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(publicado el 30 de enero de 2008)

 

Fernando Romay, en sus comentarios de cada sábado, puede resultar simpático a unos y cargante a otros; pero unos y otros habrán de coincidir en que algunas veces (más o menos veces, según) da en el clavo. El pasado sábado, por ejemplo: entró en cancha por primera vez Grimau y entonces Romay, como quien no quiere la cosa, dejó caer una de sus frases: “es como el airbag; en cuanto se ponen mal las cosas, aparece para salvarte de la catástrofe”.

Francamente no se me ocurre, ni por asomo, una definición mejor. Y este mismo sábado volvió a suceder, como tantas veces este mismo año y el pasado, como en tantas ocasiones a lo largo de su carrera: una vez más Grimau salvó al Barça (y a Ivanovic y a Savic muy especialmente) de la catástrofe; una vez más el actor secundario se comió la pantalla, se devoró a todos sus compañeros de reparto, se convirtió por méritos propios en protagonista principal, en la verdadera estrella, en el centro de toda la función.

No siempre fue así; hubo incluso un tiempo durante el que Grimau sí ejerció de estrella, por más que fuera en algo parecido a esas películas de serie B. Porque a estas alturas ya pocos recuerdan sus comienzos, precisamente en Badalona, formando parte de aquella generación que yo por libre rebauticé como la Quinta de la U por la sencilla (y estúpida) razón de que todos sus apellidos acababan en dicha letra: Grimau, Pacreu, Mumbrú… Y no muchos más recordarán cómo desde allí debió bajar a los (presuntos) infiernos de la LEB para desde allí volver con su Lleida a los cielos de la ACB, y hasta conocer incluso las dulces mieles de la selección…

Se salía, era el hombre de moda, estaba cantado que algún grande llamaría a su puerta. Lo hizo el Barça. Roger Grimau firmó con pleno conocimiento de causa, tal vez sabiendo ya que a partir de entonces su papel sería diferente, que pasaría probablemente de cabeza de ratón cola de león. Con esto contaba, seguramente. Con lo que ya no contaba, ni por asomo, fue con la catarata de lesiones que se le desencadenó después.

Sobrevivir en un grande no es fácil. Lo es aún menos si no eres un megacrack, si la suerte no te acompaña, si parece que te hubiera mirado un tuerto. De repente te ves en todas las quinielas de cesantes y transferibles, de repente notas que sutilmente te van enseñando las puertas de salida. Más de una vez, durante estos últimos veranos, Grimau estuvo más fuera que dentro de Can Barça. Pero se quedó y sobrevivió, mientras vio cómo entraban y salían otros tipos que le triplicaban en fama y le quintuplicaban en sueldo.

Hoy, desde su discreto papel de sexto hombre (o séptimo u octavo, según) encarna mejor que nadie el espíritu de este Barça tan necesitado de él. Cada aparición suya en cancha (en la mejor tradición de aquel Vinnie Johnson legendario, de tantos y tantos microondas que en el mundo han sido) es una inyección de energía, un reconstituyente, una garantía de que las acciones de su equipo recobrarán de repente un sentido y una razón de ser.

Pero no caigamos en la injusticia. Hablar de espíritu presupone entrega y derroche de energías, pero a menudo parece presuponer también limitaciones técnicas, pobreza de facultades, escasez de talento. De cuántos no habremos dicho que son el espíritu del equipo simplemente porque entran y lo dan todo, porque se encargan del trabajo sucio, porque jamás dan un balón por perdido, como dando a entender que ésa es la única llave de su carrera, que si hacen eso es porque no saben hacer ninguna otra cosa…

No en este caso. Él es todo eso, sí, pero él es además calidad, criterio, sensatez, equilibrio. Es el derroche de carácter adobado con la dosis justa y necesaria de talento, es la unión perfecta entre el corazón y la razón. Es ya el ídolo del Palau, el que sienten como suyo, el que ha conquistado sus corazones, el clavo ardiendo al que agarrarse en estos tiempos inciertos. Y ello sin hacer más ruido que el estrictamente necesario, sin quejarse nunca de nada ni pedir nada a cambio, sin caprichos de figura, con total discreción. No es un tipo raro, no llegó de lejos, no se llama Grimauskas, no; él es, sencillamente, Roger Grimau: el Airbag.

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Publicado octubre 20, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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