habemus Sergio   Leave a comment

(publicado el 5 de febrero de 2009)

 

No, no se me asusten, no voy a hablarles otra vez de Sergio Llull, ni aún menos de Sergio Sánchez o Sergio Pérez, ni siquiera de Sergio Rodríguez, no. Este Sergio que habemus se apellida Scariolo y, como ustedes a estas alturas conocerán ya de sobra, es nuestro nuevo seleccionador y parece que seguirá siéndolo por mucho tiempo ya que, según publicaba ayer esta web que nos acoge en su seno (copio y pego), el contrato “contempla la presencia de Scariolo desde el próximo Eurobasket que se disputará en Polonia del 7 al 20 de septiembre hasta los Juegos Olímpicos de Londres en 2112, pasando por el Mundial de 2010 en Turquía y el Eurobasket de 2111 en Lituania”. Es decir, el récord de Díaz-Miguel hecho pedazos, más de 103 años de permanencia en el cargo, mucho me temo que ni usted ni yo (ni él, siquiera) asistiremos al fin de su ciclo…

Más allá de chorradas y erratas varias (rápidamente subsanadas y perfectamente explicables, que esto es lo que tiene trabajar a toda prisa… y entiendan la palabra prisa en su estricto significado, sin dobles sentidos de ninguna clase), el nombramiento de Sergio Scariolo concita filias y fobias por doquier, casi a partes iguales. En cualquier caso a mí apúntenme entre los primeros, háganme el favor. A mí el italiano me parece un magnífico técnico, sobradamente avalado por sus resultados y sus títulos. Prepara los partidos a las mil maravillas, es metódico en su trabajo hasta límites casi obsesivos, vive su profesión con total intensidad. Difícilmente podría nuestra selección estar en mejores manos.

Pero tampoco es que me ciegue la pasión, no se vayan a creer: nadie es perfecto (que yo sepa) y Scariolo como buen ser humano tiene también sus defectillos (o acaso no lo sean aunque a mí me lo parezcan, acaso el defecto sea mío), que ya se sabe que cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, o en este caso susscarioladas (o scariolismos, si se prefiere): tiene, a mi juicio, una cierta tendencia a encasillar a los jugadores, a coartar sus posibilidades pidiéndoles que hagan sólo una cosa, que jueguen sólo de una determinada manera, a limitar de algún modo su espontaneidad (por si se lo está preguntando, le aclararé que ahora mismo estoy pensando en dos casos muy concretos, Walter Herrmann y Erazem Lorbek en sus respectivas –y muy diferentes- etapas malagueñas); tiene una fortísima personalidad, lo cual por sí solo no es un defecto (más bien al contrario), pero que en su caso le ha ocasionado roces de todas clases con personas de toda condición; tiene una tendencia casi patológica a extralimitarse en sus funciones, a que el banquillo se le quede pequeño, a intentar situar su proceso de toma de decisiones mucho más arriba, algo que le ocasionó toda clase de problemas en su etapa malagueña, no digamos ya en su etapa madridista; tiene finalmente (para qué negarlo) un leve afán de protagonismo, una especie de incierto deseo de ser el ombligo del universo, el centro de todas las cosas.

Acaso sea por todo ello (que, repito, a mi modo de ver apenas interfiere en su gran capacidad como técnico) por lo que Scariolo sea amado y odiado a partes iguales, por lo que sea recibido de uñas y a menudo incluso insultado a coro por las aficiones rivales, por lo que hoy nos toque leer tantos comentarios elogiosos como críticos acerca de su nombramiento como seleccionador. Comentarios todos ellos legítimos, claro está… o casi todos: porque hay un argumento que empieza a repetirse hasta la saciedad y que a mí me produce urticaria cada vez que lo leo: ése de que si en la selección sólo pueden jugar españoles el seleccionador también debería ser español, ése de que si no habrá un montón de buenos entrenadores en España, como para tener que traer a un extranjero… Con esto no puedo, lo siento.

Sí, efectivamente, en España hay un montón de buenos entrenadores: tantos que incluso algunos de ellos ocupan o han ocupado muy recientemente los banquillos de Portugal o Brasil, o que incluso algún otro ha sonado muy fuertemente para banquillos de tanto prestigio como los de Grecia o Francia. ¿Y acaso no nos rasgaríamos todos las vestiduras (con razón) si la opinión pública de esos países se manifestara en estos mismos términos? No le pongamos fronteras al talento, por favor. No seamos más papistas que el papa: permítaseme recordar que nuestras selecciones de (por ejemplo) waterpolo, voleibol o hockey sobre hierba han tenido técnicos foráneos más o menos recientemente (y en algún caso con extraordinarios resultados, por cierto); y permítaseme recordar que torres más altas han caído: el Athletic de Bilbao (de fútbol hablo), que tan a gala tiene alinear tan solo a jugadores vascos, ha tenido entrenadores de más allá de sus fronteras (entiéndase el término fronteras en sentido amplio: autonómicas o estatales, tanto da) desde antes de que yo tuviera uso de razón (si es que tengo de eso); y qué decir de la selección inglesa (de fútbol sigo hablando), histórico baluarte de los más sacrosantos valores de dicho deporte, lugar donde jamás nadie imaginó ver forastero alguno… y que cuenta a día de hoy con un seleccionador italiano, a quien antes precedió uno sueco. Que una cosa son los jugadores y otra el entrenador, que no me mezclen churras con merinas.

Y que esto de descalificar a las personas tan solo en función de su lugar de origen, además de ser una barbaridad desde el punto de vista ético, es también un atraso desde el punto de vista del sentido común. Hace casi 27 años se disputó en este país un Mundial de Fútbol que fue, en lo que a resultados de nuestra selección se refiere, un auténtico desastre, a consecuencia del cual se organizó una especie de linchamiento popular hacia la figura de quien había sido el seleccionador, José Emilio Santamaría, a quien entre otras muchas cosas se le reprochó el terrible pecado de haber nacido en Uruguay. Y tanto daba que aquel hombre llevase media vida aquí, que tuviese la nacionalidad española desde antes incluso de que hubieran nacido muchos de ésos que tanto le reprochaban. Daba igual. Como hoy, más de un cuarto de siglo después, al parecer sigue dando igual que Scariolo lleve ya más de doce años viviendo y trabajando en este país, que tenga cónyuge e hijos españoles, que hable el castellano mejor que usted y que yo, que hasta pague aquí sus impuestos: “¡Que se vaya a Italia, a entrenar a su selección, que buena falta les hace!” Hay que ver, qué animales somos, qué poquito hemos cambiado.

Así que dejémonos de barbaridades, por favor, y en todo caso si queremos debate preguntémonos sobre otras cosas: preguntémonos qué sentido tiene que a la selección no pueda entrenarla un técnico ACB y sí pueda hacerlo un técnico de la Liga Rusa (que digo yo que estará más lejos, que el seguimiento de los jugadores se hará más difícil); o preguntémonos cuánto durará este matrimonio, cuánto tardará la fuertepersonalidad de Scariolo en chocar con el fuerte personalismo de Sáez. Preguntémonos lo que queramos, pero… otro día. Hoy la buena nueva, le pese a quien le pese, es que Sergio Scariolo es nuestro nuevo seleccionador. Y quede aquí dicho (aunque de nada vaya a servir el decirlo) que cuenta al menos con todo mi respeto y, desde luego, con toda mi confianza.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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