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(publicado el 21 de febrero de 2008)

 

Aquellos telespectadores que el pasado domingo, a la hora del vermú y/o la comida, tuvieran la feliz idea de sintonizar La2, probablemente pudieron disfrutar de medio partido de baloncesto realmente magnífico; es decir, de la mitad de la estupenda final de la Copa de la Reina, Ciudad Ros Casares de Valencia versus San José de León. Mientras que aquellos otros telespectadores que, como yo, llegamos tarde, los que sólo pudimos incorporarnos en el descanso, nos conformamos con disfrutar de la mitad de la mitad, o sea de lo que viene siendo algo así como una cuarta parte del partido.

¿Y la otra mitad? (o bien, en el supuesto de los que llegamos en el descanso, ¿y la otra cuarta parte?) Pues debió estar bien también (valga la redundancia), pero no podemos saberlo. De hecho sólo lo sabrán con certeza aquellos seres humanos presentes en el San Pablo sevillano. El resto, el común de los mortales que lo seguimos por televisión, no tuvimos ocasión de verlo. Pero no suframos por ello porque, a cambio, la otra mitad la vimos por partida doble, de hecho algunos pasajes los vimos hasta tres o cuatro veces incluso.

O dicho de otra manera…

Señor realizador, permítame que se lo sugiera una vez más: una canasta no es un gol. Tal vez debería serlo, tal vez habría que adaptar las reglas de este deporte a las del fútbol para que de esta manera se adaptaran también a los hábitos televisivos, pero por el momento no lo es. Por cada gol en un partido de fútbol suceden más/menos cuarenta o cincuenta canastas en uno de baloncesto, no todas necesariamente tan extraordinarias como para que merezcan ser inevitablemente repetidas.

Una canasta es algo tan normal que sus autores generalmente no sienten la necesidad de abrazarse ni de revolcarse de placer sobre el parquet, sino que más bien se aplican en volver raudos hacia su campo, no vaya a ser que les pille en bragas el consiguiente ataque rival. Razón por la cual el juego se reanuda de inmediato, sin que aquí se disponga de ese espacio muerto para dar repetición tras repetición entre revolcón y revolcón.

Pero no desespere, porque precisamente el baloncesto dispone de numerosos tiempos muertos (entre una falta y su posterior puesta en juego, entre esa misma falta y sus consiguientes tiros libres; o bien los así denominados, los tiempos muertos propiamente dichos) durante los cuales ofrecer dichas repeticiones en lugar de los insípidos planos generales habituales, sin que de esta manera el juego en vivo tenga que resentirse por ello.

Sí, ya sé que a usted le parecerá enfermizo (y probablemente lo sea) que prefiramos ver todas las jugadas de un partido, sin excepción, en lugar de disfrutar de todas esos planos de elevado contenido estético que nos permiten contemplar a cámara lenta, una y otra vez, el vuelo del balón en sus movimientos de rotación y traslación desde la mano hacia la canasta, pero es que ya ve usted, los aficionados al baloncesto somos así de raros, qué quiere usted que le diga.

Y en todo caso, si todo esto le causa algún problema (o algún trauma), le ruego que se ponga en contacto con su amable colega realizador de los partidos de ACB: a él también le costó al principio pero poco a poco fue pasando por el aro (nunca mejor dicho), de tal manera que hoy ya cada vez son menos (aunque aún alguna hay) las jugadas que nos perdemos, ya es frecuente que las repeticiones vayan donde no interrumpen el juego, donde a nosotros nos gusta que vayan.

Y sí, ya lo sé, soy consciente de que le pido demasiado, sé que le estoy demandando un gran esfuerzo así que reciba, de antemano, mis más efusivas gracias, en mi nombre y en el de todos los aficionados a este deporte, por entregarse a tan noble aprendizaje, por sacrificar sus sagrados principios televisivos, por adaptarse a nuestros fútiles y caprichosos deseos con todo su enorme empeño y dedicación.

Publicado octubre 20, 2012 por zaid en medios, preHistoria

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