Edu   Leave a comment

(publicado el 18 de abril de 2008)

 

Los designios de una afición, de cualquier afición, son inescrutables.

Uno, en su ingenuidad, jamás terminará de entender esa costumbre tan latina, tan nuestra, de castigar al que se fue, de despreciarlo como si esto no fuese deporte sino guerra, como si todo aquél que cambió tu uniforme por el del enemigo (de cualquier enemigo) tuviese que ser tachado necesariamente de traidor.

Sí, ya sé, alguien dijo que el fútbol (y por extensión el deporte, cualquier deporte de equipo profesional) no sería más que la continuación de la guerra por otros medios. Pero, puestos a buscar analogías, yo prefiero, antes que la de la guerra, la de la empresa (¿qué son los clubes sino empresas al fin y al cabo?). Usted trabaja en una empresa y quiere mejorar en lo suyo, y si de repente aparece otra empresa de más prestigio, o que paga mejor, o que le ofrece un puesto de mayor importancia, o todo ello a la vez, no me cabe la menor duda de que usted se irá para allá de inmediato. Y si te he visto no me acuerdo, y aquí paz y después gloria.

Claro, usted me dirá que hago trampas, que no es lo mismo irse del Alcampo al Carrefour o de IBM a Microsoft que irse de (pongamos) el Madrid al Barça, o viceversa. Me dirá que las deportivas no son empresas cualquiera, que aquí hay unos vínculos emocionales, unas adhesiones incondicionales, unas masas más o menos enfebrecidas entregadas a sus colores e identificadas a su causa. No consta que los compradores de algún híper hayan montado pollo alguno por el mero hecho de que una cajera o un reponedor (o repositor, como se diga) se hayan ido a la competencia (y con lo que ganarán, en un sitio o en otro, como para montárselo). Ni se recuerdan casos en las otras mencionadas (cuyo nombre no repetiré, que tampoco es cuestión de anunciarlas gratis). Quizá porque sólo son empresas, nada más y nada menos que eso, entidades que no buscan ganar partidos ni títulos, que no tienen aficionados sino clientes, que no tienen más objetivo que ganar dinero.

Dejemos las obviedades, pues; puedo entender (que no compartir) que en un momento dado una afición se sienta traicionada por un determinado jugador: si ese jugador fue grande aquí, si jugaba todo lo jugable, si tenía lo que quería, si le tratábamos como un rey, si le dimos todo lo que pidió, y sin embargo ahora el tío coge y se nos va al de enfrente por un puñado de euros, que le pagarán más pero no se va a comer ni un rosco, no va a rascar bola, no va a jugar ni la mitad… ¡¡¡pesetero!!! (¿llegará un día en que le llamaráneurero, o aún peor, dolarero?). Puedo entender que una afición se sienta dolida cuando se le marcha aquél que lo fue todo en su equipo. Pero… ¿que una afición se sienta dolida porque se marche aquél que no fue nada en su equipo?

Edu Hernández-Sonseca se crió en el Real Madrid. Es, en sentido estricto, el último producto (y tal vez el único, en los últimos diez años) salido de la cantera del Madrid. Edu Hernández-Sonseca estuvo durante unas cuantas temporadas pelándose el culo contra el banquillo del Madrid. Y si alguna vez no se lo peló fue porque le cedieron para que se fogueara. Y a fe que se fogueó, y que volvió fogueado con la promesa de que ese fogueo le abriría de par en par las puertas del primer equipo, las puertas de la gloria: las puertas del ostracismo, las puertas de ese banquillo bajo su culo otra vez despellejado.

Edu Hernández-Sonseca no fue, nunca pudo ser nada en el Madrid. No niego que él tendrá su mínima parte de culpa, pero no me negará usted que no es fácil aprovechar una oportunidad cuando ni siquiera se te conceden oportunidades. No podíamos saber si valía, ni si no valía. No sabíamos nada.

Claro, si las puertas no se abren hacia dentro será porque se abren hacia fuera. Edu no encontró más salida que salir del Madrid, y en su salida podría haber ido a parar a muchos sitios, mejores o peores; pero, mire usted por donde, fue a parar al mejor de todos: fue a parar a la Penya, un equipo emergente, un valor en alza entrenado por un tipo capaz de sacar petróleo de debajo de cualquier piedra. Si Aíto consiguió que tuviera sangre Tabak, si sacó partido a Betts, si se lo está sacando a Jagla, si hasta podría sacárselo al mismísimo Fran Vázquez (sí, por increíble que parezca) si algún día cayera en sus manos, qué no será capaz de hacer con Edu…

Edu volvió ayer a Vistalegre convertido en pívot titular del segundo mejor equipo del país (según la clasificación), del campeón de Copa y campeón de ULEB. Edu jamás traicionó a nadie, sólo se fue a buscar en otros lares la oportunidad que en su lar no se le daba. Y sin embargo Edu, ése al que jamás dejaron rascar bola en el Madrid, fue ayer recibido por (parte de) la afición del Madrid como un auténtico traidor. Y una pancarta enorme en la grada le llamaba Judas, y un abucheo sistemático se extendía cada vez que tocaba el balón, y un coro de cientos o miles de gargantas le llamaba hijo de no sé qué con música de Guantanamera cada vez que lanzaba tiros libres.

Y uno, en su ingenuidad, piensa que no puede ser, que algo falla, que seguro que algo se me escapa, que me he debido perder algo. Odio quiero más que indiferencia, pues tan solo se odia lo querido, decía hace muchos años un bolero. No sé, será eso…

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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