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(publicado el 11 de abril de 2008)

El banquillo del Maccabi casi daría para hacer un estudio sociológico.

El banquillo del Maccabi, en sus partidos en casa, en esa Mano de Elías que no me acostumbro a llamarNokia Arena, es algo así como el camarote de los Hermanos Marx. Algo así como ese atestado vagón de metro en que viajo al trabajo cada mañana.

En el banquillo del Maccabi cabe todo dios. Allí tienen sitio los jugadores, el cuerpo técnico, el presidente, la junta directiva en pleno, el otro, el de la moto, el señor bajito ése que no para de incordiar…

Y todos van y vienen, entran y salen, no paran quietos ni un momento, tal vez no sean tantos pero parecen más, como en aquel chiste, Qué ricos los gemelos… Que va, si es uno solo pero es que es muy inquieto…Pues aquí lo mismo, quizá sólo sean cuatro gatos pero tanto se mueven que parecen ciento y la madre.

El banquillo del Maccabi lo gobierna con mano férrea un tipo legendario llamado Zvi Sherf. Antes lo gobernó un efímero gran ex jugador reconvertido a entrenador prematuro llamado Oded Katash pero aquello no era mano férrea ni nada, aquello era un sindiós. Le dieron puerta, miraron hacia sus leyendas y vieron a Gershon aún ocupado (ya sería por poco tiempo) en El Pireo, así que recurrieron al eterno Sherf para que pusiera orden en su casa de toda la vida.

Y vaya si lo puso. Sherf es probablemente el entrenador más completo del baloncesto mundial, el único capaz de dirigir a sus jugadores, a su público, a los árbitros y a los de la mesa, a todos a la vez y siempre obteniendo un extraordinario rendimiento de todas las partes. Es tal su actividad que cuando se quita la chaqueta descubrimos lo que un día fue camisa y ahora ya es apenas un trapo empapado e inservible, una prueba de fuego para cualquier lavadora o detergente que se precien. Una esponja, Sherf.

Pero tiene ayuda. El presidente detrás no para quieto, y mientras tanto ese señor bajito que apenas conocemos (el manager, dicen) sale a la banda, da instrucciones, regaña a los árbitros, se encara con la mesa sin que nadie le diga ni oste ni moste ni siéntese, y usted quién es, usted qué pinta ahí, usted no puede estar aquí. El tipo está como pedro por su casa, quizá porque resulta evidente que está en su casa.

Y al final descubrimos que estábamos equivocados, que pensábamos ver un partido de baloncesto y mirábamos hacia la cancha sin comprender que el verdadero espectáculo no era ése, no estaba allí sino más para atrás, en aquel banquillo local que no es banquillo, que es una feria.

Para otra vez, por favor, limítense a televisar el banquillo y si acaso, muy de vez en cuando, sólo para romper la monotonía, muéstrennos algún plano muy escaso de la cancha. Y pueden estar seguros de que nos lo pasaremos mucho mejor.

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en Euroliga, preHistoria

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