a tomar por bombo   Leave a comment

(publicado el 19 de mayo de 2009)

 

Triple de Raül López, empate a 74, partido nuevo como si dijéramos, dos minutos y 45 segundos quedan por jugar. Sito Alonso pide de inmediato un tiempo muerto, nosotros aún escuchamos los habituales comentarios de Arsenio, Manel o Fernando mientras las cámaras rápidamente se encaminan hacia los banquillos, en los que… Y entonces, como por arte de magia, de repente en nuestro televisor aparece ¡¡¡EL BOMBO!!! No un bombo cualquiera, no, sino un pedazo de bombo que ocupa casi toda la pantalla, condenando a nuestro partido a una ínfima ventanita en la esquina inferior izquierda; ventanita que ni siquiera se ve completa, que la grande (o sea, la del bombo) resulta que además está por encima, tapando así su pico un buen trozo de la nuestra, nuestra ventanita del baloncesto reducida así a un minúsculo recuadro al que además le falta su esquina superior derecha, escondida precisamente debajo del bombo.

Así que ahí lo tenemos, todo orondo él, dando vueltas sobre sí mismo, tantas como son necesarias para extraer los seis números que formarán la combinación ganadora de ese sorteo de la bonoloto que dicen ofrecernos hoy en diferido (¡¡¡!!!), y que muy a nuestro pesar nos vemos obligados a presenciar. Huelga decir que para entonces también han desaparecido nuestras voces, Cañada, Romay, Comas, De Miquel, todos sustituidos por una mortecina voz en off que tiene la crucial misión de ir cantando los números que aparecen en las bolas, tal vez dando por supuesto que el público al que va potencialmente destinado este sorteo pueda tener ya perjudicadas sus facultades sensoriales, por lo que resulta imprescindible que si sale el 39 alguien le diga que es el treintaynueve, que si aparece el 47 alguien le informe de que se trata del cuarentaysiete, no la vayamos a liar. Ni que decir tiene que a estas alturas el juego (el nuestro) ya se ha reanudado, que ahí me tienen a mí postrado de hinojos ante el televisor (que no es pequeño precisamente), mis ojos guiñados a medio metro de la pantalla, tal vez menos incluso, intentando distinguir cómo va el partido, quién ataca, si ese tiro entra o no entra, qué demonios podrá estar pasando allí debajo, al otro lado del bombo…

Y sale la sexta bola, y ya tenemos la combinación ganadora y nos las prometemos muy felices, craso error porque no deberíamos ignorar que aún queda por extraer el complementario, bola crucial en el supuesto sumamente infrecuente de que tengas cinco aciertos, faltaría más. Y ahí sigo yo con mis ojos clavados en la pantalla y mis rodillas clavadas en el suelo, y sale por fin el complementario y nos las volvemos a prometer muy felices, error aún más craso porque todavía falta… ¡¡¡EL REINTEGRO!!!, es decir, la bola que habrá de servir de consuelo a la décima parte de los no agraciados, de desesperación al cien por cien de los aficionados al baloncesto que allí aguardamos pacientemente a que se acabe el puto sorteo. Cambio de bombo, éste se ve igual de orondo pero tiene menos bolas, tan sólo diez por las cuarentaynueve del anterior, y al menos ahora ya todo parece más fácil, y el bombo que gira y… y allí que se quedan las diez bolas, apiñadas las unas junto a las otras sin que ninguna tenga el cuajo de aparecer por el agujerito, vaya por dios. Pasan los segundos, cunde la alarma, aquello que no se mueve, la voz en off (pasado el inicial momento de estupefacción) que finalmente nos informa de que parece que ha habido algún problema y las bolas se han quedado obstaculizadas pero estén ustedes seguros de que en breve conoceremos el número correspondiente al reintegro, y ese bombo que por fin vuelve a girar, y ahí todos con el corazón en un puño temiéndonos que se atranque de nuevo, pero no, esta vez por fin pasa una bola, ahí la vemos cayendo por el canutillo, parece el nueve pero mira tú por donde resulta que tiene un puntito debajo del redondelito, es el 6, el seis, ¡¡¡¡¡EL SEIS!!!!!, jamás en mi vida habré sentido yo tanta emoción al ver un seis, ni en las notas de los exámenes siquiera, y parece que esta vez ya sí, que por fin hemos conseguido acabar con el sorteo, pero aún nos falta que la voz en off salga de su letargo para ordenarnos la combinación ganadora de menor a mayor (no vaya a ser que nosotros no sepamos hacerlo) e informarnos que mañana habrá un nuevo sorteo, y el miércoles otro, y el jueves la Primitiva y el viernes la madre que los parió, y que cuanto más juegue más posibilidades tengo que ganar, y que la suerte me acompañe, y al fin el puto bombo que desaparece y el baloncesto que reaparece por fin en pantalla, me froto los ojos sin dar crédito a lo que veo (y también por lo escocidos que los tengo tras tanto rato mirando el televisor tan de cerca)… justo a tiempo de ver la repetición de una canasta de Moïso, 78-74 para la Penya, y ahora es Plaza quien pide tiempo muerto, vaya por dios, mientras Cañada nos informa de que faltan un minuto y seis segundos para el final: total, un minuto y cuarenta segundos de partido, no de un momento cualquiera sino de uno culminante, no de un partido cualquiera sino de uno muy grande, convenientemente arruinado por un simple sorteo (en diferido) de bonoloto.

Que a ver, no me malinterpreten, sé muy bien que para mucha gente la dosis diaria de bonoloto es fundamental en sus vidas, y sé también que para buena parte de esa gente no sirven los medios alternativos, que no existe Internet ni el teletexto, que no les vale esperar hasta la mañana siguiente para ver la combinación ganadora en el periódico ni en su administración de loterías, ni hablar, es aquí y ahora, no vayamos a dárselo un cuarto de hora más tarde no vaya a ser que les dé un colapso, así que ahí están ellos puntuales cada noche ante su televisor con el boleto en la mano, con sus esperanzas de costumbre que pronto acabarán convertidas en su disgusto de costumbre, si acaso atemperado una vez de cada equis por haber acertado tres, o al menos por ese reintegro… Que vale, que yo entiendo todo esto, pero ustedes entiéndanme también a mí, háganme el favor: díganme, ya que afirman que va en diferido, si no podría haberse diferido siquiera otros diez minutos más, si tanto se habría incrementado el número de colapsos sin en vez de darlo a las a las 22:00 lo hubiesen dado a las 22:10; o díganme al menos si no sería acaso posible colocar una banda publicitaria, en la parte inferior de la pantalla (más o menos como esa otra que aparece cada dos por tres para recordarnos que mandemos mensajes de móvil, que nos pueden tocar seismil euros), en la que se sobreimpresionara la combinación ganadora, el complementario, el reintegro y hasta el logo de la ONLAE (o como demonios se llame ahora). ¿Cómo, que así no tendría emoción? Pues entonces hagámoslo de otra forma, no pongamos todos los números de un tirón sino que vayamos sobreimpresionándolos uno a uno, según vayan apareciendo, de tal manera que aunque no veamos el bombo al menos consigamos el efecto bombo… cualquier cosa, con tal de que los aficionados a la bonoloto puedan tener cubiertas sus necesidades sin que los aficionados al baloncesto nos tengamos que joder por ello.

Pero volvamos a la cruda realidad: estábamos en que ya habíamos vuelto al partido, quedaba 1:06, otra vez tiempo muerto, vaya por dios, y esas cámaras y esos micrófonos que otra vez se nos van al banquillo blanco, vemos y escuchamos la instrucciones de Plaza y es precisamente entonces, cuando ya está acabando, cuando ya se va a reanudar el juego, cuando alguien, vayan ustedes a saber quién, tal vez cómodamente repantingado en algún mullido sillón de algún profundo despacho del Ente Público, de repente cae en la cuenta de que ahí va, con tanta bonoloto se nos ha olvidado meter la publicidad, madre mía, a ver que hacemos ahora… ¿Pues qué va usted a hacer, hombre de dios? Pues meter una buena ristra de anuncios, que debieron juntar los de dos tiempos muertos no fuese a resultar que luego ya no hubiera otra oportunidad, y así de paso jodernos otro buen trozo de partido, que al fin y al cabo a estas alturas con lo del sorteo ya deberíamos estar acostumbrados… Acaba la publicidad, parece que volvemos al partido, están en tiempo muerto, dios santo, me pregunto, ¿habrán tenido al menos la precaución de dar al pause, seguiremos viéndolo por donde lo dejamos?, pero no, Plaza antes los tenía sentados, ahora los tiene de pie, será una última instrucción, será… será que es otro tiempo muerto completamente distinto: faltan 48,5 segundos para el final, otros veinte segundos, y aún más decisivos que los cien anteriores, que se nos fueron a tomar por bombo, al menos esta vez tuvieron el detalle de ponernos una repetición para que viéramos lo que nos habíamos perdido, el ataque del Madrid, el triple fallido de Hervelle, la pelea por el rebote, Raül cayendo con el balón sobre la línea…

Luego vendría el lío aquél de la mesa, el poner tarde el cronómetro estropeándole a Plaza la estrategia y el factor sorpresa, el justificado cabreo interpuesto de Comas, yo como entrenador te digo que esto fastidia mucho, o sea, es que no me vale, estamos en el momento más caliente del partido, la misma tensión que tienen los jugadores y los árbitros la tendrían que tener los oficiales de mesa… No es ya que Manel tuviera toda la razón (que la tenía), es que me pareció que esa frase resultaba perfectamente aplicable a Televisión Española: a ver, yo no sé quién está al mando (de hecho ni siquiera sé quién ejerce ahora de Jefe de Deportes, tras la famosa cagada del himno), aún menos sé de quién depende todo esto, el que un sorteo en diferido interrumpa el momento cumbre de un partido en directo, el que la publicidad no vaya en los tiempos muertos sino que se coma los tiempos vivos: quizá no sea un jefe, quizá sea un metoca, el que esté de turno, cualquier pringao al que por puro azar (cuestión de bombos, de nuevo) le haya caído en desgracia estar de guardia esa noche, al que le haya tocado ejecutar a rajatabla las infumables órdenes que por escrito le hayan dejado sus amados y nunca bien ponderados superiores. No lo sé. Pero sí sé que ahí, en la cancha, en Badalona, hay un buen puñado de profesionales, delante del micrófono, detrás de las cámaras, todos ellos en permanente tensión, trabajando a plena intensidad, intentando (y generalmente consiguiendo) hacer su labor lo mejor posible, como para que luego tengan que acabar dependiendo de cualquier indocumentado que sestea tocándose los bombos en algún despacho, y que tal vez ni sepa cómo ni cuándo apretar según qué botón. Al final todo se reduce a un concepto en desuso, esa cosa extraña que llamamos Respeto: vale que los telespectadores no les merezcamos ningún respeto, al fin y al cabo somos simples aficionados al baloncesto, ya deberíamos estar acostumbrados, a ver de qué nos vamos a sorprender a estas alturas; pero sus compañeros, los que están ahí al pie del cañón, sacando el trabajo, dando la cara, digo yo que al menos ellos sí que deberían merecérselo.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en ACB, medios, preHistoria

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