el Chimpa   Leave a comment

(publicado el 27 de abril de 2009)

 

A veces nos creemos que los jugadores son como clones, como frutos transgénicos de una cosecha absolutamente programada. Si los hemos plantado a la vez, si han brotado a la vez, pues igualmente habrán de madurar todos a la misma vez. A veces nos olvidamos que los jugadores no crecen con arreglo a un plan prefijado, que por mucho que queramos controlarlos no dejarán de ser frutos silvestres, cada uno de su padre y de su madre, cada uno con sus riegos (y sus riesgos), con sus plazos, con su propio proceso de maduración.

Miremos por ejemplo la cosecha de 2004, aquella que tuvo la ocurrencia de ganar el Europeo Júnior de Zaragoza. Había unos cuantos frutos poco llamativos en aquel huerto, alguno de los cuales (llámese Llull) fue a explotar gozosamente cuando menos lo esperábamos mientras que otros (llámense Marc Fernández, Aspe, Teruel, Moncasi…) aún siguen trabajando en ello. Pero había sobre todo tres frutos que daba gloria verlos, tres que se nos hacía la boca agua pensando cuán jugosos llegarían a ser en cuanto estuvieran en su punto: el primero (y el más lustroso de los tres), llamado Sergio Rodríguez, casi aparentaba estar maduro ya, de hecho lo que entonces nos pareció maduración temprana fue más bien maduración engañosa, quizá lo dimos por hecho cuando estaba haciéndose aún; el segundo, de nombre José Ángel Antelo (ése de quien el madridismo decía poéticamente que no se le toca ni un pelo), fue más bien el caso opuesto, ni está ni se le espera, a día de hoy no ha madurado ni ha dado síntoma alguno de maduración, de hecho cada vez hay menos esperanzas de llegar a hincarle gustosamente el diente algún día (entiéndase todo ello, claro está, en un sentido meramente metafórico, no me vaya usted ahora a pensar otra cosa).

Y estaba finalmente el tercero, llamado Carlos Suárez y más conocido en círculos estudiantiles como El Chimpa. Con éste nos pusimos nerviosos de inmediato. Nos lo vendieron como el sucesor natural de Carlos Jiménez (pero éste además con tiro exterior), así que nos faltó el tiempo para que se nos hicieran los dedos huéspedes (¿por qué se dirá esto?), para pedirle desde ya mismo lo mismo que a Jiménez, para exigirle pleno rendimiento desde el primer día como si ya fuera un jugador hecho y derecho y con pelos en el pecho. Y mirábamos a su amigo el Chacho ahí a su lado hecho un pincel, internacional absoluto y enebeable y campeón del mundo y blazer chupabanquillos y todo lo que ustedes quieran, y seguidamente volvíamos los ojos hacia el Chimpa y no entendíamos nada, por qué esta criatura no termina de explotar, por qué ni siquiera termina de arrancar, por qué parece estar siempre atormentado como si se le viniera el mundo encima a cada rato…

Efectivamente, no entendíamos nada: no entendíamos que Suárez no era Rodríguez, que la evolución del uno nada tenía que ver con la del otro, que las comparaciones no le ayudaban sino todo lo contrario; no entendíamos que en todo este periodo le tocó lidiar con al menos media docena de entrenadores, cada uno con sus cadaunadas, tan pronto cargándole con todo el peso de la responsabilidad como arrumbándole al fondo del banquillo sin saber muy bien por qué; no entendíamos que en tan sólo una temporada, la 2007/2008, le tocó vivir y sufrir lo que otros viven y sufren durante toda una carrera, que esa lucha por la supervivencia (deportiva, económica, institucional) en su caso no era circunstancial, no era como la de tantos otros que tan sólo están de paso, que a él le llegaba mucho más adentro, que la angustia por su Estu le escocía en las entrañas; no entendíamos que a sus veinte le estábamos exigiendo como si ya estuviera en los treinta para, si su respuesta no era la esperada, colgarle de inmediato aquel cartel de eterna promesa, o al menos aquel otro tan socorrido de se ha estancado en su progresión; no entendíamos finalmente que él llevaba su propio ritmo; que él, a trancas y barrancas (famosas hormigas que nada tienen que ver con esto), aún a pesar de todas las dificultades, estaba siguiendo su propio proceso de maduración.

Quizás este Carlos Suárez sea precisamente el fruto de todo aquello; quizás todos esos palos, con mención especial a ese pasado año en el que todo pareció desmoronarse bajo sus pies, nos hayan devuelto al actual Chimpa. A un Chimpa que empezó haciendo buena temporada pero que hoy, tras altibajos y averías varias, la está acabando no ya buena sino extraordinaria. Un Chimpa ya sí, por fin maduro… que no formado, sino aún en formación (sólo faltaría), con muchas cosas aún por pulir: su (excesiva, a veces) aceleración, su aún frecuente inconsistencia en la definición (esas bandejas aparentemente fáciles…), su tiro exterior (aún a pesar de que en su día nos lo vendieran) manifiestamente mejorable. Pequeños contras, pero que no logran tapar tantos otros pros de regularidad, intensidad, defensa, entrega, hiperactividad, omnipresencia durante cada segundo de cada minuto que permanece sobre la cancha. Intangibles, si quieren (¿a quién me recuerda esto?), pero que se hacen más tangibles cada día que pasa.

Hoy ya sí, por fin Carlos Suárez empieza a llenar el hueco que un día dejara su tocayo Jiménez en el Estu, y hasta incluso se atreve a presentar su candidatura para rellenar ese otro hueco, el que dejara ese mismo tocayo en la selección (y ello ante los ojos del mismísimo seleccionador, in situ para la ocasión, ya puestos); hace apenas unos meses, pensar siquiera en nuestro Chimpa vestido de rojo por tierras de Polonia nos habría parecido absolutamente descabellado. Hoy sin embargo es ya algo más, mucho más que una remota posibilidad. Pero vaya o no vaya, sea como fuere, hay algo que ya nadie nos quitará y es la inmensa satisfacción de haber recuperado a ése a quien nunca perdimos pero a quien sí dimos demasiado pronto por perdido: por ansiosos, por agoniosos, por no haber sabido esperar a que alcanzara su grado óptimo de maduración.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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