida le concediera esta segunda oportunidad. No todos tuvieron tanta suerte.

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Publicado octubre 18, 2012 por zaid en NBA, NCAA, preHistoria

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