el Pato   Leave a comment

(publicado el 29 de agosto de 2008)

 

Los aficionados nos conocíamos aquel equipo casi de memoria: Terry Porter, Clyde Drexler, Jerome Kersey, Buck Williams y Kevin Duckworth, con Cliff Robinson como sexto hombre de lujo. Eran los Blazers de finales de los 80/primeros 90, aquellos que durante un buen tiempo lideraron la conferencia Oeste, que alcanzaron dos finales NBA para luego perderlas sin apenas jugarlas (la del 90 ante los Bad Boys de Detroit, la del 92 ante los Jordan Boys de Chicago), que en el que quizá fuera su mejor año (temporada 90/91) se vieron apartados de la final por la magia postrera de un tal Earvin Johnson… Su estrella era Drexler, Porter era un atípico y magnífico director de juego, Kersey era el chico-para-todo, Williams ponía rebote, veteranía y sensatez desde el cuatro, y Duckworth…

Kevin Duckworth era un siete pies inmenso, en el sentido estrictamente físico de la palabra. Había llegado a Portland pocos años antes, siendo uno de los culpables (en su caso de manera totalmente involuntaria) de que Fernando Martín apenas rascara bola durante su corta estancia en aquella ciudad. Duckworth no sólo tenía tamaño, tenía también calidad, en realidad tenía mucha más calidad de la que en un principio pudiera parecer. Pero sus dimensiones, su aparente torpeza, sus limitaciones para el desplazamiento lateral (para cualquier desplazamiento, en realidad), incluso su actitud no siempre intensa y concentrada, todo ello fue limitando de alguna manera su carrera.

Y sin embargo dejó sus buenos números, dejó un puñado de buenas temporadas, dejó unas cuantas actuaciones puntuales para el recuerdo. Incluso, aunque hoy apenas nadie lo recuerde, se permitió el lujo de ser un par de veces all star (1989 y 1991). Todo lo cual no le evitó el convertirse en el frecuente blanco de las iras y/o burlas de los aficionados de Oregón, que (como suele pasar con los jugadores de tu equipo) siempre repararon mucho más en sus defectos que en sus virtudes. Y es que ni siquiera su apellido le ayudaba, de hecho bastaba con la primera parte del mismo para hacerle el mote. Y así, más o menos del mismo modo que aquí Butragueño se convirtió en el Buitre, allí Duckworth rápidamente se convirtió en the Duck: el Pato.

Pocos años más tarde dejó los Blazers y muy poco después dejó la Liga, ya sin pena ni gloria. Y prácticamente nos olvidamos de él hasta que una noche, hará como cuatro o cinco años, reapareció ligeramente en nuestras vidas. Era la noche elegida por los Blazers para rendir homenaje a toda aquella histórica generación, y aquel homenaje no lo vimos pero sí vimos el partido de temporada regular que se disputó a continuación, durante el cual las cámaras de la televisión de turno enfocaron varias veces a aquellas viejas glorias reunidas en las gradas del Rose Garden. Y al enfocar a Duckworth supimos que era él porque nos lo dijeron, porque si no jamás le habríamos reconocido. De hecho los mismos Montes y Daimiel se quedaron alucinados, estremecidos al ver a aquel tipo que no es que tuviera problemas de sobrepeso como podemos tener tantos, no es que estuviera más o menos gordo al estilo Barkley, no, sino que se había convertido en un obeso mórbido de esos que vemos a menudo en documentales o reportajes sobre la vida norteamericana (pero jamás en sus películas, curiosamente), un tipo que resultaba difícil imaginar sentado en una sola localidad, que resultaba impensable pensar cómo podría haber llegado hasta allí. Y que a mí de algún modo me transmitió una extraña sensación de desamparo, como de juguete roto. Un enorme juguete roto de poco más de doscientos centímetros de estatura, de probablemente mucho más de doscientos kilos de peso.

Ayer nos llegó la noticia. Ayer supimos que su corazón había dejado de latir, posiblemente cansado, probablemente llegó a un punto en el que ya no pudo aguantar más. Tenía 44 años, poco más de media vida para muchos pero que para él fueron su vida entera. Y a mí, que nunca se me dieron bien estas cosas, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir estas pocas líneas a modo de pequeño homenaje, de sincero agradecimiento por su cuota de responsabilidad en tantos buenos ratos como pasamos en aquellos primeros tiempos de nuestra primera NBA. Descanse en paz.

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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