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(publicado el 28 de abril de 2008)

A veces ocurren cosas así. A veces va un jugador de la NBA y casi sin pensar suelta una perla, una ocurrencia aparentemente sin importancia, una frase común y corriente como aquella legendaria del amigo Sprewell, cuando le ofrecieron renovar por catorce millones de dólares y él no sólo lo rechazó sino que se sintió insultado, y añadió que es que yo tengo una familia que alimentar, mire usted…

Pues eso, que de vez en cuando suceden cosas así. De vez en cuando sale a la palestra un tipo como T.J. Ford y en apenas seis palabras consigue sintetizar su visión de la realidad, dar rienda suelta a su personalidad, mostrar al mundo su inmenso ego, dar salida a sus peculiares ataques de celos… Así sucedió hace apenas unos meses (y así sigue sucediendo) cuando recién recuperado de su terrible lesión, recién vuelto a la actividad, con su compañero Calderón aún saliéndose, a alguien se le ocurrió preguntarle por su nueva situación y el amigo Ford lapidariamente contestó que ser suplente no es mi estilo… (y se quedó tan ancho).

Bonita frase, sí señor. Y yo le entiendo perfectamente porque a mí, en muchos órdenes de la vida, me sucede exactamente lo mismo. Cuántas veces no habré pensado, por ejemplo, que ser pobre no es mi estilo, que mi estilo es ser rico y creso en lugar de ser este mediocre ciudadano de clase media (muy media) que me temo que soy. O ahora mismo aquí en el trabajo, comiéndome los marrones que me endosa mi jefe (y entre marrón y marrón, tecleando a escondidas chorradas como ésta) mientras pienso que éste no es mi estilo, que mi estilo no es ser empleado sino empleador, que mi estilo no es obedecer sino mandar. No, ser un pringao no es mi estilo, definitivamente, así que voy ahora mismo al despacho de mi jefe a decírselo, a ver a dónde me manda…

A veces, cuando yo era pequeño, mi padre me veía hacer las cosas de manera distinta a como él pensaba que debían hacerse (o sea, de manera distinta a como él las habría hecho); y entonces me ponía su habitual cara de póquer e inevitablemente me espetaba una de sus frases preferidas: el estilo es el hombre mismo. (Nunca supe de dónde se habría sacado la frasecita de marras, quizás del anuncio de alguna camisería en sus años mozos, quién sabe). Y yo en mi tierna ingenuidad pensaba que sí, que ése era mi estilo, que estaba muy bien tener un estilo propio, que así era como tenía que ser…

Pero luego creces y vas perdiendo poco a poco tu tierna ingenuidad, y entonces descubres que tener tu propio estilo está muy bien, pero que a veces, demasiadas veces, te lo tienes que envainar porque resulta que tu estilo va por un lado y la cruda realidad va por el otro. Sacrificar tu estilo por tu supervivencia, como si dijéramos…

Y esto desgraciadamente es así en Madrid, en Pekín y hasta en Toronto incluso… salvo que se te aparezca la virgen, salvo que tu trabajo sea tan apreciado, o tus enfados tan temidos, o tu jefe tan condescendiente como para priorizar lo personal sobre lo colectivo, tu bien particular por encima del bien común. No, no suele pasar, es muy raro que pase… pero a veces pasa, vaya que si pasa. Qué cosas pasan.

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Publicado octubre 21, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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