apuntes tras la Final Four   Leave a comment

(publicado el 11 de abril de 2008)

– En mi anterior artículo resultaba como muy evidente que no me atrevía a dar un favorito. No quería mojarme pero si hubiera tenido que hacerlo, si me hubiera decidido a ordenar a los cuatro contendientes por (en mi opinión) su orden de probabilidades, creo que habría escrito algo así: 1º Memphis, 2º North Carolina, 3º UCLA y 4º Kansas. Lo cual confirma lo que siempre sospeché, que no sé qué hago escribiendo aquí si en el fondo (y en la forma) no tengo ni puñetera idea de todo esto…

– Claro que no habría sido el único, que tal vez ésa era la opinión generalizada… pero no unánime: en el Gigantes de esta misma semana leíamos un artículo de Miguel Ángel Paniagua (lógicamente escrito la semana pasada) en el que, después de mostrarse satisfecho por haber acertado los cuatro finalistas (no es que fuera una apuesta muy arriesgada, no), se moja apostando por Kansas como campeón. O dicho de otra manera: cualquiera le aguanta la semana que viene…

– Durante la tarde del pasado sábado, en un momento de enajenación mental (habitual en mí, por otra parte) me dio por pensar si acaso habría en nuestro baloncesto representantes de todas las universidades finalistas. Y pensé que no los encontraría pero apenas un minuto después ya tenía cuatro, uno por cada universidad contendiente (no quiere decir que sean los únicos, puede que haya más; pero esos son los cuatro primeros que me vinieron a la cabeza). A saber: por Memphis teníamos al único e incomparable e irrepetible e imprescindible e inimitable Andre Turner (ustedes me permitirán que me ponga de pie al escribir su nombre); por UCLA a Jerome Moïso, por Kansas a Aaron Miles, por North Carolina a Shammond Williams…

– Y curiosamente estos dos últimos se enfrentaron aquella misma tarde, en lo que parecía una premonición del UNC-Kansas que disfrutaríamos apenas unas horas después. Aunque como premonición dejó bastante que desear, la verdad: en nuestra ACB, North Carolina (o sea Shammond Williams, y por extensión el Pamesa) se comió con patatas a Kansas (o sea, a Aaron Miles, y por extensión al Cajasol). Un buen rato después, en NCAA, sucedió exactamente todo lo contrario…

– Si en baloncesto pudiera existir la perfección, ésta sin duda sería muy parecida a los quince primeros minutos de Kansas en aquella semifinal. En Chapel Hill aún hoy estarán preguntándose qué sucedió, cómo fue aquello posible, cómo pudieron empezar medio bien, aguantar luego a duras penas hasta un 15-10 que de repente, en un abrir y cerrar de ojos y sin saber muy bien cómo ni por qué, se les transformó en aquel tremendo 40-12…

– Obviamente todos aquellos que cayeron el sábado, Bruins o Tar Heels, tendrán un pésimo recuerdo de esta Final Four (vaya obviedad), pero para dos de ellos ese recuerdo será aún más traumático si cabe: Darren Collison y Ty Lawson, dos magníficos bases, sin duda entre los mejores de la nación, sin duda predestinados a ganarse muy bien la vida en la NBA, fracasaron estrepitosamente: apenas pudieron dar un ritmo adecuado, más de una vez se encebollaron sin saber qué hacer con el balón, raras veces sacaron pases limpios, casi nunca vieron buenas posiciones de tiro, jamás encontraron (por más que lo buscaron) a su referencia interior.

– Pero no deberían sufrir tanto porque no todo fue culpa suya. Fue más bien culpa del rival, de esos (según cada caso) Tigers o Jayhawks que les cerraron los caminos, les robaron las líneas de pase, les hicieron desaparecer a sus deseados Love o Hansbrough, de repente escamoteados del parquet como por arte de magia, el primero oculto tras el imponente Dorsey, el segundo rodeado por toda una batería de contrarios que llegaban en oleadas, de tres en tres cuando aún ni siquiera había pensado en levantarse, ahora Arthur, ahora Jackson, ahora Kaun, ahora éste quién es, cielo santo, el grandullón Aldrich también preparado para la ocasión…

– Sí, Self tenía esa carta guardada en la manga; tan bien guardada que de hecho llevaba casi toda la temporada escondiéndola: sí, Aldrich, un cénter de 2,11, freshman, nuevo en esta plaza, un monstruo físicamente, un monstruo en intensidad, una máquina de rebotear pero mire usted, el chaval está un poco tierno, la criatura está muy por hacer todavía así que este año le dejamos aquí en hibernación y ya el año que viene si eso, pues eso… Ya. Cuando saltó al parquet probablemente Hansbrough ni siquiera recordara de quién se trataba, pero éste quién es que no me lo pusieron en los informes, que no venía en el scouting, que no recuerdo su cara ni nos lo han puesto en los vídeos… Recuerden: Cole Aldrich. Lo de Hansbrough ya no tiene remedio pero lo nuestro sí; hablaremos mucho de él el año que viene.

– Pero entre los que se hundieron también los hubo que se salvaron más que decentemente de la quema: en UCLA se salvó Russell Westbrook, estupendo y explosivo base/escolta, durante muchos minutos la única vía de anotación abierta para los Bruins. Y en UNC el honor correspondió a Wayne Ellington, de menos a más, del naufragio inicial al partidazo final cargando a sus espaldas con todo el peso de los Tar Heels, capitaneando la remontada imposible sin apenas ayuda, tan solo con las aportaciones puntuales desde el banquillo de Danny Green. Salió muy reforzado tras la semifinal… aunque no creo que eso aún le sirva de consuelo.

– La primera vez que vi jugar a un equipo entrenado por Bill Self debió ser a finales del siglo pasado, en los diferidos veraniegos de Sportmanía. Aquella modesta Universidad de Tulsa se plantó en los Elite Eight (o sea, en su final regional) practicando un baloncesto magnífico, de intensas y espectaculares defensas y veloces ataques. Ese quedarse a las puertas de la Final Four fue un auténtico trampolín para Self, que de allí pasó a Illinois y finalmente a Kansas para suceder a Roy Williams. Siempre con su estilo, con su imagen de marca, con su baloncesto bien jugado… que parecía alcanzar su techo con cada final regional. Lo que en Tulsa había sido un éxito en Illinois comenzó a dejar dudas, y no digamos ya en sus primeros años en Lawrence: cuando no se quedaban (una vez más) a las puertas de la Final Four era porque ni siquiera se acercaban a ella, porque incluso caían en primera ronda ante la desconocidísima Universidad de Bucknell… Si aquel triple postrero de la modesta Davidson hubiese entrado, no les quepa la menor duda de que ese habría sido el último partido de Self al frente de los Jayhawks. Pero no entró, Self respiró como si (literalmente) hubiese salvado su cabeza y una vez salvado, una vez respirado, probablemente afrontó la cita de San Antonio con una serenidad infinitamente mayor a la de cualquier otro momento de la temporada. Hoy el magnífico entrenador Bill Self ya forma parte del reducidísimo círculo de técnicos campeones de la NCAA. Y yo me alegro un montón por él.

– Y sin embargo… Con su cabeza no ya salvada sino garantizada, con todo su pedazo de título bajo el brazo, hasta hace bien pocas horas ni siquiera estuvo claro que Self fuese a continuar en Kansas. Y esta vez ya no se trataba de que pudieran cesarle sino de que pudiera irse él por voluntad propia. De por medio había una mareante oferta de Oklahoma State, universidad de gran prestigio (aunque no superior a Kansas), pero con la cualidad añadida de ser su alma máter, justo ese lugar donde Self, en sus años mozos, jugó, estudió, se graduó y maduró. Y a los aficionados Jayhawks empezaron a aparecérseles los fantasmas, a recordar a aquel otro entrenador llamado Roy Williams que también recibió una oferta tras otra de su alma máter (North Carolina en este caso), que dijo una y otra vez que no… hasta que un día de repente dijo que sí. ¿La historia se repite? Pues no porque (al calor del título, tal vez) Bill Self ha decidido que este es su nuevo hogar, que es feliz en Lawrence, que quiere estar en Kansas muchos años. Fantasmas espantados, pues, y los aficionados Jayhawks que pueden estar tranquilos… de momento.

– Y es que Kansas debe tener algo especial: ese “traidor” del que hablábamos en el punto anterior, Roy Williams, quince años en Kansas, ahora técnico de North Carolina eliminado en semifinales precisamente por Kansas, estuvo durante la final en las gradas del Alamodome vestido con una sudadera azul, apoyando inequívocamente a Kansas. En nuestro deporte patrio, tan metido en forofismos, una cosa así probablemente habría provocado que los aficionados le rechazaran, le despreciaran, le expulsaran hacia otra zona del pabellón. Allí no, allí (al menos por la sensación que tuvimos ante el televisor, desde la distancia) esos mismos aficionados que tantas veces le habían tildado de traidor no dudaron en acogerle con los brazos abiertos.

– Y no era el único. En las gradas del Alamodome había otro ex, éste más veterano y conocido por todos: Larry Brown, el técnico que (de la mano de Danny Manning) había dado su último título a los Jayhawks allá por 1988, el mismo que luego vivió un largo y proceloso periplo por infinidad de franquicias NBA, estaba allí también al pie del cañón. Motivos podría haber tenido para ir con Memphis (dada su amistad con Calipari, con quien incluso compartió banquillo) pero resultó evidente (pese a vestir chaqueta neutra y no sudadera azul) que también iba con Kansas, con aquella universidad que tanto significó para él, y para la que él tanto significó.

– Pero hablemos de su amigo del otro lado. Hablemos de John Calipari. Yo no puedo evitarlo, cada vez que hablo de él se me viene a la cabeza aquella historia… No sé cuántos años habrán pasado, trece, catorce, quince tal vez… Calipari por aquel entonces era un exitosísimo entrenador en la Universidad de Massachussets, aquellos Minutemen llamados Marcus Camby, Lou Roe, Edgar Padilla, Carmelo Travieso… Calipari fue designado para una cosa que entonces era mucho más corriente que ahora, para hacer las europas al frente de una selección de estupendos jugadores universitarios que jugaría unos cuántos partidos por nuestro continente. Y llegaron a España (no recuerdo a qué ciudad, francamente) a jugar el típico partido amistoso contra nuestra selección, metida a su vez en la habitual vorágine de encuentros preparatorios para sabedios qué cita, qué Eurobasket o Mundobasket… La organización (la propia FEB, supongo) no encontró nada mejor para dirigir la contienda que a un par de árbitros locales, no de ACB sino de… (la categoría inferior que existiera por aquel entonces: la LEB aún no había nacido, la EBA tal vez sí). Aquellos árbitros no perjudicaron ni beneficiaron a nadie, eran simplemente un desastre. Pero añádase a su vez la extraña mezcla de dos baloncestos tan distintos, la incomprensión yanqui ante determinadas señalizaciones, su habitual prepotencia cada vez que salen a provincias… y de ahí a sentirse atracados sólo hubo un paso, y de ahí ya pasamos inmediatamente al ataque de nervios. Hacia el comienzo de la segunda mitad Calipari, en pleno ataque de cólera, sus ojos inyectados en sangre, decidió que ya no podía más y mandó a su equipo abandonar la cancha, con dos coj…., ante la bronca del respetable, la cara de susto de los árbitros y las idas y venidas de federativos y demás autoridades que no sabían cómo convencerle para que depusiera su actitud. Al final la depuso. Al final le convencieron quién sabe cómo, quizás mediante amenazas de incumplimientos de contratos, denuncias de patrocinadores y demás, pero lo cierto es que el partido se reanudó y se terminó… si es que aquello fue ya partido, dada la actitud de pasotismo absoluto que todos ellos, jugadores y técnicos yanquis, tuvieron ya hasta el minuto final.

– En USA evidentemente ni conocerán esta historia ni les importaría lo más mínimo… Pero me da la sensación de que tampoco allí Calipari es considerado como el más simpático de los entrenadores. Cuentan que tras la segunda ronda, tras los apuros pasados ante Mississippi State, Calipari montó en cólera durante una rueda de prensa cuando le preguntaron por los problemas endémicos de su equipo con los tiros libres: que si ya estaba bien, que si ya no podía más, que si ya estaba harto de que le preguntaran siempre lo mismo…

– Memphis, ya queda dicho demasiadas veces, era un equipazo. Memphis juega habitualmente en la USA Conference, una liga en la que casi nadie le aprieta, en la que gana sus partidos de calle promediando como veinte puntos de ventaja. Memphis, decían los analistas, está acostumbrado a no tener problemas pero los tendrá en cuanto tenga rivales difíciles. Memphis, añadían, con ese terrible porcentaje en los tiros libres lo pasará muy mal en cuanto tenga que disputar finales apretados. Memphis lo pasó mal y sobrevivió a duras penas en segunda ronda pero luego, semifinal regional, final regional, semifinal nacional, ganó sin despeinarse. ¿Problema resuelto, entonces? No. Simplemente aplazado, merced a su rodillo, merced a haber aplastado a sus rivales con antelación…

– Pero llegó la final y reaparecieron los fantasmas. Vamos a ver: si tú ganas de 9, a menos de dos minutos para el final, y acabas perdiendo, evidentemente tu rival tiene un gran mérito; ha realizado fantásticamente bien la presión, ha robado balones increíbles, ha anotado canastas imposibles… Pero no basta con eso; a su mérito hay que sumar tu demérito. El señor Calipari podrá enfadarse todo lo que quiera cuando le pregunten por los tiros libres pero él sabe bien que (entre otras cosas) su desastroso porcentaje, empeorado además por una situación de presión extrema a la que sus jugadores no estaban en absoluto acostumbrados, le acabó costando el partido.

– Esos tiros libres que jamás podrán olvidar sus dos mejores jugadores, los que más pronto que tarde triunfarán en NBA, a gran nivel el gran CD-R (o sea, Chris Douglas-Roberts), a extraordinario nivel el maravilloso Derrick Rose. Ganarán mucho dinero, quién sabe si anillos, si hasta serán all stars o MVPs… pero en su fuero interno jamás podrán olvidar lo que sucedió aquella noche del 7 de abril de 2008 en la que durante unos interminables minutos tocaron la gloria con los dedos, la tuvieron en sus manos para dejarla escapar inmediatamente después.

– Derrick Rose, por cierto, es una joya. Talento extraordinario, intensidad absoluta, clase por arrobas, carácter ganador, perfecto comportamiento fuera de las canchas… Pero en este torneo nos ha dejado dos historias curiosísimas: la primera (ya contada), cuando tras la semifinal regional le fueron a dar puntos en una ceja y salió huyendo despavorido. La segunda, la misma mañana de la final, cuando se pegó tal atracón de chuches que acabó indispuesto, que hasta el último momento ni siquiera estuvo claro si podría jugar el partido… La primera no pasa de ser una mera anécdota sin importancia. La segunda no: él mismo confesó que durante la final le costó encontrar el ritmo (resultó evidente que sólo hacia la mitad del segundo tiempo empezamos a ver a ese Rose que tanto esperábamos), que durante la prórroga las piernas le pesaban como si fueran de plomo… Sí, será una gran estrella pero no estaría de más que alguien le explique cómo cuidar su alimentación; y no habría estado de más que alguien ya se lo hubiera explicado antes; al menos con cierta antelación al que habría de ser el partido más importante de su vida.

– Y finalmente volvamos a Kansas, y puestos a rendir homenaje a todos sus jugadores centrémoslo en un solo jugador, en el más peculiar que tienen, ése que, como dijo Antonio Rodríguez, está como una regadera: Sherron Collins. En este caso no resulta suficiente con incurrir en el tópico, con decir que es capaz de lo mejor y de lo peor. Eso se queda corto con Collins. Él es capaz de lo mejor y de lo peor pero todo a la vez, en una misma jugada, sin solución de continuidad: te gana el partido y un segundo después te lo pierde, y medio segundo más tarde te lo vuelve a ganar. Te defiende de cine, te la roba y luego se le escapa, o se resbala, o falla la bandeja completamente solo pero no pasa nada porque inmediatamente después te la vuelve a recuperar y te la clava, justo antes de volvértela a liar… Base pequeño y culopollo, si algún día consigue optimizar sus inmensas virtudes y al mismo tiempo mantener bajo control sus defectos será un auténtico crack. Pero qué difícil va a ser eso…

– Kansas, ya quedó dicho la pasada semana, era el más coral de los cuatro equipos, el único que no dependía de una o dos estrellas rutilantes, el que tenía a unos cuantos buenos pero a ninguno realmente extraordinario. Tan coral era que cuando fueron a dar el MVP se quedaron a cuadros, si aquí nadie sobresale, si nadie destaca apenas sobre los demás, a ver qué hacemos ahora… Puestos a escoger yo se lo habría dado a esa imponente fuerza interior llamada Darrell Arthur, tan dotado de potencia como de técnica, que se clavó sus 20 puntos y 10 rebotes dejando además una tremenda sensación de solvencia. Pero ellos (quien quiera que sean) no fueron de mi misma opinión y se lo dieron a Mario Chalmers, sospecho que por razones más épicas que numéricas, sospecho que como premio a aquel milagroso triple que quedará para la historia. Bien está lo que bien acaba, y aquella canasta imposible quedará para siempre como la gran imagen de esta final inolvidable.

– Y se acabó. La temporada universitaria ya es historia. Dentro de unos días hablaremos de otra Final Four, ésta geográficamente mucho más cercana; y estos mismos días hablamos ya de esa otra Final Eight que nos toca tan de cerca. La vida sigue, el baloncesto sigue. Sigamos disfrutándolo.

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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