el hombre biónico   1 comment

(publicado el 7 de mayo de 2009)

 

Hay jugadores que te entran por los ojos. Jugadores que te entusiasman, que te fascinan, que te enamoran (entiéndase ello en términos estrictamente baloncestísticos) cada vez que los ves. Y luego hay otros que te epatan, que te abruman, que se te imponen, que incluso te intimidan. Puestos a hablar de megaestrellas NBA, en la primera categoría entrarían sin lugar a dudas Wade, Kobe, quizá también Paul, quizá todavía Nash, tantos otros… mientras que en la segunda categoría estaría, sobre todo, por encima de todos, LeBron James. Wade o Kobe son jugadores de dibujos animados, LeBron es un personaje de videojuego. Wade desprende magia; LeBron desprende supremacía, dominación, poder absoluto.

Cada vez que veo jugar a LeBron (y van ya unas cuantas veces) no puedo evitar que se me produzca esa sensación como de que no es humano, como si se tratara de un ser de otro planeta o aún mejor, de una criatura fabricada íntegramente en un laboratorio. Como si un grupo de científicos hubiesen encontrado las proporciones justas, exactas, perfectas, de fuerza, velocidad o potencia para, mezclándolo todo en una coctelera (o en un tubo de ensayo, que queda más científico) y añadiéndole además las necesarias dosis de intensidad, decisión, liderazgo, criterio y fundamentos baloncestísticos, generar como resultado este ser imposible: aún a comienzos del siglo XXI, LeBron James es ya un jugador del siglo XXII.

Vamos, que casi podrías imaginártelo como Terminéitor, o como esos personajes que a veces se aparecen en los anuncios de innovadores productos de limpieza, diciendo con voz metálica aquello de vengo del futuro… Y mira que él intenta humanizarse, que realiza toda clase de acciones para que le veamos como algo incluso parecido a una persona normal: muerde compulsivamente (vorazmente, incluso) sus uñas, desparrama polvos de talco sobre las cabezas de la mesa de anotadores, dispara fotos imaginarias a sufridos compañeros que acabarán revolcándose por el suelo partiditos de la risa (que al final ya no sabes qué parodia, si una fotografía o un pelotón de fusilamiento)… Da igual. El hombre (llamémoslo así) no tiene puta gracia, qué le vamos a hacer, se ve que ese ingrediente no se lo pusieron en la probeta. Resulta antinatural, como un robot contando chistes, como el monstruo de Frankenstein queriendo bailar sevillanas, no sé, algo así. Cuanto más intenta humanizarse, menos humano parece.

Me pasa con él lo que hace años me pasaba con otro jugador, pero éste no de baloncesto sino de rugby. Sí, no me ponga esa cara, uno es de baloncesto pero también a veces ve otras cosas: no es que yo sea muy de rugby, no es que lo siga mucho (de hecho habré de reconocer que ahora mismo no sé ni qué equipo ha ganado este año el Seis Naciones), pero no por eso deja de ser un deporte sumamente entretenido, sobre todo si están por medio los All Blacks. Y precisamente en esa selección de Nueva Zelanda, allá a mediados de los noventa (creo) había un jugador del que quizá oyeran hablar porque su fama trascendió más allá de su deporte: Jonah Lomu. Era todo un espectáculo. Era un milagro de la genética, un tío con las dimensiones propias de esos que llaman paquete de delanteros (esos que chocan, se embisten o se enganchan en cada melé) pero que jugaba de ala (o como demonios se llamen los que corren hacia el ensayo pasándose el balón a la mano) porque resultaba que estaba dotado de una velocidad, una coordinación y una potencia fuera de lo común. Era impresionante ver cómo los rivales fracasaban sistemáticamente al intentar placarle, cómo a menudo alcanzaba la línea de ensayo llevando aún arrastras a algún contrario amarrado a su cintura… Creo recordar que su carrera fue corta, que graves problemas físicos (renales, para ser más exactos) acabaron por apartarle demasiado pronto de este juego. De algún modo, eso también contribuyó a que se convirtiera (aún más) en leyenda. Era, a finales del siglo XX, otro deportista no ya del XXI sino del XXII. Era otro milagro de la naturaleza, otro ser imposible, otro deportista físicamente perfecto, otro hombre biónico. Como LeBron James.

LeBron James es hoy MVP de la NBA, también llamado emeuvepé de la enebeá emvipí de la enbiéi, como ustedes prefieran. Y no es ya que me parezca justo, es que incluso creo que jamás habrá habido MVP más merecido que éste. No es ya que LeBron sea el mejor jugador del mejor equipo de la NBA, es que LeBron es el líder en puntos, rebotes, asistencias, tapones y robos (y porque no hay más) del mejor equipo de la NBA. Con él los Cavs ganarán el anillo, sin él difícilmente habrían pasado de primera ronda, tal vez ni siquiera habrían olido los playoffs. LeBron James es ya hoy (y por mucho tiempo, me temo) el puto amo, no hay, no puede haber otro MVP posible. Y ello es así aunque a mí me impresione pero no me apasione, aunque me conquiste pero no me seduzca, aunque me alucine pero no me fascine. Aunque a mí, qué le voy a hacer, me siga gustando más (por ejemplo) Wade.

Anuncios

Publicado octubre 23, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

Una respuesta a “el hombre biónico

Suscríbete a los comentarios mediante RSS.

  1. Pingback: desagraviando a LeBron | zaid Arena

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: