Rusia   Leave a comment

(publicado el 21 de septiembre de 2007)

Han pasado ya cinco días, tiempo más que suficiente para dejar de lamernos las heridas. Y qué mejor forma de hacerlo que dedicar un pequeño y sentido homenaje a aquellos que (sin querer) nos provocaron dichas heridas. Russiya (¿lo habré escrito bien?), merecido (aunque nos duela) campeón de Europa de baloncesto.

Decir Rusia, en baloncesto, es un viaje a la nostalgia hacia un país que curiosamente no se llamaba Rusia. Rusia era la Unión Soviética, la vieja URSS del eterno Gomelski, la inalcanzable de estatura, sobrada de técnica y precaria de táctica, la de los rudimentarios ochos, la de todos aquellos tipos que nos fascinaban por su sencillez, por su frialdad, por no hacer jamás ostentación de sus victorias. Era la misma Rusia (perdón, URSS) que intuíamos a partir de aquellas retransmisiones desde la vieja cancha del viejo Cheska, de ese CSKA al que entonces llamábamos TSSKA, sus gradas siempre en silencio como si aquello fuera el Bolshoi, sus tímidos aplausos por igual a las canastas propias y ajenas, su público de gorra de plato y de uniforme caqui o verde oliva para que nunca olvidáramos que aquél era (¿seguirá siéndolo?) el equipo del ejército…

Era la Rusia (o sea URSS) de tantos y tantos nombres que aún resuenan en nuestros oídos y retumban en nuestras neuronas (si las hubiere): Belov (Sergei y Alexander), Andreiev, Mishkin, Eremin, Lopatov, Tarakanov, Zamurkhamedov, Belosteny, Tkachenko, Volkov (que no era ruso sino ucraniano), Tikhonenko (estos dos últimos ya más recientes) más otros tantos que a estas alturas ya se habrán escapado de nuestras memorias…

Aquellas selecciones rusas, digo soviéticas, de los setenta y los ochenta eran casi invencibles en Europa, eran para nosotros absolutamente inexpugnables… hasta que les expugnábamos. Aún recuerdo los ecos de la primera vez que se les ganó, allá por 1973, en el viejo Palacio de Deportes de Barcelona, en semifinales de aquel Eurobasket cuya final luego se perdió (para cumplir la tradición) ante Yugoslavia. Recuerdo la segunda, en otro Eurobasket, en Italia, finales de los setenta. Y la tercera (tal vez hubo alguna más entremedias, pero se me escapan) en la semifinal de Nantes 83 (cómo no, luego en la final, contra Italia, también cumplimos con la tradición).

Aquel equipo no solía tener más rival en Europa que la vieja (y no menos desaparecida) Yugoslavia. Y ya fuera del continente no solía tener más rival que la siempre arrogante USA de cada cuatro años, esos Estados Unidos aún universitarios y casi siempre olímpicos, que por aquel entonces (ni aún ahora) apenas solían tomarse los Mundiales en serio…

Y sin embargo sería USA la que ganaría aquí al ladito de casa el Mundial de 1986 imponiéndose en la final a una URSS que en semifinales había escrito una de las páginas de baloncesto más hermosas que se recuerdan por estos pagos.

Aquella semifinal URSS-Yugoslavia, que sólo se vio una vez (repónganla algún día, señores de TVE/Teledeporte, por favor), se ha contado millones de veces, pero lo que nunca podremos olvidar es cómo, después de la inolvidable remontada de los tres triples, de los nueve puntos en menos de 50 segundos, la grada rompió a corear un Rusia-Rusia-Rusia que aún debe retumbar en los viejos cimientos del nuevo Palacio de los Deportes. Aquella “Rusia” era en su inmensa mayoría lituana (y algún gran letón también había) pero por aquel entonces aún no habíamos aprendido a diferenciar estas cosas. Y además daba igual: aquel grito era para animar a un equipo que por aquí siempre cayó bien, pero era también (y sobre todo) para hacer de menos a otro equipo que por aquí casi siempre cayó mal. Las actitudes de los hermanos Petrovic habían hecho brotar aquí una especie de yugolavofobia baloncestística que alcanzó su máxima expresión aquella noche de mediados de julio de 1986. Luego, en plena crisis tras la derrota, uno de aquellos pívots malencarados, tal vez Arapovic, tal vez Knego (no recuerdo) no se cortó en proclamar que quizá las tropas soviéticas deberían invadir Madrid para que el público español se diese cuenta de a quién había estado animando… Madre mía, qué tiempos.

Los tiempos cambian, en la vida, en la política y en el deporte: la URSS se desintegró, lituanos y letones marcharon felices cada uno por su lado pero los que quedaron aún vinieron unidos a Barcelona 92 con el extraño nombre de CEI (Comunidad de Estados Independientes, nada menos). Y más tarde, ya simplemente Rusia, ya nada menos que Rusia. Tal vez Volkov y/o Tikhonenko aún andarían durante un tiempo por allí, pero poco a poco las puertas se irían abriendo a nuevos nombres, poco a poco conoceríamos a Bazarevich, Koudelin, Karaseev, Babkov, Mihailov, Panov, Nosov… (inolvidable este último: los americanos tal vez creyeron que habían inventado algo con la cosa aquella de hacer faltas a propósito a Shaquille O’Neal para que fallara tiros libres, pero mucho antes del Hack-a-Shaq nosotros ya habíamos creado el Hack-a-Nosov; y con mucho mayor éxito, además).

Y sin embargo ya nada era como antes, ya los éxitos les brillaban por su ausencia (con significativas excepciones, como el Mundial de Grecia 98). Sobre Rusia parecía haber caído una maldición: seguían teniendo buenos jugadores, pero no parecía haber un entrenador digno de dirigirlos. Muchos fueron pasando por el puesto, desde mitos vivientes como Sergei Belov o Eremin hasta el último Babkov, pero daba igual: la sobreabundancia de buenos nombres se sucedía, las plantillas crecían, explotaba Kirilenko, asomaban Monya o Khryapa y sin embargo, año tras año, nadie parecía ser capaz de ordenar el marasmo de su juego, nadie parecía encontrar siquiera un poco de orden en medio del caos.

Tocaron fondo en 2005. Sin Mundial al año siguiente, con dos cursos por delante para pensar, decidir, planificar. Si no cuela con los de aquí, miremos hacia fuera. Al fin y al cabo, si nuestro emblemático Cheskaha triunfado por esos mundos de dios con un entrenador serbio y aún más con otro italiano, ¿por qué no la selección? ¿Por qué no probar con el tipo ése que está en Italia, ése que tiene nombre de futbolista, el tal David Blatt? (que no Blatter, como cierto comentarista le rebautizó en cierta ocasión).

Si el pequeño gran Gomelski levantara la cabeza, se asustaría (casi tanto como los que le vieran levantarla) al descubrir a esa Rusia suya, que un día no muy lejano fue soviética, ahora dirigida desde los banquillos por un técnico que nadie sabe muy bien si es norteamericano o israelí, y desde la cancha por un base nacido y criado en USA, ruso sólo desde hace cuatro días como aquel que dice.

Porque ésa es otra. Quizá alguien pensó alguna vez en John Robert Holden como el típico base de perfil bajo, tan titular indiscutible en su CSKA como oscurecido por la inmensa sombra que proyecta su (sólo teórico) suplente, el imprescindible Papaloukas. Y sin embargo Holden, sólo o en compañía del griego, de verdadero base o de más o menos falso escolta, lleva ya siete años siendo clave en Moscú. Pero para acabar de demostrarlo quizá sólo necesitaba un lugar donde medir su verdadera grandeza, sin que hubiera por medio sombras griegas que solaparan su calidad.

Sucedió en un lugar llamado Madrid, en la primera mitad del mes de septiembre del año 2007. Su dirección siempre tranquila, sobria, efectiva, acabó convirtiéndole por méritos propios en el segundo mejor base de la competición, acabó haciéndole sobresalir por encima de nombres tan ilustrísimos como Parker, (el renqueante) Jasikevicius, Lakovic, Diamantidis o su mismísimo compañero (y maestro) Papaloukas. Tal vez sólo Calderón, nuestro Calde (y no es patrioterismo, es realidad) podría presentar, por calidad, dirección y liderazgo, un mejor balance global a lo largo del Torneo.

Por eso chirría su ausencia en el cinco ideal. Porque no cabe (dado que está Calderón por méritos propios) pero debería caber, tal vez forzando la lista para encajarle de (presunto) dos, y sacando a cambio de dicha lista a… (¿quizás a Nowitzki, por una vez y sin que sirva de precedente, y dicho sea con los debidos respetos al Kaiser alemán, faltaría más?). Por eso y porque, por si no fuera ya suficiente con su trayectoria durante todo el torneo, aquel último minuto suyo en la final, esa manera jordanesca (con perdón) de acabar con el partido ya merecería, por sí sola, un puesto en el olimpo. Por mucho que nos duela recordarlo. Por mucho que se nos reabran las heridas.

Eran el tapado de este Europeo. Ni la efervescencia de Kirilenko, ni la sobriedad de Khryapa, ni la inmensidad interior de Savrasenko y/o Morgunov, ni el permanente incordio de Samoilenko, ni la somnolienta clase de Monya… Nada hacía presagiar un gran campeonato, aunque no resultara difícil prever un buencampeonato. Y sin embargo nadie debería siquiera atreverse a discutir la justicia de un título logrado tras ganar a (entre otros) Grecia, Lituania o Francia. Sólo les ganó un equipo, el mismo al que luego esperaron para tomar cumplida venganza en la final. Para dejarle esa herida que al parecer tanto cuesta cerrar.

Y pase lo que pase a partir de ahora (por ejemplo en esos Juegos de Pekín, en los que ya no serán tapadosen absoluto), lo que ya nadie podrá quitarles es el orgullo. El orgullo que deberá sentir ese puñado de fieles aficionados que aquí estuvo gritando Russiya Russiya cada partido, el que sentirán todos los que allí lo vivieron desde la distancia. Porque ya pueden gritar muy alto que, después de tantos años, por fin su querida Rusia vuelve a ser la Campeona de Europa de Baloncesto. Y bien que se lo han ganado.

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Publicado octubre 19, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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