reivindicando a Van Gundy   Leave a comment

(publicado el 29 de mayo de 2009)

…o para ser más exactos, reivindicando a Stan Van Gundy. Que aún hoy, tantos años después, parece que dices Van Gundy a secas y de inmediato el que se te aparece es su hermano Jeff, su apariencia de poquita cosa, su sempiterno traje oscuro, su sobria corbata, su atildado aspecto de oficinista mediocre… Un día nos presentaron a alguien que se apellidaba como él, de nombre Stan y ubicado en el banquillo de los Heat, y nos dijeron que eran hermanos y nosotros fuimos y nos lo creímos más que nada porque no nos quedaba más remedio, porque tampoco era cuestión de dudar incluso de su madre. Pero a fe mía que jamás en toda mi vida conocí dos hermanos que fueran tan diferentes entre sí. Casi como De Vito y Schwartzenegger (¿cómo se escribirá?) en aquella terrible película…

Cabrían dos Jeff en cada Stan, poco más o menos. No, a este Stan jamás podríamos imaginárnoslo como tantas veces vimos a Jeff, dirigiendo a sus Knicks (o a sus Rockets) con su inseparable lata de coca-cola light. A este Stan jamás podríamos imaginárnoslo como aquella vez vimos a Jeff, amarrado a la pierna (y a su vez siendo arrastrado por ésta) de Mourning mientras intentaba evitar una de tantas peleas tumultuarias. A este Stan jamás le vimos ni le veremos (espero) con corbata, mientras que a Jeff jamás le vimos sin ella. Y si en Jeff tantas veces creímos ver un oficinista corriente, este Stan más bien nos parece haber llegado del otro lado del Río Grande, su imponente bigote pidiendo a gritos un sombrero, una guitarra, un mariachi, un micrófono por el que gritar que aaaayyy, Jalisco, no te rajes

Pero hete aquí que en algo sí venían a parecerse ambos Van Gundy, más allá de tener el mismo apellido y los mismos progenitores: ambos parecían tener la misma pasión por el baloncesto, una pasión que, siendo además profesión, casi podría llegar a convertirse en obsesión, como si ya no pudiera haber otra cosa en que pensar durante las veinticuatro horas del día (y porque no hay más). Aunque eso sí, acaso manifestada de diferente manera: con Jeff siempre sospechamos (y así nos lo corroboró algún jugador suyo, años más tarde) que su obsesión no iba más allá del apartado defensivo del juego, él buscaba la perfección absoluta en la parte de atrás, en la de delante ustedes mismos con sus propios mecanismos. En Stan, en cambio, no parece apreciarse esa diferenciación, basta ver a sus actuales Magic para comprobarlo: ver cómo aprietan en defensa pero también, y sobre todo, cómo en ataque la mueven más y mejor que cualquiera… aunque siempre haya excepciones, claro está: en el quinto de la serie la cagaron en ambos lados, sobre todo atráshaciéndole pasillo a LeBron. Va a ser que nadie es perfecto…

Nunca acabamos de entender aquel episodio de Miami (aunque quizá estos días estemos empezando a entenderlo), aquel capitán que se bajó de la nave porque creyó que se hundiría, aquel grumete que no sólo la reflotó sino que la puso viento en popa, a toda vela, aquel capitán que justo entonces volvió para colgarse la medalla al llegar a puerto, quítate tú pa ponerme yo que es que precisamente en este dedo me falta un anillo, vaya por dios. Y el amigo Stan que tragó sin decir oste ni moste (afortunadamente, porque si hubiera dicho semejantes palabras todo el mundo se habría preguntado qué le pasaba en la boca) y desapareció de nuestras vidas para reaparecer súbitamente hace apenas un par de años, sin salir del estado de Florida pero un poco más al norte, concretamente a la vera de Mickey Mouse.

Y hoy debería ser de los entrenadores más admirados y reconocidos del planeta NBA, pero ya se sabe que en aquella Liga (como en cualquier otro lugar) más vale caer en gracia que ser gracioso, y no me pregunte usted por qué pero parece que el amigo Stan Van Gundy pertenece a esa segunda categoría. Se ve que hay entrenadores completamente vacíos a los que todo el mundo respeta, y en cambio otros rebosantes de contenido a los que nadie parece tomar en serio. Y así bastó que se vieran 3-2 en contra ante los Celtics (remontada bostoniana incluida) para que ya de nada sirviera su extraordinaria temporada regular, su brillante forma de sobreponerse en primera ronda a los Sixers o el destrozo que durante esta misma semifinal estaban causando a estos mismos Celtics (y que éstos al final acabarían pagando). Nada servía ya, porque a su afamado jugador franquicia le faltó el tiempo para salir a la palestra y afirmar poco menos que su técnico en los minutos finales se aturulla, que les transmite su aturullamiento y demás zarandajas varias, ay que ver, con lo guapo que habría estado callado, precisamente alguien como él, tan supermán, tan bueno y temeroso de dios, bien que debería saberlo…

Que vale, que tal vez debió decirlo en la intimidad del vestuario pero se le escapó, y con tanta tensión es hasta entendible que ello sucediera. Lo que ya es menos entendible es que hasta Shaquille O’Neal acudiera presto a sumarse al coro sin que nadie le preguntara (o quizá sí le preguntaron, no sé), que allá en Miami ya nos pasaba, que en los Heat ya se ponía y nos ponía de los nervios, fíjese usted, y que tras él medio país se apuntara gustoso al linchamiento, que ahora que ya hemos pillado presa no la vamos a soltar, no vaya a ser que se nos escape. De repente resultó que los Magic no habían llegado hasta donde habían llegado gracias a (entre otros) él, sino a pesar de él.

Luego claro, resultó que esos mismos Magic, dirigidos por ese mismo Míster Pánico al parecer tan desquiciante, ganaron el sexto y hasta se permitieron reventar a los Celtics (y a los pronósticos, de paso) en el séptimo, allá en su mismísimo YoquéseGarden bostoniano. Y llegaron a Cleveland convertidos en carne de cañón pero aún así remontaron lo imposible para ganar el primero, remontaron lo imposible para casi ganar el segundo (y bien que lo habrían ganado si LeBron fuese un ser humano, o si Mickael Pietrus por una vez no se hubiese ido a por uvas en vez de irse a por brevas), y volvieron a Orlando y siguieron ganando (hasta finales igualados incluso, por imposible que ello pudiera parecer), un 3-1 que por un solo segundo no fue 4-0, qué había pasado, aquellos Cavs supuestamente invencibles, de repente ahora pendientes de un hilo… A algunos no les quedó más remedio que descender de su pedestal (o caerse del guindo, según) y acabar por reconocer el magnífico planteamiento de Van Gundy (incluso en todos esos instantes finales); otros en cambio prefirieron guardar silencio, a la espera de que los acontecimientos vengan a proporcionarles una nueva oportunidad: viendo el 3-2 andarán ya relamiéndose, pensando ya en cómo se van a poner si al finalpega la vuelta y gana Cleveland 4-3; no sé si habrá presa para todos.

Pero yo, que soy muy raro, prefiero pensar que algo habrá tenido que ver, que no todo lo malo habrá sido por su culpa, que no todo lo bueno habrá sido sólo culpa de sus jugadores. Que sí, que tiene una gran plantilla (mejor de lo que muchos pensaron cuando les dieron prematuramente por muertos) pero que también hay que saberla manejar, hay que conseguir que juegue como juega, con ese Turkoglu por fin convertido en amo y señor, con Howard allí en medio de faro, luz y guía, con los cuatro exteriores a su alrededor, con ese Rashard Lewis que ahora parece el secreto mejor guardado de estos Magic, ese cuatro de mentira que saca de su zona (y de sus casillas) a Varejao, que capaz es de descomponer cualquier defensa interior. Que algo habrá tenido que ver Van Gundy, incluso, en la conversión de un ex inadaptado social como fue Rafer Alston: en otros sitios (Houston sin ir más lejos, hasta hace muy pocos meses) ya demostró que servía para la NBA. En Orlando ha demostrado, además, que puede servir (unos días más que otros) para un equipo que aspire a ganar la NBA.

Así que aquí me tienen, reivindicando a Stan Van Gundy y haciéndolo además a contrapié, justo el día menos indicado, justo tras la dolorosa derrota del quinto. No sé, será que me genera complicidad. Que le veo ahí, con su barriguita cervecera (o cocacolera), con sus camisetas o sus polos bajo esas chaquetas que difícilmente le abarcan, con los papeles siempre saliéndosele por algún bolsillo, con esa afonía crónica tan común a tantos entrenadores (véase Guil, el del Fuenla, sin ir más lejos)… Me cae bien, no lo voy a negar; me encanta su sencillez, su actitud, su entusiasmo, hasta su cara de chiste; todo lo cual no habrá de significar que no sea cierto también todo aquello que dice Howard, que dice Shaq, que dicen tantos: al fin y al cabo siempre se dijo (y yo siempre pensé) que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de sus entrenadores: nadie es perfecto (ni LeBron siquiera) así que es posible que esas características supuestamente negativas de Van Gundy acaben transmitiéndose a sus jugadores. Tan probable como que también se les transmitan las positivas, como que éstas acaben pesando infinitamente más que las otras. A las pruebas me remito.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

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