aquel verano del 99   Leave a comment

(publicado entre el 21 y el 25 de julio de 2009)

 

(I)

¿Qué pasó el verano del 99 en la vida de Daimiel? Durante el curso baloncestístico 1999/2000, cada noche, varias veces por noche, en cientos, tal vez miles de ocasiones escuchamos a Andrés Montes formular en voz alta esa misma pregunta. En realidad nunca supimos a ciencia cierta qué ocurrió en la vida de Antoni Daimiel durante aquel verano de 1999, si bien leyendo o escuchando entre líneas, tomando cosas de aquí o de allá tampoco resultaba muy difícil imaginarlo. Pero lo que sí supimos a ciencia cierta fue lo que pasó con nuestras vidas (o al menos con la pequeña parte de nuestras vidas relacionada con el baloncesto) durante aquel inolvidable verano de 1999. Y hoy, exactamente diez años después, quizá no esté de más recordarlo.

Aquel verano del 99 empezó (como casi todos los veranos, por otra parte) en junio. En lo que respecta a nuestro deporte empezó con aquel Eurobasket de Francia, último del siglo y último de los disputados en ese mes, que a partir del siglo XXI serían ya todos en septiembre. Aquel Eurobasket que acaso fuera el más raro de la historia, y si no recuerdan por qué me permitirán que les refresque someramente la memoria: que les recuerde que llegábamos desde la década más triste de nuestro deporte, desde el angolazo (92) y el chinazo(94), desde perdernos los Juegos de Atlanta 96, desde caer siempre, sistemáticamente una vez tras otra en cada cuarto de final de toda aquella competición que se nos cruzara por el camino.

Pretendíamos ingenuamente que este Eurobasket fuera acaso el de la reactivación, aún más si tenemos en cuenta aquello que casi todos solíamos repetir a modo de lugar común por aquel entonces, los resultados de la selección tienen que ser el motor que tire de todo el baloncesto español, nada más y nada menos, que si ya te parecía poca responsabilidad ahí tienes otro peso para llevar sobre tus espaldas. Y Trecet nos vendía optimismo, y hasta nos venía hablando del triángulo de oro por el que habría de pasar el futuro del baloncesto español, a saber, Carlos Jiménez, Iñaki de Miguel y Rodrigo de la Fuente, y aquello sonaba muy bonito pero en cancha no había más cera que la que ardía, de tal manera que todo acababa saliendo del revés. Fuimos de más a menos y de menos a nada, y al acabar la segunda fase tuvimos la certeza de que esta vez no caeríamos en cuartos de final, por la sencilla razón de que ni siquiera nos íbamos a clasificar para cuartos de final: necesitábamos que Francia (que nada se jugaba) ganara a Eslovenia (que se jugaba su clasificación); el partido no se televisaba, pero ya a comienzos de la segunda mitad los telediarios y los teletextos (Internet aún no había llegado a mi casa) nos presentaban un panorama desolador: Eslovenia ganaba de quince, casi de veinte, la suerte estaba echada, nuestros internaciones andarían ya haciendo las maletas en el hotel. Total, que desconectamos, y cuando al final de la película televisiva de turno volvimos al teletexto para comprobar la confirmación de la debacle, hubimos de frotarnos los ojos para dar crédito a lo que estábamos viendo: Francia, quizá por aquello del qué dirán, quizá por aquello de quedar bien ante sus buenas gentes, finalmente había remontado, había mandado para casa a los indolentes eslovenos y de rebote nos había clasificado a nosotros, quién nos lo iba a decir, para el recuerdo quedarían aquellas imágenes que nos trajeron los telediarios del día siguiente, nuestros internacionales allí en sus cuartos, abrazándose sobre sus camas con el estupor aún pintado en sus caras…

Así que a cuartos de final, cuartos de grupo contra primeros del otro grupo, es decir Lituania, es decir que al fin y al cabo poco habría que hacer, nuestra suerte estaba echada… o no: mira tú por donde fue como si de repente nuestras criaturas se hubieran sacudido de un plumazo toda la responsabilidad: total, si nos habíamos clasificado de chiripa, si parecíamos manifiestamente inferiores nadie nos podría reprochar que perdiéramos, por una vez podíamos permitirnos el lujo de jugar sin presión, sin miedo a ganar. Y se ganó, vaya si se ganó, se pasó a semifinales, se rompió la racha negativa de tantos años (y se creó una racha nueva, aún ininterrumpida desde entonces) y hasta se logró la soñada clasificación para Sydney 2000 (quizá no nos habría hecho tanta ilusión si hubiéramos siquiera imaginado el papelón que haríamos en Australia al año siguiente). Y ya puestos, sin presión ninguna, sin nada que perder, en semifinales hicimos también la gracia de cargarnos al anfitrión, pagándole así de original manera el gran favor que nos habían hecho con los eslovenos pocos días antes.

La final ya fue otra historia: volvió el agobio, la atención mediática, el mundo encima. Volvimos a caer con los italianos, repitiendo la película de dieciséis años atrás. Pero apenas nadie se rasgó las vestiduras: habíamos superado las expectativas, habíamos escapado del abismo, habíamos sido subcampeones de Europa, habíamos vuelto a tocar el cielo con aquel equipo impensable. Tocaba despedida, que habría de ser despedida por partida triple: despedida de las retransmisiones del Eurobasket, despedida personal de Ramón Trecet y despedida del baloncesto en TVE, abocada como estaba la ACB a su nuevo contrato con el Plus. Trecet, en sus últimas palabras en aquella casa, quiso dejar como un hilillo de optimismo y dijo algo así comoel baloncesto volverá a Televisión Española, siempre vuelve… Entonces no podíamos imaginar que su profecía se haría ya realidad en apenas un mes, aquel fin de semana de finales de julio en el que el baloncesto volvió a Televisión Española para regalarnos un sueño: un sueño del que hoy, exactamente diez años después, aún no podemos ni queremos despertar.

(II)

Sábado 24 de julio de 1999. Por fin nos íbamos de vacaciones. Todo preparado, el coche ya a reventar, las maletas habituales más las doscientasmil chorradas que habrás de acarrear si resulta que además tienes un niño de apenas dos años, que si cochecito plegable, que si cuna de viaje, que si biblia en verso. En casa quedaba el vídeo programado, una cinta en su interior (lógicamente) para grabar cualquier chorrada, nada de baloncesto porque aquel año Canal Plus había interrumpido su sacrosanta costumbre de darnos el Torneo Final de la NCAA… Y en éstas, justo antes de salir, tuve la providencial ocurrencia de mirar la programación de televisión en el teletexto de TVE, sin buscar nada en concreto, sin saber muy bien por qué; y allí estaba,La 2, 22:00, baloncesto, Mundial Júnior (todavía no solíamos llamarlo Mundial Sub19), semifinal, España-Argentina. Aluciné. En apenas un minuto reprogramé el vídeo para poder grabar como fuera aquel partido, por supuesto ante la severa mirada de mi santa esposa, no, si ya verás, si nos pasará lo de siempre, si al final vamos a salir a las tantas

Inciso: el Mundial Júnior de Portugal llevaba ya días, acaso más de una semana disputándose y televisándose… por Teledeporte. Pero yo aún no podía ver Teledeporte, yo estaba abonado a Canal Satélite Digital y Teledeporte (así como todos los demás canales temáticos de TVE, en plena guerra mediática) iba sólo por Vía Digital. En consecuencia, yo aún no había podido ver ni tan siquiera un segundo de aquel Mundial Júnior: seguíamos sus resultados por el teletexto, por el Gigantes, a veces incluso por esa extraña cosa llamada Internet a la que a veces (raras veces) podía acceder desde mi trabajo… Fin del inciso.

Noja, Cantabria. Una villa acogedora, unas playas maravillosas, un mar incomparable, uno de esos lugares en los que vivirías bien a gusto toda la vida… pero no en aquel apartamento, desde luego. El apartamento no podía estar mejor situado, pero tampoco podía estar peor puesto: pequeño, sin espacio apenas para nada, y con una tele minúscula (qué sé yo, catorce pulgadas en el mejor de los casos) colgando de lo alto de la pared de enfrente de la cama. Pensada tal vez para que los inquilinos la vieran acostados, en un alarde de optimismo porque desde la almohada apenas se llegaba a distinguir nada de lo que aparecía en pantalla. Añádase además que todos los canales parecían verse decentemente… excepto La2, La2 casualmente se veía en blanco y negro, y con una de esas entrañables interferencias que recorren la pantalla de abajo a arriba, y que en cuanto desaparecen por arriba vuelven a aparecer otra vez por abajo. Y ahí me tienen a mí, a las diez en punto de la noche preparado para ver (tras dura negociación familiar) el España-Argentina (lo de dejar el vídeo programado había sido por mera precaución; obviamente mi intención siempre había sido verlo en directo).

Empecé sentado a los pies de la cama, la cabeza casi en posición horizontal, en ángulo recto con el tronco, destrozándome las cervicales en el absurdo empeño de ver algo desde allí abajo. Acabé de pie sobre la cama, en equilibrio inestable sobre su ángulo inferior derecho ante la mirada reprobatoria de mi santa esposa y la mirada alucinada de mi hijo, que el pobre pensaría madre mía dónde me he metido, con la de padres que había en el mercado me ha tenido que tocar éste, vaya por dios. Y en semejante guisa disfruté como un enano (¿por qué se dirá esto? ¿por qué los susodichos habrían de ser más propensos a disfrutar que los de estatura, digamos, normal?), me lo pasé pipa aún a pesar de la postura, del blanco y negro, de la interferencia y de la narración apocalíptica de un Pedro Barthe en plan hazañas bélicas, los nuestros eran los buenos, los argentinos eran los malos malosos, pérfidos y abyectos a la par, al parecer todo el rato desestabilizando a nuestros jugadores a base de hablarles (cosas feas, seguro), de toquecitos constantes y triquiñuelas varias, hay que ver, habrase visto tamaña perversidad. Ganaron (por los pelos) los buenos, pero no porque fueran buenos de bondad, sino porque eran buenos en la cosa ésta de jugar al baloncesto.

Aquél fue nuestro primer contacto visual con Raül López (aquellos providenciales tiros libres para cerrar el partido), Souleyman Dramec, Felipe Reyes, Germán Gabriel, Carlos Cabezas, Berni Rodríguez, Pau Gasol, Antonio Bueno… (no así con Juan Carlos Navarro, a quien ya antes habíamos visto debutar con el Barça). Nos sabíamos sus nombres casi de memoria desde que ganaron el Torneo de Mannheim y el Europeo Sub18 de Varna, Bulgaria, apenas un año antes. Por saber, hasta nos sabíamos los nombres de las dos importantes bajas que traía esta selección mundialista, a saber, un tal José López Valera y un tal José Manuel Calderón, lesionados ambos. Antes ya lo sabíamos todo sobre ellos pero ahora ya por fin les habíamos visto jugar por vez primera, ya contábamos las horas que nos quedaban hasta la segunda dosis: mañana mismo, domingo 25 de julio de 1999, festividad (dicen) de Santiago Apóstol, España-USA, la final soñada, lo nunca visto, la de dios.

(III)

Empecé aquel domingo llamando a mi madre. A ver, yo había dejado programada en mi vídeo la semifinal pero la final no, ni por asomo, total, a saber si la jugaríamos, a saber a qué hora sería, a saber si la echarían… Demasiadas incógnitas. ¿Solución? Recurrí a aquel extraño aparato que apenas unos meses antes había entrado en mi vida, un objeto negro del tamaño (y la forma) de un zapato pero plagado de teclas, esa cosa a la que recién empezábamos a llamar móvil. Mamá… oye, que si… sí, todo bien, sí, estamos bien, sí, el niño bien también, no, no nos llueve, un sol espléndido… En fin, que tras dos minutos o así de somera introducción, tras detallarle a mi madre con pelos y señales si a mi hijo le gustaba el mar y si jugaba con las olas, por fin pude ir al grano, oye, que si me podrías grabar un partido de baloncesto que hay esta tarde a las ocho, en La2, es la Final del Mundial Júnior (a mi madre como si le hubiera dicho que era la final del torneo de solteros contra casados de Alpedrete, tanto le daba)… sí, si seguramente lo veré en directo pero es por tenerlo, por si fallara algo, para verlo después, ya sabes…

La negociación doméstica ya me costó bastante más: si hombre, a ver si ahora nos vamos a pasar todas las vacaciones metidos en el apartamento viendo partidos, sólo faltaba, para eso nos podíamos haber quedado en casa… Que no, que de verdad que no, que no habrá más, que éste es el último, puedes estar segura, pero míralo, ¿no ves que es la Final? Permiso concedido tras arduos y denodados esfuerzos, y a las 20:00 allí estaba yo de nuevo ante el infame televisor del no menos infame apartamento, preparado en postura semicircense para ver (o intentarlo, al menos) aquello que de ningún modo me podía perder, aquello tan grande que quizá ya intuíamos que iba a pasar…

No, no teman, no les calentaré demasiado la cabeza con aquel partido inolvidable, que seguro que muchos de ustedes aún lo conservarán bien fresco en sus memorias (precisamente por ser inolvidable). Pero cómo no recordar aquella narración agónica de Barthe dando casi por supuesto que íbamos a perder, presentando casi como un milagro que fuéramos ganando, dando por buena la derrota cuando ya íbamos perdiendo para acabar disfrutando como un niño, como yo, como todos, cuando ya ganábamos, cuando definitivamente ya habíamos ganado, si es que ya se lo decía yo, ¡¡¡este equipo es muy bueno!!!, Barthe por fin dejando explotar todo su entusiasmo tras tanta angustia como nos había vendido en tantos minutos anteriores. Y mientras yo allí de pie, pegando botes en precario equilibrio sobre los pies de la cama, vibrando con el triple postrero de aquel Manolito de Mafalda llamado Carlos Cabezas, con aquellas carreras finales de los americanos persiguiendo sombras, buscando faltas tan inútiles como imposibles, mi señora esperándome para salir, mi hijo a punto de presentar la dimisión, yo tragándome la euforia, evitando exteriorizarla en la medida de lo posible, a ver qué van a pensar los de los apartamentos de al lado, a ver si van a creerse lo que no es…

Durante el paseo posterior (tras urgente llamada a mi madre para confirmar que efectivamente lo había grabado: aquél era un partido para volver a verlo una y mil veces, un partido de los de guardar para toda la vida) aún seguía yo dándole vueltas a la cabeza, sin poderme quitar de encima lo que acababa de pasar: éramos campeones del mundo, era la primera vez que nuestro baloncesto podía presumir de hazaña semejante. Y aquella noche resultaba sumamente difícil sustraerse a la tentación de soñar, por qué no, acaso todo esto sólo sea el principio, la primera piedra (ésta sí) para la regeneración de nuestro deporte, el primer paso para ser campeones absolutos algún día… Queríamos soñar y al mismo tiempo, de tan acostumbrados como estábamos a llevarnos palos, nos reprimíamos nuestros propios sueños. Nunca habríamos podido imaginar que en apenas siete años estos niños de Lisboa se nos convertirían en los hombres de Tokio, qué va, si alguien nos lo hubiera dicho de ningún modo le habríamos creído, eso sería demasiado bonito como para convertirse en realidad.

Aún mejor sería la resaca. Hubieron de pasar tan sólo unas horas para descubrir que aquel virus no se me había inoculado a mí solo, que los infectados éramos muchísimos más. Bastó comprar la prensa (deportiva o no) a la mañana siguiente para comprobar que aquello había trascendido, que había calado en una población aún muy poco acostumbrada a éxitos de este calibre. Bastó incluso leer en los días siguientes las cartas al director en los periódicos de información general para ver cómo la gente lo había disfrutado, cómo felicitaba públicamente a aquel orondo e impensable técnico llamado Charly Sainz de Aja (a quien, dicho sea de paso, jamás en todos estos años se le habrá valorado lo suficiente su gran labor de aquellos días). Bastó que salieran los índices de audiencia para así descubrir alucinados que aquella había sido no sólo la retransmisión deportiva más vista de todo el fin de semana (claro, tampoco habría mucha competencia, acaso las etapas finales del languideciente primer Tour de Armstrong), sino incluso uno de los programas más vistos, de cualquier clase, durante todo aquel inolvidable finde

(y IV)

No, aquel caudal no podía desaprovecharse, de ningún modo, y durante los meses siguientes todos nos pusimos a la tarea de escrutar con lupa si aquellos chavales jugaban más o menos, si se les daba mucha, poca o ninguna bola en sus equipos. Y claro, tampoco faltaron los sesudos analistas futboleros que raudos empezaron a hacer odiosas comparaciones, a hacerse cruces, hay que ver, los chavales que ganaron el Mundial Júnior de baloncesto tienen minutos, sin embargo a los chavales que ese mismo año ganaron esa misma competición (o similar) en fútbol no se les da oportunidades, así cómo va a progresar nuestro sacrosanto deporte nacional, estas cosas. Cruces que retornaron corregidas y aumentadas en 2006 tras el título mundial de baloncesto y el desastre del mundial de fútbol, claro, a los chavales baloncesteros del 99 se les permitió jugar, en cambio a los campeones futboleros de aquel año no les dio bola ni dios, así nos luce el pelo, etc etc. Digo yo que no sería para tanto, entre otras cosas porque las aguas futboleras volvieron a su cauce en 2008 con aquella Eurocopa, también al frente de aquel equipo algún destacado miembro de esa otra generación

Pero no nos vayamos por las ramas, olvidémonos del fútbol y volvamos al 99: habíamos ganado aquella Final a USA, nada menos, lo cual nos daba pie para soñar con cosas aún más imposibles, incluso con la remota posibilidad de que alguno de los nuestros alcanzase algún día la NBA: si al fin y al cabo hemos ganado a los americanos, y seguro que de ese equipo yanqui unos cuantos jugarán y triunfarán en aquella Liga, a ver por qué no… Ya, pero ¿quién? A ver, Raül y Navarro no, imposible, son fantásticos pero como esos en USA hay veintemil, a Felipe le faltan centímetros, Gabriel es muy bueno (el mejor, solía decir entonces Sainz de Aja; y a fe que lo era: aún no tiraba de tres, pero tenía unos movimientos de espaldas al aro sencillamente incomparables) pero no tiene cuerpo para jugar allí, no, el único que podría jugar allí algún día es ese Pau Gasol, ése a quien sus compañeros en un alarde de imaginación apodaban Gasofa, ése sí responde a lo que allí buscan, un alero de 2,07 con buena mano, eso sí, si va para allá más le vale coger músculo, así tan tirillas no se comería jamás un colín en aquella Liga…

Hoy, diez años después, bien podemos decir que la realidad superó inmensamente a la ficción, qué les voy a contar que ustedes aún no sepan: el susodicho tirillas creció hasta los 2;15, paso del tres al cuatro y más tarde al cinco, triunfó aquí, se fue para allá, ganó músculo, se hizo estrella, fue all star, ganó una Liga, suma y sigue, la de dios. Pero no sólo él, Raül y Navarro también rompieron los pronósticos, cruzaron el charco y hasta tuvieron sus buenos momentos en aquella Liga, el primero tal vez aún los tendría si las sucesivas lesiones no se hubieran empeñado en destrozarle sistemáticamente su carrera. Y Felipe y Cabezas no llegaron (¿aún?) a hacer ese viaje, pero también en algún momento de sus carreras se permitieron el lujo de flirtear con aquella competición (y no meteré en el ajo a Calderón porque al fin y al cabo no jugó aquel Mundial, pero no dejaré de mencionar que al fin y al cabo también él pertenecía a esta generación).

¿Y los de enfrente, dónde están hoy aquellos americanos de primer año universitario (algunos aún en su último año de high school) que un día supuestamente habrían de comerse el mundo? Hay que escarbar casi con lupa en las plantillas de la NBA para encontrar aún en algún remoto recodo a Keyon Dooling, el entonces jovencísimo Nick Collison aún lucha por sus buenos minutos en los Thunder, Casey Jacobsen entra y sale de la Liga (en realidad sale mucho más que entra), aquel ala pívot escaso de centímetros pero que tanto nos gustó aquella noche, Michael Wright, pasó sin pena ni gloria por Granada y luego ya nunca más se supo… No, de nadie de aquel equipo puede hoy decirse que haya triunfado en la NBA, ni de coña. Lo cual no resta mérito a los nuestros, en absoluto. Simplemente pone las cosas en su sitio.

Éramos más jóvenes (o menos viejos, según). La cosa del ADSL todavía era un lujo, yo aún no tenía correo electrónico, ni tan siquiera sabía lo que era un blog (tal vez ni existieran aún), mis escasas citas con Internet eran absolutamente pasivas, de mero lector, si alguien me hubiese dicho entonces que yo un día escribiría en la red le habría tomado por loco, no digamos ya si me hubiese dicho que alguien incluso me leería de vez en cuando… Jordan llevaba ya un año retirado tras ganar su sexto anillo con los Bulls (y le quedaban otros dos años para volver, esta vez con los Wizards), los Spurs acababan de ganar su primer título (con asterisco), aún no sabíamos quién era LeBron James, de hecho ni siquiera habíamos oído hablar de Rudy Fernández, Ricky Rubio aún tendría ocho años, aún le faltarían tres meses para cumplir los nueve… mientras algunos empezábamos ya a sentir demasiado cercana la amenaza de los cuarenta (y no principales precisamente), del mismo modo que hoy ya sentimos la de los… En fin, casi mejor dejémoslo, recurramos al manido tópico, y parece que fue ayer.

Así empezó todo. No, nuestro verano del 99 (el mío, al menos) no se pareció al de Daimiel, no cambió en absoluto nuestras vidas. Pero en lo que se refiere a este extraño vicio llamado baloncesto que corre por nuestras venas, bien podremos decir que aquel verano marcó un antes y un después. Hoy seguimos en aquel después, y esperemos seguir aún por mucho tiempo.

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Publicado octubre 24, 2012 por zaid en preHistoria, selecciones

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