cuestión de compromiso   Leave a comment

(publicado el 13 de febrero de 2009)

 

Pocos jugadores me dejan más frío que Vladimir Radmanovic. Aunque tal vez no sea frío el término correcto. Frío sería si me dejara indiferente como tantos otros, pero ése no es exactamente su caso. Él más bien se me mueve entre la indiferencia y el rechazo absoluto, siendo precisamente esta última sensación la que me provoca con más frecuencia. Para ser exactos Vlado Radmanovic ya no es que me deje frío, ya es casi al contrario, ya casi me calienta (entiéndase ello en sentido figurado, evidentemente) cada vez que le veo jugar.

Radmanovic llegó a la NBA gracias a su envidiable estatura (aún más envidiable por tratarse de un alero) y a su no menos envidiable muñeca, capaz de ensartarte triple tras triple con pasmosa fluidez. Cualidades ambas que, por sí solas, deberían haberle procurado una estancia sólida, placentera y muy bien retribuida en aquella Liga. Y sin embargo, en todos estos años sólo ha conseguido salir rebotado y por la puerta de atrás de todos aquellos equipos por los que fue pasando, y siempre con la inquina garantizada de todos los entrenadores con los que coincidió. Y no, en este caso no vale buscar tres pies (o cinco) al gato ni hablar de lo raros que son en la NBA, que es bien sabido que en su selección las cosas nunca fueron muy diferentes. Recuérdese simplemente su presunta participación en el Mundial de Indianápolis 2002, prematuramente apartado por Pesic de aquella selección que (no sin polémica) se alzaría finalmente con el Campeonato, sin que a él todo aquello pareciera importarle lo más mínimo. O cómo olvidar su ¿participación? en el ¿equipo? serbio del Eurobasket 2005 (en Serbia, precisamente): no, Obradovic desde luego que no la habrá olvidado, pueden estar seguros.

Un día, hará como dos años y pico, llegó a Lakers y algunos ingenuos pensamos que allí las cosas habrían de ser diferentes, nada que ver como lo sucedido en Sonics o Clippers: Al fin y al cabo, nadie como Phil Jackson para sacar agua de las piedras, para manejar personalidades de toda clase y condición, para extraer extraordinario rendimiento de alguien tan (aparentemente) antisocial como Dennis Rodman, para lograr que un ego tan desmedido como el de Jordan no aplaste a sus compañeros sino más bien al contrario, para conseguir que dos tipos tan antagónicos como Kobe y Shaq sean capaces (al menos durante un tiempo) de convivir bajo el mismo techo en pos de un objetivo común… Y con todo ese legendario currículum a sus espaldas, ¿acaso Phil Jackson no va a conseguir que Radmanovic se IMPLIQUE, se integre en el proyecto ganador de unos Lakers cuya sola mención ya dispararía los sueños de todo jugador sobre la faz de la Tierra?

Pues no. Radmanovic, a las órdenes de Jackson, siguió siendo ese mismo jugador que ya antes habíamos conocido: el que todo lo hace como si nada importara, el que está como si no estuviera, el que defiende como si no defendiera, el que siempre hace lo que no debe justo cuando no debe, el que aprovecha sus periodos de ocio para lesionarse. Y hoy la criatura se va echando pestes de los Lakers y aún más pestes de don Phil, y no seré yo quien le arriende las ganancias (como suele decirse): si el Maestro Zen no le gustó, casi mejor que se vaya preparando para lo que le espera. Es decir, para Larry Brown. No puedo imaginar peor mezcla, ni creo que exista en todo el planeta un solo jugador menos compatible, menos aceptable, menos adaptable a los rígidos gustos de tan exigente entrenador.

Y mientras tanto Morrison ha hecho ese mismo viaje pero en sentido contrario, de Charlotte a Los Ángeles, y ya algunas voces se han apresurado a afirmar que para qué, que es más de lo mismo, que esta operación no tiene ningún sentido. Yo no. Yo estoy mucho más en la línea que apunta en su blog (infinitamente mejor que yo) Antoni Daimiel (*). Vale que Morrison haya supuesto una tremenda decepción en los dos años y medio que lleva en la Liga (aunque alguna coartada tiene: un año entero lesionado, una diabetes mucho más difícil de llevar en NBA que en NCAA); y que nadie lo sabe mejor que yo, que tuve debilidad por él durante su etapa universitaria y que hasta tuve la ocurrencia de ponerle por las nubes (en mala hora) en aquellos días previos a su debut en la Liga (**). Pero Morrison, jugador atípico donde los haya, persona con inquietudes intelectuales absolutamente infrecuentes en un jugador NBA (en casi cualquier deportista, en realidad), se va a encontrar con un entrenador que vendría a ser algo así como la horma de su zapato. No creo que haya en toda la Liga dos tipos con mayor sintonía cultural. Lo cual, en términos de rendimiento en cancha, no garantiza absolutamente nada, por supuesto. Pero es un buen comienzo.

Al final el baloncesto es también, y sobre todo, una cuestión de compromiso. Algo que entiende perfectamente Morrison, como lo entendería cualquiera que le viera aquella lejana noche de marzo de 2006, llorando en mitad de la pista con absoluta desesperación tras su último partido, su eliminación, su amargo final del hermoso sueño de Gonzaga. Algo que alguien como Radmanovic no podrá entender jamás en la vida.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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