amor   Leave a comment

(publicado el 15 de febrero de 2008)

 

Sabido es que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y probablemente no exista mejor día para confirmar esa sentencia que un 14 de febrero.

Un 14 de febrero en las gradas de Vistalegre, disfrutando de baloncesto en vivo (que ya tocaba), huyendo de los comentaristas de Telemadrid (que ya tocaba). Detrás de mí se sienta una pareja, chico y chica: él, discreto y silencioso; ella… ella ha decidido desatarse, dar rienda suelta a su pasión, entregarse en cuerpo y alma (más en alma que en cuerpo, en este caso) a sus nada ocultos deseos; tal vez ni siquera sea cosa de la fecha, tal vez sea siempre así, así sea en las gradas del pabellón o ante la pantalla de su televisor; quizás cada vez que se siente a ver un partido del Madrid haga lo mismo, proclamar su amor eterno por el chico de sus sueños… El chico de sus sueños es Tunche, su Tunche. Tunche, evidentemente, es Kerem Tunçeri.

Pero ojo, que no estamos ante una pasión cualquiera: Tunche es el bueno, el que tiene que jugar todos los minutos y tirarse todos los balones; y los malos, sus enemigos, no son los del Zalgiris, no, no, qué va, en absoluto: son sus compañeros, esos que se creen con derecho a jugar también al baloncesto, a tirarse sus tiritos de vez en cuando. Para todos ellos mi espectadora de atrás reserva un insulto que repetirá unas 718.514 veces a lo largo del partido: ¡¡¡inúúúútiiiil!!!

Inútiles son todos los demás: los que no le pasan el balón (¡¡¡pero dásela a mi Tunche, si está solo… inútil!!!, los que se la tiran (así anoten o no), los que la pierden, todos, absolutamente todos, sin excepción (sólo en algunas raras ocasiones muestra hacia Felipe Reyes una ligerísima condescendencia).

Pero en esto de la inutilidad también parece haber grados, que al fin y al cabo tan intensa pasión siempre implica enemigos, seres abyectos que se interponen en el camino de su amor: así que esos ya no serán inútiles normales sino integrales, supremos, aquellos que desde su punto de vista ocuparían la cima de la inutilidad. El peor de todos, el más aborrecido, por supuesto, aquél que le roba los minutos: Raül López. Es tal su odio hacia Raül que en un momento dado se pone a dar saltos de alegría porque ve a Llull en la banda, preparado para saltar a la cancha… para pocos segundos después caer en el ataque de nervios y en la desesperación más absoluta al descubrir que no es Raül el que se va sino (creo recordar) Charles Smith. En nada afectaba ello a su Tunche pero ahora eso daba igual, esta vez sólo se trataba de ver humillado al Raül.

Con lo que fácilmente se comprenderá que el otro archienemigo, el otro ultrainútil resulta ser Joan Plaza, por supuesto, vaya inútil, vaya mierda de entrenador, pero mírale, si es que no tiene ni puta idea, pero mete a mi Tunche yaaaaa, pero míraleeee, pero cómo puede estar ahí ese tío, ¡¡¡¡¡INÚÚÚÚTIIIIL!!!!!

Así que hacia el final del tercer cuarto vuelve su Tunche a la cancha y grita ahí está, por fin, el que nos va a salvar el partido, y nada más salir pierde un balón y ella se calla pero pocos minutos después mete un triple, y luego otro y entonces es el paroxismo, el éxtasis, ¡¡¡¡¡TOMAAAAAAA!!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡TOOOOOOOMAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!

Y todo ello, lo de antes y lo de después, a grito pelado, con una voz de pito que quita el sentido, que provoca que desde diez filas más abajo la gente se dé la vuelta más de una vez, que mire para atrás a ver quién es ésa, a ver qué le pasa a esa chica (por cierto, joven pero ya no adolescente, al menos en apariencia; apariencia física, me refiero), esa chica a la que yo, vaya por dios, tengo justo detrás, exactamente detrás.

Y de nada sirve que su prudente acompañante (cuyo parentesco ignoro, evidentemente) intente de vez en cuando llevarla por otros derroteros, por ejemplo contarle muy someramente quién es, qué significó para el Madrid y para el baloncesto en general ese tipo inmenso de chaqueta de pana marrón que tenemos ahí, al otro lado del cristal, como a diez metros a nuestra derecha, ese tipo llamado Sabonis por quien en un momento dado nos rompemos las manos a aplaudir pero que a ella le importa una mierda, le importa lo mismo que todos los demás allí presentes que no sean su Tunche del alma.

Y acaba el partido pero para ella empieza otro, probablemente mucho más importante, ese con el que ya ha amenazado durante todo el encuentro al acompañante cuyo fundamental papel en esta historia ahora precisamente descubrimos: él es quien deberá, móvil en ristre, hacer la deseada foto de su chica con su Tunche… Si lo consiguió o no ya no lo sé, ni me importa lo más mínimo. Aunque, por el bien del chico, espero que lo lograra… y dada su desmedida pasión me cuesta mucho trabajo imaginar que no lo hiciera. Hay que ver, qué bonito es el amor…

[A todo esto, vimos un Madrid agridulce: dulce porque ganó, agrio porque sólo sacó tres puntos de diferencia, porque se complicó finalmente la vida hasta extremos insospechados cuando se suponía que este sería el partido más cómodo (o el menos incómodo) de los que tendrá en su grupo; porque transmite una intensa sensación de equipo cansado, achacoso, lleno de averías, que echa de menos a Papadopoulos mucho más de lo que siempre pensaron todos aquellos que tanto se quejaban de lo poco que aportaba; porque lo de la Final Four, aquí al ladito de casa, parece un poco más difícil cada día que pasa (y ustedes perdonen el pareado, que me ha salido improvisado)]

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Publicado octubre 20, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

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