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la riquirrubina   3 comments

(publicado el 31 de agosto de 2008)

Hace ya unos cuantos años, el cantante dominicano (y gran amante de este deporte, por cierto) Juan Luis Guerra popularizó un tema dedicado a cierta sustancia corporal llamada bilirrubina, nada más y nada menos. Dado que el saber no ocupa lugar permítame que, aunque me consta que usted sabe perfectamente qué es y en qué consiste dicha sustancia, le recuerde someramente que, según la Wikipedia (no se me quejará de labor de investigación), la bilirrubina es un pigmento biliar de color amarillo anaranjado que resulta de la degradación de la hemoglobina; esta biomolécula se forma cuando el eritrocito desaparece del aparato circulatorio por su extrema fragilidad, aproximadamente cuando ha alcanzado la plenitud de su vida; su membrana celular se rompe y la hemoglobina liberada es fagocitada por los macrófagos tisulares del organismo, sobre todo los macrófagos del bazo, hígado y médula ósea (…) Los macrófagos de los tejidos transportan la porfirina de la hemoglobina en bilirrubina que viaja unida a la albúmina sérica (proteína transportadora) por el torrente sanguíneo al hígado, donde se separan y la bilirrubina se secreta por la bilis y se degrada… Todo lo cual está muy bien y es muy instructivo, pero digamos que Juan Luis Guerra le dio un sentido mucho más romántico a la par que lúdico, algo así como que me sube la bilirrubina, cuando te miro y no me miras, y no lo quita la aspirina, no, suero con penicilina, aaaaay, me sube la bilirrubina… (más o menos, que tampoco es que esté yo muy ducho en asuntos salseros).

Vamos, que bilirrubina viene (al menos la primera parte de su nombre) de bilis. Una pena, porque uno podría tener la fantasía de que hubiera sido descubierta en su día por algún investigador llamado precisamente Billy Rubio, de quien habría tomado su denominación… Nada más lejos de la realidad, al parecer.

Pero ustedes, de natural gente amable y comprensiva (cómo no van a ser comprensivos si están leyendo toda esta sarta de tonterías) me permitirán que yo les hable de otra sustancia infinitamente más desconocida que la anterior, una sustancia que no figura en la Wikipedia, que por increíble que parezca si googleamos su nombre aún no encontraremos ni una sola referencia siquiera. Una sustancia que, al contrario de la anterior, sí debe su denominación a la persona que la descubrió y nos la descubre cada día, y que la segrega y la expulsa y contagia con ella a todos los que están a su alrededor. Una sustancia que a partir de ahora llamaremos rickyrrubina, o, si se prefiere para facilitar su lectura en castellano, sencillamenteriquirrubina.

¿Cómo podríamos definir la riquirrubina? Por ejemplo: dícese de la reacción química que experimenta todo jugador, entrenador o mero aficionado al baloncesto justo en el preciso instante en que Ricky Rubio salta a la cancha y comienza a presionar al base del equipo rival. O bien: llámase así igualmente a una sustancia aparentemente imperceptible que segrega el susodicho jugador y que provoca un efecto inmediato sobre propios y extraños, resultando enormemente benéfica en los propios y sumamente perjudicial en los extraños.

Ciertamente dicha sustancia no había sido formulada hasta la fecha, si bien no podremos decir que haya sido descubierta precisamente ahora. De hecho sus primeros síntomas aparecieron en la ciudad de Sevilla durante los primeros meses del año 2004, mientras allí se disputaba una extraña competición infantil denominada Minicopa. Aunque la manifestación definitiva de su existencia se produjo apenas año y medio más tarde, en los comienzos del otoño de 2005, durante la disputa de la Lliga Catalana y de las primeras jornadas de la ACB. Y a partir de aquel momento su expansión resultó ya imparable: en apenas un año se había extendido por todo el país, en apenas dos años había contagiado a todo el continente, en apenas tres ha terminado por epatar a todo el planeta.

Dicha sustancia no ha podido aún ser sintetizada en laboratorio alguno, por lo que resulta particularmente difícil definir sus características. No es fácil decir cómo es, es mucho más sencillo decirqué no es: no es inodora ni incolora ni aún menos insípida, y ello aún a pesar de su aparente imperceptibilidad. No es incolora porque tiene color (obviedad), el cual de otoño a primavera suele ser verde penya, si bien cada verano acostumbra a mutar a rojo selección. No es inodora porque huele (otra obviedad), si bien preguntarse a qué huele sería como preguntarse a qué huelen las nubes (por ejemplo). Y sin embargo podemos conjeturar que muy probablemente huela a sudor, a intensidad, a adrenalina en estado puro (y no me venga usted ahora con que la adrenalina no huele, por favor, permítame la licencia). Y en ningún caso es insípida porque tiene sabor (última obviedad), ese sabor del baloncesto bien jugado atrás y adelante, el de la sensatez unida a la brillantez, el del equilibrio junto a la chispa, el de todo lo que hace bello a este maravilloso deporte.

En cualquier caso hoy sabemos que se trata de una sustancia sujeta a previsibles mutaciones, especialmente en todo lo relativo a su color. Hoy, como quedó dicho, es verde (y negra) durante la mayor parte del año pero parece haber suficientes indicios de que no siempre va a ser así. En apenas un año, tal vez dos, la riquirrubina previsiblemente cruzará el charco y se extenderá por esos Estados Unidos de América que al parecer ya la esperan con los brazos abiertos. Y para saberlo no hace falta ser científico, no es necesario hacer prospección alguna, basta con acudir a las fuentes del saber, que en este caso serían las webs dedicadas a adivinar (o intentarlo, al menos) cómo serán los próximos drafts. Es decir, podemos consultar (insisto, no se me quejarán ustedes de labor de investigación) por ejemplo draftexpress.com, que no se para en barras y sitúa a Ricky Rubio como número uno del próximo draft, éste de 2009 nada menos. Nbadraft.net no se tira tan claramente a la piscina: no le sitúa en 2009 sino en 2010 y concretamente en su número 2, sólo por detrás de un reputadísimo chaval de instituto llamado John Wall (Juan Muro, si hubiese nacido a este lado del Atlántico). Basketdraft.com también lo lleva al 2010 pero para situarlo en el mismísimo número 1 de dicha promoción, por delante del susodicho Wall… y así sucesivamente. Sí, vale, su año para ser drafteado de serie sería 2012, pero podría presentarse ya el próximo… y probablemente no lo haga en 2009, pero será muy difícil que nuestra riquirrubina no viaje definitivamente a USA allá por el verano de 2010.

Pero no se me inquiete, no en exceso al menos. Tal vez en apenas dos años perderemos la riquirrubina verde, pero aún podremos disfrutar durante muchos otros veranos de la otra versión, la de coloración roja. En este sentido sencillamente produce vértigo ponerse a imaginar, echar la vista hacia delante, contar de cuatro en cuatro y soñar los sueños que aún nos quedan: contar que en Londres 2012 aún tendrá 21 años, edad con la que muy probablemente aún seguirá siendo el más joven de esa selección (de hecho, de haber tenido hoy esa edad aún habría seguido siendo el más joven de esta selección de Pekín); que en (pongamos, supongamos) Chicago 2016 (Madrid es demasiado sueño como para hacerse realidad) aún tendrá 25 años; que en (sigamos suponiendo) París 2020 tendrá la óptima edad de 29 años; y que incluso en Sabediosdónde 2024 estará todavía en los 33, aún a falta de dos o tres meses para cumplir los 34. Es decir que, siempre y cuando nuestra selección se clasifique (nunca demos nada por supuesto), él podría completar un perfecto repóker de cinco participaciones olímpicas al máximo nivel (y de Mundiales y Europeos ya ni hablemos). Lo dicho, produce vértigo sólo pensarlo…

Pero produce aún más vértigo pensar en lo que puede suceder allá en USA, a partir de ese mismo momento en que se nos vaya. No lo diré yo, dejaré que lo diga un tal Jason Kidd, que en estos días pasados afirmaba, en frase típicamente norteamericana, que sólo el cielo es el límite de Ricky Rubio. Y él lo sabe bien. Él, que ha sido uno de los mejores bases de la NBA en estas últimas dos décadas; él, que ha convertido el triple-doble en pura rutina, experimentó en sus propias carnes los efectos de la riquirrubina durante la histórica final de Pekín, tan maravillosa que aún me estremezco al recordarla y hasta me tiemblan los dedos al teclear. Él, que le dobla la edad, que hasta podría ser su padre, que ya jugaba en NCAA cuando Ricky aún iba a la guardería, que ya jugaba en NBA cuando Ricky aún estaba en preescolar, tuvo que ver cómo aquel imberbe chaval de El Masnou se la liaba una y otra vez, atrás y adelante… Probablemente nunca Jason Kidd se haya sentido tan viejo sobre una cancha como se sintió el pasado domingo 24 de agosto.

Pero es que la riquirrubina es también eso: es descaro, picardía, atrevimiento, es faltar al respeto a tus mayores, a esos mismos mayores cuyos pósters probablemente aún empapelen las paredes de tu habitación. Es decisión, la que le permite meter la mano donde nadie más la mete, cortar ese pase al que nadie más llega, es tirarse ese triple aún reconociéndose no ser (aún) buen tirador, pero con la certeza de que es precisamente ése y no otro el que tiene que meter. Es, sobre todo, inteligencia, la que le lleva a bajar con el pecho un balón a falta de 28 segundos para sólo empezar a jugarlo a falta de 24 para que el reloj de posesión coincida con el de partido, para no dejar posesión al rival rompiendo así los esquemas de propios y extraños, de los que tendrían que saberse el reglamento y hasta de los que supuestamente se lo saben; suprema inteligencia para saber dónde hay qué estar, cuándo hay que hacer una cosa o la contraria, como y por qué tomar una determinada decisión, precisamente esa decisión y no otra…

En apenas un par de meses Ricky Rubio tendrá dieciocho años. Podrá ya votar, podrá sacarse el carnet de conducir, podrá hacer toda clase de trámites administrativos sin necesitar la autorización de su progenitor, podrá ya legalmente salir de copas o tomarse unas cañas con los colegas si ese es su deseo… Y todo ello le sucederá apenas dos meses después de haber logrado algo que algunos privilegiados tardan media vida en lograr, algo que la inmensa mayoría de deportistas no conseguirá jamás durante toda su carrera: una medalla olímpica, de oro por más señas, si bien se la dieron (a él y a todos sus compañeros) bañada en plata por aquello del qué dirán… Sí, en dos meses Ricky será mayor de edad y sin embargo algunos, todos aquellos que padecemos los efectos (sumamente benéficos, en nuestro caso) de su riquirrubina, hace ya mucho tiempo que le vemos así, de hecho jamás le hemos visto de ninguna otra manera. Ricky Rubio ejerce como mayor de edad desde hace ya unos cuantos años, por más que su DNI se empeñe en querer demostrarnos lo contrario.

Todo eso y mucho más es la riquirrubina, ésa que, como diría (más o menos) Juan Luis Guerra, se nos sube cuando le miramos y él no nos mira, es decir, todas y cada una de las veces en que le vemos jugar. Esa sustancia sólo aparentemente formulada, apenas descubierta y sin embargo aún por descubrir, por contradictorio que ello parezca. Porque eso es lo más maravilloso: con ser extraordinarios sus efectos conocidos, resulta todavía mucho más extraordinario imaginar cuántos efectos aún nos quedarán por conocer. Sigamos soñando.

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

el Pato   Leave a comment

(publicado el 29 de agosto de 2008)

 

Los aficionados nos conocíamos aquel equipo casi de memoria: Terry Porter, Clyde Drexler, Jerome Kersey, Buck Williams y Kevin Duckworth, con Cliff Robinson como sexto hombre de lujo. Eran los Blazers de finales de los 80/primeros 90, aquellos que durante un buen tiempo lideraron la conferencia Oeste, que alcanzaron dos finales NBA para luego perderlas sin apenas jugarlas (la del 90 ante los Bad Boys de Detroit, la del 92 ante los Jordan Boys de Chicago), que en el que quizá fuera su mejor año (temporada 90/91) se vieron apartados de la final por la magia postrera de un tal Earvin Johnson… Su estrella era Drexler, Porter era un atípico y magnífico director de juego, Kersey era el chico-para-todo, Williams ponía rebote, veteranía y sensatez desde el cuatro, y Duckworth…

Kevin Duckworth era un siete pies inmenso, en el sentido estrictamente físico de la palabra. Había llegado a Portland pocos años antes, siendo uno de los culpables (en su caso de manera totalmente involuntaria) de que Fernando Martín apenas rascara bola durante su corta estancia en aquella ciudad. Duckworth no sólo tenía tamaño, tenía también calidad, en realidad tenía mucha más calidad de la que en un principio pudiera parecer. Pero sus dimensiones, su aparente torpeza, sus limitaciones para el desplazamiento lateral (para cualquier desplazamiento, en realidad), incluso su actitud no siempre intensa y concentrada, todo ello fue limitando de alguna manera su carrera.

Y sin embargo dejó sus buenos números, dejó un puñado de buenas temporadas, dejó unas cuantas actuaciones puntuales para el recuerdo. Incluso, aunque hoy apenas nadie lo recuerde, se permitió el lujo de ser un par de veces all star (1989 y 1991). Todo lo cual no le evitó el convertirse en el frecuente blanco de las iras y/o burlas de los aficionados de Oregón, que (como suele pasar con los jugadores de tu equipo) siempre repararon mucho más en sus defectos que en sus virtudes. Y es que ni siquiera su apellido le ayudaba, de hecho bastaba con la primera parte del mismo para hacerle el mote. Y así, más o menos del mismo modo que aquí Butragueño se convirtió en el Buitre, allí Duckworth rápidamente se convirtió en the Duck: el Pato.

Pocos años más tarde dejó los Blazers y muy poco después dejó la Liga, ya sin pena ni gloria. Y prácticamente nos olvidamos de él hasta que una noche, hará como cuatro o cinco años, reapareció ligeramente en nuestras vidas. Era la noche elegida por los Blazers para rendir homenaje a toda aquella histórica generación, y aquel homenaje no lo vimos pero sí vimos el partido de temporada regular que se disputó a continuación, durante el cual las cámaras de la televisión de turno enfocaron varias veces a aquellas viejas glorias reunidas en las gradas del Rose Garden. Y al enfocar a Duckworth supimos que era él porque nos lo dijeron, porque si no jamás le habríamos reconocido. De hecho los mismos Montes y Daimiel se quedaron alucinados, estremecidos al ver a aquel tipo que no es que tuviera problemas de sobrepeso como podemos tener tantos, no es que estuviera más o menos gordo al estilo Barkley, no, sino que se había convertido en un obeso mórbido de esos que vemos a menudo en documentales o reportajes sobre la vida norteamericana (pero jamás en sus películas, curiosamente), un tipo que resultaba difícil imaginar sentado en una sola localidad, que resultaba impensable pensar cómo podría haber llegado hasta allí. Y que a mí de algún modo me transmitió una extraña sensación de desamparo, como de juguete roto. Un enorme juguete roto de poco más de doscientos centímetros de estatura, de probablemente mucho más de doscientos kilos de peso.

Ayer nos llegó la noticia. Ayer supimos que su corazón había dejado de latir, posiblemente cansado, probablemente llegó a un punto en el que ya no pudo aguantar más. Tenía 44 años, poco más de media vida para muchos pero que para él fueron su vida entera. Y a mí, que nunca se me dieron bien estas cosas, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir estas pocas líneas a modo de pequeño homenaje, de sincero agradecimiento por su cuota de responsabilidad en tantos buenos ratos como pasamos en aquellos primeros tiempos de nuestra primera NBA. Descanse en paz.

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

quijotes   Leave a comment

(publicado el 24 de agosto de 2008)

 

Solemos decir que los españoles somos un poco o un mucho quijotes. Nos encanta perseguir imposibles, defender causas perdidas, luchar contra gigantes que tal vez lo sean o que tal vez resulten ser molinos de viento; nos encanta pensar que podemos volver la vida del revés, que podemos hacer justicia, que hasta podemos cambiar el mundo.

Pero solemos utilizar esta misma palabra, quijotes, con un matiz peyorativo: como si fuéramos de perdedores por la vida, luchando inútilmente, pringando una y otra vez, peleando por todo sin ganar nunca nada; llevándonoslas todas en el mismo carrillo, si acaso poniendo también la otra mejilla. Quijotismo, lo llaman…

Pero yo no lo veo así (o como diría el bolero, yo no concibo esa razón): dicen que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Vale, sí, suele ser cierto pero también puede contraponérsele aquella otra frase que hace años solíamos encontrar a menudo en las tiendas, las oficinas, los servicios públicos, las fotocopiadoras: las cosas difíciles las hacemos al momento; en las imposibles tardamos un poco más

Esa distancia que separa lo difícil de lo imposible es la que a menudo nos limita a los seres normales, la que normalmente detiene a la inmensa mayoría de nosotros. Pero existen sin embargo algunos seres, pocos ciertamente, que no creen en imposibilidades. Seres que no quieren oír hablar de limitaciones, de puertas blindadas, de muros por derribar. Seres que creen que las utopías fueron puestas ahí para ser perseguidas, para ser incluso alcanzadas, para ser dadas la vuelta y reconvertidas en maravillosa realidad. No, no suele pasar, no puede pasar, pero ¿y si pasa?

Quijotes, en suma. Maravillosos quijotes como aquellos que hoy, esta misma mañana, han intentado revertir el poder establecido. Tipos que sueñan despiertos y que hasta se permiten el lujo de creer que los sueños pueden convertirse en realidad, por qué no, todo es ponerse. Y mira que les habrán dicho una y mil veces que los sueños sueños son pero ellos a lo suyo, a soñar y a contagiar su sueño a todos los que les rodean, incluso a todos aquellos que les vemos a miles de kilómetros de distancia. ¿Imposible?

Las cosas imposibles, ya quedó dicho, a veces tardan un poquito más. Al fin y al cabo ya hubo otro imposible que duró hasta 2002, y ya entonces la utopía inalcanzable de derrotar al baloncesto USA se trocó en realidad alcanzada. Vale, sí, ellos se lo pensaron, tardaron seis años y unas cuantas derrotas en pensárselo, les costó pero finalmente encontraron la forma de restituir su utopía, de montar otra escuadra imbatible y esta vez no sacarla de paseo sino prepararla a conciencia para la ocasión. Así que llegaron a Pekín con su utopía nuevecita, con su nuevo muro tan imposible de derribar como todos aquellos de antaño…

Y hoy tal vez se vuelvan a sus tierras con su muro no intacto, sumamente resquebrajado pero aún en pie, pensando que por fin han encontrado el camino, que son de nuevo invencibles, que haciendo bien las cosas no les puede ganar nadie. Craso error: si estos años anteriores averiguaron que haciendo mal las cosas les podía ganar cualquiera, hoy también saben (o deberían saber) que aún siendo perfectos, aún haciéndolo todo perfectamente, aún creyéndose dioses ya no son inmortales. Haber sobrevivido hoy, en tan extrañas circunstancias como lo han hecho, ya no garantiza supervivencias futuras. Ya no se les garantizará jamás, deberían saberlo. Ya otra cosa será que lo sepan.

Y qué quieren que les diga, los culpables de todo ello, de haberles bajado del cielo, de haberles hecho pisar la tierra, de haberles casi obligado a rebozarse por el fango tienen nombre y apellidos, les conocemos todos, son de aquí mismo, les llamamos Ricky, Rudy, Pau, Marc, Juanqui, Jose, Carlos, Felipe, Raül, Berni, Jorge, Alex, también si me lo permiten Aíto, Quim, Juan, Manolo, Pepiño, y hasta Pepu, Chichi, Rafa, Jota o Jenaro por la parte que aún les toca, y hasta tantos otros cuyo nombre ahora mismo no me viene a la memoria. Todos ellos quijotes, quijotes absolutos, quijotes en el buen sentido, en el mejor sentido, en el más hermoso sentido que pueda otorgarse nunca a esa engañosa palabra.

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

veinticuatro   Leave a comment

(publicado el 23 de agosto de 2008)

Necesité veinticuatro años de mi vida para poder ver a mi selección de mi deporte disputar una final olímpica, y ahora he necesitado otros veinticuatro años para poder volver a verlo. Veinticuatro: casi un cuarto de siglo, casi media vida, tal vez un tercio, quién sabe…

Veinticuatro como las horas del día, como la serie de televisión, como el dorsal (el de su equipo, que aquí deben ir todos numerados a la manera clásica, del cuatro al quince) de ese Raül López que ayer por fin consiguió ser importante, sentirse decisivo en el engranaje de la selección. Que pudo jugar mejor o peor, que pudo gustar más o menos, que pudo tener momentos mejores y peores pero que fue, qué duda cabe, imprescindible.

Veinticuatro como el dorsal (el que lleva en su equipo, por la misma razón anterior) de Kobe Bryant, ése que representa más que nadie el espíritu de esta nueva selección norteamericana contra la que nos enfrentaremos (utópicamente) por el oro mañana, precisamente mañana domingo día 24.

Y no es que crea yo mucho en números cabalísticos ni demás zarandajas, pero si los chinos inauguraron sus Juegos un ocho del ocho del dosmil ocho a las ocho y ocho, permítanme al menos que yo coloque mi veinticuatro en el pedestal de mis sueños baloncestísticos. Veinticuatro como los años que separan los dos ciclos más exitosos de nuestro deporte, veinticuatro los que van de Cali a Tokio, de Nantes a Madrid, de Los Ángeles a Pekín. Veinticuatro como el número de jugadores españoles de baloncesto que a partir de mañana podrán presumir de haber llevado una medalla olímpica colgada de su cuello.

E insisto, no es que crea yo mucho en esto de la numerología pero no puedo evitar pensar que, por esta regla de tres (o de veinticuatro), ya no me tocaría vivir otra final olímpica hasta los Juegos de 2032. Y para entonces sabedios dónde estaré, cómo estaré, a saber incluso si estaré. Así que usted haga lo que quiera, vívalo como quiera, súfralo hasta la médula si ese es su deseo pero sepa que yo mañana, aún deseando la victoria más que nada, más que nadie, pienso disfrutar, sólo disfrutar (que para sufrimientos, con la semi ya fueron bastantes). Porque una final olímpica no se vive todos los días, porque es algo que nos ocurre muy pocas veces en la vida, así les pille sobre una cancha o nos pille sobre un sofá.

Así pues usted verá, pero permítame que le diga que yo pienso vivirlo como si fuera algo único, como uno de esos momentos realmente especiales, como una de esas pequeñas grandes cosas que hacen que nuestra vida valga la pena. Y así será pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, será así aún (lo más probable) perdiendo. ¿Ganando? Ese ya sería demasiado disfrute, demasiado sueño incluso para poder permitírmelo…

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

enigmas olímpicos   Leave a comment

(publicado el 21 de agosto de 2012)

 

(… o dicho de otro modo: todo lo que usted siempre quiso saber sobre estos Juegos, pero jamás se atrevió a preguntar):

¿De dónde se sacaron la bola? Es decir, aquella esfera inmensa que emergió del suelo durante la ceremonia inaugural, a modo de gigantesco globo terráqueo, con multitud de personas circunvalándola para simbolizar no sé qué… ¿de dónde salió? ¿Dónde la tenían guardada, dónde ocultaban el resto de cosas enormes que emergieron del centro de la tierra aquella noche? ¿Existirá una base sólida bajo el (presunto) césped del Nido, o estará todo hueco? ¿Habrán de tener cuidado los lanzadores de jabalina de no pinchar muy fuerte, no se les vaya a colar para abajo?

¿Alguien vio bajar a Li Ning tras encender la antorcha? ¿Se chamuscaría el pobre hombre con la llama aquella? ¿O le habrán dejado allí arriba mientras duren los Juegos, para que se encargue él de apagarla el domingo 24?

¿Acaso sabía usted antes de estos Juegos que la esgrima es el único deporte de origen español? Es más, ¿acaso sabía usted antes de estos Juegos algo acerca de la esgrima, por poco que fuera? Es más, ¿acaso sabía usted antes de estos Juegos que en nuestro país existiera la esgrima, que existieran esgrimistas incluso?

Ay no, perdón, esgrimistas no, que resulta que a los de esgrima se les llama tiradores. Pues vale, pero entonces ¿cómo llamamos a los del tiro al plato (por ejemplo)?

¿Y en qué momento los levantadores de peso dejaron de serlo para convertirse en halteras?

Y en aras de los principios de igualdad de género actualmente imperantes, ¿no debería llamarse halteras únicamente a laspracticantes de este noble deporte? ¿No deberían los levantadores ser llamados halteros?

¿En qué momento los ucranianos se convirtieron en ucranios?

¿Y los de Estonia qué son, estonios o estones (mira, como los Rollings)?

“¿Éstos no tienen que ducharse antes de bañarse?” (ésta es de mi hijo, con cara de profunda sorpresa mientras presenciaba las pruebas de natación)

¿Veinticinco récords del mundo en nueve días? ¿Qué clase de agua utilizan en las piscinas chinas? ¿Será acaso agua ligera (Fontvella)?

¿Cómo se lo monta Phelps para ganar incluso aquellas pruebas que aparentemente no gana?

¿Cómo logran no ahogarse las nadadoras de sincronizada? ¿Y cómo logran seguir la música bajo el agua? (Sí, ya sé que son preguntas estúpidas, pero es que por más que lo pienso no deja de parecerme prodigioso)

¿Qué es el Madison? Si hace unos cuantos días usted hubiese salido a la calle a hacer esta pregunta, 99 de cada cien entrevistados le habrían contestado que no tenían ni la menor idea, y el otro (el listo) habría dicho “sí, hombre, la cancha ésa de Nueva York, donde juegan los Knicks…”. Pero hoy, orgullosos como estamos de la plata de Llaneras y Tauler en la prueba Americana de ciclismo en pista, claro está que ya todos sabemos perfectamente qué es el Madison, en qué consiste, cómo se disputa, cómo se puntúa, cómo se gana… ¿Verdad que sí?

¿Por qué algunas voces insinúan (pero no dicen) que en nuestra selección de baloncesto no es oro todo lo que reluce, que hay mar de fondo, que están pasando cosas, que cuando acaben los Juegos será el momento de comentar largo y tendido todo lo sucedido en la Villa Olímpica? ¿Acaso no fue todo tan idílico en 2006? ¿Acaso es todo tan problemático en 2008? ¿Por qué, si realmente pasa algo, no lo cuentan? Y si no pasa, ¿por qué no se callan? ¿O será más bien que hay algunos empeñados en ver fantasmas aunque no sepan dónde?

¿Por qué Pau (según cuenta Gigantes, y copio textualmente), ante China, si Pepiño Casal no le atrapa, enfilaba hacia los vestuarios sin acudir al ritual del centro de pista al término de los partidos?

¿Qué hace Nowitzki pensándose la retirada de su selección, precisamente ahora que les ha llegado Kaman? ¿Para esto me he nacionalizado yo, para esto he estado yo escarbando en mi árbol genealógico? (pensará el de los Clippers)

¿Qué hace Nowitzki pensándose la retirada de su selección en vez de emplear todas sus fuerzas en exigir a la FIBA que amplíe el (presunto) cupo de nacionalizados, que con uno por equipo se les queda muy corto, que así no van a ninguna parte?

¿A qué espera su Federación para contactar con Carlos Boozer (nacido casualmente en Alemania), o con Drew Gooden (de madre finlandesa, que alemana no es pero casi como si lo fuera), o con Kirk Hinrich (con ese apellido, algo de alemán tendrá), o con Walter Herrmann (y éste ya no digamos), o con Óscar Schmidt (otro que tal, y que a sus años aún lo haría mejor que Greene o Garrett, y que hasta se cascaría unos cuantos triples cada noche), o con Steve Nash (amigo íntimo de Dirk, y que además es canadiense, nació en Sudáfrica, se crió en Inglaterra y trabaja en Estados Unidos por lo que puede afirmarse con absoluta propiedad que es ciudadano del mundo, así que por qué no va a ser alemán también), o con…?

¿Acaso lo soñé, o acaso fue verdad que durante una retransmisión me pareció escuchar a Romay contando que se había encontrado con Óscar Schmidt, que habían estado hablando y que éste le había pedido que le mandara por Internet toda clase de vídeos de Chiquito de la Calzada, de quien se declaraba fan incondicional? Y es que a poco que te descuides se te rompen los mitos en pedazos… (Supongo que la estancia de Óscar en Valladolid debió coincidir en el tiempo con la eclosión mediática de dicho personaje, si bien lo digo más que nada por buscarle una explicación al fenómeno)

¿Por qué los árbitros de baloncesto pitan indistintamente partidos del torneo masculino y del femenino, y en cambio las árbitras sólo pitan partidos del torneo femenino? ¿No estamos ante un flagrante caso de discriminación por razón de sexo? ¿O será simplemente que la FIBA no se fía de ellas? Y en ese supuesto, ¿por qué las lleva? Y (siguiendo con el supuesto) si es así, si no se fía ¿entonces el hecho de que piten sólo partidos del torneo femenino significará acaso que la FIBA considera éste de menor importancia que el masculino? Y si así fuera ¿no estaría incurriendo entonces en otro flagrante caso de discriminación?

¿Por qué en baloncesto jamás se saben con antelación los horarios de cuartos de final? En una gran competición de fútbol (por ejemplo) siempre sabes de antemano que si quedas primero de grupo te tocará tal día a tal hora, y que si quedas segundo te tocará este otro día a esta otra hora… ¿Por qué en baloncesto no? (Es decir, ya sé por qué no: porque manda la pasta, mandan las televisiones que imponen sus horarios, la de USA en primer lugar, la del anfitrión tal vez en segundo lugar… Pero cuanto más conozco el porqué, aún más me sigo preguntando por qué…)

¿Qué clase de premonición tuvieron los padres del base angoleño (y futuro fuenlabreño, al parecer) Olimpio Cipriano para ponerle precisamente ese nombre y no otro? ¿Tanta premonición no acabaría por ser gafe, dado que apenas se ha estrenado en estos Juegos? ¿Acaso intentaban compensar con ese nombre su apellido, que en Angola será neutro pero aquí suena como a viejo cuplé (o lo que fuera aquello) de una tal Olga Ramos, que cantaba cosas como ay Cipriano, Cipriano, Cipriano, no bajes más la mano, no seas exagerao, si no bailas con más comedimiento, al primer movimiento te la has cargao… (o algo así)?

¿Para qué hacemos estadios de nueve calles si luego sólo utilizamos ocho? ¿Para qué sirve entonces la calle 9, sólo para poder dejar de utilizar la calle 1?

¿Por qué se toca la campana para indicar la última vuelta en las carreras de 800 metros, que tan sólo tienen dos vueltas? Vale, sí, en los 10.000 puede haber atletas que no sepan cuántas vueltas quedan, pero, ¿en los 800? ¿Acaso puede haber alguien que tras dar una sola vuelta se crea que ya ha acabado? ¿Acaso puede haber alguien que tras dar sólo una vuelta crea que aún le quedan unas cuantas más? ¿Acaso puede haber alguien que no recuerde qué prueba está corriendo?

¿Por qué en todas las competiciones de atletismo, cada vez que suena la campana para indicar la última vuelta, el realizador siempre nos muestra un primer plano de la campana? ¿Acaso para que comprobemos que se trata de un tilín tilín tolón tolón cien por cien natural, sin edulcorantes artificiales, sin artilugios tecnológicos de ninguna clase? ¿Acaso es más importante ver meneándose un badajo (con perdón) que ver los movimientos que se producen en carrera a tan sólo 400 metros de la llegada?

¿Es de verdad Usain Bolt? ¿Existe realmente o es un dibujo animado? ¿O se tratará acaso de un ente virtual, una creación de laboratorio, un personaje de videojuego?

¿Por qué, una vez tras otra, un año tras otro, competición internacional tras competición internacional, me veo en la tesitura de tener que explicar a todos los que me rodean quién es Marta Domínguez? ¿Por qué (fuera de círculos reducidos, es decir, fuera de aquellos a los que nos gusta esto) no la conoce ni dios? ¿Por qué seres humanos teóricamente aficionados al deporte (si bien básicamente aficionados al fútbol), que recuerdan perfectamente a Cacho, que recuerdan incluso a González y Abascal, que hasta conocen a Reyes Estévez (a Casado y a Higuero ya no, claro) y que hasta les suena Paquillo Fernández, te ponen una incomparable cara de estupor cuando les dices “sí, hombre, no te acuerdas, Marta Domínguez, la de la cinta rosa”? ¿Cómo es posible que la mejor atleta española de todos los tiempos, repleta de medallas y gestas en Europeos y Mundiales, persona carismática y telegénica a la par, sea sin embargo una perfecta desconocida (fuera de círculos reducidos, repito) en su propio país?

¿Por qué Marta Domínguez se nos pasó a los obstáculos si éstos, como su propio nombre indica, tan sólo sirven para obstaculizar?

Y por cierto: ¿qué fue de su cinta rosa? ¿Acaso pudo volver luego a recogerla, aún tambaleante y medio grogui como iba? ¿O acaso se quedó allí perdida para siempre bajo el obstáculo, a riesgo de que se la pisara cualquiera o aún peor, de que algún chino, con la mejor voluntad (los voluntarios es lo que tienen), la recogiera y la arrojara a la basura cual si de un desperdicio se tratara?

Si a una amazona danesa (un suponer) se le lesiona el caballo en mitad de la prueba de doma (por ejemplo), ¿puede ir a donde esté la amazona croata (otro suponer), supuestamente ya eliminada, y pedirle que le deje el suyo, que luego se lo devuelve? ¿y hasta podría incluso, ya puestos, proclamarse campeona olímpica con tan hermoso alazán, aún siendo éste extranjero y además prestado?

¿Por qué se quejaron Martínez y Fernández si saben perfectamente que Croacia aspira a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea, por lo que el préstamo de su barco fue simplemente un gesto de amistad para con sus hermanos daneses?

¿Por qué se quejaron Martínez y Fernández si saben perfectamente que llamándose así nadie jamás les hará el menor caso?

¿Por qué nos indignamos todos con lo de Martínez y Fernández si hasta hace unos días ni siquiera sabíamos que en vela existiera una clase 49er (léase forináiner), si lo de 49er tan sólo nos sonaba a equipo de fútbol americano de San Francisco (y eso en el mejor de los casos)?

¿Impugnará la Federación Española de Atletismo el oro e incluso el récord de Isinbayeva, tras descubrir que ésta al parecer se ayudó con un palo?

¿Por qué quedó cuarto el triatleta Javier Gómez Noya (vale, sí, háganme la rima) pudiendo quedar (por ejemplo) décimo, posición que le habría generado mucho menos sufrimiento?

¿Por qué quedó cuarto el triatleta Javier Gómez Noya (más rima) si los medios de comunicación nos habían dicho hasta la saciedad que sería oro seguro, con total y absoluta certeza? ¿Cómo se puede consentir tamaña indisciplina? ¿O es que acaso su estado físico va a resultar ahora más importante que lo que digan y piensen los medios? ¿O es que acaso va a resultar ahora que sus rivales también nadan, pedalean e incluso corren? ¿Y con qué derecho?

¿De qué nos sirvieron tantos años de Samaranch como Presidente del COI si ni siquiera fue capaz de conseguir que el naipe fuera deporte olímpico? Imaginemos: el mus, el tute, la brisca, el julepe, la pocha, el chinchón, el cinquillo, las sieteymedia, tantos otros… Partiríamos como favoritos al oro en todas las categorías (excepto tal vez en póker, de favoritismo claramente norteamericano si bien nosotros aún seríamos serios candidatos a la plata), nuestras posibilidades se dispararían, nuestra posición en el medallero subiría como la espuma…

Si una chica está sola en una playa porque empezó una conga y nadie le siguió (o porque contó un chiste y nadie se rió), ¿de qué le sirve que se le aparezcan dos o tres maromos que llevan la cara de Iván Campo tatuada sobre su pecho (o que van peinados a lo Colón, que para el caso viene a ser lo mismo)? ¿A qué clase de ser humano puede servirle de consuelo tamaña gilipollez?

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, varios

rasgados   Leave a comment

(publicado el 14 de agosto de 2008)

 

Un pabellón vacío, en medio sólo un ciudadano de rasgos orientales barriendo la pista. De repente, como caída del cielo, aterriza una gran caja y de ella emerge la selección española de baloncesto en pleno, haciendo el corro, saltando y brincando ante el estupor del limpiador… Sí, es un anuncio más, uno de tantos que estos días pueblan nuestras televisiones, pero a mí me tiene seriamente preocupado: ¿será racismo sacar a un chino barriendo? ¿será acaso racismo sacarle con cara de asombro, como si no entendiera nada de lo que sucede a su alrededor?

Sí, están en lo cierto, esta tontería viene a cuento de toda esa historia que estamos leyendo desde ayer, acerca de las reacciones suscitadas (con más de un mes de retraso) ante la ya famosa foto publicitaria de los jugadores de nuestra selección con el dedo junto al ojo, cual si se lo estuvieran rasgando. Una acusación de racismo que primero comenzó el británico The Guardian y luego continuaron New York Post, New York Times, Los Ángeles Times e infinidad de medios, agencias y blogs estadounidenses. Una acusación que de paso aprovecha para recordar aquel (ciertamente muy lamentable) “negro de mierda…” de Luis Aragonés y hasta los abucheos a Hamilton en Montmeló, una acusación que exige a los jugadores españoles que se disculpen (algo que ya han hecho, por cierto), que no se corta en manifestar el grave perjuicio que esta foto podría causar a la candidatura de Madrid para los Juegos de 2016 (en beneficio de Chicago, casualmente) y que hasta insinúa los problemas que Gasol y compañía podrían tener el próximo año en la NBA cada vez que visiten una ciudad con alto índice de población china…

Vamos a ver, no soy tan estúpido como para no reconocer el racismo a mi alrededor. Desgraciadamente lo veo y lo vivo casi cada día: en el trabajo, en el vecindario, en el metro o en plena calle, nunca falta algún descerebrado soltando babosidades de esas que te encienden la sangre con sólo escucharlas. Quien me conoce sabe que estas cosas me ponen enfermo, que incluso, aún pesar de mi natural apocamiento, alguna vez me han causado algún disgusto. Pero vamos que tampoco es que yo sea nada especial, que de hecho probablemente seamos amplia mayoría (silenciosa) todos aquellos que miramos al ser humano sencillamente como tal, sin pensar jamás en razas, colores ni lugares de nacimiento. Pero sí, tenemos racismo a nuestro alrededor, como por desgracia también lo tienen esos británicos ahora tan empeñados en dar lecciones, no digamos ya esos norteamericanos ahora al parecer tan políticamente correctos

Y digo yo: con todo lo que está cayendo acerca de este tema, con las noticias que tenemos que escuchar un día sí y otro también (esta misma mañana, sin ir más lejos) sobre bandas de neonazis apaleando inmigrantes por los parques de nuestra ciudad, de tantas otras ciudades y en tantos otros lugares presuntamente civilizados del planeta, con tanto como queda por hacer, con tanta intolerancia que jamás se debería tolerar… ¿y sólo nos vamos a rasgar las vestiduras por el mero hecho de que unos jugadores se rasguen los ojos, y ello aún no haciéndolo por iniciativa propia sino instigados por una estúpida campaña publicitaria? ¿No existen en el mundo otras preocupaciones, cosas mucho más importantes en las que pensar, problemas mucho más graves por solucionar?

Así que yo sigo con mis dudas: ¿será racista aquel anuncio de que les hablaba al principio, ese en el que vemos a un chino barriendo con cara de pasmo? ¿sería racista aquel otro anuncio (de la misma marca, si mal no recuerdo) que veíamos hace algunas semanas, en el que nuestros internacionales paseaban sobre los edificios de Pekín cual Kingkones Godzillas cualesquiera, para acabar tapando un rascacielos pekinés con una camiseta gigante? ¿Será racista cualquier muestra de humor más o menos sutil que implique a un ciudadano chino? ¿Será racista el programa que hace Gomaespuma desde Pekín cada noche? ¿Sería racista Humor Amarillo, especialmente en sus constantes alusiones al Chino Cudeiro? ¿Será racista jugar a los chinos, decir que algo nos parece un cuento chino, que nos engañan como a chinos o que esto tiene más trampas que una película de chinos? ¿Será racista llamar chinos a los chinos? ¿Será racista la expresiónrasgarse las vestiduras que he utilizado unos cuantos renglones más arriba? ¿Será racista todo esto que he escrito? ¿Será racista preguntarse si estaremos todos locos?

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

tonto   Leave a comment

(publicado el 12 de agosto de 2008)

 

Hubo una época legendaria, cuando algunos éramos más jóvenes y otros ni tan siquiera eran, en la que existía una institución denominada partido tonto. Sucedía inexorablemente en cada competición, en cada Eurobasket, Mundial o Juego Olímpico que disputábamos por todo lo largo y ancho de este mundo. Podíamos ser más o menos fuertes, podíamos jugar mejor o peor pero no fallaba, siempre había un día tonto, un partido que se perdía o se complicaba sobremanera, siempre ante un rival presuntamente muy inferior.

Y hasta hubo años en los que el partido tonto era siempre contra el mismo, creándose incluso leyendas de bestias negras como aquella insospechada de Polonia en los primeros (y lejanos) setenta. Y hasta hubo partidos tontos que hasta costaron competiciones enteras, los hubo que casi nos arruinaron la vida, partidos tontos que aún permanecen y permanecerán grabados a fuego en nuestra memoria: Angola 1992, China 1994.

Sí, parece algo de la antigüedad, un fenómeno que ya apenas tiene cabida en nuestros días… Y sin embargo de vez en cuando aún reaparece, de cuando en vez un exceso de confianza o un defecto de tensión te complica la vida contra el rival más impropio, en el momento menos indicado. En 2006 no sucedió, sí en cambio en 2007: cómo no recordar la mínima derrota ante Croacia en Sevilla, incluso buena parte del España-Israel de la segunda fase…

Y sí, hoy ha vuelto a suceder. Hoy, generosos como somos con el anfitrión que nos acoge, hemos decidido regalarle tres cuartos para corresponder a sus amables atenciones, que de todos es sabido que de bien nacidos es agradecer tamaña hospitalidad. Aunque luego ya se nos ha acabado la correspondencia, que está bien ser generoso pero tampoco hay que pasarse, así que finalmente hemos decidido ponernos a jugar al baloncesto más que nada porque se suponía que para eso nos habían invitado… No está mal, más vale tarde que nunca.

Y esperemos que con esto quede ya clausurado el cupo de días tontos de 2008, que estas cosas conviene administrarlas con mesura; que ofrecer regalos está muy bien y es muy bonito, pero sin pasarse, que si se te va la mano lo mismo acabará llegando el día en que te los acepten; los mismos alemanes, por ejemplo, que son muy suyos para sus cosas… Y de buenos todo lo que quieran, pero de tontos, con los tres primeros cuartos de hoy ya hemos tenido más que suficiente.

Publicado octubre 21, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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