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(publicado el 17 de abril de 2009)

Sé que voy a ir un poco a contracorriente. Sé que en estos días no resulta fácil hablar bien de Pepe Sánchez, como si hubiera cometido alguna fechoría, como si sólo hubiera ido al Madrid a llevárselo crudo, como si hasta sus lesiones fueran por su culpa. Durante estos pasados meses cualquier madridista que te encontraras te lo ponía verde sistemáticamente, y tanto más cuanto menos baloncestero fuera: pero de dónde se han sacado a este tío, será muy bueno pero yo no le veo nada, vaya castaña que nos han traído, para esto bien podían haber dejado a Tunceri, anda y que se hubiera quedado en el Barça, menudo paquete, qué sé yo, lindezas así. De repente ya nadie parecía recordar su pasado, sus etapas en Barcelona, en Málaga (sobre todo en Málaga), en Alicante, en la Selección Argentina, incluso en aquella Universidad de Temple donde me entusiasmó por primera vez hacia finales del siglo pasado, aún a las órdenes de aquel viejo cascarrabias y maravilloso entrenador llamado John Chaney. Sé que con Pepe Sánchez no voy a ser imparcial, no puedo serlo, ni aunque todas las voces a mi alrededor intenten convencerme de lo contrario. Las debilidades, ya se sabe, son así.

Pero mi debilidad no me impide ver sus defectos, y Pepe Sánchez tiene uno bien grande, que trasciende incluso a aquellos que no le conocemos ni jamás le conoceremos personalmente: una fortísima personalidad, así dentro como fuera de las canchas. Podría poner tres ejemplos (aunque habría muchos más) que lo ilustren, que nos recuerden que él toma sus propias decisiones, que no es de los que se dejan llevar, nunca, en ningún ámbito; que no estamos, en absoluto, ante un tipo corriente:

Verano de 2002, Indianápolis; Argentina-Serbia, final del Campeonato del Mundo; tiempo muerto, hacia la mitad del segundo cuarto: el Puma Montecchia se sienta, Pepe Sánchez se prepara para volver a la cancha… y en éstas Rubén Magnano se pone a diseñarles una jugada completamente nueva, algo que al parecer no habían hecho ni preparado ni entrenado jamás en todo el Torneo. Cualquier otro probablemente habría tragado pero Sánchez, con dos razones, le espeta allí mismo a su coach que se niega a salir. Bronca total, tras de la cual Magnano se verá obligado a recurrir a su tercer base, un estupefacto (y casi inédito durante todo el Torneo) Lucas Victoriano. Hubieron de pasar unos minutos (quizás ya fuera en el descanso) para que las aguas volvieran a su cauce, para que las relaciones recuperaran (más o menos) la normalidad… Así tal cual lo narró entonces en directo Pedro Barthe (cuyo puesto de comentarista debía estar justo detrás del banquillo argentino), así tal cual lo contó el propio Pepe Sánchez hace apenas unos meses, en entrevista concedida a la revista Gigantes.

Tras aquella Final que Argentina perdió, que quizá nunca debió perder, que de algún modo le perdieron, y ya de regreso en su país, al Presidente de la nación le faltó tiempo para recibirles en audiencia, para invitarles a una recepción oficial y así poder hacerse la foto con todos ellos en su Casa Rosada. ¿Con todos ellos? No exactamente. Aquellos eran tiempos (aún más) difíciles en aquel país, tiempos de caceroladas y corralitos en los que Argentina se desangraba, se deshacía en pedazos en medio de una crisis galopante, quizá también en medio de la generalizada corrupción de su clase dirigente; un presidente electo dimitía, un vicepresidente le sucedía pero también dimitía al cabo de 24 horas en beneficio de un tercero, el cual a su vez, en unos pocos días… En tales circunstancias Pepe Sánchez se bajó del barco, decidió que no quería ser recibido por un presidente que no había salido de las urnas. No sé si fue sólo él, no recuerdo si también se apeó alguno más; sí que recuerdo perfectamente su nombre.

Cuatro años más tarde, verano de 2006, viernes 1 de septiembre para ser más exactos; España-Argentina, semifinal del Mundial de Japón: todos recordamos aquellos últimos segundos, la lesión de Pau, el triple que falla el Chapu, el rebote postrero de Rudy, el delirio. Los argentinos que se van para su vestuario entre la frustración y la ira, algún orondo e intrépido periodista especializado en preguntas chorras que se les pone por medio queriendo hacer la gracia, algún afamado pívot bonaerense que casi lo mata, que ni él evidentemente estaba para bromas ni el horno para bollos… Y mientras tanto Pepe Sánchez allí permanece en medio de la pista, esperando pacientemente a que los nuestros terminen de festejar. Sí, claro, enfrente tenía compañeros, Cabezas, Berni, Garbajosa y algún otro que también lo sería en un futuro inmediato como Jiménez. Pero no era nada fácil estar aún allí, y sin embargo él allí continuó hasta que pudo felicitar uno por uno a todos los nuestros. Si hubo algún otro yo no lo vi, las cámaras no nos lo mostraron, mis ojos (un tanto empañados en aquel momento, habré de reconocerlo) tampoco estaban ya para ver mucho… Sí que vi, claramente, nítidamente, a Pepe Sánchez, ahí quedará el vídeo para quien quiera comprobarlo. Ya saben, aquello tan difícil de la dignidad tras la derrota, tanto más difícil cuanto más dolorosa ésta sea. Sí, decirlo lo puede decir cualquiera, hacerlo… Hacerlo, solamente lo hacen los verdaderamente grandes.

Y qué les voy a contar de sus desencuentros con Scariolo que ustedes ya no sepan: broncas apocalípticas de esas que tiembla el misterio, de esas que hicieron retumbar las paredes del Carpena y de algún otro vestuario. Alguna vez la cosa llegó tan lejos que hasta el base fue apartado del servicio activo, digámoslo así, que hasta llegó a aparecer (no sé si a consumarse) alguna amenaza de expediente disciplinario. Ya saben, la puta manía de pensar por sí mismo, de tener criterio propio (equivocado o no, ésa ya sería otra historia), de no acatar por acatar, de no decir amén a todo… Y sin embargo, en aquella entrevista en Gigantes que antes mencionaba, Pepe Sánchez comentaba que, una vez finalizada su relación laboral, ambos, Scariolo y él, mantienen una buena relación personal: que hasta comieron juntos alguna vez con ocasión de alguna de sus visitas a Málaga.

No sé si Joan y Pepe, Plaza y Sánchez, llegarán también a comer juntos alguna vez, ahora que también ha finalizado su relación laboral. No lo sé, pero no sé por qué me da la sensación de que sus desencuentros, aún habiendo hecho mucho menos ruido que aquellos otros de Málaga, han tenido sin embargo muchas másnueces, han sido mucho más profundos aunque apenas hayan aflorado a la superficie hasta este tormentoso final de mutuas decepciones y promesas incumplidas. Me da la impresión, desde la distancia (desde la ignorancia) de que entre Scariolo y Sánchez siempre hubo, si no un respeto, sí al menos un reconocimiento mutuo: de que, aunque se dijeran de todo, el uno aún siguió considerando al otro un gran base, y el otro al uno un gran entrenador. Y me da la impresión, desde esa misma ignorancia (aunque la distancia sea menor) de que entre Plaza y Sánchez las cosas no han sido exactamente de la misma manera: no estoy seguro de que Plaza haya visto jamás a Sánchez como un buen base, como esa prolongación del entrenador en la cancha que siempre se espera que sea. Y aún menos lo estoy de que Sánchez considere a Plaza un buen entrenador.

Claro que Sánchez no ha jugado bien en el Madrid, eso es un hecho objetivo por más que uno nunca sepa si fue antes el huevo o la gallina, si no jugó bien por no sentirse a gusto, si no se sintió a gusto por no jugar bien. Sabemos que las lesiones no le respetaron, que tampoco le respetó demasiado su propia afición (la que debió haber sido su afición), que jamás cayó en gracia en Vistalegre, que la explosión de Llull hizo que le miraran (aún más) con lupa, que apenas le pasaron una. Y que hasta los más fieles a su causa tuvimos que buscar la manera de disculparlo, que cada vez que un madridista me llegaba con todas esas quejas (véase el primer párrafo) salía yo del paso como buenamente podía, pues Pepe Sánchez ha sido muy bueno, pero claro, ha llegado al Madrid demasiado tarde, sus mejores años fueron en Málaga, ahora ya no es el mismo, ahora ya tiene una edad

¿”ha sido”? ¿”demasiado tarde”? ¿”una edad”? (todas estas preguntas me las hacía yo cuando mi interlocutor ya se había ido, él apenas satisfecho con mis explicaciones, yo mientras preguntándome por qué le había dicho semejantes tonterías) ¿Qué edad? Pepe Sánchez nació en 1977, por lo que este año cumplirá o habrá cumplido ya 32 años. Tal vez no esté ya en el mejor momento de su carrera, pero ello no habría de significar que no le quede aún carrera al más alto nivel. Que no quede aún básquetbol (como dicen por allá) en esos ojos y esas manos que suelen ver y dar lo que muy pocos ven y aún menos dan, esos pases que no son pases, que más bien son preasistenciasmedias canastas como si dijéramos (y que hasta nos recuerdan a algún otro base que apenas se le parece, como nuestro Sergio Rodríguez). Que no quede aún básquetbol en su cabeza, sobre todo en su cabeza, ésa que siempre vio, leyó y dirigió el juego como nadie.

No sé qué le deparará el futuro. A largo plazo podría ser (si él quiere, si se decide a ir por ese camino) un grandísimo entrenador, me da que tiene todas y cada una de las cualidades necesarias para serlo. Pero a corto/medio plazo, sé de unos cuantos equipos ACB a los que ahora mismo su dirección les vendría de cine (y alguno aún me queda más cerca que el anterior, en kilómetros y no digamos ya en afectos; otra cosa ya es que pudiera pagarlo). Esperemos que así sea, que su marcha del Madrid no suponga su marcha de nuestra Liga, que esto no sea un adiós sino un hasta la vista; que aún podamos disfrutarle por aquí durante algún tiempo más.

Y no se me sorprenda, recuerde que yo al principio ya se lo advertí, que iba a ir un poco a contracorriente. Si usted buscaba anatemizar (pedazo de verbo) al personaje, me temo que no ha acudido al sitio adecuado. No se preocupe, no muy lejos de aquí encontrará múltiples foros donde podrá dar rienda suelta a sus deseos. Aquí no. Aquí seguiré yo con mis debilidades y mis cositas, qué le vamos a hacer.

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Publicado octubre 23, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

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