Archivo para octubre 19, 2012

Madrid-Bamberg   Leave a comment

(publicado el 3 de enero de 2008)

 

Un (presunto) partido como el Real Madrid-Brose Baskets Bamberg (o como demonios se llame) sirve para muchas cosas:

… Para ver jugar (¿?) a media selección alemana, con su seleccionador al frente, y así entender mejor que nunca todo lo que significa Nowitzki en dicha selección;

… Para ver cómo un equipo le endosa 17 triples a otro que venía presumiendo de buena defensa (de hecho era lo único que traía para presumir);

… Para descubrir que si presionas el saque de fondo pero antes de que saquen golpeas el balón te pitan técnica, nada menos;

… Para preguntarnos una vez más cómo se las arregla La2 de TVE para elegir sistemáticamente los peores partidos, por qué eligen sistemáticamente al Madrid, juegue contra quien juegue, se supone que sólo en función de la audiencia, si luego no paran de demostrar que les importa un carajo dicha audiencia;

… Para que el realizador de turno demuestre una vez más que para qué va a poner las repeticiones cuando debe, si puede ponerlas cuando quiere;

… Para que Nacho Calvo se pase todo el partido mofándose de (y Chichi Creus sufriendo con) el veterano Garrett;

… Para que Nacho Calvo, en uno de sus frecuentes momentos de inspiración, diga “vamos a ver si el Madrid consigue llegar a los 100 puntos… lo va a tener difícil, porque sólo quedan 22 segundos…” (añádase, para una mejor comprensión, que el Madrid llevaba en ese momento 93 puntos, y que la bola, que a la postre resultó ser la última del partido, estaba en poder del contrario);

… Para que el telespectador haga infumables juegos de palabras con ciertos apellidos, que harán las delicias de su auditorio si su único auditorio resulta ser un niño de 10 años, tales como “si el jamaicano Ffriend fuera español, se llamaría Aamigo…”, o “el segundo apellido de Suput debería ser Amadre…” (ustedes me disculparán, espero);

Sí, definitivamente un (presunto) partido como éste sirve para muchas cosas, para demasiadas incluso; pero para lo único que no sirve es para ver baloncesto (o, al menos, aquello que algunos entendemos como baloncesto): no ayuda el insulso sistema de competición (aunque de esto ya hablaremos otro día), pero aún ayuda menos el exceso de equipos en competición (y de esto precisamente es de lo que estaríamos hablando hoy; en éste, y en otros presuntos partidos).

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en Euroliga, medios, preHistoria

los miserables   Leave a comment

(publicado el 21 de diciembre de 2007)

 

A estas alturas, tal vez ya nada debería sorprendernos. Deberíamos ser conscientes de lo que somos, de dónde estamos, de ese ínfimo lugar que ocupamos en la escala social siquiera ligeramente por encima de la ameba, de la ínfima consideración que como tales merecemos.

Nosotros, miserables aficionados al baloncesto, deberíamos dar gracias al señor, a todos los dioses sobre la faz de la Tierra; deberíamos estar infinitamente agradecidos por el hecho de que aún se nos permita ver por televisión nuestro deporte, esa cosa tan rara que no se juega con los pies.

Y sin embargo no tenemos remedio. No es ya que aún nos sigamos sorprendiendo, es que en cuanto se descuidan incluso nos seguimos quejando, como si no fuéramos capaces de darnos cuenta de nuestra situación, como si aún nos creyéramos con derecho a recibir un trato distinto del que sin duda merecemos.

Nosotros, miserables aficionados al baloncesto, somos tan raros que hasta nos da por ver semana tras semana la Euroliga, tal vez la competición deportiva más autodestructiva del planeta, la primera fase más insustancial e inservible de toda la historia de la humanidad. Pero aún así la vemos, y a veces hasta nos gusta, hay que ver, no tenemos perdón.

A veces, como hace ocho días, hasta nos esconden un partidazo como el Olympiacos-Tau en la programación matinal de Teledeporte, a las once y media de la mañana nada menos, prime time como si dijéramos; pero inasequibles al desaliento no nos resignamos, lo grabamos y luego a la tarde o a la noche lo vemos, y entonces descubrimos que el primer cuarto (que debió ser maravilloso) se les cayó al agua, que en su lugar dieron las series eliminatorias matinales del Campeonato de Europa de Natación en Piscina Corta, competición de masas donde las haya; que pese a su condición de diferido ni siquiera se les ocurrió la posibilidad de recortar los tiempos muertos, no, para qué, no nos vayamos a cansar: nos comemos todo el primer cuarto y empezamos la retransmisión con los dos minutos entre cuarto y cuarto, que esos sí que los damos enteritos para que puedan ver alguna repetición y con eso ya se hagan idea de lo que se han perdido; además, si total es sólo baloncesto, es simplemente la Euroliga, a quién le va a importar…

A veces, nosotros, miserables aficionados al baloncesto, podemos llegar a tener la extraña sensación de que estamos solos. A veces te sientas a ver un partido de Euroliga en Teledeporte y te preguntas si no serás el único, si acaso habrá alguien más haciendo en ese mismo momento exactamente lo mismo que tú. A veces nosotros apenas somos ni siquiera nosotros, apenas somos tú o yo.

Y a veces, incluso nos preguntamos (no escarmentamos, aún seguimos preguntándonos cosas) el porqué del extraño comportamiento del Ente Público para con esta (presunta) competición. Por qué en ACB se intentan hacer las cosas bien sábado tras sábado, y en Euroliga se hacen las cosas tan rematadamente mal miércoles/jueves tras miércoles/jueves. Por qué sólo merece analista el partido de La2 (el gran Creus), por qué los partidos de Teledeporte van sólo con narrador. Por qué ese Arsenio Cañada de cada sábado, con el que todos estamos tan contentos, no aparece jamás en los partidos de Euroliga (mientras que el año pasado sí aparecía), como si sus días de libranza fueran precisamente miércoles y jueves, como si eso no se pudiera cambiar, como si tuviera contrato con la ACB en exclusiva, como si tuviera prohibido hacer esta competición. Por qué en su lugar nos tenemos que tragar al insoportable Nacho Calvo, al anodino Esteban Gómez (aunque éste al menos sabe de qué habla), al estruendoso Diego Martínez, al ilustrado y erudito Pere Ferreres (si entendiera también de baloncesto ya sería la bomba…)

A veces, nosotros, miserables aficionados etc, aún pensamos, incorregibles como somos, que al menos nos quedará el partido de La2. Y nos sentamos a verlo aún sabiendo que probablemente no será el mejor encuentro de la jornada, que probablemente habrá sido elegido por extrañas razones que se nos escapan, tal vez por cuestiones de horario (cuanto más temprano sea, mejor; cuanto menos gente pueda verlo, mejor), tal vez porque es el del Madrid que da más audiencia, extraña cosa esa de la audiencia, que tan pronto se desprecia olímpicamente como se utiliza de coartada para justificar cualquier decisión…

Y a veces pesa más el Madrid que el horario, a veces los partidos son fuera y no les puedes engañar para que lo adelanten, a veces no les queda más remedio que darlo nada menos que a las 20:30, y hasta lo puedes ver sin tener que grabarlo, y hasta llega el último cuarto y el choque sigue igualado, y te preparas para ver un final apasionante…

Y entonces sucede: alguien aprieta un botón, gira una llave, tal vez suelta un cable, de repente las voces de Calvo y Creus desde Roma desaparecen, tan solo nos llega el sonido ambiente, y así un minuto, dos, y allí seguimos esperando que aparezca una voz en off, algún rótulo, alguien que nos dé una explicación pero lo que sucede en su lugar es todavía más extraño, el partido se cae a una ínfima ventanita en la parte inferior izquierda de la pantalla mientras que en el resto aparece primero la cortinilla de TVE y seguidamente el apasionante sorteo de la Lotería Primitiva, que claro, es comprensible porque es de esas cosas que las ves en directo o no las ves, te ponen el sorteo en diferido diez minutos después y se ve que ya no es lo mismo, y que además ya se sabe que ésta es la única manera de enterarse del resultado, te pierdes el sorteo en la tele y a ver luego cómo te enteras de qué números han salido, que total no se publican en ningún sitio…

Así que allí está el bombo escupiendo bolas, una tras otra mientras la voz en off nos informa puntualmente de que este jueves no hay sorteo de Lotería Nacional (menos mal, sólo eso nos faltaba, todavía otro sorteo más) porque con el de Navidad del día 22 se ve que ya es bastante, y cae la sexta bola pero aún nos queda la del complementario, y la del reintegro, y la de la madre que los parió, y ya el plasta en off se despide por fin pero aún nos queda otra dosis de cortinilla de La2, y al fin el partido ocupa de nuevo toda la pantalla, y reaparece el sonido ambiente pero aún no las voces de Calvo y Creus, que el operario del botón o del cable se ve que ahora no lo encuentra, ya ves tú, se le habrá pasado al hombre, estará de copa navideña, estará mirándose la primitiva a ver si le ha tocado algo, pobrecillo…

Total: quedaban casi ocho minutos para el final cuando desaparecieron los comentarios de Calvo y Creus, seis y pico cuando nos redujeron el partido a su mínima expresión para meter la primitiva, tres cuando el partido volvió a su tamaño natural, apenas dos cuando volvió la narración; añádase por supuesto la profusión de tiempos muertos y parones varios, y el resultado arrojará un agujero de más o menos seis minutos de juego, más o menos quince minutos de tiempo real. Y todo ello sin una mínima explicación, sin un nos vemos obligados a conectar con el Salón de Loterías, en breve retomaremos la conexión con Roma, disculpen las molestias… Nada.

¿He dicho explicación? Pero vamos a ver, ¿desde cuándo nosotros, miserables etc etc etc, merecemos siquiera la más mínima explicación? ¿Pero qué nos hemos creído? ¿Acaso no sabemos que la Organización Nacional de Loterías y Apuestas del Estado (o como demonios se llame) pagará una pasta al Ente Público (que curiosamente también es del Estado, por lo que más o menos todo queda en casa) por la retransmisión de este sorteo? ¿Acaso no sabemos que más de medio país está en vilo en ese mismo momento, pendiente únicamente de cuál será la combinación ganadora (no hay más que ver las audiencias de cada jueves para comprobarlo)? Y que tiene que darse en directo, así llueva o truene, así haya baloncesto o… bueno, no, con el fútbol no, con el fútbol haríamos una excepción, faltaría más, ya veríamos cómo nos las apañábamos, al fin y al cabo fútbol es fútbol, no como ustedes los del baloncesto que apenas son nadie…

No nos sorprendamos, pues, y aún menos nos quejemos. Demos gracias una vez más, cuantas veces sean necesarias, por ese gran don que recibimos, por esas dosis de Euroliga que se nos ofrecen semana tras semana; no reparemos nunca más en lo negativo, en lo que nos perdemos, lo que nos quitan, lo que nos aburren, no; simplemente tomemos conciencia de nuestra situación, démonos cuenta de que somos unos privilegiados al recibir estos dones que nosotros, pobres miserables, en absoluto merecemos.

Así que disfrutémoslos hoy, no vaya a ser que nos desaparezcan mañana. Y tengamos siempre presente que cualquier cosa, por muy mal que esté, siempre es susceptible de empeorar.

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en Euroliga, medios, preHistoria

torontería   Leave a comment

(publicado el 20 de diciembre de 2007)

Cuentan que el técnico de los Raptors, el buen entrenador de temporada regular y pésimo (por ahora) entrenador de playoffs Sam Mitchell, dijo allá por el mes de octubre que no había visto absolutamente nada, ni un solo minuto del Eurobasket celebrado semanas antes. Pero no porque no hubiera podido sino porque no quiso, vamos, que ni ganas, que ni se le había pasado por la imaginación, por dios, qué vulgaridad. No es ya que no le interesara ver jugadores interesantes de cara al futuro, es que ni siquiera tenía el menor interés por ver a sus propios jugadores (y había unos cuantos) de cara al presente.

Cuentan también que esta pasada semana le preguntaron si su equipo jugaba al estilo europeo, y que el susodicho Mitchell se ofendió, reaccionó como si le hubieran mentado a la madre, válgame dios, pero cómo se atreve, eso no me lo dice usted a la cara, hasta ahí podíamos llegar, etc etc. No, vale, no lo dijo así, dijo exactamente “me siento insultado cuando oigo esto…”, que viene a ser lo mismo. Y añadió que “…no tengo nada en contra de Europa, pero este es nuestro juego. Ves el baloncesto europeo y todo lo que quieren hacer es jugar como nosotros. Todo lo que quieren es hacer mates.

Claro, si va a ser eso. Si aquí en Europa no sabemos jugar, si estamos todo el partido mate va, mate viene, sólo pensando en romperla, en machacar el aro una y otra vez, totalmente ajenos a los fundamentos más elementales, a la esencia misma del juego. Todo ello por contraposición a lo que sucede en la NBA, que ya sabemos que allí el sentido colectivo prima sobre la individualidad, que lo técnico prima sobre lo pirotécnico, que los mates son una suerte en extinción, algo a lo que allí jamás se ha prestado atención ni se le ha dado la más mínima importancia, por supuesto, faltaría más.

Si es que nos basta con ver a los europeos que él tiene en sus filas, Calderón, Garbajosa, Bargnani, Nesterovic, Delfino (no, éste no es europeo pero como si lo fuera: porque anduvo por aquí unos pocos años, y porque probablemente Mitchell tampoco tendrá muy claro dónde está Argentina), todos ellos consumadosdunkers, todos pensando sólo en machacar a cada momento, menos mal que allí está él para impedírselo, para hacer que estos descerebrados del Viejo Continente olviden sus veleidades matadoras y aprendan por fin a jugar su juego, el verdadero juego americano.

Por desgracia para él sus jefes, Colangelo y Gherardini, no piensan lo mismo (claro, con esos apellidos, a ver qué van a pensar), así que no paran de llenarle el equipo de tíos de éstos de apellidos raros, de ésos cuya única obsesión es machacar el aro en cuanto se les presenta la ocasión, tipos que en toda su vida no han tenido más idea que el meterla para abajo, qué otra idea van a tener si vienen de Europa, si allí no piensan en otra cosa, si lo sabré yo que una vez jugué allí un rato, que un día casi estuve a punto de fijarme en cómo jugaban los que estaban a mi alrededor, menos mal que me di cuenta y reaccioné a tiempo, si me descuido hasta habrían podido contaminarme, por dios, qué asco.

Parafraseando a Machado, Mitchell desprecia cuanto ignora. Y sí, la ignorancia es atrevida pero eso, siendo grave, no es lo más grave. Lo peor es el desprecio.

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

Diego Martínez   Leave a comment

(publicado el 12 de diciembre de 2007)

 

Diego Martínez, narrador euroliguero de Teledeporte, no conoce la pausa. Probablemente nadie le haya dicho nunca que esto no es la radio, que esto es televisión; que hay que hablar, sí, pero que también puede callarse de vez en cuando, siquiera un segundo, dos, lo justo para tomar aire y volver a empezar. En esto se emparenta con el narrador de D+ Eduardo Téllez (pero con una diferencia fundamental: Martínez, al menos, es capaz de entonar, de subir o bajar; Téllez no, Téllez es mono-tono, a la par que monótono), diferenciándose radicalmente de otra voz del Ente, Pere Ferreres (que éste sí conoce las pausas: de hecho las conoce tan bien que a veces se queda como traspuesto, olvidándose de seguir narrando).

Como quiera que desconoce la pausa, Diego Martínez necesita tener constantemente algo de que hablar, cualquier cosa para decir a cada segundo que pasa. Por ello acude a cada partido pertrechado de interminables dosis estadísticas, de toda clase de datos a cual más superfluo. Nos contará toda clase de medias y porcentajes de cada jugador (a veces, incluso contradiciéndose a sí mismo: “Möttöla, un extraordinario tirador de triples, que lleva… un 20 por ciento en esta Euroliga…“) y de paso aprovechará para contarnos también su posición, su estatura, su lugar y fecha de nacimiento (día, mes y año), sus anteriores equipos, su peso y el número de pie que calza ya no, vaya por dios, que se ve que no le figuran porque de tenerlos nos los facilitaría de inmediato…

Diego Martínez tiene un sentido épico de la narración televisiva: narra cada situación de cada jugada de cada partido como si fuese la última, como si pudiese cambiar no ya el resultado sino el curso de la historia, y todo ello con un dominio de las onomatopeyas ciertamente asombroso. Algo así como “la lleva John Jones, alero de dos metros y tres centímetros nacido en Springfield, Massachussetts, el 30 de febrero de 1982, y que antes de llegar aquí jugó durante tres temporadas en Alemania, en el Hohenhofen, penetra a canasta, BUENOOOO… ¡AYVAAAA! ¡¡¡DENTROOOO!!! ¡¡¡¡¡PUMBAAAA!!!!! ¡¡¡EEESSS-PECCC-TACU-LAAARRRR!!!” Y da igual que Unicaja ya gane de más de veinte y que aquellos sean minutos basurísticos cien por cien, te despistas un segundo y te mete tal sobresalto que parece que te has perdido la mundial.

Diego Martínez a veces te sorprende con un sentido del humor digamos peculiar, para paladares exquisitos, probablemente fuera del alcance de nuestras limitadas mentes: “ahí tienen a Hanno Möttöla [pero esta vez dejando deliberadamente muda la hache], o, como decía por aquí un cachondo de éstos de Málaga, Culo Möttöla…“. (No está mal el nivel, no, caca culo pedo pis, si mi hijo le hubiese oído se habría partido el susodicho culo con la gracia, lástima que a esas horas ya se había ido a la cama…)

Y sin embargo, pese a su transparencia, Diego Martínez aún me deja una terrible duda, reiterada semana a semana con cada partido que le toca hacer de Unicaja: ¿es comprensible que todo un narrador del Ente Público Radiotelevisión Española, perfectamente capacitado para pronunciar apellidos como Wright, Castle, Chylinski o Ndong, para pronunciar incluso a la italiana el nombre de pila de Scariolo (Seryio), no sea sin embargo capaz de decir Gabriel? ¿Tan díficil es, tan complicado resulta mantener esa erre en la segunda sílaba y no en la primera, no decir Grabiel cada vez que toca el balón, no tener que recurrir finalmente al socorrido Germán para no verse una y otra vez en la tesitura de pronunciar su apellido?

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en Euroliga, medios, preHistoria

el hombre de La Mancha   Leave a comment

(publicado el 29 de noviembre de 2007)

No es nada fácil tener éxito en la vida. Ya no lo es cuando naces en (pongamos) Madrid o Barcelona, aún lo es menos si vienes de una ciudad de tamaño medio, no digamos ya si procedes de una pequeña población tal vez perdida es los pliegues de los mapas, qué sé yo, pongamos por ejemplo Villamayor de Calatrava, provincia de Ciudad Real…

No es nada fácil ganar una Liga ACB. Apenas doce jugadores lo logran cada año, y en lo referente a entrenadores ya no digamos: evidentemente sólo un técnico-jefe y un mínimo puñado de asistentes lo lograrán cada temporada.

Bien pocos pertenecen a ese selecto club, pero la ecuación se complica aún más si la reducimos al producto interior (nada bruto, en este caso): si no has nacido en Serbia, ni en Montenegro ni en Croacia, ni en Italia siquiera, sino aquí mismo, aquí a la vuelta de la esquina, en, por ejemplo, la mismísima Mancha manchega.

No es nada fácil ganar ese título de Liga, ni aunque entrenes al Madrid o al Barça. Sí, vale, una gran institución, se gasta una pasta, lleva un halo de grandeza tras de sí, su mero nombre ya parece sinónimo de triunfo. Pero nada te viene dado, nada resulta fácil aquí, aún menos fácil resultará si hablamos por ejemplo de Tau o de Unicaja, enormes estructuras que por sí solas tampoco garantizan jamás el éxito. El éxito es difícil siempre, pero si tu equipo no es grande sino pequeño, no es orgulloso sino modesto, no es rico sino de los más menesterosos de la competición, en ese caso ya no es que ganar la Liga sea una misión sumamente difícil, es que se trata de algo prácticamente imposible.

Y sin embargo, la historia nos contará que en el año de gracia de 1998 la Liga ACB no la ganó el Real Madrid, ni el Barcelona, ni el Baskonia, ni siquiera el Unicaja, no. La ganó un equipo de escaso presupuesto apodado TDK, perteneciente a una población catalana de poco más de 50.000 habitantes llamada Manresa. Y la historia nos dirá también que aquel equipo no tenía un prestigioso técnico recién llegado de la Europa del Este para la ocasión, que ni siquiera tenía un veterano técnico de aquí, de esos curtidos en mil batallas y de interminable currículum, no, nada de eso tampoco. Nos contará, muy al contrario, que al frente de aquel insólito proyecto estaba un tipo nuevo en ésta y en cualquier otra plaza, alguien recién estrenado en la categoría, un sujeto de aires sencillos y aspecto humilde que respondía al peculiar nombre de Luis Casimiro, originario además de esa Mancha profunda, de una pequeña localidad cercana a Puertollano llamada precisamente Villamayor de Calatrava.

No resulta difícil imaginar que el suyo nunca debió ser un camino de rosas. Ni siquiera su propio nombre estuvo nunca de su parte. Porque, en contra de lo que la mayoría de la gente pueda pensar, él no se llama Luis de nombre y Casimiro de apellido, no. Luis y Casimiro son nombres, ambos dos, mientras que su primer apellido es Palomo. Esa combinación, Casimiro Palomo, nos hace intuir que debió tener una infancia difícil (esos terribles momentos al pasar lista), y que en sus comienzos profesionales tampoco debió ser muy fácil que le tomaran en serio. Un día te plantas, entierras al Palomo con gran dolor de tu corazón y decides que con dos nombres (el segundo tan poco corriente que por sí solo ya parece apellido) tienes más que suficiente. Y a luchar.

Porque él no aterrizó en Manresa de la noche a la mañana, hola, buenos días, me llamo Luis Casimiro, contrátenme y les ganaré una liga, no. Él no era un ex jugador reputado, no presentaba una brillante hoja de servicios, no caía del cielo. Él sólo podía prometer trabajo, el mismo labrado durante tantos años en tantos insospechados lugares, y a cambio sólo pedía que le pagaran, tampoco mucho: un sueldo modesto para su categoría, siquiera digno para su profesión. Y fue allí a encontrarse, mira tú por dónde, con un pequeño pero incomparable racimo de jugadores liderados por un portentoso base, ya cercano a la cuarentena, que había esperado hasta entonces para tomar la gran decisión de que aquel tendría que ser el mejor momento de su carrera, tal vez de su vida.

Y el resto ya es de sobra conocido: Manresa dio la vuelta a los playoffs, puso del revés el baloncesto nacional, de un plumazo cambió el curso de la historia. Nunca un equipo tan modesto había llegado tan arriba, nunca un equipo clasificado tan atrás en temporada regular había ganado tanto. Para muchos manresanos aquél fue su sueño imposible, por fin convertido en realidad; un sueño que ya no olvidarán mientras vivan.

Pero las cosas no siempre son tan bonitas ni tan fáciles. Casimiro, su inmenso prestigio recién estrenado, su caché disparado como la espuma, se fue en pos de otros contratos, de otras tierras que multiplicaban con creces el presupuesto de aquel TDK. Y descubrió, quizás demasiado tarde, que cuando se te dobla el sueldo se te quintuplica la presión, la exigencia, la necesidad de ganar y hasta el número de incompetentes que cada día supervisan tu trabajo como si supieran de qué va. Y de repente te acostumbras a escuchar impertinencias, a soportar a indocumentados tan pobres que sólo tienen dinero, a ver tu cabeza pendiente de un hilo… a los ceses.

Rodó su cabeza en Valencia, donde jamás le dejaron en paz (cómo olvidar la mañana aquella en la que al patriarca Roig le dio por colársele en un tiempo muerto), y luego en Alicante, donde ni siquiera le dio tiempo a que no le dejaran en paz. Y de repente, aquel entrenador de moda a finales de los noventa, aquél que era el único técnico nacional en activo, junto con Aíto, que podía presentar una Liga en su currículum, aquél del que algunos en tiempos de mudanza pensamos que podría ser un perfecto seleccionador, de la noche a la mañana se encontraba caído en desgracia, estigmatizado para la ACB, de nuevo condenado a sus originarias catacumbas de la LEB.

¿Catacumbas? Cuantos las quisieran, probablemente… pero para él parecía poco, otra vez a empezar desde abajo pero ahora, tras haber tocado el cielo, más difícil todavía. Fuenlabrada, plaza baloncestera tan parecida a Manresa en tantas y tantas cosas, se acordó de él cuando casi nadie más lo hizo. Fuenlabrada había conocido tiempos mejores de la mano del buen trabajo y el eficaz histrionismo de Óscar Quintana, pero ahora penaba en LEB sus errores mientras luchaba una vez más contra la eterna endeblez de su presupuesto. Sí, Manresa podía ser un buen modelo, Casimiro podía ser un gran técnico.

Y allí, en la periferia sur de Madrid, otra vez alejado de los focos, con muy poco ruido (pero con muchas nueces), un proyecto (y con él, su carrera) empezó de nuevo a crecer, muy poco a poco, paso a paso, lenta pero seguramente. Vuelta a la ACB, a sobrevivir con presupuestos ajustados, a superar siempre las más optimistas previsiones, a hacer bien las cosas. A ser primero revelación y luego realidad, a superar los negros presagios de cada verano, a consolidarse en la categoría… a soñar.

Y todo (una vez más) desde la sencillez. Ésa que quizás tanto le perjudicó en otros destinos, por no ser mediático, ni usar gomina, ni trajes de Armani, ni utilizar palabras rebuscadas con extraños acentos. Por ser más bien feo y tener una incomparable cara de buena persona que sin embargo jamás le impidió decir lo que pensaba, llamar al pan pan y al vino vino, al más puro estilo castellano, ése que seguramente ya mamó desde niño. Aunque a alguien no le gustara, aunque fuera en campo contrario, en territorio más o menos hostil.

Ahora me viene a la memoria aquella madrugada de junio de 2005, la del decisivo séptimo partido de la final NBA San Antonio-Detroit. Casimiro acudió a los estudios de Sogecable en Tres Cantos para comentar desde el plató aquel choque que Montes y Daimiel narrarían in situ. Y podría haberse limitado a comentar el partido, sin más, pero decidió que no, que él tenía algo que decir y que quería decirlo, y lo dijo, muy suave, no muy alto pero sí muy claro, ya antes incluso de que el partido comenzara: “…desde aquí frecuentemente se demoniza la defensa, y claro, hay que tener cuidado porque esto lo ven muchos chavales, chavales que a lo mejor siguen más la NBA que la ACB, y luego a esos chavales les vas a entrenar y no quieren ni oír hablar de defender porque para ellos representa algo negativo. Y no debería ser así, la defensa tiene unos valores, de trabajo, de solidaridad, de ayuda al compañero, que son muy importantes…” Algo así.

Y se quedó tan ancho, y probablemente al decirlo supo que se arriesgaba a sufrir lo mismo que Tim Shea había padecido apenas dos semanas antes cuando un mínimo comentario suyo, absolutamente insignificante, desató en Montes aquel terrible ataque transoceánico de cólera. Esta vez no pasó nada, tal vez al ser tan pronto Montes ni le oyó, o tal vez sí le oyó pero esta vez se tomó su tiempo para reflexionar, para bajarse de su pedestal y renunciar a su pensamiento único. Y Casimiro allí siguió, comentando el partido como si tal cosa; con su conciencia ya en paz consigo mismo: ya había dicho justo lo que quería decir, y ya lo había dicho precisamente en el lugar donde debía decirlo.

Ésta sería la pequeña historia de un hombre sencillo, de un buen tipo, de un gran entrenador que hace ya algunas semanas cumplió, casi a la par, su partido número 300 y su victoria número 150 en ACB (y este artículo, o lo que sea, debió ver la luz entonces, y no ahora; pero mis deseos y mi tiempo casi nunca van de la mano). De alguien llamado Luis Casimiro Palomo Cárdenas, nada menos, natural de Villamayor de Calatrava, provincia de Ciudad Real, nada más y nada menos. Enhorabuena por todo lo conseguido, por esos 300 y esas 150, y por todas las que vendrán. Enhorabuena y gracias, por estar ahí, por ser como es, por formar parte de nuestra pequeña felicidad cotidiana.

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

Thomas   Leave a comment

(publicado el 27 de noviembre de 2007)

 

La historia nos contará que allá por el otoño de 2001 llegó a la NCAA una magnifica promoción de bases. En unos cuantos ya se intuía un gran futuro pero había tres de ellos, entonces freshmen en las universidades de Texas, Alabama y Notre Dame, que parecían ya casi predestinados a hacer algo realmente grande. Y así (más o menos) fue: el de Texas se llamaba T.J. Ford, y hoy triunfa en los Raptors de Toronto; el de Alabama se llamaba Maurice Williams, y hoy triunfa en los Bucks de Milwaukee; y el de Notre Dame se llamaba Chris Thomas, y hoy triunfa en los Polaris World de Murcia.

Sí, triunfa, no se me extrañe. Es posible que, en determinados niveles de la individualista sociedad norteamericana, triunfar sólo sea, si de baloncesto hablamos, llegar a la NBA. Es muy probable que a todo aquel que no alcance el olimpo le cuelguen el cartel de fracaso, sobre todo si se trata de alguien que un día pareció predestinado para lograr ese status supremo. Allá ellos, no seré yo quien cuestione su forma de entender la vida. Aunque no la comparta.

No, Chris Thomas no tuvo la suerte (llamémoslo así) de sus dos compañeros de generación. Quizás un mal momento puntual de juego, o una inoportuna lesión, o una mala elección de universidad, o el mero hecho de apuntarse a destiempo al draft, demasiado pronto o (en este caso) demasiado tarde, o cualquier mínimo defecto puntual que acabó pesando más que toda su infinidad de virtudes, o simplemente el no haber estado en el sitio justo en el momento oportuno… quién sabe. Thomas perdió (de momento) aquel tren en el que parecía tener reservado billete, pero no se resignó, no se quedó eternamente en la estación, descubrió a tiempo que había otros trenes; sí, tal vez menos lujosos, pero en los que al fin y al cabo también podía merecer la pena viajar.

Es ese eterno dilema del que nos hablaron tantas veces, el de ser cabeza de ratón o cola de león. Este Chris Thomas, como (ya que hablamos de bases) aquel extraordinario Tyus Edney de UCLA, como el mismísimo Aaron Miles del Cajasol (otro predestinado, éste desde la mítica Kansas), lo entendieron bien: entendieron que si una puerta se cierra se abren otras, que no siempre el camino más corto es la línea recta, que a veces merece la pena dar un largo rodeo para alcanzar el destino soñado; y que si éste finalmente no se alcanza tampoco importará demasiado, al fin y al cabo ya el viaje mereció por sí mismo la pena.

Otros, qué lástima, no lo entendieron nunca, se quedaron eternamente llamando a la misma puerta, dándose de cabezazos contra ella, intentando echarla abajo inútilmente, sin querer darse cuenta de que aquello no se iba a abrir ni a patadas por mucho que lo intentaran. Ahora mismo se me ocurre el nombre de Mateen Cleaves, aquel inolvidable base que lideró a sus Spartans de Michigan State al título de 2000. Entonces nos parecía apenas el principio de una larga carrera de éxitos, pero fue principio, final y punto culminante, todo a la vez. Luego aún nos le encontramos en varias ocasiones, ya casi siempre escondido en las profundidades de cualquier banquillo NBA. Hoy ya casi nadie se acuerda de él. Y éste sería sólo un ejemplo, me temo que hay muchos más.

Y (volvamos a Chris Thomas) si alguien alguna vez dudó acerca de su implicación, de la capacidad de unpredestinado como él para jugar en las colonias dirigiendo a un modesto equipo de provincias (con perdón), digo yo que a estas alturas esas dudas ya se le habrán disipado por completo. Los aficionados murcianos ya las olvidaron hace tiempo pero al resto, al común de los mortales que le disfrutamos el pasado sábado por televisión, nos bastó ver su desempeño durante todo el encuentro, su intensidad especialmente en aquellos apasionantes minutos finales para comprender de una tacada lo buen base que sigue siendo, lo grandísimo base que quiere seguir siendo.

Un día le puso asistencias a Ryan Humphrey o a Matt Carroll con la misma sencillez con que se las pone hoy a Kammerichs o a Juanjo Triguero. Y parece que haya pasado mucho tiempo, parece que haya sido un largo viaje (con parada y fonda en Polonia, extraña nacionalización inclusive) pero en realidad su recorrido no ha hecho más que comenzar. Apenas tiene 26 años, aún le queda un largo camino por recorrer. Lo de menos es dónde acabará, si conseguirá o no alcanzar ese eterno destino soñado. Lo de más, lo que realmente importa, es su capacidad de seguir gozando, de seguir implicándose en todos esos pasos intermedios.

Viéndole jugar parece que entendió aquella eterna y socorrida frase de tantos y tantos pósters: si lloras porque no puedes ver el sol, tus lágrimas te impedirán ver las estrellas. Que aún se quede mucho tiempo entre nosotros, que siga disfrutándolo, que siga haciéndonos disfrutar. Y usted que lo vea.

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en ACB, NCAA, preHistoria

Murphy   Leave a comment

(publicado el 25 de noviembre de 2007)

No, no me piense en Troy Murphy, ni aún menos en el histórico (e histérico) Calvin Murphy. Piense simplemente en Murphy, en el único e irrepetible, en el presunto y apócrifo autor de las nada presuntas Leyes de Murphy.

No es la más famosa de sus leyes pero sí es mi preferida, por la sencilla razón de que es rigurosamente cierta (en realidad todas lo son, pero ésta más que ninguna otra): si en un mes hay sólo dos acontecimientos que merezcan la pena, ambos sucederán inevitablemente en la misma noche.

No soy de Murcia, ni siquiera conozco Murcia, jamás he estado en dicha ciudad, a lo más que habré llegado es a pasar junto a ella por la autopista. Pero desde aquí, desde la distancia, aquellos de ustedes que sean murcianos (en el supuesto de que hubiera alguno leyendo esto, que ya es suponer), que sean además aficionados al deporte, me permitirán que les exprese mi más profunda solidaridad. Y si ustedes, además de murcianos y seguramente murcianistas, fuesen también simpatizantes madridistas, en ese caso entiendan duplicada dicha solidaridad.

La vida está llena de casualidades: ya es casualidad que los equipos murcianos de baloncesto y fútbol coincidan esta temporada en la máxima categoría de sus respectivos deportes, en la que tampoco es que se hayan prodigado en exceso a lo largo de su historia. Ya es casualidad que ambos calendarios establezcan la visita del Madrid exactamente el mismo fin de semana. Ya es casualidad que las dos televisiones que poseen los derechos en abierto de ambos deportes elijan precisamente estos dos partidos para su retransmisión. Ya es casualidad que sea precisamente éste el año en que ambos partidos comparten espacio contiguo en la tarde/noche de cada sábado, empezando el uno justo cuando acaba el otro. Ya es casualidad…

Insisto: no conozco Murcia. Sé que no es (pongamos) Madrid, pero que tampoco es (digamos) Teruel. Una ciudad de tamaño medio, quizás medio alto. Una ciudad en la que el campo de fútbol y la cancha de baloncesto no estarán muy cerca cuando el presidente blanco se marcha del basket en el descanso para llegar a tiempo al fútbol, alegando “problemas de tráfico”. Vamos, que andando parece que no se puede ir, que estos no son el Palau y el Camp Nou, que aquí hay que desplazarse.

Conclusión: cualquier posibilidad de asistir íntegramente a ambos eventos queda descartada (y aún más si tenemos en cuenta que el final del baloncesto se retrasó, que ya eran casi las diez de la noche cuando sonó la bocina).O te vas del baloncesto en el descanso para llegar a tiempo al fútbol (al más puro estilo calderoniano), o te ves el baloncesto hasta el final y llegas al fútbol en el descanso. O te decantas simplemente por uno de los dos, a costa de descartar por completo el otro.

Sí, para usted y para mí, baloncesteros confesos, sería muy fácil, nos vemos el basket y al fútbol ya llegaremos cuando lleguemos si es que llegamos. Pero ahora póngaseme en la piel de ese murciano, aficionado no tanto al baloncesto como al deporte y que siente tanto sus colores propios como los ajenos. Con la de semanas que tiene el año, con la de días que tiene la semana y la de horas que tiene el día, a mí particularmente me resulta terrible que tengan que darse situaciones como ésta, que todo este tinglado no pueda arreglarse de ninguna otra manera.

Así que, si usted vive en Murcia y se sintió de alguna manera afectado por esta situación, una vez más le reitero mi humilde solidaridad. Y si tuvo que escoger y eligió el baloncesto, permítame además que le felicite por su buen gusto: no vi el fútbol, no sé cómo fue, pero sí vi el basket y sé que fue un grandísimo espectáculo, un partidazo vibrante hasta el final (y especialmente al final). Aunque echara usted de menos lo que se perdió, seguro que no por ello se arrepintió de su decisión.

Así que gracias por quedarse con nosotros… y más suerte para la próxima vez, que todo esto no le vuelva a pasar, que no se le repita esta tesitura, que Murphy no vuelva a hacer de las suyas, que el año que viene no se vea usted otra vez en semejante trance. Que no le roben la mitad de su fiesta, que se la dejen disfrutar toda entera, a ser posible…

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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