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(publicado el 13 de marzo de 2009)

Ayer, a lo largo de la tarde, anduve cotilleando por Internet qué me podría deparar la jornada de baloncesto universitario, qué podría intentar ver, más o menos clandestinamente, a través de mi maltrecho ordenador (ya que ninguna televisión, ni gratuita ni de pago, tiene la deferencia de televisárnoslo) de todos esos torneos de las principales conferencias, previos al comienzo (el jueves próximo) del Gran Baile… De todo ese calendario de partidos, hubo uno que me llamó especialmente la atención: el que habría de enfrentar a uno de los mejores equipos de la nación, los Huskies de Connecticut, contra mis Orange (antes Orangemen) de Syracuse, en cuartos de final de la Big East. Era el más apetecible, el que habría querido ver por encima de cualquier otro… pero era también a las dos y media de la madrugada, horario prohibitivo para quien luego habrá de levantarse a las siete para venir a trabajar. En otras épocas tal vez me habría atrevido, pero a estas alturas de mi vida ya no está mi cuerpo para semejantes excesos. Si lo televisaran (por un canal de televisión de-los-de-toda-la-vida) siempre podría grabarlo, pero por Internet no puedo hacer eso (o tal vez sí, pero no sé cómo). Así que me fui a la cama, a dormir mis escasas seis horas y pico reglamentarias, y mañana será otro día…

Hoy ya es otro día. Hoy ya es ese día en el que me arrepiento profundamente de haber dormido mis seis horas y pico de rigor, de haberme perdido un partido que fue infinitamente mejor de lo que ya imaginaba (y mira que ya lo imaginaba bueno), que acaso fuera uno de los más grandes momentos que haya dado nuestro deporte en estos últimos tiempos, tal vez en todos los tiempos.

Hoy sé que Syracuse ganó a UConn 127-117 tras (los habituales) cuarenta minutos de juego que dieron paso a una prórroga, y luego a otra, y a otra, y a… y así hasta seis, seis hermosas prórrogas, seis (6), setenta minutos de baloncesto al límite, el segundo partido más largo de toda la historia del baloncesto universitario (cuentan que hubo uno de siete prórrogas en 1981, aunque mucho menos decisivo por ser en temporada regular), acaso el partido más grande jamás jugado en esa competición. Un partido que en tiempo real duró casi cuatro horas, que vio su salto inicial a las 21:36 (hora de Nueva York) y su (séptima y definitiva) bocina final a la 1:22 de la madrugada, horario casi prohibitivo para cualquier neoyorquino (lo sería incluso aquí). Un partido que tuvo un final real pero que antes tuvo seis finales presuntos, seis resoluciones sobre la bocina que hasta en algún caso requirieron que los árbitros las repasaran concienzudamente en sus monitores para cerciorarse de si habían sido dentro o fuera de tiempo. Un partido que vio a no menos de cuatro jugadores principales de cada equipo eliminados por faltas, que requirió que un montón de actores secundarios alcanzaran un protagonismo jamás soñado sobre el parquet. Un partido que tuvo también su héroe, el prometedor base orange Jonny Flynn, autor de 34 puntos y de un porrón de asistencias en sus ¡¡67 minutos!! sobre la cancha, y convertido además en el líder espiritual que arrastró a sus compañeros hacia una victoria que tantas veces les debió de parecer imposible, que al fin y al cabo Syracuse fue perdiendo (y luego remontando) casi siempre, en el partido normal y en casi todas las prórrogas disputadas. Un partido que hizo afirmar a Jim Boeheim que jamás en toda su carrera se había sentido tan orgulloso de un equipo como lo estaba de éste…

Un partido que me perdí, que jamás debí perderme, que jamás lamentaré suficientemente habérmelo perdido. Un partido que a partir de este momento se me convierte ya en imprescindible objeto de culto, que habré de conseguir como sea, donde sea, al precio que sea (dentro de un orden, claro está), de la manera que sea. Que ahora puedo estar escribiendo esto (entre otras cosas) gracias a que anoche dormí mis seis horas y media de rigor, pero que lo cambiaría gustoso, aunque ello me supusiera estar aquí como un zombi, por haber visto un partido que será ya inolvidable para todos los que lo vieron, y tal vez no menos inolvidable para todos aquellos que nos quedamos sin verlo.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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