Moncho quédate   Leave a comment

(publicado el 31 de marzo de 2009)

 

Pues sí, aunque suene ridículo reconozco que el pasado sábado por la tarde me acordé de aquella cantinela que tan a menudo suena en nuestros pabellones y nuestros estadios, aquella que empieza con un tarareo como de banda sonora de película bélica y que acaba con el nombre en cuestión y el quédate o el vete ya, según proceda. Pues eso: Moncho quédate, Moncho quédate, Moncho queeedateeeeee…

Llevamos ya unas cuantas semanas de Tarde Premier-ACB, ese programa-contenedor que TVE creó para reforzar su programación deportiva de los sábados, ése que a menudo, por necesidades del guión, se reconvierte en Tarde Davis-ACB, o en Tarde ACB-Selección… Unas cuantas semanas que me dejan una sensación, digamos, agridulce. Más dulce que agria, en cualquier caso: hemos permanecido demasiados años huérfanos de toda consideración, como para no valorar ahora en su justa medida el tener un buen previo, invitados más o menos de postín, algún comentario en los descansos, incluso un pequeño post siempre que las circunstancias lo permitan… Todo un lujo, sobre todo si recordamos de donde venimos.

Pero la parte agria también sigue ahí, latente; y es que no hay semana que no me pregunte por qué a ellos todo les resulta siempre tan difícil: oyes en otro momento los carruseles radiofónicos, ves los baloncestos autonómicos y tienes la sensación de que allí todo fluye con naturalidad, de que los que están en el plató (o en los estudios centrales, en su defecto) se comunican sin el menor problema con aquellos que están en el puesto de comentarista, de que unos y otros también se comunican a su vez con aquellos otros que están a pie de cancha… Parece fácil, pero para TVE no debe serlo: aquí todo resulta ortopédico, como cogido con pinzas, como metido con calzador; nadie parece saber cuándo dar paso a quién, nadie parece hablar cuando le toca, o no habla nadie o hablan todos a la vez, nadie escucha jamás a nadie sin que nunca logremos entender por qué el ruido ambiental afecta siempre más a los profesionales del Ente que a cualesquiera otros; de modo que al final los de la cancha parecen incómodos porque no se enteran de lo que les entra por los cascos, porque no saben muy bien cómo lidiar con los del plató, y éstos a su vez aún más incómodos porque aún menos saben cuándo pueden o deben meter baza, si les interrumpirá la publicidad, si se les vendrá encima cualquier otra cosa… En otros lugares vemos televisión del siglo XXI. En TVE parecemos estar viendo la televisión del siglo XIX. Como si se les hubiera detenido el tiempo.

Pero repito, no quiero que parezca que lo malo me pesa más que lo bueno (aunque le dedique más espacio). El empeño es loable (lo hable quien lo hable) y el resultado final también suele serlo, por más que choque demasiado a menudo contra la anquilosada realidad de tan inmenso Ente. Como loable suele ser también la selección de invitados… aunque a veces haya cosas que chirríen: por ejemplo, llevar a un Pedro PicapiedraRodríguez que de entrada no tuvo el menor reparo en manifestar, con ejemplar honestidad, que desde que se retiró (que ya ha llovido) apenas ha mantenido contacto con este deporte, vamos que casi ni contacto visual siquiera…

O será tal vez que pedimos demasiado: como si cada semana, en cada cara nueva que se nos aparece en el plató, buscáramos el complemento ideal de Romay, el alter ego que ocupe la plaza vacante, que se nos aproxime a ese listón que tan alto dejaron Creus y Scariolo. Nos pasó hace semanas con Gonzalo Martínez, todo un descubrimiento (descubrimiento relativo: habiéndole visto jugar, no resultaba difícil imaginarlo como comentarista); nos volvió a pasar con Alfred Julbe (y en este caso ya no fue descubrimiento, sino confirmación); y nos pasó más que nunca este pasado sábado con el advenimiento del MAESTRO Monsalve. Todo un lujo a nuestro alcance aún a pesar de los desajustes, de las interrupciones, de las urgencias tras la prórroga que obligaron a Lourdes García Campos a despacharlo (a él y a Pedro Rodríguez) casi deprisa y corriendo, casi dejando que se les escapara vivo, sin contarnos esas doscientasmil historias que aún tendría para contar, qué hay de lo suyo con Brasil, qué andaba haciendo por Hungría (o acaso esto ya lo hubiera explicado al principio, que esta vez al no haber Premier empezaron antes y me pillaron por sorpresa), qué sé yo, tantas cosas. Da igual; nos dejó lo suficiente como para saber que sigue siendo (ya lo escribí demasiadas veces) el personaje más Imprescindible de nuestro baloncesto. Moncho quédate…

Y entiéndanme, no es que me queje de Romay. O al menos no más que otras veces, porque hasta creo que ha mejorado: que lo que aporta, con ser poco, es bastante más de lo que aportaba cuando empezó. Y no lo digo por decir ni estoy de coña, lo creo sinceramente. Será que tras tirarse tantos meses con Creus y Scariolo, al final es inevitable que se le haya acabado pegando algo. O será que le comparo con su amigo Biriukov, en su escalofriante labor de analista euroliguero telematritense, y cualquier comparación es odiosa pero ésta es casi sangrante (los lectores no madrileños nunca podrán entenderlo…).

Pero Romay, aún mejorado, sigue siendo manifiestamente mejorable. Y por más que los del plató a veces consigan hablar, e incluso a veces hasta les podamos escuchar, hay aún así algo que nos sigue faltando, algo o más bien alguien, allí, a pie de pista, a la vera de Cañada y de Romay, alguien que con sencillez y amenidad nos aporte un buen análisis técnico, alguien que ponga un buen contrapunto a sus chascarrillos… Pues eso, que ustedes a lo suyo, continúen con sus quehaceres habituales si así lo prefieren pero permítanme que yo, si no es mucha molestia, retome una vez más mi retahíla: Moncho quédate, Moncho quédate, Moncho…

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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