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(publicado el 28 de enero de 2008)

A veces tengo la sensación de llevar toda la vida viendo perder a los Grizzlies…

Empecemos (más o menos) por el principio: hace unos días, Cuatro organizó una votación para que fueran los propios aficionados a la NBA quienes decidieran qué partido querían ver el viernes 25 de enero. Loable empeño, ciertamente, para el que se nos ofrecían tres posibles opciones, las tres con jugadores nuestros implicados: Toronto-Milwaukee, Washington-Memphis o Portland-Houston.

El voto es secreto, faltaría más, pero yo no tengo ningún reparo en confesar el mío: yo voté por el Portland-Houston. ¿Por qué? Pues, entre otras razones, por eliminación: sabido es que en la NBA pueden darse las más insospechadas sorpresas, pero así en principio el Toronto-Milwaukee se me antojaba de pronóstico claro para los Raptors y el Washington-Memphis de pronóstico aún más claro para los Wizards (como así finalmente sucedió en ambos casos). En cambio el Blazers-Rockets me parecía un buen partido, presuntamente equilibrado, entre dos buenos equipos que tampoco solemos ver tan a menudo. Añadiré que mi segunda opción, si hubiese tenido que manifestarla, habría sido Toronto (los Raptors practican un buen baloncesto, ver a nuestro Calde siempre es un verdadero placer, los Bucks están en crisis pero me caen bien), dejando a los Grizzlies como última e indeseada posibilidad.

Pero los designios de la audiencia son inescrutables. La audiencia escogió, por abrumadora mayoría, exactamente lo contrario que yo: ganó claramente Memphis, a distancia prudencial le siguió Toronto y ya lejísimos, en franca minoría, se quedó mi pobre opción de Portland.

Sería inútil buscar explicaciones a tan esclarecedor resultado pero, puestos a buscárselas, tal vez no sería descabellado pensar que el horario de los partidos pudo tener algo que ver. Vale, sí, Toronto y Memphis jugaban a la una de la madrugada mientras que Portland lo hacía a las cuatro… lo cual puede ser significativo para la minoría que lo sigue en directo por Digital + pero no para la mayoría que lo ve por Cuatro, ya que dicho canal convierte el directo de la una en el diferido de las tres, con lo que a la hora de la verdad no había tanta diferencia. Y para la otra mayoría, la de aquellos que lo ven grabado al día siguiente (que suele ser mi caso), la hora de comienzo es absolutamente irrelevante.

¿Pues entonces? Pues entonces la audiencia tendrá sus preferencias, que al parecer no coinciden (ni tienen por qué coincidir) con las mías. Ante lo cual ya sólo me quedaba aceptar disciplinadamente la decisión de la mayoría, asumir las reglas del juego democrático, respetar la soberanía popular y aguantarme con ver el Washington-Memphis, a ver qué tal…

En el pecado llevaron la penitencia: nada más que 30-9 para los Wizards al acabar el primer cuarto, periodo durante el cual los Grizzlies sólo cometieron 8 pérdidas y completaron un magnífico porcentaje de 4 de 18 en tiros de campo. El mejor, como casi siempre, Gasol… pero porque no jugó, porque estaba en el dique seco(manida y espantosa metáfora) aquejado de espalditis aguda. Y aún nos quedaban 36 minutos de no-partido.

Y si no quieres caldo, pues toma dos tazas. Para el día siguiente, sábado, ya no hubo votación, pero eso no significó que no volviéramos a ver a los Grizzlies; esta vez en su casa, en un semivacío (y semi es decir mucho) FedEx Fórum. Partido en la cumbre contra los Clippers, uno de los pocos equipos de esta Liga tan deprimidos como ellos. Memphis, de nuevo sin Gasol (y de paso también sin Conley, y ya para siempre sin Stoudamire); LAC, sin Kaman (y sin Brand y sin Livingston, como durante todo el año): una verdadera fiesta, vamos.

Que culminaría en un último minuto delirante, absolutamente surrealista, en el que las pérdidas de balón se sucederían cual regalos de navidad (un poco pasados de fecha) en uno y en otro bando. Los Grizzlies fieles a su tradición parecían empeñados en perder, pero esta vez se encontraron con la horma (y la hormona) de su zapato, un hueso duro de roer, un equipo tan dispuesto a perder como ellos. Así que prórroga, evidentemente no podía ser de otra manera.

Y en la prórroga, más de lo mismo. Al final uno tenía que ceder y ése fue Memphis, que acabó ganando el partido y perdiendo el juego de los despropósitos. Y es curioso: cualquiera que después viera el cuadro de estadísticas, con su prórroga y con los dos equipos por encima de 120 puntos, pensaría que aquello debió ser un gozo inigualable, una fiesta para los sentidos, uno de esos partidos para grabar en la videoteca durante toda una vida, la caraba. Y sin embargo puedo asegurar que en los últimos tiempos habré asistido a muy poquitos espectáculos tan infumables como éste.

Así que volvamos al comienzo: a veces tengo la sensación de llevar toda la vida viendo perder a los Grizzlies… Y sé que no es real, sé que les habré visto ganar también un buen puñado de veces, sé que hasta vi como alcanzaban los playoffs (pero con ese balance posterior de 0-12, que acabaría pesando más que todo lo visto en temporada regular), sé que es una sensación más psicológica que física, que es como si aquella eterna frase de los primeros tiempos, los Grizzlies de Gasol volvieron a perder esta pasada madrugada en la NBA (probablemente la segunda frase más repetida en la historia de los noticiarios deportivos, tras aquella otra de la mala suerte se ha vuelto a cebar con Carlos Sáinz), se hubiese instalado para siempre en mi memoria… En mi interior Memphis es sinónimo de derrota hasta el punto de que incluso cuando ganan siento que pierden, como el pasado sábado ante los Clippers.

Entiéndaseme; no soy, nunca he sido de esos que desde hace seis años van echando pestes por los foros por el mero hecho de que les televisen, en absoluto. Más bien al contrario, me encanta ver a Gasol y/o Navarro, me permiten tomar partido, me proporcionan un segundo motivo para disfrutar del encuentro. Pero todo tiene un límite, y mucho me temo que el mío esté a punto de ser rebasado. O como dijo aquél, que ya no puedo más, que siempre se repite esta misma historia… O como dijo el otro, que lo malo no es perder sino la cara que se te queda (frase que yo siempre he atribuido a Lolo Sáinz, no sé por qué), si bien los Grizzlies no tienen ese problema: a ellos no se les queda esa cara cuando pierden, ellos la cara de derrota ya la llevan de serie.

Por todo lo cual, considero que es absolutamente urgente que Gasol sea por fin traspasado, solo o (a ser posible) en compañía de Navarro. A donde sea. A Chicago, a Phoenix, a Cleveland, a Atlanta… sí, incluso a los caóticos Knicks de Isiah Destroyer Thomas, que digo yo que llegará el día en que saldrá de esa franquicia (la duda es si quedará algo de franquicia cuando él se vaya). Cualquier sitio, aún hoy en crisis pero con atisbos de resurrección, podrá ser mejor que la eterna mediocridad instalada en Memphis.

Y es urgente por él/ellos, sí; pero también por nosotros. Porque necesitamos esperanzas nuevas, aunque luego se nos frustren. Porque se nos está poniendo la misma cara que a los Grizzlies, de hecho se nos pone cada vez que les vemos aparecer en nuestro televisor. Porque esto nos va a acabar costando una enfermedad, un desequilibrio psicológico, una depresión. Porque Memphis es, con diferencia, la franquicia más triste de la Liga; y son ya demasiados años contagiándonos su tristeza.

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Publicado octubre 20, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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