Archivo para octubre 24, 2012

el espectáculo debe continuar   Leave a comment

(publicado el 3 de agosto de 2009)

 

Capítulo I: Ricky Rubio, tras dimes y diretes y duelos y quebrantos varios, proclama finalmente su firme determinación de marcharse a la NBA.
Capítulo II: en la noche del draft Ricky es escogido en el puesto número cinco, lo que fastidia sobremanera sus expectativas económicas, geográficas, climatológicas y mercadotécnicas.
Capítulo III: Ricky entiende que no podrá pagar la cláusula, afirma que Minnesota no es precisamente su destino soñado y asume que su futuro tal vez pasará por quedarse otro par de años en Europa, a ser posible en ese mismo DKV Joventut que tanto me quiere y al que tanto debo, esa misma Badalona que me vio crecer…
Capítulo IV: Villacampa proclama que no hay tu tía, que Ricky ya nunca más será verdinegro salvo que retire su famosa demanda, y es justo entonces cuando comienzan a emerger las más afamadas potencias europeas, todas ellas ansiosas por incorporarle de inmediato a sus filas.
Capítulo V: los Wolves atacan de nuevo y cruzan el charco con un montón de sabrosas propuestas que habrían de servir para pagar su cláusula, y de repente Ricky vuelve a engolosinarse con la NBA, tanto que ahora ya no parecen importunarle en absoluto Minnesota ni el frío ni el mercado ni la madre que los parió.
Capítulo VI: cuando ya todos damos por hecho que Ricky será de los Wolves, resulta que la propuesta minneapolitana no es en dinero sino en especies, algunas de rentabilidad cero a corto plazo y muy dudosa rentabilización a medio/largo plazo; la Penya necesita pasta fresca, así que no traga.
Capítulo VII: vuelta a asumir que Ricky se quedará en Europa, vuelta a dispararse los rumores, que si Madrid, que si Unicaja, que si Barça, que si Olympiacos, que si tal o que si cual.
Capítulo VIII: la prensa (la de Madrid, mayormente) proclama a los cuatro vientos que Ricky Rubio está a punto de convertirse en Ricky blanco, que Florentino ha convencido a Villacampa con tres millones de poderosas razones (y a tocateja, sin pagarés de dudoso cobro) y que el acuerdo es total entre todas las partes, tan sólo a falta de la firma del jugador.
Capítulo IX: la firma de Ricky se retrasa, lo que anima a otras partes a presentar también sus propuestas: Olympiacos como de costumbre tira la casa por la ventana, Unicaja al parecer apela a sus vínculos aitianos, el Barça se asoma con una oferta a todas luces irrisoria…
Capítulo X: finalmente Ricky da calabazas a don Florentino, rechaza igualmente la milmillonaria oferta de los de El Pireo y decide que ya que no puede irse a vivir a Minnesota prefiere quedarse a vivir en El Masnou; o lo que es lo mismo, que su acuerdo es total con el Barça, que ya no va a jugar en ningún otro lugar, ahí ustedes se las entiendan…
Capítulo XI: Villacampa, acaso con los bajos ligeramente inflamados por el hecho de que Ricky haya ido a aceptar precisamente la oferta que menos liquidez aportaría a las menguadas arcas verdinegras, le dice que hasta aquí hemos llegado, mira rico olvídanos, que negocie tu abuela, ya conoces tu cláusula, tú sabrás qué haces con ella.
Capítulo XII: … … … (continuará) … … …

Reconozco que me aburren sobremanera los culebrones. Reconozco que por no ver no habré visto jamás ni tan siquiera un minuto de ni un solo capítulo de esa tal Betty la Fea en ninguna de sus cuarenta y ocho versiones. Reconozco que no sé de qué va Amar en tiempos revueltos, que no tengo la menor idea de quién es ese Duque de quien tanto hablan, que no sé quiénes fueron Cristal ni la dama de rosa, que mis únicos recuerdos de este género se remontan a algún cálido verano de mis años mozos (hace media vida), a aquella insoportable Lucecita que mi madre y mi abuela se empeñaban en escuchar cada tarde, justo a la hora de la siesta…

No, no es lo mío, y por eso suelo huir como de la peste de todas estas serpientes de verano, siempre tan generosamente engordadas por los medios de comunicación, rama deportes: el Racing, interesado en Pestosinho; Pestosinho se acerca al Racing; Pestosinho, a un paso de firmar por el Racing; el Sporting también se interesa por Pestosinho; Pestosinho se aleja del Racing; el fichaje de Pestosinho por el Sporting, sólo a falta de unos flecos; Pestosinho, atado; se complica el fichaje de Pestosinho; se enfría el interés por Pestosinho; Pestosinho, casi descartado; el Racing retoma las conversaciones por Pestosinho… Y así sucesivamente, así un día tras otro, una edición tras otra, un equipo tras otro, un jugador tras otro. Huyo como de la peste… aunque a veces, en alguna circunstancia muy concreta, sí que me deje llevar, sí que le preste toda la atención a alguna historia, acaso porque se trate de un equipo que me interese, acaso (mucho más frecuentemente) porque se trate de un jugador que me interese: alguien como Ricky, por ejemplo.

Hasta hoy. Hoy reconozco que ya no puedo más, que el tema Ricky ya me rebasa, me rebosa y me sobrepasa. Que ya es demasiada sobredosis, que tengo ya las neuronas al bies (como podrá certificar cualquiera que esté leyendo esto), que a este paso acabaré poniendo en peligro incluso mi equilibrio psicológico (si es que aún algo me queda). Reconozco que ya no entiendo nada, que no entiendo a Ricky ni a los que le rodean, ni a los que le rodearon, ni a los que le quisieron, ni a los que le ofertaron. Reconozco que me pierdo, que ya no doy más de sí (ni de mí).

Y puestos a no entender, ni siquiera entiendo por qué Ricky estaba finalmente dispuesto a vivir a treinta bajo cero en Minneapolis, y ahora en cambio está tan indispuesto a separarse de su abuela, de sus colegas y de su nueva casa de El Masnou. Que sí, que aquí no hay playa, vaya vaya, pero que a cincuenta minutos de puente aéreo, o a más/menos tres horas de AVE, tampoco parece que la cosa resultara tan traumática como habría resultado (por ejemplo) en Minnesota; eso aquí, no digamos ya en Málaga o El Pireo, climas benignos, mares sin igual. Que vale, que yo hasta puedo entender que el chico no quiera dejar su hogar ni su pueblo ni su gente (salvo que fuera para irse a USA), faltaría más… pero es que la criatura, contrato vigente, cláusula mediante, no está en condiciones de escoger. O al menos, no parece que sea el único que esté en condiciones de escoger.

Pero él ya ha escogido, y ha elegido Barça. Lo cual, por otra parte, me parece muy bien: primero, porque se trata de un proyecto inmejorable, un equipo ganador, vigente campeón de liga, vigente finalista (a cuatro) de la Euroliga, qué mejor lugar para incrementar su progresión; y segundo, porque yo lo que quiero es que Ricky juegue, tanto que me da que lo haga en Barcelona, en Madrid, en Tegucigalpa o en Sebastopol. Así que me parece muy bien su elección… y aún me parecería mejor si con ella no estuviera poniendo en un brete al que aún hoy sigue siendo su equipo.

Porque llegados a este punto la Penya y el Barça habrán de estar condenados a entenderse… pero otra cosa será ya que se entiendan. Ricky, desde luego, no se lo ha puesto fácil: porque ahora el Barça sabe que ya no tiene que superar otras opciones, sabe que es la única opción, que puede permitirse mantener su oferta a la baja, ahí lo tienes, o lo tomas o lo dejas, o se viene conmigo o te lo comes, así que tú verás. Y ahí es donde Villacampa se sube por las paredes, claro, el hombre andaba ya relamiéndose con los tres millonesflorentinos (con los que ya perdonaba un buen pedazo de cláusula), como para conformarse ahora con esos escasos dos millones azules y granas. Éramos pocos y parió la abuela como suele decirse (y en este caso, nunca mejor dicho), pocos problemas teníamos, pues ahora ya tenemos uno más.

Qué duda cabe, el espectáculo debe continuar. Que Ricky no venderá tantos periódicos como Cristiano Ronaldo, Kaká o Ibrahimovic pero también tiene su público (y en lo tocante a jugadores de baloncesto, acaso ninguno tenga tanto público). El espectáculo debe continuar… pero no conmigo, yo me apeo, conmigo que no cuenten. Aún lo seguiré de lejos, qué remedio, mucho me temo que no podré evitarlo, que el personaje aún me interesa lo suficiente como para necesitar saber cuál será el desenlace. Pero eso: el desenlace. Porque toda esta parafernalia previa de idas y venidas, quiebros y requiebros, tomas y dacas, tiras y aflojas, me supera ya en tal medida que arrojo la toalla. Me rindo, sencillamente. Háganme el favor, avísenme, despiértenme cuando echen el capítulo final.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en ACB, NBA, preHistoria

la pieza que faltaba   Leave a comment

(publicado el 27 de julio de 1999)

 

Hay jugadores, aparentemente muy buenos, a los que jamás tendría en mi equipo. Y en cambio hay otros, aparentemente muy normales, que irían siempre conmigo allá donde estuviera. (Entiéndase todo ello en sentido figurado, claro está, que ni tengo ni tendré equipo ni nada que se le parezca). Entre los primeros estaría, por ejemplo, ese Zach Randolph de quien ya despotriqué sobradamente hace una semana, con ocasión de su reciente fichaje por los Grizzlies (véase el post titulado falsa moneda). Entre los segundos estaría, por ejemplo, este Andre Miller de quien tanto hemos oído (leído, más bien) en estos días, con ocasión de su reciente fichaje por los Blazers.

Le conocimos (yo, al menos) allá por 1998. Tres años antes, este angelino de pura cepa había optado por un extraño viaje hacia el interior (de su país, acaso también de sí mismo): había elegido matricularse (tal vez no se le presentaran muchas más oportunidades) en la blanca e inmaculada universidad del no menos blanco estado de Utah. Parecía un lunar, una especie de anomalía étnica allí en medio de la cancha rodeado por sujetos como sacados de un molde, como cortados todos por el mismo patrón, pelo rubio muy corto, aspecto enjuto, apariencia nórdica, orígenes escandinavos, acaso también la nacionalidad como era el caso de aquel finlandés, Möttölä, el hombre diéresis. Todos ellos (incluido aquel hierático pívot, Doleac) guiados por esteoscuro Miller, definitivamente convertido en la perfecta prolongación sobre la cancha del inmenso (en todos los sentidos) Rick Majerus. En aquel año de gracia de 1998 llevó a sus otrora modestos Utes a las puertas de la cima (regalándonos algún triple-doble por el camino, y dejando en la cuneta incluso a los vigentes campeones Wildcats de Arizona), que no fue la cima misma porque ya en la Final se les atravesaron los (también) Wildcats de Kentucky.

Once años después, diez temporadas NBA después, su hoja de servicios nos presenta una carrera individual modélica, pero que jamás consiguió encontrar un proyecto colectivo a la medida de sus posibilidades. Talento desparramado en Cleveland, Los Ángeles (Clippers), Denver o Philadelphia, playoffs en contadas ocasiones y siempre como esa sensación de llegar a todos los sitios en el peor momento, en el tiempo equivocado. Quizá por todo ello, quizá también por su natural discreción, a mí siempre me ha parecido uno de los jugadores más infravalorados de aquella Liga. Vale que nunca logró tener un tiro exterior consistente, de acuerdo, pero encontrarle otros defectos no resulta tarea fácil: más bien encontraremos a un base de los que juegan y hacen jugar, de los que mejoran cualquier equipo por el que pasen: capacitado para liártela de mil maneras, en penetraciones o en bombitas desde cerca del aro, pero no menos capacitado para implicar a todos y cada uno de sus compañeros, para forrarles de asistencias en cuanto se le presenta la ocasión. Añádase que ve el juego como nadie, que ayuda inmensamente en el rebote y que la cosa del absentismo laboral no va con él, que lo de faltar a trabajar se ve que no lo tiene por costumbre, que pueden contarse con los dedos de una mano los partidos que se ha perdido en estos últimos diez años. Sumen todo ello y díganme si no creen que este jugador se merecería algo mejor… Algo como Portland, por ejemplo.

Digamos que los Blazers, para el puesto de base, llevaban años y años persiguiendo sombras. En un momento dado hasta les valió el gris Jarrett Jack, no digamos ya el opaco Steve Blake, mientras otros seres más luminosos (quizá demasiado), como nuestro Sergio o como Jerryd Bayless, se estrellaban por no estar hechos a imagen y semejanza de su coach. ¿Lograría finalmente McMillan encontrar la horma de su zapato? Sabíamos que se pirraba por Hinrich como antes supimos que se pirraba por Calde… y en éstas, como caído del cielo, le aterriza Andre Miller, la perfecta cuadratura del círculo: la dosis justa de luminosidad, perfectamente equilibrada con la dosis justa de sobriedad, trabajo y eficiencia. La dosis justa de veteranía, perfecta para complementar a esa pandilla de talentosísimos e imberbes yogurines. La pieza que faltaba, la que permitirá que Brandon Roy no tenga ya que absorber tanto balón ni que comerse necesariamente el ochenta por ciento de cada posesión, la que asegurará por fin una justa redistribución de la riqueza (es decir, de la pelota); la que puede convertir a un equipo con posibilidades en un equipo con aspiraciones. Difícilmente los Blazers podrían haber encontrado una solución mejor, difícilmente Andre Miller podría haber encontrado una oportunidad mejor.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

aquel verano del 99   Leave a comment

(publicado entre el 21 y el 25 de julio de 2009)

 

(I)

¿Qué pasó el verano del 99 en la vida de Daimiel? Durante el curso baloncestístico 1999/2000, cada noche, varias veces por noche, en cientos, tal vez miles de ocasiones escuchamos a Andrés Montes formular en voz alta esa misma pregunta. En realidad nunca supimos a ciencia cierta qué ocurrió en la vida de Antoni Daimiel durante aquel verano de 1999, si bien leyendo o escuchando entre líneas, tomando cosas de aquí o de allá tampoco resultaba muy difícil imaginarlo. Pero lo que sí supimos a ciencia cierta fue lo que pasó con nuestras vidas (o al menos con la pequeña parte de nuestras vidas relacionada con el baloncesto) durante aquel inolvidable verano de 1999. Y hoy, exactamente diez años después, quizá no esté de más recordarlo.

Aquel verano del 99 empezó (como casi todos los veranos, por otra parte) en junio. En lo que respecta a nuestro deporte empezó con aquel Eurobasket de Francia, último del siglo y último de los disputados en ese mes, que a partir del siglo XXI serían ya todos en septiembre. Aquel Eurobasket que acaso fuera el más raro de la historia, y si no recuerdan por qué me permitirán que les refresque someramente la memoria: que les recuerde que llegábamos desde la década más triste de nuestro deporte, desde el angolazo (92) y el chinazo(94), desde perdernos los Juegos de Atlanta 96, desde caer siempre, sistemáticamente una vez tras otra en cada cuarto de final de toda aquella competición que se nos cruzara por el camino.

Pretendíamos ingenuamente que este Eurobasket fuera acaso el de la reactivación, aún más si tenemos en cuenta aquello que casi todos solíamos repetir a modo de lugar común por aquel entonces, los resultados de la selección tienen que ser el motor que tire de todo el baloncesto español, nada más y nada menos, que si ya te parecía poca responsabilidad ahí tienes otro peso para llevar sobre tus espaldas. Y Trecet nos vendía optimismo, y hasta nos venía hablando del triángulo de oro por el que habría de pasar el futuro del baloncesto español, a saber, Carlos Jiménez, Iñaki de Miguel y Rodrigo de la Fuente, y aquello sonaba muy bonito pero en cancha no había más cera que la que ardía, de tal manera que todo acababa saliendo del revés. Fuimos de más a menos y de menos a nada, y al acabar la segunda fase tuvimos la certeza de que esta vez no caeríamos en cuartos de final, por la sencilla razón de que ni siquiera nos íbamos a clasificar para cuartos de final: necesitábamos que Francia (que nada se jugaba) ganara a Eslovenia (que se jugaba su clasificación); el partido no se televisaba, pero ya a comienzos de la segunda mitad los telediarios y los teletextos (Internet aún no había llegado a mi casa) nos presentaban un panorama desolador: Eslovenia ganaba de quince, casi de veinte, la suerte estaba echada, nuestros internaciones andarían ya haciendo las maletas en el hotel. Total, que desconectamos, y cuando al final de la película televisiva de turno volvimos al teletexto para comprobar la confirmación de la debacle, hubimos de frotarnos los ojos para dar crédito a lo que estábamos viendo: Francia, quizá por aquello del qué dirán, quizá por aquello de quedar bien ante sus buenas gentes, finalmente había remontado, había mandado para casa a los indolentes eslovenos y de rebote nos había clasificado a nosotros, quién nos lo iba a decir, para el recuerdo quedarían aquellas imágenes que nos trajeron los telediarios del día siguiente, nuestros internacionales allí en sus cuartos, abrazándose sobre sus camas con el estupor aún pintado en sus caras…

Así que a cuartos de final, cuartos de grupo contra primeros del otro grupo, es decir Lituania, es decir que al fin y al cabo poco habría que hacer, nuestra suerte estaba echada… o no: mira tú por donde fue como si de repente nuestras criaturas se hubieran sacudido de un plumazo toda la responsabilidad: total, si nos habíamos clasificado de chiripa, si parecíamos manifiestamente inferiores nadie nos podría reprochar que perdiéramos, por una vez podíamos permitirnos el lujo de jugar sin presión, sin miedo a ganar. Y se ganó, vaya si se ganó, se pasó a semifinales, se rompió la racha negativa de tantos años (y se creó una racha nueva, aún ininterrumpida desde entonces) y hasta se logró la soñada clasificación para Sydney 2000 (quizá no nos habría hecho tanta ilusión si hubiéramos siquiera imaginado el papelón que haríamos en Australia al año siguiente). Y ya puestos, sin presión ninguna, sin nada que perder, en semifinales hicimos también la gracia de cargarnos al anfitrión, pagándole así de original manera el gran favor que nos habían hecho con los eslovenos pocos días antes.

La final ya fue otra historia: volvió el agobio, la atención mediática, el mundo encima. Volvimos a caer con los italianos, repitiendo la película de dieciséis años atrás. Pero apenas nadie se rasgó las vestiduras: habíamos superado las expectativas, habíamos escapado del abismo, habíamos sido subcampeones de Europa, habíamos vuelto a tocar el cielo con aquel equipo impensable. Tocaba despedida, que habría de ser despedida por partida triple: despedida de las retransmisiones del Eurobasket, despedida personal de Ramón Trecet y despedida del baloncesto en TVE, abocada como estaba la ACB a su nuevo contrato con el Plus. Trecet, en sus últimas palabras en aquella casa, quiso dejar como un hilillo de optimismo y dijo algo así comoel baloncesto volverá a Televisión Española, siempre vuelve… Entonces no podíamos imaginar que su profecía se haría ya realidad en apenas un mes, aquel fin de semana de finales de julio en el que el baloncesto volvió a Televisión Española para regalarnos un sueño: un sueño del que hoy, exactamente diez años después, aún no podemos ni queremos despertar.

(II)

Sábado 24 de julio de 1999. Por fin nos íbamos de vacaciones. Todo preparado, el coche ya a reventar, las maletas habituales más las doscientasmil chorradas que habrás de acarrear si resulta que además tienes un niño de apenas dos años, que si cochecito plegable, que si cuna de viaje, que si biblia en verso. En casa quedaba el vídeo programado, una cinta en su interior (lógicamente) para grabar cualquier chorrada, nada de baloncesto porque aquel año Canal Plus había interrumpido su sacrosanta costumbre de darnos el Torneo Final de la NCAA… Y en éstas, justo antes de salir, tuve la providencial ocurrencia de mirar la programación de televisión en el teletexto de TVE, sin buscar nada en concreto, sin saber muy bien por qué; y allí estaba,La 2, 22:00, baloncesto, Mundial Júnior (todavía no solíamos llamarlo Mundial Sub19), semifinal, España-Argentina. Aluciné. En apenas un minuto reprogramé el vídeo para poder grabar como fuera aquel partido, por supuesto ante la severa mirada de mi santa esposa, no, si ya verás, si nos pasará lo de siempre, si al final vamos a salir a las tantas

Inciso: el Mundial Júnior de Portugal llevaba ya días, acaso más de una semana disputándose y televisándose… por Teledeporte. Pero yo aún no podía ver Teledeporte, yo estaba abonado a Canal Satélite Digital y Teledeporte (así como todos los demás canales temáticos de TVE, en plena guerra mediática) iba sólo por Vía Digital. En consecuencia, yo aún no había podido ver ni tan siquiera un segundo de aquel Mundial Júnior: seguíamos sus resultados por el teletexto, por el Gigantes, a veces incluso por esa extraña cosa llamada Internet a la que a veces (raras veces) podía acceder desde mi trabajo… Fin del inciso.

Noja, Cantabria. Una villa acogedora, unas playas maravillosas, un mar incomparable, uno de esos lugares en los que vivirías bien a gusto toda la vida… pero no en aquel apartamento, desde luego. El apartamento no podía estar mejor situado, pero tampoco podía estar peor puesto: pequeño, sin espacio apenas para nada, y con una tele minúscula (qué sé yo, catorce pulgadas en el mejor de los casos) colgando de lo alto de la pared de enfrente de la cama. Pensada tal vez para que los inquilinos la vieran acostados, en un alarde de optimismo porque desde la almohada apenas se llegaba a distinguir nada de lo que aparecía en pantalla. Añádase además que todos los canales parecían verse decentemente… excepto La2, La2 casualmente se veía en blanco y negro, y con una de esas entrañables interferencias que recorren la pantalla de abajo a arriba, y que en cuanto desaparecen por arriba vuelven a aparecer otra vez por abajo. Y ahí me tienen a mí, a las diez en punto de la noche preparado para ver (tras dura negociación familiar) el España-Argentina (lo de dejar el vídeo programado había sido por mera precaución; obviamente mi intención siempre había sido verlo en directo).

Empecé sentado a los pies de la cama, la cabeza casi en posición horizontal, en ángulo recto con el tronco, destrozándome las cervicales en el absurdo empeño de ver algo desde allí abajo. Acabé de pie sobre la cama, en equilibrio inestable sobre su ángulo inferior derecho ante la mirada reprobatoria de mi santa esposa y la mirada alucinada de mi hijo, que el pobre pensaría madre mía dónde me he metido, con la de padres que había en el mercado me ha tenido que tocar éste, vaya por dios. Y en semejante guisa disfruté como un enano (¿por qué se dirá esto? ¿por qué los susodichos habrían de ser más propensos a disfrutar que los de estatura, digamos, normal?), me lo pasé pipa aún a pesar de la postura, del blanco y negro, de la interferencia y de la narración apocalíptica de un Pedro Barthe en plan hazañas bélicas, los nuestros eran los buenos, los argentinos eran los malos malosos, pérfidos y abyectos a la par, al parecer todo el rato desestabilizando a nuestros jugadores a base de hablarles (cosas feas, seguro), de toquecitos constantes y triquiñuelas varias, hay que ver, habrase visto tamaña perversidad. Ganaron (por los pelos) los buenos, pero no porque fueran buenos de bondad, sino porque eran buenos en la cosa ésta de jugar al baloncesto.

Aquél fue nuestro primer contacto visual con Raül López (aquellos providenciales tiros libres para cerrar el partido), Souleyman Dramec, Felipe Reyes, Germán Gabriel, Carlos Cabezas, Berni Rodríguez, Pau Gasol, Antonio Bueno… (no así con Juan Carlos Navarro, a quien ya antes habíamos visto debutar con el Barça). Nos sabíamos sus nombres casi de memoria desde que ganaron el Torneo de Mannheim y el Europeo Sub18 de Varna, Bulgaria, apenas un año antes. Por saber, hasta nos sabíamos los nombres de las dos importantes bajas que traía esta selección mundialista, a saber, un tal José López Valera y un tal José Manuel Calderón, lesionados ambos. Antes ya lo sabíamos todo sobre ellos pero ahora ya por fin les habíamos visto jugar por vez primera, ya contábamos las horas que nos quedaban hasta la segunda dosis: mañana mismo, domingo 25 de julio de 1999, festividad (dicen) de Santiago Apóstol, España-USA, la final soñada, lo nunca visto, la de dios.

(III)

Empecé aquel domingo llamando a mi madre. A ver, yo había dejado programada en mi vídeo la semifinal pero la final no, ni por asomo, total, a saber si la jugaríamos, a saber a qué hora sería, a saber si la echarían… Demasiadas incógnitas. ¿Solución? Recurrí a aquel extraño aparato que apenas unos meses antes había entrado en mi vida, un objeto negro del tamaño (y la forma) de un zapato pero plagado de teclas, esa cosa a la que recién empezábamos a llamar móvil. Mamá… oye, que si… sí, todo bien, sí, estamos bien, sí, el niño bien también, no, no nos llueve, un sol espléndido… En fin, que tras dos minutos o así de somera introducción, tras detallarle a mi madre con pelos y señales si a mi hijo le gustaba el mar y si jugaba con las olas, por fin pude ir al grano, oye, que si me podrías grabar un partido de baloncesto que hay esta tarde a las ocho, en La2, es la Final del Mundial Júnior (a mi madre como si le hubiera dicho que era la final del torneo de solteros contra casados de Alpedrete, tanto le daba)… sí, si seguramente lo veré en directo pero es por tenerlo, por si fallara algo, para verlo después, ya sabes…

La negociación doméstica ya me costó bastante más: si hombre, a ver si ahora nos vamos a pasar todas las vacaciones metidos en el apartamento viendo partidos, sólo faltaba, para eso nos podíamos haber quedado en casa… Que no, que de verdad que no, que no habrá más, que éste es el último, puedes estar segura, pero míralo, ¿no ves que es la Final? Permiso concedido tras arduos y denodados esfuerzos, y a las 20:00 allí estaba yo de nuevo ante el infame televisor del no menos infame apartamento, preparado en postura semicircense para ver (o intentarlo, al menos) aquello que de ningún modo me podía perder, aquello tan grande que quizá ya intuíamos que iba a pasar…

No, no teman, no les calentaré demasiado la cabeza con aquel partido inolvidable, que seguro que muchos de ustedes aún lo conservarán bien fresco en sus memorias (precisamente por ser inolvidable). Pero cómo no recordar aquella narración agónica de Barthe dando casi por supuesto que íbamos a perder, presentando casi como un milagro que fuéramos ganando, dando por buena la derrota cuando ya íbamos perdiendo para acabar disfrutando como un niño, como yo, como todos, cuando ya ganábamos, cuando definitivamente ya habíamos ganado, si es que ya se lo decía yo, ¡¡¡este equipo es muy bueno!!!, Barthe por fin dejando explotar todo su entusiasmo tras tanta angustia como nos había vendido en tantos minutos anteriores. Y mientras yo allí de pie, pegando botes en precario equilibrio sobre los pies de la cama, vibrando con el triple postrero de aquel Manolito de Mafalda llamado Carlos Cabezas, con aquellas carreras finales de los americanos persiguiendo sombras, buscando faltas tan inútiles como imposibles, mi señora esperándome para salir, mi hijo a punto de presentar la dimisión, yo tragándome la euforia, evitando exteriorizarla en la medida de lo posible, a ver qué van a pensar los de los apartamentos de al lado, a ver si van a creerse lo que no es…

Durante el paseo posterior (tras urgente llamada a mi madre para confirmar que efectivamente lo había grabado: aquél era un partido para volver a verlo una y mil veces, un partido de los de guardar para toda la vida) aún seguía yo dándole vueltas a la cabeza, sin poderme quitar de encima lo que acababa de pasar: éramos campeones del mundo, era la primera vez que nuestro baloncesto podía presumir de hazaña semejante. Y aquella noche resultaba sumamente difícil sustraerse a la tentación de soñar, por qué no, acaso todo esto sólo sea el principio, la primera piedra (ésta sí) para la regeneración de nuestro deporte, el primer paso para ser campeones absolutos algún día… Queríamos soñar y al mismo tiempo, de tan acostumbrados como estábamos a llevarnos palos, nos reprimíamos nuestros propios sueños. Nunca habríamos podido imaginar que en apenas siete años estos niños de Lisboa se nos convertirían en los hombres de Tokio, qué va, si alguien nos lo hubiera dicho de ningún modo le habríamos creído, eso sería demasiado bonito como para convertirse en realidad.

Aún mejor sería la resaca. Hubieron de pasar tan sólo unas horas para descubrir que aquel virus no se me había inoculado a mí solo, que los infectados éramos muchísimos más. Bastó comprar la prensa (deportiva o no) a la mañana siguiente para comprobar que aquello había trascendido, que había calado en una población aún muy poco acostumbrada a éxitos de este calibre. Bastó incluso leer en los días siguientes las cartas al director en los periódicos de información general para ver cómo la gente lo había disfrutado, cómo felicitaba públicamente a aquel orondo e impensable técnico llamado Charly Sainz de Aja (a quien, dicho sea de paso, jamás en todos estos años se le habrá valorado lo suficiente su gran labor de aquellos días). Bastó que salieran los índices de audiencia para así descubrir alucinados que aquella había sido no sólo la retransmisión deportiva más vista de todo el fin de semana (claro, tampoco habría mucha competencia, acaso las etapas finales del languideciente primer Tour de Armstrong), sino incluso uno de los programas más vistos, de cualquier clase, durante todo aquel inolvidable finde

(y IV)

No, aquel caudal no podía desaprovecharse, de ningún modo, y durante los meses siguientes todos nos pusimos a la tarea de escrutar con lupa si aquellos chavales jugaban más o menos, si se les daba mucha, poca o ninguna bola en sus equipos. Y claro, tampoco faltaron los sesudos analistas futboleros que raudos empezaron a hacer odiosas comparaciones, a hacerse cruces, hay que ver, los chavales que ganaron el Mundial Júnior de baloncesto tienen minutos, sin embargo a los chavales que ese mismo año ganaron esa misma competición (o similar) en fútbol no se les da oportunidades, así cómo va a progresar nuestro sacrosanto deporte nacional, estas cosas. Cruces que retornaron corregidas y aumentadas en 2006 tras el título mundial de baloncesto y el desastre del mundial de fútbol, claro, a los chavales baloncesteros del 99 se les permitió jugar, en cambio a los campeones futboleros de aquel año no les dio bola ni dios, así nos luce el pelo, etc etc. Digo yo que no sería para tanto, entre otras cosas porque las aguas futboleras volvieron a su cauce en 2008 con aquella Eurocopa, también al frente de aquel equipo algún destacado miembro de esa otra generación

Pero no nos vayamos por las ramas, olvidémonos del fútbol y volvamos al 99: habíamos ganado aquella Final a USA, nada menos, lo cual nos daba pie para soñar con cosas aún más imposibles, incluso con la remota posibilidad de que alguno de los nuestros alcanzase algún día la NBA: si al fin y al cabo hemos ganado a los americanos, y seguro que de ese equipo yanqui unos cuantos jugarán y triunfarán en aquella Liga, a ver por qué no… Ya, pero ¿quién? A ver, Raül y Navarro no, imposible, son fantásticos pero como esos en USA hay veintemil, a Felipe le faltan centímetros, Gabriel es muy bueno (el mejor, solía decir entonces Sainz de Aja; y a fe que lo era: aún no tiraba de tres, pero tenía unos movimientos de espaldas al aro sencillamente incomparables) pero no tiene cuerpo para jugar allí, no, el único que podría jugar allí algún día es ese Pau Gasol, ése a quien sus compañeros en un alarde de imaginación apodaban Gasofa, ése sí responde a lo que allí buscan, un alero de 2,07 con buena mano, eso sí, si va para allá más le vale coger músculo, así tan tirillas no se comería jamás un colín en aquella Liga…

Hoy, diez años después, bien podemos decir que la realidad superó inmensamente a la ficción, qué les voy a contar que ustedes aún no sepan: el susodicho tirillas creció hasta los 2;15, paso del tres al cuatro y más tarde al cinco, triunfó aquí, se fue para allá, ganó músculo, se hizo estrella, fue all star, ganó una Liga, suma y sigue, la de dios. Pero no sólo él, Raül y Navarro también rompieron los pronósticos, cruzaron el charco y hasta tuvieron sus buenos momentos en aquella Liga, el primero tal vez aún los tendría si las sucesivas lesiones no se hubieran empeñado en destrozarle sistemáticamente su carrera. Y Felipe y Cabezas no llegaron (¿aún?) a hacer ese viaje, pero también en algún momento de sus carreras se permitieron el lujo de flirtear con aquella competición (y no meteré en el ajo a Calderón porque al fin y al cabo no jugó aquel Mundial, pero no dejaré de mencionar que al fin y al cabo también él pertenecía a esta generación).

¿Y los de enfrente, dónde están hoy aquellos americanos de primer año universitario (algunos aún en su último año de high school) que un día supuestamente habrían de comerse el mundo? Hay que escarbar casi con lupa en las plantillas de la NBA para encontrar aún en algún remoto recodo a Keyon Dooling, el entonces jovencísimo Nick Collison aún lucha por sus buenos minutos en los Thunder, Casey Jacobsen entra y sale de la Liga (en realidad sale mucho más que entra), aquel ala pívot escaso de centímetros pero que tanto nos gustó aquella noche, Michael Wright, pasó sin pena ni gloria por Granada y luego ya nunca más se supo… No, de nadie de aquel equipo puede hoy decirse que haya triunfado en la NBA, ni de coña. Lo cual no resta mérito a los nuestros, en absoluto. Simplemente pone las cosas en su sitio.

Éramos más jóvenes (o menos viejos, según). La cosa del ADSL todavía era un lujo, yo aún no tenía correo electrónico, ni tan siquiera sabía lo que era un blog (tal vez ni existieran aún), mis escasas citas con Internet eran absolutamente pasivas, de mero lector, si alguien me hubiese dicho entonces que yo un día escribiría en la red le habría tomado por loco, no digamos ya si me hubiese dicho que alguien incluso me leería de vez en cuando… Jordan llevaba ya un año retirado tras ganar su sexto anillo con los Bulls (y le quedaban otros dos años para volver, esta vez con los Wizards), los Spurs acababan de ganar su primer título (con asterisco), aún no sabíamos quién era LeBron James, de hecho ni siquiera habíamos oído hablar de Rudy Fernández, Ricky Rubio aún tendría ocho años, aún le faltarían tres meses para cumplir los nueve… mientras algunos empezábamos ya a sentir demasiado cercana la amenaza de los cuarenta (y no principales precisamente), del mismo modo que hoy ya sentimos la de los… En fin, casi mejor dejémoslo, recurramos al manido tópico, y parece que fue ayer.

Así empezó todo. No, nuestro verano del 99 (el mío, al menos) no se pareció al de Daimiel, no cambió en absoluto nuestras vidas. Pero en lo que se refiere a este extraño vicio llamado baloncesto que corre por nuestras venas, bien podremos decir que aquel verano marcó un antes y un después. Hoy seguimos en aquel después, y esperemos seguir aún por mucho tiempo.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

falsa moneda   Leave a comment

(publicado el 20 de julio de 2009)

que de mano en mano va y ninguno se la queda, decía la copla, y no es que sea yo muy de coplas (más bien nada) pero hay algunas que queramos o no forman ya parte de nuestra memoria colectiva, que aquellos que tenemos ya una edad las llevamos perennemente instaladas en nuestro subconsciente, coplas que luego se nos aparecen en el momento menos pensado, en cuanto se les presenta la menor ocasión. A mí, por ejemplo, ésta de la falsa moneda me reaparece cada vez que veo, leo o escucho algo relativo a Zach Randolph.

Zach Randolph llegó a la NBA hace ya ocho años, tras su única temporada en Michigan State, y muchos expertos proclamaron entonces (y hasta yo estuve de acuerdo) que en este caso dar el salto tras tan sólo un curso sí tenía todo el sentido ya que aparentaba tratarse de un jugador plenamente formado en el aspecto técnico, no digamos ya en el aspecto físico. Y tal vez fuera así, qué duda cabe, pero hay un tercer aspecto que a nadie pareció importar entonces, aún siendo tanto o más importante que los dos anteriores: el aspecto psicológico. Y en esto no estaba formado entonces, ni lo está hoy, ni tiene pinta de que ya vaya a estarlo jamás en la vida. Otro par de años a la vera de Izzo tal vez no le habrían aportado mucho más como jugador de baloncesto (o tal vez sí, quién sabe), pero sí le habrían aportado un plus de madurez que le habría resultado de gran ayuda durante su posterior carrera profesional. Hoy, a estas alturas del partido, mucho me temo que la cosa no tenga ya remedio.

Así que Zach aterrizó en Portland y allí fue a encontrarse con aquellos Jail Blazers, lo mejor de cada casacomo si dijéramos, el perfecto caldo de cultivo para desarrollar su compleja personalidad. Es decir, para desarrollarla en sentido inverso, en imparable proceso involutivo. De entrada los Blazers tuvieron dudas, de salida ya no tuvieron ninguna: había que deshacerse de él, como fuera. Y sin embargo de entre todas aquellas piezas fue la que más les costó sacarse de encima, de hecho Sergio aún llegó a tiempo de disfrutar de su peculiar manera de hacer vestuario, anécdotas varias contó al respecto en su momento (muchas menos de las que se callará, seguro).

Menos mal que apareció para solucionarles el problema un tal Isiah Thomas, en aquel entonces entregado en cuerpo y alma a la innoble tarea de encanallar del vestuario de los Knicks, qué más nos da cómo sean si nos gusta como juegan. Fue la culminación de uno de los mayores procesos autodestructivos jamás conocidos en la historia del deporte mundial, el hundimiento hasta el fondo (y más allá) de una nave que a día de hoy aún no ha podido ser reflotada. Claro, para reflotarla había que aligerar lastre, qué mayor peso (en todos los sentidos) que Zach, ya está, larguémosle de inmediato. Ya, pero… ¿habrá alguien que pique? Sí hombre, sí, cómo no va a haberlo, siempre hay un roto para un descosido, equipos con tal tradición de tomar decisiones erróneas que seguro que estarán encantados de recibirle, mira por ejemplo esos Clippers, qué mejor destino para él, a ver cuándo han acertado en algo los Clippers…

Dicho y hecho: tras su año en Nueva York otro en Los Ángeles, tras el cual tenemos ya a otra franquicia perdiendo el culo por sacárselo de encima como sea. Éstos además con la coartada perfecta, su número 1 del draft, su elección evidente de Blake Griffin. Y ahora ¿a quién podemos engañar? ¿Acaso quedará alguien incluso por debajo de los Clippers en la escala evolutiva de los equipos NBA? Pues sí señor, por increíble que parezca resulta que aún hay un escalón inferior, el cual se encuentra ubicado en Memphis, Tennessee. Y si no podemos venderlo pues lo regalamos, mira tú, total con que nos devuelvan a ese ciclotímico Quentin Richardson que ya no es ni la sombra de aquél que tuvimos pues ya nos vale, para qué más…

Dijo hace meses Marc Gasol que la NBA es como Humor Amarillo: nunca sabes lo que te vas a encontrar al otro lado de la puerta. Puede que la frase sea cierta en lo que se refiere a la NBA, pero en lo que se refiere a su equipo aún se queda corta: en Memphis las sorpresas te llegan una tras otra sin necesidad de abrir ninguna puerta. Primero te traen del draft a un tanzano interminable que en defensa desviará infinidad de tiros pero que en ataque nunca será ni el diez por ciento de lo que serás tú. Y luego te ponen al lado a este Randolph, que sí, podría ser justo lo que necesitan, un cuatro, sin duda su puesto peor cubierto, su principal carencia. Vale, sí, taparán un buen agujero en la cancha (eso el día en que le dé por jugar), pero a cambio de provocar otro agujero mucho mayor en las paredes de su vestuario.

Vamos, que a no ser que a la criatura le dé justo ahora por sentar la cabeza, cosa harto difícil dados sus antecedentes (y dado el pedazo de bola que lleva sobre los hombros, dicho sea de paso), lo más probable es que de aquí a un año los Grizzlies se encuentren en las mismas, a la caza, búsqueda y captura de alguien a quien poder engañar. Lo cual evidentemente será cada vez más difícil: incautos ya van quedando menos, y hay monedas cuya falsedad se ve venir cada vez más de lejos.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en NBA, preHistoria

exPamesa   Leave a comment

(publicado el 17 de julio de 2009)

 

Hace algunas semanas la web de Solobasket puso en el mercado una línea de camisetas de su invención, con ocurrentes estampados relativos a nuestro deporte. De entre todas ellas la que más llamó mi atención fue una de color naranja en la que se podía leer “yo también sueno para el Pamesa”. Me pareció genial. Difícilmente una sola frase, apenas seis palabras, podría sintetizar mejor lo que ha sido la política deportiva del equipo valenciano durante estos últimos años…

Pero hete aquí que esa camiseta se les ha ido a quedar obsoleta aún antes de nacer, ya que, como ustedes sabrán de sobra a estas alturas, el Pamesa Valencia ya no existe. Es decir, existe, supongo que seguirá existiendo, Pamesa, sociedad anónima dedicada a sus cerámicas y sus cositas. Y existe, y esperemos que siga existiendo por mucho tiempo, el Valencia Básquet, equipo de baloncesto puro y duro, sin aditivos, colorantes ni conservantes, sin apellidos ya de ninguna clase.

Esto nos va a costar. Mira que otros equipos, Penya, Estu, Granca, incluso Baskonia, tantos otros, mantienen una identidad con el paso del tiempo, logran seguir siendo ellos mismos por encima de patrocinadores más o menos eventuales. Éste no. El equipo de baloncesto de la ciudad de Valencia lleva siendo el Pamesa desde mucho antes de lo que alcanzamos a recordar, de hecho hasta nos resulta difícil acordarnos de cómo lo llamábamos antes de llamarlo así, aún más difícil nos resultará aprender a llamarlo de cualquier otra manera. Si hasta para sus aficionados lo era, si hasta su grito de guerra proclamaba Força Pamesa (penúltima vez que cito su nombre, que tampoco es cuestión de regalarle publicidad a una empresa que acaba de abandonar nuestro deporte)…

¿Qué haremos, cómo le diremos a partir de ahora? Valencia Básquet Club se nos queda un poco largo, VBC se nos queda un poco confuso, quizás el recurso más fácil sería decir el Valencia, sin más. Pero claro, esa expresión, el Valencia, la tenemos tan asociada al fútbol que nos chirría en el baloncesto, como si al Cajasol tuviéramos que llamarlo el Sevilla o al Unicaja el Málaga, vaya lío. Supongo que poco a poco nos iremos acostumbrando pero de entrada nos va a costar, vaya si nos va a costar…

En fin, que más allá de chorradas meramente anecdóticas la cosa no tiene ni puñetera gracia, fíjese usted. Los Hermanos Roig que se vuelven a sus cuarteles de invierno, el uno a sus baldosas, el otro a sus hipermercados de línea blanca, y de paso finiquitan el patrocinio y anuncian a los cuatro vientos que antes de dos años habrán vendido todo su paquete accionarial, que esto es justo lo que necesitan en Valencia, como tienen pocos líos con la propiedad de su principal club de fútbol ahora se les sumarán también los del baloncesto, mira tú qué bien. Los Hermanos Roig debieron de creerse que esto era como vender azulejos o productos Hacendado, pura física y química, mezclas ingredientes, remueves bien, elaboras en cadena y al mercado a esperar que me los compren, todo bueno, todo barato, lléveselos que se me acaban, que me los quitan de las manos oigaaa

Los Hermanos Roig dieron con la tecla adecuada en el Villarreal futbolístico, y hoy gentes del mundo entero acuden alucinadas a estudiar la fórmula que convirtió a un modesto entre los modestos en todo un grande de España y casi de Europa, y todo ello en apenas diez años. Sí, hoy el Villarreal es la envidia de media humanidad, con lo cual al final va a resultar que esto del baloncesto es mucho más difícil que aquello otro del fútbol, ya ve, quién habría podido siquiera imaginarlo. ¿Solución? Una retirada a tiempo es una victoria, dicen, victoria tal vez para ellos porque a los aficionados se les habrá quedado una cara de derrota que no les cabe en el cuerpo. Primero fue Llorente, ahora los Roig (¿cómo era aquello de que el capitán debía ser el último en abandonar el barco?), dejen la puerta abierta que seguro que otros irán detrás…

Hoy ya nadie suena para el Pamesa (última vez). La catarata de nombres de este verano empezó en Nando de Colo y a este paso se acabará también en Nando de Colo. Y a Oliver que me lo despidieron (cosa que no entendí) pero que ahora dicen que le quieren tantear para que vuelva (cosa que aún entiendo menos), justo cuando el chaval ya se ha engolosinado con el Estu. Y en medio el sufrido aficionado valenciano al baloncesto que ya no entiende nada, pero nada de nada, no digamos ya si mira también un poco más al sur y ve al pobre Gandía pendiente de un hilo, buscando un clavo ardiendo al que agarrarse, sin saber aún cómo ni dónde ni cuándo saldrá (ni si saldrá, siquiera) la próxima temporada. Malos tiempos para la lírica baloncestera en Valencia…

Y en más sitios: Granca ya no es Kalise, Bilbao ya no es iurbentia, Estu dejará de ser MMT, veremos hasta cuándo sigue Baskonia siendo Tau. Unos pierden los patrocinadores mientras otros ya ni sueñan con encontrarlos. Es lo que hay pero no nos vayamos a quejar demasiado, tengamos siempre bien presentes aquellas sabias palabras de Murphy: cualquier cosa, por mal que esté, siempre es susceptible de empeorar.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en ACB, preHistoria

sensaciones sub19   Leave a comment

(publicado entre el 14 y el 16 de julio de 2009)

 

(I)

Llegué pelín tarde a las retransmisiones del Mundial Sub19, digamos que me incorporé en cuartos de final, que antes tan sólo pude mediover algún minutillo de España, sus derrotas contra Australia y Argentina más concretamente. A partir de cuartos ya sí, al menos ya pude (aunque con cierto retraso) ir echando un ojo a lo que nos fueron dando, y hasta extraer, si no conclusiones (quién soy yo para concluir nada) sí al menos ciertas sensaciones que intentaré describir a continuación:

USA

Nombre por nombre, este equipo no parecía tener comparación posible con aquel que compitió hace dos años en Novi Sad. Aquel presentaba apellidos resonantes, de esos que ya nos resultaban familiares incluso antes de que se iniciara la competición: Beasley, Beverley, Flynn, Deon Thompson, Stephen Curry. De éste, en cambio, apenas conocíamos a nadie. Vale, tiras de criaturas en su primer año universitario (o equivalente), pero si luego quitas a los drafteados (Tyreke Evans, DeMar DeRozan, BJ Mullens, incluso Brandon Jennings) y a los escaqueados (clamoroso el caso de Kemba Walter) el resultado es que te queda una panda de chavales que no les conoce (casi) ni su padre. Mal pronóstico, sin duda…

 

Y sin embargo, hete aquí que el gran técnico de Pittsburg (Universidad de) Jamie Dixon se las apañó para armar con ellos un verdadero EQUIPO, con mayúsculas, un conjunto con un sentido del juego colectivo muy pocas veces visto en tantas otras selecciones USA. Todos mueven el balón en ataque, todos defienden a muerte, todos van al rebote, todos paran cuando hay que parar y corren cuando hay que correr, apenas nadie comete tonterías, todos parecen saber qué deben hacer, cómo y cuándo deben hacerlo. Añádase que físicamente parecen estar siempre un escalón por encima de los demás (no hablo tanto de estatura como de constitución física, no digamos ya de capacidad atlética: jugaran contra quien jugaran parecían hombres contra niños) y que de calidad tampoco andan precisamente escasos, y el resultado será ése que ustedes ya conocen: campeones del mundo, un trono otrora incontestable pero que ahora llevaban ya dieciocho años sin conquistar, un periodo durante el que vieron como Grecia, España, Australia y Serbia se les iban subiendo sucesivamente a las barbas, a menudo en sus mismísimas narices. No, este equipo plagado de ausencias (añádase la de uno de los doce seleccionados, quizá el más reputado de todos ellos, DeAngelo Casto, que se les rompió por el camino) no parecía precisamente el más indicado para reivindicarse, pero (Dixon mediante) ahí los tienen…

Ahí tienen por ejemplo al Jayhawk Tyshawn Taylor, puro jugón (pero con criterio), sin duda lo más espectacular y efervescente de este equipo; o al no menos jugón Terrico White, o a los sólidos interiores Moultrey y Howard Thompkins III (nada menos), o al eficaz base (también de Pittsburg) Gibbs… Aunque me van a permitir que yo me quede con una criaturilla que se salía por completo del molde, un blanquito larguirucho con incomparable cara de buena persona, puro tres haciendo funciones de cuatro, de nombre Gordon Hayward, Universidad de Butler. Probablemente no le veremos nunca en NBA (que no parece tener físico para dicha Liga) pero su juego me pareció (sobre todo en cuartos y semis) una verdadera delicia: magnífica mano, instinto reboteador, trabajo incansable y fundamentos técnicos asombrosos, ese dribling que saca de pascuas a ramos (¿cómo fue aquello por la línea de fondo?) pero que capaz es de crujirle los tobillos al más pintado.

Ah, y por supuesto, una mención especial para Seth Curry, de los Curry de toda la vida, segundo hijo de Dell y hermano pequeño de Stephen, de quien parece literalmente un clon. Es verle armar la muñeca y ya casi se te saltan las lágrimas, que uno ya hasta se pregunta si esto irá en los genes o si en aquella casa el papá y los retoños se habrán pasado toda la vida tirando de fuera, sin parar ni un solo día, ni un solo instante de la mañana a la noche: en ellos el tiro parece tan natural como en otros el bote, resulta difícil hacerlo más fácil (por contradictorio que esto suene). Curry jugó su año freshman en la modesta Universidad de Liberty, pero se ve que aquello se le quedaba pequeño y ahora se nos marcha nada menos que a Duke, razón por la cual se pasará el próximo año en blanco (red shirt, como dicen ellos), habrá que esperar hasta la 2010/2011 para verle tirar de nuevo.

(II)

Grecia

Para mi gusto, el equipo de mayor calidad del Torneo. En la final hubieron de rendirse al atleticismo, despliegue físico e intensidad defensiva yanqui, pero eso no le quita un ápice de mérito a su actuación, no digamos ya a su semifinal para enmarcar ante Australia.

Decir Grecia es decir Nikos Pappas, un nombre que ya de entrada nos resultaba sumamente familiar dado que este año le hemos tenido por aquí y nos hemos hartado a leer acerca de él y de su extraño viaje, que si Bilbao, que si Madrid. En la semifinal se salió, en la final no tuvo su noche (o su mañana) pero en una y otra ocasión mostró bien a las claras que le sobra calidad, tanta como para no tener que verse otra vez jugando en un equipo vinculado de la LEB Bronce. Aquí o en donde sea, pero este chaval está para cotas más altas, está para explotar ya.

Pero Grecia no era tan sólo Pappas, qué va, en absoluto. Grecia era también Sloukas, un base al que creo recordar (espero que la memoria no me traicione) poniéndoselas a Koufos en aquel Europeo Sub18 de Madrid 2007: magnífico pasador, muy poco anotador pero capaz de complicarle la vida al rival de mil diferentes maneras. Grecia era también dos maravillosos aleros, el finísimo Giankovits (lástima esos tiros libres al final) y el todoterreno Papanikolau, una verdadera joya capaz de hacer de todo, y todo bien. Añádase a Kaselakis, presunto (sólo presunto) pívot tan escaso de centímetros como sobrado de clase, y habremos conseguido completar un quinteto titular (y no me dejen de lado al sexto hombre Mantzaris, perfecto relevo para los puestos de fuera) casi de ensueño: frágil y endeble en lo físico, pero con niveles de talento fuera de lo común.

Endeblez que habría sido menor si hubieran podido contar asiduamente con Sarikopoulos, el verdadero cénter de este equipo. Pero el susodicho se les debió romper prematuramente y ya no volvió a aparecer hasta la final, cuando recurrieron a él como medida desesperada para intentar paliar el poderío interior yanqui. No sirvió, evidentemente, pero al menos nos permitió verle unos minutos sobre la cancha, los suficientes para hacernos una idea de lo que podrá dar de sí cuando esté sano. Tiene muy buena pinta, hoy por hoy es todo lo que podemos decir.

Croacia

Tenían el mejor base del torneo. Tenían el mejor pívot del torneo, podría hablarse incluso del mejor juego interior de toda la competición. Con todo ello, la razón por la que hubieron de conformarse con el bronce reconozco que ya se me escapa: tal vez les faltara algo en medio (es decir, entre lo muy bueno de dentro y lo muy bueno de fuera), tal vez alguien no supo acoplar adecuadamente todas esas piezas, tal vez les perdió una cierta tendencia a la anarquía, a hacer demasiadas veces lo que querían en vez de lo que debían… Tal vez si se hubieran aplicado más en las primeras fases habrían podido quedar primeros de grupo, evitando así a USA en semis (a la que dieron muchos más problemas de los que luego les daría Grecia en la Final) y regalándonos de paso una apasionante semifinal ante los helenos, tal vez…

Prostran. No suena a jugador de baloncesto, suena más bien a problemática glándula, o a tercera persona del plural del presente de indicativo del verbo postrar (prostrar, en este caso). Pero créanme que Toni Prostran es una verdadera maravilla: para todos, el mejor base del torneo; para mí, incluso, el mejor jugador (en cualquier posición) de todo el torneo, al menos del torneo que yo vi. Mi particular MVP, vamos. Dirige, tiene criterio, tira bien, pasa como los ángeles, penetra que da gloria verlo, y sobre todo da muestras de una personalidad y un cuajo fuera de lo común a estas edades. Jugador a seguir, sin duda.

Y de mi emvipí pasemos al verdadero emvipí, Mario Delas, pívot extraordinario dentro y que también te la puede liar desde fuera si se lo propone; el comentarista de Teledeporte le comparó más de una vez con Dino Radja, y a fe que no iba desencaminado, en absoluto: su forma de encarar la canasta es casi idéntica a la del ex yugoplástico y céltico. Ojo que parece que le veremos (a Delas, no a Radja) muy próximamente por Bilbao, quién sabe si a la vera de Pappas. Pero (volviendo a Croacia) no habremos de olvidarnos tampoco del otro pívot, su suplente de lujo (ambos habrían podido compartir titularidad perfectamente, de hecho no alcanzo a entender por qué no coincidieron en cancha más a menudo) Leon Radosevic, viejo conocido de aquel Torneo de l’Hospitalet 2008 que Canal + tuvo la gentileza de ofrecernos, al que acudió formando parte de la Cibona: ya entonces nos gustó, y más todavía nos habría gustado si no se hubiera averiado el tobillo durante aquella semifinal.

Y mención especial merece el (supuesto) cuatro Tomislav Zubcic. También le conocimos en aquel Torneo de l’Hospitalet 2008, y he buceado en las profundidades de este blog para recuperar lo que ya entonces escribí acerca de él: “magníficas condiciones físicas y aún mejores condiciones técnicas, pero con una terrible propensión a cargarse de faltas y otra aún más terrible a ponerse de los nervios. Cuando madure (en el supuesto de que algún día lo haga) será un ala pívot muy a tener en cuenta”. Año y medio después bien podría decirse que su evolución es imparable… en todos los sentidos: cada vez parece mejor jugador, pero alguien ha debido decirle que es el próximo Nowitzki y él debe habérselo creído, razón por la cual apenas pisa la pintura no vaya a ser que se manche, recluyéndose en las esquinas para esperar el pase de Prostran y clavarla de tres con singular eficacia. Es bueno, pero sin encasillarse (sin escaquearse) podría ser muchísimo mejor. Eso en lo que respecta al juego, que en lo que respecta a su actitud ya ni hablamos: típicotocapelotas en la mejor tradición balcánica, aspavientoso a más no poder, incapaz de meter una canasta sin montar luego el numerito, golpes en el pecho, brazos al cielo, dedicatoria a la grada (propia o ajena, tanto da); los propios le amarán, los ajenos le tacharán de provocador. A éste lo de la maduración le va a costar, me temo: un ajuste fino en las neuronas no le vendría nada mal, pero quizás a estas alturas sea ya demasiado tarde.

 

(III)

los demás

De Australia me quedaría con Motum, sin lugar a dudas el MUP del Torneo (ojo, no el MVP sino el MUP; U deugly, feo como un dolor de huevos la criatura; le pones al lado a su compañero Greenwood y si los viera un extraterrestre pensaría que se trata de dos especies diferentes); más allá de sus circunstancias estéticas me pareció un pívot interesantísimo; de natural escuálido ciertamente, pero a poco que se fortaleciera habría que tenerle muy en cuenta. Añádanse algunas cosillas del base Dellavedova (o algo así) y casi pare usted de contar. Es decir, escuché hablar muy bien Ellis y de Page pero a mí no me dijeron nada, la verdad. Será que no les pillé en el día bueno.

De Argentina, sin duda su juego exterior: el baskonista Matías Nocedal me dejó un tanto frío (o quizá mis expectativas fueran demasiado altas), pero a cambio me gustó mucho el alero Luciano González y aún más el base owl Juanma Fernández, gran director de juego y extraordinario pasador en la mejor tradición de bases argentinos de Temple, sin duda tiene un gran espejo llamado Pepe Sánchez en el que mirarse. En condiciones normales aún le quedarán tres años de universidad, y yo que usted si tuviera algún equipo iría ya reservándole plaza para cuando acabe…

Decir Puerto Rico es decir Mike Rosario, de quien ya habrán oído hablar en estos días a costa de los 54 puntos que le endosó a Francia. Puertorriqueño que juega en Rutgers (Universidad de) y criado en New Jersey, de infancia difícil y cuerpo ya inverosímilmente tatuado para tan corta edad, será que empezó a hacérselos con siete años, tal vez menos… Yo sólo le vi en cuartos de final (ante Croacia) y la verdad es que no sé si definirle como jugón o como chupón (al fin y al cabo, a ambos términos tan sólo les separan dos consonantes): es decir, es francamente bueno, qué duda cabe, pero me dio la sensación de que se tiraba lo que debía y lo que no, lo suyo y también lo de los demás. Típico exponente de una selección boricua que pareció jugar por oleadas, por arrebatos, a ratos dejándose ir, a ratos en pleno éxtasis. Puro estado de ánimo.

De Canadá sólo me quedó para el recuerdo un escolta/alero magnífico, un tipo de nombre extrañísimo y apellido premonitorio, algo así como (tiro de memoria) Mangistro Arop (los comentaristas preferían llamarle Manny, sin gistro). Jugador a seguir, sin duda (lo cual no habrá de ser difícil: si se llamara John Smith o Pepe Pérez ya sería otra cosa pero los Arop no creo yo que abunden mucho en el mercado).

Me quedé con las ganas de ver (no sé si yo solo, no sé si dieron algún partido suyo en las primeras fases del Torneo) a la Francia del INSEP (siempre es interesante ver a Francia, aunque no parece que ésta fuera su mejor versión) y a la Lituania de Motiejunas, otro viejo conocido de Madrid (sub18) 2007. Otra vez será.

… y los nuestros

Los nuestros bien, gracias. Es decir, aquí ha habido quien se ha rasgado las vestiduras y ha colocado adjetivos como triste decepcionante para ilustrar nuestro décimo puesto, pero no seré yo quien me sume a ese coro; entre otras cosas porque ya sabíamos lo que había, ya sabíamos a lo que íbamos. Ésta generación del 90 no está exenta de calidad (y aún menos habría de estarlo si recordamos que a ella también pertenece Ricky; otra cosa es que éste ya esté para otras historias) pero sí de centímetros: presencia interior escasa por no decir nula, el pobre Toni Vicens fajándose con entusiasmo contra tipos que le sacaban la cabeza, así no hay manera. Yo me quedaría sin lugar a dudas con el base barcelonista Dani Pérez, sobrado de talento y aún más de decisión, una joya; muy por encima, por cierto, de su eterno compañero Alex Hernández, a quien me pareció ver como encogido durante todo el Torneo (es decir, durante lo poco que pude ver de nuestra selección en el Torneo). Y supongo que también habría de quedarme con el madridista Jorge Santana, aunque sus exhibiciones anotadoras coincidieran precisamente con los días que yo no pude verlo, qué le vamos a hacer. Los demás, alguna cosilla de los Martínez, Álvaro Muñoz, Chema Gil, jugadores a los que habrá que ver más despacio para apreciar su verdadero potencial.

Esto es lo que hay. Esto de las generaciones es así, de un año para otro te cambia todo; las comparaciones son odiosas, pero no estaría de más echar un ojo a la sub20 (es decir, tan sólo un año por encima) que ya mismo empezará a disputar el Europeo de su categoría: José Antonio Marco, Rai López, Xavi Rabaseda, Pere Tomás, Sergio de la Fuente, Pablo Aguilar… más la luminosa incorporación de Mamadou Samb. Un equipazo, al menos en apariencia. Como lo serán también, tal vez, los que vengan por detrás, así que no nos rasguemos las vestiduras ni cubramos de adjetivos a este equipo, por un quítame allá esos centímetros o porque esta vez las cosas no nos salieron como quisiéramos.

Y no querría yo acabar sin una breve (espero) mención a la pareja de comentaristas de Teledeporte durante todo el Torneo, Javier López y Sergio García, la noche y el día como si dijéramos. Sergio García sabe de lo que habla, conoce el juego y a los jugadores, transmite su entusiasmo y hasta logra que acabes perdonándole algún sonoro patinazo o algún comentario levemente salido de madre, gajes del oficio al fin y al cabo. Aporta, y aún aportaría más si no tuviera al lado a una mosca cojonera empeñada en interrumpirle a cada rato, simplemente porque sí, aunque no tenga nada que decir ni haya nada interesante que narrar. Vale que Javier López es sólo narrador, que no es el experto, pero digo yo que quizá cabría exigirle algo más de nivel, que está muy bien eso de tiro de Grecia, rebote para Australia, pero que tampoco estaría de más decir de vez en cuando el nombre del jugador que tira o del que rebotea, que no hayan de pasar necesariamente cinco segundos desde que mete una canasta el 14 para que se mire la chuleta y finalmente nos diga quién es el 14, que vale, no está mal pero aún estaría mejor si llegara ya al partido con los deberes hechos, conociéndose incluso a más de un jugador por equipo, menudo lujo sería… Y si no, que al menos se limite a narrar, que no corte una y otra vez a su compañero, que no nos deje colgadas todas sus explicaciones simplemente por el mero placer de meter baza.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

enquistamiento   Leave a comment

(publicado el 13 de julio de 2009)

Estos pasados días de asueto me dio por pensar, que hay que ver las cosas tan raras que piensa uno cuando le da por pensar (será la falta de costumbre), qué pasaría si, durante la preparación para el Eurobasket o durante el Eurobasket mismo, Ricky (Zeus no lo quiera) se lesiona. Pero no una lesioncilla cualquiera sin importancia, no, una avería de consideración (toco madera mientras escribo, no vaya a ser que), pongamos como aquella que padeció Raül López en aquel verano de 2002. No sé si lo recuerdan, pero Raül se redestrozó la rodilla preparando con la selección el Mundial de Indianápolis, y ello fue a sucederle en un momento particularmente crítico: ya había finalizado su relación contractual con el Madrid y aún no había firmado su nuevo contrato con Utah, por lo que se encontraba literalmente sin equipo. Los Jazz a la vista de su historial podrían haber hecho cruz y raya y si te he visto no me acuerdo (y de hecho muchos temimos que así lo hicieran), pero afortunadamente se apiadaron de él, y el resto es historia: un año entero de rehabilitación en Salt Lake City que dio paso a un montón de noches de (mayor o menor) gloria en aquella Liga, hasta que otra lesión…

Pero no nos vayamos por las ramas, que era de Ricky de quien íbamos a hablar; claro, me dirán, con razón, que las circunstancias no son las mismas: Ricky en ningún caso se quedaría en la estacada, Ricky tiene contrato en vigor. Pero Ricky se ha puesto a malas con la Penya (que le guste o no sigue siendo su equipo) e igualmente se ha puesto a malas con los Wolves (que le guste o no siguen teniendo sus derechos, y así seguirá siendo mientras ellos quieran). Me reconocerán que no parece el caldo de cultivo ideal para afrontar la recuperación de una supuesta (más madera) lesión grave. O no, o quizá sea yo el que lo ve demasiado negro, qué le vamos a hacer.

Todo lo cual, por supuesto, carecería de importancia si antes de que acabara este mes su compleja situación contractual se resolviera de la manera que fuese. Pero no tiene pinta, la verdad. Vale que los medios de comunicación nos sorprenden, día sí día también, con el interés de Florentino en incorporarle a su proyecto, con Aíto intentando arrastrarle para el suyo o con ese Barça que también estaría como loco por tenerle en sus filas, cosas todas ellas perfectamente lógicas y plausibles, pero también sumamente socorridas para luego poder añadir lo adelantó Marca si cualquiera de ellas se confirma. Y vale que también Ricky movió ficha (sus abogados, más bien) con una oferta puntual a la Penya de rebaja de su cláusula, a ver si colaba (no coló). Todo lo que ustedes quieran, pero ya pasan dos semanas y media desde el draft y la situación parece seguir tan enquistada como el primer día.

Y ahí entran de nuevo mis miedos a relucir: a mí me da pánico un tío como Fegan, especialista en tensar cuerdas hasta límites insospechados, firme creyente en la filosofía del siéntate, espera y verás pasar el cadáver de tu enemigo. No sé si recuerdan la historia aquella de Varejao y los Cavs: Fegan pidió una cifra desproporcionada por la renovación de su chico, en Cleveland no tragaron, Fegan optó por esperar: la temporada empezó, Varejao siguió tostándose al sol de Ipanema y/o Copacabana, pasaron dos meses, los Cavs poco a poco fueron descubriendo que tenían un agujero de consideración en los alrededores de la pintura, LeBron que se nos enfada, a ver a estas alturas qué podemos hacer. Conclusión, Varejao (y Fegan) llevándose el oro y el moro, la misma cifra que a tantos había parecido una barbaridad apenas unos meses antes.

No sé por qué me da la sensación de que la estategia de Fegan en este caso es exactamente la misma: esperar, sencillamente, sabedor de que las cuerdas suelen acabar rompiéndose por el lado más débil, que en este caso no sería Ricky sino esa Penya que necesita urgentemente dinero fresco con el que tapar sus múltiples agujeros, por lo que parece que les convendría ceder antes de correr el riesgo de que algún juez acabe echándoles la cláusula por tierra. Todo muy bonito y muy edificante, claro, pero a este paso llegará octubre y estaremos en las mismas, las partes encastilladas en sus respectivos planteamientos y Ricky mientras sin equipo (es decir, sin más equipo que la Penya, que nada querrá saber de él mientras no retire esa demanda). Y eso no, por favor; soluciones al estilo Varejao, las competiciones empezando y mientras Ricky en su casa viendo la vida pasar, no gracias. Tanto me da que juegue en la Penya, en los Wolves, en el Madrid, en los Knicks, en Unicaja, en los Rockets, en el Barça, en Panathinaikos, en Olympiacos, en el Efes o en el Argamasilla si éste existiera, que juegue donde sea pero que juegue, por favor. No vaya a ser que de tanto tensar la cuerda al final acaben desollándose las manos, no vaya a ser que el precio a pagar acabe siendo mayor que el beneficio por obtener.

Publicado octubre 24, 2012 por zaid en NBA, preHistoria, selecciones

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