My Way   2 comments

(publicado el 7 de febrero de 2008)

 

Hay personas que explican casi por sí solas nuestro deporte, seres sin cuya existencia no se podría entender la historia de este juego durante los últimos cuarenta años. De uno de ellos, Moncho Monsalve, tocó hablar hace unos días con ocasión de una feliz noticia. De otro toca hablar hoy, pero con el pretexto de algo mucho menos feliz.

Hablemos, pues, del sujeto más antipático, rudo y desagradable del que jamás hayamos tenido noticia sobre una cancha; pero también de uno de los mejores entrenadores que jamás hayamos conocido, de uno de esos tipos acerca de los cuales cabría decir con propiedad que les cabe todo el baloncesto en la cabeza. Hablemos, cómo no, de Bobby Knight, de aquél que un día fue legendario técnico de Indiana y ahora venía siéndolo de Texas Tech (no de Georgia Tech, como hace algunas noches se empeño en repetir hasta la saciedad el plusero Ramón Fernández) hasta que, fiel a su estilo abrupto, de repente decidió bajarse del tren en marcha, sin dar tiempo a que termine su recorrido, sin esperar siquiera hasta la próxima estación.

Su nombre nos trae automáticamente a la memoria tantas crónicas de tantos roces con propios y extraños, con amigos y enemigos, con jugadores suyos y ajenos, con entrenadores y árbitros sin fin, con incontables periodistas, con aficionados de aquí y de allá, con gente corriente y hasta con las sacrosantas fuerzas del orden público. Tantas historias que inevitablemente se nos vienen a la cabeza, aquella silla lanzada a la pista, aquel jugador suyo con la mano en el cuello, aquellos que dijeron haberle visto poner la mano encima de otros, aquel policía agredido en Puerto Rico, aquel incidente en el campus de Bloomington, último de una larguísima cadena de incidentes que finalmente le costó (o sirvió de pretexto para que le costara) el cargo tras más de treinta años en sus Hoosiers…

Pero su nombre debería hablarnos también de otras cosas. Decirnos, por ejemplo, que se trata del entrenador con más victorias (902 exactamente) de toda la historia del baloncesto universitario; que ganó tres títulos, que en uno de ellos consiguió la gesta (aún no igualada desde entonces, y eso que han pasado ya 32 años) de ganarlo sin perder ni un solo partido, invicto de principio a fin; que aquí siempre recordaremos su inquebrantable amistad con Díaz-Miguel, también su adusto y antipático gesto unido para siempre a su oro olímpico de Los Ángeles; que durante estos cuarenta años formó a infinidad de jóvenes para el baloncesto, y aún a muchos más para la vida; que son legión los colegas que le consideran el mejor, el más grande, la máxima autoridad en la materia; que no son menos los jugadores que le tuvieron como segundo padre, que aún hoy después de tantos años confiesan mantener una estrecha relación con él.

No se me malinterprete, no pretendo salir en su defensa (¿y quién sería yo para defenderle, en todo caso?); sus métodos, su intimidación, su actitud, representan en buena medida todo lo que siempre aborrecí en un entrenador, todo lo que en mi muy modesta opinión no debería ser un técnico: el autoritarismo a ultranza, el militarismo (siempre me le recordó aquel terrible sargento de La Chaqueta Metálica), a menudo rayando en la humillación, imponiéndose sobre la mera autoridad ejercida desde el convencimiento. Así que no, no le defiendo, ni de lejos. Únicamente pretendo dejar claro que Bobby Knight no era, no es sólo eso. Que hay mucho más detrás. Que el ruido no nos impida escuchar la música, que los árboles no nos impidan ver el bosque.

Ahora se va. A su más puro estilo, de golpe, sin aviso previo. Su hijo y ya sucesor en el cargo, Pat Knight (también, según cuentan, víctima de algún maltrato, incluso físico, cuando jugó a sus órdenes en Indiana) comentó que su padre estaba cansado. Simplemente eso. Tal vez llegó el momento en el que ya no podía más, tal vez se le rebosó el vaso. Otros habrían aguantado al menos hasta final de temporada, él no. Él no es así. Él, aún habiendo firmado el pasado verano una extensión de contrato de tres años en Texas Tech, decidió que hasta aquí había llegado, que ya no daba ni quería dar más de sí. Que tal vez sería más honesto dejarlo a medias, si aquello ya había dejado de importarle, que seguir hasta el final haciendo algo que ya no le importaba.

Hace unos meses, ya quedó dicho, se convirtió en el entrenador con más victorias de la historia del baloncesto universitario, superando la marca que hasta entonces ostentaba el no menos mítico (pero sí más pacífico) Dean Smith. Cuentan que en Texas Tech decidieron homenajearle para la ocasión, y que para dicho homenaje él sólo pidió una cosa, la música que debería sonar por megafonía: la mítica canción My Way, en la no menos mítica voz de Frank Sinatra. Como una imagen de marca, como un sello de su personalidad, como una forma de ser. Hay muchas formas de hacer las cosas pero él es así, él las hace así, como él siempre ha creído que debía hacerlas: a su manera.

A sus 67 años (y siempre y cuando no vuelva a entrenar, que cosas más raras se han visto) tiene una nueva vida por delante, una inactividad que apenas conoció durante estas cuatro décadas (excepto en los pocos meses que transcurrieron entre su despido en Indiana y su nombramiento en Texas Tech). Que lo disfrute, que vayamos sabiendo de él, que sus exabruptos aún sigan iluminando de vez en cuando nuestro deporte. Que aún tarde mucho en llegar el día en que debamos recordar su famoso deseo, que le entierren boca abajo para que sus críticos puedan besarle el culo. Bobby Knight, genio y figura hasta (más allá de) la sepultura.

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Publicado octubre 20, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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