azul carolina   Leave a comment

(publicado el 7 de abril de 2009)

Me puse a ver la final universitaria con la certeza de que íbamos a asistir, como cada año, a un grandísimo espectáculo deportivo, pero también con la sospecha de que este año apenas íbamos a tener emoción; de que no habría color, o, mejor dicho, de que sólo habría un color, de que el azul celeste (o azul carolina, como dicen allí) de los Tar Heels se impondría sobradamente al verde oscuro de los Spartans. Quizá no con tanta claridad como indicaba aquel 63-98 que ya les endosaron a comienzos de temporada en este mismo escenario; pero sí con absoluta suficiencia.

Normalmente suelo errar en casi todos mis pronósticos. Pero esta vez, precisamente ésta, parece que no me ha quedado más remedio que acertar. Mis peores temores ya se habían cumplido allá por el minuto diez de la primera mitad, es decir, lo que en el resto del baloncesto planetario llamaríamos el primer cuarto. 32-11, y una aparatosa sensación de que ya todo el pescado estaba vendido por mucho que intentaran convencernos de lo contrario. Vale, sí, todo era posible, que al fin y al cabo esto es NCAA y aún mayores remontadas se han visto, incluso en Final Four no demasiado lejanas en el tiempo. Todo era posible… pero no era probable. En absoluto.

Ya antes de empezar el partido nos pusieron un dato que casi se nos pasó por alto, y que sin embargo resulta tremendamente significativo: en toda la historia del Torneo NCAA, ésta era la primera vez que un equipo llegaba a la final habiendo ganado cada uno de sus cinco partidos anteriores por al menos 12 puntos de diferencia; o dicho de otra manera: ésta era la primera vez que un equipo llegaba a la final sin haber pasado ni un solo apuro durante todo el Torneo. Tan sólo, allá por la segunda ronda, LSU les puso en algún aprieto (según cuentan los que lo vieron; yo aún no he podido verlo), pero que tampoco aparece reflejado en los 14 de diferencia final. Y 12 sólo fueron a Oklahoma, y otros 14 a Villanova en semifinales, y ahí sí puedo decir con conocimiento de causa que no hubo partido en ninguno de los dos casos. Así que, si el hecho de llegar a la final habiendo ganado siempre con tanta claridad ya no tenía precedentes, aún menos los tendrá, por definición, si incluimos también a la final en ese lote, si añadimos a la lista esos 17 tantos de diferencia final que bien habrían podido ser el doble, quién sabe si más incluso, si estos Tar Heels no se hubieran pasado toda la segunda parte dejándose llevar. Es decir: jamás el Torneo, en toda su historia (al menos desde que alberga a 64 equipos) conoció un paseo semejante.

Y mira que Michigan State ya se la lió a sendos números 1, Louisville y Connecticut (y ya antes al vigente campeón Kansas), y siempre de la misma manera, con un manejo perfecto del tempo del partido, imponiendo su ritmo (lento) y montando un impresionante entramado defensivo en el que acabaron perdiéndose tipos tan aguerridos como el gran Cardinal Terrence Williams, cabezas tan bien amuebladas (en lo que a baloncesto se refiere) como la del husky A.J. Price. Pero nada de eso sirvió ante North Carolina, como no sirvió ninguno de los trucos tácticos que el gran mago Izzo sacó de su chistera, como aún menos sirvió el ambiente, esa marea verde que luego fue marea blanca, ese jugar casi en casa, ese tener a medio estado de Michigan detrás. Todo, absolutamente todo dio igual, porque resultó que los Tar Heels tenían demasiadas respuestas.

Respuestas que no tardando mucho encontraremos en la NBA, llamadas Ty Lawson, Wayne the Rain Ellington (de haber ido a los Blue Devils en vez de a los Tar Heels, ¿le llamarían Duke Ellington?), Tyler Hansbrough o hasta ese sorprendente freshman, Ed Davis. Respuestas que acaso también pasen por allí como Deon Thompson, respuestas que jueguen donde jueguen se ganarán muy bien la vida, como Danny Green. Respuestas también de ese fantástico entrenador que es Roy Williams, que para ganar en esto no basta con llevar la mejor plantilla, ejemplos a montones hay de lo contrario, conviene llevar a un equipo extraordinariamente trabajado además. Y con todos esos condicionantes, con más armas que nadie, con más argumentos que nadie, con más calidad que nadie, el título tenía que acabar cayendo como fruta madura. Al fin y al cabo ya todos los analistas lo predijeron allá por octubre: a un lado estaba North Carolina, al otro estaban todos los demás. Sí, luego tal vez de noviembre a marzo marearan un poco la perdiz, pero en llegando a abril ya no podría haber otro desenlace posible. Ya no habría otro color.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en NCAA, preHistoria

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