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(publicado el 7 de agosto de 2008)

 

Es caprichoso el azar, que diría Serrat. El azar tiene estas cosas, cosas como que un jugador al que no habías visto jamás, del que ni tan siquiera habías oído hablar, se te aparezca ante tus ojos no ya una sino dos veces, en dos circunstancias completamente distintas, y todo ello en el breve plazo de apenas 24 horas.

Me sucedió ya el verano pasado: me puse un partido de baloncesto universitario (uno de tantos como nos ofrece Digital + cada julio y agosto, con ese breve retardo de cuatro meses), uno de cuyos contendientes resultaba ser esa modesta Universidad de Davidson en la que jugaba un freshman impresionante, un chaval de portentosa muñeca llamado Stephen Curry, la viva imagen (tanto física como técnicamente) de su padre Dell Curry. Lo cual no habría tenido nada de particular, habría sido uno más de entre tantos proyectos de buenos jugadores como descubrimos cada verano… de no haber sido porque ese mismo día, ya casi de madrugada, me puse a ver la final del Mundial Junior de Novi Sad y de repente allí estaba otra vez, el mismo Stephen Curry ya cuatro meses mayor aunque yo le hubiera visto ese mismo día, la misma cara de niño, la misma muñeca de seda… (eso sí, estos narradores de Teledeporte no sabían que fuera hijo de Dell Curry, probablemente ni siquiera supieran quién era Dell Curry). Hoy más de un año después Stephen ya es casi una celebridad, quizá el mejor jugador de este pasado Torneo Final, probablemente una de las grandes estrellas de esta próxima temporada universitaria… Pero por aquel entonces fue toda una aparición. Por partida doble, además.

Y este verano me ha vuelto a pasar: la selección de Australia que se enfrentó a USA el pasado martes nos mostró a unos cuantos jugadores sobradamente conocidos, Andersen, Anstey, Nielsen, Bruton, tantos otros. Pero también nos deparó alguna sorpresa, como la aparición de un base suplente cuya existencia yo ni conocía siquiera, un muchacho de apenas diecinueve años, tez oscura (probablemente de orígenes aborígenes, valga la redundancia), estatura escasa y velocidad endiablada llamado Patrick Mills. Me encantó, me pareció un jugador a seguir, al que prestar atención cuando volviera a aparecer ante mis ojos, fuera esto cuando fuera… Así que cuando ayer, apenas 24 horas después, me puse a ver uno de tantos partidos atrasados de NCAA, un Miami-St. Mary’s concretamente, y me le volví a encontrar al mando de las operaciones de esa modesta universidad californiana de Santa María, casi no podía salir yo de mi asombro. Ahí estaba de nuevo (sólo que esta vez cuatro meses más joven): su misma buena mano, su capacidad de pase, su sensatez en la dirección, su aplicación en defensa, sus supersónicas penetraciones… y sus fallos que aún los tiene, sólo faltaría que no los tuviera, pero que se le irán curando con el tiempo (de hecho acabó el partido desbordado por su rival, un estupendo base de la Universidad de Miami llamado McClinton, tampoco me olviden ese nombre). No es (ni probablemente vaya a ser) una superestrella, no es (por ejemplo) Ricky, ni se le parece. Pero es ya un buen base, y llegará a ser un gran base. Y de paso, quedará ya en mi memoria como mi aparición por partida doble de este verano, ése a quien el azar me presentó dos veces, en dos circunstancias completamente distintas, con apenas unas pocas horas de diferencia…

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria, selecciones

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