Archivo para octubre 20, 2012

delirios findesemanales   Leave a comment

(publicado el 10 de marzo de 2008)

 

Viernes. Bello día. Ideal para ir por detrás de un por fin ya es, ideal para ponérselo de nombre a un indígena en una isla desierta, ideal para ver ACB…

¿Para ver ACB? Pues sí porque, por primera vez en la historia, hete aquí que hoy viernes tenemos partido televisivo de nuestra Liga (entiéndaseme, por primera vez en la historia… excluyendo copas, playoffs o jornadas entre semana; por primera vez en la historia, cuando de la típica jornada findesemanal de temporada regular se trata). Y no, no me pregunte usted por qué: tal vez para evitar coincidencias con la jornada electoral (relativas, porque el mismo domingo habrá unos cuantos partidos), tal vez porque TVE quiera hacer un experimento, tal vez para dejar más tiempo a la Penya de cara a su partido con el Quinqui (o sea, el Khimki). Vaya usted a saber.

La cosa resulta un poco extraña, y uno no puede evitar imaginarse a un buen puñado de jóvenes badaloneses desubicados, acostumbrados a quedar la noche del viernes, a ir al básquet los sábados o domingos, ahora tal vez sin saber qué hacer… En cambio a mí me encanta, me resulta difícil imaginar otro horario mejor. Diez menos cuarto, cena engullida, mesa recogida, sutilmente insinúo que resulta que hoy hay baloncesto, ya ves tú qué raro, y mientras yo me hago fuerte en el salón mi señora y mi niño se encaminan hacia sus respectivos aposentos, la una para ver una de sus series preferidas, el otro para no perder ripio de su programa favorito, El Hormiguero…

¡¡¡Y hoy ha venido a divertirse al Hormiguero… Fernando Romay!!!, plas plas plas plas plas (onomatopeya de aplausos). Una vez hechas las oportunas presentaciones, con esa escena tan original y nunca vista en televisión que consiste en poner de pie al Romay al lado del Motos para que todos nos riamos con la diferencia de altura, será ya el momento de cambiar a La2, donde en ese momento está en el uso de la palabra… el ubicuo Fernando Romay, vaya por dios, al parecer empeñado en demostrarnos cómo se puede aparecer en dos canales a la vez, y no estar loco. Y mientras mi hijo con sus esquemas todos resquebrajados tras descubrir que su Hormiguero del alma no es en directo. Al menos, no los viernes.

La cosa promete, el comienzo es una fiesta, triple va triple viene, la Penya como siempre, Cajasol como nunca… Pero al final del primer cuarto los badaloneses ya están en su salsa, ya llevan 32 puntos mientras los sevillanos aún están en 21, y eso sólo es un preludio de lo que vendrá después (lógicamente; si no viniese después esto no sería un preludio, por definición).

Por cierto, que a estas alturas ya hemos podido comprobar lo sumamente difícil que resulta decir Cajasol. Sí, a primera vista parece una palabra tan normal como cualquier otra, pero nada más lejos de la realidad. Sólo Arsenio Cañada, pedazo de crack, parece tenerla totalmente dominada; no así Romay, que a las primeras de cambio ya le ha llamado Caja San Fernando; y aún menos Creus que, en un más difícil todavía, lo llamará un par de veces Unicaja para seguidamente asustarse de su propio error: ahí va, la competencia… Qué malas son las noches de los viernes, al parecer…

Al descanso la Penya ya ha alcanzado los 65 puntos, nada menos, mientras Cajasol a duras penas roza los 40. Al menos durante todo ese segundo cuarto habremos asistido a un espectáculo insospechado, la evolución cromática del rostro de un Manel Comas que en pocos minutos habrá pasado del rosado pálido al rosa fuerte, y luego al rojo vivo, al fucsia chillón y al morado incandescente para acabar adoptando incluso tonalidades que ni siquiera sospechábamos que pudieran existir, que dan la sensación de que hasta podría ponerse a arder en cualquier momento… Finalmente no ardió, al menos sobre la cancha. Pero no quiero ni pensar cómo debió ser el incendio entre las cuatro paredes de su vestuario.

Partido resuelto, pues. Y uno en su ingenuidad piensa que dará igual, que hasta redundará en beneficio del espectáculo, que la Penya mantendrá el tono durante los cuarenta minutos… Craso error. Pura faena de aliño, con Rudy en el banco toda esa segunda mitad, no se nos vaya a cansar que por ahí amenaza el Quinqui, digo el Khimki, a la vuelta de la esquina. Menos mal que siempre nos quedará Arseni para buscarnos alicientes, que si habrá pique Madrid-DKV desde la distancia, que si éstos querrán superar la marca de 114 puntos que la semana pasada establecieron los otros, que si la Penya puede batir el récord de triples de esta temporada e incluso el récord histórico de la Liga, que si Tyrone Ellis puede superar también su plusmarca particular… Al final na de na, ni esto ni lo otro ni lo de más allá. Al final el único récord que peligrará será el de técnicas provocadas en un solo partido por un solo jugador, el amigo Jagla, empeñado en convertir la que debería haber sido una noche inolvidable (cuatro de cuatro triples, sólo en el primer cuarto) en una noche aún mucho más inolvidable… si bien por causas radicalmente distintas.

Sábado. Bello día. Ideal para reflexionar, ideal para compartir con la familia, ideal para la sobredosis familiar incluso. Al acabar la jornada noto que me falta mi dosis diaria de baloncesto y decido ponerme en vena el Toronto-Washington de la madrugada anterior.

Casualmente Bosh está lesionado (mira que se lesiona a menudo esta criatura) y los Raptors parecen acusar más su ausencia que los Wizards las de Arenas y Butler; o será que éstos están ya más acostumbrados. Toronto va todo el partido a remolque pero allá por el tercer cuarto Calderón se pone a tirar del carro, y el tirón acabará arrastrando a todo su equipo. Finalmente, casi al límite, conseguirán forzar la prórroga… para acabar perdiéndola después. Y Calde se va al vestuario con sus 20 puntos y 9 rebotes que con total seguridad no le harán ni la menor ilusión, que él no es el tipo de jugador que busque consuelo en las estadísticas cuando pierde.

Así que, puestos a buscar consuelo, hagámoslo nosotros, esta vez con la ayuda de la televisión americana que produce la señal, probablemente la de los Wizards, nada sospechosa de calderonismo ni de calderonfilia. En un momento dado, y para demostrar una vez más la innata capacidad yanqui para sacarse estadísticas de debajo de la piedras, nos muestran en pantalla (dónde, si no) un cuadro que recoge a aquellos jugadores que a lo largo de una temporada han promediado más de ocho asistencias, más de un cincuenta por ciento en tiros de campo y más de un noventa por ciento en tiros libres, nada menos. Y resulta que en toda la historia sólo se han dado cuatro casos, a saber: Magic Johnson en la temporada 1988/89, Mark Price en esa misma temporada 1988/89, Steve Nash en la 2005/06 y… sí, efectivamente, un tal Jose Calderón en la 2007/08. Y lo que nos quedará aún por disfrutar…

Ya es madrugada. Tocaría irse a la cama, pero no sin antes pasar unos minutillos ante el ordenador, no sin emprender aún una dura lucha entre el corazón y la razón. Mi corazón me dice que a las tres de la mañana se juega un Duke-North Carolina, partido en la cumbre, algo así como el Madrid-Barça del baloncesto universitario. Mi corazón se quiere quedar a verlo porque este año apenas ha podido pillar nada de NCAA por Internet, porque ya es marzo y está con el mono subido, porque cada vez que piensa que las dos primeras rondas del torneo final coincidirán con la semana santa se le llevan los demonios… Y mi razón me responde que sí, pero que acabará pasadas las cinco y ya no estoy para estos trotes, que luego a la mañana siguiente ya no duermo cuanto quiero sino cuanto puedo (y cuanto me dejan); y añade además que antes debería buscar el canal que lo da (ESPN-Filipinas, nada menos) en algunos de esos raros programas internáuticos semiclandestinos, que en el discutible supuesto de que lo encuentre deberé dejarme los ojos (ya muy castigados a esas horas) en el empeño, deberé desesperarme cada vez que la señal se pierda y haya que refrescar…

Ante tan sólidos argumentos, finalmente gana la razón. Pero me voy a la cama pensando si habrá un sistema (que lo habrá, seguro) para grabar partidos en directo por Internet; pensando cómo es posible, en plena era digital y abonado como estoy a una plataforma por la que se ven chiquicientosmil canales, no poder aún disfrutar de este maravilloso espectáculo por televisión; pensando que a estas alturas aún no sabemos qué cobertura tendremos (ni siquiera si la tendremos) del Torneo Final por Digital +; pensando que hay que jod… … Me duermo, tal vez por la falta de costumbre ante tanto pensar.

Domingo. Bello día. Ideal para dar un agradable paseo matinal y de paso ir a votar; o para ir a votar y de paso dar un agradable paseo matinal, no sé. Ideal para dejar grabando el Real Madrid-Unicaja que intentaremos ver luego en la sobremesa…

Y esta vez puedo escoger: la versión madrileña (analógica) o la andaluza (digital): escojo Telemadrid que al menos me garantiza el partido completo, no como esa Andalucía TV que mete puntualmente su informativo poco antes de las dos y media, así llueva o truene (y aún más en un día como el de hoy, sospecho…)

Pero, ya de camino al colegio electoral, de repente me entra la desazón: mira que si TeleEspe ha puesto en funcionamiento su legendaria maquinaria de agit-prop durante toda la mañana, no vaya a ser que en un descuido votemos a quien queramos en vez de a quien debamos, que hasta ahí podríamos llegar… No, esta vez la sangre no llegó al río; efectivamente se cargaron el hermoso previo de media hora que Telemadrid nos regala cada domingo, pero al menos el partido nos lo dejaron entero. Salvé los muebles, respiro aliviado…

Partido espectacular, rico en matices, con un resultado final (más veinte para el Madrid) que no refleja para nada lo que fueron los tres primeros cuartos… y con el Show Vaquerizo en todo su esplendor: el gran hombre del inalámbrico, de nuevo en estado puro. Para este hombre no existe el jugar bien, ni mal ni regular, para este hombre no existen matices, en él toda la riqueza de nuestro deporte se reduce a un único factor: los árbitros. Sólo cuenta lo que estos deciden, si aciertan (nunca) o se equivocan (siempre); el resto sobra, carece de importancia, está de más. Claro, entre semana, cuando coincide con Siro y Chechu encuentra siempre el caldo de cultivo perfecto para dar rienda suelta a sus obsesiones (y éstos las suyas a su vez); pero aquí pincha en hueso: Felipe Galán no está por la labor, no entra en el juego, le lleva la contraria unas cuantas veces; y hasta José Miguel Antúnez, aún con sus limitaciones, aún entrando más al trapo, se muestra claramente a otro nivel. Afortunadamente.

Mientras tanto Raül López está que se sale, es sin duda el mejor del partido y muy pronto dará pie al típico debate “Raúl selección”, pero esta vez en su versión baloncestística. Antúnez, con conocimiento de causa, le proclama como el mejor base de la Liga y prefiere no entrar en comparaciones con los de otras ligas (si bien luego, pocos minutos después, pondrá a Calde por las nubes). Pero el insigne Vaquerizo va un paso más allá: para él es el mejor de todos, actúen aquí o allá, “porque Sergio apenas juega y Calderón es más bien un escolta”. Y es que es lo bueno que tiene la realidad, que nos creemos que es objetiva pero no, siempre podemos subjetivarla (menudo verbo) de tal manera que se adapte a nuestras propias necesidades. Por el mismo precio la semana que viene podremos decir que (por ejemplo) Felipe Reyes debe ser titular indiscutible en la selección porque al fin y al cabo los gasoles son más bien aleros, y quedarnos tan anchos de la misma manera… No estuvo mal, mereció la pena asistir al esfuerzo que Galán y Antúnez debieron hacer en los siguientes segundos para discrepar sin que lo pareciera, para rebatirle sin desautorizarle…

Fin de la dosis. Pero ésta no será la última del día, que a las 20:30 Digital + nos regala (es un decir) el choque entre los Suns y los Spurs. Nunca mejor dicho, dado que en la camiseta naranja de Phoenix se lee literalmente “LOS SUNS” y en la blanca de San Antonio se lee no menos literalmente “LOS SPURS”. ¿Por qué? Pues porque al parecer, según reza un pequeño logo, celebran la “noche latina” (curioso concepto éste si tenemos en cuenta que a esas horas en Phoenix deben ser más o menos las doce del mediodía, minuto arriba minuto abajo), y no se les ocurre mejor forma de hacerlo que españolizando los nombres, ni mejor forma de castellanizarlos que simplemente colocándoles el artículo.

Digo yo que ya puestos podrían haber ido un poquito más lejos, y que el partido fuera Los Soles contra Las Espuelas, que la ciudad por un día se llamara Fénix, que toda la rotulación en pantalla y en su videomarcador fuese en castellano, que lo fuesen asimismo las instrucciones de los técnicos para gozo y disfrute de Ginóbili y Oberto (y para desesperación del resto, quizá con la excepción del brasileño Barbosa y de Nash, que lo habla en casa). Ya que hacen chorradas, al menos háganlas bien…

Pero es noche de recuentos, y los largos tiempos muertos de cualquier partido NBA (que en este caso, con Eduardo Téllez y Ramón Fernández en los comentarios, no es ya que sean largos sino interminables) nos darán pie para un extraño zapping político-deportivo durante el que casi sin darnos cuenta pasaremos de las canastas de Zapatero y Rajoy a las alocuciones de Nash y Duncan, de las faltas de Pepiño Blanco o Pío García-Escudero a las declaraciones de Bruce Bowen o Raja Bell… Al final Phoenix ganó a San Antonio por 169 a 153, y el PSOE al PP por 94 a 87; o tal vez fuese al revés…

Lunes. Bello día. Ideal para ir por detrás de un I don’t like, ideal para ver la eterna cara de amargado de tu jefe (hoy mucho más acentuada, por razones fáciles de imaginar para todos aquellos que lo conocemos); ideal, sobre todo, para de vez en cuando robarle minutos al trabajo y así escribir, a salto de mata, toda esta sarta de tonterías…

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en preHistoria, varios

Equipo Fantasía   Leave a comment

(publicado el 29 de febrero de 2008)

Solía decir mi padre, en aquellos escasos momentos en que le daba por filosofar, que el hombre es un animal de costumbres. No, no es que la frase fuera suya precisamente, ni que su capacidad filosófica diera mucho de sí, pero estaremos de acuerdo en que no le faltaba razón. Yo, por ejemplo, lo soy: animal (sobre todo) y de costumbres, también.

El pasado sábado, por ejemplo: como tantos otros sábados, puse a grabar el partido de ACB, en esta ocasión un Granada-Real Madrid. Hora de comienzo: las 19:45, no vaya a ser que hoy precisamente recuperen la sana costumbre de hacer un buen previo. Hora de finalización: las 23:00, como siempre, no vaya a ser que haya cinco o seis prórrogas, que se rompa un tablero o se vaya la luz, que ya decía mi abuela que hombre prevenido vale por dos, y que más vale prevenir que curar (ay que ver, qué familia tan refranera). Canal: pues La2, por supuesto, cuál si no…

Así que cuando, ya bien pasadas las 21:30, aterricé de nuevo por el salón de mi casa y fui a hacer la típica comprobación rutinaria, el sonido quitado para no enterarme de cómo van, la mirada apenas de soslayo para no ver el resultado, y el rabillo del ojo no me mostró partido alguno sino una especie de documental, entonces de repente comprendí: la había cagado. Y claro, de inmediato la frustración dio paso al autoreproche, si es que estoy tonto, a ver si no sé de sobra que cuando juega el Madrid lo da Telemadrid, si lo habré pensado mil veces, si hasta habré escrito sobre ello (incluso en este mismo lugar), si es que vaya cabeza que tengo, si es que vaya pedazo de animal (de costumbres)…

Claro, llegados a este punto ustedes (si los hubiere) se preguntarán por qué les cuento mi vida. Pues porque al hilo de todo esto me ha surgido una reflexión (cosa harto infrecuente): a veces necesitamos que algo nos falte, a veces necesitamos echar de menos algunas cosas para poder apreciarlas en su justa medida. Cosas con las que convivimos sin apenas darnos cuenta, cosas que sólo valoramos justo ese día en que de repente dejan de funcionar, dejan de estar a nuestro lado. Cosas tan cotidianas como el frigorífico, la cafetera o la caldera del gas, o (ustedes me permitirán la absurda comparación) cosas tan poco cotidianas como nuestro fiel equipo de comentaristas de La2.

No, no llego a esta presunta reflexión por algo tan tonto como haberme perdido (casi) un partido, que al fin y al cabo la trascendencia del hecho no da para tanto. Llego a esta especie de reflexión por la pérdida (por llamarlo de algún modo) que siento cuando el partido se va a Telemadrid, cuando son otros los que me lo cuentan, cuando no está mi Equipo Fantasía.

(Como ya sabrán, esta denominación de Equipo Fantasía no es mía; la tomo prestada del habitual conductor del contenedor deportivo de los sábados, ahora denominado Teledeporte 2; el susodicho conductor, que si la memoria no me traiciona en exceso responde al nombre de Juan Carlos Rivero, ha utilizado ya esta fórmula más de una vez, y más de dos, para dar paso a sus compañeros desplazados al partido de la ACB)

Y no es que tenga nada en contra de las buenas gentes que hacen ACB en Telemadrid, que, afortunadamente para ellos (y para nosotros) en nada se parecen a los terribles Siro y Chechu del Madrid y su Euroliga, en absoluto, más bien al contrario: Felipe Galán es tirando a sobrio pero conoce el terreno que pisa y sabe de lo que habla, su analista de turno (así sea Toñín Llorente, Indio Díaz o José Miguel Antúnez) no aporta en exceso pero sí lo suficiente (con el ligero partidismo que se espera de cualquier autonómica, sin el fanatismo con que nos desespera su colega de cada jueves), el tal Manu Martín cumple perfectamente con su cometido, el tal Vaquerizo es un poco irritante pero qué le vamos a hacer, no se puede tener todo en esta vida… El resultado final podría estar mejor, pero al fin y al cabo no está nada mal (o será que ya nos conformamos con poco). No, en este caso no es la presencia de Telemadrid lo que (exagerando) me duele, sino la ausencia de La2.

Porque a Televisión Española, que hizo, hace y temo que seguirá haciendo (con perdón, y sin ánimo de ofender) sucesivas cagadas en torno a nuestro deporte, al menos habrá que reconocerle este gran acierto: haber formado un equipo único y exclusivo para la ACB, haberle dotado de continuidad, haber permitido que se vaya engrasando, que todas sus piezas encajen, que se consolide poco a poco, semana a semana hasta haber llegado a ser lo que hoy es: una pieza clave, un componente indisoluble de nuestra dosis de baloncesto semanal.

No hace falta recordar que no siempre fue así, no están tan lejanos aquellos tiempos durante los que padecíamos un constante baile de voces, un narrador para cada ocasión, hasta seis o siete diferentes durante una misma temporada, y los comentarios técnicos (cuando los había) ya eran cosa de Creus pero también (y aún más a menudo) de un Imbroda empeñado en echar por tierra como analista su bien ganado prestigio como entrenador. Nunca sabíamos a qué atenernos, nos sentábamos a ver un partido sin imaginar qué nos esperaba esta vez, si nos lo contarían bien o mal, con o sin comentarios especializados, con o sin realización decente, con o sin apoyo infográfico, con o sin (casi siempre sin) entrevistas a pie de cancha… La única duda era si esto les salía sin querer o aposta, si era que el baloncesto no les importaba una mierda, o que al menos les importaba lo suficiente como para querer cargárselo.

(Tampoco hace falta ir tan lejos en el tiempo: hoy mismo, en el presente, sigue sucediendo lo mismo, en la Euroliga de cada miércoles o jueves: baile de narradores, frecuente ausencia de analistas, programación errática, apatía generalizada, desinterés absoluto. Se me dirá que son muchos partidos, generalmente cuatro a la semana, que no se puede estar a todas y tal vez sea cierto; pero no es menos cierto que, si no en Teledeporte, al menos en el elegido para La2 sí cabría esperar otro trato; sí, solemos tener comentarista, el mejor, el único posible, pero nunca sabemos qué narrador nos tocará, si vendrá con ganas, si estará de buenas, si se habrá levantado con el pie izquierdo… Sólo sabemos que en ningún caso será quien a la mayoría nos gustaría que fuera)

Pero un día, supondremos que debió ser allá por el verano/otoño de 2006, tal vez a alguien se le encendió una bombilla. Tal vez alguien, aún al calor del oro mundialista, decidió que, ya que no podrían acabar con el baloncesto, al menos intentarían hacer algo por él. O algo con él, mejor dicho. O quizá fue la propia ACB la que, cansada de ser el hazmerreír y el hazmellorar con el dichoso tema de las audiencias, decidió dar un paso al frente, decidió al menos hacer valer las condiciones de su propio contrato.

Fuera por lo que fuera hubo un antes y un después, y ese después parecía prometedor, hasta el punto de que se nos anunció el supuesto fichaje luego supuestamente frustrado de un supuesto Epi del que supuestamente nunca más se supo… Y no sería ése el último tropiezo, que encima resultaba que al narrador elegido le quedaban (nunca mejor dicho) dos telediarios, que alguien, probablemente una eminencia en saneamiento económico y legislación laboral pero una ignorancia en todo lo relativo a condición humana, había fijado para el mes de abril su fecha de caducidad…

Sí, muy pronto habrá pasado ya un año desde que Pedro Barthe colgó (o le colgaron) el micrófono, y es bien cierto que aún le echamos de menos, que nunca dejaremos de echarle de menos; pero no es menos cierto que si le echamos de menos es por lo que fue (por lo que representó para nuestro deporte, porque -como ya quedó dicho en su día- nuestro baloncesto no está para permitirse esta clase de lujos, para dejar escapar de esta manera algo de lo mejor que tiene), pero no por quien le sustituyó. Podríamos poner del revés un típico juego de palabras, y si otras veces se dice que salimos de Guatemala para ir a Guatepeor, en este caso bien podría decirse (aunque suene ridículo) que salimos de Piedrabuena para ir a Piedramejor.

Piedramejor, por supuesto, es Arsenio Cañada. (Arsenio o Arseni, que nunca sé cómo llamarle, si atendiendo a su naturaleza catalana o a sus raíces conquenses, esas por las que el otro día puso firme, medio en broma medio en serio, a Romay cuando éste tuvo la ocurrencia de decir que determinado jugador había puesto a otro “mirando a Cuenca”; lo lógico sería usar el Arseni pero creo que él suele referirse a sí mismo como Arsenio, así que probablemente le acabaré llamando de cualquiera de las dos maneras, unas veces de una y otras de otra, confío en que ustedes sabrán comprenderlo)

Y así, los que en aquellos días previos a la marcha de Barthe anduvimos sumidos en el desasosiego, pensando quién nos caería en suerte o en desgracia, temiéndonos nachos, estébanes, quién sabe si incluso algo peor, finalmente respiramos aliviados. Retirado y fuera del Ente Trecet, abducido por las motos Riveras, Cañada no era simplemente una buena opción; era, de lejos, la mejor opción posible.

Y hoy bien podemos decir que aquel suspiro de alivio ha evolucionado hasta convertirse en infinita satisfacción. De hecho, si no quedara muy cursi, diría que Arseni es un soplo de aire fresco para los que amamos este deporte: porque le gusta el baloncesto, porque disfruta viéndolo y contándolo, porque transmite su disfrute al telespectador; porque su gusto por el juego se impone sobre cualquier partidismo, porque vibra por igual con un triple del Barça que con uno del Madrid, con un mate de la Penya igual que con uno del Tau; porque no es tendencioso, porque no busca fantasmas hasta debajo de las piedras, porque fue (en sus años mozos) árbitro y eso le permite no obsesionarse, no estar juzgando el arbitraje constantemente, y al mismo tiempo no le impide tratar los errores puntuales como lo que son, simples errores, no persecuciones orquestadas…

Pero sobre todo por su forma de contarlo, por su dinamismo, porque transmite alegría y no crispación, porque con él cualquier partido es siempre una fiesta, nunca un drama. Y por su juventud, por esos apenas treinta años tras esa cara de niño que no parece corresponderse con el tono más cascado de su voz; porque a él aún le quedarían veinte años, si no más, para caer víctima de cualquier otro plan de saneamiento… Sí, probablemente exagero, probablemente él no sea ni mucho menos el mejor narrador que hayamos conocido; pero igualmente estoy convencido de que, hoy por hoy, es el mejor de todos los narradores posibles.

Y a su lado Chichi Creus, ustedes me permitirán que le llame así sólo por esta vez, por su mote de siempre, por más que ahora Televisión Española o quien corresponda pretendan que nos olvidemos de él, que sea sólo Joan, como si las buenas gentes del baloncesto no hubieran utilizado ese apodo durante más de tres décadas sin que a nadie (y aún menos a él mismo) le pareciera ofensivo, sin que hubiera que estar buscando dobles o triples sentidos a cada paso. El senyor Creus, el gran Creus, EL MAESTRO, con mayúsculas.

¿Qué decir sobre él que no haya sido dicho ya (incluso por mí mismo, incluso aquí mismo)? Todos aquellos que hemos ido a clase durante unos cuantos años de nuestra vida (o sea, todos) hemos conocido profesores que probablemente sabían muchísimo de una determinada materia, pero que no la sabían explicar; y otros que eran exactamente lo contrario, tipos de extraordinaria elocuencia pero completamente vacíos, que podían pasarse horas y horas disertando acerca de la nada absoluta. Por eso, cuando aparecía un profesor en el que unían las dos circunstancias, saber, y saber contarlo, éramos felices (todo lo felices que podíamos ser): cuántas carreras no se han hecho, cuantas aficiones y adicciones por determinadas materias no han nacido a partir del profesor que un día sin querer nos enseñó que aquello, un muermo en la voz de otro, con él resultaba sencillamente apasionante…

Ése es Creus. No es exactamente mi caso, Creus no me ha enganchado a esto, que son ya demasiadas décadas las que uno lleva entregado a la causa. Pero si usted es joven y se acerca por primera vez a este deporte, y lo hace con curiosidad, sin prejuicios, sin ideas preconcebidas, es más que probable que a poco que se descuide quede abducido para siempre. Porque se lo explicará un señor que sabe de esto como el que más (si no más) y cuya capacidad didáctica está fuera de toda duda. Que le explicará un montón de detalles en los que apenas se había fijado, que le diseccionará el juego con una capacidad de análisis absolutamente fuera de lo común, y que por el mismo precio hasta le adivinará, partiendo de un nimio detalle, lo que va a suceder a continuación, atención a Fulanito, ahora Fulanito cortará por la zona y mientras Menganito se la pasará a Zutanito, y tras el bloqueo de Perenganito el balón llegará finalmente a Fulanito que estará solo para tirar de tres… Y casi siempre es así, y casi siempre vemos (con las lógicas variantes) la jugada que él ya nos había dicho que íbamos a ver.

Ése es Creus. EL MAESTRO. Y uno no sabe si alegrarse hasta el infinito por tenerle de asistente de Pepu en la selección, o si entristecerse hasta el fondo por no poder tenerle de comentarista de Televisión Española en los próximos Juegos Olímpicos. Si es que ya decía mi madre (otra aficionada a las frases) que no se puede tener todo en esta vida

Pero alguien en Televisión Española tal vez debió pensar que Creus era demasiado serio, que tanta sabiduría no podía ser buena, no vaya a ser que la gente se nos envicie y luego a ver qué hacemos… Así que no, que había que buscar como fuera un contrapunto, un complemento lúdico-festivo. Tras el supuesto fiasco del supuesto Epi, se supone que a alguien en un momento de inspiración le dio por acordarse de Romay, de su simpatía, bonhomía y don de gentes, y de lo barato que nos va a salir si al fin y al cabo ya le tenemos en plantilla, juzgando piruetas en la cosa esa del baile…

Sus comienzos no fueron fáciles, ni para la audiencia ni (aún menos) para él. Su pasado madridista, del que ni podía ni quería desprenderse, empezó a complicarlo todo, a repartir prejuicios por doquier, a hacer que todos le miráramos con lupa. Y él tampoco ayudó, más bien al contrario, dejándose llevar por su subjetividad cada vez que tocaba opinar sobre decisiones arbitrales relativas al equipo de sus amores. Empezaron a caerle palos de todos los colores (menos el blanco) y quizás eso le hizo recapacitar, o quizás le recapacitaron, no sé. Sí sé que a partir de un determinado momento se puso un puntito en la boca, se refugió en sus gracias, en sus ocurrencias, en sus piques con Creus, en alguna mínima aportación técnica, y optó por morderse la lengua si de arbitrajes en torno al blanco se trataba (si bien a veces ese mordisco resultó demasiado evidente, como durante la reciente semifinal copera).

Evidentemente sigue y seguirá habiendo muchos telespectadores que ni le tragan ni le tragarán, es ley de vida. Pero muchos otros han (hemos) aprendido a amarle, a respetarle o a soportarle, según; y a entenderle como parte indisoluble del espectáculo que estamos viendo. Evidentemente nunca aportará ni el uno por ciento de lo que aporta Creus, pero es que nadie jamás le habrá pedido eso, ni esa es ni de lejos su función. Él está ahí, ya quedó dicho, de contrapunto, para la cosa lúdica, lo humorístico, los chascarrillos, sus gracietas, sus dimes y diretes, su más vale un porsiaca que tres penseque, su la constancia en los reveses dio el triunfo a los portugueses (o algo así) y demás ocurrencias sacadas de sabedios dónde… Y así, muchos de aquellos que en su día no entendimos su presencia hoy seríamos los primeros en lamentar su ausencia. Hoy, por extraño que pueda parecer, la ACB en TVE ya no sería lo mismo sin él.

Y además, cómo no, están las chicas (denominación probablemente machista y discriminatoria dado que no recuerdo haber utilizado la expresión “los chicos” para referirme a sus colegas masculinos, por lo que de inmediato me apresuro a pedir disculpas): Fe y Virtudes, Virtudes y Fe (Esperanza y Caridad aún no han llegado, ni se les espera). La cada vez menor presencia de previos y post-partidos a punto estuvo de arrinconarlas en un segundo o tercer plano, pero la llegada de Arsenio les salvó sobradamente. Ya apenas queda tiempoantes (de hecho las entrevistas a los entrenadores ya van enlatadas casi siempre), ya queda escaso tiempo enmedio, ya casi nunca hay tiempo después pero al menos ahora se les da bola durante, cada una apostada tras el banquillo que ese día le toca, contándonos cosas cuando es preciso, participando de vez en cuando en alguna conversación.

Y en su día tuvimos fe en Fe pero no tanto en Virtudes, cuyo nombre nos retrotraía a épocas pretéritas, a aquellas retransmisiones amargas de los tiempos prepluseros de mediados/finales de los noventa… También nuestros temores resultaron infundados en esta ocasión: su aparente sosería inicial poco a poco fue dando paso a una mucho mayor desenvoltura, de tal manera que hoy (más allá de meros matices estéticos) ya apenas apreciamos diferencias entre ambas.

Todos ellos, Arsenio/Arseni, Joan/Chichi, Fernando, Fe, Virtudes (más todos aquellos, probablemente no menos importantes, que no vemos ni conocemos), hacen que los sintamos casi como si fueran de la familia, como una presencia tan acogedora, tan confortable como ese sofá en el que nos arrellanamos para ver nuestro partido semanal. Y cuentan quienes saben de esto que las audiencias sabatinas aún no son para tirar cohetes pero que al menos algo han subido, y a mí en mi ingenuidad me gustaría pensar que, además de buenos horarios y mejores atenciones, este Equipo Fantasía también haya tenido algo que ver.

Y no era tan difícil, bastaba con acabar con los cambios, con aquel baile semanal, crear un grupo fijo con el que pudiéramos identificar a la ACB, con el que la ACB también pudiera identificarse. Al menos eso ya se ha conseguido, pero no quisiera yo que esto sonara sólo como un canto de alabanza (aunque lo parezca) porque aún queda mucho por conseguir. En términos de realización, de respeto por el juego (por su duración, por sus tiempos), de promoción, de entusiasmo por su propio producto, probablemente aún quede mucho por hacer; pero no por ello dejemos de valorar lo poco o mucho que ya se ha hecho.

Empezábamos diciendo que a menudo sólo nos acordamos de las cosas cuando nos faltan, que sólo las valoramos cuando las echamos de menos. No sabemos qué ocurrirá con la ACB dentro de unos meses, quizás aún siga en este mismo sitio, quizás se haya ido a parar a otra casa televisiva y quién sabe si entonces no estaremos dando palmas con las orejas porque al fin habremos conseguido la promoción y el tratamiento y el respeto que nuestro deporte merece. Pero quién sabe también si no correremos el riesgo de que ya nadie vuelva a contárnoslo igual, de que ya nadie se entusiasme como Arsenio ni lo analice como Chichi, de que ya no tengamos las chorradas de Romay ni los oportunos apuntes de Fe o Virtudes; de que al final acabemos echando terriblemente de menos a nuestro Equipo Fantasía.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

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(publicado el 21 de febrero de 2008)

 

Aquellos telespectadores que el pasado domingo, a la hora del vermú y/o la comida, tuvieran la feliz idea de sintonizar La2, probablemente pudieron disfrutar de medio partido de baloncesto realmente magnífico; es decir, de la mitad de la estupenda final de la Copa de la Reina, Ciudad Ros Casares de Valencia versus San José de León. Mientras que aquellos otros telespectadores que, como yo, llegamos tarde, los que sólo pudimos incorporarnos en el descanso, nos conformamos con disfrutar de la mitad de la mitad, o sea de lo que viene siendo algo así como una cuarta parte del partido.

¿Y la otra mitad? (o bien, en el supuesto de los que llegamos en el descanso, ¿y la otra cuarta parte?) Pues debió estar bien también (valga la redundancia), pero no podemos saberlo. De hecho sólo lo sabrán con certeza aquellos seres humanos presentes en el San Pablo sevillano. El resto, el común de los mortales que lo seguimos por televisión, no tuvimos ocasión de verlo. Pero no suframos por ello porque, a cambio, la otra mitad la vimos por partida doble, de hecho algunos pasajes los vimos hasta tres o cuatro veces incluso.

O dicho de otra manera…

Señor realizador, permítame que se lo sugiera una vez más: una canasta no es un gol. Tal vez debería serlo, tal vez habría que adaptar las reglas de este deporte a las del fútbol para que de esta manera se adaptaran también a los hábitos televisivos, pero por el momento no lo es. Por cada gol en un partido de fútbol suceden más/menos cuarenta o cincuenta canastas en uno de baloncesto, no todas necesariamente tan extraordinarias como para que merezcan ser inevitablemente repetidas.

Una canasta es algo tan normal que sus autores generalmente no sienten la necesidad de abrazarse ni de revolcarse de placer sobre el parquet, sino que más bien se aplican en volver raudos hacia su campo, no vaya a ser que les pille en bragas el consiguiente ataque rival. Razón por la cual el juego se reanuda de inmediato, sin que aquí se disponga de ese espacio muerto para dar repetición tras repetición entre revolcón y revolcón.

Pero no desespere, porque precisamente el baloncesto dispone de numerosos tiempos muertos (entre una falta y su posterior puesta en juego, entre esa misma falta y sus consiguientes tiros libres; o bien los así denominados, los tiempos muertos propiamente dichos) durante los cuales ofrecer dichas repeticiones en lugar de los insípidos planos generales habituales, sin que de esta manera el juego en vivo tenga que resentirse por ello.

Sí, ya sé que a usted le parecerá enfermizo (y probablemente lo sea) que prefiramos ver todas las jugadas de un partido, sin excepción, en lugar de disfrutar de todas esos planos de elevado contenido estético que nos permiten contemplar a cámara lenta, una y otra vez, el vuelo del balón en sus movimientos de rotación y traslación desde la mano hacia la canasta, pero es que ya ve usted, los aficionados al baloncesto somos así de raros, qué quiere usted que le diga.

Y en todo caso, si todo esto le causa algún problema (o algún trauma), le ruego que se ponga en contacto con su amable colega realizador de los partidos de ACB: a él también le costó al principio pero poco a poco fue pasando por el aro (nunca mejor dicho), de tal manera que hoy ya cada vez son menos (aunque aún alguna hay) las jugadas que nos perdemos, ya es frecuente que las repeticiones vayan donde no interrumpen el juego, donde a nosotros nos gusta que vayan.

Y sí, ya lo sé, soy consciente de que le pido demasiado, sé que le estoy demandando un gran esfuerzo así que reciba, de antemano, mis más efusivas gracias, en mi nombre y en el de todos los aficionados a este deporte, por entregarse a tan noble aprendizaje, por sacrificar sus sagrados principios televisivos, por adaptarse a nuestros fútiles y caprichosos deseos con todo su enorme empeño y dedicación.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en medios, preHistoria

la vida es sueño   1 comment

(publicado el 15 de febrero de 2008)

Aún hoy, tanto tiempo después, tantos éxitos a sus espaldas, encontramos gente incapaz de llamarle por su nombre. Aún hoy encontramos noticias (y no una ni dos ni tres) que se refieren a él como Juan Carlos Calderón, cual si del autor del Eres Tú se tratara; o que le llaman Pedro Calderón, cual si del De La Barca se tratara; y no descarten que cualquier día me le nombren Gabriel Humberto (nada menos) cual si de un ex futbolista se tratara, o incluso Ramón como si fuera un presidente blanco cualquiera…

Me le pueden llamar como quieran pero él es José Manuel Calderón. A día de hoy el quinto jugador de la NBA en la clasificación de asistencias (y aún más arriba estaría de haber sido titular desde el principio), sólo por detrás de cuatro fenómenos de la naturaleza como Steve Nash, Chris Paul, Jason Kidd y Deron Williams, nada menos; y a día de hoy el líder indiscutible de una clasificación que a algunos les produce mucha risa (luego veremos a quién), mientras otros la consideran el principal baremo para evaluar el puesto de base: el ratio asistencias/pérdidas.

Y esto es así desde que se lesionó T.J. Ford, e incluso ya era así desde antes: lógicamente sus asistencias no eran tantas, más que nada porque sus minutos eran veinte y no cuarenta, pero su número de pases de canasta por cada pérdida ya estaba disparado, ya por aquel entonces era el más alto de la Liga. Y aquí nos congratulábamos por ello, y bien orgullosos que nos sentíamos de sus éxitos y sus triunfos, y echábamos de menos que tuviera más minutos pero al mismo tiempo lo entendíamos (casi todos, pese al furibundo chauvinismo de algún medio) dado el alto nivel de su compañero, y cuando éste se lesionó lo sentimos pero al mismo tiempo gozamos con el increíble ascenso de nuestro Calde a la superélite de los bases de la Liga…

Pero lo que nunca se nos ocurrió, ni en el mejor de nuestros sueños, fue que pudiese ser all star. Nunca, hasta que a un prestigiosísimo columnista de la ESPN le dio por proponerlo como tercer base de la Conferencia Este (tras Kidd y Billups), en atención a su sobresaliente rendimiento… Claro está, aquí, de la mano de nuestros entusiastas medios de comunicación, rápidamente nos apresuramos a comprar la idea. Pasamos de ni imaginar siquiera que pudiese estar en Nueva Orleáns, a afirmar categóricamente que tenía que estar en Nueva Orleáns, sí o sí, acaso cabía otra posibilidad…

Y con tal idea me le calentaron la cabeza, y empezaron a preguntarle, y él, pues a ver qué va a contestar, pues que ir al all star sería un sueño… Pero ya nos lo dijo hace varios siglos (y en otro contexto) uno de sus homónimos, uno de aquellos con cuyo nombre le confunden, nada menos que Don Pedro, el De La Barca, cuando afirmó categóricamente que toda la vida es sueño… y los sueños, sueños son.

Sabido es que José Manuel Calderón no será all star. Aquella propuesta del avezado periodista de ESPN, a la que gustosamente se sumó un buen puñado de especialistas de por allí (y todos y cada uno de los de aquí), no prosperó, tal vez nunca existió la más mínima posibilidad de que prosperara, tal vez Doc Rivers y sus colegas jamás manejaron su nombre al elaborar su lista de suplentes. O quizá sí, no lo sabemos pero en cualquier caso tengámoslo claro, una vez más: los sueños, sueños son.

¿Y por qué? Pues porque la competencia es altísima, porque el nivel de Calde es extraordinario pero aún siéndolo no lo es más que el de otros, de los que fueron elegidos e incluso de alguno que quedó fuera… Y porque tal vez ésta no es su guerra, acaso ésta no sea su fiesta.

Me explico… O aún mejor, en vez de explicarlo yo dejaré que lo haga un apreciado y afamado colega. Colega de Calderón en lo profesional, colega mío en este arduo vicio de juntar letras en un blog (si bien sospecho que en su caso no lo hará por mero amor al arte). Un tipo que quizá les resultará familiar, llamado Gilbert Arenas y apodadoAgente Zero, que hace unos días vino a decir textualmente esto que sigue:

On the East side, I don’t know if there were any big snubs. I mean, some people wanted Jose Calderon. Jose Calderon? Who? Come on man, this is All-Star, people. When I’ve seen some of the names that are being thrown around on the ticker as snubs, it’s killing me. I understand Calderon has the best assist-turnover ratio in the league, but you know what’s funny? All back-up point guards have the best assist-turnover ratios. Screw it, Kevin Ollie should be an All-Star then! For like five or six years, Ollie was No. 1 in assist-turnover ratio! 

An All-Star is an All-Star! He’s playing at a high level. That means, if you take him off the team, that team should fall down if he’s that one guy. An All-Star means that he is dominating the game of basketball. It’s not even about numbers necessarily, it’s about dominating.

I could probably say that Richard Jefferson got snubbed maybe Josh Smith too. His 18 points, 10 rebounds and three blocks puts him at No. 14. Richard Jefferson is No. 13. Turkoglu is No. 15. But, El Calderon? Come on.

I’ve been loving the way he’s been playing for the last two years. When he first came into the league he was a little timid and scared to shoot the ball, but he’s taking over that team. But All-Star? He’s about 20 years away from being an All-Star.

This is the difference between Antawn and Caron stepping up with me out and Calderon stepping up with T.J. Ford out: Antawn is second in the league in double-doubles and there’s only five players in the league averaging 20 and 10 – he’s one of them. There’s Dwight Howard, Al Jefferson, Carlos Boozer, Chris Bosh and Antawn. Four of those five are All-Stars and their teams are winning. Caron is playing at a high level. He’s taking over the game when he’s been playing – All-Star. Calderon is managing a team. If he was up for Rookie All-Star, Sophomore All-Star … BOOM … he’d get in. He might even be MVP! But for the big show? The big game? No.

Fin de la cita. Y ahora procedamos a la traducción, de manera muy, muy libre: un all star es para gente como yo, tipos que se tiran cuarenta tiros por partido así metan treinta o diez, tipos que dominan el juego por sí mismos sin incurrir en la vulgaridad de preocuparse por su equipo, que al fin y al cabo aquí somos cinco así que yo voy a lo mío que para eso soy la estrella, del trabajo sucio que se ocupen los demás; un all star es eso, para tipos mediáticos que pegan brincos y hacen mates y no se la pasan al compañero ni por equivocación, qué clase de vulgaridad es esa de dársela a otro si te la puedes tirar tú, hace falta ser simple para hacer algo así; un all star es para tipos de mi estilo, tíos que hacemos ruido, que proporcionamos titulares, que no nos callamos ni debajo del agua, no para un base que encima es un soso, que nunca se queja ni habla mal de nadie y cuyo único mérito es no perder balones, ya ves tú, como si eso le preocupara a alguien, como si las pérdidas de balón tuviesen la menor importancia en esta Liga…

Vale. Sus razones tendrá (en su original, por supuesto, no en mitraducción), yo no se las discuto. Pero hace trampas. Le quedan bien, todo muy simpático, la gente le ríe las gracias pero sin darse cuenta de que alguna de dichas gracias no se ajusta a la realidad. O se ajusta sólo a medias, lo que (como suele decirse de las verdades a medias) es aún peor que si no se ajustara en absoluto.

Lo de Kevin Ollie, por ejemplo: vale, puede ser que Ollie haya sido cinco o seis años líder del ratio asistencias/pérdidas, será así, yo no se lo discuto, no tengo el dato ni tiempo ni paciencia para buscarlo. Pero, más allá de los datos, la mera comparación Ollie/Calderón resulta ofensiva para el sentido común. Kevin Ollie, hasta donde yo alcanzo a recordar, fue un temporero que jugó (y a veces aún juega) en como una docena de equipos a lo largo de su carrera desempeñando siempre papeles meramente secundarios, de pura intendencia. Tal vez fuera muchas veces líder de esta clasificación, insisto que no seré yo quien lo discuta, no pretenderé saber yo de NBA más que mi admirado colega, faltaría más. Pero aunque así fuera: ¿es lo mismo ser líder del ratio asistencias/pérdidas jugando 15 minutos por partido que 35? ¿es lo mismo promediar (pongamos) 3 asistencias y 0,5 pérdidas que promediar 9 asistencias y 1,5 pérdidas?

Puestos a hacer odiosas comparaciones, hagámoslas con otro base que tampoco es que se pareciera a Calderón (excepto, si acaso, en la infravaloración que padeció durante buena parte de su carrera): Tyrone Bogues, aquel a quien apodaron Muggsy Bogues, el jugador adulto más bajito que jamás hayamos conocido y (probablemente) jamás conoceremos, aquel que invadió el espacio vital de Drazen Petrovic durante nuestro Mundobasket 86, aquel que luego pasó a formar pareja exótica con Manute Bol en Washington (más de 70 centímetros les separaban), aquel que luego estuvo años y años dirigiendo a los (entonces) Charlotte Hornets. Bogues fue casi siempre titular (y cuando no lo fue, siempre acabó jugando más minutos que el que lo era), jugó más de treinta minutos y dio casi diez asistencias por noche, lideró durante varios años este dichoso ratio que tanto nos ocupa… y no, no fue all star (al menos hasta donde yo alcanzo a recordar) pero no porque no lo mereciera; quizás porque alguien decidió que su anotación no era la suficiente, quizás porque su estatura provocó que nunca le tomaran demasiado en serio, quizás porque siempre le tomaron más como la mascota de la Liga que como el pedazo de jugador hecho y derecho que en realidad fue.

Caso, éste sí, parecido al de Calde… pero con un matiz aún más favorable al de Villanueva de la Serena: éste, el nuestro, sí anota consistentemente, sí supera cada noche los diez puntos, a menudo los veinte pero no de cualquier manera, no tirándose los cordones de las zapatillas al estilo de nuestro apreciado y distinguido colega, no: más bien exactamente al contrario.

Hace unos años que escuché por primera vez hablar del club 170, una especie de baremo que algún columnista se inventó para medir la excelencia de los tiradores. Pertenecerían a tan selecto club aquellos jugadores capaces de promediar un porcentaje superior al 50 por ciento en tiros de campo, al 40 por ciento en triples y al 80 por ciento en tiros libres (y 50+40+80=170, de ahí su nombre). A menudo los miembros de dicho club se pueden contar con los dedos de una sola mano, de hecho recuerdo que la primera vez que lo escuché su único miembro era Jeff Hornacek, asesino silencioso por aquel entonces en las filas de los Jazz.

No sé cuántos jugadores integran esta temporada dicho club (ustedes me perdonarán, no tengo ni tiempo ni paciencia para buscarlo, invito desde aquí a algún sufrido lector a que lo haga)… pero sí que conozco a uno de ellos: pero no de forma ajustada, no por los pelos, no; sobradamente. De hecho hasta podríamos cambiar de nombre al club, subir el nivel, convertirlo en el club 180 (50+40+90) o incluso 185(50+45+90): Calderón, a día de hoy, está por encima del 54 por ciento en tiros de campo, por encima del 47 por ciento en triples, por encima del 92 por ciento en tiros libres. Me encantaría saber cuántos jugadores de aquella Liga pueden comparársele siquiera.

Pero como decía nuestro distinguido y apreciado colega, esto del all star ni siquiera tiene que ver con los números sino con otros muchos factores. Él habla de dominio, de dominación, tradúzcase como se quiera. Para ser all star habría que dominar el juego de tal manera que, si a ese dominador le sacas de su equipo, éste cayera en picado sin su presencia. Eso sí sería dominación, por lo visto.

Hombre, señor Arenas, digo yo que está feo que usted, precisamente usted, establezca este criterio, porque no sé si se ha dado cuenta de que sus Washington Wizards son mejores sin usted de lo que lo eran con usted. Sí, ya lo sé, usted metía cuarenta puntos, hacía jugosas declaraciones al acabar y aún sacaba tiempo para jugar póker on-line en el recreo, me consta, usted es un crack, de eso no me cabe la menor duda. Pero sin usted sus compañeros ganan más partidos que antes, como si les hubiera venido dios a ver, como si esos Butler o Jamison a quienes usted acertadamente menciona se hubieran liberado al recuperar de nuevo el placer de jugar, al sentir de nuevo el tacto del balón en sus manos. ¿Cómo dice? ¿Que lo que importa no es que el equipo gane partidos sino que la estrella meta puntos? Ay, perdone, se me había olvidado…

Pero otra vez hace usted trampas, admirado amigo Arenas. Vamos a ver, ¿está usted queriendo decir que si sacáramos a Calderón de los Raptors éstos no se resentirían, que seguirían su buena marcha como si tal cosa? Desengáñese. Si sacáramos a Calde estando Ford al cien por cien, su equipo lo acusaría pero tal vez saldría adelante. Pero si nos lleváramos a Calde de Toronto con Ford en su renqueante estado actual, su equipo tendría muy serias dificultades para sobrevivir. Y no digamos ya si Calde hubiera desaparecido de Toronto durante el tiempo que Ford estuvo lesionado, aquellos meses en que Mitchell no le podía dejar ni tres minutos en el banquillo sin que todo se colapsara al ¿mando? de un escolta chupón como Dixon o de un prejubilado como Darrick Martín. Amigo Arenas, esto, y no otras cosas, sí que es dominación.

O si lo prefiere, llamémoslo de otra manera: liderazgo, por ejemplo. Tal vez al mercado le interese creer que el líder de estos Raptors es Bosh por la sencilla razón de que es la estrella y el que mejores números hace y el que más cobra y demás zarandajas… Y sin embargo, nos basta una mera observación de este equipo para darnos cuenta de la verdadera realidad: Calderón, el chico sencillo, el que jamás pega una voz ni dice una palabra más alta que otra, es que les reúne, el que forma el corrillo para levantarles el ánimo o corregir cualquier cosa, el que habla con unos y con otros juntos o por separado (y llama la atención ver con qué atención le escuchan). Es, como buen base, la prolongación del entrenador en la cancha pero es también mucho más que eso: un líder natural, de esos que no necesitan imponerse, de esos cuyo ascendiente sale solo, cae por su propio peso.

En cualquier caso, no me vayan a pensar que la estimable opinión de nuestro distinguido colega es mayoritaria en aquellos pagos. Ya dijimos al principio que unos cuantos se apuntaron al carro delCalderón all star a partir de aquel primer columnista de ESPN, y de la misma manera son unos cuantos también los que ahora han discrepado de Arenas; no traeré aquí sus textos para no alargar (aún más) este artículo y para no someterles de nuevo a la lectura de otro tocho en inglés, que con una dosis ya han tenido bastante por esta vez.

Pero sí comentaré algo a lo que ya se refirió Antonio Rodríguez uno de estos pasados jueves, y que tiene su origen en un tipo llamado Carlos Morales: puertorriqueño, ex entrenador y a día de hoy prestigiosísimo comentarista de NBA en castellano. El susodicho Morales estableció el que para él sería el quinteto de jugadores más infravalorados de la Liga… y sí, efectivamente, en el número 1, en el puesto de base de dicho quinteto, figura por méritos propios nuestro Jose Calderón. Pero para entender mejor de qué estamos hablando mencionaré también a los otros cuatro integrantes de dicho quinteto, a saber: Manu Ginóbili, Stephen Jackson, Shawn Marion y Marcus Camby. Es decir, no nos habla de jugadores semianónimos que deberían tener más reconocimiento sino de otra clase de infravaloración, completamente diferente: jugadores que ya tienen ese reconocimiento, que ya llevan el cartel de estrellas pero cuya consideración, en su opinión, debería ser aún más alta, hasta el nivel de megaestrellas incluso. Ése sería el status de Calderón a día de hoy.

Y después de todo este rollo, retomemos el hilo del principio: ¿merecía Calderón ser all star? No seré yo quien diga tal cosa… ni tampoco la contraria. Con toda esta parrafada no he pretendido promover su participación en dicho evento (además, quién soy yo para promover nada), sino únicamente rebatir (o intentarlo, al menos) los argumentos de aquellos colegas (suyos y/o míos) que le niegan el pan y la sal.

Es decir: Calde es mi debilidad, y no es de ahora, no lo es desde que está en la NBA ni desde que gana medallas con la selección ni desde que estuvo en el Tau, lo era ya en sus etapas alicantina y fuenlabreña, cuando aún era suplente pero ya nos contaban que había ojeadores americanos pendientes de sus huesitos y nosotros no nos lo acabábamos de creer. Y, como debilidad mía que es, sería all star siempre, de por vida, en todos y cada uno de los certámenes que tuvieran lugar por los siglos de los siglos (amén).

Pero insisto: tal vez ésta no sea su fiesta. Ésta, como acertadamente la definió una vez Andrés Montes, es la feria de las vanidades; un certamen para que aquellos tipos con egos desmedidos puedan por una vez al año desplegar su inmenso egocentrismo sin que nadie ose criticarles por ello; un evento para tipos como Arenas (si estuviera sano, o si quisiese estarlo), como tantos otros; no para aquellos que simplemente intentan (y a menudo consiguen) jugar al baloncesto poniendo siempre el bien de su equipo por encima del suyo propio, valorando más sus victorias que sus números, priorizando sus títulos por encima de sus estadísticas. Y todo ello sin ruido (pero con muchas nueces), sin que apenas se note, con tal sencillez y humildad como para que aún hoy queden algunos incapaces de aprenderse su nombre de pila.

O dicho de otra manera, quizás con menos coherencia, quizás con más chulería: Calderón no es all star. Ni lo es ni tal vez lo será nunca, así que pasen veinte años como dice Arenas. Ni lo es ni puñetera falta que le hace serlo. Él es demasiado bueno como para eso.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

amor   Leave a comment

(publicado el 15 de febrero de 2008)

 

Sabido es que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y probablemente no exista mejor día para confirmar esa sentencia que un 14 de febrero.

Un 14 de febrero en las gradas de Vistalegre, disfrutando de baloncesto en vivo (que ya tocaba), huyendo de los comentaristas de Telemadrid (que ya tocaba). Detrás de mí se sienta una pareja, chico y chica: él, discreto y silencioso; ella… ella ha decidido desatarse, dar rienda suelta a su pasión, entregarse en cuerpo y alma (más en alma que en cuerpo, en este caso) a sus nada ocultos deseos; tal vez ni siquera sea cosa de la fecha, tal vez sea siempre así, así sea en las gradas del pabellón o ante la pantalla de su televisor; quizás cada vez que se siente a ver un partido del Madrid haga lo mismo, proclamar su amor eterno por el chico de sus sueños… El chico de sus sueños es Tunche, su Tunche. Tunche, evidentemente, es Kerem Tunçeri.

Pero ojo, que no estamos ante una pasión cualquiera: Tunche es el bueno, el que tiene que jugar todos los minutos y tirarse todos los balones; y los malos, sus enemigos, no son los del Zalgiris, no, no, qué va, en absoluto: son sus compañeros, esos que se creen con derecho a jugar también al baloncesto, a tirarse sus tiritos de vez en cuando. Para todos ellos mi espectadora de atrás reserva un insulto que repetirá unas 718.514 veces a lo largo del partido: ¡¡¡inúúúútiiiil!!!

Inútiles son todos los demás: los que no le pasan el balón (¡¡¡pero dásela a mi Tunche, si está solo… inútil!!!, los que se la tiran (así anoten o no), los que la pierden, todos, absolutamente todos, sin excepción (sólo en algunas raras ocasiones muestra hacia Felipe Reyes una ligerísima condescendencia).

Pero en esto de la inutilidad también parece haber grados, que al fin y al cabo tan intensa pasión siempre implica enemigos, seres abyectos que se interponen en el camino de su amor: así que esos ya no serán inútiles normales sino integrales, supremos, aquellos que desde su punto de vista ocuparían la cima de la inutilidad. El peor de todos, el más aborrecido, por supuesto, aquél que le roba los minutos: Raül López. Es tal su odio hacia Raül que en un momento dado se pone a dar saltos de alegría porque ve a Llull en la banda, preparado para saltar a la cancha… para pocos segundos después caer en el ataque de nervios y en la desesperación más absoluta al descubrir que no es Raül el que se va sino (creo recordar) Charles Smith. En nada afectaba ello a su Tunche pero ahora eso daba igual, esta vez sólo se trataba de ver humillado al Raül.

Con lo que fácilmente se comprenderá que el otro archienemigo, el otro ultrainútil resulta ser Joan Plaza, por supuesto, vaya inútil, vaya mierda de entrenador, pero mírale, si es que no tiene ni puta idea, pero mete a mi Tunche yaaaaa, pero míraleeee, pero cómo puede estar ahí ese tío, ¡¡¡¡¡INÚÚÚÚTIIIIL!!!!!

Así que hacia el final del tercer cuarto vuelve su Tunche a la cancha y grita ahí está, por fin, el que nos va a salvar el partido, y nada más salir pierde un balón y ella se calla pero pocos minutos después mete un triple, y luego otro y entonces es el paroxismo, el éxtasis, ¡¡¡¡¡TOMAAAAAAA!!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡TOOOOOOOMAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!

Y todo ello, lo de antes y lo de después, a grito pelado, con una voz de pito que quita el sentido, que provoca que desde diez filas más abajo la gente se dé la vuelta más de una vez, que mire para atrás a ver quién es ésa, a ver qué le pasa a esa chica (por cierto, joven pero ya no adolescente, al menos en apariencia; apariencia física, me refiero), esa chica a la que yo, vaya por dios, tengo justo detrás, exactamente detrás.

Y de nada sirve que su prudente acompañante (cuyo parentesco ignoro, evidentemente) intente de vez en cuando llevarla por otros derroteros, por ejemplo contarle muy someramente quién es, qué significó para el Madrid y para el baloncesto en general ese tipo inmenso de chaqueta de pana marrón que tenemos ahí, al otro lado del cristal, como a diez metros a nuestra derecha, ese tipo llamado Sabonis por quien en un momento dado nos rompemos las manos a aplaudir pero que a ella le importa una mierda, le importa lo mismo que todos los demás allí presentes que no sean su Tunche del alma.

Y acaba el partido pero para ella empieza otro, probablemente mucho más importante, ese con el que ya ha amenazado durante todo el encuentro al acompañante cuyo fundamental papel en esta historia ahora precisamente descubrimos: él es quien deberá, móvil en ristre, hacer la deseada foto de su chica con su Tunche… Si lo consiguió o no ya no lo sé, ni me importa lo más mínimo. Aunque, por el bien del chico, espero que lo lograra… y dada su desmedida pasión me cuesta mucho trabajo imaginar que no lo hiciera. Hay que ver, qué bonito es el amor…

[A todo esto, vimos un Madrid agridulce: dulce porque ganó, agrio porque sólo sacó tres puntos de diferencia, porque se complicó finalmente la vida hasta extremos insospechados cuando se suponía que este sería el partido más cómodo (o el menos incómodo) de los que tendrá en su grupo; porque transmite una intensa sensación de equipo cansado, achacoso, lleno de averías, que echa de menos a Papadopoulos mucho más de lo que siempre pensaron todos aquellos que tanto se quejaban de lo poco que aportaba; porque lo de la Final Four, aquí al ladito de casa, parece un poco más difícil cada día que pasa (y ustedes perdonen el pareado, que me ha salido improvisado)]

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

My Way   2 comments

(publicado el 7 de febrero de 2008)

 

Hay personas que explican casi por sí solas nuestro deporte, seres sin cuya existencia no se podría entender la historia de este juego durante los últimos cuarenta años. De uno de ellos, Moncho Monsalve, tocó hablar hace unos días con ocasión de una feliz noticia. De otro toca hablar hoy, pero con el pretexto de algo mucho menos feliz.

Hablemos, pues, del sujeto más antipático, rudo y desagradable del que jamás hayamos tenido noticia sobre una cancha; pero también de uno de los mejores entrenadores que jamás hayamos conocido, de uno de esos tipos acerca de los cuales cabría decir con propiedad que les cabe todo el baloncesto en la cabeza. Hablemos, cómo no, de Bobby Knight, de aquél que un día fue legendario técnico de Indiana y ahora venía siéndolo de Texas Tech (no de Georgia Tech, como hace algunas noches se empeño en repetir hasta la saciedad el plusero Ramón Fernández) hasta que, fiel a su estilo abrupto, de repente decidió bajarse del tren en marcha, sin dar tiempo a que termine su recorrido, sin esperar siquiera hasta la próxima estación.

Su nombre nos trae automáticamente a la memoria tantas crónicas de tantos roces con propios y extraños, con amigos y enemigos, con jugadores suyos y ajenos, con entrenadores y árbitros sin fin, con incontables periodistas, con aficionados de aquí y de allá, con gente corriente y hasta con las sacrosantas fuerzas del orden público. Tantas historias que inevitablemente se nos vienen a la cabeza, aquella silla lanzada a la pista, aquel jugador suyo con la mano en el cuello, aquellos que dijeron haberle visto poner la mano encima de otros, aquel policía agredido en Puerto Rico, aquel incidente en el campus de Bloomington, último de una larguísima cadena de incidentes que finalmente le costó (o sirvió de pretexto para que le costara) el cargo tras más de treinta años en sus Hoosiers…

Pero su nombre debería hablarnos también de otras cosas. Decirnos, por ejemplo, que se trata del entrenador con más victorias (902 exactamente) de toda la historia del baloncesto universitario; que ganó tres títulos, que en uno de ellos consiguió la gesta (aún no igualada desde entonces, y eso que han pasado ya 32 años) de ganarlo sin perder ni un solo partido, invicto de principio a fin; que aquí siempre recordaremos su inquebrantable amistad con Díaz-Miguel, también su adusto y antipático gesto unido para siempre a su oro olímpico de Los Ángeles; que durante estos cuarenta años formó a infinidad de jóvenes para el baloncesto, y aún a muchos más para la vida; que son legión los colegas que le consideran el mejor, el más grande, la máxima autoridad en la materia; que no son menos los jugadores que le tuvieron como segundo padre, que aún hoy después de tantos años confiesan mantener una estrecha relación con él.

No se me malinterprete, no pretendo salir en su defensa (¿y quién sería yo para defenderle, en todo caso?); sus métodos, su intimidación, su actitud, representan en buena medida todo lo que siempre aborrecí en un entrenador, todo lo que en mi muy modesta opinión no debería ser un técnico: el autoritarismo a ultranza, el militarismo (siempre me le recordó aquel terrible sargento de La Chaqueta Metálica), a menudo rayando en la humillación, imponiéndose sobre la mera autoridad ejercida desde el convencimiento. Así que no, no le defiendo, ni de lejos. Únicamente pretendo dejar claro que Bobby Knight no era, no es sólo eso. Que hay mucho más detrás. Que el ruido no nos impida escuchar la música, que los árboles no nos impidan ver el bosque.

Ahora se va. A su más puro estilo, de golpe, sin aviso previo. Su hijo y ya sucesor en el cargo, Pat Knight (también, según cuentan, víctima de algún maltrato, incluso físico, cuando jugó a sus órdenes en Indiana) comentó que su padre estaba cansado. Simplemente eso. Tal vez llegó el momento en el que ya no podía más, tal vez se le rebosó el vaso. Otros habrían aguantado al menos hasta final de temporada, él no. Él no es así. Él, aún habiendo firmado el pasado verano una extensión de contrato de tres años en Texas Tech, decidió que hasta aquí había llegado, que ya no daba ni quería dar más de sí. Que tal vez sería más honesto dejarlo a medias, si aquello ya había dejado de importarle, que seguir hasta el final haciendo algo que ya no le importaba.

Hace unos meses, ya quedó dicho, se convirtió en el entrenador con más victorias de la historia del baloncesto universitario, superando la marca que hasta entonces ostentaba el no menos mítico (pero sí más pacífico) Dean Smith. Cuentan que en Texas Tech decidieron homenajearle para la ocasión, y que para dicho homenaje él sólo pidió una cosa, la música que debería sonar por megafonía: la mítica canción My Way, en la no menos mítica voz de Frank Sinatra. Como una imagen de marca, como un sello de su personalidad, como una forma de ser. Hay muchas formas de hacer las cosas pero él es así, él las hace así, como él siempre ha creído que debía hacerlas: a su manera.

A sus 67 años (y siempre y cuando no vuelva a entrenar, que cosas más raras se han visto) tiene una nueva vida por delante, una inactividad que apenas conoció durante estas cuatro décadas (excepto en los pocos meses que transcurrieron entre su despido en Indiana y su nombramiento en Texas Tech). Que lo disfrute, que vayamos sabiendo de él, que sus exabruptos aún sigan iluminando de vez en cuando nuestro deporte. Que aún tarde mucho en llegar el día en que debamos recordar su famoso deseo, que le entierren boca abajo para que sus críticos puedan besarle el culo. Bobby Knight, genio y figura hasta (más allá de) la sepultura.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

GasoLaker   Leave a comment

(publicado el 1 de febrero de 2008)

 

El culebroncillo euroliguero (que inicié ayer) deberá esperar, que hoy toca hablar de la noticia del día (del mes, del año…). Un cuarto de hora después de enterarme, allá van mis primeras impresiones a vuelapluma (o a vuelatecla):

– Para Pau es un sueño hecho realidad, aunque se deje a Juanqui y se cruce con Marc en el empeño. Después de seis años de ruinas, de angustias, de derrumbes, de perpetuas reconstrucciones eternamente inacabadas, ahora por fin podrá luchar por algo más que no perder partidos.

– Los Lakers pegan su mayor y mejor pelotazo de los últimos años: consiguen un pedazo de jugador a cambio de nada, o de casi nada: mantienen evidentemente a Kobe pero también a Bynum y a Odom, objetos de deseo para cualquier equipo que se precie. Y también a Walton, y a Farmar, y a todo lo que de interesante tenían y tienen. Y hasta se quitan de encima una rémora como Kwame Brown y un virtual jubilado como Aaron McKie. ¿Quién da más?

– Para Pau la operación es extraordinaria, también, en el plano psicológico: no sólo porque por fin estará en un equipo con aspiraciones, también porque ya no tendrá que llevar el peso de todo un equipo sobre sus espaldas. Se acabó ser el jugador franquicia, cargo que dependiendo de en qué equipo estés puede ser un premio o un castigo; en Memphis era una tortura inmensa, en Los Ángeles… en Los Ángeles está Kobe, que es y será jugador franquicia allá donde esté. Pau pasa a ser, al menos, segunda opción. Habrá quien piense que se trata de un paso atrás en su carrera. Yo más bien lo veo como una liberación.

– ¿Y Memphis qué saca de todo esto? Buena pregunta. Intentando mirarlo desde un plano positivo, diremos que saca futuro. Mucho futuro. Crittenton, tal vez Marc, las elecciones de 2008 y 2010 y un pedazo de hueco en su espacio salariar, un montón de pasta con la que jugar. Pero si nos dejamos de futuro y nos circunscribimos al presente, la operación es sencillamente escalofriante: sueltas a tu (aún) mejor jugador y obtienes a cambio a ¿Kwame Brown, el incomprensible número 1 de aquel draft que tuvo a Pau como número 3, el mayor bluff de la Liga en estos últimos años? Impresionante. Los cuatro gatos que van al FedEx Fórum se van a quedar en dos con este panorama…

– Antes de que alguien se rasgue las vestiduras por el presumible bajón estadístico de Pau, expliquémoslo: la excelencia tiene un precio. El estar en un gran equipo rodeado de buenos jugadores será maravilloso a nivel colectivo, pero provocará una bajada de sus números a nivel individual. Él ya lo tendrá asumido y aceptado, él es un pedazo de profesional que prefiere aspirar al anillo a rellenar su casillero. Sólo esperemos que todo el mundo lo asuma también por aquí, que ningún iluminado, dentro de algunos días o de algunos meses, se llene la boca inventándose un supuesto bajón en su rendimiento.

– Y volviendo a Memphis: ¿no habrían sacado más del tan cacareado intercambio con Chicago? Recordemos los rumores: Gordon (o incluso Deng), Noah o Tyrus Thomas, quién sabe qué más… Tenía mucha mejor pinta, podría haberles proporcionado una base sobre la que empezar a reconstruir. Los designios de los Grizzlies son inescrutables, una vez más.

– La versatilidad del juego interior de los Lakers va a ser incomparable a partir de ahora: para empezar, pareja Odom-Gasol mientras Bynum sigue cojo. Pero ojo cuando éste vuelva porque podemos asistir a un presunto triple poste (sólo presunto, que Lamar al fin y al cabo podría jugar hasta de base) Odom-Gasol-Bynum en las posiciones del tres al cinco, una solución dificilísima de defender y que encuentra muy pocas comparaciones a día de hoy en la Liga. Los que a partir de ahora se atrevan a sobremarcar a Kobe deberán asumirán un gran riesgo… siempre y cuando éste suelte de vez en cuando el balón, claro está.

– La mala noticia para Navarro es que se va su gran amigo (y su mentor, y su traductor); y que se va a inflar a perder partidos (más todavía) a partir de ahora. La buena noticia es que ya sólo le quedan dos meses y medio de suplicio, que en verano tendrá unas cuantas ofertas para escoger y que en un par de semanas se pegará un gozoso fiestón en Nueva Orleans.

– Pau Gasol, chico aplicado al que siempre imaginamos como buen estudiante, ahora va a tener una magnífica ocasión de demostrarlo: en muy pocos días deberá aprenderse de pe a pa el triángulo ofensivo de Tex Winters. Un hincamiento de codos que no le supondrá demasiado esfuerzo porque se verá compensado con la gozada de ser entrenado por Phil Jackson. Con lo que ha tenido que aguantar Pau a orillas del Mississippi, el Gurú puede resultarle casi una revelación…

– No tengo datos, ni tiempo para buscarlos, pero ¿acaso no será ésta la primera vez, en toda la historia de la NBA, en la que un jugador es intercambiado por los derechos sobre su hermano?

– Kobe Bryant no sabe la joya que se lleva. Es decir, no me cabe ninguna duda de que sabe que sus Lakers han fichado por fin a un gran jugador gracias al cual podrá dejar de pedir el traspaso durante unos meses; pero no sé si es consciente de que Pau es, además de un gran jugador, uno de los tipos menos egoístas de la Liga. Y un extraordinario pívot pasador, además. Pau tal vez tendrá menos balones pero Kobe se va a hinchar, entre otras cosas, gracias al chorro de dentro-fueras que le van a llegar a partir de ahora.

– Y cómo no, está también la cuota erótico-festiva del asunto: de jugar rodeado por un puñado de tipos con incomparable cara de aburrimiento, más propensos al bostezo que al aplauso, a pasar por delante mismo de Jack Nicholson cada vez que bajas a defender; de mirar al techo y no ver más que vigas y estructuras metálicas, a mirar al techo y verlo plagado de escarapelas amarillas con los nombres de Magic, Worthy, Kareem, tantos otros; de sentir como ni dios te hace caso a nivel nacional, a redescubrir como cualquier cosa que ocurra en tu vestuario se convierte en meganoticia a escala planetaria; de vestir de blanco o de azul marino desvaído, a vestir de amarillo (también a veces de blanco, por desgracia) o de púrpura; de la nada, al todo.

– La vida te da sorpresas: en los últimos meses, casi años, hemos oído hablar de Gasol a los Bulls, a los Nets, a los Cavs, a los Heat, a los Suns, a los Knicks, a los Celtics, a los Raptors incluso. Nunca, jamás oímos nada serio sobre los Lakers, por más que ahora algunos se apunten al carro del “ya lo adelantó Marca” (¡¡¡en 2004!!!) Sorpresas te da la vida…

– Pertenezco a una generación que descubrió la NBA en los ochenta, que se enamoró de esta Liga a partir de unos tipos que jugaban a algo que pensamos que sería baloncesto, pero que en verdad era showtime. Para todos aquellos que nos medio-hicimos de los Lakers hace ya más de veinte años, la fusión de aquellos colores con el más grande jugador que ha dado nuestro deporte en nuestro país representa una noticia sencillamente extraordinaria. Disfrutémoslo.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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