Thomas   Leave a comment

(publicado el 27 de noviembre de 2007)

 

La historia nos contará que allá por el otoño de 2001 llegó a la NCAA una magnifica promoción de bases. En unos cuantos ya se intuía un gran futuro pero había tres de ellos, entonces freshmen en las universidades de Texas, Alabama y Notre Dame, que parecían ya casi predestinados a hacer algo realmente grande. Y así (más o menos) fue: el de Texas se llamaba T.J. Ford, y hoy triunfa en los Raptors de Toronto; el de Alabama se llamaba Maurice Williams, y hoy triunfa en los Bucks de Milwaukee; y el de Notre Dame se llamaba Chris Thomas, y hoy triunfa en los Polaris World de Murcia.

Sí, triunfa, no se me extrañe. Es posible que, en determinados niveles de la individualista sociedad norteamericana, triunfar sólo sea, si de baloncesto hablamos, llegar a la NBA. Es muy probable que a todo aquel que no alcance el olimpo le cuelguen el cartel de fracaso, sobre todo si se trata de alguien que un día pareció predestinado para lograr ese status supremo. Allá ellos, no seré yo quien cuestione su forma de entender la vida. Aunque no la comparta.

No, Chris Thomas no tuvo la suerte (llamémoslo así) de sus dos compañeros de generación. Quizás un mal momento puntual de juego, o una inoportuna lesión, o una mala elección de universidad, o el mero hecho de apuntarse a destiempo al draft, demasiado pronto o (en este caso) demasiado tarde, o cualquier mínimo defecto puntual que acabó pesando más que toda su infinidad de virtudes, o simplemente el no haber estado en el sitio justo en el momento oportuno… quién sabe. Thomas perdió (de momento) aquel tren en el que parecía tener reservado billete, pero no se resignó, no se quedó eternamente en la estación, descubrió a tiempo que había otros trenes; sí, tal vez menos lujosos, pero en los que al fin y al cabo también podía merecer la pena viajar.

Es ese eterno dilema del que nos hablaron tantas veces, el de ser cabeza de ratón o cola de león. Este Chris Thomas, como (ya que hablamos de bases) aquel extraordinario Tyus Edney de UCLA, como el mismísimo Aaron Miles del Cajasol (otro predestinado, éste desde la mítica Kansas), lo entendieron bien: entendieron que si una puerta se cierra se abren otras, que no siempre el camino más corto es la línea recta, que a veces merece la pena dar un largo rodeo para alcanzar el destino soñado; y que si éste finalmente no se alcanza tampoco importará demasiado, al fin y al cabo ya el viaje mereció por sí mismo la pena.

Otros, qué lástima, no lo entendieron nunca, se quedaron eternamente llamando a la misma puerta, dándose de cabezazos contra ella, intentando echarla abajo inútilmente, sin querer darse cuenta de que aquello no se iba a abrir ni a patadas por mucho que lo intentaran. Ahora mismo se me ocurre el nombre de Mateen Cleaves, aquel inolvidable base que lideró a sus Spartans de Michigan State al título de 2000. Entonces nos parecía apenas el principio de una larga carrera de éxitos, pero fue principio, final y punto culminante, todo a la vez. Luego aún nos le encontramos en varias ocasiones, ya casi siempre escondido en las profundidades de cualquier banquillo NBA. Hoy ya casi nadie se acuerda de él. Y éste sería sólo un ejemplo, me temo que hay muchos más.

Y (volvamos a Chris Thomas) si alguien alguna vez dudó acerca de su implicación, de la capacidad de unpredestinado como él para jugar en las colonias dirigiendo a un modesto equipo de provincias (con perdón), digo yo que a estas alturas esas dudas ya se le habrán disipado por completo. Los aficionados murcianos ya las olvidaron hace tiempo pero al resto, al común de los mortales que le disfrutamos el pasado sábado por televisión, nos bastó ver su desempeño durante todo el encuentro, su intensidad especialmente en aquellos apasionantes minutos finales para comprender de una tacada lo buen base que sigue siendo, lo grandísimo base que quiere seguir siendo.

Un día le puso asistencias a Ryan Humphrey o a Matt Carroll con la misma sencillez con que se las pone hoy a Kammerichs o a Juanjo Triguero. Y parece que haya pasado mucho tiempo, parece que haya sido un largo viaje (con parada y fonda en Polonia, extraña nacionalización inclusive) pero en realidad su recorrido no ha hecho más que comenzar. Apenas tiene 26 años, aún le queda un largo camino por recorrer. Lo de menos es dónde acabará, si conseguirá o no alcanzar ese eterno destino soñado. Lo de más, lo que realmente importa, es su capacidad de seguir gozando, de seguir implicándose en todos esos pasos intermedios.

Viéndole jugar parece que entendió aquella eterna y socorrida frase de tantos y tantos pósters: si lloras porque no puedes ver el sol, tus lágrimas te impedirán ver las estrellas. Que aún se quede mucho tiempo entre nosotros, que siga disfrutándolo, que siga haciéndonos disfrutar. Y usted que lo vea.

Publicado octubre 19, 2012 por zaid en ACB, NCAA, preHistoria

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